|
IQUIQUE:
ENTRE EL MAR Y EL DESIERTO
Fotos y texto Andrés
Manrique

Cementerio indígena en Iquique. El resto de las fotos
de este item pueden ser ampliadas mediante un clic.
El
norte de Chile también existe
y sus 2000 kilómetros de costa sobre el Pacífico son prueba
fehaciente. Por allá lejos, hay un desierto conocido del
que se suele decir que "es el más árido del mundo":
el de Atacama. Ocupa la región de Tarapacá que se extiende
58.698 km2 entre el azul irreversible del Pacífico y los
tonos pasteles del desierto andino. Tarapacá golpea el tímpano
y las etimologías se suceden... "Bosque impenetrable",
"Lugar de escondite" (tara: árbol, pacani: esconderse).
¿Árbol, dónde? ¿Escondite, cuál? La historia cuenta que
así fue bautizada por el indio que venía del continente
y llegó al bosque de Tamarugos, un verdadero oasis en el
desierto y a sólo 70 kilómetros de: ¡Iquique!, la capital
de la región que nos acogerá en este viaje por tierras chilenas.
La cordillera de los Andes, es siempre impactante, y no menos cuando
pueden verse todos sus picos, cerros, valles y quebradas desde el cielo.
Aún deslumbrados por el macizo cordillerano, aterrizamos en Santiago.
Desde ahí, volamos 1800 kilómetros sobre los acantilados que se
zambullen en el océano Pacífico, hasta el aeropuerto de Iquique. En
mangas de remera, llegamos a la ciudad y aprovechamos las últimas luces
para recorrer la Zona Franca: una yunta de comercios libres de impuestos
que desde 1977 colabora para que el olvido no se apodere de la ciudad.
Rodrigo, el guía que nos internaría en la Pampa desértica, se sentó
apartado de la mesa, como para no molestar, y con tono calmo aclaró:
"No, el tiempo va a estar bueno, hace más de cien años que aquí
no llueve". Luego, nos explicó el recorrido.
Con los últimos bocados del desayuno, recorrimos la ciudad con
dirección a La Pampa, que aquí -territorio de paradojas- se
corresponde con el tórrido desierto.
Con una clara reconstrucción de la guerra del Pacífico, el combate
naval más duro que Chile enfrentó contra Bolivia y Perú en las costas
de Iquique en 1879, comenzamos a ascender dejando la ciudad a nuestra
derecha. De pronto, como respuesta a un chasquido mágico, el guía nos
señaló la estatua del "Patizorro", el trabajador pampino que
trabajaba el salitre en el desierto, mineral que enriqueció a Iquique
entre 1860 y 1930.
La ciudad del contraste.
Iquique
es un desafío para el sentido común. De frente al océano,
uno ni se imagina que el agua puede escasear. Sin embargo,
la fuente más cercana de agua dulce está a 100 kilómetros
y llega por cañerías.
Seguimos ascendiendo y observamos el Cerro Dragón, una enorme duna
semejante al lomo de un dinosaurio que, con la cabeza enterrada y un
cuerpo de costillas salientes talladas por el viento en la arena,
termina con su cola zigzagueante hacia el sur. Desde ahí, casi sobre el
lomo del reptil, se destaca la planicie litoral de Iquique, una de las
pocas de Chile, porque la cordillera de la costa, corre pegada al mar en
casi todo su trayecto con mil metros de altura promedio.
Nos alejábamos del mar mientras la "camanchaca" o bruma
costera que suma el total de ¡cinco milímetros! de precipitaciones
anuales, iba evaporándose sobre la vegetación cero.
En
la Oficina "SANTA LAURA"
Entre
dunas hacia el este y el oeste,
colinas de arenas hacia el norte y el sur de sequía y soledad,
surge una trama de hierro y madera construida en 1872 por
los ingleses para la explotación del salitre (Nitrato de
Sodio).
Declarada Monumento Nacional en 1970, hoy es una de las
pocas oficinas salitreras en pie, de las más 160 -ya desmanteladas-
que funcionaban. "De todo este inmenso complejo industrial
queda sólo el recuerdo; el desierto ha vuelto a enseñorearse
de sus dominios..." Sin embargo, la Oficina Santa Laura,
que llegó a tener cerca de 2000 habitantes, ilustra claramente
el auge de este mineral.
De la estructura herrumbrada, salta a la vista una altísima chimenea de
hierro macizo. El calor aplastante no aplaca la curiosidad que provoca
saber que ahí, en medio del desierto, vivieron muchas personas.
