UN
VIAJE A MONGOLIA
Por Juan Carlos
Queiroldo
Luego de tres meses de trabajo voluntario
para la ONG inglesa
Raleigh International, en China, mis amigos y yo, buscábamos
una experiencia que nos relacione con un hábitat silvestre,
duro y desconocido. Queríamos conocer una cultura con tradiciones
milenarias y que viviera una vida fuera de lo que erróneamente
se entiende como "civilizada". Era momento de visitar
Mongolia. Entendimos que la mejor manera de hacerlo era a caballo.
Los mongoles le deben su historia a este animal, el cual fue
el arma de distinción frente a sus enemigos a la hora de expandir
y defender su imperio en la época de Gengis Khan. Y el caballo,
el que, día a día, los ayuda en sus duras tareas para enfrentar
su difícil vida de nómades. Queríamos conocer las estepas siberianas
sobre el caballo de baja estatura pero fuerte como un toro capaz
de recorrer enormes distancias y soportar los crudos inviernos
de Mongolia. Sin duda, sería una experiencia totalmente distinta
donde el contacto con la naturaleza y la aventura se convertiría
en una constante. El objetivo era conocer esa región, su gente,
sus costumbres y seguir el rastro de una tribu de nómadas llamada
Tsastan que habitan el norte del país en los alrededores del
lago Kovsgol Nur.
Nos
encontrábamos en Pekín, donde comenzamos los trámites para
conseguir la visa de Mongolia, y los equipos que serían
imprescindibles para afrontar las frías temperaturas que dominan
esas tierras durante todo el otoño e invierno. Los integrantes de
esta nueva aventura serían los chilenos José Miguel Burmeister
(Pepe), Camilo De Luca y Cristóbal González (Gonzzo), y dos
argentinos, Ramiro Fernández (Rama) y yo, Juan Carlos Queirolo.
Durante una semana estuvimos atando todos los cabos necesarios para
ingresar a la estepa mongola.
Un
buen día, finalmente llegó el momento de reunidos en la estación
central de trenes de Pekín, donde abordamos el Transmongoliano.
Tren de gran historia. El solo hecho de ascender a ese misterioso y antiguo
tren nos aceleraba las
pulsaciones. Poco tarda éste en alejarse de la imperial metrópolis
China y sumergirse en los planicies cultivadas y pueblos campesinos.
A las pocas horas de traqueteo, nos encontrábamos atravesando la
"Gran Muralla China" o "la pared blanca" como
peyorativamente la llaman los mongoles, debido a que siglos atrás
la atravesaron sin escollos para apoderarse de todo el territorio
chino. El tren bordea y luego atraviesa la Muralla hasta cruzar la
provincia china de Inner-Mongolia, que nada tiene que ver con
Mongolia. Ya que poco de la cultura mongol queda en esas personas
que sólo se asemejan físicamente a sus hermanos del norte debido a
que el régimen chino comunista a destruido sus costumbres y
tradiciones.
A
media noche llegamos a la frontera chino-mongol. El tren se detuvo,
sobre el andén, un hilera de uniformados chinos observaban el tren
mientras se preparaban para realizar la inspección aduanera. Todos
correctamente formados bajo la escasa luz del andén, parecían
mirarnos fijamente; era como si el tiempo se hubiera detenido en una
escalofriante escena de la Segunda Guerra Mundial. Continuamos la
marcha. Después de algunas horas de sueño pude apreciar el
deslumbrante amanecer sobre el desierto de Gobi.
El
tren avanzaba por el interminable páramo salpicado, por un pequeño
pueblo o grupo de gertz, tienda circular exterior blanco, donde
viven los campesinos nómades. La República Popular de Mongolia
posee un territorio de 1.566.500 km2 y tiene una
población de alrededor de dos millones y medio de habitantes. De
los cuales, afortunadamente, más de un cuarenta por ciento son
campesinos nómades que habitan la vasta estepa y territorios
montañosos del país. Al atravesar el amarillento desierto del Gobi
pudimos evidenciar esa característica demográfica. Kilómetros y
kilómetros de llanos habitados sólo por manadas de caballos y
dromedarios. El cambio era tan abrupto, veníamos de uno de los
países más contaminados y superpoblados del mundo y en ese momento
estábamos transitando por un país salvaje y solitario, totalmente
opuesto a China.
