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LA OLVIDADA EXPLORACIÓN DE DOUGLAS MAWSON

A
los quince años aproximadamente, en un número del Selecciones
del Reader´s Digest, leí el relato de una epopeya
antártica. Me impresionó vívidamente. No sabía entonces
que dos décadas después existirían vías de
comunicación electrónica, como este sitio, donde hoy puedo
difundir un latido heroico olvidado. Injustamente olvidado.
La exploración del australiano Douglas Mawson (su imagen
a la izquierda). En 1907, Mawson, geólogo de
profesión, exploró el Monte Erebus, el único volcán
antártico activo, que lo fascinó con los rojizos colores
de su lava serpenteando entre la nieve. Y, entre 1912 a
1913, recorrió centenares de kilómetros de lo que hoy se
conoce como Tierra de Jorge V. Fue el único sobreviviente,
en realidad, de un grupo de exploradores donde lo acompañaban
Xavier Guillaume Mertz, abogado y campeón de esquí
de 28 años de edad; y el teniente Belgrave Edward Sutton
Ninnis, joven suboficial de los Reales fusileros británicos.
Con sus escasos treinta años, Mawson ya era un veterano
de la Antártica. Sólo él sobreviviría. Su expedición irradió
tintes de un heroísmo quizá superior al viaje de Scott
y su grupo, que pereció trágicamente en el continente blanco.
El valor científico de la exploración de Mawson tuvo
también mayor relevancia. Pero no trascendió en la historia.
Durante su travesía, Douglas Mawson se precipitó
en un pozo en la nieve. Desnutrido, agotado y confundido,
logró emerger desde la entraña oscura de la helada tierra
blanca, "la tierra maldita", como él la llama.
En este hecho, como en otros, Mawson percibió la
realidad de una fuerza divina, misteriosa, que intervino
en su auxilio. El explorador conoció un poder superior al
hombre por la vía del desamparo y el sufrimiento extremo.
En el transcurso de su viaje, garrapateó un diario escrito
con hielo, sangre y fuego. Lennard Bickel le confirió
una forma narrativa, literaria. Es un relato extenso. Por
lo que les recomiendo que, de ser posible, lo impriman a
fin apreciarlo con más serenidad y detalle.
La maravillosa y heroica historia de Mawson demuestra
que la dignidad puede habitar en el corazón humano. Un valor
que puede elevarnos hacia una cima noble. Con ese espíritu
los invito a revivir, como si fuera un hecho presente,
la expedición de Mawson. ¿Por qué no adentrarnos
en la Antártida solemne, de enloquecedora vastedad, con
el explorador que respira calor aun en el fondo de espesos
océanos de frío y soledad?
E.I
LA OLVIDADA EXPLORACIÓN DE DOUGLAS MAWSON
El
reino de las ventiscas
Corría la gran era de las exploraciones
polares: Peary y Henson en el norte; Shackleton, Scott y
Amundsen en el sur; y la imagen heroica de sus audaces expediciones
inflamaba la imaginación de muchos jóvenes.
Douglas
Mawson había nacido en Yorkshire, en Inglaterra, pero cuando tenía dos
años sus padres se trasladaron a Australia. A la edad de 26 era ya un
geólogo brillante y Ernest Shackleton lo reclutó para su expedición
antártica de 1907 a 1909. Mawson, sin embargo, no lo acompañó en su
frustrado intento de llegar al polo. Le dieron dos comisiones: escalar
el monte Erebus, único volcán activo conocido en el continente
antártico, y localizar el polo sur magnético; en esta sola empresa
cubrió la increíble distancia de 2030 kilómetros. Pero lo que más le
impresionó fue el monte Erebus.
Mawson y otros dos exploradores lucharon contra unas condiciones pavorosas y llegaron al borde del cráter, a una altura de 3750 metros
sobre el valle de hielo. Hallaron un cráter tres veces más profundo que el Vesubio y de unos 1500 metros dc diámetro. Estaba hendido por
una gran fisura que caía 120 metros hasta un pozo ardiente de lava. De allí
el vapor de agua se levantaba 300 metros en el aire, mezclado con polvo ígneo y rocas fundidas
que saltaban disparadas a grandes alturas. La furia de aquella pirotecnia
terrestre sobre fondo helado fascinó a Mawson.
Al oeste del sur, aserrando el firmamento hacia el polo sur, se
alargaba la interminable cordillera de los montes Trasantárticos,
paisaje de grandiosidad sin rival en el mundo. Y más allá,
extendiéndose hacia el oeste por muchos millares de kilómetros, se
veía una tierra blanca no hollada todavía por el hombre.
En tan etéreo
escenario Mawson se sintió invadido del deseo de recorrer aquellas
tierras, más allá de las montañas, de explorar sus yermos nevados,
sus costas y tierras altas, y gustar de su soledad milenaria.
Así, en
1910, cuando el capitán Robert Falcon Scott le ofreció una plaza en su
equipo de exploradores antárticos, no pudo rehusar. Una aureola rodeaba
la inminente expedición de Scott; quienes la integrasen llegarían,
ciertamente, al fondo mismo del mundo. No obstante, Mawson ya sabía que
tras la puerta posterior de Australia existía una costa desconocida.
"He
visto la gran cordillera que se prolonga hacia el sur por la Tierra de
Victoria", decía. "He andado por esas montañas de hielo, he
visto extensiones rocosas, que podrían ser de gran interés económico
y científico. Ningún hombre ha estado allí. Quizá contengan tanta
riqueza mineral como otras cordilleras de esta gran cadena andina que se
prolonga América adentro. Toda observación que hagamos de esa región
desconocida aumentará nuestros conocimientos del mundo. Quiero hacer
nuevas aportaciones al saber humano".
Mawson
organizó su propia expedición con el proyecto de tocar tierra en una
zona al sur de Sydney, pero los hielos le cerraron el paso. Cuando la Aurora
encontró por fin un lugar conveniente para desembarcar, fue en un
cabo rocoso que se proyecta sobre una extensión de mar abierto a la que
llamó bahía de la Commonwealth. Conocida como Tierra de Adélie,
estaba muy al occidente de donde el explorador había pensado establecer
su base.
Detrás de la
pequeña bahía vio una inmensa extensión de hielo firme que ondulaba
levantándose a varios centenares de metros para perderse en la bruma y
que se prolongaba indefinidamente hasta una distancia a la que no
alcanzaba la vista. Por su aspecto resultaba absolutamente
infranqueable. Aquella formación glaciar era la peor conocida en la
Antártida o, lo que es igual, en el mundo.
Ya
el 19 de enero de 1912 habían depositado en el cabo rocoso la madera
para dos cabañas, tres mástiles de 18 metros para antena de radio,
trasformadores, motores eléctricos, acumuladores, estufas, hornillos,
equipo para trineo, 19 perros de Groenlandia, instrumentos científicos,
víveres para alimentar a 18 hombres durante dos años, colchones,
mantas, herramientas, clavos, combustibles (incluyendo 23 toneladas de
carbón prensado en sacos, bidones de aceite y queroseno), además de
libros, papeles y efectos personales.
Tras
seis días de trabajo los expedicionarios tenían levantadas la paredes
de su vivienda, y una semana después habían colocado el techo y
atornillado a las paredes los camastros de madera. Después de eso
comenzaron a adiestrarse para la exploración en la primavera siguiente.
Mas
antes del equinoccio, que ocurriría el 20 de marzo, Mawson tuvo que
reconocer que había llevado al grueso de su gente "al rincón más
ventoso del mundo". Los sufrimientos que les aguardaban en los
meses venideros confirmarían su opinión. La víspera del equinoccio,
el viento sur azotó su vivienda con una serie de ráfagas tan violentas
que la sacudieron hasta sus cimientos; tan grande era su
fuerza que hacía penetrar la nieve en polvo a través de las uniones de
la madera machihembrada. En los días siguientes sintieron embates aun
más violentos; el 22 el huracán sopló continuamente durante más de
una hora y a más de 130 k.p.h., acompañado de una fuerte nevada.
Fue heroísmo rayano en imprudencia el atender a sus instrumentos
exteriores durante tales tormentas. Sólo con crampones de acero de
largas púas en las botas se podían mantener en pie. Más a menudo
debían andar a gatas para resistir las súbitas ráfagas. "Los
vientos tiene una fuerza tan tremenda", escribió Mawson, "que
eclipsa cualquier cosas antes vista en el mundo. Hemos descubierto el
reino de las ventiscas. Hemos llegado a una tierra maldita".