Allí, dentro de una verdadera caldera natural, trabajaba el obrero
pampino, "raza de hombres que, luchando a brazo partido bajo el sol
abrasador, arrancaron la carrasposa piel del desierto para convertirla
en ingentes riquezas a las que ellos nunca tuvieron acceso."
Las aspas de un viejo molino de engranaje chirrían con el viento y
parecen dialogar con unos cables de acero que golpean en lo alto de la
chimenea, comunicando al visitante el pasado duro de los trabajadores.
Detrás de unas casas de material, se prolongan los frentes de otras,
sobre un tendal de madera: los restos de un pueblo. Resabios que
muestran el auge del mineral, llamado oro blanco.
En
el pueblo fantasma
A la misma distancia de Iquique (47 km) al otro lado de la ruta, entramos
a "Santiago Humberstone", un pueblo salitrero intacto,
fantasmagórico. Es muy difícil no compararlo con uno del viejo oeste
norteamericano. Entre casas más y menos lujosas, todas abandonadas,
llegamos a "San Mauricio", la que fuera primera escuela en
Iquique, ahora vacía. Recorrimos sus calles con la sensación constante
de que en un momento u otro, la vida volvería a bullir. El silencio era
casi total, pero las construcciones intactas daban la impresión de que
al empujar una puerta, además del quejido de los goznes, el dueño de
casa nos invitaría a pasar.
Allí está en pie el club social, un ambiente reservado para jefes,
ejecutivos y empleados de alcurnia que tiene una gigantesca pileta, con
triple trampolín y gradería techada para el público.
Dentro de la Cantina, en una de las paredes rasguñadas por un antiguo
poblador quedaron grabadas sus palabras melancólicas: "Aquí
bailé en 1948 cuando era muchacho. Hoy dejo una lágrima de nostalgia
por aquello que fue tan hermoso."
Hasta 1930 en la provincia de Tarapacá, permanecieron casi doscientas
oficinas salitreras que dieron vida a varios pueblos. Luego, la
invención del salitre artificial echó por la borda la extracción
natural que los llevó a la decadencia. Año tras año, fueron
paralizándose todas las oficinas hasta que en 1975, la última fue
abandonada.
Cada cuadra es un nuevo asombro. Su vida social se manifiesta en el
inmenso teatro-cine que conserva las butacas desde las cuales dicen que
se la escuchó a María Callas. Los pasatiempos y deportes de los
pobladores están a la vista, y mientras recorríamos los lugares por
donde esparcían su energía: la cancha de fútbol, la de básquet y la
vida social en las reuniones de plaza animadas por la banda musical,
despedimos esta magia deshabitada desde 1960, tal vez a la espera de
otra población.
La
Reserva Nacional De La Pampa del Tamarugal
El desierto volvió a prolongarse.
La camioneta parecía no avanzar y el sol desde el cenit
desprendía vapores que deformaban las dunas violáceas y
cerros graníticos. De pronto, la temperatura disminuyó y
entramos al bosque de Tamarugos, árboles que a edad avanzada
llegan a medir 50 metros. Ahí, en medio del desierto: cuarenta
mil hectáreas de bosque protegido. Al fin, entre árboles,
arbustos y pimientos del oasis, perforando la fragancia
cítrica, seguimos unos minutos hasta:
Cerros Pintados
Más de 400 figuras de Geo
y Petrogliflos realizados entre el 900 a.C y el 1000 después
por la cultura Tiahuanaco, que convierten
a la región en la mayor exposición de arte rupestre. Las
representaciones parecen corresponder a un tipo de comunicación
establecida entre las tribus de la costa (Changos) y los
Tiahuanacos del altiplano que intercambiaban sus productos.
Los petroglifos están hechos con el sistema de raspado, el más
antiguo (como en negativo), de 10 cm de profundidad. Pero hay otros
técnicas que se usaban: la del mosaico, por medio de la
acumulación de piedras; y la del sistema mixto, que combinaba el
raspado con la acumulación.
La cadena de cerros muestra dibujos de peces, figuras antropomorfas y
zoomorfas, una auténtica fusión entre la naturaleza y el mundo
mágico-espiritual que nos obliga a reverenciar a estos pueblos que
vivían fundidos con sus creencias, coherentes con ellas y respetuosos
de sus tierras. Manifestaciones todas que nos obligan a dejar de lado el
término de "primitivos" cuando nos dirigimos a estas y otras
tribus.
Seguimos a Matilla, un pueblo de agricultores donde almorzamos.
Paladeando un jugo de naranjas autóctonas, nos sirvieron como menú:
sopa de pollo para la entrada, carne vacuna con ensalada "de la
zona" y de postre, un heladito para rematar el atracón.
