|
VIAJEROS
DEL ORIENTE Y OCCIDENTE MUSULMÁN
«Mi
alma me movió a abandonarla y a vagar errante, porque el
agua es más pura en la nube que en el charco».
Al-A’ma al-Tutilí (m. 1126), poeta andalusí.
Angelo
Arioli (Nettuno, 1947), profesor de Lengua y Literatura
Arabe en el Departamento de Estudios Orientales de la Facultad
de Letras de la Universidad de Roma, especialista en onomástica
y prosopografía islámica, es autor de estas significativas
líneas: «En principio fue la Palabra; inmediatamente
después llegaron los mercaderes. Mercaderes viajeros, una
de las dos categorías, de las dos tipologías arcaicas, a
las que se puede reducir el tropel de narradores, de aquellos
que de plausibles experiencias personales extrajeron o proporcionaron,
conscientes o no, materia de relato, desde que el mundo
es mundo, o lo que es lo mismo, desde que el viaje es viaje,
hasta este mundo nuestro donde se viaja frenéticamente,
pero ya no se cuenta, ya no se fabula, sobre tierras o acontecimientos
lejanos, unos y otros superficialmente cercanos en el cotidiano
aplastamiento del espacio/tiempo perpetrado por los medios
de comunicación, entendidos en el más amplio sentido. Antaño
eran los mercaderes quienes narraban novedades y eventos:
"narrar", "novedades", "eventos",
tres palabras que la lengua árabe hace derivar de la misma
raíz, las dos primeras unidas en la misma palabra, como
para sugerir que es el "evento", lo que es "nuevo",
lo digno de "narración", o, si se prefiere —por
darle vueltas a un juego dialéctico contemporáneo —, que
lo que es objeto de "narración" se postula implícitamente
como "evento", "novedad".
(Angelo Arioli: Islario maravilloso. Periplo árabe medieval,
Julio Ollero Editor, Madrid, 1992, pág. 215).
VIAJEROS DEL ORIENTE MUSULMÁN
El
principio islámico de viajar, al menos una vez en la vida,
a las ciudades santas de La Meca y Medina, sumado a la tradición
de visitar lugares sagrados como Jerusalem, Naÿaf y Karbalá,
viajes que se realizaban desde zonas remotas como al-Ándalus
o el Turquestán y que podían durar incluso años, entre la
ida y la vuelta a su lugar de origen, junto con las necesidades
propias de los comerciantes y también de los gobernantes,
la geografía adquirió en el Islam una real importancia.
El Islam es, pues, por excelencia, una civilización de movimientos
de tránsito, lo que supone lejanas navegaciones y una múltiple
circulación caravanera, tendida, ante todo, entre el océano
Indico y el Mediterráneo, lanzada generalmente desde el
Mar Negro a China y a la India y, por último, eficaz desde
el «país de los negros» (Bilad as-Sudán) a Africa
del Norte. Este sistema caravanero tenía metas tanto culturales
y religiosas como comerciales.
El Islam tiene sus mercaderes musulmanes y no musulmanes.
Se han conservado por casualidad las cartas de los mercaderes judíos de
El Cairo desde la época de la primera cruzada (1095-1099); demuestran
que los musulmanes conocían todos los instrumentos de crédito y de
pago y todas las formas de asociación comercial (por consiguiente, no
será Italia la inventora de ellos como se ha aceptado con demasiada
facilidad). Suleimán at-Taÿir (es decir: "el mercader"),
llevó hacia el año 840 sus mercancías a la China y la India desde el
puerto iraní de Siraf en el Golfo Pérsico. Un autor anónimo de 851
escribió un relato del viaje de Suleimán; este relato es anterior en
425 años a los viajes de Marco Polo (cfr. J. O’Kane: The Ship of
Suleiman, Londres, 1972).
A fines del siglo IX, Abu Zaid as-Sirafí
compila su obra Silsilat at-tawari ("Cadena de las
crónicas"), recogiendo excelentes informes sobre la navegación en
el océano Indico, la India y China. Igualmente, hacia el año 1000?,
otro persa, el Capitán Bozorg, hijo de Shahriyar al-Ramhumurzí
(relativo a la ciudad de Ramhumurz, en la provincia iraní de Juzistán),
acopia relatos sobre el Lejano Oriente. El primer gran geógrafo
musulmán es Ubaidullah Ibn Jordadbeh (825-912), autor de una obra cuyo
título se repetirá abundantemente en este género, a lo largo de
varios siglos: Kitab al-masalik wa al-mamalik ("Libro de los
caminos y los reinos"), aparecido en 846 y nuevamente, revisado,
hacia 885 (traducido por M. J. de Goeje, Leiden, 1967). En él se hace
abstracción de la parte astrónomica o matemática para extenderse en
la descripción de los países, señalando cuidadosamente los
itinerarios, indicando lo más aproximadamente posible las distancias
entre dos puntos, de forma que el caminante pudiera en todo momento
conocer la dirección a seguir.
También encontramos el curioso relato
del viaje del intérprete Sallam a «la muralla de Gog y Magog»,
denominación con que el autor parece indicar la Gran Muralla china
(cfr. F.E. Peters: Allah’s Commonwealth. Ibn Khurdadhbih, Nueva
York, 1973). Otra importante obra de este tipo es el Kitab al-Buldán
("Libro de las comarcas"), publicado hacia 891 (traducido por
M.J. de Goeje, Leiden, 1976) por un shií, Abu l-’Abbás Ahmad al-Yaqubí
(m. 897), autor también de una gran historia universal (edit. por M.T.
Houtsma, Historiae, Leiden, 1969). Abu Zaid Ahmad ben Sahl al-Baljí,
muerto en 934, escribió un Kitab suwar al-aqalim ("Libro de
los visitantes de las regiones"), donde se describen los distintos
territorios del mundo islámico. El número de mapas será siempre de
veintiuno, a partir de este momento. El primero, responde a la totalidad
del mundo habitado, conocido hasta el momento por los geógrafos
islámicos. Otros tres nos muestran los tres mares más importantes para
los musulmanes: el Mediterráneo, el Caspio y el «cuasi mar» Golfo
Pérsico. Los diecisiete restantes representarán las diversas regiones
en el que los geógrafos dividían el mundo islámico. La
característica común a todos estos mapas es la de ser
extraordinariamente esquemáticos, usando figuras geométricas. Por
ejemplo: representan las islas como círculos, lo que permitía ser
consultados por personas de no gran formación en la materia. como
podían ser lo viajeros y peregrinos.