Otra cuadrilla
había permanecido a bordo de la Aurora,
la cual navegaba 2300 km al occidente de allí, donde también
explorarían. Mas aquí, en el oriente, era donde Mawson pensaba
concentrar sus esfuerzos. Un grupo reconocería la costa cercana; otro
se adelantaría al primero, recorriendo más allá el litoral, mientras
que Mawson mismo encabezaría la más ardua de las jornadas: una
exploración a fondo por la región. Tenía la esperanza de completar un
viaje que lo llevara 500 millas (800 kilómetros) dentro de aquella
tierra desconocida.
Hacia el
mes de noviembre todo estaba listo, pero se interpuso el mal tiempo.
Hasta el día 10 no alcanzaron Mawson, Ninnis y Mertz la parte superior
de la plataforma de hielo. Esa noche se refugiaron
en la cueva de Aladino, abrigo del tamaño de un cuarto, cavado
precisamente en el hielo. Al siguiente día se
lanzaron a su malograda aventura, que terminaría en incomparable
batalla para sobrevivir en uno de los ambientes más despiadados de la
Tierra.
Triste
comida
(Luego de iniciada la expedición
organizada por Mawson, Ninnis murió al caer en una profunda grieta en
el hielo. Con él se precipitó un trineo con buena parte de los
víveres. Entonces...)
Desaparecido
Ninnis y perdida la mayor parte de las provisiones,
Mawson pensó al momento en el trineo roto y los otros materiales
usados que habían descartado en el campamento la noche del
13 de diciembre. Debían volver por sus huellas a aquel lugar,
25 kilómetros atrás, y buscar algún refugio, siquiera fuese
rudimentario. La única protección con que contaban contra
el viento y el frío era una ligera lona de dril usada hasta
entonces para tapar la carga del trineo de Mawson. Había
que ponerle armazón, pero él juzgaba que podrían cortarse
palos del trineo desechado. Esto significaría desandar camino
sobre el hielo, marchando sin parar durante muchas horas,
pero tal esfuerzo aminoraría sus sufrimientos.
Con los
esquís de Mertz armaron una pequeña cubierta sobre su hornillo. Mawson
halló dos viejas bolsas de comida, con rastros de la carne seca y la
leche en polvo que habían contenido. Encendió el hornillo con algún
trabajo y, cuando la nieve se derritió y comenzó a echar vapor, puso
en ella las bolsas para que hirvieran. Entonces
los dos exploradores cenaron aprovechando el turbio líquido, con lo que
recibieron en el cuerpo algún calor por primera vez después de ocho
horas. Los seis perros que les quedaban estaban hambrientos; levantaban
el hocico hacia el firmamento y juntos lanzaban largos y melancólicos
aullidos de lobo. Mawson se acercó y les acarició la cabeza. Era
preciso darles algo.
Con su navaja
cortó dos gastados guantes de piel de lobo, un par de botas viejas y un
trozo corto de correa en seis porciones iguales. Gruñendo, aullando,
los canes se tragaron los mendrugos en un santiamén y lamieron la nieve
buscando los últimos rastros, las últimas cerdas.
Una nueve horas después de que Ninnis encontró la muerte
(el 14 de diciembre, a las 9 de la noche) Mawson y Mertz se dirigieron con
los perros a lo largo de los rastros que dejaron al venir, hasta llegar un promontorio que
ocultaría la fatal hendidura a su vista. Se detuvieron unos momentos a mirar por
última vez, en muda despedida. No volvieron a detenerse más hasta
que, a las 2:30 dc la madrugada, divisaron una mancha oscura entre la blanca
bruma. Perros y hombres se abalanzaron hacia el lugar; luego, vacilando sobre sus piernas agotadas, rendidos por
el prolongado esfuerzo, todos se desplomaron sobre la nieve. Los animales se tendieron con la cabeza metida entre
las patas delanteras, gimiendo de hambre y de cansancio. Mawson los contemplaba con
lástima: el viejo George, vencido, incapacitado para volver a andar;
Mary, Haldane y Johnson, el anciano batallador, que cierta vez se había enfrentado a un
elefante marino de tres toneladas; la leal y valiente Ginger y, al
extremo de la fila, la querida Pavlova. Los perros se enterraron en la nieve para dormir el tiempo que
el hombre les permitiera.
Con el cuchillo Bonzer que Mawson llevaba, al cual pudieron fijar
una pequeña sierra, un martillito y una lima, cortaron un patín del
viejo trineo. Mertz aserró este en dos y luego, con los dedos congelados,
amarró saris> los palos a los dos esquís, para hacer un armazón a su tienda
improvisada. Sobre é1 echaron la ligera cubierta de dril y aseguraron con nieve la falda, rogando que no soplara mucho
viento.
Encendieron el hornillo, pero no comieron. La nieve se derritió dentro del tarro. Mertz agregó al agua unas gotas de alcohol y ambos aliviaron la sed y sintieron el grato calor de la
bebida. El nuevo día los recibió seis horas después, entre ladridos, gruñidos y rechinar de dientes. Al salir, Mawson encontró a Haldane y a Johnson tirando al extremo de sus ataduras y royendo la madera del viejo trineo; una correa de cuero
que encontraron a su alcance estaba comida hasta la mitad. Otros tres perros saltaban y se esforzaban en obtener su parte del hallazgo. El pobre George
permanecía echado, apático, demasiado débil para incorporarse. Su lastimosa condición
decidió su suerte.
Mawson, tomando la carabina 22, llevó a George tras la pequeña tienda y lo mató de un tiro. Reservando los
músculos más gruesos de las piernas y también el hígado, cortó en pedazos la mitad del perro muerto y se los echó, con los despojos y la cabeza, a los cinco hambrientos animales. A los pocos minutos nada quedaba sobre la
nieve.
Los dos exploradores tuvieron bastante que hacer antes de comer su parte. Mertz cortó un puntal del viejo trineo y, con el cuchillo, pacientemente, dio forma a dos cucharas de madera; en seguida reparó una azada que habían abandonado por tener el mango roto. Remedió la rotura con astillas de madera y todo
lo ató con mecha de lámpara. Entre tanto Mawson improvisó, con dos latas vacías,
sendos utensilios de comer y beber.
Había pensado que la nieve estaba demasiado blanda para viajar de
día y que de noche adelantarían más kilómetros. Así pues, se desayunaron a media tarde. Mawson observó: "Hemos tardado cinco semanas en llegar hasta aquí. Los dos tardaremos por lo menos otro tanto en regresar. Nos quedan raciones para
aproximadamente diez días de marcha normal en trineo. Por consiguiente, debemos reducir nuestro consumo acostumbrado, dc 34 onzas (965 gramos) al día a
8 (225), y confiar en que los perros nos proporcionen bastante alimento para marchar a un paso lo suficientemente
rápido para permitirnos llegar a nuestro destino".
Usó la tapa de la cocinilla Nansen como cacerola. Allí se frieron los músculos
de las patas traseras de George, pero les quedaba tan poca grasa que apenas se tostaron por uno y otro lado. Cada cual tomó un trozo e
intentó masticarlo. En un momento o de tristeza, se miraron uno a otro recordando al fiel animal.
Ya listos para ponerse en marcha, asaltó a Mawson un pensamiento:
"No marcamos ayer el punto más oriental que alcanzamos, como había pensado hacer", dijo. "Se me olvidó con
la impresión de la muerte de Ninnis". En seguida cortó del trineo roto otro trozo de madera, aseguró en él la bandera que había llevado y lo clavó en la nieve.
Se irguió en actitud de firmes, con la cabeza descubierta, y proclamó: "Formalmente tomo posesión, en nombre de la Corona, de esta nueva tierra, nunca hollada antes, y la designo, sujeto a la aprobación real, Tierra de Jorge V".
Se alejaron tras haber dejado el pabellón de Inglaterra ondeando al soplo de un viento de unos 35 k.p.h. Era para ellos el único color que veían en todo el mundo.
Dosis tóxicas
Durante
diez horas anduvieron trabajosamente hacia el occidente,
sin parar, en un notable recorrido de 30 kilómetros. La
temperatura había descendido entonces a 13 grados bajo cero,
así que acamparon. Echaron a los perros los restos de George
y pasaron dos horas de tormento levantando su tienda y cortando
bloques de nieve para sujetar lo poco que quedaba de falda.
En cuanto se acomodaron dentro, comenzó a
hacer efecto en Mawson el resplandor de la nieve del camino. Sufría mucho en ambos ojos de un fuerte acceso de ceguera temporal. Mertz le hacía curaciones poniéndole bajo los
párpados una mezcla de cocaína y sulfato de zinc. Pasada una hora, pudo ver con un ojo lo suficiente para observar a Mertz, ocupado en preparar la cena.
La hoosh (sopa espesa de carne seca,
mantequilla, bizcochos y agua) parecía apenas un té cargado. Y el hígado del perro, como el resto de su carne, se tostaba pero no se freía; lo comieron con los dedos y encontraron su gusto "indeseable y repugnante", aunque complacidos de que fuera fácil de masticar.