Llegamos
a Ulan Bator (Ulaan Baatar, significa Héroe Rojo), capital de
Mongolia. El centro urbano más grande e importante del
país, con sus 700.000 habitantes. U.B. es una ciudad muy
interesante y desarrollada. Posee una arquitectura que simboliza los
años de influencia y dominación rusa en la república (desde la
década del 20 hasta 1990). Posee todas las facilidades que uno
podría esperar encontrar en una capital añadiendo el factor de sus
hermosos alrededores y habitantes. Ya instalados en un guest house
(residencia para mochileros) ultimamos los pocos detalles que
faltaban resolver. Probamos los equipos, carpas y bolsas de dormir
compradas en Pekín. Conocimos a muchos jóvenes mongoles en la
universidad de U.B. y recorrimos la capital. Al cabo de unos días y
con todos los detalles arreglados, Rama y yo decidimos adelantarnos
y partir hacia Moron, rumbo al lago Kovsgol. Los chilenos se nos
unirían unos días después, ya que Gonzzo había contraído algún
tipo de virus y tuvo que pasar un día internado en un hospital.
Viajamos
rumbo oeste, alejándonos de la ciudad en un antiguo colectivo,
probablemente de procedencia rusa. El vehículo recorrió los pocos
kilómetros de carretera asfaltada que hay en Mongolia, unos 50 km,
para luego tomar un precario camino de ripio el cual atravesaba la
interminable estepa. El colectivo iba colmado de gente y bártulos.
Se sacudía sin piedad mientras seguía la huella marcada en la
tierra reseca. A las pocas hora nos encontrábamos en medio de la
nada, la vastedad del entorno pertenecía a otro planeta. Creo
que ni en el cruce de la Patagonia se puede hallar tal sentimiento.
Dentro del vehículo el clima era otro, la gente charlaba y se reía
al vernos acostados sobre las montañas de sacos. Debíamos viajar
todo un día hasta llegar a un pueblo llamado Moron y de allí
continuar viaje hasta Khargal en pueblo que se hallaba a las orillas
del Kovsgol Nur. Con la llegada del atardecer comenzamos a
relacionarnos con los demás pasajeros. Y allí, en medio de la
nada, bajo la rutilante luz de la luna filtrándose por el interior
del colectivo, nuestros compañeros de viaje comenzaron a cantar.
Según nos explicó una señora, que había aprendido algo de
español en Rusia para ir a Cuba, eran canciones sobre los tiempos
de Genjis Khan, canciones de guerreros que defendían su imperio, el
más basto que nunca hubiera. La piel se me erizaba al escuchar esas
voces y el sentimiento que en ellas se hallaba. Luego, sería
nuestro turno, ya que nos pidieron que cantásemos algo de nuestro
país. Rama y yo, por no negar el pedido, con un auricular del walk-man
cada uno, intentamos acompañar a la Negra Sosa en "Cambia todo
Cambia". Sin duda que nuestra representación debió ser
espantosa ya que al rato los mongoles prorrumpieron en risas y
aplausos.
Al
amanecer nos encontrábamos detenidos en un valle hermoso, de pastos
amarillentos y frondosos árboles. El chofer había parado para
dormir. El viaje continuo, mientras tanto yo aprendía unas palabras
en mongol de un muy simpático señor. Ya en Moron, arrendamos un
jeep que nos llevaría a Khatgal. Tres horas después llegábamos a
ese tranquilo y pintoresco pueblo. Un señor de nombre Bairslata,
que alquilaba caballos y tenía servicio de guías, nos ofreció su
casa mientras esperábamos la llegada de Pepe, Gonzzo y Camilo.