Embajada a Carlomagno
Una de
las primeras grandes travesías que tuvo como protagonistas
a viajeros musulmanes del Oriente se refiere a aquella embajada
enviada por el abbasí Harún ar-Rashíd (766-809) a la coronación
del Emperador de Occidente, Carlomagno (742-814), en Aquisgrán
(hoy Aachen, Alemania). Esta arribó a destino el 30 de noviembre
del año 800 (la ceremonia estaba prevista para la Navidad
a cargo del Papa León III), luego de recorrer varios miles
de kilómetros desde Bagdad. Los embajadores del Islam le
llevaron al rey de los francos como prueba de buena voluntad,
un elefante, animal que no se veía en esas latitudes desde
los tiempos del estratega cartaginés Aníbal (247-183 a.C.).
El paquidermo desfiló por las calles camino de palacio aclamado
por una alborozada multitud. Carlomagno quedó encantado
con este obsequio y otros magníficos presentes cedidos por
el califa bagdadí, como un juego de ajedrez, camellos, especias
y perfumes, un reloj hecho por sus relojeros que tañía una
campanada cada hora, y un órgano musical neumático, el primero
de su clase que entraba en Europa. Y lo que parece increíble:
«las llaves del Santo Sepulcro y el estandarte de Jerusalem».
Véase Travellers and Explorers. An Elephant for Charlemagne,
Iqra Trust, Londres, 1992, págs. 8-11; Sigrid Hunke: Kamele
auf dem Kaisermantel —deutsche-arabische Begegnungen seit
Karl dem Grossen, Stuttgart, 1976; Francis William Buckler:
Harun al-Rashid and Charles the Great, Ams Press,
Nueva York, 1978.
Ibn Fadlan
El 21 de
junio del 921 (Safar 309), un grupo de viajeros partió desde
Bagdad. Esta nueva embajada era encabezada por Nadir al-Haramí
que portaba mensajes amistosos del abbasí al-Muqtadir
(califa entre 908-932) para ser entregados al rey de la
Rusia vikinga, Igor (877-945), hijo de Rurik (m. 879), fundador
de la dinastía homónima. La embajada llegó a destino en
mayo de 922 (Muharram 310). En realidad se trataba de una
delicada misión diplomática destinada a lograr un alianza
contra un enemigo común: Bizancio. Igor lideraría una fracasada
expedición contra Constantinopla en 941-944 que contó con
el apoyo del califa al-Mutaqqí (cfr. Frank R. Donovan: Los
Vikingos, Editorial Timun Mas, Barcelona, 1965, págs.
62-77).
Entre los viajeros
se contaba un sagaz y observador secretario, Ahmad Ibn Abbás Ibn Fadlan
quien recorrería enormes extensiones de Escandinavia, Rusia central, el
mar Negro y el Caspio. En 922 llevó a la madurez un diario de ruta
llamado en árabe Risala ("Tratado"), también conocido
como «Viaje al país de los búlgaros del Volga» (trad francesa de M.
Canard, en Annales de l'Institut d'etudes orientales de la faculté des
lettres de l'Université d'Alger, t. XVI, Argel, 1958). Sus
observaciones, caracterizadas por un afán de objetividad, son muy
valiosas, pese a que de vez en cuando se manifieste en ellas la
indignación por las costumbres de pueblos no musulmanes como los
eslavos y los turcos paganos (cfr. A. Ibn Fadlan: Voyages chez les
Bulgares de la Volga, Sindbad, París, 1988).
Al-Mas’udí
Abu al-Hasan
Alí Ibn al-Husain Ibn Alí al-Mas’udí, nacido en Bagdad y
fallecido en El Cairo en 957, nacido en el seno de una familia
shií, es el autor de la monumental obra Muruÿ ad-dahab
wa ma’adin al-ÿawahir ("Campos de oro y minas preciosas"),
generalmente citado en Occidente como "Las praderas
de oro" (traducida al francés en 9 tomos por Charles
Barbier de Meynard y Pavet de Courteille, París, 1861-1877,
y 1962). Escrita hacia 947, y revisada y publicada nuevamente
en 957, es una enciclopedia monumental de treinta tomos
sobre historia y biografías, pero su mayor interés reside
todavía en sus noticias y descripciones geográficas y en
los innumerables datos sobre historia natural y sobre descripciones
de usos prácticos y de procedimientos técnicos. Por ejemplo,
en ella se encuentra la primera mención conocida de una
colección de cuentos de origen persa llamada Hezar efsaneh
("Mil cuentos") cuyo fondo es de procedemcia india,
que luego formaron «Las mil y una noches». Por esto los
historiadores e islamólogos occidentales acostumbran llamarlo
«el Plinio, además del Herodoto, del mundo musulmán».
Gran cosmógrafo,
redactó el Kitab al-Tanbih ua-l-ishraf ("Libro de la
advertencia y de la revisión"), un tratado de ciencia, filosofía,
mineralogía y botánica que fue traducido por M.J. de Goeje (E.J. Brill,
Leiden, 1967), con traducción al francés por Carrá de Vaux: Macoudi,
le livre de l'avertissement et de la révision (París, 1897).
También escribió una «Historia de Alí y del imamato».
Viajero
incansable e insaciable, recorrió grandes extensiones de Siria,
Palestina, Arabia, la costa oriental de Africa, Irán, Asia central, la
India, Ceilán y el mar de la China. Perspicaz educador, no comprimía
su materia hasta la aridez, sino que escribía a veces con una amable
despaciosidad que no evitaba dar, de vez en cuando, una historia
divertida. Al-Mas’udí es una de las fuentes más ricas, de más
confianza y más variadas acerca del estado del mundo islámico en su
época.
En las cuarenta obras de al-Mas’udí, así como las de sus
contemporáneos Ibn Hauqal Sobre Abu l-Qasim Muhammad Ibn Hauqal
se puede agregar que estuvo al servicio fatimí y fue comerciante. Pasó
su adolescencia en Irak y luego viajó por el Egipto, norte de Africa,
al-Ándalus, Ghana, Sicilia, Armenia, Azerbayán e Irán. Ibn Hauqal
(hacia 975) describe una especie de pagaré por 42.000 dinares dirigido
a un mercader de Marruecos, con la palabra árabe saqq;
correspondiente a esta forma de crédito deriva la palabra cheque.
