LA
FURIA DE LA TORMENTA
Un
pasaje de Tifón, por Joseph
Conrad
"...Un débil relámpago serpenteó a su alrededor, como si hubiera estallado dentro de una cueva, en una negra y secreta cámara del mar con un suelo de espumosas crestas. Durante un siniestro y aleteante instante, desveló una masa deshilachada de nubes bajas, el movimiento del largo perfil del barco, las figuras negras de los hombres sorprendidos en el puente, con la cabeza gacha, como si se hubieran quedado petrificados en el momento de la embestida. La oscuridad palpitante lo envolvía todo desde arriba y, entonces, finalmente, llegó lo de verdad. Fue algo formidable e inmediato, como la ruptura repentina de ira. Parecía explotar alrededor del barco con una intimidante detonación y una avalancha gigantesca de las aguas, como si una presa inmensa hubiera cedido empujada por el viento. En un instante los hombres perdieron todo contacto. Este es el poder desintegrador del vendaval: aislar al hombre de los de su especie. Un terremoto, un corrimiento de tierras, una avalancha, pueden alcanzar al hombre como si fuera por casualidad, sin apasionamiento. Pero un temporal furioso le ataca como si fuera un enemigo personal, intenta agarrarle los miembros, se cierra sobre su mente, intenta agarrarles los miembros, se cierra sobre su mente, intenta extirparle hasta el espíritu".
Jukes se vio arrancando de la proximidad
de su capitán. Tuvo la sensación de ser
lanzado a gran distancia, en un torbellino
de violencia. Todo desapareció, incluso,
por un momento, su capacidad de
pensamiento; pero su mano había un
montante de la baranda. Su angustia no se
veía en absoluto aliviada por una
inclinación a dudar de la realidad de
aquella experiencia. Aunque joven, había
vivido algún temporal, y no había puesto
nunca en duda su capacidad para imaginar
lo peor; pero esto sobrepasa de tal manera
las posibilidades de su fantasía, que
parecía incompatible con la existencia
misma de barco alguno. Habría
experimentado la misma incredulidad acerca
de sí mismo, quizá, si no hubiera estado
tan agobiado por la necesidad de ejercer
un esfuerzo titánico contra la fuerza que
intentaba arrancarle de su anclaje. Además,
la sensación de estar casi ahogado,
brutalmente sacudido y parcialmente
asfixiado, le permitía convencerse de que
no estaba por completo acabado.
Le pareció estar allí agarrado del
momento, precariamente solo, durante
largo, largo tiempo. La lluvia le
empapaba, fluía en cortinas. Respiraba a
bocanadas; y a veces el agua que tragaba
era dulce, a veces salada. Casi todo el
tiempo mantenía los ojos bien cerrados,
como si temiera que la inmensa furia de
los elementos acabara con su vista. Cuando
se atrevía a parpadear rápidamente,
encontraba cierto apoyo moral en el
resplandor verde de la luz de estribor,
que brillaba débilmente entre la lluvia y
la espuma. Esta luz era precisamente lo
que estaba mirando cuando iluminó la ola
encrespada que acabaría por apagarla. Vio
alzarse y caer la cabeza de la ola,
añadiendo el estrépito de su caída al
tremendo tumulto a su alrededor, y casi en
el mismo momento, el montante le fue
arrebatado de las manos. Tras caer de
espaldas con un fuerte golpe, se encontró
de repente flotando y sostenido por el
agua. Su primer e irresistible pensamiento
fue que todo el mar de China se había
subido al puente. Luego, con mayor
sensatez, concluyo que se había caído por
la borda. Mientras grandes cantidades de agua le lanzaban, zarandeaban y
revolcaban, iba repitiéndose mentalmente,
con la mayor precipitación: "¡Dios
mío! ¡Dios mío!".
De repente, rebelándose de puro desespero
y miseria, tomo la insensata resolución de
salir de allí. Y empezó a agitar brazos y
piernas. Pero en cuanto inició su penoso
forcejeo, descubrió que de alguna manera
se encontraba revuelto con una cara, un impermeable, unas botas. Se
agarró
ferozmente de todas estas cosas unas tras
otra, las perdió, volvió a encontrarlas,
volvió a perderlas una vez más, y
finalmente se encontró atenazado a su vez
por un par de fornidos brazos. Devolvió el
abrazo apretando entre los suyos un cuerpo
sólido y recio. Había encontrado a su
capitán.
Fueron dando tumbos una y otra vez,
estrechamente abrazados. De súbito, el
agua les dejo caer con un golpe brutal; y,
varados contra la pared lateral de la
caseta del timón, magullados y sin
aliento, allí quedaron tambaleándose en el
viento e intentado agarrarse donde fuera.
