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EL ARTE DE LOS RUIDOS
DE LUIGI RUSSOLO
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Luigi
Russolo, izquierda, junto a su "orquesta entonaruidos",
en 1916. |
Manifiesto
del arte de los ruidos
La
orquesta de entonaruidos
El
entonador de ruidos
MANIFIESTO
DEL ARTE DE LOS RUIDOS
Por
Luigi Russolo
La vida
antigua fue toda silencio. En el siglo diecinueve, con la invención de
las máquinas, nació el Ruido. Hoy, el Ruido triunfa y domina soberano
sobre la sensibilidad de los hombres. Durante muchos siglos, la vida se
desarrolló en silencio o, a lo sumo, en sordina. Los ruidos más
fuertes que interrumpían este silencio no eran ni intensos, ni
prolongados, ni variados. Ya que, exceptuando los movimientos telúricos,
los huracanes, las tempestades, los aludes y las cascadas, la naturaleza
es silenciosa.
En esta
escasez de ruidos, los primeros sonidos que el hombre pudo
extraer de una caña perforada o de una cuerda tensa, asombraron como
cosas nuevas y admirables. El sonido fue atribuido por los
pueblos primitivos a los dioses, considerado sagrado y reservado a los
sacerdotes, que se sirvieron de él para enriquecer el misterio de sus
ritos. Nació así la concepción del sonido como cosa en sí, distinta
e independiente de la vida, y la música resultó ser un mundo fantástico
por encima de la realidad, un mundo inviolable y sagrado. Se comprende
con facilidad que semejante concepción de la música estuviera
necesariamente abocada a ralentizar el progreso, en comparación con las
demás artes. Los mismos Griegos, con su teoría musical matemáticamente
sistematizada por Pitágoras, y en base a la cual sólo se admitía el
uso de pocos intervalos consonantes, limitaron mucho el campo de la música,
haciendo casi imposible la armonía, que ignoraban.
La Edad
Media, con las evoluciones y las modificaciones del sistema griego del
tatracordo, con el canto gregoriano y con los cantos populares,
enriqueció el arte musical, pero siguió considerando el sonido en su
transcurso temporal, concepción restringida que duró varios siglos
y que volvemos a encontrar ahora en las más complicadas polifonías de
los contrapuntistas flamencos. No existía el acorde; el
desarrollo de las diversas partes no estaba subordinado al acorde
que dichas partes podían producir en su conjunto; la concepción, en
fin, de estas partes era horizontal, no vertical. El deseo, la búsqueda
y el gusto por la unión simultánea de los diferentes sonidos, o sea,
por el acorde (sonido complejo) se manifestaron gradualmente,
pasando del acorde perfecto asonante y con pocas disonancias a las
complicadas y persistentes disonancias que caracterizan la música
contemporánea.
El arte
musical buscó y obtuvo en primer lugar la pureza y la dulzura del
sonido, luego amalgamó sonidos diferentes, preocupándose sin embargo
de acariciar el oído con suaves armonías. Hoy el arte musical, complicándose
paulatinamente, persigue amalgamar los sonidos más disonantes, más
extraños y más ásperos para el oído. Nos acercamos así cada vez más
al sonido-ruido.
Esta
evolución de la música es paralela al multiplicarse de las máquinas,
que colaboran por todas partes con el hombre. No sólo en las atmósferas
fragorosas de las grandes ciudades, sino también en el campo, que hasta
ayer fue normalmente silencioso, la máquina ha creado hoy tal variedad
y concurrencia de ruidos, que el sonido puro, en su exigüidad y monotonía,
ha dejado de suscitar emoción.
Para excitar
y exaltar nuestra sensibilidad, la música fue evolucionando hacia la más
compleja polifonía y hacia una mayor variedad de timbres o coloridos
instrumentales, buscando las más complicadas sucesiones de acordes
disonantes y preparando vagamente la creación del RUIDO MUSICAL. Esta
evolución hacia el "sonido ruido" no había sido posible
hasta ahora. El oído de un hombre del dieciocho no hubiera podido
soportar la intensidad inarmónica de ciertos acordes producidos por
nuestras orquestas (triplicadas en el número de intérpretes respecto a
las de entonces). En cambio, nuestro oído se complace con ellos, pues
ya está educado por la vida moderna, tan pródiga en ruidos dispares.
Sin embargo, nuestro oído no se da por satisfecho, y reclama emociones
acústicas cada vez más amplias.