Caminaban de noche, estimando su derrotero hacia el oeste por la alineación de norte a sur de los
sastrugí, o sea las ondas del hielo. Por la influencia de las fuerzas
magnéticas que obraban encima de ellos y la proximidad del polo sur magnético, la brújula les era inútil.
Mertz encabezaba la procesión, cubierta la cabeza con un gorro de lana que llevaba envuelto en una vieja camiseta. Marchaba atado con seis metros de cuerda alpina al tirante delantero del trineo. Usó esquís en un principio para ir husmeando
el paso entre montecillos de hielo y el posible peligro de grietas, pero finalmente los descartó por estorbarle entre
los sastrugi. Con los palos de esquí hurgaba los caballones sospechosos y los blancos montículos, saltaba sobre los bancos de nieve, andaba entre las depresiones, adelantando cautelosamente. Mawson iba enganchado a los tirantes del trineo, supliendo a George, con la cabeza inclinada y un ojo aún vendado.
Les servía de apoyo la ilusión de un almuerzo especial cada siete
días: una delgada lonja de mantequilla congelada, una pastilla de chocolate y la infusión de una bolsita de
té.
En cuatro noches anduvieron casi 100 kilómetros, pero poco consuelo
sacaba Mawson de ello. El esfuerzo era excesivo, tanto para los hombres como para los perros, tan mal alimentados. A todos les iban faltando rápidamente las fuerzas; y a medida que fueran muriendo los perros uno por uno, la marcha sería más lenta.
Johnson fue el siguiente perro que sucumbió. En vida había despedido un olor muy marcado; los expedicionarios descubrieron que, en la muerte, el tufo penetraba en todos los tejidos del animal. Mawson intentó disimularlo cortando en minúsculas porciones la fibra muscular e hirviéndola en la delgada
hoosh que ahora comían. Aun así, a Mertz le pareció repugnante.
Los perros restantes no se mostraron tan melindrosos. Hicieron jirones el pellejo, trituraron los huesos y engulleron los despojos cual chacales hambrientos, incluso devoraron los dientes.
Al descuartizar al perro muerto, Mawson y Mertz observaron el gran "alivio" que les causó ver el hígado y saborear de antemano su relativa blandura. Lo tostaron rápidamente por ambos lados y pudieron tragar buenos trozos; les parecía un alimento nutritivo.
No era de esperar que pensaran de otra manera. Aunque conociesen por casualidad la creencia de los esquimales de las regiones árticas, que consideran peligroso el hígado del oso polar y el de la foca barbada, o hubiesen leído los escritos del gran explorador Nansen, que contaba de excursionistas muertos
por comer tales vísceras, no habrían obrado de otro modo, pues no podían ver ese peligro en sus propios y fieles perros.
Tuvieron que transcurrir ocho anos más para que los sabios aislaran la sustancia conocida como vitamina A, y otros veinte para que la ciencia médica determinara los estragos que una dosis excesiva de esta vitamina causa en
el organismo humano. Sus síntomas son vértigo, tropiezos, náuseas, descamación y rajaduras de la piel, caída del pelo, agrietamiento de las comisuras labiales y de la epidermis junto a la nariz y los ojos, agrietamientos que más tarde se convierten en fisuras abiertas y dolorosas; resecamiento de las mucosas nasal y bucal; después, irritabilidad, dolores del esqueleto y del
estómago, pérdida del apetito, disentería, lasitud, y luego sensibilidad morbosa, irracionalidad, seguidas por delirio, demencia y, finalmente,
convulsiones y probable muerte por hemorragia cerebral.
Por último se estableció la relación de estos síntomas con el hígado
del perro esquimal de Groenlandia: en 1971 los bioquímicos demostrarían que cada 100 gramos de esta
víscera contienen una dosis de vitamina A tóxica para la persona adulta. El hígado de un perro
esquimal pesa aproximadamente un kilo y no se reduce mucho con el hambre padecida por el perro. Con
seis hígados que comer, Mawson Mertz ingerirían, entre ambos, 60 dosis
tóxicas de vitamina A.
"Para el resto de la vida"
El día 23 de diciembre sólo les quedaba
un animal, la perra Ginger, y los exploradores adelantaban
cada vez menos. Estaban sobre el Glaciar de Ninnis, el segundo
de dos grandes ventisqueros, salpicados de grietas profundas,
que habían cruzado en su jornada al interior. Por no arrastrar
todo el peso de los perros muertos, Mawson había comenzado
a hervir su carne en trozos haciendo una especie de cocido.
A pesar de todo, la víspera de Navidad sólo avanzaron menos
de cinco kilómetros desde las 8 de la mañana hasta el mediodía.
Mawson resolvió acampar y estudiar la cuestión que le embargaba el ánimo: ¿qué podían descartar sin peligro? Colocaron sobre la nieve toda la carga del trineo. Decidió eliminar la cámara fotográfica de cajón y todas las pesadas placas de vidrio. Y, ¿para qué llevar el rifle y las balas? También podía prescindir de otros instrumentos: el hipsómetro, que usaba
religiosamente para calcular la altura sobre el nivel del mar; los termómetros, los almanaques ya inservibles, los libros de apuntes (fuera de sus diarios). Las piezas de patines de trineo que usaban como soporte para su tienda, también las desecharían. Podrían remplazarlas con el trípode telescópico del teodolito.
Los exploradores durmieron hasta las 11 de la noche, hora en que Mawson se despertó por una
débil luz verdosa que se filtraba en la tienda. Mientras el caldo de perro hervía,
hurgó dentro de un rincón de su morral y extrajo medio bizcocho que bahía guardado para aquella ocasión.
Despertando a Mertz, le dio una ración y luego partió en dos el medio bizcocho,
diciéndole sonriente: "Una reliquia de mejores día, Xavier". Sorbieron su sopa y saborearon hasta la
última migaja del precioso manjar. Los dos hombres solitarios, de cuyos ojos corría un líquido acuoso, sonreían
dolorosamente, con el rostro desencajado, al desearse mutuamente rnejores Pascuas en lo futuro.
Después atravesaron penosamente un panorama navideño de continuas nevadas
durante siete horas, y finalmente acamparon a las 9:30 de la mañana. El cálculo hecho por Mawson con
el teodolito los situaba a la mitad del camino de regreso a la base. Pero
aún había otro extenso glaciar qie atravesar, y luego la ventosa ladera de hielo propiamente dicha. Y ya no volverían a hacer jornadas largas como las primeras noches. Pero era día de Navidad. Mawson dijo a Mertz:
"Demos gracias a Dios, Xavier, que todavía estamos vivos. Recordaremos este día para el resto de la vida. Tenemos que proponernos celebrar juntos esta fecha cuando estemos en mejor
situación".
Antes de ponerse en marcha de nuevo, Mawson abrió otra bolsa de alimentos y
preparó un cacao delgado con leche en polvo. Comieron algo de hígado de
perro. En seguida, Mawson sostuvo su húmedo gorro de lana sobre la llama de la cocinilla para secarlo un poco. Oyó que Mertz
exclamaba: "¡Un momento Douglas, por favor!" Al mismo tiempo le tiró de la oreja izquierda, que le quedó completamente despellejada.
Alarmado, Mawson tocó a su vez la oreja descubierta de su compañero y también le desprendió la piel. Mertz se quitó el gorro húmedo y vio pegados dentro del tejido de lana trozos de piel y mechones de pelo; en la sien se le veían algunos puntos calvos; la línea del cabello parecía haber retrocedido. Mawson observó que el antes frondoso bigote negro de su compañero estaba ralo, que
mostraba grietas en torno a los labios, los ojos y la nariz; y esas grietas, que
él había atribuido antes al frío y al viento, se le estaban abriendo en fisuras rojas y vivas, profundas como cortadas con navaja, y ya
le supuraban.
¿Sería la cabeza la única parte afectada? Se soltaron la parte baja del pantalón por encima de las botas y cayeron al suelo nevado trozos
de piel y pelos sueltos.
-Me parece que se nos está comenzando a pudrir el cuerpo. Será por desnutrición-
comentó Mawson.
La mirada de Mertz reflejaba una sombría inquietud.
-Todo este tiempo he tenido la sensación de que la dieta de perro no me sienta bien
-observó lúgubremente.
Días de locura
Las noches que siguieron
a la Navidad estuvieron dedicadas a la tarea de salir del
glaciar de Ninnis. La lucha para llegar a la altiplanicie
occidental de hielo, de 900 metros de altura, consumió gran
parte de sus reservas de energía y, a la tercera noche,
lamentaron la pérdida de su último perro esquimal.
La muerte de Ginger llegó cuando Mertz mostraba las primeras señales claras de abatimiento. Mawson notó casi súbitamente que su compañero de trineo, siempre alegre y nunca quejumbroso, estaba malhumorado, triste y deprimido.