Allí, entablamos relación con cuatro norteamericanos quienes nos
contaron las aventuras de 20 días de cabalgata bordeando el lago
Kovsgol. Estaban muy entusiasmados con la experiencia que habían
vivido y no paraban de hablar sobre Ungru, el guía, que había
saltado del caballo sobre un cordero y con su cuchillo se sacó el
corazón en cuestión de segundos.
Al
día siguiente fuimos a presenciar una competencia de lucha
grecorromana. El deporte más popular de Mongolia. La lucha no parece muy
atractiva; sí lo son las danzas y extraños
movimientos imitando el vuelo de aves que realizan antes y después
de cada combate. Terminamos el día compartiendo unos mates con los
norteamericanos. Tanto les gustó, que se lamentaban de no tener una
costumbre similar a la nuestra ya que consideraron fascinante el
clima que se creaba en la ceremonia.
Al
otro día llegaron los chilenos. Con los caballos listos y
preparadas las reservas de alimentos, partimos, con los guías Ungru
y Otton, en busca del lago. Luego de dos horas de cabalgata y viendo
la aproximación de la noche, acampamos en la amarillenta ladera de
un cerro.
No
bien salió el sol emprendimos la ruta por unos valles que nos
conducirían a las orillas del Kovsgol. Esa mañana nos encontramos
por primera con una familia de campesinos nómadas, anteriormente sólo las habíamos visto desde lejos. Al toparnos con un grupo de
gertz, los guías se acercaron a ellos, indicándonos que los
siguiéramos. Como puede suponerse, ni los guías ni los
campesinos hablaban inglés ni español; así, debíamos acostumbrarnos
a comunicarnos por señas y a aprender mongol. El primer contacto
con esta gente nos dio una pauta de la amabilidad y hospitalidad que
yace sobre aquellas estepas. Siempre con una sonrisa en el rostro y
una mano extendida para brindar calor al viajante. Un tazón de
caliente leche de yak, un poco de queso y estábamos listos para
continuar. Un gran valle surgió ante nosotros; allí nos detuvimos
para contemplar la imponente vista del lago. Era sin duda uno de los
espejos de agua dulce más grande que yo había visto. El azul de
sus aguas y el amarillo del otoño creaban un contraste mágico en
el entorno. Bordeamos el lago durante varios días. La dureza de las
monturas mongolas se hacía sentir en nuestros cuerpos. Cabalgábamos
alrededor de ocho horas por día. Antes de caer la noche
acampábamos sobre tierra fría pero acogedora, sabiendo que en
cualquier momento las grandes nevadas estarían por llegar y el
frío de la nieve encrudecería nuestros campamentos. No faltaron
los atardeceres sobre el lago con nubes color turquesa que se
desplazaban con lentitud, reflejándose en la quietud del agua bajo
el fulgurante cielo rojizo. Una noche, la luz de la luna produjo un
extraño efecto sobre la carpa de Gonzzo. Confundiendo a unos yaks
que merodeaban por la zona, los cuales se abalanzaron sobre ella
creyendo que era un charco de agua. Recuerdo, los gritos de Gonzzo
pidiendo auxilio al notar que los gigantescos animales le
succionaban la carpa, con él dentro. Inmediatamente los guías espantaron a los
animales y el acontecimiento terminó entre encendidas risas.
Durante
varios días cabalgamos sin problemas, inmersos en paisajes
espectaculares, visitando campesinos que encontrábamos a nuestro
paso y aprendiendo en cada encuentro una
costumbre nueva. Como la de
no tocar a la puerta de la tienda sino ingresar a ella directamente.
Gracias a que poco a poco aprendíamos mejor su lengua, lográbamos
comunicarnos mejor con ellos y con nuestros guías. Era fascinante
descubrir costumbres y luego practicarlas en su debido momento, como
por ejemplo, la forma de agradecer un recogedor tazón de té
grasiento, rico en calorías, acercándolo a la cabeza repitiendo:
"Bairsla, Bairsla,..."
