Las
aguas y los gérmenes
En
una fórmula sumaria, podría decirse que
las aguas simbolizan la totalidad de las
virtudes; son fons et origo, la
matriz de todas las posibilidades de
existencia. "Aguas eres la fuente de
toda cosa y de toda existencia", dice
un texto indio, sintetizando la larga
tradición védica. Las aguas son los
cimientos del mundo entero; son la esencia
de la vegetación, el elíxir de la
inmortalidad, semejantes a la amrita;
aseguran larga vida creadora y son el
principio de toda curación, etc.
"¡Que las aguas nos traigan el
bienestar!", rogaba el sacerdote
védico. "¡Las aguas, en verdad, son
curadoras; las aguas expulsan y curan
todas las enfermedades!".
Principio
de lo indiferencial y de lo virtual,
fundamento de toda manifestación
cósmica, receptáculo de todos los
gérmenes, las aguas simbolizan la
sustancia primordial de la que nacen todas
las formas y a la que vuelven, por
regresión o por cataclísmo. Fueron al
comienzo, retornan al final de todo ciclo
cósmico, existirán siempre -aunque nunca
solas- porque las aguas son siempre
germinativas, encerrando en su unidad no
fragmentadas las virtudes de todas las
formas. En la cosmogonía, en el mito, en
el ritual, en la iconografía, las aguas
llenan la misma función, cualquiera que
sea la estructura de los conjuntos
culturales en los que se encuentran:
proceden a toda forma y sostienen toda
creación. La inmersión en el agua
simboliza la regresión a lo preformal, la
regeneración total, el nuevo nacimiento,
pues una inmersión equivale a una
disolución de las formas, a una
reintegración en el modo indiferenciado
de la preexistencia; y la salida de las
aguas repite el gesto cosmogónico de la
manifestación formal, el contacto con el
agua implica siempre la regeneración; por
una parte, porque la disolución va
seguida de un nuevo nacimiento", por
otra parte porque la inmersión fertiliza
y aumenta el potencial de vida y de
creación. El agua confiere un "nuevo
nacimiento" por un ritual iniciático,
cura por un ritual mágico, asegura el
renacimiento post mortem por
rituales funerarios. Incorporado en sí
todas las virtualidades, el agua se
convierte en símbolo de vida (el
"agua viva", rica en gérmenes,
fecunda la tierra, los animales, la
mujer). Receptáculo de toda virtualidad,
fluido por excelencia, soporte del devenir
universal, el agua es comparada, o
directamente asimilada con la luna. Los
ritmos lunares y acuáticos están
orquestados por el mismo destina:
gobiernan la aparición y desaparición
periódicas de todas las formas, dan al
universal devenir una estructura cíclica.
Por
eso, desde la prehistoria, el conjunto
luna-agua-mujer era percibido como el
círculo antropomórfico de la fecundidad.
En los vasos neolíticos, era representada
por el signo vvv que es también el más
antiguo jeroglifo para el agua corriente.
Ya en el paleolítico, la espiral
simbolizaba la fecundidad acuática lunar;
marcada sobre ídolos femeninos,
homologaba todos estos centros de vida y
de fecundidad. En las mitologías
amerindias, el signo glífico del agua,
representado por un recipiente lleno de
agua en el que cae una gota proveniente de
una nube, se encuentra siempre asociado a
emblemas lunares. La espiral, el caracol
(emblema lunar), la mujer, el agua, el
pescado, pertenecen constitucionalmente al
mismo simbolismo de fecundidad,
verificable en todos los planos cósmicos.
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Arriba,
izquierda, espumas
blancas del mar vivo que
susurra su palabra desconocida
sobre las algas y la costa. |
El
riesgo de todo análisis es fragmentar y
pulverizar en elementos separados lo que
para la conciencia que los representó
componía una sola unidad, un cosmos. El
mismo símbolo indicaba o evocaba una
serie entera de realidades que no son
separables y autómatas salvo en una
experiencia profana. La multivalencia
simbólica de un emblema o de una palabra
perteneciente a las lenguas arcaicas nos
hace observar continuamente que, para la
conciencia que los forjó, el mundo se
revelaba como un todo orgánico. En
sumerio, a significaba aguas, pero
significaba igualmente "esperma,
concepción, generación". En la
glíptica mesopotámica, por ejemplo, el
agua y el pez simbólico son los emblemas
de la fecundidad. Todavía en nuestros
días, entre los primitivos, el agua se
confunde (no siempre en la experiencia
corriente, pero regularmente en el mito)
con el semen viril. En la isla de Wokuta,
un mito recuerda cómo una muchacha
perdió su virginidad por que dejó que la
lluvia tocase su cuerpo; y el mito más
importante de la isla Trobriand revela que
Bolutukwa, la madre del héroe Tudava, se
hizo mujer a consecuencia de algunas gotas
de aguas caídas de una escalinata. Los
indios prima de Nuevo México tienen un
mito semejante: una mujer muy hermosa (la
tierra madre) fue fecundada por una gota
de agua caída de una nube.