Agotado por su terrible dolencia, Mertz buscó una fatal alternativa a aquella interminable y penosa marcha: quedarse tendido en su saco de dormir esperando que mejorara el tiempo. Por la tarde del primer día del año, ya estaba empeñado en ese plan de inactividad. Se quedó dentro del saco durante tres días, hundiéndose más en la desesperación, la pesadumbre y una irritación periódica. Mawson trataba de restablecer las fuerzas perdidas de su compañero y, con la mejor intención, le dio de comer la mitad de su propia ración del hígado de Ginger. Pero Mertz se hundió
rápidamente en una lasitud cada vez mayor.
En la tercera tarde del nuevo año, Mawson le ayudó a salir del saco y lo vistió con sus avíos de trineo. Pero sólo lograron hacer una breve jornada vacilante y sinuosa,
y a los seis kilómetros y medio Mertz se detuvo.
Se negó a marchar durante dos días siguientes, pero Mawson logró que le prometiera reanudar el viaje el día 6, si el tiempo
era bueno. A las 7 de la mañana son salió de la tienda y comenzó los preparativos de marcha.
Fue una lucha de tres horas. Tuvo que vestir a Mertz, darle su cacao con
bizcocho y ayudarle con los avíos el trineo. Pero Mertz adelantó sólo
tres kilómetros, con largas detenciones.
-Mi mente sigue adelante- se quejaba-, pero las piernas se
quedan aquí.
Mawson lo ayudó a incorporarse.
-Monta en el trineo, Xaxier pidió-. De aquí seguiremos cuesta abajo y podremos adelantar un
poco más, y quizá después te sientas con ánimo de andar otra vez.
Mertz se resistió. Para él era afrenta ocupar el trineo; pero Mawson
insistió; empujándolo sobre la carga, lo obligó a tenderse y lo tapó
con los talegos de dormir.
El tirante de lona cortaba los hombros a Mawson, quien se
tambaleaba al resbalar en las superficies pulidas por el viento. Una caída
repentina, una pierna fracturada, todo habría terminado allí. A pesar de las frecuentes caídas sobre hielo acerado que le desgarraba
la carne debilitada, continuó tirando de aquel gran peso sobre la nieve, concentrándose exclusivamente ganar la mayor distancia
posible.
Así cubrió cuatro kilómetros antes de que Mertz empezara a gritar de dolor. Mawson logró montar la tienda y meterlo dentro en menos de una hora. Luego calentó un espeso cocido de chocolate y carne de perro, y se lo ofreció a su compañero diciéndole que era "caldo de
carne". Engañado por el nombre, Mertz tomó el líquido caliente, pero casi en seguida su estómago lo rechazó y vomitó en la nieve. En su diario, Douglas Mawson expresaba su angustia:
"La situación es sumamente grave para ambos. Si Mertz no puede seguir y andar de ocho a diez millas al día, estamos perdidos. Quizá yo podría sobrevivir, con las
provisiones disponibles, pero no puedo abandonarlo. Parece haber perdido todo el ánimo. Es muy duro para mí: estar a menos de 100 millas
de la cabaña y en tal situación, es horrible".
Mawson despertó trastornado después de soñar con comida y cayó en que la esperanza de seguir era
vana ilusión. Mertz se ensució los pantalones por un ataque de
disentería, tenía la mirada desorbitada y balbucía palabras incoherentes. Mawson se puso a limpiar la ropa de su compañero y se horrorizó al ver que había perdido por completo la piel de las piernas y las ingles.
Fue un día de locura, de desvaríos y constantes irritaciones. Mertz deliraba: "¿Soy hombre o perro? Crees que no tengo valor porque no
puedo andar... pero voy a demostrarte... te lo demostraré"..." Levantó la mano izquierda y, metiéndose en la boca el meñique amarillento por la congelación, se lo mordió por la falangina. Después, ante la
mirada horrorizada y estupefacta de Mawson, escupió con desdén el dedo cercenado sobre el piso de la tienda.
Por la noche su desvarío se tornó en violencia. Agitando los brazos en aquel espacio reducido, Mertz
rompió uno de los soportes de la tienda y hubiera causado más daños de no ser porque Mawson se le sentó sobre el pecho y le estuvo sujetando los brazos y luchando para calmar su demencia. La disentería atacó de nuevo al desdichado, que perdió el conocimiento. Mawson lo aseó otra vez. Nuevamente Mertz comenzó a desvariar; cubriéndose un lado de la cabeza con
las manos, se echó sobre su talego de dormir y gritó, una y otra vez: "Ohren,
Ohren! Ohrenweh!" (¡Oídos, oídos! ¡Dolor de oídos!)
El día terrible al fin había terminado. A medianoche Xavier Mertz estaba en coma; suavemente, Mawson le acomodó el cuero del saco de dormir debajo de la barbilla y le envolvió la cara
desollada. Agotado física y emocionalmente, se metió dentro de su propio saco, que estaba
húmedo, buscando alivio en el sueño.
Su descanso se vio perturbado por cierto desasosiego y a las 2
de la madrugada despertó. Aturdido y sin saber qué pasaba, buscó la razón de haber despertado; no notó
ningún movimiento, ni otro sonido que el incesante batir de la tienda con
el viento. Alargó la mano para tocar a su compañero: Xavier Mertz estaba rígido, frío, sin vida.
Oración silenciosa
Era hora de hacer algo.
Esa mañana Mawson permaneció sentado dentro de la tienda
con las piernas cruzadas durante varias horas, ocupado con
la aguja y el hilo de su caja de reparaciones. Cortó, ajustó
y cosió la chaqueta impermeable de Mertz, para hacer una
vela. Afuera, desafiando el viento y las torvas de nieve,
y valiéndose de su sierra de mano, cortó el trineo por la
mitad de su longitud y empleó partes del armazón descartado
para armar un mástil y una verga.
Luego asumió su deber postrero
para con Xavier Mertz. Sacó de la tienda el cadáver y comenzó a cortar bloques de nieve para hacer un túmulo. Dos patines partidos por la mitad, que tomó del trineo, yacían
junto a la tienda. Mawson los clavó en el túmulo, que ya cubría el cuerpo helado de Mertz, para formar una sencilla cruz en la nieve.
Llevaba nueve semanas a campo raso y durante las cuatro últimas había estado a dieta de hambre:
ocho onzas de alimentos secos al día, además de la carne de perro. ¿ Hasta dónde podría llegar con tan miserable ración? Calculó la distancia por recorrer, y juzgó que tal dieta le permitiría 20 días para la lucha que debería reñir en su caminata sobre el hielo.
Después de ese tiempo ya no tendría esperanza. Mas si pudiera cubrir
un promedio de cinco millas (ocho kilómetros) diarias, llegaría del lugar donde
podría encontrar auxilio.
Se despertó ante el regalo de una mañana de sol, apacible, casi en
calma. Se puso de pie y estuvo un rato al lado del montículo, murmurando una breve oración por el alma
del difunto y rogó por su propia salvación. Después se volvió, se ajustó el tirante del trineo y tiró
lentamente de su carga por una cuesta abajo.
Resbaló y se tambaleó, y con la sacudida de las piernas sintió los pies un nuevo e inquietante
dolor que se extendía por los tobillos a las piernas. Resuelto a andar 10 millas (16 kilómetros) ese
día, continuó adelante con dificultad, y pronto experimentó una sensación de hinchazón y de pegajosa humedad en los pies, como si fuera pisando una masa viscosa. Se sentó
en la orilla del trineo para quitarse las botas y los calcetines.
El verse los pies fue un golpe tremendo para su ánimo. Se le
había desprendido la piel de las plantas, que estaban en carne viva. Una abundante supuración acuosa
le llenaba los calcetines, y eso era lo que le causaba la sensación de
humedad pegajosa. Ante tal situación, muy poco podía hacer. Se untó carne viva con lanolina y volvió
a su sitio la piel desprendida de plantas, sujetándola con vendajes. Sacó los calcetines que llevaba el morral (seis pares en
total), se los calzó sobre los vendajes y luego se metió a la fuerza las botas blandas.
En seguida, reanudó la caminata, apoyando cuidadosamente el pie, evitando el hielo duro donde podía pisar sobre
nieve blanda. A veces caminaba sobre el filo exterior de las botas, en ocasiones sobre la punta de los pies; de cuando en cuando gateaba para descansar las extremidades.
Al anochecer, aunque el aire estaba despejado y aún había so1, se dio por vencido y
acampó. Había recorrido poco más de 6 millas (10 kilómetros). Estaba físicamente agotado.