Al
sexto día llegamos a un paso en la montaña donde teníamos una
excelente vista del Kovsgol Nurr. Fue allí donde percibimos por
primera vez que se avecindaba una tormenta de nieve. La temperatura
comenzaría a bajar. Comenzamos a descender por el paso y una
agradable nevisca comenzó a caer. Al rato lo que era un escenario
pintoresco y agradable, se convirtió en una fuerte tormenta de
nieve y viento. Grandes copos de nieve caían sobre nosotros
cubriendo todo con un manto blanco. La travesía comenzaba a tomar
el carácter extremo que estábamos buscando. Cabalgamos durante una
hora más hasta que los guías encontraron un refugio de invierno
para el ganado donde refugiarnos. Allí esperamos a que la tormenta
amainara. La sensación térmica había bajado mucho, el clima
benigno que nos acompañó durante los primeros días había
culminado. El frío era intenso.
Finalmente
descampó y nos encaminamos hacia el oeste decididos a enfrentar un
terreno más desafiante, ya que debíamos atravesar un cordón
montañoso. Atrás quedó el lago. Con la llegada de la tarde la
temperatura bajó considerablemente, calculamos unos 20 grados bajo
cero. Era impresionante la velocidad con la cual se congelaba el
agua de las cantimploras, la extraña sensación de que se te
helaran los bigotes o el perder la sensibilidad de los dedos de los
pies. Los valles estaban cubiertos por treinta centímetros de
nieves, el espectro había cambiado sustancialmente. Por alguna
razón que desconozco, me agrada acampar en la nieve, aunque
dificulte un poco algunas maniobras.
Amanecimos
con las bolsa de dormir (teníamos dos para cada uno) cubiertas por
hielo debido a la condensación de nuestra respiración. Por
momentos, el frío me hizo pensar en abandonar semejante odisea y
emprender la vuelta, pero ya sabía que iba a ser así y en parte
sabía que venía a descubrir mis límites. Durante el cruce por
las montañas el viento azotó nuestros cuerpos con ímpetu, el
frío congelaba las gotas que caían sobre nuestras ropas y borsegos.
Algunos arroyos en nuestro paso ya estaban congelados, y se les
hacia difícil a los caballos caminar sobre el hielo. Cuando éste no
cedía, para poder avanzar Ungru y Otton utilizaban una técnica muy
interesante: juntaban una buena cantidad de piedritas las cuales
arrojaban sobre el hielo, echaban agua encima que se congelaba al
instante y así quedaban afirmadas, formando un angosto sendero por
el cual podíamos pasar sin resbalar.
Al
atardecer llegamos a un gertz, estábamos agotados por la larga
jornada y la lucha contra el clima hostil. Enseguida nos ofrecieron
pasar la noche en los getrz junto a las familias. Nuestro entusiasmo
era evidente, la experiencia valdría todo el esfuerzo al atravesar
las montañas. Con la oscuridad de la noche nos acomodamos en las
tiendas. El interior de un gertz es muy cálido debido a la cocina
económica que se encuentra en el centro. Sobre los costados de la
tienda se hallan los muebles. Camas, baúles y cajoneras adornadas
con dibujos geométricos idénticos a los característicos del Tibet.
Mucho rojo y amarillo cubre los muebles. Coloridos telares cubren
las paredes, donde también se puede encontrar colgado algún pedazo
de carne de yak o caballo esperando a ser cocido en la profunda
sartén.
