|
RICHARD BURTON, TRADUCTOR DE LAS MIL Y UNA NOCHES, Y LA
BUSCA DE LAS FUENTES DEL NILO

Burton vestido de árabe. Gracias a sus conocimientos
de idiomas, muchas veces pasó por musulmán.
Tal
vez haya sido uno de los más grandes exploradores de todos
los tiempos. No obstante, Richard F. Burton, militar, filólogo
y prolífico escritor, fue antes que nada, un rebelde por antonomasia.
Autor de una famosa traducción al inglés de Las mil y una
noches ( muy estimada por el gran escritor J.L. Borges),
en 1856, fue designado por la Real Sociedad Geográfica, de
Londres, para encabezar la expedición para hallar las fuentes
del Nilo, Burton tenía 35 años y su nombre ya era famoso en
todo el mundo. A esa edad era un individuo inquieto, extravagante,
audaz y terriblemente brillante. A los 18 años ya dominaba
media docena de idiomas. Y en total llegó a hablar y escribir
correctamente 29 lenguas, además de varios dialectos hasta
sumar 40. A los 21 años comenzó su carrera de trotamundos
haciéndose expulsar de la Universidad de Oxford, donde era
considerado un genio.
LAS
MISTERIOSAS FUENTES DEL NILO
Luego
de su expulsión de la Universidad de Oxford, el futuro gran
explorador y literato Richard Burton se
instaló en Bombay como teniente del ejército inglés y pasó
los próximos siete años en la India, donde aprendió el sánscrito
y el lenguaje de numerosas tribus. Fue destinado al departamento
de espionaje y es entonces cuando adquirió la costumbre de
vestirse con ropas indias. Aprendió todo lo relacionado con
aquella cultura, incluso sus complicados ritos religiosos;
cosa que los europeos desconocían totalmente.
En 1853, vestido como un musulmán, viajó a la Meca con un
grupo de peregrinos árabes. Ya que en este tiempo la ciudad
estaba vedada a los infieles; de haber sido descubierto le
habría costado la vida. Desde allí, solo, sin más compañía
que su camello, atravesó el desierto para llegar a la ciudad
etíope de Harar, un lugar santo para los somalíes. Regresó por el Mar Rojo junto con una partida del
ejército.
Allí conoció a John Speke, un joven ávido de aventuras
(imagen izquierda).
Juntos van a protagonizar una increíble epopeya en el Africa.
El
mayor afán de Burton había sido, aun durante sus largos años
en Oriente, ganar la "corona" de los exploradores
descubriendo lo que él denominaba "las fuentes del
halago". Es decir, las misteriosas fuentes del Nilo. En
esos años de duro colonialismo y grandes descubrimientos
geográficos, se seguía ignorando dónde nacía ese río
fabuloso, en cuyo delta había crecido una de las mayores
culturas de la historia: la civilización egipcia.
Con el dinero que le dio la Real Sociedad Geográfica, partió
por el Mar Rojo hasta Zanzíbar, no sin antes llamar a su amigo
Speke para que lo acompañara. Allí pensaba reunir sus
provisiones y formar una caravana. Los dos ingleses abandonaron
Zanzíbar el 16 de junio de 1857 llevando con ellos 130
porteadores, 30 asnos, grandes cantidades de mercancías para
comerciar en el camino y provisiones suficientes para dos años.
Sin mapas, asistidos por sus brújulas y sus cronómetros,
caminaron largas jornadas hacia el este, siguiendo la ruta de
los esclavos. El camino no era fácil, ya que iban por
territorios vírgenes. Primero tuvieron que franquear una
barrera de pantanos que se extendían a ambos lados hasta
perderse de vista. Allí perdieron parte de las provisiones y
tuvieron que redoblar la caza. Los porteadores estaban asustados
por los peligros de aquel sitio desconocido cada vez más
amenazante.
Una noche mientras dormía en su tienda, a Speke se le introdujo
una sanguijuela en el oído derecho perforándole el tímpano,
como consecuencia quedó sordo. Burton fue atacado por la
viruela y la expedición debió permanecer días sin moverse.
El 7 de noviembre, cuando todo parecía perdido, avistaron la
ciudad de Kazé (cerca de la actual Tabora) situada a 800
kilómetros tierra adentro. Era un oasis donde se saciaron de
leche, café y de tabaco, recuperando las fuerzas durante casi
un mes.
A la semana de retomar la marcha, casi sin inconvenientes,
llegaron a una especie de desierto lunar. Delante de ellos se
extendía un pedregal inmenso, que parecía no tener límites.
Los animales no podían transitar por las piedras y la mayoría
de ellos sufrieron mortales quebraduras. Pero para los hombres
fue un tormento mucho mayor. Resbalaban a cada paso y las
fuertes botas de cuero se hicieron añicos en una sola jornada.
A Burton se le hincharon tanto los pies que tuvieron que
cargarlo el resto del camino, y Speke quedó casi ciego por los
intensos rayos solares.