Escribió en su diario: "Estoy exhausto de los nervios a causa del dolor en los pies. Si no fuera porque la tarde es tan hermosa, no habría tenido tuerzas para armar mi tienda de
campaña". Levantó la cara hacia e1 Sol, y rezó una oración silenciosa:
"¡0h! Si la Providencia me concediera 20 días con un tiempo como este y me curara los pies, podría llegar hasta un lugar donde me socorran!"
"¡Esto es el fin!"
A pesar de su
plegaria, en las 30 horas siguientes un viento furioso azotó
la tienda de campaña. El 13 de enero asomó el Sol poco después
de mediodía.
De pie al lado de la tienda, Mawson contemplaba el deslumbrante
panorama nevado y la tierra que descendía a lo lejos hasta un valle de hielo. De pronto advirtió
que se hallaba al borde mismo del caos helado, en la corriente principal del vasto glaciar al que dio el nombre de Mertz: el segundo que debería atravesar en su viaje de regreso. Allí, unos 50 kilómetros
más lejos, podía divisar la oscura cima rocosa de la cumbre Aurora. Más allá, bien lo sabía, se elevaba la gran meseta de hielo que descendía ondulando hasta la cueva de Aladino y la cabaña.
Levantó apresuradamente el campamento. Poco después de las 2 de la tarde se ató detrás del tirante la cuerda de montañismo de seis metros con un nudo a cada metro, se
ajustó las gafas sobre el gorro y, echándose hacia adelante para aguantar la tensión de los patines sobre los hombros y la cintura, penetró en el escabroso valle del glaciar para encararse a muchos días de luz deslumbrante y de nevadas, y a cada paso al oculto peligro de las grietas profundas cubiertas por la nieve y de los precipicios abiertos inesperadamente en el duro hielo azul.
A las 8 de la noche había andado durante seis horas, salvando una distancia de casi nueve kilómetros. Al quitarse las botas y los calcetines, se
sintió nuevamente descorazonado. Tras seis horas de esfuerzo continuo y de tirar del trineo sobre el endurecido hielo, se había ido al traste todo el descanso que estuvo dando a los pies. En su diario consignó así su preocupación:
"Tengo los pies peor que nunca y muy adoloridos. Las perspectivas son adversas.., pero continuaré
luchando".
En las primeras horas de la madrugada las ráfagas, de 70 k.p.h., trajeron nubes de nieve, que pusieron fin a sus esperanzas de partir temprano, y
el viento lo mantuvo inactivo hasta mediodía. Por fin amainó, pero en
el aire inmóvil la luz solar daba a la nieve una consistencia de lodo espeso. El explorador agotado tras seis horas de trabajo, había andado escasamente ocho kilómetros, y no pudo adelantar más ese día.
Al despertar encontró una mañana nublada, y al momento le asaltó un angustioso pensamiento: "En esta fecha ya debíamos estar todos de regreso en la cabaña". Era el último día del plazo: 15 de enero. Para entonces la
Aurora ya debía de haber levado anclas en la bahía de la Commonwealth para zarpar con rumbo a Australia.
La conciencia y la preocupación obligaron a Mawson a entrar en acción, temeraria aunque urgentemente. Era jefe, promotor y organizador de esta expedición. ¡Había traído a todos aquellos hombres magníficos a una tierra terrible...! Dios mío, permite que todos hayan regresado salvos! Levantó el campamento y trató de internarse en el nevado cenagal; el piso
blando y el viento frustraron su resolución de adelantar otros ocho kilómetros ese día. Tuvo que detener la marcha después de un kilómetro y medio de arrastrar su carga, entres indicios de grietas ocultas por
la nieve. Pero se lanzó de nuevo a las 5 de la mañana. El cielo estaba muy nublado, el aire lleno de copos de nieve. En circunstancias normales, hubiera permanecido en ese lugar.
Mas en aquella ocasión se echó encima el tirante y avanzó por la nieve
recién caída, ansioso de cubrir más terreno, hurgando y sondeando sin cesar con el palo de armar la tienda de campaña, buscando a tientas, como un ciego, la salida de aquella pesadilla.
El 17 de enero por la mañana se obligó penosamente a salir otra vez de la tienda y, haciendo caso omiso de la nevada y la casi inexistente visibilidad, se puso en marcha
ceñudamente decidido a recorrer siquiera otros ocho kilómetros. Forzaba la vista para hallar el camino más seguro en el engañoso resplandor. Varias veces se detuvo a la orilla de hondonadas abiertas; en dos ocasiones llegó a pasar junto al borde de profundas grietas que no había visto. Por fin llegó a nieve lisa, y el trineo corría bien cuando, sin que nada se lo hubiese advertido, Mawson
se hundió hasta los muslos. Salió de allí con algún trabajo. Mirando por debajo de los anteojos, distinguió la línea de la fisura cuyo borde había tocado. La grieta seguía hacia el sur hasta perderse de vista. El explorador viró hacia el norte; 50 metros más adelante, los últimos vestigios de la fisura se desvanecían en el campo llano de nieve por donde
podía tomar de nuevo su derrotero hacia occidente.
Mas acto seguido se hundió el mundo bajo sus pies, y
el cerebro se le estremeció de miedo al sentir que se desplomaba. De pronto la cuerda le dio un tirón
tan violento que la correa le cortó la carne. Quedó suspendido sobre un abismo negro y sin fondo, pero sentía que
el trineo iba deslizándose sobre la nieve hacia el borde de aquel helado pozo ... por momentos
más y más cerca. En pocos segundes la mole del trineo se precipitaría sobre el puente de nieve roto
y entonces el explorador sobreviviente caería al profundo abismo. Le cruzó por la mente un pensamiento: "¡Esto es el fin!"
El movimiento se detuvo. El trineo chocó contra algún caballón oculto a la vista o contra algún banco de nieve, y
Douglas Mawson quedó suspendido a más de cuatro metros debajo, entre dos paredes de hielo azul
de acero, cortadas a pico y separada casi dos metros una de otra.
Mawson se bamboleaba lentamente en la hendidura, al extremo de la cuerda. Arriba, el cielo nublado aparecía como
una estrecha faja de luz; abajo se extendían negras profundidades invisibles. Levantó cautelosamente
los brazos y logró tocar las paredes lisas y frías de la fisura, que no
ofrecían el menor apoyo para los dedos. A la luz que entraba por la parte de arriba se veía la cuerda enterrada profundamente en
el puente derrumbado de nieve, y Mawson temía que cualquier movimiento
brusco arrastrara nuevamente el trineo hacia el borde.
Hizo un recuento mental de los bienes que venían en el trineo y al instante
se imaginó un saco de víveres. ¿Cómo iba a dejar que aquellos alimentos quedaran allí enterrados eternamente por la nieve sin provecho de nadie?
Tal pensamiento le infundió ánimos instantáneamente. Levantó el brazo largo y flaco sobre la cabeza y
asió con los dedos el primer nudo de la cuerda, haciendo caso omiso del dolor. Extendió hacia arriba la otra mano y se izó al nivel de la barbilla. Repitió así la operación y se acercó dos metros al borde; otra vez, y se encontró al nivel del puente roto
de nieve. Varias veces procuró en vano arrastrarse a un lugar seguro, y cuando ya estaba a punto
de alcanzar el hielo macizo, el borde entero se quebró de nuevo y Mawson volvió a caer hasta el extremo de la cuerda.
Una vez más el trineo aguantó firme en la nieve. De nuevo Mawson quedó
suspendido, inerte y exhausto, balanceándose en la glacial
penumbra. Las palmas de las manos le habían quedado totalmente desolladas, tenía la punta de los dedos ennegrecida por el frío y sentía
que el cuerpo entero se le congelaba. Se preguntó entonces: ¿Por qué no acabar todo de una vez? Más tarde escribiría: "Fue una singular
tentación, la oportunidad de renunciar a las pequeñeces por algo grande, de pasar de la
mezquina exploración de un planeta a la contemplación de mundos inmensos en
el más allá". ¡Sería tan sencillo soltarse del tirante! El momento fugaz
de una caída precipitada, y luego la paz. .. y nadie se enteraría jamás
de cómo había terminado su empresa.
Pero la Providencia aún lo tenía al extremo de una cuerda que era un medio
de volver a la superficie. Por lo que él mismo calificaría posteriorrnente de "esfuerzo supremo",
trepó por la soga, nudo tras nudo, y con un impulso desesperado que se dio con los pies consiguió arrojarse sobre la nieve encima del hielo macizo. El hombre cayó desmayado y permaneció allí sin sentido, con la cara vuelta hacia el firmamento y las manos desangrándose en la nieve.
Durante el resto de su vida Mawson no lograría recordar cómo efectuó aquella escalada final para salir de la fisura; tampoco pudo saber a ciencia cierta cuánto tiempo permaneció sin sentido, aunque supuso que bastante más de una hora. El volver en sí, fue en respuesta al ojo del Sol, que lo miraba desde un cielo ya casi despejado.