Jukes se sentía horrorizado, como si
hubiera escapado a algún ultraje sin
procedentes contra sus sentimientos. Algo
que había minado su fe en sí mismo. Sin
saber hacia dónde dirigirse, empezó a
gritarle al hombre que sin embargo sentía
cercano en la oscuridad enemiga:
"¿Es usted, señor? ¿Es usted,
señor?", hasta que sus sienes
parecieron a punto de reventar. Y por
respuesta oyó una voz muy lejana, como si
le gritara ansiosamente desde una gran
distancia una sola palabra:
"Sí". Otras olas barrieron de
nuevo el puente. Las recibió indefenso en
su cabeza descubierta con las dos manos
ocupadas en aferrarse.
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Arriba,
derecha, en imagen para
ampliar, un barco atrapado por
la tempestad en una famosa
pintural del romantico ingles
Turner. |
Los
movimientos del barco eran extravagantes.
Sus sacudidas parecían extrañamente
inevitables: hundía la proa como si
saltara al vacío y cada vez se encontrara
con una pared al fondo. Cuando cabeceaba,
se inclinaba totalmente de lado, y se
enderezaba con un golpe tan demoledor que
Jukes percibía su tambaleo como el de un
hombre tumbado a garrotazos, que se
levanta antes de desplomarse de manera
definitiva. El temporal aullaba y
forcejeaba gigantescamente en la
oscuridad, como si el mundo entero no
fuera más que un enorme barranco negro.
En ciertos momentos, el viento enfocaba de
lleno el navío, como succionado por un túnel, con una fuerza de impacto tan
sólida y concentrada que parecía
levantarlo del agua y mantenerlo
suspendido un instante, sólo atravesado
por un escalofrío de extremo a extremo. Y
luego el barco volvía a dar tumbos, como
si lo hubiera dejado caer en una caldera
hirviente. Jukes intentaba con todas sus
fuerzas ordenar su mente y considerar la
situación con serenidad.
El mar, allanado bajo las rachas más
fuertes, se alzaba de repente por
encima de ambos extremos del Nan-Shan en
surtidores de espuma blanca, desbordándose
ampliamente, más allá de ambas bordas,
hacia la noche. Y contra esta deslumbrante
cortina, extendida bajo la negrura de las
nubes y emitiendo un resplandor azulado,
el capitán MacWhirr atisbaba la desolada
visión de algunas manchas diminutas,
negras como el ébano: la parte superior de
las escotillas, las escaleras inundadas,
los cabrestantes cubiertos, el pie de un mástil. Era todo lo que
podía ver de su
barco. La estructura central, cubierta por
el puente en el que se hallaba él, su
segundo de a bordo y la cabina con
un hombre al timón encerrado por el temor
de ser lanzado al mar con todo lo demás en
un golpe gigantesco; su estructura
central, decimos, que era como una roca
costera bañada por la marea. Como una
roca adentrada en el mar, con el agua
rebullendo a su alrededor, cubriéndola,
golpeándola -como una roca a la que se
aferran los náufragos, antes de dejarse
ir-, pero con la diferencia de que esta
roca se elevaba, se hundía, cabeceaba
continuamente, sin respiro ni descanso,
como un peñasco que se hubiera
desprendido milagrosamente de la tierra y
flotase mar adentro.
El
Nan shan era pasto de la tormenta con una
furia destructiva y sin sentido; en un
pillaje furibundo que no dejaba nada
entero. Dos de los botes ya habían
desaparecido. Nadie los había visto y oído
caer, como si se hubieran fundido en el
impacto y el reflujo de la ola. Jukes no
se dio cuenta de lo que había pasado a tres metros de su espalda hasta
más tarde,
cuando gracias al destello blanco de otro
ola inmensa cerniéndose sobre el centro
del navío, tuvo la visión de dos pares de
serviolas saltando, negras y vacías de la
sólida oscuridad.
Movió la cabeza hacia delante, buscando el
oído de su capitán. Sus labios tocaron la
oreja, grande, carnosa, muy mojada. Gritó
con tono de inquietud:
-¡Estamos
perdiendo los botes, señor!
Y de nuevo escucho aquella voz, forzada y
débil, pero con un penetrante efecto
calmante en la enorme discordancia de
ruidos, como proveniente de algún remoto
remanso de paz, más allá de la negra
inmensidad del temporal; de nuevo escuchó
la voz de un hombre, el frágil e
indomable sonido que puede servir de vehículo a una infinidad de ideas,
decisiones y propósitos, que pronunciara
palabras confiadas el ultimo día, cuando
se hundan los cielos y se haga justicia;
de nuevo la escuchó, y le estaba
gritando, como si estuviera lejos:
-Está bien.
