Cuando
aprendí todo acerca del frío vino el calor. Cuando me adapté
y reaprendí sobre el desierto rionegrino y la pampa, llegó
Buenos Aires; lo atravesé conociéndolo. Después me metí en
el litoral impresionante; de él me enamoré y, cuando más lo
amaba, tuve que irme otra vez. Cuando me resigné, apareció un
dios llamado Córdoba. Me encandiló Santiago del Estero; en su
luz de sal me quedé (o me quemé), pero terminó en una selva,
Tucumán. Su geografía pequeña quedó atrás y entré en
Salta. Y en Salta, te cambia la vida. Como un oasis quedó
Uruguay, un país para no dejar; y como un llanto Paraguay,
guarania de un tiempo sin explicación. Yo nunca creí en los
desplazamientos. Y sin embargo viajé, como si quieta estuviese.
Cuando
salí, tenía un entorno conocido en el que más bien había
vivido enquistada; era
Buenos Aires, un lugar en el que uno se
siente seguro, se mueve como pez en el agua. La ciudad tiene sus
códigos y no se tiene más que andar, llamar el ascensor, salir
a tomar el colectivo, sentir la distancia social callejera, la
vida en suma conocida.
Me
trasladé a Río Grande para partir de allí con los caballos.
En el avión ni pensé, sólo
me quedé mirando por la pequeña ventanilla la costa de Santa
Cruz y las nubes. Bajé en el aeroparque con un viento atroz,
abrazada a un sombrero negro que jamás me había puesto;
tampoco conocía su utilidad.
Ya
en el campo, empecé a sentirme en falta; no entendía una frase
completa, como si la gente estuviese hablando en otro idioma.
Sabía que debía observar, ser prudente. Tanto espacio y tan
poco diálogo empezaron a asustarme. El primer mes llegué a la
conclusión de que sólo en el truco y en la mateada me sentía
normal; eran los únicos códigos que conocía, el resto era de
una crudeza sin límites.
Empecé
a desenquistarme de lo ciudadano; un parloteo mental me impedía
respirar hondo y ver con calma un cielo extremadamente
estrellado. Veía carnear los animales con más pánico que
interés y luego comía reviviendo la sangre y los gritos. Nunca
había matado para comer, y menos había visto hacerlo a diario.
Cuando el agua se empezó a congelar en las casas, en los
charcos y en mi nariz, supe que había vivido en otro mundo.
Después,
con la sabiduría del campo contra mi perfecta ignorancia en
hacer nudos, aparecieron los primeros problemas de cada día; se
me desataban los caballos, se me corría la montura, me dolía
el cuerpo y sólo veía las ancas enormes caminar como seres de
patadas en potencia. Buscaba comunicarme con esos bellos
animales; no sabía qué
era lo efectivo en ese trato y me
quería amigar con quinientos kilos de músculos y tendones
paranoides. El tiempo fue el único aliado, además del camino,
que amansa a los animales volcándolos al hombre cuando se sabe
perdidos.
Supe
que un caballo tiene querencia, que así se llama a su tierra,
la que él conoce y en la que se crió; que al salir de la
querencia el animal se da cuenta y es entonces cuando te empieza
a respetar. Supe que la dependencia por la comida y la sed
también lo acercan a uno; que si se tiene agua cada vez que él
la desea se puede empezar también a encontrar su confianza. ¿Y
para qué?, para facilitarlo todo, para no correrlo durante una
hora por la mañana, o simplemente para ver el camino sobre el
lomo de un animal que te reconoce.
Con
las personas fue distinto. Cuanto más lejos y desolado, más
emocionante es ser visita. Me preguntaba por qué razón los
demás cobraban una consistencia tan dramática o absoluta en el
hombre de campo; cualquier prójimo tiene para él poderes
similares al de un dios, la capacidad de ejercer el bien y el
mal para con el resto. Traté de que ellos no cobraran
consistencia en mí, con su solemnidad tácita que en verdad me
aburría, porque así como tomé sus enseñanzas padecí sus
críticas. Me fui apaisanando, llenando de elogios, en una
cultura de recados donde se dice que siempre hay que caer parado
y donde impera un clima de inquisición ante la duda. En esos
momentos, el alivio era llegar a una ciudad, conocer a alguien
que también se cuestionara, que fuese amigo de la ironía, de
entrar en ella desde el lado de lo sorprendente, una mirada que
me hiciera reír. Eso era en la ciudad. Sí, es lindo el campo,
pero yo escribí y pinté siempre pensando en la ciudad.