El 13 de febrero de 1858 mientras salían del pedregal murió el
último burro. Pero a la distancia vieron una larga línea
plateada, era el mar de Ujiji. Los dos ingleses eran los
primeros europeos que llegaban a esas playas, pero su visión
era tan borrosa que apenas podían distinguirlas. Cuando se
acercaron quedaron extasiados con la magnificencia de ese mar
encerrado entre montañas, que ahora se conoce con el nombre de
lago Tanganika. La ciudad de Ujiji era el centro del tráfico de
esclavos de esa parte de Africa. Sus calles eran sucias, sus
edificios parecían ruinas y los habitantes se mostraron
hostiles con los recién llegados. Enfermo como estaba, Burton
consiguió alquilar dos canoas con 55 remeros. Estaba
determinado a llegar al extremo norte del lago, donde según los
árabes había un río, llamado por ellos Ruzizi, que discurría
hacia el noroeste y podía formar parte del sistema fluvial que
daba origen al Nilo. Cuando llegaron al puesto comercial más
septentrional de la costa, los hijos del jefe le aseguraron que
ese río no salía del lago, sino que sus aguas entraban a él.
Todas las esperanzas de Burton se derrumbaron de golpe: esas,
indudablemente, no eran las fuentes del Nilo.
Aún sin poder caminar, desandaron el camino hasta Kazé, donde
volvió a reunirse con sus amigos árabes. Estaba tan débil que
sólo podía permanecer en cama. Un atardecer, mientras jugaba
ajedrez con un traficante de esclavos recién llegado, éste le
dijo que a unos 16 días de marcha hacia el norte había otro
lago, más grande incluso que el Ujiji. Impaciente, y como no se
podía mover, le pidió a Speke que fuera él solo, acompañado
por su porteador. Este así lo hizo y luego de 15 días de
marcha por un camino fácil, sin inconvenientes, divisó una
enorme extensión de agua que según el indígena que lo
acompañaba se extendía hasta el fin del mundo. Lo bautizó con
el nombre de Victoria. Aunque desde el sitio en que se
encontraba no vio río alguno, Speke intuyó que esa era la
fuente del Nilo.
¿Pero era en verdad el Victoria la fuente del Nilo? Burton lo
dudaba. No podía afirmar científicamente, que en ese espejo se
originaba el gran río. Speke, aunque no podía probarlo, tenía
la certeza que ese era el lugar que buscaban. Como no se
pusieron de acuerdo, ambos establecieron que no iban a nombrar
más al lago Victoria y al Nilo hasta que estuvieran de regreso
en Londres para informar el hallazgo a la Sociedad que había
financiado la expedición.
REGRESO SIN GLORIA
El viaje de vuelta fue tan accidentado como el de ida. Speke
contrajo raras fiebres convulsivas que casi terminaron con su
vida. Burton estuvo casi 72 horas sin dormir velando por su
compañero. Pero a medida que se iban acercando a la costa el
enfermo fue mejorando. El 2 de febrero de 1859 avistaron el
océano Indico y el 4 de marzo durmieron en Zanzíbar.
Poco
más tarde los amigos se separaron. Burton se marchó hacia
Adén, en el Mar Rojo y Speke se fue a Inglaterra a bordo de un
barco de la marina real. Al despedirse quedaron de acuerdo que
el informe final debían hacerlo en forma conjunta. Pero al día
siguiente del arribo a Inglaterra, Speke llamó a la Real
sociedad geográfica y pronunció un extenso discurso ante sus
miembros anunciando haber descubierto las fuentes del Nilo.
Cuando Burton se hizo presente 12 días más tarde, ya nadie
hablaba del descubrimiento conjunto del lago Tanganika y el
único héroe era Speke, con quien no volvió a hablar jamás.
Sintiéndose traicionado por su amigo, Burton se refugió en
Francia donde escribió un magnífico libro sobre los resultados
de la expedición por el Africa Central. Atribuyo a Speke los
méritos que le correspondían pero afirmó que no había prueba
suficiente que demostrara que el lago Victoria era donde se
originaba el Nilo. En sus páginas no había ningún asomo de
rencor contra Speke ni se hacía referencia a la polémica que
los había separado.
Otros
libros y otros viajes no le restaron tiempo para traducir al
inglés Las Mil y Una Noches, que Jorge Luis Borges
estimaba como la mejor de cuantas existen. Pero algo
entristeció la vida de Burton aún más: su amigo Speke murió
cuando un disparo escapó de su escopeta. Para Burton fue un
suicidio.
Años después se pudo establecer que efectivamente el
lago Victoria era una de las fuentes principales del Nilo.
De esta forma, los nombres de estos grandes exploradores,
en un momento en que el hombre procuraba por todos los medios
conocer hasta los últimos rincones del mundo en el cual habitaba,
están escritos con letras de oro en el libro de las grandes
epopeyas humanas. (*)
(*)
Fuente:
La presente es resumen
de la investigación de Abel González , publicado en "La
aventura de los grandes exploradores".
|