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LA TIERRA DEL EXPLORADOR
Por Esteban Ierardo

El texto que presentó a continuación
busca ser un acercamiento personal, filosófico y poético,
al especial espíritu del explorador que está sección de
Viajeros y exploradores de Temakel pretende
reflejar. Es también, más secretamente, un estímulo para
que todos descubramos la audacia y el valor del explorador
en nuestro propio camino.
El explorador: fuego humano que anhela ser
testigo de una tierra y un mar nuevos, recién descubiertos.
Hace un instante nacidos. En la imaginación mitológica existe
un lugar eterno donde el mundo es siempre novedad recién
creada por los dioses o los héroes ancestrales de un pueblo.
En esa realidad ni un color, ni una sola forma, tolera la
vejez o la opacura. En la realidad hace un instante surgida,
los segundos se frotan entre sí, y perpetúan un aire de
fuego.
Aire de fuego: oxígeno
fogoso que inhala el explorador en la tierra hollada por primera
vez; en el océano recién descubierto. La pasión exploratoria es deseo por respirar
la materia como llama vivaz, recién encendida.
El explorador que arriba a la tierra y el mar nuevos, confirma la validez de una
filosofía denominada idealismo en la tradición occidental. Para esta
doctrina, el espacio y lo real sólo existen en tanto
que son pensados. Sin la mente que piensa, no se muestra la campana inmóvil
del firmamento o la tierra con sus racimos de formas. El
explorador demuestra la realidad del idealismo filosófico. Pero de un
idealismo corpóreo. Esa tierra y ese mar ahora vistos sólo son en
tanto que el cuerpo emocionado del viajero se adentra
en ellos. Sólo la presencia del explorador en un sitio,
le permite a ese sitio existir.
Sin
embargo, el paisaje preexiste. Ya late sin necesidad de la huella
del hombre desde millones de misteriosos años. La tierra ya es, desde
su ancestral soledad, que comparte con sus seres, con el cielo, y con el
solitario que explora...
El explorador gusta de la soledad. Una sensitiva soledad. En la vida urbana, el
estar solitario es signo de aislamiento, de encierro silencioso, de
angustia no compartida. Por el contrario, el que descubre y recorre un mar o una tierra sin
presencia humana, se abre a la escucha, a la percepción de la vida fluida de su entorno. Por eso, el
explorador es practicante de una soledad de la impregnación,
muy diferente a soledad de la reclusión egocéntrica. La
vida urbana solitaria suele significar ensimismamiento, un encerrarse
dentro del propio ego, para defenderse de un afuera indiferente u hostil. Pero
la soledad del explorador no es enclaustramiento, sino salida de sí. El que explora expande sus ojos y
oídos, los
hace rodar y bailar sobre los poros de la materia. Se impregna con todos
los cantos de la tierra y con las inmensidades de la cúpula celeste.
La soledad del explorador es también soledad iniciática. En 1921, el
explorador danés Knud Rasmussen exploró el norte de Canadá. Allí, se
encontró con Igjugarjuk, un chamán esquimal caribú de una tribu que
habitaba en las tundras del norte canadiense. En su juventud, Igjugarjuk
permaneció solitario durante seis meses. Vivía en un refugio y sólo
muy esporádicamente era visitado por el viejo chamán Peqanaoqqe, quien
le traía algo de agua caliente y carne. En todo este tiempo, Igjugarjuk
se forjó como chamán, como hombre de conocimiento, y pensó en Sila,
el Gran
Espíritu. Al final de su largo período de aislamiento, se le apareció
una mujer, de etéricos contornos. Tras estos
recuerdos, Igjugarjuk le
aseguró a Rasmussen: "La única sabiduría verdadera, vive lejos
de la humanidad, en la gran soledad". Luego, Rasmussen se
encontraría con otro sabio esquimal, Najagneq, quien le expresó
que su dios, Sila, es un poder invisible que "nunca puede verse; sólo se oye
su voz".
El
explorador que escuchaba a los hombres de una sabiduría antigua, escuchaba en
realidad algo afín a la generación de saber que la depara su propia soledad. A través de los instantes solitarios, el que
explora se inicia en el conocimiento de una realidad secreta, esquiva.