De
entrada tuve la idea de que iría a tolerar la naturaleza y no
solamente a disfrutar de ella, y era eso precisamente lo que me
impulsaba; hacerlo igual. Meterme en el mundo del campo para
poner mi cuerpo en esa prueba, bancarme el cuerpo de los
animales cerca (demasiado cerca para uno). Porque nunca tuve la
ilusión de que la vida es más o menos verdadera según el
grado de contacto con lo natural. Así que no me fui, como
podría suponerse, a realizar el sueño mítico de una vida
primitiva, sino a hacer muchas vidas, todas originales y falsas
a la vez. Me seducía esta idea: no saber porqué uno hace las
cosas pero seguir haciéndolas, no buscarle el sentido sino
tratar de esquivarlo, hasta que ese saber se impone, de golpe,
como en Salta.
Tampoco
me fui por renegar de la ciudad, si es lo que más me gusta. Por
el contrario, tomé el recorrido por esos caminos como un gran
viaje urbano y, en las circunstancias desfavorables (tormenta,
por ejemplo), después de pensar que no debía estar así, a la
intemperie, me proponía continuar, en fin, desobedecer pero
quedándome con algo.
Una
vez escuché a un escalador de montañas decir que lo que más
le atraía de todo era bajar. Ese tipo escalaba con un vasito de
tinto, despacito se la bancaba, hasta se fumaba un pucho en el
ascenso (cosa que se supone inadmisible y antideportiva), pero
el tipo quería bajar, y subía tratando de pasarla bien. Bueno,
a mí me ocurrió eso. El campo fue la subida.
Sentía
al paisano cerca cuando, desde la acción, me enseñaba cosas de
trabajo que yo necesitaba aprender, quitándome la ignorancia
sobre ese hecho concreto que tenía que resolver con urgencia.
En esos casos, dejaba partes de lado, desechaba esa solemnidad
característica, no le creía todo. Porque el paisano no deja
ver debilidades en la reflexión. Ese lado fuerte, sobre todo el
de sus dichos, siempre fue algo que tuve que soportar. La falta
de duda me desesperaba. Sin embargo, algunas veces, a la noche,
tomando vino, sus confesiones eran como un contraste.
Lo
que sí me sorprendió fue su facilidad para llorar, sobre todo
porque el paisano es alguien a quien siempre le dijeron que los
hombres no lloran. Aparece la fortaleza esta de la lágrima y
termina siendo frágil, aunque todos se empecinen en enseñarle
lo contrario. En general esto sucedía en las despedidas, cuando
yo más los quería y ellos me nombraban hija.
Los
padecí y los quise, como en las mejores familias. Traté de
verlos desde distintas perspectivas, de comprender sus
encierros, su madrugar, saber hacerse esos fuegos parejos o
afilar los facones y probarlos en el callo del dedo. Pero
también lloré (sufrí verdaderamente) cuando repetían
palabras y frases. Sin embargo, algo me cautivó de estos
hombres, sus dioses de la tierra y el vino volcado antes de
beber. Un campo abierto y su buena vista seguirán
impresionándome. De la vida, esquivé sus optimismos redondos
sin salida y me terminé encontrando con ellos en los detalles
de un saber que sólo el campo da, cuando hay que vivir en él y
arreglárselas. Por eso me tira su palabrita argel, picoblanco o
rabicano; conocer las plantas, saber herrar, sahumar, apartar
hacienda, cachimbo de lo que no conoceremos nunca, agua de sus
ojos afuera, saber los vientos, entender cada helada. Sé que
jamás volveré a verlos de igual a igual, prendiendo un armado
de caballo a caballo en medio de una vieja huella bonaerense,
que ya no podré estar en el medio de sus vidas, una más de la
peonada, maceteando con ellos los cueros en una matera de
Alberdi.
