|

El 22 de septiembre de 1931 la tripulación del
Baychimo trata en vano de liberar al navío
de los hielos.
|
En las historias sobre el mar, incluso
en las más misteriosas, nunca falta un barco que se salva
del naufragio o que, por el contrario, se hunde y desaparece.
Nada de esto ocurre en la singular aventura que se relata
a continuación, tanto más extraordinaria si se tiene en
cuenta que todavía no se conoce el desenlace...Me refiero
al Baychimo, ese barco fantasma, sin tripulación,
que desde hace tiempo se niega obstinadamente a morir y
vuelve sin cesar, como una obsesión, a visitar la memoria
de los hombres.
El Baychimo,
un carguero de vela de 1.322 toneladas, elegante, bien proporcionado,
con casco de acero, construido en Suecia en 1914, pertenecía a la
Compañía de la Bahía de Hudson. Se lo utilizaba para recoger y
transportar las pieles que los cazadores esquimales vendían en las
costas de la isla Victoria, en los Territorios del Noroeste
canadiense. Con su gran chimenea, su proa larga y alta y su sólida
construcción, era capaz de resistir a los icebergs y a los bancos de
hielo de los mares polares.
Fue
una de las primeras embarcaciones que se utilizó para el comercio de
pieles con las factorías esquimales del mar de Beaufort. Circulaba
regularmente -cumpliendo un periplo de unos 3.200 kilómetros- por una
de las zonas de navegación más traicioneras del mundo. Todos los
años emprendía el mismo viaje, penoso y difícil, siguiendo un itinerario
bien definido: distribuía víveres, combustible y otras mercancías, y hacía escala sucesivamente en
ocho factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson, cargando a bordo cueros y
pieles.
El 6 de julio de 1931, el Baychimo zarpó de Vancouver, en la
Columbia Británica, para emprender su recorrido habitual, con John
Cornwell como capitán y una tripulación de 36 hombres. Todos suponían que, como de costumbre, la travesía sería
difícil, pero nadie sospechaba que se trataba del último viaje del Baychimo, o más bien de su último viaje "con hombres a bordo".
ATRAPADO
POR EL HIELO
Noche y día, bañado
por la luz brumosa de un sol que nunca se pone, el Baychimo
navegó hacia el este y alcanzó al término de su viaje las
costas de la isla Victoria. Tras cargar las bodegas,
el capitán, aliviado, ordenó hacer rumbo a Vancouver.
Lamentablemente, ese año el invierno llegó muy pronto a las vastas y
desiertas extensiones del Gran Norte. Los vientos fueron tan violentos, las heladas tan intensas, que
los bancos de hielo, el enemigo más temido de los marinos, se formaron en el sur mucho más
rápido que de costumbre. El 30 de septiembre no quedaba más que un estrecho paso de aguas
navegables; el 1 de octubre, el hielo lo obstruyó por completo y el Baychimo quedó
atrapado.
Con las máquinas detenidas, paralizado por el hielo, a merced de una masa helada y quebradiza, el carguero quedó bloqueado
frente a Barrow, una aldea de Alaska donde la Compañía había hecho construir algunas
cabañas cerca de la orilla. Al advertir la amenaza de una violenta tormenta de nieve, el capitán
ordenó a sus hombres franquear la extensión helada de casi un kilómetro que los separaba de los
refugios. Tras una marcha sumamente penosa, permanecieron encerrados en las cabañas durante dos días, medio muertos de frío e imposibilitados de salir al exterior.
Se produjo entonces un hecho extraordinario, el primero de una serie que jalona
la historia del Baychimo. Sin el menor signo precursor, la masa de hielo aflojó su abrazo y se apartó
de los flancos del navío, que recobró así la libertad. La tripulación se precipitó a bordo, y durante tres horas el barco avanzó a todo vapor hacia
el oeste. Por muy poco se había evitado la catástrofe.
Pero, nuevamente, el hielo se cerró como una tenaza en torno al pequeño
carguero. Recién el 8 de octubre la masa helada se resquebrajó con un impresionante crujido,
agrietando el terreno próximo al barco en el que los miembros de la tripulación jugaban al
fútbol.
La embarcación se dirigió a marcha lenta hacia la costa, pero al capitán
Cornwell ya no le cabía duda de que, por sólido que fuera su pequeño barco, los hielos lo triturarían como una
cáscara de nuez. Los tripulantes confiaban aun en salvarse, ellos con su barco, pero el 15 de octubre la situación tomó tal cariz que la Compañía de la Bahía de Hudson envió para socorrerlos dos aviones de la base de Nome, a unos mil kilómetros de distancia. Recogieron a 22 hombres de la tripulación del
Baychimo; el capitán y otros 14 hombres permanecieron en el lugar esperando el momento en que el deshielo liberaría al barco con su valioso cargamento. Como sabían que la espera podía durar un año, construyeron en el banco de hielo, a aproximadamente un kilómetro y medio del litoral, un pequeño refugio.
