LOS
ORÍGENES MÍTICOS DEL FUEGO EN
SUDAMÉRICA
Por
James Frazer
Los
indios lengua del Chaco paraguayo
cuentan la siguiente historia sobre el
origen del fuego entre los hombres.
Dicen que en los primeros tiempos, siendo
incapaces de producir fuego, los
hombres se vieron obligados a comer la
carne cruda. Un día, un indio se había
pasado el día cazando, pero no había
tenido suerte en toda la mañana; así
que, hacia el mediodía, para entretener
las punzadas de hambre, se detuvo en
las cercanías de un marjal para recoger
algunos caracoles. Mientras los comía,
llamó su atención un pájaro que salía
de la chacra con un caracol en el pico.
Pareció ir a depositarlo al pie de un gran
árbol a cierta
distancia. Volvió a
la charca, cogió otro caracol, e hizo la
misma operación. Y así varias veces. El
indio se dio cuenta también de que del
lugar donde el pájaro iba depositando
sus caracoles surgía, por así decirlo,
una leve columna de huno. Se despertó su
curiosidad, y la siguiente vez que vio al
pájaro volar hacia la chacra, avanzó
con cautela
hacia
el sitio de donde surgía el humo.
Observo allí un montón de palitos,
dispuestos cónicamente, con las puntas
enrojecidas, y que despedía calor.
Acercándose más, vio que había algunos
caracoles colocados cerca del montón de
palos. Hambriento como estaba se acercó
a probar los caracoles asados, y encontrándolos deliciosos se
determinó a
nunca más volver a comer caracoles crudos.
Cogió pues algunos palos encendidos, y
corrió con ellos a su aldea, donde contó a sus amigos su descubrimiento. Inmediatamente,
éstos
fueron a buscar provisión de madera a la jungla, para
mantener viva tan violada adquisición,
a la que dieron en adelante el nombre de
tathla, o fuego. Aquella noche
cocinaron su carne y sus verduras por primera vez, y poco a poco fueron
encontrando nuevos usos para este
descubrimiento.
Pero cuando el pájaro volvió al lugar
donde había ido dejando sus caracoles y
descubrió el robo de su fuego, montó en
cólera y determinó vengarse del ladrón,
estando tanto más irritado cuanto que no
podía producir más fuego. Remontando el
vuelo hacia el cielo, empezó a buscar en
círculos al ladrón, y para su asombro
descubrió a la gente de la aldea
sentada junto a su tesoro robado,
gozando de su calor y cocinándose con
él
su comida. Cavilando su venganza, se retiró a la espesura, donde
formó una
tormenta eléctrica, acompañada de gran
aparato de rayos y truenos, que causó
grande destrozos y aterrorizó a la gente
del poblado. Desde entonces, siempre
que truene es señal de que el pájaro-trueno
está enojado y pretende castigar a los
indios con fuego caído del cielo; ya
que desde entonces, habiendo perdido su
fuego, dicho pájaro no tiene más remedio
que comer su comida cruda. El misionero
que recogió esta historia, añade:
"Es curioso que los indios crean
una fábula como ésta, puesto ellos
mismos producen el fuego por fricción;
y no siempre se muestran muy cuidadosos
en mantener encendido el fuego cuando no
lo necesitan. Así como tampoco temen
especialmente al trueno ni al
rayo".
Esta historia de los lengua recoge, en
forma mítica, la creencia de que los
hombres aprendieron por primera vez el
uso del fuego a partir del incendio
provocado por un rayo; ya que es
creencia común entre los indios
americanos que el trueno y rayo son causados
por el batir de las alas y el
centellear de los ojos de un pájaro
gigante.
(...) Los indios mataco del Gran Chaco dicen que el jaguar estaba en
posesión
del fuego y lo guardaba para sí, antes
de que el hombre pudiera procurárselo. Un
día en que los mataco se hallaban
pescando, un cerdo de guinea fue a
visitar al jaguar, llevándole pescado;
pero, cuando intentó acercarse al
fuego para coger un poco, el jaguar se
lo impidió. No obstante, el cobaya hizo
lo posible por conseguir robar un poco
de fuego, y logro ocultárselo. El jaguar le
preguntó qué era lo que se
llevaba, pero el cerdo le dijo que no
era nada. No obstante, el cerdo de guinea
logró llevarse un poco de fuego; y con
el prendió una gran higuera, en la
que asó el pescado en un abrir y cerrar
de ojos. Y cuando los pescadores se
hubieron ido, el fuego prendió en la
hierba y empezó a arder. Los jaguares
vieron el incendio, y vinieron corriendo
a intentar apagarlo con agua. Los
pescadores, por su parte, al volver a su casa prendieron un
gran fuego con
los tizones que habían tomado consigo, y
desde entonces el fuego nunca se ha apagado; ni un solo indio mataco carece
de fuego.