Allí
comenzamos una relación muy especial con los campesinos. La
comunicación fue bastante buena, primeros nos calentamos con leche
de yak y unos trozos de queso. Luego sacamos el mate y preparamos
unas rondas. Al comienzo nadie se atrevía a probar hasta que uno de
los jóvenes lo hizo. Le gustó, entonces su padre probó un poco,
aunque no muy convencido. Luego sacamos las fotos de nuestros
parientes y amigos, siempre es bueno mostrarlas. Comentarios y risas
se escuchaban en el gertz. Luego de unas horas, el
"hombre" de la familia, ya vestido con su tradicional
"dehl" (vestimenta tradicional de Mongolia y Tibet, similar a un
sobretodo; cubre desde el cuello hasta por debajo de
las rodillas. Utilizan este tipo de prenda durante todo el año ya
que tienen de distinto abrigo. El que se utiliza en invierno lleva
un corderito entero dentro y pesa alrededor de cinco kilos.) me
invitó a sentarme junto a él. Delante del mueble que contiene las
fotos de su familia y ancestros. Es sabido que ese gesto corresponde
a una aceptación como "invitado de honor" en la familia.
En el mueble podía distinguir fotografías del señor en distintos
sitios como en Ulan Bator, Moscú y Pekín. Sin duda estas personas
viajan mucho más lejos de lo que uno cree. Asímismo había
fotografías de sus ancestros en distintas ciudades y
acontecimientos, como en competencias de lucha o tiro con arco y
flecha. Luego el hombre me ofreció un polvo para inhalar, era de
color marrón. Al inhalarlo produjo una sensación muy molesta en la
nariz y todos comenzaron a reírse. Gonzzo me dijo que era rapé.
Los más jóvenes se mostraban muy curiosos por las cosas que
teníamos, como las linternas que usábamos en la cabeza. Unos de
ellos nos pidieron dos prestadas y salieron con ellas a cabalgar,
estarán como locos cabalgando por la noche. Al pobre Gonzzo le
gastaron las pilas. Luego cenamos una carne hervida, más que carne
era pura grasa, la cual sabía muy bien y te llenaba de fuerzas. La
dieta de las culturas que habitan sitios tan fríos es muy grasosa,
esto es para almacenar muchas calorías. Esa noche fue cuando nos
contaron que ellos distinguen la llegada del invierno cuando se les
congela la sopa.
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Mongoles con los
que se encontraron Queirolo y los otros viajeros |
A
la mañana siguiente, luego de una buena dosis de yoghurt y queso,
nos despedimos de las familias que tan amablemente nos alojaron,
dejándoles algunos regalitos como agradecimiento por lo brindado.
Nos sacamos fotografías todos juntos y nos mostraron sus yaks más
impresionantes. Atravesamos un valle enorme, de vivos colores,
poblado de jaks y gertz. Por el valle serpenteaba un arroyo que lo
atravesaba en su zona central. No cabe duda de que era un valle muy fértil
por la cantidad de tiendas y ganado que había. Del otro lado del
valle se encontraba el pueblo llamado Renchinlumqui, adonde nos
dirigíamos. Este es un pueblito muy pintoresco, de casas
construidas en madera rústica rodeadas por un cerco de madera de
casi dos metros de altura. Esa era una de la primeras veces que
veía un tipo de aparcelamiento en Mongolia, especialmente en el
campo. Las tierras en este país son de todos, todos tienen el mismo
derecho de habitar y explotar su suelo. El ganado de las familias
pastan las mismas praderas y ellos habitan las tierras. Sin duda,
ver tal vastedad de territorio sin alambrados produce una grata
sensación en uno, ya que al parecer el capitalismo barbárico no ha
llegado a todos los rincones de la tierra. Las casas parecían estar
corroídas por los años y por el áspero clima que domina a esta
región del país. Allí viven los hermanos de Ungru a quienes
visitamos y quienes nos atendieron con un espléndido almuerzo. Esa
noche acampamos en medio de una planicie desértica, ni agua ni árboles había a kilómetros a la redonda, el viento soplaba fuerte
y las marmotas curioseaban por los alrededores de nuestras carpas.