Escribió el Kitab Surat al-ard «Libro de la configuración de
la tierra» (traduc. J.H. Kramers, Leiden, 1938), y el Kitab al-masalik
wa al-mamalik «Libro de los caminos y de los reinos» (traducido
por M.J. de Goeje, Leiden, 1967).
En Ibn Hauqal y Abu Ishaq Ibrahim al-Istahrí
(floreció hacia 950), es donde encontramos las primeras menciones de
los molinos de viento, la cual fue una invención islámica (véase
Barón Carra de Vaux: Les penseurs de l’Islam, 5 vols., París,
1921). Al-Muqaddasí Por la misma época descolló el geógrafo
Abu Abdallah Muhammad al-Muqaddasí (946-1000), natural, como se ve por
su apodo, de Jerusalem (en árabe: Baitul Muqaddás). Su principal
trabajo es Kitab Ahsan al-taqasim fi ma’rifat al-aqalim
("La mejor de las divisiones para el conocimiento de los
países"), publicado en 985, y traducido en Leiden en 1906. Al-Muqaddasí
fue un verdadero trotamundos que visitó todas las regiones del Islam
excepto al-Ándalus y sufrió incontables aventuras y vicisitudes (cfr.
Basil Anthony Collins: Al-Muqaddasi: The Man and His Work. With
Selected Passages Translated from the Arabic, University of Michigan,
Michigan, 1974).
Yakut
Yakut Abdillah
ar-Rumí (1179-1229) fue junto al-Idrisí, uno de los más
grandes geógrafos de la Edad Media. Griego del Asia Menor,
donde había nacido, fue educado por un mercader de Bagdad
y gracias a su buen trato y orientación se convirtió al
Islam. Viajó mucho, primero como mercader, luego como geógrafo.
En Merv (una ciudad al norte de la actual Mashhad, en Irán,
hoy desaparecida) encontró diez bibliotecas, una de ellas
con doce mil libros. Los bibliotecarios, que sabían distinguir
quien amaba la sabiduría, le permitieron llevar hasta 200
volúmenes de una vez a su aposento. Luego pasó a Jiva (Uzbekistán)
y a Balj (Afganistán). Allí los mongoles casi lo atraparon
en su avance destructor y asesino; huyó, pero sin soltar
sus manuscritos de viaje, a través de Irán hasta Mosul (Irak).
Mientras comía el pan de la pobreza trabajando como copista,
hacia 1228 completó su Muÿam al-buldán ("Diccionario
de las comarcas"), vasta enciclopedia geográfica que
reunía casi todos los conocimientos geográficos de la época.
Otra de sus obras es
el Muÿam al-udaba (traducido por David Samuel Margoliuth en 6
volúmenes, Leiden, 1907-1931). Al año siguiente fallecería en Alepo,
Siria. Yakut lo abarcó todo: astronomía, física, arqueología,
teología, historia. Su Muÿam al-buldán fue publicado en árabe
en diez volúmenes por M. Al-Janiÿi, El Cairo, 1906-1907; también hay
una traducción parcial al inglés por W. Jwaideh: The Introductory
Chapters of Yakut's Mu'jam al-buldan, Brill, Leiden, 1959.
Ibn
Maÿid
Un aspecto
destacable de la tradición náutica musulmana es la de la
navegación astronómica. A este respecto, no hemos de olvidar
la larga experiencia acumulada por los musulmanes en el
océano Indico y que culminó en los siglos XV y XVI con el
piloto Shihabuddín Ahmad Ibn Maÿid al-Naÿdí (1437?-1501?).
Este celebérrimo navegante, que compuso un gran tratado
de náutica, el más importante del Islam, llamado Kitab
al-Fawa’ id fi usul al-bahr ua-l-qawa’id ("El Libro
de los Beneficios relativo a los Principios y Fundamentos
de la Ciencia del Mar", traducido y comentado por el
catedrático inglés Gerald R. Tibbetts con el título
Arab navigation in the Indian Ocean before the coming
of the Portuguese, The Royal Asiatic Society, Londres,
1981), es de quien se ha dicho que fue el piloto coaccionado
a guiar a Vasco de Gama (1469-1524) desde Malindi (en la
costa oriental de Africa) hasta Calicut (en la costa sudoeste
de la India) en 1498 (cfr. Auguste Toussaint: Historia
del Océano Indico, FCE, México, 1984 Ibn Maÿid, que
era hijo y nieto de marinos, y quien según el investigador
francés Gabriel Ferrand (1864-1935) pertenecía a la escuela
shií de pensamiento (ver G. R. Tibbetts, O. cit., pág. 17),
se refiere en repetidas ocasiones a los pilotos que le habían
precedido y a las guías (rahmani) que éstos habían
escrito mucho antes que él. Gracias al cronista portugués
João de Barros (1496-1570), que lo cita en su Década
I, Libro IV, Capítulo VI, sabemos que Ibn Maÿid le mostró
a Vasco de Gama un instrumento que era desconocido en Occidente.
Se trataba del kamâl, constituído por un pequeño
cuadrado de madera o de cuerno, de cuyo centro salía un
hilo graduado con un nudo que correspondía (en cada uno
dos kamâl) a un determinado ángulo. Su práctica era
simple: una vez que el observador había escogido el kamâl
adecuado, tomaba entre los dientes el hilo a la altura del
nudo y con el hilo tenso hacía coincidir la estrella que
había elegido con la arista superior del referido cuadrado
de madera, mientras que la arista inferior rozaba el horizonte.
Según la descripción de Barros, parece
que había un kamâl para cada altura utilizada. Más adelante,
el kamâl evolucionó y llegó a disponer de un hilo graduado con
varios nudos, lo que permitía observar las estrellas en varias alturas
con el mismo instrumento. Vasco de Gama trajo este instrumento de la
India y en Lisboa se calculó, para su uso, una tabla con una
graduación en pulgadas, posiblemente con la participación de dos
pilotos musulmanes. El navegante Pedro Alvares Cabral (1467-1520) llevó
un ejemplar, por lo menos, de este instrumento en el viaje en el que
descubrió el Brasil en 1500.