Por otra
parte, el sonido musical está excesivamente limitado en la variedad
cualitativa de los timbres. Las orquestas más complicadas se reducen a
cuatro o cinco clases de instrumentos, diferentes en el timbre del
sonido: instrumentos de cuerda con y sin arco, de viento (metales y
maderas), de percusión. De tal manera que la música moderna se debate
en este pequeño círculo, esforzándose en vano en crear nuevas
variedades de timbres.
Hay que
romper este círculo restringido de sonidos puros y conquistar la
variedad infinita de los sonidos-ruidos.
Cualquiera
reconocerá por lo demás que cada sonido lleva consigo una envoltura de
sensaciones ya conocidas y gastadas, que predisponen al receptor al
aburrimiento, a pesar del empeño de todos los músicos innovadores.
Nosotros los futuristas hemos amado todos profundamente las armonías de
los grandes maestros y hemos gozado con ellas. Beethoven y Wagner nos
han trastornado los nervios y el corazón durante muchos años. Ahora
estamos saciados de ellas y disfrutamos mucho más combinando
idealmente los ruidos de tren, de motores de explosión, de carrozas y
de muchedumbres vociferantes, que volviendo a escuchar, por ejemplo, la
"Heróica" o la "Pastoral".
No podemos
contemplar el enorme aparato de fuerzas que representa una orquesta
moderna sin sentir la más profunda desilusión ante sus mezquinos
resultados acústicos. ¿Conocéis acaso un espectáculo más ridículo
que el de veinte hombres obstinados en redoblar el maullido de un violín?
Naturalmente todo esto hará chillar a los melómanos y tal vez avivará
la atmósfera adormecida de las salas de conciertos. Entremos juntos,
como futuristas, en uno de estos hospitales de sonidos anémicos. El
primer compás transmite enseguida a vuestro oído el tedio de lo ya
escuchado y os hace paladear de antemano el tedio del siguiente compás.
Saboreamos así, de compás en compás, dos o tres calidades de tedios
genuinos sin dejar de esperar la sensación extraordinaria que nunca
llega. Entre tanto, se produce una mezcla repugnante formada por la
monotonía de las sensaciones y por la cretina conmoción religiosa de
los receptores budísticamente ebrios de repetir por milésima vez su éxtasis
más o menos esnob y aprendido. !Fuera! Salgamos, puesto que no podremos
frenar por mucho tiempo en nosotros el deseo de crear al fin una nueva
realidad musical, con una amplia distribución de bofetadas sonoras,
saltando con los pies juntos sobre violines, pianos, contrabajos y órganos
gemebundos. !Salgamos!
No se podrá
objetar que el ruido es únicamente fuerte y desagradable para el oído.
Me parece inútil enumerar todos los ruidos tenues y delicados, que
provocan sensaciones acústicas placenteras.
Para
convencerse de la sorprendente variedad de ruidos basta con pensar en el
fragor del trueno, en los silbidos del viento, en el borboteo de una
cascada, en el gorgoteo de un río, en el crepitar de las hojas, en el
trote de un caballo que se aleja, en los sobresaltos vacilantes de un
carro sobre el empedrado y en la respiración amplia, solemne y blanca
de una ciudad nocturna; en todos los ruidos que emiten las fieras y los
animales domésticos y en todos los que puede producir la boca del
hombre sin hablar o cantar.
Atravesemos
una gran capital moderna, con las orejas más atentas que los ojos, y
disfrutaremos distinguiendo los reflujos de agua, de aire o de gas en
los tubos metálicos, el rugido de los motores que bufan y pulsan con
una animalidad indiscutible, el palpitar de las válvulas, el vaivén de
los pistones, las estridencias de las sierras mecánicas, los saltos del
tranvía sobre los raíles, el restallar de las fustas, el tremolar de
los toldos y las banderas. Nos divertiremos orquestando idealmente
juntos el estruendo de las persianas de las tiendas, las sacudidas de
las puertas, el rumor y el pataleo de las multitudes, los diferentes
bullicios de las estaciones, de las fraguas, de las hilanderías, de las
tipografías, de las centrales eléctricas y de los ferrocarriles
subterráneos.