Cosmogonías
acuáticas
Aunque
separados en el tiempo y en el espacio,
estos hechos constituyen, sin embargo, un
conjunto de estructura cosmológica. El
agua es germinativa, fuente de vida, en
todos los planos de la existencia. La
mitología india ha popularizado en
múltiples variantes el tema de las aguas
primordiales, sobre las cuales flotaba
Naravana, cuyo ombligo hacía brotar el
árbol cósmico. En la tradición
puránica, el árbol está sustituido por
el loto, en medio del cual nace Brahma.
Sucesivamente aparecen otros dioses (varuna,
Prajapati, Purusha, etc.) -fórmulas que
expresan el mismo mito cosmogónico, pero
las aguas permanecen. Mas tarde, esta
cosmogonía acuática se convierte en un
motivo corriente en la iconografía y el
arte decorativo: la planta o el árbol se
eleva de la boca o del ombligo de un
Yaksas (personificación del agua
fecunda), de las gargantas de un monstruo
marino (makara), de un caracol o de una
"vasija llena" -pero nunca
directamente de un símbolo que
representase a la tierra. Pues, como hemos
visto, las aguas preceden y sostienen a
toda la creación, a todo establecimiento
firme, a toda manifestación cósmica.
Las
aguas sobre el Narayana flotaba en una
beata despreocupación simbolizan el
estado de reposo y de indiferenciación,
la noche cósmica. Incluso Narayana
dormía. Y de su ombligo, es decir, de un
centro toma vida la primera vida cósmica:
el loto, el árbol, símbolo de la
ondulación universal, de la savia
germinativa, pero somnolienta, de la vida
de donde la conciencia todavía no se ha
desprendido. La creación entera nace de
un receptáculo y se apoya en él. En
otras variantes, Vishnú, en su tercera
reencarnación (un jabalí) desciende a
las profundidades de las aguas
primordiales y saca a la tierra del
abismo.
La
tradición de las aguas primordiales de
las que nacieron los mundos se encuentra
en un número considerable de variantes en
las cosmogonías arcaicas y
"primitivas".
Hilogenias
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Arriba,
derecha, "Los caballos de
Neptuno" (1892), por
Walter Crane.
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Puesto
que las aguas son la matriz universal en
la que subsisten todas las virtualidades y
prosperan todos los gérmenes, es fácil
comprender los mitos y las leyendas que
hacen derivar de ellas al género humano o
a una raza particular. En la costra sur de
Java, se encuentra un segara anakkan,
un "mar de los niños". Los
indios del Brasil se acuerdan todavía de
los tiempos míticos, "cuando se
encontraban todavía en el agua".
Juan de Torquemada, describiendo las
ilustraciones bautismales de los recién
nacidos en México, nos conservó algunas
de las fórmulas con las cuales se
consagraba al niño a la diosa del agua
Chalchihuitlicua Chalchiuhtlatonac,
considerada como su verdadera madre.
Antes
de sumergirlo en agua, se decía:
"Toma esta agua, pues esta diosa es
tu madre. Que este baño te lave de los
pecados de tus padres..." Después,
tocando la boca, el pecho y la cabeza con
agua, se añadía: "Recibe, niño, a
tu madre, la diosa del agua". (...)
Muchas
creencias de esta clase están
contaminadas por la concepción de la
tierra madre y por el simbolismo erótico
de la fuente. Pero bajo estas creencias,
como bajo todos los mitos de la
descendencia de la tierra, de la
vegetación, de la piedra, encontramos la
misma idea fundamental: la vida, es decir,
la realidad, se encuentra concentrada en
una sustancia cósmica de la que deriva,
por descendencia directa, toda forma
viviente. Los animales acuáticos, sobre
todo los peces y los monstruos marinos, se
convierten en emblemas sagrados, porque
sustituyen e la realidad absoluta
concentrada en las aguas.