Me
fui. Ya no más alambrados ni nudos potreadores, ya no más
yesquero ni carne de charqui colgando de mi montura. Pero me di
el gusto. Viví con ellos. Me quedo con el paisanito puestero
solo, sintonizando Bach en la radio, en un mundo de luna y lana,
una noche de tormenta entre ovejas blancas; adolescente solo que
se hace la sopa y estira el catre.
| Arriba,
Bettina Bonifatti luego de su llegada a la ciudad de La
Plata. |
Arriba,
derecha, una de las hojas del diario de viaje. |
Los
tradicionalistas se dividen en dos: los que no anduvieron el
campo y el tipo de fortín que ahora está en el pueblo o en la
ciudad pero que anduvo y que sabe mucho. El primero va en un
Ford Sierra criticando todo con sobrepuesto de carpincho sobre
el asiento tapizado. El segundo es el que tantas veces agradecí
encontrar, porque es el que entiende sin necesidad de
explicárselo que lo primero es atender el animal y después
conversar. Si dicen defender lo nacional no pude nunca dejar de
discutir con ellos, cordial y hasta de manera divertida como
suelen hacerlo entre ellos, argumenté cada vez que nunca quise
perder de vista al tipo ese que adopta lo nuevo y lo incorpora,
el hombre curioso de campo que busca solucionar sus problemas y
se pone la bota de goma (una genialidad) y sale a trabajar, en
campera de nylon liviana y cómoda bajo la lluvia. Porque el
paisano de tierra adentro tuvo sus razones para usar zapatillas
deportivas en la semana y después endomingarse, sacar el
emprendado de soga hecho por él e ir al desfile.
La
vida en el campo es demasiado diversa e inimaginable hasta que
la ves. La colla con bolso Nike y mochila Adidas sobre el burro
colorido de matra hilada a mano, y la mesa de madera con la gran
botella de Pepsi para todos. La Pepsi familiar bajo los
algarrobos, los chicos con el medallón de las tortugas Ninjas
caminando por la sal del desierto, y un juego de tabas al lado
de la bicicleta todo terreno. El que se enoja pierde. Las
remeras de University Oklahoma y el ramito de albahaca en la
oreja del carnaval de Salta. Que querés, yo no me puedo enojar
como los viejos del pueblo más cercano. No me gusta hablar de
lo "verdadero", porque yo no sé qué es verdadero, si
los pantalones turcos son las bombachas que vendió el ejército
francés después de la guerra de Crimea y como sobraron todos
esos lienzos los vendieron en el Río de la Plata porque era un
mercado aprovechable; lo mismo las guitarras españolas, y la
vaca, que no es americana. Entonces no hay que juzgar. Nada más
santiagueño que un sonido de violín. Después, si se utiliza
mal o bien es otro cantar, como la televisión.
 |
| Retrato de Macedonio Fernández,
ejemplo de la actividad como pintora de Bonifatti. |
El
paisano es un gran tipo que no se preocupa por esas locuras del
tradicionalismo fanático. ¿Literatura? No sé, nunca vi libros
en los ranchos; los vi en las casas, en los cascos de las
estancias. Apenas en los ranchos vi los álbumes de fotos:
comunión, casamiento, fiesta de quince, bautismo y jineteada;
no faltan nunca y son mostrados a los paseantes con lujo de
detalles y explicaciones. También vi posters, cuadernos de
clase de los chicos y el cuaderno grande en el que se llevan las
cuentas de la hacienda y los potreros (los números de vacas,
las pariciones, etc.) Además, ellos me lo dijeron: al Martín
Fierro lo escribió un señor llamado Martín Fierro.
Cada
provincia fue una isla, una isla Córdoba y Santiago del Estero.
Islas unidas, rasgos propios, inconfundibles como Salta. La
Patagonia es un mundo donde se jubila a los perros. La provincia
de Buenos Aires, otro planeta, códigos de avanzada y riqueza de
la tierra, criollo con información. El litoral, alegría
profunda, sapucai y río; aún así, Misiones es otra isla
dentro de él, donde el trabajo es lo más importante.