(...) Nosotros
queremos entonar y regular armónica y rítmicamente estos variadísimos
ruidos. Entonar los ruidos no quiere decir despojarlos de todos los
movimientos y las vibraciones irregulares de tiempo y de intensidad,
sino dar un grado o tono a la más fuerte y predominante de estas
vibraciones. De hecho, el ruido se diferencia del sonido sólo en tanto
que las vibraciones que lo producen son confusas e irregulares, tanto en
el tiempo como en la intensidad. Cada ruido tiene un tono, a veces
también un acorde que predomina en el conjunto de las vibraciones
irregulares. De este característico tono predominante deriva ahora
la posibilidad práctica de entonarlo, o sea, de dar a un determinado
ruido no un único tono sino una cierta variedad de tonos, sin que
pierda su característica, quiero decir, el timbre que lo distingue. Así,
algunos ruidos obtenidos con un movimiento rotativo pueden ofrecer una
completa escala cromática ascendente o descendente si se aumenta o
disminuye la velocidad del movimiento.
Todas las
manifestaciones de nuestra vida van acompañadas por el ruido. El ruido
es por tanto familiar a nuestro oído, y tiene el poder de remitirnos
inmediatamente a la vida misma. Mientras que el sonido, ajeno a la vida,
siempre musical, cosa en sí, elemento ocasional no necesario, se ha
transformado ya para nuestro oído en lo que representa para el ojo un
rostro demasiado conocido, el ruido en cambio, al llegarnos confuso e
irregular de la confusión irregular de la vida, nunca se nos revela
enteramente y nos reserva innumerables sorpresas. Estamos pues seguros
de que escogiendo, coordinando y dominando todos los ruidos,
enriqueceremos a los hombres con una nueva voluptuosidad insospechada.
Aunque la característica del ruido sea la de remitirnos brutalmente a
la vida, el Arte de los ruidos no debe limitarse a una reproducción
imitativa. Esta hallará su mayor facultad de emoción en el goce acústico
en sí mismo, que la inspiración del artista sabrá extraer de los
ruidos combinados.
He aquí las
6 familias de ruidos de la orquesta futurista que pronto
llevaremos a la práctica, mecánicamente:

esta lista
hemos incluido los más característicos de entre los ruidos
fundamentales; los demás no son sino las asociaciones y las
combinaciones de éstos.
Los
movimientos rítmicos de un ruido son infinitos. Existe siempre, como
para el tono, un ritmo predominante, pero en torno a éste, también
se pueden percibir otros numerosos ritmos secundarios.
CONCLUSIONES:
1.-
Los músicos futuristas deben ampliar y enriquecer cada vez más el
campo de los sonidos. Esto responde a una necesidad de nuestra
sensibilidad. De hecho, en los compositores geniales de hoy notamos una
tendencia hacia las más complicadas disonancias. Al apartarse
progresivamente del sonido puro, casi alcanzan el sonido-ruido.
Esta necesidad y esta tendencia no podrán ser satisfechas sino añadiendo
y sustituyendo los sonidos por los ruidos.
2.-
Los músicos futuristas deben sustituir la limitada variedad de los
timbres de los instrumentos que hoy posee la orquesta por la infinita
variedad de los timbres de los ruidos, reproducidos con apropiados
mecanismos.
3.-
Es necesario que la sensibilidad del músico, liberándose del ritmo fácil
y tradicional, encuentre en los ruidos el modo de ampliarse y de
renovarse, ya que todo ruido ofrece la unión de los ritmos más
diversos, además del ritmo predominante.
4.-
Al tener cada ruido en sus vibraciones irregulares un tono general
predominante, se obtendrá fácilmente en la construcción de los
instrumentos que lo imitan una variedad suficientemente extensa de
tonos, semitonos y cuartos de tono. Esta variedad de tonos no privará a
cada ruido individual de las características de su timbre, sino que sólo
ampliará su textura o extensión.
5.-
Las dificultades prácticas para la construcción de estos instrumentos
no son serias. Una vez hallado el principio mecánico que produce un
ruido, se podrá modificar su tono partiendo de las propias leyes
generales de la acústica. Se procederá por ejemplo con una disminución
o un aumento de la velocidad si el instrumento tiene un movimiento
rotativo, y con una variedad de tamaño o tensión de las partes
sonoras, si el instrumento no tiene movimiento rotativo.
6.-
No será a través de una sucesión de ruidos imitativos de la vida,
sino que mediante una fantástica asociación de estos timbres variados,
y de estos ritmos variados, la nueva orquesta obtendrá las más
complejas y novedosas emociones sonoras. Por lo que cada instrumento
deberá ofrecer la posibilidad de cambiar de tono, y habrá de tener una
extensión mayor o menor.