Evliya Çelebi
La tradición
de la rihla prosiguió en diversas partes del mundo musulmán
y, bajo los otomanos, fue cultivada por Ibn Darwish Mehmed
Zilli, conocido como Evliya Çelebi (1611-1684), autor del
Seyahatnamé, también llamado Tarihi seyyah,
importante fuente sobre los pueblos del imperio otomano,
de historia y aspectos geográficos y sociológicos que comprende
diez volúmenes (cfr. Korkut M. Bugday: Evliya Çelebis
Anatolienreise aus dem dritten Band des Seyahatname,
Leiden, 1996). Evliya Çelebi viajó por Hungría y Austria,
y visitó la esplendorosa ciudad de Viena (la antigua Vindobona
"la ciudad blanca") «con el ojo avizor de un guerrero
de frontera».
El siglo XVII se
caracterizó por los enfrentamientos entre otomanos y austríacos que
culminó con el infructuoso segundo sitio (el primero fue entre el 27 de
septiembre y el 15 de octubre de 1529) de la capital a orillas del
Danubio entre el 17 de julio y el 12 de septiembre 1683 por parte del
ejército del visir Kara Mustafá (1634-1683), el cual se dejó
sorprender por la columna aliada franco-germana-polaca de socorro al
mando de Carlos de Lorena (1643-1690) y Juan III Sobieski (1629-1696).
Evliya Çelebi fue sin duda un gran viajero y un gran romántico,
a veces fantasioso cuando se refiere a una obvia mítica expedición de
cuarenta mil jinetes tártaros a través de Austria, Alemania, y Holanda
hacia el Mar del Norte. Su estilo literario es excelente y destacan la
minuciosidad y precisión de sus descripciones geográficas, de personas
y grupos sociales. Por ejemplo, sobre la Casa Real de Austria opina lo
siguiente: «Por la Voluntad de Dios Todopoderoso, todos los
emperadores de esta casa son igualmente repulsivos en su aspecto. Y en
todas las iglesias y casas, así como en las monedas, el emperador es
representado con su feo rostro, y ciertamente, si cualquier artista
osara retratarlo con un bello semblante sería ejecutado, pues él
considera que así lo desfiguran. Estos emperadores están orgullosos de
su fealdad». Sin embargo, otros juicios de Evliya Çelebi sobre la
sociedad austríaca son altamente favorables e incluso halagadores.
Sobre las mujeres vienesas dice que «gracias a la pureza del agua y
al buen aire son hermosas, altas, de esbelta figura y rasgos nobles».
También pondera las excelencias de la vasta y bien cuidada biblioteca
de la catedral de San Esteban.
En sus narraciones, Evliya, a diferencia
de otros viajeros y escritores musulmanes, evita cuidadosamente
cualquier comparación explícita entre aquello que vio en Austria y lo
que él y sus lectores conocen en casa. En las historias magistrales con
las cuales entretiene a su público, importantes y detallados
señalamientos pueden apreciarse acerca del ejército, el sistema
judicial, la agricultura, así como sobre las características
topográficas y edilicias de la ciudad capital.
Véase Evliya Çelebi: Narrative
of Travels in Europe, Asia and Africa, (2 vols.). traducción
parcial de J. von Hammer, Londres, 1834.
Ilias Ibn Hanna de Mosul
Desde los
comienzos del Islam, miembros de las minorías cristianas
y judías viajaron desde el mundo musulmán hacia los cuatro
puntos cardinales del planeta con una libertad inimaginable
en nuestros días presentes de pasaportes, visas, controles
electrónicos y restricciones migratorias. Un ejemplo es
el sacerdote cristiano caldeo Ilias Ibn Hanna de Mosul.
En 1668 viajó a Italia, Francia y España, y desde allí abordó
un navío que lo llevó a la América española, donde visitó
México, Panamá y Perú. Sin lugar a dudas, se trata del primer
oriental en visitar y describir el «Nuevo Mundo», por lo
menos oficialmente (cfr. Ilyas b. Hanna: Le plus ancien
voyage d'un oriental en Amerique, 1668-1683, A. Rabbath,
Beirut, 1906).
Abu
Talib Jan
Mirzá
Abu Talib Jan nació en Lucknow en 1752, en el seno de una
familia shií. Entre 1799 y 1803 viajó extensamente por Europa,
y a su vuelta a la India escribió un libro describiendo
sus aventuras y descubrimientos (cfr. C. Stewart: Travels
of Mirza Abu Talib Khan, Londres, 1814; Masir-i Talibi
ya Safarname-i Mirza Abu Talib Khan, ed. H. Khadiv Jam,
Teherán, 1974).
Abu Talib Jan comenzó su itinerario
europeo en Irlanda y pasó la mayor parte del tiempo en Londres. El
retorno a su tierra natal lo hizo vía Francia, Italia y Oriente Medio.
Este viajero indomusulmán señala, muy sorprendido, que en Dublín
había sólo dos casas de baño, ambas muy pequeñas y mal equipadas,
destinadas exclusivamente para enfermos. «En verano —explica—
la gente de Dublín se baña solamente en el mar, y en invierno no se
bañan para nada».
Abu Talib Jan encontró a las mujeres inglesas
en un estado social lamentable respecto de sus hermanas musulmanas. «Las
inglesas se mantienen ocupadas en tiendas y diversos puestos de trabajo
—una situación que Abu Talib atribuye a la sabiduría de los
legisladores y filósofos ingleses en la búsqueda del mejor camino para
mantenerlas alejadas de la malicia—, pero, sin embargo, están
sujetas a fuertes restricciones. Por ejemplo, ellas no salen después de
oscurecer y no pasan la noche en ninguna otra casa que la propia sin la
companía de sus maridos. Una vez casadas, carecen de derecho de
propiedad y están completamente a merced de sus maridos, quienes
podrían despojarlas a voluntad. Las mujeres musulmanas, por el
contrario, están muchísimo mejor. Su posición legal y derechos de
propiedad, incluso contra sus propios esposos, están establecidos y
defendidos por la ley. Y tienen otras muchas ventajas. Ellas pueden
salir de sus moradas a visitar a sus familias, a sus relaciones o a sus
amigas, y al mismo tiempo, permanecer fuera de sus hogares por varios
días y noches» (cfr. Stewart, págs. 135-37; Masir, pág. 268).