Creyó entonces, y continuó creyéndolo toda su vida, que sin la inspiración divina
el relato de su exploración se hubiera cerrado con la muerte de Ninnis, el eterno descanso de Xavier en su tumba de hielo y él mismo convertido en un cadáver congelado pendiente de una cuerda en una profunda grieta abierta en el corazón del
despiadado glaciar de Mertz.
Ataúd en la nieve
Sus esperanzas decayeron
hasta casi extinguirse aquella noche. Día tras día había
estado contando con que el mañana sería mejor... siempre
un mañana. Pero al ir acercándose a la cabaña del campamento
base, el viento azotaba su tienda para recordarle que se
hallaba en el reino de las ventiscas.
Sentado sobre su saco de piel de reno, se quitó los vendajes y en la semioscuridad se contempló los dedos de las manos, hinchados y adoloridos. Colocó una palma sobre la otra... y con el cruzar de los dedos concibió la idea que habría de salvarle la vida: ¡hacerse una escala de cuerdas!
Con los cabos sobrantes de la soga de montañismo y las viejas cuerdas de arrastre de Xavier
Mertz,
podría elaborar un aparejo de seguridad que, si volviese a caer en otra grieta, le permitiría regresar a la superficie
trepando por la escala. Estaba seguro que sería eficaz, con tal que el trineo se aferrara a la nieve y sostuviera su peso. Puso manos a la obra en seguida.
A las 10 de la mañana estaba listo y, cuando un rayo de luz penetró por el resplandor plomizo del cielo, Mawson levantó el campamento, empacó sus haberes y valientemente se puso en marcha por el hielo agrietado. No fue muy lejos. Había dado apenas algunos pasos cuando el suelo cedió bajo sus pies y una vez
más sacudió todo su ser la aterradora sensación de
caer al vacío. Se había desplomado por una hondonada oculta en la
nieve, y nuevamente la cuerda, dura como el acero, le oprimió el pecho
violentamente quitándole la respiración. Durante algunos minutos
quedó suspendido de la soga, mientras se recobraba del golpe súbito;
luego se agarró de su escala de cuerda y, lleno de aprensión, tiró
para comprobar si resistía su peso. Sentía que la punta del trineo se
hundía en la nieve blanda, y que este se mantenía firme. Poco a poco,
a paso lento, salió del abismo trepando por la cuerda.
Tras
unos pasos más, volvió a caer entre dos paredes de hielo y una lluvia
de fragmentos de nieve, nuevamente trepó hasta el borde. ¡Su aparejo
de seguridad, se dijo, era la escala de la vida! No obstante, se hallaba
exhausto. No pudo seguir más ese día.
Al
siguiente, lo que él llamaba la Providencia le dio el valor de seguir
adelante. No era temerario, pero corría riesgos. Tanteaba la boca de
las grietas llenas de nieve golpeándola con los pies. La luz era
engañosa, no le señalaba los contornos, disimulaba las insondables
hendiduras abiertas en el hielo. A pesar de eso, el seguía adelante, ganando
20 metros, retrocediendo 10, avanzando en una dirección diferente ...
siempre hacia el oeste.
Como una hora
después del mediodía el pálido sol rompió a través de las nubes.
Cuatro o cinco kilómetros adelante se levantaba la nevada barrera de
hielo, la capa helada extendida sobre la tierra
que llevaba a la bahía de la Commonwealth. Mawson no se hacía
ilusiones acerca del trabajo que costaría escalar esas cuestas de 900
metros de altura, pero al fin vislumbraba el límite de aquel infierno
de hielo que él había bautizado como glaciar de Mertz, y su corazón
se colmó de esperanza.
El
tiempo le seguía siendo desfavorable. La mañana del 20 de enero estaba
en su tienda matando las horas mientras enormes copos de nieve giraban
locamente en torno de él. "A las 2 de la tarde me puse en marcha,
ya desesperado, sin poder ver nada del suelo que pisaba", anotó en
su diario. Su arrojo se vio recompensado: las condiciones atmosféricas
mejoraron un tanto, el trineo se deslizaba satisfactoriamente y el
explorador pudo adelantar cuatro kilómetros antes de que la creciente
violencia del viento lo obligara a hacer alto. Tal fue la regla de los
días siguientes: una lucha tenaz cuesta arriba, el viento que arreciaba
en las alturas. Al ganar niveles superiores, las fuertes ráfagas le
volcaban a menudo el trineo y, al llegar al hielo liso, él mismo
resbalaba sin cesar, cayendo y estremeciéndose toda su maltrecha
humanidad.
El
24 de enero se encontraba al borde de la extensión de hielo, y las
corrientes huracanadas azotaron durante toda la noche su frágil abrigo.
Describió el suceso como "una violenta tempestad de nieve con
vientos de más de 60 millas".
La esperanza de seguir adelante se desvanecía
en la ululante ventisca; trozos de nieve endurecida, arrojados por las ráfagas de las crudas zonas altas, golpeaban la lona
de la tienda cual balas congeladas; su armazón se estremecía hasta que la nieve
fue amontonándose alrededor y puso fin a su movimiento.
"Con la nieve acumulada, la tienda ha tomado la forma de un
ataúd", escribió. Si hubieran sido dos hombres, decía, aquel viento se hubiera podido aprovechar para impulsar
el trineo con una vela. "Pero siendo uno solo, no hay ni que pensar en ello". Durante todo el día el viento estuvo soplando desde las tierras altas. Mawson no podía hacer otra cosa que descansar dentro de su saco mientras el ataúd de nieve
se cerraba a su alrededor.
A aquella misma hora, a unos 80 kilómetros al occidente, tres hombres que arrastraban un trineo por una empinada cuesta de hielo y que llevaban crampones de acero en las botas de cuero, luchaban contra el
viento para llegar a la cueva de Aladino, en la primera etapa de su expedición en busca dc Douglas Mawson y sus dos compañeros.
Milagro en las soledades
El capitán
John King Davis, patrón de la Aurora, convocó a una
reunión de urgencia en la cabaña del cuartel de invierno
el 24 de enero por la tarde. Preocupado, Davis dijo a su
gente: "No puede retrasar la partida del buque más allá
del día 30. Una cuadrilla deberá salir en busca del profesor
Mawson; rastreará lo más lejos posible y volverá aquí para
esa fecha. ¡No podrá tardar más tiempo! Si la busca no produce
resultados positivos, dejaré un grupo pequeño aquí en la
cabaña, que será relevado en diciembre próximo, y me haré
a la mar. Demorarse más pondrá a la Aurora en peligro
de quedar atrapada en los hielos".
La cuadrilla, en su primera etapa, el 25 de enero, debió luchar contra el viento para llegar a la cueva de Aladino (la
excavación practicada en el hielo), siguiendo una empinada subida de unos nueve kilómetros, en lo que tardó más de seis horas. Una ventisca mantuvo a la cuadrilla atrapada allí durante 24 horas; luego, después de
mediodía del 26 de enero, siguieron ocho kilómetros hacia el este y se vieron obligados a acampar por un viento de 80 k.p.h. Allí pasaron 36 negras horas; sus sacos de dormir y la tienda se saturaron de nieve húmeda.
Salieron del lugar el 28 por la mañana y cubrieron 26 kilómetros antes de acampar, lo que hicieron
nuevamente en medio de una fuerte nevada, para pasar allí la noche y luego emprender el regreso en carrera de dos días hacia el vapor.
Escudriñando el horizonte el 29, nada vieron. Así pues, erigieron un montículo de nieve y pusieron
encima una bolsa con víveres envuelta en tela impermeable, con una lata que contenía un mensaje. Sobre esto amontonaron
más bloques nieve envueltos en lanilla negra, de modo que la torre destacara en medio
del blanco desierto. Por última vez escrutaron el brumoso horizonte: no
había señales de vida.
La mañana del 26 de enero Mawson se despertó con un viento de 105 k.p.h.,
pero a mediodía resolvió levantar el campamento a pesar de la ventisca. El viento le daba mucho que hacer, pero se aventuró por el cerrado mundo de nieve arremolinada, avanzando kilómetro tras kilómetro. Había consumido buena parte de su provisión de alimentos para estar en condiciones de ascender a la terrible meseta y ya le quedaban sólo dos kilos. No obstante, ese día
recorrió 14 kilómetros y medio.
El viento y la nieve continuaron hasta la tarde siguiente. Dentro de la tienda, Mawson empleó el tiempo en hacerse curaciones por todo el cuerpo. Nuevamente se asustó de su estado: era un esqueleto, con grandes desolladuras por el roce de la ropa y los tirantes, con las ingles inflamadas y las uñas negras y desprendidas por las heladas. Y en cuanto al pelo: "He perdido tanto que rivalizo con mi saco de dormir de piel de reno, que
también está soltando rápidamente el pelo. Es una competencia entre los dos, para ver cuál quedará calvo primero".