La realidad del espíritu que mora en el paisaje y rebasa lo visible. Pero
aquel inasible espíritu quizá pueda ser
intuido a través de una voz... la voz
de la ética del espacio. Kant, el pensador alemán del
siglo XVlll, pregonaba una ley moral
que manda, que exige un tipo invariable de acción para que el
hombre sea ético o moral. Aquel mandato es interior y constriñe a la
repetición de un innato código moral. La voz que escucha
el explorador es imperativa, sí, pero no es interior ni racional. Es exterior, y dimana
misteriosamente del espacio que in-voca , con-voca al explorador para
cumplir un mandato, una ética de un solo principio: "siempre debes descubrirme, para ser".
La voz
de la ética del espacio vibra dentro de la garganta del día; pero también surge
desde el cuello sin forma de la noche. Francisco
Moreno, el gran explorador argentino
de la Patagonia, se fundió una vez con la noche austral. "Ante las sublimes manifestaciones de la creación,
que el hombre mira en lo alto (en la noche), créense escuchar voces que le revelan
vida en esas otras tierras, y los recuerdos que ese espectáculo
desarrolla en su alma se agolpan y llegan a ser tan innumerables como
los puntos luminosos que irradian alrededor de los grandes grupos
estelares, núcleos de mundos". Y, poco después, Moreno manifiesta
su " admiración por lo infinito". Ante el titilar
recóndito y vacilante de las estrellas, el que explora experimenta el
espacio real; el espacio torneado por distancias vastas, por volúmenes
intangibles de estrellas. Pero el espacio cósmico, distante,
no es para el explorador espacio neutro, indiferente. Es el infinito
admirado, una tierra celeste sin fin. Un lugar donde se puede habitar. Lo mismo que
en la tierra sólida y ancestral. Sólo el explorador y el
nómada son capaces de vivir dentro de aquellos espacios de las longitudes vastas. Con su andar, el explorador
acompaña la amplitud del espacio nocturno y las riquezas aún secretas
de la tierra.
Pero en el explorador no sólo late la expansión. También puede ser
afectado por una retracción, por el yo que se vuelve sobre sí mismo en
busca de afirmación y reconocimiento. El explorador puede ser
víctima de la ilusión del
ego triunfante. La tentación narcisista. A veces, la pasión por el viajar lejos y salir de sí, del
propio país, de la propia historia, encubre el deseo de ser nombre aclamado. El
héroe cristaliza su hazaña para ser reconocido, visto y admirado por los
otros como yo radiante. El regreso triunfal a la patria es oportunidad
para la exhibición del título de primer conquistador.
Tal es el caso de la
disputa entre Amudsen y Scott por ser el primero en llegar al polo sur;
el empeño de Pery por demostrar que él fue el primero en sobrevolar el
Polo Norte.
Sin
embargo, la tentación del yo aclamado, no disuelve la auténtica pasión del
explorador por el espacio virgen, vasto.

En una famosa fotografía (arriba), Oates, miembro de la expedición de Robert Falcon
Scott, avanza contra las dentelladas del viento polar. El
torrente violento del aire que golpea al explorador, sopla dentro de una
metáfora. El salmón debe remontar las aguas, ir contra
la
corriente para alimentarse. El explorador debe caminar contra el viento
para alimentar su ansia de gloria, y para burlarse del triunfo de lo
sedentario en la historia... En el inicio, en las mañanas y noches paleolíticas, el hombre respiraba como cazador, y entregaba sus pies al
nomadismo. Como un ineludible hábito, debía explorar, una y otra vez,
el mapa de su entorno en pos de indicios y huellas, señales del animal a
perseguir y cazar. En su constante movimiento, el cazador era continuo
observador de los detalles de la tierra. Era explorador y descubridor de
nuevas trazas y fisonomías en el suelo. Con el advenimiento de la
agricultura
en el neolítico, el hombre deviene sedentario. El sedentarismo agrícola es reemplazado luego por lo sedentario urbano. La forma del ser
que triunfa en la historia, que se presume soberana y superior a la
existencia rural. El existir en la urbe es un desplazarse dentro
de un laberinto finito, laberíntico hogar de las calles y edificios
donde se debe seguir la dirección pretrazada. En el laberinto urbano
no hay un moverse, un ir contra, sino un seguir rumbos pre-trazados por
calzadas y calles, ascensores y pasillos. Encierro laberíntico del
movimiento, movimiento sedentario de la urbe. Pero el
movimiento pleno no sigue los senderos impuestos; por el contrario, empuja corrientes.