Aunque parezca mentira, en medio de semejante sequía, esos mil
habitantes viven actualmente de sus cultivos, entre los que se destaca
el mundialmente famoso limón de pica, que aporta el toque insustituible
al pisco sour.
Cementerios indígenas
Sobreponiéndonos al sopor de los
37 grados, y al infligido por la comida, un baqueano nos
llevó a unos cementerios indígenas. En la caja de una 4x4,
nos desviamos del asfalto y saltamos entre las dunas hasta
el lugar donde unas calaveras blancas resaltaban sobre la
arena. Los cuerpos reposaban abrigados con los atuendos
del ajuar funerario que sus contemporáneos –Tiahuanacos-
le habrían preparado para el viaje final. Algunas caras,
momificadas naturalmente por las condiciones climáticas
del ambiente,
tenían todavía la piel adherida. Caminamos entre los cuerpos
y tejidos desparramados y, a poco andar, el baqueano desenterró
dos trenzas cortas unidas a un cuero cabelludo reseco: era
una niña. No lo podíamos creer e impresionados, nos alejamos
en silencio.
Los brincos y acrobacias de la camioneta, nos devolvieron a la tierra.
El
festivo final
A medida que nos íbamos acercando
a "La Tirana" (a 72 kms de Iquique), Rodrigo aprovechó
para contarnos la historia real y la versión mitológica
de la fundación de ese pueblo. ¡Una más sorprendente que
otra!
Historia
y mito del origen de "La Tirana"
La
historia sostiene que su auge comienza por la mina de plata de
Huantajaya, que estaba en medio de la cordillera de la costa y
empezó a ser explotada por los Incas. Los Españoles siguieron
extrayendo y utilizaron a esclavos chinos y negros que también los
usaban en las minas de plata y oro en Potosí. La plata era traída
a este lugar para hacer las fundiciones en unas hoyas que llamaron
tijuanas. Los esclavos que traían en las bodegas de los barcos,
venían hacinados y amarrados de pies y manos durante el viaje que
duraba sesenta días. Sólo la mitad llegaba vivo. Cuando los
liberaban en tierra, se alegraban tanto que empezaban a bailar:
antecedente de la Cueca y demás bailes religiosos que representaban
la pelea entre el bien y el mal, como la Capoeira. La cueca, el
baile nacional chileno surge también en la cuarta región, donde
también eran importados esclavos que al soltarlos comían frutas y
la molían, en celebración, con sus pies. Los bailes religiosos
eran en adoración a la Pachamama. La veneración a la Virgen del
Carmen, la patrona de Chile, es la influencia del catolicismo en la
esclavitud. Los diversos bailes representan distintas cosas:
mientras el Tincu es la representación del combate entre el bien y
el mal, el Zambo, las Morenadas y las Diabladas representan el mal
que viene en acto de sumisión a venerar a dios.
La
leyenda, en cambio, dice que en la época de la colonia, los
españoles trajeron a esclavos Incas. Estos escaparon en un descuido
y, en represalia, mataban a todo hombre blanco que encontraran.
Cuando muere el jefe del grupo, queda a cargo su hija, a la que
denominan "La tirana". Al poco tiempo capturan a un hombre
blanco y la jefa se enamora y comienza a prorrogar su muerte. Se
relaciona con él y conoce la religión católica. Se unen los dos y
ella le pide que la bautice en nombre de su Dios. Se van a un lugar
alejado y en el momento en que la está bautizando aparecen los
guerreros incas e interpretan que su jefa los ha traicionado. Los
atacan a flechazos y la hieren de muerte. Justo antes de morir, pide
que se construya una cruz. En ese lugar aparece la Virgen del Carmen
donde actualmente se emplaza la iglesia.
Llegamos a "La tirana"cuando el sol rasante reflejaba su
anaranjada despedida en los trombones, trompetas y bronces de las
distintas bandas musicales que convergían en la plaza central. Los
elencos de baile llegaban detrás, compuestos por niños, jóvenes y
adultos. El pueblo, una vez más, revivía la "Cueca" (danza
Nacional chilena) y nosotros, habituados a los ocres del desierto,
quedamos deslumbrados frente a los colores brillantes de los disfraces y
máscaras monstruosas. Al impacto visual le siguió el rítmico. Los
tambores y bombos agitaban la plaza. Visitamos la iglesia entre el
tránsito eufórico de los pobladores y dejamos el pueblo con el
corazón batiente, tarareando sus fraseos bajo las estrellas. Volvimos a
la costa Iquiqueña.