Los indios toba, del Gran Chaco
boliviano, dicen que hace mucho tiempo
un gran fuego arrasó toda la tierra,
hasta no dejar nada. Por aquel tiempo
aun no existiría tobas. Los primeros
toba surgieron de la tierra, cogieron un
tizón del gran incendio y se lo
llevaron. Así han obtenido el fuego los
hombres, y lo han mantenido vivo
mediante una raíz que los toba llaman tannara. Empezaron a pescar
además peces
en el río. Pero no existían aún mujeres
toba.
Los chiriguano, que fueron en otro
tiempo una tribu poderosa del sureste de
Bolivia, hablan de una gran inundación
en la que resultó ahogada toda la tribu, con
excepción de un niño y una niña, y en
las resultaron apagadas todas las
hogueras de la tierra. ¿Cómo podían
arreglarse los niños para cocinar el
pescado que cogían? En semejante
tesitura un sapo vino en su ayuda.
Antes de que la Gran Inundación
cubriera toda la tierra, esta prudente
criatura había tomado la precaución de
esconderse en un agujero, guardándose en
la boca unas cuantas brasas encendidas,
que consiguió mantener vivas durante
todo el diluvio soplando sobre ellas
con su aliento. Cuando vio que la
superficie de la tierra está seca de
nuevo, saltó de su agujero con los
carbones prendidos en la boca, y dirigiéndose derechamente a los niños
les otorgó el regalo del fuego. Así
pudieron cocinarse los peces que habían
pescado y calentar sus ateridos cuerpos.
Con el tiempo, crecieron y de su unión
desciende toda la tribu de los
chiriguano.
En el siglo XVI, los indios tupinamba de
los alrededores de Cabo Frío, Brasil,
solían relatar de qué modo el cielo, la tierra, los
pájaros y los animales habían sido creados por un gran ser al
que daban el nombre de Monan y al que,
según se nos dice, atribuían las mismas
perfecciones que nosotros asignamos a
Dios. Este Monan vivía familiarmente con
los humanos hasta que enojado por su
malicia y su ingratitud, se apartó de
ellos e hizo que el fuego del cielo, al
que los tupinamba daban al nombre de tatta, lloviera sobre ellos y arrasara
la superficie de la tierra. Sólo un
hombre, llamado Irin-magé, se salvó de
este incendio, por haberlo transportado
Monan al cielo o algún otro lugar, donde
escapó a la furia de las llamas. Por sus
insistentes súplicas, Monan hizo que
lloviera tan torrencialmente que el
incendio se apagó, y el agua que había
caído en forma de lluvias, se convirtió
en el mar, cuya salinidad se debe a la cenizas que en ella permanecen
desde el Gran Incendio. Según otra
versión de
esta historia, dos hermano con sus
esposas, se salvaron de la Gran Inundación. Con respecto al origen, o
más bien la recuperación del fuego,
después de la Gran Inundación, los
indios decían que durante la catástrofe
Monan había salvado el fuego colocándolo
entre los hombros de una bestia grande
y pesada (el perezoso), de la que los
hermanos sacaron dicho elemento cuando
las aguas se hubieron retirado. Hasta
este día, decían los indios, aún esta
bestia conserva las marcas del fuego en
su hombros. En confirmación de lo cual,
el escritor francés que esta historia
refiere, observa que, "a decir
verdad, si se contempla a esta bestia
desde lejos, como en ocasiones he hecho
cuando se me ha señalado, puede llegar
a suponerse que toda ella está
ardiendo, de tan brillante que es el
color que muestra sobre todo en torno a
los hombros; y ya más de cerca puede
suponerse que recibió quemaduras en la
parte antedicha. Tales marcas aparecen sólo en los machos. Hasta el
día de hoy,
los salvajes llaman a estas marcas del
fuego de la citada bestia bestia ttata-ou
pap, que quiere decir, 'fuego y
hoguera'".