7.-
La variedad de ruidos es infinita. Si hoy, que poseemos quizá unas mil
máquinas distintas, podemos diferenciar mil ruidos diversos, mañana,
cuando se multipliquen las nuevas máquinas, podremos distinguir diez,
veinte o treinta mil ruidos dispares, no para ser simplemente
imitados, sino para combinarlos según nuestra fantasía.
8.-
Invitamos por tanto a los jóvenes músicos geniales y audaces a
observar con atención todos los ruidos, para comprender los múltiples
ritmos que los componen, su tono principal y los tonos secundarios.
Comparando luego los distintos timbres de los ruidos con los timbres de
los sonidos, se convencerán de que los primeros son mucho más
numerosos que los segundos. Esto nos proporcionará no sólo la
comprensión, sino también el gusto y la pasión por los ruidos.
Nuestra sensibilidad, multiplicada después de la conquista de los ojos
futuristas, tendrá al fin oídos futuristas. Así, los motores y las máquinas
de nuestras ciudades industriales podrán un día ser sabiamente
entonados, con el fin de hacer de cada fábrica una embriagadora
orquesta de ruidos.
Querido
Pratella, yo someto a tu ingenio futurista estas constataciones mías,
invitándote al debate. No soy músico de profesión: no tengo pues
predilecciones acústicas, ni obras que defender. Soy un pintor
futurista que proyecta fuera de sí, en un arte muy amado y estudiado,
su voluntad de renovarlo todo. Y en consecuencia, más temerario de lo
que pudiera llegar a serlo un músico profesional, como no me preocupa
mi aparente incompetencia y estoy convencido de que la audacia tiene
todos los derechos y todas las posibilidades, he podido intuir la gran
renovación de la música mediante el Arte de los Ruidos.
LA
ORQUESTA DE ENTONARUIDOS
Por
Luigi Russolo
El lector
que haya seguido el análisis de los diferentes timbres de los
entonarruidos tal vez estará incrédulo respecto a las calidades de
estos timbres y acerca de los méritos de cada uno de los entonarruidos;
será en fin todavía esclavo del viejo prejuicio según el cual el
ruido no puede ser musical.
Pues bien:
el examen que he hecho de los entonarruidos es sin embargo un examen
más bien SEVERO.
Las
calidades de estos instrumentos son superiores a lo que he dicho
sobre ellas.
Todos los
que han podido escucharlos no sólo en los conciertos más o menos
borrascosos, sino en la tranquilidad y en la calma de una sala privada,
todos los que los han escuchado uno después de otro y que han podido
darse cuenta exactamente de las variadas posibilidades y los variados
timbres han constatado unánimemente la fascinación, la belleza, la
novedad de la emoción que estos producen.
Y tengamos
en cuenta que el conjunto de todos estos instrumentos, muy lejos de dar
un desagradable o cacofónico amasijo de ruidos ensordecedores, puede en
cambio dar unas amalgamas dulcísimas, llenas de fascinación, de
misterio, manteniendo siempre, incluso en los fortísimos, una
musicalidad sorprendente.
Debo decir
sin embargo que para que se pueda obtener este resultado es necesario
que los intérpretes estén bien entrenados, que tengan práctica con
los instrumentos y cuiden la entonación con el máximo celo. (Cosa por
lo demás necesaria en cualquier orquesta).
¡Esta
ejecución perfecta sólo la he podido obtener en Milán, donde por el
contrario la bestialidad del público impidió que se escuchara un solo
movimiento!
Insisto en
la dulzura de ciertas amalgamas que pueden obtenerse con los
entonarruidos, pues es lo que menos se imagina en favor de estos
instrumentos, y para apreciarla es necesario el silencio más absoluto
en la sala.
Nadie puede
imaginar qué dulzura y que fascinación se obtienen con modulaciones
armónicas y acordes sostenidos, dadas por ejemplo con la unión de los aulladores
bajos y medios, del silbador bajo y el zumbador, y qué
maravilloso contraste resulta si sobre esta amalgama entra
repentinamente un crepitador agudo a modular un tema, o los gorgoteadores
a apoyar determinadas notas o a marcar los ritmos. Es un efecto
absolutamente desconocido en las orquestas; como también ninguna
orquesta, que no sea la de los entonarruidos, puede dar la sensación
del pulsar de vida agitada, exaltante por intensidad y variedad
rítmica, que se puede obtener con la unión de los estruendores,
de los explotadores, de los crepitadores y de los frotadores.
He agregado
a mi orquesta (y encuentro utilísimo el añadido) dos timbales, un
sistro y un xilófono que ponen, con su timbre bien claro y seco, un
contraste interesante en los timbres complejos de los entonarruidos.