Contrabando de azúcar en una lancha, portuñol, barro que te
hunde la boca, un beso profundo de animales. Allí uno también
muere, pero porque quiere, no por destino como en Salta. Más
bien es una gran voluntad de enterrarse y ver la raíz del
pomelo rosado. Qué lugar para llorar y que no te escuchen. En
silencio, no a gritos como en Salta. En Misiones llorar es
solitario chorrear de lágrimas sin poder contarlo, porque es
deseo imposible, buey prohibido que resbala en la huella
jabonosa. Diablos, Misiones diablos con caras de pájaro. Río
de hombre enorme que ya no canta ni sueña, oro verde, yerba
mate hasta en los dedos de los pies, perros verdes de polvo de
yerba caminando lentos por el secadero, temor en el estómago,
miel de caña y de galpón, lagartos de arcilla y niños
tuertos. Adolescentes amamantando al sol bebés rubios y
después andar así, de camisa abierta por la chacra, los pechos
a la luz entre los árboles del monte y junto a la casa, por si
el niño quiere más. Ropa tendida y canoa vieja. Misiones es un
hombre recostado de cuerpo selvático con mujeres que le
caminan; y él se queda pensativo, criando a los gurises en
hamacas paraguayas que ofician de cunas. Territorio límite de
otra isla, de nombres húngaros y checos que no vieron ni verán
la nieve. Tierra de mi abuela de la que sólo decía:
_
Es todo monte. Y no se equivocaba.
Córdoba
es otra isla, como si tuvieran su propia religión, su mundo, y
vos entrás. Ojo, estás en Córdoba. Es otra cosa, ahí no
andés mostrando que sos rico porque no vas a conmover a nadie,
como en la provincia de Buenos Aires, donde muchos querrían ser
como sus patrones para estar del otro lado y ser peores que el
suyo. Pero ojo, estás en Córdoba, una isla de hermanos, como
si vos fueses allí y los tuvieras que encontrar y aparecen, con
nombres como Aparicio.
Hay
sitios del alma cordobesa en los que no se puede entrar. Los
lugareños están cansados del turismo. La visita no es gran
cosa, no es como llegar a un lugar adonde nadie va; todos por
una razón o por otra pasan por ella. Pero ojo, estás en
Córdoba, en la provincia de los caudillos asesinados.
Salta.
La Salta que tuerce los destinos. Aún en la fe o en el dominio
de la iglesia, la gente anda con su otro dios en el poncho: la
Pachamama. En Salta algo te va a pasar, inevitable, como la
muerte. Una isla de telas rojas, donde no amanece. Salta es toda
anochecer, crepúsculo y viento zonda. Se sale con otra cara de
ella, con miradas que se han sumado a la de uno (no tiene
retorno esta provincia). Ella es como una república de
cóndores, es como hacer el acto de confianza o algo que uno no
ha hecho nunca. Va en su dolor un hilo de sangre alta, vida de
guanacos y sombras redondas que bajan como ojos. Pájaros que
entran en la casa. Ventanas al universo. Vino al pozo del suelo
en un estrellado agujero de locura de quien mira para abajo
desde su sombrero faltante. Nunca viene. Salta va. Y uno con
ella sin carrera desciende o se alza. Salta es vaivén sin
vértigo pero con inseguridad; punto fatídico porque uno no
está preparado para ese hálito que no es mareo.
Salta
muerte, Salta hermosa venganza para robarle a la vida lo que no
te iba a dar. Y le dicen la linda, porque viene de joven con los
huesos cargados hasta la última partícula, y viene de oxígeno
exiliado, y se va de hombre agachado con leña en las manos y en
su caminar se dobla la calle. ¿Arrastrar Salta? No. Se arrastra
Misiones con uno y que lo sigue. Salta te espera; meses, años.
A Salta hay que beberla, engrandecerse siendo la hormiga que,
como ella, va entre los cerros; involucrarse en las procesiones
con vírgenes de otro cielo o con Elviras sin dueño. Y ser muy
justo con el nombre que uno le pone a los perros.
