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EL
DON
DE LA LLUVIA.
Un
pasaje de El hacedor de la lluvia,
por Hermann Hesse
...Turu
ayudó
muy lentamente al niño, no le allanó el
camino. Pero el jovencito estaba siempre a
su vera, seguía al anciano y él mismo no
sabía cómo. A veces, cuando Turu colocaba
una trampa en algún lugar en lo más
oculto del bosque, del pantano o del
matorral, olía el rastro de un animal,
arrancaba una raíz o recogía semillas,
podía
sentir de pronto la mirada del muchacho
que lo seguía, callado e invisible, horas
enteras y le acechaba. A veces hacía como
si no lo advirtiera, a veces refunfuñaba
y echaba descortés al perseguidor, pero a
veces también le hacía señas de que se
acercara y lo dejaba todo el día a su
lado; le encomendaba algún servicio, le
mostraba esto y aquello, lo hacía pensar,
lo ponía a prueba, le decía los nombres de
las hierbas, le hacia traer agua o
encender el fuego, y para cada labor
conocía
maneras, ventajas y fórmulas, que
enseñaba al muchacho, imponiéndole el
secreto más cuidadoso. Y finalmente,
cuando Knecht fue más grandecito, lo tomó
consigo, lo reconoció como aprendiz, llevándole del dormitorio de los niños a
su choza. Con eso el joven Knecht estaba
señalado ante todo el pueblo, no era más
niño, sino aprendiz del hacedor de la
lluvia y esto quería decir que si perseveraba y
servía, sería su sucesor.
Desde el momento en que Knecht fue
llevado por el anciano a su choza, cayeron
entre ellos todas las barreras, no
ciertamente la de la obediencia y del
respeto, pero sí la de la desconfianza y
la reserva. Turu se había rendido, se
había dejado conquistar por la corte
constante de Knecht; ahora solo quería
hacer de él un buen hacedor de lluvia y
sucesor en todo. No dio para esta
instrucción ni ideas, ni doctrinas, ni métodos, ni escritos o
números, sólo muy
pocas palabras; fueron más los sentidos de
Knecht que su inteligencia lo que educó el
maestro. Se trataba no sólo de administrar
y ejercer un gran tesoro de tradición y
experiencia, todo el saber del hombre de
entonces acerca de la naturaleza, sino
también de transmitirlo. Ante el joven se
fue abriendo lentamente, en claridad
creciente, un intrincado sistema de
experiencias, observaciones, instintos y hábitos de
investigación; casi todo eso no podía expresarse con palabras, casi todo
debía ser sentido, a aprendido y examinado
por los sentidos. Base y centro de esta
ciencia era la noción de la luna, sus
fases y sus influjos, de cómo crecía
periódicamente y periódicamente
desaparecía, poblada por las almas de los
muertos, dispuesta siempre a enviarlas a
un nuevo nacimiento, para dejar lugar a
otros muertos.
En forma parecida a la de aquella tarde
con su ida desde la recitadora de fábulas
a las vasijas en el hogar del anciano, se
grabó en la memoria de Knecht una hora
entre la
noche y la mañana, cuando el maestro le
despertó un rato después de la medianoche
y salió con él en la profunda oscuridad,
para mostrarle la última salida de la luna
menguante. Se quedaron -el maestro en
callada inmovilidad, el joven un poco
asustado y con frío por la falta de
sueño- largo tiempo sobre la colina
boscosa en la saliente de una roca, hasta
el momento preanunciado por el maestro,
cuando la delgada luna, apenas una curva
delicadamente trazada, apareció en la forma
e inclinación por él descriptas. Knecht
miró temeroso y hechizado el astro que
subía lentamente; se elevaba suavemente,
nadando entre tinieblas de nubes hacia
una clara isla del cielo.
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Arriba,
derecha, en imagen para
ampliar, la lluvia obsequiando
su poesía en un sitio de la
tierra frondosa. |
-Muy pronto, su figura cambiará y volverá a
crecer: será entonces el momento de
sembrar el alforfón -dijo el hacedor de la
lluvia, mientras contaba con los dedos los
días
que faltaban. Luego se hundió otra vez en
el silencio de antes; como si hubiera quedado
solo, Knecht se quedó acuclillado sobre
la briosa piedra; templaba de frío; desde
lo más hondo del bosque llegaba el grito
largo de un mochuelo. Mucho meditó el
anciano, luego se puso de pie, posó su
mano en el cabello de Knecht y dijo en
voz queda, como si hablara en un ensueño:
-Cuando
muera, mi espíritu volará a la luna. Serás
un hombre y tendrás mujer; mi hija Ada
será tu esposa. Si tiene un hijo tuyo, mi
espíritu volverá y habitará en vuestro
hijo y lo llamaras Turu, como yo me llamo
Turu.