Y aquí es
oportuno tocar la cuestión de la posibilidad de unir los entonarruidos
a la orquesta común.
Puesto que
la musicalidad es incontestable, y la entonación, en los entonarruidos,
resulta perfecta, es lógico y natural que se puedan incorporar a la
orquesta común.
El primero
entre los músicos de vanguardia, mi querido amigo y hermano futurista
Pratella ha realizado dicha unión en su ópera El Héroe. Y
estoy seguro de que otros (la autorización me ha sido ya solicitada por
varios compositores) querrán seguir el ejemplo de Pratella.
Sin embargo,
mi objetivo es y será siempre completar y ampliar la orquesta completa
y únicamente integrada por entonarruidos. Para lograrlo me sirven de
estímulo los resultados más que suficientes ya obtenidos, con el fin
de que la orquesta de entonarruidos sea y deba permanecer como una cosa
aparte, pero completa.
Puesto que
una de las razones que más me han impulsado a ampliar el campo de los
timbres orquestales ciñéndome a los ruidos fue precisamente el cansancio
que padece nuestro oído al escuchar los timbres ya demasiado
comunes de la orquesta misma, y la casi imposibilidad que se constata,
incluso en los orquestadores modernos más evolucionados de crear nuevas
amalgamas a partir de los escasos y demasiado viejos timbres que las
orquestas comunes pueden ofrecer.
¿Quién no
conoce ya hasta la saciedad los timbres de los instrumentos con arco, de
las trompetas y los pequeños instrumentos?
¿Quién
puede tener aún la esperanza de recibir de estos instrumentos emociones
nuevas? ¡La emoción que estos pueden seguir proporcionando es sin duda
la de abrir la boca en un inevitable bostezo! Y el bostezo no es
precisamente la más nueva de las emociones...
El estupor
que produce la novedad absoluta de los timbres, y el hecho de escuchar
timbres de ruidos convertidos en musicales, provocan un conjunto de
sensaciones, nuevas para el oído, del que justamente deriva la
emoción profunda que se experimenta al escuchar la orquesta de
entonarruidos.
Y dado que
el timbre complejo del ruido, debido a la riqueza de los sonidos
armónicos que lo componen, tiene una indeterminación por la cual el
oído intuye pero no se explica dicha composición, resulta difícil que
el oído se canse.
Cuando una
sensación se ha vuelto común para nuestros sentidos, cuando
nuestros sentidos la comprenden perfectamente, cuando ya nada oculto
puede revelarles, dicha sensación deja de producirnos emoción
alguna.
La audición
muchas veces repetida de la orquesta de entonarruidos siempre tiene
emociones nuevas que proporcionarnos, porque nuestros sentidos no tienen
la posibilidad de desbrozar tan fácilmente los elementos que la
componen y hallan por tanto en la involuntaria búsqueda de tales
elementos características siempre nuevas que descubrir y que aclarar,
de tal manera que en nosotros permanece siempre vivo el interés y la
atención siempre alerta.
Me quedan
todavía por decir unas pocas palabras sobre las posibilidades de
obtener de la orquesta de entonarruidos todas sus capacidades, a través
de los intérpretes.
Los
entonarruidos, como ya he dicho, tienen una escala graduada que indica
los distintos puntos a los que se lleva la palanca para obtener los
diferentes tonos y semitonos.
Pero es
fácil entender que son, a pesar de esto, instrumentos de entonación
libre. Es sobre todo el oído el que debe percibir cuándo el tono es
justo, y es también necesario que la mano se habitúe a determinados
movimientos de una determinada amplitud, en el desplazamiento de la
palanca, para poder llevar de inmediato el tono a la altura debida.
No ocurre de
un modo distinto en el caso del violín, la viola, el violonchelo y el
contrabajo.
Es útil por
tanto, en cuanto a la elección de los intérpretes, buscar músicos ya
acostumbrados a tocar instrumentos de entonación libre, puesto que su
oído está generalmente más atento y es más sensible a una
entonación perfecta.
Por lo
demás, un intérprete que sea un poco abierto e inteligente consigue,
después de unos cuantos ensayos, adquirir la suficiente práctica del
instrumento como para poderlo entonar con suficiente precisión.
Recuerdo,
por ejemplo, que en Milán, cuando preparé la interpretación en el Dal
Verme, al quinto ensayo ya se podía escuchar algún principio de
ejecución discreta.
Al séptimo
u octavo ensayo la interpretación fue buena, al undécimo era
excelente.