Rifa'a
al-Tahtauí
En el siglo
XIX, uno de los viajeros musulmanes más notables en cuanto
a experiencias y producción literaria fue el sheij egipcio
Rifa’a Rafi’ al-Tahtauí (1801-1873), un becario a quien
el jedive (virrey otomano) de Egipto, Muhammad Alí (1769-1849),
envió a estudiar a París (1826-1831). Su rihla, titulada
«Purificación del oro en París» (Tajlís al-ibriz fi taljís
Bariz, que lleva el subtítulo contemporáneo: Usul
al-fikr al-arabi al-hadith ind al-Tahtawi: Las bases
del pensamiento árabe moderno según al-Tahtauí—,
El Cairo, 1974), es un cuadro fascinante de las costumbres
de los franceses decimonónicos. Muhammad Alí favoreció su
publicación a partir de 1834 y la hizo traducir al turco.
«El relato del viaje a París de Rifa'a Tahtawi apunta
ya los temas esenciales de la Nahda y justifica la noción
de renacimiento del dinamismo cultural árabe» (Mohammed
Arkoun. El pensamiento árabe, Paidós Orientalia,
Barcelona/Buenos Aires, 1992, pág. 112).
El sheij al-Tahtauí durante sus cinco años de permanencia en la
ciudad a orillas del Sena (la antigua Lutecia Parisiorum de los romanos)
se multiplicó en recopilar información y aprender todo lo que pudiera
ser útil para el Islam y los musulmanes. Así se tomó el trabajo de
traducir al árabe el texto completo de la constitución francesa y de
numerosas obras de la Ilustración sobre ciencias, filosofía y derecho.
Era un políglota que dominaba dieciséis lenguas orientales y
occidentales. También recorrió otras regiones y ciudades de Francia,
entre ellas Marsella.
El sheij al-Tahtauí rápidamente reconoció el
valor de la prensa en el mundo de las comunicaciones pero la juzgó con
su peculiar ojo crítico: «Los hombres se enteran del modo de pensar
de otros a través de ciertas páginas diarias llamadas Journal y
Gazette. De ellas, un hombre puede saber lo que sucede dentro y fuera
del país. Aunque tal vez se puedan hallar más mentiras que verdades,
de todas formas contienen noticias por las que se puede adquirir
conocimiento...Entre las ventajas que contemplan estas páginas se
encuentra la alternativa de que si un hombre ha hecho bien o mal y es
importante, los del Journal escriben sobre el particular y el hecho es
conocido tanto por los grandes como por la gente común, con el objetivo
de ganar aceptación para los hombres de buenas obras y condena para los
transgresores». Sobre los habitantes de París dijo: «Los
parisienses se distinguen entre la gente de la cristiandad por la
agudeza de sus intelectos, la precisión de su comprensión, y la
consagración de sus mentes a los temas profundos... y siempre desean
conocer el origen de las cosas y las pruebas correspondientes. Incluso
el pueblo común sabe leer y escribir...Están más cerca de la avaricia
que de la generosidad... Entre sus creencias desagradables está la que
afirma que el intelecto y la virtud de sus sabios son más importantes
que la inteligencia de los profetas».
Veamos la percepción que
tuvo el Sheij al-Tahtauí al concurrir por primera vez a una cafetería
francesa en Marsella junto a otros estudiantes egipcios en 1826: «La
primera obra de arte en la que reparamos fue un magnífico café, en el
que entramos tras considerar su extraordinario aspecto y disposición...
En este café se vende todo tipos de bebidas y pastelería...
Normalmente, cuando una persona toma café, se le sirve azúcar con la
taza para que lo mezcle, lo disuelva y lo beba. Nosotros procedimos
así, según sus costumbres. La taza de café que tienen es cuatro veces
más grande que en Egipto; en fin, es un tazón más que una taza. En
ese café se encuentran las hojas con los acontecimientos del día, a
disposición de los clientes».
El Sheij al-Tahtauí, adherente a la
escuela shafi'í de pensamiento islámico, está considerado como el
principal precursor del Renacimiento (Nahda) literario árabe. Otras
obras suyas son las odas patrióticas egipcias Manzuma Misría y Fi
al-Din ua al-lughah ua al-adab (Beirut, 1981). Dejó inconclusa una
crónica llamada Anuar Taufiq-il-Ÿalil, de la cual sólo
apareció el primer tomo que abarca un período histórico que llega
hasta el Profeta Muhammad (BPD). Entre 1835 y 1848 se centralizó la
actividad traductora en Egipto bajo la dirección del sheij al-Tahtauí.
Abu-l-Hasan Shirazí
La actividad
diplomática iraní no comenzó hasta el siglo XIX, cuando
las Guerras Napoleónicas extendieron sus escenarios bélicos
y políticos al Medio Oriente e incluso la India. La primera
figura notable entre los visitantes iraníes a Europa fue
Haÿÿi Mirzá Abu-l-Hasan Muhammad Alí Shirazí, quien partió
de Teherán para Londres el 7 de mayo de 1809, acompañado
del famoso diplomático y novelista británico James Justinian
Morier (1780-1849), autor de las célebres «Aventuras de
Haÿÿi Baba de Isfahán» (1824) y «Las Aventuras de Haÿÿi
Baba de Isfahán en Inglaterra» (1828), que satirizan a la
civilización occidental. Shirazí salió de Londres de regreso
a Persia el 18 de julio de 1810, acompañado por James Morier
y Sir Gore Ouseley, un orientalista (cfr. I. Ra'in: Safarname-i
Mirza Salih Shirazi, Teherán, 1968; C.A. Storey: Persian
Literature, vol. 1, págs. 1076-8, Londres, 1953).