Con el cuerpo felizmente agotado por la danza, sólo el descanso nos
esperaba.
La
ciudad de Iquique
Tachonada
de signos que responden a su historia bélica, cada calle,
edificio y rincón remite a algún nombre que participó en
la guerra naval.
Caminamos por la costanera hacia el casco viejo de la ciudad
y recorrimos el barrio residencial de la península de Cavancha,
asentado sobre una playa espectacular que enfrenta un mar
templado: especial para la natación y deportes acuáticos
como el bodyboard o el windsurf.
Entre históricos edificios, uno va conociendo la ciudad. Por la calle
Bulnes, se accede al parque del Salitre, ideado para rendir homenaje al
trabajador pampino, "porque sin la fuerza de su brazo no habría
sido posible la epopeya..." La recreación de su ambiente cotidiano
incluye, entre las máquinas que usaba, un monumento en su honor. El
parque termina donde una vieja locomotora, inmóvil y oxidada reaviva el
pasado.
En el casco viejo de la ciudad, el edificio de la Aduana es un referente
de estilo hispanoamericano, cuya pesada arquitectura resistió el
terremoto y maremoto de 1877. Su Museo Naval conserva las piezas
rescatadas de las embarcaciones hundidas durante el conflicto.
Dos cuadras arriba, está la Plaza Prat. De su centro emerge la Torre
del Reloj de arcos góticos, a través de los cuales se pueden ver las
construcciones que la rodean, como el Teatro Municipal, orgullo
iquiqueño que todos los febreros se convierte en telón de fondo para
el Encuentro Iberoamericano de música tradicional (Tunas y
Estudiantinas).
Bajo el sol de la plaza, a mano derecha, un edificio se recorta soberbio
del resto. Es el Casino Español, un restaurante de estilo morisco
construido en 1904 por la Beneficencia Española que parece haber sido
arrancado de la Alambra. Bajo las pinturas que ilustran episodios de
"El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", se puede
saborear su especialidad: el pescado. Entre mayólicas y columnas
coloridas de gusto depurado, subimos al primer piso donde una gran
claraboya de vitraux pincela con sus colores las esculturas de don
Quijote y Sancho Panza: imperdible, al menos de pasada.
Salimos hacia la tradicional calle Baquedano, declarada Zona típica y
de Protección por el Ministerio de Educación. Las casas de dos plantas
construidas con el pino oregón que traían desde Canadá como lastre
los barcos salitreros, reflejan la riqueza de sus antiguos dueños.
Todas, de estilo georgiano. Cada una, de un color que la distingue de
las demás y el blanco, verde y azul de las fachadas convierten al
bulevar en un pintoresco paseo. El día se acababa y con él, el viaje.
La luz nos levantó y aprovechando las últimas horas antes de dejar los
atractivos pagos, visitamos el Museo Regional de Tarapacá. ¡Un manjar
para curiosos de culturas pre hispánicas! Las salas exponen la historia
y cultura Chinchorro que habitó la zona desde los 4500 años A. C.
hasta el 1500 D. C. En el patio central, la reconstrucción de unas
casitas de adobe Aymara acusan la supervivencia de esta cultura en el
altiplano chileno. El museo brinda una magistral clase de historia y
antropología. ¡Todo un documento! Pero si aún no estamos satisfechos,
aún queda la posibilidad de visitar (también sobre Baquedano, enfrente
y a una cuadra hacia el sur) el "Palacio Astoreca": un
edificio de principios de siglo que conserva en sus 1100 m2, los muebles
y materiales originales. Actualmente, está destinado a actividades
culturales.
Con esta última visita y a la hora en que el sol no hace sombra,
dejamos Iquique. Una ciudad pudorosa que cubre humildemente sus
magníficos secretos, detrás de pobladores tan cordiales como listos
para compartir su historia. En fin, una ciudad que espera ser develada.
Fotografías:
Arriba, portada: cementerio indígena en Iquique. Luego,
de arriba hacia abajo: 1: Cerro Dragón y la ciudad de Iquique
detrás; 2: Playa iquiqueña; 3: La abandonada oficina
salitrera de Santa Laura; 4: Abandono en Santa Laura; 5:
Oficina en el pueblo abandonado de Santiago
Humberstone; 6: Petroglifos; 7: Calavera en cementerio indígena;
8: Calle Baquedano, en la ciudad de Iquique; 9: La torre
Pratt; 10: Imagen de Sancho Panza y Don Quijote; 11: Otra
imagen de la tradicional calle Baquedano. (Todas las
fotos ©
Andrés Manrique)
|