Al
amanecer levantamos campamento y galopamos hasta las orillas de un
río de deshielo. Sus aguas eran turquesas, sin duda era leche
glaciaria. Para cruzar las frías aguas había una balsa de troncos
dirigida por un abuelo que debía ser más viejo que el río. Sus
manos curtidas por cinchar con el cable que unía las dos orillas,
mostraban a un hombre fuerte y de corazón de hierro. Esperamos que
dos yaks bajasen de la balsa junto a un señor en una moto rusa,
similar a las de la Segunda Guerra. Con gritos y tirones logramos
que los primeros tres caballos subieran a la balsa junto a Ungru y
Gonzzo. El río estaba manso, el espectáculo era de ensueño y cada
vez me alegraba más de hallarme en esas congeladas tierras
siberianas junto a mis compañeros. Cruzamos el río y seguimos
adelante.
A
media tarde llegamos al lago Sagan Nur, hermoso como el Kovsgol,
aunque no tan grande. Intentamos ponernos de acuerdo sobre la
posibilidad de continuar hacia el norte con el fin de encontrar una
tribu de nómades. Estos viven del reno y habitan la región que
comprende el norte de Mongolia y parte de Rusia. Sin embargo no iba
a ser fácil dar con ellos, debido a que permanecen en continuo
movimiento, es por ello que al régimen soviético nunca les fue
fácil "domesticarlos". Ungru y Otton coincidían en que
muy probablemente estuvieran del lado ruso y que no convenía
continuar rumbo norte debido a las bajas temperaturas. Por otro
lado, nuestra visa de un mes no nos daba el tiempo suficiente para
prolongar muchos días más nuestra travesía. Estábamos a menos de
30 km. de Rusia, y para pasar al otro lado necesitábamos un permiso
especial. Descartamos ese plan. Decidimos quedarnos un día más en
el lago y luego emprender el camino de regreso a Khadgal.
Luego
de un día de descanso, sin montar, una gran nevada cubrió la
estepa. Las bajas temperaturas nos alentaron a levantar campamento y
retornar a Renchimlunqui, en medio de un
paisaje donde todo parecía
pintado de blanco. Queríamos llegar al pueblo ese mismo día pero
nos demoró el cruce del río, esta vez estaba muy picado. A mitad
de camino encontramos una cabaña vacía; nos pareció providencial,
y sin dudar la ocupamos para pasar la noche. Los caballos y nosotros
estábamos muy cansados como para continuar la marcha. Aquella
cabaña que surgió de la nada fue nuestro refugio salvador. Rama
salió de noche en busca de agua y sufrió el congelamiento parcial
de una mano. Por suerte el asunto no pasó a mayores; inmediatamente
le dimos te caliente con mucha azúcar y leche condensada. Por la
mañana, pudimos practicar patinaje sobre la laguna.
El
camino de regreso a Khadgal no seria el mismo, tomamos una vía
alternativa que, en vez de bordear el lago, nos llevaría por un
sinuoso camino de montaña. Anochecía cuando acampamos y al
amanecer nos despertaron ruidos extraños. Recuerdo haber salido de
la carpa para ver que se trataba y me sorprendí al ver que unos
dromedarios merodeaban cerca de nuestro campamento. Busqué la
cámara y les tomé unas fotos. Rápidamente, Ungru y Otton,
comenzaron a ahuyentarlos con gritos y saltos, al parecer asustan a
los caballos. Cabalgamos por valles cerrados y boscosos. No fue un
día fácil, el caballo de Pepe cojeaba y tropezaba continuamente
haciendo que el pobre Pepe fuera a parar al suelo a cada rato. Con
cierta aprensión vimos huellas de osos y lobos sobre la nieve que
cubría el suelo del bosque. La idea de cruzarnos con alguno de
estos mamíferos me excitaba aun más, era lo único que faltaba
para convertir esta travesía en un éxito rotundo.