Así, los indios de Cabo Frío, como
tantos otras salvajes, refieren su
historia sobre el origen del fuego, en
parte al menos, para dar cuenta del
peculiar colorido de un animal que les
parecía ser producto de la acción del
fuego.
...Los
jíbaros, tribu india del Ecuador
Oriental, dicen que en tiempos antiguos
sus antepasados no conocían el uso del
fuego, y aderezaban sus vituallas calentándolas bajo sus socados,
recalentando la yuca (raíz comestible)
entre sus mandíbulas, y cociendo los
huevos bajo los rayos del sol. El único
que disponía de fuego era un cierto jíbaro llamado Tacquea, que
sabía cómo
producir fuego frotando entre sí dos
palos. Pero, estando enemistado con el
resto de los jíbaros, ni les prestaba
el fuego, ni tampoco les enseñaba cómo
producirlo. Muchos jíbaros se acercaron
volando (porque en aquellos tiempos
parece que los jíbaros eran pájaros) e
intentaron robarles el fuego a Tacquea,
pero no lo consiguieron. Porque el
astuto Tacquea mantenía su puerta un poco
entornada, y cada vez que un pájaro
intentaba penetrar, cerraba de golpe la
hoja de la puerta y aplastaba al pájaro
entre la hoja y el dintel.
Por fin, se alzó el colibrí y dijo a los
restantes pájaros: "Yo iré a robar
el fuego a casa de Tacquea". Se
remojó las alas y se quedó tirado en
medio del camino, simulando que no podía
volar y temblando de frío. La mujer de
Tacquea, al volver de su huerto, vio al
pájaro y se lo llevó a su casa, para que
pudiera secarse su mojado plumaje junto
al fuego. Pero, como el colibrí era
demasiado pequeño para poder coger en su
pico un tizón entero, decidió introducir su
cola entre las llamas, para que éstas
prendieran, y con su cola llameante voló
hasta un árbol muy alto, de corteza muy
reseca, a los que los jíbaros
llaman mukúna. La corteza del
árbol empezó a arder, y con un trozo de
la corteza ardiendo el colibrí voló
hasta su casa, gritándoles a los
restantes pájaros: "¡Aquí tenéis
fuego!" Tomadlo rápidamente, y
llevároslo, todos. Ahora podéis cocinar
adecuadamente vuestra comida; ya no
necesitáis recalentarla bajo los
sobacos".
Cuando Tacquea se dio cuenta de que el
colibrí había logrado escapar con el
fuego, se sintió humillado y se le
reprochó a su familia diciendo:
"¿Cómo dejasteis que ese pájaro
entrara a robar mi fuego? Ahora todo el
mundo tendrá fuego. Vosotros sois los
responsables de este robo". Desde
entonces, los jíbaros han tenido fuego
y han aprendido el arte de encenderlo
mediante el frotamiento de dos trozo de
madera de álamo". (*)
(*)
Fuente:
James Frazer, "El
origen del fuego en Sudamérica",
en Mitos sobre el origen del fuego,
Librería Altari, Barcelona, 1986,
pp.117-128.
|
Abajo,
izquierda, en imagen para ampliar,
obra de Quinquela Martín en torno
a un fiesta popular del
fuego.
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EL
MITO
GUARANÍ DEL
ORIGEN
DEL
FUEGO
Por
Girala Yampey
0
|
Arriba,
niña guaraní entregada a un
hábil trabajo de cestería. |
En
todas las comunidades, el
uso del fuego es
imprescindible, vital. Los
guaraníes tiene una
explicación mítica sobre la
forma en que han logrado
hacerse nuevamente del
valioso elemento que le
otorga Ñanderuguasu y que,
al parecer, lo habían
perdido, sin que haya una
explicación de cómo ni
por qué.
Los Mellizos lo recuperaron
de los yryvu kuéra (cuervos)
seres despreciables y egoístas, que se
habían
apoderado del indispensable
factor y lo guardaban celosamente,
custodiándolo en todo momento
para que
nadie pudiera utilizarlo.
Las negras aves carroñeras
se habían convertido en sus
exclusivas dueñas.
Ñanderyke'y,
planeó un
artilugio para rescatarlo
de sus detentadores, pues
resultaba esencial para el
desarrollo de la vida. El
fuego tiene una aureola
sagrada que atrae a todo los
seres vivientes. Siendo capaz
de destruir la existencia, a
la vez, ofrece condiciones
de fatalidad tan poderosas
que la vida no podría
desarrollarse sin él. En
los fogones, las miradas se
encandilan en la danzas de
sus llamas que cobijan las
imaginaciones de la mente.