Como Oates,
el explorador, el nómada, que construye su camino a través de arremetidas. El
explorador que empuja corrientes.
Y el explorador escucha otras músicas. Entre las muchedumbres urbanas, prevalece la atmósfera sonora del
hombre y sus creaciones; las voces callejeras, el rumor de automóviles
y aviones. Las polifonías urbanas silencian una música anterior. La música primaria del agua y sus murmullos. Y
el viento y sus soplidos. El explorador late lejos de la multitud.
Por eso, su oído es altar continuo para la sinfonía de la
naturaleza.
El constante escuchar, el continuo ver el paisaje sin marca humana por
parte del explorador, lo predispone a fundirse con lo escuchado y visto. Un largo
caminar en soledad propicia el olvido del propio yo. Tal como le
aconteció a Guillermo Enrique Hudson al sumergirse en las
llanuras de la
Patagonia. La disipación del propio yo en la intimidad del paisaje es
otra vía por la que el que explora se vierte en la amplitud del espacio.
La liberación momentánea del yo del explorador se une secretamente con
otra emancipación: el mundo que anhela liberarse de su lucha y dispersión.
Scott aseguró que su misión era llegar hasta el fin del mundo. El
Polo Sur no sólo era el lugar físico más distante. Llegar al polo era
arribar donde el mundo se libera de la luchas entre los seres, del
apremio por la supervivencia que dispersa y aflige. Llegar al fin del
mundo es escuchar el pulso de la tierra donde la lucha y el conflicto,
la muerte y el renacimiento, se suspenden. Es el sitio donde la tierra
sólo medita en el espacio, misterioso, abierto, acalorado por fuegos
secretos. Recién encendidos.
Hemos acompañado distintos latidos del explorador en su marcha. El
explorador es el que vive la pasión por hurgar la tierra recién nacida;
es el que encarna un idealismo corpóreo, y la soledad de la
impregnación y la iniciación. El explorador es acechado por el peligro del yo aclamado,
por la
vanidad de mostrarse como primer conquistador. Es heredero de los antiguos
nómadas;
es el que empuja corrientes. Es el que escucha la voz ética del
espacio y la música primera de los elementos. Y es quien rebosa
admiración por lo infinito y palpita en los espacios de las longitudes
vastas.
Pero el credo más íntimo del explorador es siempre el anhelo de gloria. Ser glorioso, ser el ardor de todas las luces. ¿Pero dónde
ardes en la gloria, explorador?
Sí, lo sé, explorador, ardes en la gloria al
presenciar, dentro de una noche fría, cómo en la distancia oscura una
mano enrojecida comienza a liberar miles de molinos de luz; es la
mañana que cultiva jardines de claridad en el borde tus huellas; es la
mañana que, con tus labios, invoca a todos los soles que ardieron en el
tiempo.
Y,
sí, ardes en la gloria cuando exploras la boca del volcán, la
cueva extraña, las selvas protegidas por escudos de maleza y encrespadas
cabelleras de hojas y plantas.
Y,
sí, ardes en la gloria al percibir, mientras respiras en la
llanura o la ladera de la montaña; y, entonces allí, percibes los
saltos de la lluvia en tu rostro; los remolinos de viento bailando a tu
alrededor; el frescor empapado de las hierbas o las rocas endulzando tu
aliento; y la luz grisácea del cielo que resplandece entre tus cabellos
ensortijados.
Y,
sí, ardes en la gloria, explorador, cuando con tus barcos, navegas entre
caricias y espumas, sobre las anatomías del agua, del mar, el río o el
lago, y dentro de las olas o las corrientes, aprendes la calma o la ira
del océano. Y, al escuchar el rayo en alta mar,
recuerdas que toda nuestra fuerza y deseo no podría inventar aquel grito
divino del trueno y la tempestad.
Y, ardes en la gloria, al llevar tu soledad a las nieves
antárticas o la frente roja del desierto, o el rumor veloz de los ríos
de deshielo, o el lenguaje de letras verdes o puntos de madera de los
bosques.
Sí,
ardes en la gloria, explorador, cuando palpitas en lo más lejano, donde la
tierra, solitaria, medita en espacios de fuego.
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