Cruzamos
por un paso a dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar, en
el cual nos encontramos con un Ovoo, este es un montículo de
piedras, en algunos casos tallada, la cual representa una vieja
tradición chamánica donde los mongoles piden por su protección
durante el camino y dejan ofrendas como botellas de vodka, bufandas
de seda azul, cabezas de animales, etc. Al llegar a uno de estos
hitos, uno debe darle la vuelta tres veces y pedir un deseo. Este
tipo de costumbre deriva del budismo tibetano o lamaísmo religión
oficial de los mongoles. Descendimos desde el paso hacia un valle
cubierto de nieve, la cual alcanzaba el metro y medio y nos cubría
las piernas mientras montamos. A medida que lo atravesábamos para
llegar a un segundo paso notamos que el clima comenzaba a empeorar.
Caía la tarde y con ella una tormenta se apodero de los cielos
complicando la visibilidad y congelando nuestros dedos. Era
imprescindible encontrar un refugio y viento blanco enfriaba
nuestros cuerpos de manera peligrosa. Oscureció. Supuse que Ungru
había equivocado el camino y que allí no existía ningún refugio.
Pero no fue así, Ungru, un mongol ducho en su trabajo, encontró el
lugar apropiado para pasar otra noche. Él conocía estas montañas
y nos condujo hasta una cabaña robusta y acogedora donde nos
protegimos de la fuerte tempestad que se había desatado.
Nuestra
amistad con Ungru y Otton se había fortalecido con el tiempo y con
las hostilidades que habíamos enfrentado. En especial con Otton, yo
mantenía muy buena relación, a pesar de las dificultades obvias de
comunicación. Recuerdo como se reía cuando yo intentaba tirar del
caballo a Pepe ,quien se ponía como loco ya que había caído al
piso más veces de las que realmente habría querido. Y luego yo lo
abrasaba a Otton y manteníamos luchas grecorromanas sobre los
caballos. Era una persona muy especial.
Nuestro
ultimo día de cabalgata fue espectacular, la tormenta había pasado
y una temperatura muy agradable nos alentaba a continuar rumbo sur.
Abandonábamos las montañas, también nos despedimos de la nieve.
Poco a poco íbamos reconociendo los valles, nos estábamos acercando
a Khadgal. Aquellos pastizales rojizos por donde cabalgábamos,
anunciaban la cercanía al pueblo. Sentí un extraño cruce de
sentimientos. Por un lado, estaba contento de haber terminado de
buena manera una travesía dura e inolvidable. Por otro, me
apesadumbraba la idea de tener que despedirme de Ungru y Otton con
quienes, llevado por las circunstancias, había iniciado una amistad
muy especial. Sabia que muy probablemente, nunca los fuera volver a
ver en mi vida. Pasada media tarde llegamos a Khadgal. Era el punto
final de una aventura de quince días inolvidables. La despedida fue
muy emotiva; una parte de mi vida partía junto con ellos hacia las
misteriosas estopas de Mongolia.
Pasamos
un día en el pueblo y luego comenzamos el regreso a Ulan Bator. Las
estepas que mostraron su color amarillento en el viaje de ida, se
habían convertido en un solo e interminable manto de nieve. Era
otro territorio y el crudo otoño se había apoderado de Siberia y a
nosotros ya no nos quedaba mas tiempo en Mongolia.
Ya
en Ulan Bator hicimos tiempo a visitar el imponente Lamaserio de la
capital y el muy interesante Museo de Historia del Hombre; dos
sitios que bien valen la pena recorrer. A las corridas tuvimos que
dejar la ciudad rumbo a la frontera. Se nos vencía la visa y
ninguno estaba dispuesto a pagar una multa por sobre-estadía.
Tomamos un tren hacia la frontera con China y cruzamos justo en
fecha. Luego continúe el viaje junto al Pepe por China cruzando el
país de norte a sur, durante un mes y medio más. Laos fue nuestro
último destino, donde pasamos un mes más viviendo otras aventuras
dignas de narrar.
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Un
lago mongol que brilló ante los ojos de los viajeros
que pueden ser reconocidos en dos de las fotografías
que, arriba, ilustran texto.
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