Pasó el 28 de enero acurrucado en su tienda, impaciente por su inactividad, inquieto y angustiado; soplaba una ventisca terrible. Mawson cayó de rodillas e imploró que
mejorase el tiempo. El Sol apareció de repente, y al momento se sintió mejor. Pero luego sufrió un amargo desencanto. Por toda la desértica extensión, un viento de 70 k.p.h. arremolinaba la nieve en montones que limitaban la visibilidad a unos
cuantos metros. Desafiando el viento y la nieve, trabajó empeñosamente en levantar el campamento; pronto sintió que la cabeza le daba vueltas; tenía los ojos inyectados y agotamiento general. Descanso un rato entre los copos volantes y luego arrastró su carga bajo la copiosa nevada, inclinando el cuerpo por el esfuerzo y el dolor.
Poco después de las 2 de la tarde, sus ojos cansados divisaron una mancha oscura, un borrón negro e informe. No
conocía ninguna prominencia rocosa en aquella región y recorrió pesadamente los 300 metros que lo separaban de ella para investigar. Así dio con su emocionante descubrimiento. Fue un momento que él llamó su
"milagrosa, estupenda buena fortuna".
Era un montículo evidentemente recién construido; sólo un poco de nieve cubría su parte superior. Derrumbó los bloques de nieve superiores con prisa desesperada ... y encontró una bolsa impermeable con víveres y una lata con un mensaje dentro. Mawson se dijo lleno de alegría: "¡ La Providencia me ha guiado hasta aquí! ¡ Bien pude haber pasado a 100 millas de este punto! ¡Y sin embargo, aquí estoy!"
Abrió la lata y leyó el recado que contenía. El montículo, decía la nota, estaba a 21 millas (unos 34 kilómetros), 60 grados al este del sur de la cueva de Aladino; el Aurora
permanecía anclado en la bahía de la Commonwealth. Todas las demás cuadrillas habían regresado sin novedad y el vapor esperaba. Y por
último, la sorprendente información que en seguida le hizo volver la cabeza y escudriñar con ojos
húmedos el horizonte hacia el oeste... en vano. ¡El montículo había sido erigido esa misma mañana!
La cueva de Aladino
Con sólo que la cuadrilla de
salvamento se hubiera internado un poco más... que la tormenta
de nieve no lo hubiera retrasado a él tanto tiempo ... que
aquella mañana hubiese sido clara y de sol, seguramente
lo hubieran visto. Pero se había interpuesto aquel tiempo
atroz, y Mawson sentía todo el peso del desencanto.
Las millas pasaban lentamente bajo el dificultoso andar de Mawson. El terreno en declive se convirtió en duro hielo liso. Pronto estaba resbalando y cayendo a cada paso, lo que sacudía su cuerpo adolorido. Con cada violenta sacudida le acometía el temor de fracturarse una pierna o un brazo.
Anduvo a gatas sobre la nieve, arrastrando tras de sí el trineo, hasta que encontró un espacio de nieve medio helada. Calculó haber andado ocho millas (unos trece kilómetros) desde el montículo. Todavía no había señal de la cueva de
Aladino. El pulso se le había acelerado, la cabeza le daba vueltas por el debilitamiento y tuvo que acampar. Pero al menos esa noche pudo tomar un
hoosh caliente, espeso, con mantequilla y bizcochos, y no más carne de perro; ¡nunca
jamás!
Por la mañana la emprendió contra el estuche de caoba en que guardaba su precioso teodolito. Cortó dos tablas a la medida de
sus pies y arrancó clavos y tornillos de la caja para fijarlos en aquellas
sandalias de madera de forma que sobresalieran por su parte inferior. Fue una obra lenta y penosa para sus manos desolladas y le ocupó hasta ya entrada la tarde. Afuera, sentado al borde de su cargado trineo, se ató a los pies, con mecha de
lámpara, las sandalias tipo culi. Mas la dura superficie del hielo no tardó en empujar tornillos y clavos a través de la madera, y algunos le atravesaron las botas para herirlo en la carne viva. Martilló los clavos en su sitio, y luego, antes de reanudar la marcha, se envolvió los pies en trozos de cáñamo.
Cerca de medianoche, cuando hizo alto, el viento soplaba ascendiendo hacia el firmamento. Poco
más o menos a kilómetro y medio de distancia creyó distinguir una línea oscura y recta que se alzaba de la nieve
acumulada. ¡ Dios! ¿ Sería el mástil que habían erigido a modo de guía, cuando cavaron la cueva de hielo? ¿ Estaba ya tan próximo?
La ventisca cobró gran intensidad por la mañana.
Mawson no podía moverse. En todo caso, sus improvisadas sandalias con crampones
se habían partido en dos. Se fabricó un nuevo par, compuesto de dos capas de madera en cada una. Extrajo más clavos y tornillos y los introdujo en la capa inferior.
Al día siguiente, sábado primero de febrero, no amainó la tempestad antes de entrar la noche; entonces disminuyó la intensidad del viento, y el grueso de los copos de nieve
pasó a las capas superiores. Saliendo de la tienda, el solitario explorador fijó la vista hacia el occidente. Y, efectivamente,
el mástil de Aladino estaba allí, aún erecto gracias a sus tirantes de alambre.
El improvisado calzado de crampones no le duró mucho tiempo; no
tardaron las tablas en partirse nuevamente bajo sus pies, pero Mawson siguió
adelante cuatro kilómetros más para llegar por fin al cañón que descendía verticalmente a la cueva de hielo bautizada por Ninnis como cueva de Aladino.
No había nadie allí, pero el lugar era para él como estar en la gloria.
Durante más de 80 días había dormido bajo la lona de la tienda, azotada por la ventisca, y ahora tenía paredes sólidas y un techo
que lo protegían del viento y el ruido. Alentado, escarbó entre los materiales regados por el piso de hielo en busca del calzado con
crampones que había dejado sobre una repisa casi tres meses atrás. Se lo habían llevado. Esencial a sus esperanzas de bajar andando por la
pendiente helada hasta la cabaña, lo habían privado de él, con lo que
sólo le quedaban sus suelas de madera ya rotas.
En un instante de desesperación estuvo tentado de obrar temerariamente; de lanzarse
afuera, desafiando al viento huracanado, y bajar por el peligroso camino
de hielo. Pero tenía los brazos desfallecidos, las piernas débiles; su improvisado calzado claveteado sería casi
inútil en las pendientes expuestas a los vientos. Así pues, tendió en el piso su talego de piel de reno, ya sin pelo, e impacientemente esperó el paso de las horas.
Ya el viernes siguiente estaba demasiado deprimido para
escribir en su diario más de siete palabras: el apunte más breve que habla
hecho
desde que emprendió la jornada al oriente tres meses antes:
"Continúa el viento; demasiado fuerte para crampones". Era su séptima
noche en la caverna de hielo. Se sentía vencido, atrapado, impedido para bajar de allí por la fuerza
aterradora de los vientos de la meseta polar. A las 8 de la mañana, sin
embargo, tuvo el primer indicio de que la interminable espera llegaba a su fin. Al disminuir el ruido de la tormenta, despertó sobresaltado de un sueño inquieto. El
viento había amainado hasta unos 55 k.p.h. y Mawson se sintió seguro de que aquel sería su día
de suerte.
Pero aun así esperó, para estar cierto, y eran más de la una de la tarde cuando se puso en
marcha. El nuevo par de zapatos claveteados de fabricación casera parecía quedarle firme en los pies, pero le flaqueaban las rodillas y avanzaba con suma cautela remolcando su trineo. No dudó ni un momento de la necesidad de tirar de su
mísera carga por aquella última y tortuosa senda descendente; era parte de su ser, el símbolo de su supervivencia.
El primero de los postes que encontró, fijados allí tanto tiempo atrás, se le antojó una bendición; ya había descendido 300 metros y el viento iba amainando. Pasó el hito de las dos millas,
meciéndose en esperanzas y conjeturas: "¿Se habrá ido el vapor? De ser así ... ¿dejarían a alguien en la cabaña?"
Cerca ya del poste de las tres millas, el terreno iba en declive, y por primera vez Mawson pudo ver el fondeadero. A lo lejos, en el horizonte, más allá de boca de la bahía de la Commonwealth, se veía un punto negro con un penacho de humo oscuro: un vapor que navegaba en dirección a occidente. Y, en aquellas aguas, sólo podía tratarse de un buque. ¿ Se halla
entonces abandonado en la terrible Antártida?