Husain Jan Muqaddam
El
segundo embajador iraní enviado al Occidente en el siglo
fue Husain Jan Muqaddam Aÿudán Bashí, un militar elevado
al rango de adjutor general. En 1838, por comisión del shah
Muhammad de la dinastía Qaÿar, viajó a Europa, aparentemente
para asegurar el retorno del embajador británico en Teherán,
Sir John McNeill. Su ruta hacia Inglaterra fue vía Estambul,
Viena y París, llegando a Londres en abril de 1839. Aunque
Husain Jan no escribió detalles de su viaje, un auxiliar
anónimo de su embajada, muy idóneo y observador, redactó
una interesante crónica de eventos conocida como Sharh-i
ma'muriyat-i Ajudan bashi (Husain Khan Nizam ad-Dawla) dar
Safarat-i Otrish, Faransa, Inglistán, publicada en Teherán
en 1968. El islamólogo Alessandro Bausani hizo la traducción
italiana con el título: Un manoscritto Persiano inedito
sulla Ambasceria di Husein Han Moqaddam Agudanbashi in Europa
negli anni 1254-1255 H (1838-39), Oriente Moderno 33,
Roma, 1953. Una de sus anécdotas, ocurrida durante la inauguración
del tramo ferroviario entre Londres y Croydon en 1839, relata
la sorpresa que produjo en la multitud allí reunida (cercana
a las cuarenta mil personas), la presencia de la embajada
persa con sus barbas, turbantes y ropas tradicionales: «Tan
pronto como nos vieron comenzaron a gritar con exclamaciones
de asombro y escarnio. Pero el Aÿudan Bashí tomó la
delantera saludándolos muy cortésmente, y ellos respondieron
descubriéndose y agitando sus sombreros, por lo que todo
acabó muy convenientemente» (cfr. Sharh-i ma'muriyat-i
Ajudan bashi..., pág. 385; Bausani: Un manoscritto
Persiano..., págs. 502-3).
VIAJEROS DEL OCCIDENTE
MUSULMÁN
El
historiador irakí A. Dhul Nun Taha describe, en un artículo
publicado por una revista francesa especializada, las peculiaridades
de los viajes andalusíes hacia Oriente: «En las relaciones
entre al-Ándalus y los países de Oriente la balanza se inclinó,
en los primeros tiempos, en favor de Oriente. Entre los
sabios, los viajes eran más frecuentes de al-Ándalus hacia
Oriente porque era éste el centro culturalmente más desarrollado.
Al-Ándalus se apoyaba mucho, en un comienzo, en las ciencias
de Oriente, a las que consideraba el origen y fundamento
que los andalusíes debían conocer. Los viajes fueron, por
tanto, un factor de fortalecimiento y afirmación de los
vínculos entre ambas regiones. Gracias a ellos la vida científica
y cultural andalusí se desarrolló y alcanzó gran expansión,
con lo que al-Ándalus pasó de la situación de país relativamente
atrasado, a la zaga del Oriente musulmán, a la de competidor,
a veces superior a este último» (Importance des voyages
scientifiques entre l’Orient et al-Ándalus, en Revue
de l’Occident musulman et de la Méditerranée, París,
1985, nº 40).
El término árabe Rihla significa «viaje, partida, marcha,
salida, emigración, periplo, itinerario, relato de viaje», es
justamente esta última acepción la que se especializó para dar nombre
a un género que ocupa un lugar destacado en la literatura islámica.
Efectivamente, en el siglo XII aparece algo nuevo en las letras árabes,
el género de la rihla. Dicho género tiene como característica
el que casi todos sus autores sean occidentales, andalusíes o
magrebíes, y peregrinos hacia los lugares santos del Islam (cfr.
Francesco Gabrieli: Viaggi e Viaggiatori arabi, Sansoni,
Florencia, 1975).
Ibn Hamza (m. 814) fue el precursor del género
relatando los avatares de su misión como embajador en Bizancio, donde
había sido enviado por el emir omeya de Córdoba Hisham I. El primer
gran viajero andalusí fue Abu Hamid al Garnatí (1080-1169), autor de
la rihla llamada Tuhfat al-ahbab ua mujbat al-aÿab ("El
Regalo de los corazones y elección de maravillas"), quien visitó
el norte de Africa, Siria, Irak, Persia, Jorasán, Transoxiana y centro
y sur de Rusia, Hungría y pereciendo en el transcurso de uno de sus
viajes, en Damasco. Véase Blanche Trapier: Les Voyageurs Arabes au
Moyen Age, Gallimard, París, 1937; César Dubler: Abu Hamid el
Granadino y su relación de viaje por tierras eurasiáticas, Edit.
Maestre, Madrid, 1953; Dale F. Eickelman y James Piscatori: Muslim
Travellers. Pilgrimage, Migration and the Religious Imagination,
Routledge, Londres, 1990; Abu Hamid al-Garnati: Tuhfat al-Albab (El
Regalo de los espíritus), AECI, Madrid, 1990; Abu Hamid al-Garnati:
Al-Mu'rib 'an ba'd aya'ib al-Magrib (Elogio de algunas maravillas del
Magreb), AECI, Madrid, 1991.
Ibn Yaqub Ibrahim Ibn Yaqub
al-Israilí al-Turtushí, fue un comerciante judío andalusí, nacido en
Tortosa (Cataluña), que viajó durante la primera mitad del siglo X por
Francia, Holanda, el norte de Alemania, Bohemia, Polonia y el norte de
Italia. Sus magníficos y sagaces comentarios de ciudades y regiones
europeas que visitó, y de otras que logró precisar en su itinerario de
viaje, como las Islas Británicas, Utrecht, Burdeos, Schleswig y
Maguncia, entre 934 y 935, sirvieron como valiosas referencias incluso a
geógrafos musulmanes muy posteriores, como el afamado enciclopedista
iraní Zakariya Ibn Muhammad al-Qazviní (1203-1283). Al
referirse a los francos, Ibn Yaqub, como buen andalusí, se horroriza de
su falta de higiene: «No encontraréis a nadie más sucio e inmundo
que ellos. Son gente pérfida y traicionera. No se bañan más que una o
dos veces por año, y en agua fría, y jamás lavan sus ropas hasta que
éstas se caen a pedazos... Pregunté a uno de ellos la razón de por
qué se afeitan la barba, y me contestó: "El pelo es una
superfluidad. Si nos lo quitamos de nuestras partes íntimas, por que lo
dejaríamos permanecer en nuestras caras"» (cfr. André
Miquel: L'Europe occidentale dans la relation arabe de Ibrahim b.
Yaqub, Annales ESC, París, 1966, pág. 1053). Véase también
Tadeus Kowalski: Relatio Ibrahim Ibn Jakub de itinere slavico, en
Monumenta Poloniae Historica 1, Cracovia, 1946, E. Ashtor; The Jews
of Moslem Spain, Filadelfia, 1973, vol. 1, págs. 344-49.