Creyó
que no había conseguido hacerse entender.
-¡Los
botes! ¡He dicho los botes, los botes,
señor! ¡Hemos perdido dos!
La misma voz, a un palmo de distancia,
pero tan remota, grito sensatamente.
-¡Qué
le vamos a hacer!
(...) Si el timón no cedía, si las
inmensas masas de agua ni reventaban la
cubierta o hacían añicos las escotillas,
si los motores no se paraban, si el barco
conseguía mantener el rumbo contra aquel
viento espantoso y no se sumergía en aquel
tremendo oleaje, del cual sólo podía
recibir a veces, cerniéndose sobre su
proa, la tremenda visión de sus blandas
crestas, entonces habría una posibilidad
de salvación. Algo en su interior pareció
decantarse, dejando aflorar la sensación
de que el Nan-Shan estaba perdido.
"Está perdido", se dijo a sí
mismo con una sorprendente agitación
mental, como si hubiera descubierto un
sentido inesperado en este pensamiento.
Inevitablemente, una de estas cosas iba a
suceder. Nada podía evitarse, ni
remediarse. Los hombres a bordo no
contaban, y el barco no podía aguantar
mucho más. El temporal era demasiado
fuerte.
Jukes notó como un brazo rodeaba
pesadamente sus hombros; y respondió a este
gesto, con mucho tino, agarrando al capitán por la cintura.
Así
enlazados permanecieron en la noche
ciega, luchando unidos contra el viento,
mejilla con mejilla y los labios contra
la oreja del otro, como dos embarcaciones
amarradas de costado.
Y Jukes oyó la voz de su capitán, tan
tenue como antes, pero más cercana, como
si, habiendo atravesado la prodigiosa
furia del huracán, se le hubiera
atravesado la prodigiosa furia del huracán,
se le hubiera aproximado, transmitiéndole
aquel extraño efecto de serenidad, como
el tranquilo resplandor de un halo.
-¿Sabe usted dónde están los
marineros?-preguntó, de forma vigorosa y
evanescente a la vez, superando la fuerza
del viento y perdiéndose con rapidez tras
rozar el oído de Jukes.
Jukes no lo sabía. Estaban todos en el
puente cuando el huracán había alcanzado
el barco con todas sus fuerzas. No tenía
ni idea de donde podían haberse refugiado.
En aquellas circunstancias, era como si no
estuvieran en ninguna parte, teniendo en
cuenta lo inútiles que hubieran resultado.
De alguna manera, el deseo del capitán
inquietó a Jukes.
| Arriba,
derecha, "El naufragio", otra obra de Turner que
recrea la desesperada fragilidad
del hombre ante el mar y la
tormenta. |
-¿Les
necesita, señor?-gritó, aprensivamente.
-Debería
saber dónde están- afirmó el capitán
MacWhirr-. Agárrese fuerte.
Se agarraron fuerte, los dos. Una explosión de furia desatada, una racha
maligna del viento equilibro de repente el
navío, que se quedó suspendido, solo con
un balanceo rápido y ligero como el de una
cuna, durante un terrible momento de
angustia, mientras parecía que la atmósfera entera les envolviera como un
torrente, alejándose de la tierra
tenebrosa con un rugido infernal.
Se asfixiaban, y con los ojos cerrados se
agarraron todavía con más fuerza. Algo,
que a juzgar por la magnitud del choque
debía de haber sido una columna de agua
inmensa, azotó el barco, se rompió y
desplomó sobre el puente desde muy arriba,
con un peso letal.
Un fragmento de aquella masa derrumbada, un
simple salpicón, les envolvió en un
remolino de pies a cabezas, llenándoles la
boca, la nariz y los oídos de agua salada.
Les golpeó las piernas y retorció los
brazos, rebulló bajo sus barbillas; y,
abriendo los ojos, vieron las masas
amontonadas de espuma correr de un lado a
otro de lo que parecían ser fragmentos de
un barco. La nave había cedido bajo el
enorme peso, y los dos hombres, con el
corazón palpitante, también se sintieron
desfallecer; pero de repente el barco
resurgió de su desesperada zambullida,
como si intentara salir arrastrándose de
entre las ruinas. (*)
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(*)
Fuente: Joseph
Conrad, Tifón, Unidad editorial, Madrid,
1988, p. 38-44.
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Joseph
Conrad (1857-1924) |
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