Voy
de costado como los cangrejos, arrancando muerte. Quedé de a
pie. Después de cinco años de centauro, quedé de a pie. Una
ofensa al deseo. Quedé de a pie. Me ahogo, quedé de a pie, no
lo quiero recordar. A veces siento que la vereda me toca el
mentón y ya no sé medir la estatura de mi cuerpo. Mido
cincuenta centímetros. La vida no me dejó, me dejó el
caballo, las riendas me dejaron. Me duelen las piernas de no
caminar, los ojos de no ver, las manos de no atar. No me animo a
lavar este bozal. Cada vez que escucho los cascos al pasar un
carro llevando cartón me largo a llorar sin consuelo con la
cara entre las manos, y nadie lo entiende. Creen que lloro por
el caballo, y no. No siento nostalgia; soy presa del hábito, no
sé cómo vivir.
Cinco
años es mucho para no bajarse. Mi cuerpo tenía otro cuerpo
abajo de mí, de media tonelada a ver si lo entendés; podía
correr a sesenta kilómetros por hora sin moverme, y elevar
sobre el horizonte mis tres metros. Y durante tanto tiempo fui
yo así que ahora me asalta entre los paragolpes el piso cerca
de la cara. Tenía una nave de cuero, una tonelada a favor del
pensamiento, ocho horas diarias de reflexión obligada; y cada
día buscar el agua, pedir la sombra, dormir en el suelo. Me
acomodo en este presente de rincón, ya no tengo cuatro orejas y
los oídos me zumban.
Entre
las deudas estaba caminar, tomar mate arriba de la planta, nadar
con un zaino los ríos dulces, brutalmente no filmar nada,
ahogar la cámara de fotos e el río, tirar todo. Yo colgué
diálogos e las estalactitas que medían cuatro metros, pero
porque no tenía con quién hablar. Por eso a veces siento
hundirme en un espacio cerrado que no tendrá remedio.
Ahora
solo veo agua en vasos y canillas. Me siento un absurdo animal
encerrado. Todo aún lo quiero gritar. Me desespero y me
violento frente a mi cabezada vacía e el rincón del
departamento, y en vez de ver un perro muerto sobre el camino,
veo perros vivos caminando sobre el camino muerto.
En
el ojo que guía los sobresaltos me tocará un disparo. Eran
días de luz al tranco de unos caballos y, a la noche, la
ansiada oscuridad como una bendición. Dolor imposible de
explicar es ahora, cuando de noche hay luz artificial, y siento
el espanto.
No
lloro caballos, ni vida nómade. Porque no era el hecho de
viajar, era el acto. Entro en los bares y todos están hablando.
Admiro ahora a estas personas parlantes, pero no puedo entrar.
Quedé afuera. De tanto cielo me quedé afuera. Y siento cabras
abajo del mundo.
Me
fui del viaje. Cierro los ojos entre los edificios con la
sensación de los pies descalzos contra las costillas del
caballo. La sombra está en todos lados; antes tenía dueño y
yo aprendí a pedirla. Ahora no sé qué hacer con tanta sombra
colectiva. Entre todas estas puertas que parecen cantidades,
pongo la pava. Hice abandono del no hogar. Y salgo a viajar por
mi casa y a conocer gente como mi madre.
Los
ponchos del pasado me buscan la cabeza. Veo mis riendas tan
gastadas que me da euforia de crines ausentes. Me da por tener
un cogote cerca de mis piernas, y un temblor de relincho en las
rodillas. Basta. Ya no sueñes. Ni siquiera la boina me
corresponde. Y ando así, en cabeza.
(...
) CABALGATA I
EL
SUR
Evitar
los pensamientos sobre Buenos Aires.
Engrasar
los cueros, pedir grasa a los esquiladores.
Aprender
a ensillar.
Montar
y practicar con dos de tiro a la asidera.
Nadie
me dice nada.
Evitar
la nostalgia, es mejor la bronca de no aflojar.
Tantear
antes de pisar, manejarse en la noche cerrada sin linterna.
El
viento sopla a 130 km. por hora.
Las
cosas se vuelan (cuaderno, documentos, pelero, etc.). El tema
del vuelo no es un tema menor, porque a esa velocidad es
irrecuperable el sombrero.
No
olvidar ir a ver a los buscadores de oro del Cordón Baquedano.
Inventariar
mentalmente para no olvidar las cosas al partir. Si sigo dejando
una por día, en 200 km. no tendré nada.
Tener
en cuenta la constatación de que los paisanos oyen lo que uno
dice en voz baja a distancia.
Averiguar
cuál es el antecesor del fósforo.