Si luego,
como de hecho estoy convencido, la orquesta se difunde y los
intérpretes tienen cada uno su instrumento en casa, para poder
ejercitarse, se llegará sin duda a tener con pocos ensayos
interpretaciones buenísimas.
Y también
se podrá contar con intérpretes capaces de ese virtuosismo que resulta
detestable cuando tiene pretensiones artísticas, pero que es muy útil
en un intérprete de orquesta.
Las
dificultades de lectura para las transiciones enarmónicas fueron
limitadas por mí lo más posible, adoptando el sistema de grafía del
que he hablado sólo y únicamente para las transiciones que lo
requerían.
Por ejemplo,
escribía todo lo que no era enarmónico con las notas comunes, y sólo
utilizaba la nota-línea en las transiciones enarmónicas, cuya
duración venía determinada por los cuartos que quedaban para completar
el compás o, si era más largo que un compás, ésta se indicaba con
líneas verticales. Dicha lectura resultó pues facilísima para todos.
Como se ve
entonces, las dificultades para las interpretaciones de la orquesta de
entonarruidos no son tan grandes como parecería a primera vista: la
única gran dificultad parece seguir siendo la brutalidad del público,
que no quiere escuchar... pero esperamos, incluso creemos firmemente,
poder vencerla también.
EL
ENTONADOR DE RUIDOS
Mecanismo
esencial de los instrumentos Entonaruidos futuristas, 1914. Por
Luigi Russolo
Las
vibraciones de un ruido puestas en comunicación directa con la
cuerda armónica de este aparato adquieren como tono fundamental el
tono mismo de la cuerda. Este tono varía con la variación de la
tensión y de la longitud de la misma cuerda.
Este
aparato se compone de un diafragma A, de piel tensada sobre un tubo
B que termina en una trompa C.
Desde el
centro del diafragma parte una cuerda armónica D, montada mediante
una clavija mecánica E y apoyada sobre una cuña F.
Clavija
y cuña son fijadas sobre una palanca G que se mueve entorno a un
perno H.
Sobre la
parte inferior de la palanca está fijada con un perno un asta unida
a un puente móvil I que se mueve en un plano horizontal L. La parte
superior de la palanca G sale de la caja (que contiene el mecanismo)
cerca de una escala graduada marcada con un segmento de
circunferencia M. La palanca dispone de una manecilla que se
encuentra inmediatamente encima de la escala graduada.
Moviendo
la palanca G de a hasta a1 se aumenta la tensión de la cuerda al
mismo tiempo que se acorta la largura de esta misma mediante el
desplazamiento del puente I desde b hasta b1.
Ahora
bien, siendo la altura de un sonido inversamente proporcional a la
longitud de la cuerda y directamente proporcional a la raíz
cuadrada de la fuerza de tensión aplicada a la cuerda, tendremos,
desplazando la palanca G desde a hasta a1, puesta la cuerda en
condiciones de dar un sonido progresivamente más agudo, que la
manecilla situada sobre la palanca nos indicará en la escala
graduada.
Ahora,
uniendo directamente a la cuerda D (en un punto situado entre el
diafragma y el puente) un cuerpo puesto en vibración (ya sea por
medio de percusión, ya sea por medio de frotamiento, y produciendo
por sí mismo un ruido indeterminado) la vibración de este cuerpo
transmitiéndose a la cuerda B y al diafragma A se reproducirá en
la trompa C el ruido mismo, intensificado, que tendrá además como
tono fundamental el tono que habría dado la cuerda por sí sola.
Este
tono será entonces proporcional al grado de tensión y de
acortamiento de la cuerda misma.
Siendo
variables, por medio de la palanca, la tensión y el acortamiento de
la cuerda, ya sea gradualmente, ya sea a saltos tendremos una
progresión en el sonido-ruido que podrá ser diatónica, cromática
y enarmónica.
Reivindicación
Reivindico
como invención mía el dispositivo arriba descrito de un diafragma
con cuerda armónica y palanca de tensión y de acortamiento a medio
puente móvil teniendo la propiedad de entonar un cuerpo vibrante (y
produciendo un ruido cualquiera) que sea puesto en comunicación con
la cuerda armónica.
Este
dispositivo puede también servir sin añadido alguno para producir
sonidos afines pero mucho más intensos que los del violín, el
violonchelo y el contrabajo, frotando o pellizcando la cuerda armónica.
(*)
| (*) Fuente
de todos los textos página www.uclm.es |
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