Varios centenares de metros más adelante se detuvo bruscamente encima de un promontorio de hielo:
todos los alrededores de la base aparecieron de pronto a su vista. Sintió como si sus
últimas fuerzas lo abandonaran para disolverse en la nieve. Lentamente escudriñó la circundante extensión del litoral; sintiendo que el pulso se le aceleraba, alcanzó a ver tres figuras humanas que trabajaban juntas, dobladas sobre
algún objeto que había en el suelo.
En pocos segundos, que le parecieron una eternidad, se quitó un guante y lo agitó por encima de la cabeza. No lo vieron; intentó gritar, pero su voz era un graznido ronco. Nuevamente agitó
el guante. Pasaron los segundos.., luego, como en un sueño, observó que una de las figuras se erguía y miraba hacia el lugar donde
se encontraba. ¡Sus buenos, sus entrañables compañeros todavía lo buscaban! En
seguida llegaron hasta sus oídos voces emocionadas de gente que subía por la lisa pendiente de hielo. No había nada más que hacer; ya no era necesaria ninguna acción de su parte.
Pareció transcurrir un milenio antes de que apareciera la primera cabeza humana sobre el borde de la colina helada. Fue un rostro impreciso al principio, cubierto con una balaclava de lana, pero pronto pudo reconocer a Frank Bickerton ... ¡el excelente Bick!
Frank llegó hasta Mawson y se inclinó sobre él; la angustia y la compasión se
dibujaron en sus facciones al ver a aquel desventurado, que aparecía extenuado bajo sus ropas andrajosas. Metió las manos bajo las descarnadas axilas y levantó fácilmente la
esquelética forma, que escasamente pesaba más de 45 kilos, y la recostó contra el trineo. Bickerton rompió el hielo formado en torno a la abertura del gorro impermeable, observó los ojos hundidos y quedó horrorizado. "¡Dios mío!" exclamó. "¿ Cuál de todos eras tú?"
"Con dolor de nuestros huesos"
Lo ayudaron a descender la última cuesta de hielo
y, medio dormido, pronto se encontró en la cabaña. Pero
antes que consintiera en descansar, hizo enviar un radiograma
al Aurora, relatando la suerte corrida por la expedición
y pidiendo que el vapor regresara. Efectivamente, el barco
giró en redondo, y al día siguiente Mawson y compañeros
pudieron verlo desde la cabaña. Pero no tardó en salirle
al paso un ventarrón que rugía en el mar abierto con velocidad
de unos 150 k.p.h. Con un tiempo tal, no había esperanza
de embarcar al grupo.
Así pues, los dos jefes, en mar y tierra, se encaraban al mismo conflicto
angustioso: ¿ Cuánto tiempo más podría el capitán Davis seguir luchando contra el viento y quemando combustible en la bahía de la Commonwealth? Aún tenía que recoger a
la cuadrilla de occidente, a 2300 km de allí, y alejarse luego de los hielos flotantes con suficiente carbón para cruzar el océano hasta
Hobart. Por fin, Davis resolvió dejar atrás a Mawson.
En tierra, el grupo que quedaba se aplicó a hacer de la cabaña un lugar más seguro y más impenetrable al viento, y a almacenar los víveres en un pórtico cubierto de nieve, para los largos y oscuros meses de ventisca incesante. Tendrían que esperar otro invierno en aquella tierra maldita.
El día 10 de febrero dc 1913 por la mañana, 3000 km al
nordeste, una nave polar salió en la noche estival del sur cual barco fantasma y al
arribó al puertecito neozelandés de Oamaru. Dos marineros
remaron hasta la orilla en un bote y el vigía los recibió en el embarcadero.
Después de una tranquila explicación, despertaron al capitán del puerto,
quien a su vez hizo levantar al telegrafista. Eran las 3 de la madrugada cuando, al dictado de uno de dos marinos, el sistema Morse
de la oficina de telégrafos comenzó
a trasmitir el mensaje en que se informaba de la muerte del capitán Scott y sus cuatro compañeros
cuando regresaban del polo sur.
Los periodistas de Londres y Nueva York se conmovieron al
recibir la noticia del hallazgo de los cadáveres congelados en una tienda de campaña cubierta de nieve, y conocer los diarios que
revelaban los escalofriantes detalles de la heroica marcha al polo antártico.
En ellos se relataba la enorme desazón de los exploradores al enterarse
de que el veloz equipo de Roald Amundsen se les había adelantado por varias semanas, así como posterior pérdida de cinco
vidas una tras otra, a consecuencia del frío inmisericorde.
Nadie, claro está, sabía del hombre esquelético y debilitado que
1anguidecía en una choza cubierta nieve, 3000 kilómetros al sudoeste
de Oamaru, que a aquella misma hora estaba relatando a un
radiotelegrafista otra historia de muerte y de lucha espantosa para sobrevivir.
Durante toda la noche del 10 de febrero el hombre siguió hablando con voz susurrante mientras
el manipulador telegráfico funcionaba sin cesar hasta la madrugada. Pero no pasó ni una palabra, ni una letra, ni una sola pulsación.
Por las erupciones solares que afectaron a todo el yermo antártico, una potente perturbación eléctrica invadió el firmamento, ahogando y extinguiendo las débiles pulsaciones del telégrafo Morse emitidas por la antena próxima a la cabaña de la bahía de la Commonwealth. Sin darse por vencido, Mawson escribió su historia al día siguiente y de nuevo el telegrafista intentó comunicarla al exterior esa noche, y en otras noches sucesivas. Y siempre, su
única respuesta era el chasquido de la tempestad magnética en la atmósfera superior.
Al ir pasando noches desesperantes de silencio descorazonador en respuesta a todas aquellas trasmisiones, Mawson empezó a sentirse enfermo, con dolores que no venían del hambre y la desnutrición. No lo mencionó a nadie, pero escribió en su diario:
"¡Mis nervios! Tengo muy mal los nervios. Por lo que siento en la base del cráneo, sospecho que pueda volverme loco de un momento a otro". Finalmente, 14 días después del regreso de Mawson, el radiotelegrafista pudo comunicarse con una estación retrasmisora de la isla Macquarie, en el Pacífico. Nuevamente se pasó en puntos y rayas
la relación de la empresa de Mawson. Pero de la isla Macquarie respondieron que tan sólo la mitad de la trasmisión era inteligible. Poco después llegó una noticia que
trastornó por completo la tranquila convalecencia dc Mawson: el primer informe recibido por
él de la muerte de Scott.
Recordaba la voz de Scott instándole a que lo acompañara en su marcha al polo:
"¡Venga usted conmigo! Quiero que comparta un momento así". Ahora Scott había desaparecido: no era más que un cadáver congelado y atrapado en el frígido continente. Los que acompañaban a Mawson en la choza vieron el dolor que reflejaban sus facciones, observaron sus ojos llenos de recuerdos. Mawson les dijo:
"Lo lamento proofundamente. Sé lo que habrán sufrido. Yo mismo estuve cerca de ese
fin".
Su historia fue por fin trasmitida, pero en contraste con el dramático desenlace de la misión de Scott, casi todos la pasaron por alto.
Poco a poco el invierno antártico fue cerrándose en torno a los exploradores. Durante las tormentas interminables y los días sin luz, Mawson anhelaba la primavera para escuchar el grito de saludo cuando el barco
apareciera de nuevo en el horizonte con su fino penacho de
humo. "¿ Cómo podremos expresar jamás tal sentimiento?"
Cuando ocurrió aquel gran acontecimiento, a mediados de diciembre de 1913, Mawson
se hallaba todavía débil, flaco, demacrado y calvo. Pero, por fin, un día de
sol pálido, la Aurora zarpó por última vez de la bahía de la Commonwealth; Mawson, sentado junto a la baranda de popa, veía alejarse la meseta de hielo. Conmovido por su regreso al hogar, llena el alma de recuerdos, trajo a la memoria unos versos de Rudyard Kipling, su poeta predilecto, y los copió en su libro de apuntes:
No traemos cargamento
de lingotes,
ni de especias ni piedras
preciosas,
sino lo que hemos recogido
con sudor y el dolor de nuestros huesos.
Fue aquella la última anotación que hizo en el diario de su viaje a la Antártida.
A
pesar de su trágico final, la expedición de Mawson fue más
completa científicamente que la de Scott, con ser esta más
numerosa y disponer de mayores fondos. Douglas Mawson añadió
más territorio a los mapas del sexto continente de la Tierra
que ningún otro explorador de su época.
La Corona británica lo nombró caballero en 1914, y murió
a los 76 años de edad, sin conocer la verdadera naturaleza de la afección que sufrió en su jornada
de regreso. (*)
(*)
Fuente:
Lennard Bickel, "Esta tierra maldita", en Selecciones
del Reader´s Digest, Julio de 1978, pp.128-174.
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