Los
Almagrurinos
Los adelantos
en la ciencia náutica desarrollados en el seno del Islam
permitieron que ocho hermanos de una familia musulmana de
Lisboa, en al-Ándalus (hoy Portugal), llamados al-Mugarribún,
latinizados como «los Almagrurinos», zarparan hacia el «Mar
de las Tinieblas» (Bahr al-Dulumat) en el año 1013
-379 años antes de Colón-, hacia esa inmensidad también
llamada en árabe al-Bahr al-Zafit «Mar de pez negra»,
al-Bahr al-Ajdar «Mar Verde», al-Bahr al-Garbí
"Mar Occidental", o al-Bahr al-Mudlim al-Muhît
«Mar Tenebroso Circundante o Envolvente», al que los griegos
denominaran con el adjetivo Atlantikós, que recoge
en una ocasión al-Idrisí (ver aparte), al citar a
Aristóteles y Arquímedes. Tras más de dos meses de navegación
llegaron a la isla de los «hombres rojos». Este hecho tan
poco conocido en Occidente fue divulgado por el escritor
español Vicente Blasco Ibañez (1867-1928) en su obra En
busca del Gran Khan y hace pensar si los hermanos Almagrurinos
habrían llegado a tocar en alguna isla oriental de América
(cfr. Ibrahim H: Hallar, Descubrimiento de América por
los árabes, Buenos Aires, 1959).
Desde el siglo
VIII al XI, los musulmanes fueron los únicos dueños del Mar
Mediterráneo y en el Océano Indico ejercieron una efectiva
talasocracia hasta principios del siglo XVI. Del árabe provienen los
nombres marinos, como almirante, aduana, tarifa, fragata, amarra,
zozobrar, falúa, calafate, azimut, rambla, chalupa, canal, etc.,
términos que luego se integraron definitivamente a los idiomas
europeos. Por ejemplo, las palabras arsenal, atarazana y dársena
provienen del nombre árabe dar al-sinaa, «casa de
fabricación».
Ibn Ÿubair
Abu al-Husain
Muhammad Ibn Ahmad Ibn Ÿubair al-Kinaní al-Andalusí al-Balansí
("el Valenciano"), nació en Valencia en 1145 y
murió durante su tercera travesía, en Alejandría, Egipto,
en 1217. Su famosa Rihla se refiere a su primer viaje, el
que realizó entre el 15 de febrero de 1183 y el 25 de abril
de 1185, cruzando el Mediterráneo y visitando Egipto, La
Meca, Siria, Irak, Palestina, Cerdeña, Sicilia y Creta.
La Rihla de Ibn Ÿubair, uno de los textos narrativos más
fiables y documentados de fines del siglo XII (ver Ibn Ÿubayr:
A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos,
traducción y notas de Felipe Maíllo Salgado, Ediciones del
Serbal, Barcelona, 1988), es una de las fuentes más importantes
con que cuenta el historiador para saber como se encontraba
el Mundo Islámico, la Sicilia normanda y la navegación en
el Mediterráneo en el siglo XII.
Ibn Ÿubair, al hacer escala en Palermo de vuelta de la peregrinación
a La Meca, en diciembre de 1184, nos brinda este valioso testimonio de
la Sicilia normanda del rey Guillermo II (1154-1189): «La más
hermosa de las ciudades es la sede de su rey, los
musulmanes la llaman al-Madina (la Ciudad) y los cristianos la
conocen como Balarma (Palermo). En ella está la la residencia de
los musulmanes urbanos, tienen allí mezquitas, y los mercados que les
están reservados en los arrabales son numerosos (...) La actitud
de este rey es admirable en lo concerniente a la bondad de su conducta y
al empleo de musulmanes (...) El tiene plena confianza en los
musulmanes, confía en ellos sus negocios e importantes oficios, hasta
el punto que su intendente (nazir) de su cocina es un hombre
musulmán. Tiene una tropa de negros musulmanes bajo el mando de un jefe
(qa'id) salido de entre ellos. Sus visires y chambelanes también son
musulmanes (...) Una de las admirables condiciones que de él se
cuentan es que lee y escribe el árabe (la lengua de los normandos
era el francés) y que, según lo que nos manifestó uno de sus
servidores privados, su fórmula de validación es: Alabado sea Dios,
Señor de los Universos (Alhamdulillah Rabbil 'Alamin). En cuanto
a las doncellas de honor y favoritas su palacio son todas musulmanas.
Una de las cosas más extraordinarias que nos ha contado el sirviente
susodicho —Yayha Ibn Fityan, el bordador, que borda con oro en el
taller real (tiraz)—, es que si una franca cristiana es introducida en
su palacio se vuelve musulmana, pues las mencionadas damas la convierten
al Islam» (Ibn Ÿubair: O. cit., págs. 377-378).
Más adelante nos
revela ciertos aspectos de la vida cotidiana en Palermo y sus cercanías
: «En esta ciudad el vestido de las cristianas es el mismo que el
vestido de las mujeres musulmanas. Las lenguas alerta, envueltas y
veladas, salen en esta fiesta susodicha (de la Natividad) vistiendo
ropajes de seda bordados de oro, envueltas en mantos magníficos,
veladas con velos de varios colores, calzadas con botines ornados de oro
se pavonean yendo a sus iglesias llevando el conjunto de los atavíos de
las mujeres de los musulmanes: alhajas, tintes y perfumes (...) Pasamos
por una serie de pueblos y aldeas colindantes. Contemplamos labores y
cultivos en una tierra que no hemos visto semejante en cuanto a bondad ,
generosidad y extensión; la comparamos a al-Qanbaniya (la Campiña)
de Córdoba; pero ésta es mejor y más fértil. Pasamos una noche en
el camino, en una ciudad llamada Alqama (Alcamo, entre Palermo y
Trapani), grande y vasta, en ella hay un mercado y mezquitas. Sus
habitantes, así como los habitantes de las aldeas que se hallan en este
camino, son todos musulmanes» (Ibn Ÿubair: O. cit., págs.
387-388).