Para
poder fumar mientras escribo, tener a mano piedras de pesa sobre
el cuaderno.
Las
velas se apagan, probar escribir con la linternita en la boca,
aunque se alterne con el cigarrillo.
Anotar
todas las soluciones caseras y remedios para curar mataduras
hasta hoy: Jabón neutro, grasa de auto, orín de cristiano,
azufre molido con kerosene, carbón de pila, betún y nafta.
La
mano en la rienda con el cuerpo agotado al final del día donde
surge un solo pensamiento: Esto no es para mí.
Reforzar
los botones.
Barcaza
Melinka. Pasan algas de cuatro metros.
Cumplí
21 años y tiré al Estrecho de Magallanes el permiso de viaje
de mi padre.
No
saltar sobre los arroyos congelados.
Caminar
de a ratos con el cabresto en la mano para entrar en calor y
poder tener las manos libres de guantes.
Aprender
el nudo cola bozal para llevar los caballos de tiro hasta Morro
Chico.
Recordar
quitarme las antiparras de moto al entrar a una estancia.
Perros
prolijos, ante el silbido del arriero traen un mar de ovejas que
encandila.
Descansan
asegurándoseles el sustento y cuentan con enormes jaulas para
su cuidado con un encargado. Se les dice perros jubilados. Hay
de vacunos y de lanares, según peguen el tarascón o sólo
toreen.
Hay
casillas vacías, con alguna vela, o yerba. Dejar algo al irse
para quien pudiera venir atrás.
Se
permite carnear una oveja pero hay que estirar el cuero en el
alambrado para contabilidad del dueño del campo.
Cuidado
con los números, los hombres confunden el diez con el cien.
Anotar
referencias de Punta Arenas.
Averiguar
por qué esa Bahía se llamaba Inútil.
Ir
a Navimag para conseguir el Roll on - roll of e ir por mar a
continente en el carguero de ganado.
Improvisar
un corral con pasto en la cubierta por cuatro días dado que en
los tres niveles de camiones jaula van 1200 vacas hacinadas.
Aconsejan
dormirse antes de entrar al Golfo de Pena para evitar la vigilia
durante las doce horas de cabeceo y rolido.
Imposible
dormir en el suelo de un transbordador que se sacude en el
Pacífico.
¿Por
qué le llamarán pacífico a un océano así?
Para
subir la escalera a cubierta, aprovechar cuando cabecea la proa,
lo que hace que uno se caiga para arriba y suba como si bajara.
Subir
a cubierta a dar agua a los caballos en el brete improvisado y
atarlos cortos a la baranda para que usen su cogote como una
quinta pata.
La
poca gente de la tripulación bromea. Los que no se marean
quieren atar al cocinero para que les cocine.
No
pisar de noche a los que están tirados en el suelo.
Esperar
la quietud del barco es una tortura.
Agarrarse
de las paredes de los pasillos de los camarotes. Recostarse es
recibir los sacudones como palizas fuertes, como si la sangre se
te fuera para los costados y presionara la piel por horas.
Muchas horas, siete, acostada, prefiero andar por el barco, aún
con náuseas y jugar con la percepción, para ver si pasa más
rápido el tiempo.
Ir
a ver los cóndores cuando se haga de día.
Ir
a conversar con el Capitán.
Bajar
a los niveles de camiones jaula a ver cómo sacan las pocas
vacas muertas durante la noche.
El
Servicio Agrícola Ganadero de Chile (S. A. G.), prohibe llegar
a puerto con animales muertos.
El
negocio es llevar quinientas de más y que mueran asfixiadas
cinco.
A
las vacas muertas voy a ver cada noche, antes de acostarme en el
suelo.
Se
necesitan cinco hombres para tirar una vaca al mar: uno la
agarra de cada pata y otro empuja el lomo. Las arrastran por la
cubierta, como marineros cowboys, hasta alzarla en el borde y la
arrojan. Me asomo a ver eso, cuando vuela como una suicida, cae
en un estruendo y perfora la negrura del océano con espuma
alrededor. Parece un pez muerto y enorme sobre la estela que
deja el barco y que la abandona.
Estas
visiones intraducibles son las que a veces me hacen seguir. Ver
lo nunca visto. Oír lo no oído.