Su estadía iba a ser tan breve como pasmosa... El 24 de noviembre, una noche oscura como boca de lobo, se levantó una tempestad terrible, inmovilizando a los hombres en su refugio de madera. Cuando volvió la calma, en medio de las tinieblas heladas descubrieron que el
Baychimo había desaparecido bajo una montaña de nieve de más de veinte metros de altura. Aunque exploraron atentamente los alrededores, no encontraron huella alguna del desafortunado barco; llegaron a la conclusión de que, despedazado por la tormenta, había terminado por hundirse.
UN SUCESO IMPREVISTO
Ganaron
entonces tierra firme e iniciaron los preparativos del regreso.
Pero, pocos días más tarde, un cazador de focas esquimal
llegó con una noticia increíble: había visto el barco a
unos 70 kilómetros de allí, hacia el sudeste. El Baychimo
comenzaba a transformarse en barco fantasma, un juguete
a la deriva en la inmensidad polar, a merced de la fuerza
todopoderosa de los hielos, los vientos y el océano. Guiados
por los esquimales, los quince
hombres avanzaron con gran dificultad hasta el lugar indicad: en efecto, allí estaba el
Baychimo.
El capitán Cornwell comprendió que no tenía ninguna posibilidad de salvar su barco: el hielo
era más fuerte. Hizo retirar de la bodega las pieles más valiosas y después, con lágrimas en los ojos,
él y sus hombres abandonaron al Baychimo para siempre. Un avión los llevó de regreso a sus
hogares.
Pasaron los meses. Un día, la sede de la Compañía, en
Vancouver, recibió de los esquimales la información de que se había vuelto a ver al
Baychimo que se creía perdido desde hacía tiempo, esta vez a varios centenares de kilómetros
al este del punto donde se lo había abandonado. El 12 de marzo de 1932, Leslie Melvin, un joven
cazador que se dirigía en trineo de la isla Herschel a Nome,
divisó el carguero. El Baychimo flotaba tranquilamente cerca de la costa.
Melvin logró subir a bordo y comprobó que aun quedaban numerosas pieles intactas en la bodega.
Solo, sin equipo apropiado y a centenares de kilómetros de su base en Alaska, le
resultó imposible traerlas de vuelta.
Algunos meses más tarde, un grupo de buscadores de
petróleo volvió a ver la embarcación. Lograron también subir a bordo, donde todo
seguía en perfecto orden. En marzo de 1933, el Baychimo
volvió aproximadamente al punto donde su capitán lo había dejado: flotaba perezosamente
en las aguas que comenzaban a helarse. Un grupo de unos treinta esquimales llegó hasta
él en kayak. En el preciso momento en que subían a visitarlo
estalló una terrible tormenta, que los obligó a permanecer encerrados en el barco
fantasma, sin alimentos, durante diez días antes de poder partir.
En agosto del mismo año, la Compañía de la Bahía de Hudson supo que el
Baychimo se dirigía plácidamente hacia el norte, pero se encontraba en una zona
demasiado alejada para intentar una operación de salvamento. En julio de 1934 un grupo de
investigadores y exploradores que navegaban en una goleta visitaron el barco y permanecieron en él
algunas horas.
La leyenda del pequeño barco con una gran chimenea gris se habla difundido entre los esquimales del Artico; muchos de
ellos lo divisaban de tanto en tanto durante sus desplazamientos. En septiembre de
1935, el Baychimo llegó a las costas de Alaska. Conseguía siempre escapar a las trampas que le tendía
el hielo y sobrevivía a las peores tempestades polares. La naturaleza parecía incapaz de destruirlo, y los hombres, de
salvarlo.
Después de 1939 fueron muchos los esquimales pero también
los exploradores, comerciantes o aviadores que vieron al
Baychimo. Durante años, surco, solo y sin nadie a
bordo, miles de kilómetros de aguas heladas.
En marzo de 1963 un pequeño grupo de
esquimales, que pescaban en kayak, volvió a ver el carguero.
Flotaba, sereno, frente al litoral desierto del mar de Beaufort.
Esta vez no había ningún medio de llegar hasta él; dejaron
que el viejo casco herrumbrado, pero siempre vivo, desapareciera
nuevamente. La última vez que se divisó al Baychimo
fue en 1969, o sea treinta y ocho años después de haber
sido abandonado, otra vez prisionero del hielo entre Icy
Cape y punta Barrow.
Un representante de la Compañía de la Bahía
de Hudson que encontré hace poco en la sede de Winnipeg
me confirmó que en este momento nadie sabe si el Baychimo
sigue aun a la deriva. (*)
(*)
Fuente: "Baychimo, el barco fantasma",
por David Guston, publicado en Revista El correo de la
Unesco, agosto-septiembre 1991, pp.63-65.