El aprendiz escuchó asombrado, no se
atrevió a decir palabra; la delgada hoz de
plata y estaba ya cubierta en parte por
las nubes. Milagrosamente, el jovencito
tuvo una intuición de muchas relaciones y
enlaces, repeticiones y cruzas entre las
cosas y los sucedidos; milagrosamente, se
encontró con espectador y aun colaborador
delante de este extraño cielo nocturno,
en el cual, por encima del bosque sin fin
y las colinas, había aparecido netamente
delineada la delgada hoz, exactamente
anunciada por el maestro; el maestro se le
apareció maravilloso, envuelto en mil
misterios, al pensar en su muerte, al
pensar que su espíritu viviría en la luna
y volvería de ella para reencarnar en un
ser humano, que sería hijo de Knecht y
debía llevar el nombre del que fue su
maestro...El futuro y el destino parecían
maravillosamente abiertos y por trechos
transparentes como el cielo nublado, allí
ante él, y supo que era posible saber de
ellos y nombrarlos y hablar a su respecto;
le parecía gozar de una vista en infinitos
espacios, llenos de maravillas y, al mismo
tiempo, de orden. Por un instante todo le
pareció accesible al espíritu, todo
cognoscible y acechable, el ligero y
seguro paso de los astros allá arriba, la
vida de los hombre y los animales, sus
asociaciones y sus enemistades, sus
movimientos y luchas, todo lo grande y
todo lo pequeño, junto con la muerte
oculta en cada ser viviente; todo esto vio
o sintió en un primer terror de
presentimientos, como un conjunto, y él
mismo encuadrado y absorto en él, como en
un mundo de orden, regido por leyes,
accesibles a la inteligencia. Era el
primer presentimiento de grandes
secretos, de su dignidad y profundidad,
como también de la posibilidad de
conocerlos, y esto conmovió al jovencito
en esa frescura de la selva nocturna y
casi matinal, sobre la roca asomada a las
mil cimas murmurantes como manos
espectrales. No pudo hablar de aquello, ni
entonces ni en toda su vida, pero debió
pensar en aquello muchas veces; esa hora y
su vivencia estaría siempre presentes en
su largo aprender y experimentar:
"Piensa-le advertía-, piensa que
existe todo esto, que entre la luna y tú y
Turu y Ada pasan rayos y corrientes, que
hay en la muerte, y el país de las almas,
y el retorno de él, y que para todas las
imágenes y los fenómenos del mundo hay en
el fondo de tu corazón una respuesta, y
que todo te concierne y de todo debes
saber cuanto es posible que sepa un ser
humano". Así, más o menos, habló
aquella voz. Era la primera vez que
Knecht percibía tan clara la voz del espíritu, su
seducción, su incitación y su mágica
influencia cautivante. Había visto vagar por el cielo muchas lunas ya
y oído a menudo el grito nocturno del
mochuelo, y de labios del maestro, aunque
fuera tan parco en palabras, había
escuchado muchos relatos de antiguo saber
o solitaria reflexión; pero hoy eso era
nuevo y diverso, era la intuición del todo
que surgía en él, el sentido de las
conexiones y relaciones, del orden, en
fin, que lo implicaba también a él y lo
hacía corresponsable. Aquel que tuviera la
llave para ello, no debía solamente
reconocer un animal por su rastro, una
planta por sus raíces y semillas; debía
abarcar el conjunto del universo, las
estrellas, los espíritus, los hombres, los
animales, las medicinas y los venenos,
todo, y por cada parte y cada signo saber
de lo restante. Había buenos cazadores que
conocían mejor que otros los que decían
una huella, una ligadura, un pelo o un
residuo; sabían por un par de pelillos no
sólo de qué clase de animal procedían,
sino también si ese animal era viejo o
joven, macho o hembra. Otros adivinaban el
tiempo que haría al día siguiente por la
forma de una nube, un olor en el viento,
la manera de conducirse y de ser de los
animales y las plantas; su maestro era
insuperable en esto y casi infalible.
Otros a su vez poseían una innata
habilidad: había chiquillos que podían
voltear con una piedra un pájaro a treinta
pasos de distancia; no había aprendido a
hacerlo, sabían hacerlo simplemente, eso
ocurría sin esfuerzo, por magia o gracia;
de sus manos la piedra volaba por sí
misma, la piedra debía dar en el blanco y
el pájaro quería ser alcanzado. Y había
quienes podían predecir el futuro: si un
enfermo debía morirse o no, si una
embarazada tendría niño a niña; la hija
de la gran abuela era famosa por eso y
también el hacedor de la lluvia -se decía
-dominaba
esa ciencia. En la gigantesca red de las
conexiones, decía existir -le pareció en
ese momento a Knecht -un centro en el cual
se podía ver y casi leer como en un libro
todo lo pasado y lo futuro, todo. El saber
debía fluir hacia quien se hallara en ese
centro, como corre el agua del valle, la
liebre a la berza; su palabra debía
golpear aguda e indefectiblemente, como la
piedra lanzada por la mano del buen
tirador; gracias al espíritu, el debía
reunir en sí y dejar actuar cada uno de
estos admirables dones, cada una de estas
nobles facultades: ¡entonces sería el
hombre perfecto, sabio, insuperable! Ser
como el maestro, acercársele, ir hacia él:
tal era el camino de los caminos, la meta;
eso prestaba consagración y
sentido a una existencia. Algo así debió
sentir, y todo lo que tratemos de decir de
él en nuestra lengua que él no comprendía
ni conocería, nada puede explicarnos
acerca del estremecimiento, y el ardor de
sus vivencias. El levantarse en la noche,
el ser guiado a través del bosque oscuro y
silencioso, lleno de peligro y misterio,
el aguardar allá arriba sobre la roca en
la fría madrugada, el aparecer del delgado
espectro lunar, las parcas palabras del
sabio, el estar sólo con el maestro en
una hora extraordinaria, todo eso fue vivido y guardado por
Knecht como una
gloria, como un misterio, como fiesta de
la iniciación, como aceptación en un liga,
en un culto, en una relación de
servidumbre honrosa con lo innombrable,
con el misterio del universo. (*)
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(*)
Fuente: Herman
Hesse, El hacedor de la lluvia, en El juego
de abalorios, p.373-381.
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Herman
Hesse (1877-1962) |
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