Su energía es la que cuece
los alimentos. Su fuerza
provee tibieza para el hogar
y purifica de todo el mal.
Su calor protege del crudo
invierno y madura las ideas
y los sentimientos.
Esperando lograr que su plan
sea exitoso, Ñanderyke'y, se
hizo acompañar de su
hermano menor a la zona
donde moran las grandes aves
de rapiña. Al avistarlas,
ocultó a Tyvra'i
entre
unos arbustos y, simulando
estar muerto, se echó en el
suelo, emitiendo nauseabundamente olores. Los
cuervos descubrieron
enseguida la presencia del
supuesto cadáver. Sus finos
olfatos percibieron muy
pronto el olor del alimento
y sus penetrantes miradas
ubicaron rápidamente la
presa. Con prudencia,
rondaron el lugar
sobrevolando al bulto
tumbado. Al notar que todo
estaba tranquilo y
comprobar la ausencia de
otros poderes, trajeron el
fuego. Una vez dispuestos
los encendidos carbones
sobre el cuerpo tendido, se
posaron en las ramas de unos
árboles cercanos y esperaron
que se cocinara la presa.
Repentinamente, el mayor de
los Gemelos, se incorporó
y, sacudiéndose enérgicamente,
arrojó una multitud de
brasas a su alrededor. En
ese momento, un kururu
(sapo), implicado en la
artimaña, saltó desde su
escondite sobre las ascuas
desparramadas y tragó varias
de ellas. Los engañados
cuervos recogieron
prestamente sus fuegos y
emprendieron una veloz huida
despavorida. Entonces,
Ñanderyke'y, ordenó al sapo
que le entregara lo que había recogido pero este se
resistió y queriendo
engañarlo, dijo no haber
tomado ninguno. Ante la insistencia y la amenaza de
castigo, optó por vomitar
varios carbones encendidos. Cuentas que,
desde aquel tiempo, el sapo
quedó con la piel rugosa,
como ampollada, debido a la
lumbre que había
tragado.
Al recuperan el fuego, el héroe
guaraní, lo deposito
dentro del tronco de varios
árboles cuyas ramas, hasta
hoy, contienen la fuerza ígnea que se les
entregó en custodia. Ñanderyke'y,
conservó ése secreto y
conoce cómo obtener el
fuego. Sabe cómo usarlo y
controlarlo. Él, lo preservó
al almacenarlos en esos gajos que, cuando
están bien
secos, frotados unos con
otros, reproducen el valioso
elemento. Ese conocimiento
lo transmitió a la
descendencia guaraní que
aprendió cómo generarlo
desde esas ramas. Es uno de
los legados que Ñanderyke'y,
ha dejado para uso perenne.
El tesoro de luz y calor había
vuelto a menos de los
moradores de las selvas,
pero parece ser que la
aculturación les hizo
olvidar la forma de
originarlo. Ahora, esa
habilidad es reemplazada
por el simple fósforo, que
tiene que comprar.
El
origen del fuego constituye
un Mito guaraní, también lo
es el Fuego en sí mismo. La
forma de generarlo es un
ritual de raíz sagrada.
Ambas creencias están
dentro de lo sacro.
Trascienden la mera
enunciación de la
ocurrencia. Superan el
simple relato. Tienen
influencia en la mentalidad
y la conducta colectiva.
(*)
Fuente:
Girala Yampey, Mitos y
leyendas guaraníes,
Universidad Nacional del
Nordeste, Resistencia
(Chaco, Argentina, ), 2003,
pp. 31-33.
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 Imagen
para ampliar El
fuego: los pechos rojizos y danzantes de
la materia creadora. La naturaleza ebria
de luces (Foto Rubén Sotera). |
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En la obra de James Frazer
mencionada,
arriba,
La rama dorada,
sobre los festivales ígnicos en Europa,
como los fuegos cuaresmales y pascuales,
los fuegos de Beltane. Y también una
interpretación simbólica de los
festivales mediante una teoría solar.
En
Mircea Eliade,
El
chamanismo y las técnicas arcaicas del
éxtasis,
Fondo de Cultura Económica, en el
capitulo XIII, Mitos, símbolos y ritos
paralelos, en sección "El calor
místico", pueden investigar el
vínculo entre el fuego y las ancestrales
prácticas chamánicas.
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