Ibn Battuta
El gran explorador
Shamsuddín Abu Abdallah Muhammad Ibn Battuta at-Tanÿí ("el
Tangerino"), nació en Tánger el 25 de febrero de 1304
(17 de raÿab de 703 H.) y murió cerca de Fez, Marruecos,
en 1368/9 (770 H.) o en 1377 (779 H.). El 13 de junio de
1325 (2 de raÿab de 725 H.), a la edad de veintidós años
partió por primera vez hacia La Meca con el firme propósito
de cumplir con la peregrinación preceptiva en el Islam.
Visita el Norte de Africa, Egipto, Palestina, Siria, Arabia
(La Meca), Irak, Irán y retorna a La Meca, donde reside
por espacio de tres años (1327-1330). En su segundo viaje
pasa por Yemen, Adén y la costa oriental africana. Desde
allí regresa por Omán y el Golfo Pérsico cumpliendo una
tercera peregrinación a La Meca en 1332. En su tercer viaje
cruza por Egipto, Siria, Rusia y Constantinopla. Luego vuelve
a través del interior ruso y sale a Afganistán para llegar
al valle del Indo. En la India reside casi diez años (hasta
1342), y uno y medio en las remotas Islas Maldivas donde
ejerció como juez islámico (Cadí). Su derrotero en el Lejano
Oriente comienza en la isla de Ceilán (hoy Sri Lanka), y
sigue por Bengala, Assam, Sumatra, China (1347), cumpliendo
una cuarta y última peregrinación a La Meca (1348), y retornando
a Fez (1349). Más tarde, viajará a al-Ándalus (1350) y a
Malí (1352).
Sus escritos
describen la fascinación que lo embargó al descubrir la capital del
reino nazarí: «Después continué la marcha hacia Granada, capital
del país de al-Ándalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no
tienen igual entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una
extensión de cuarenta millas, cruzada por el famoso río Genil y por
otros muchos cauces más. Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas
abrazan a la ciudad por todas partes...» (Ibn Battuta: A través
del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 761-763).
En Siÿilmasa
(Marruecos), la ciudad de oro, Ibn Battuta encontró, bien es verdad que
con alguna extrañeza por su parte, a uno de sus compatriotas de Ceuta,
el alfaquí al-Bushrí, a cuyo hermano había conocido en China. El
Islam de esta época abunda en desarraigados de todo género que la
hospitalidad musulmana acoge, desde el Atlántico al Pacífico, sin
desertar en ningún momento de esta tarea. Ibn Battuta es el viajero y
explorador más extraordinario de la historia de la humanidad. Sus
viajes entre 1325 y 1354, realizados en una época donde no existían
medios rápidos y seguros de transporte, totalizaron ciento veinte mil
kilómetros, o sea tres veces superior a la distancia cubierta por su
predecesor europeo, el veneciano Marco Polo (1254-1324), cuyo libro de
viajes fue en realidad escrito por el amanuense Rustichello de Pisa
(Marco Polo: Libro de las Maravillas, Ediciones B, Barcelona,
1997).
El título original en árabe de su Rihla o Libro de Viajes es Tuhfat
al-nuzzar fi ÿaraib al-amsar ua aÿaib al-asfar, es decir «Don
para quienes observan las curiosidades de las ciudades y las maravillas
de los viajes». Por disposición del sultán mariní de la época, Ibn
Ÿuzayy, un escribano andalusí, vertió en bella prosa las memorias de
Ibn Battuta conformando la obra citada. Si los cineastas de Hollywood
quisieran aceptar la historia real, y se informaran sobre las vidas de
Ibn Battuta o Ibn Ÿubair, no tendrían nada que inventar para filmar
las películas más extraordinarias y taquilleras (cfr. Ross E. Dunn: The
Adventures of Ibn Battuta, University of California Press, Los
Angeles, 1986; Thomas J. Abercrombie: Ibn Battuta. Prince of
Travelers, National Geographic magazine, Washington, Diciembre 1991,
págs. 2-49); Roderic Owen: The Great Explorers. Ibn
Battuta, Orion Publishing Group, Londres, 1995, págs. 30-33).
Benjamín
de Tudela
Otro viajero-geógrafo
muy conocido fue el judío andalusí Benjamín de Tudela (1130-1175).
Hacia 1165 parte desde Zaragoza y pasa por Jerusalem, Alejandría,
Bagdad y muchas otras ciudades y pueblos. Se habla de que
llegó hasta la India, cosa que no ha podido ser comprobada.
Regresa a al-Ándalus en 1173. Se trata, por tanto, de un
viaje de ocho años, realizado en su mayor parte a través
del Mundo Islámico sin pasaporte ni salvoconductos, con
entera libertad, pese a su condición de no musulmán. Veamos
como nos describe el trato de los pacientes en el hospital
Dar al-Maristán (Casa de los enfermos) de Bagdad (inaugurado
en el año 794): «En esta casa se retienen a los enfermos
mentales de toda la ciudad... Mensualmente los funcionarios
del califa les interrogan y examinan, soltándoles si han
recobrado la razón, y cada cual vuelve a su casa y a
(ocupar) su cargo... Hay allí en Bagdad como unos cuarenta
mil judíos y permanecen en calma, tranquilidad y honor bajo
el poder del gran califa» (cfr. Libro de Viajes de
Benjamín de Tudela, Riopiedras ediciones, Barcelona,
1989, págs. 92/93.
Al-Magribí
En el siglo
XIII se destaca el gran viajero y geógrafo Ibn Said al-Magribí
(1208-1286) de Granada, cuyo Kitab bast al-ard fi tuliha
ua al-’ard ("Libro sobre la extensión de la tierra
a lo largo y a lo ancho") fue muy utilizada por autores
posteriores como el historiador y geógrafo Abu al-Fada al-Ayubí
(1273-1331). También es autor de una rihla llamada An
Nafha al-miskiyya fi s-sifarat almakkiyya ("Suave
exhalación de almizcle en la embajada mecana"). El
magrebí At-Tamgrutí (muerto en 1595 en Marrakesh), compondría
una rihla titulada An nafahat al-miskiyya fi s-sifarat
at-turkiyya ("Suaves exhalaciones de almizcle en
la embajada turca"), tras ser enviado por el sultán
de Marruecos en embajada a la corte del sultán otomano Murad
III. (*)
(*)
Fuente: Texto
de
R.H. Shamsuddín Elía,
Profesor del Instituto Argentino de Cultura Islámica.
|