El
agua de la vida
Símbolo
cosmogónico, receptáculo de todos los
gérmenes, el agua se convierte en
sustancia mágica y medicinal por
excelencia; cura, rejuvenece, asegura la
vida eterna. El prototipo del agua es el
"agua viva" que la especulación
ulterior proyectó a veces en las regiones
celestes -del mismo modo que existe una
soma celeste, un homa blanco en el cielo,
etc. El agua viva, las fuentes de la
juventud, el agua de la vida, etc. Son
fórmulas míticas de una misma realidad
metafísica: en el agua reside la vida, el
vigor y la eternidad. Esta agua,
naturalmente no es accesible a cualquiera
y de cualquier manera. Está guardada por
monstruos. Se encuentra en territorios
difíciles de alcanzar, en posesión de
demonios o de divinidades, etc. El camino
hacia su fuente y la obtención del
"agua viva" implica una serie de
consagraciones y de pruebas, exactamente
como en búsqueda del árbol de la vida.
El "río sin edad" se encuentra
cerca del árbol milagroso del que habla
el Kausitaki Upanisad, 1, 3. Y en el
Apocalipsis(22, 1-2) los símbolos se
encuentran lado a lado: "Me mostró
el río y el agua de la vida, límpida
como el cristal, que surge del trono de
Dios y del cordero...Y en las dos orillas
del río crece el árbol de la vida"
(Ezequiel 47).
El
agua viva rejuvenece y da la vida eterna;
toda agua por un proceso de participación
y de degradación, que se nos presentará
más claramente en el transcurso de esta
obra, es eficiente, fecunda medicinal.
Todavía en nuestros días, en Cornualles,
los niños enfermos son sumergidos tres
veces en el pozo de san Mandrón. En
Francia el número de ríos y manantiales
con propiedades curativas es considerable.
Hay también fuentes benéficas sobre el
amor. Aparte de estas fuentes, otras aguas
poseen un valor en la medicina popular. En
la India, las enfermedades son proyectadas
en las aguas. Y para cerrar esta revisión
sumaria de las virtudes maravillosas de
las aguas, recordemos el papel del
"agua no comenzada", en la
mayoría de los sortilegios y de las
meditaciones populares. El agua no
comenzada, es decir la de una vasija
nueva, no profanada por el uso cotidiano,
concentra en sí las valencias
germinativas y creadoras del agua
primordial. Cura, porque en cierto sentido
rehace la creación. En el caso de la
terapia popular con el agua "no
comenzada", se busca la regeneración
mágica del enfermo por el contacto con la
sustancia primordial; el agua absorbe el
mal gracias a su poder de asimilación y
de desintegración de todas las formas.
Simbolismo
de la inmersión
La
purificación por el agua posee las misma
propiedades; en el agua todo se disuelve,
toda forma se desintegra toda historia es
abolida; nada de lo que existió
anteriormente subsiste, ningún perfil,
ningún signo, ningún acontecimiento. La
inmersión equivale en el plano humano a
la muerte, y el plano cósmico a la
catástrofe (el diluvio) que disuelve
periódicamente el mundo en el océano
primordial. Desintegrando toda forma y
aboliendo toda historia, las aguas poseen
esa virtud de purificación, de
regeneración y de renacimiento; porque lo
que es sumergido en ellas muere, y al
volver a salir de las aguas, es semejante
a un niño sin pecado y sin historia,
capaz de percibir una nueva revelación y
de comenzar una nueva vida propia.
Las
aguas purifican y regeneran porque anulan
la historia, restauran la integridad
auroral. El mismo mecanismo ritual de la
regeneración por las aguas explica la
inmersión de la estatua de las
divinidades en el mundo antiguo. El ritual
del baño sagrado era practicado
habitualmente en el culto de las grandes
diosas de la fecundidad y de la
agricultura. Las fuerzas agotadas de la
divinidad se reintegraban así, asegurando
una buena cosecha (la magia de la
inmersión provoca la lluvia) y la fecunda
multiplicación de los bienes. El 27 de
marzo tenía lugar el baño de la madre
frigia, Cibeles La inmersión de estatua
bien se hacía en un río, bien en un
estanque. El baño de Afrodita era
conocido en Pafos y los lutróforos de la
diosa Sicyone nos son descritos por
Pausanias. El ritual era frecuente en el
culto de las divinidades femeninas
cretences y fenicias como entre las varias
tribus germanas. La inmersión del
crucifijo o de la estatua de la virgen
María y de los santos, para conjurar la
sequía y obtener la lluvia, se practicaba
en el catolicismo desde el siglo XIII y se
continúa, a pesar de la resistencia
eclesiástica, hasta los siglos XIX y XX.

Simbolismo
del diluvio
Las
tradiciones de diluvios se enlazan casi
todas con la idea de la reabsorción de la
humanidad en el agua y con la institución
de una nueva época, con una nueva
humanidad. Delatan una concepción
cíclica del cosmos y de la historia: una
época es abolida por la catástrofe y una
nueva era comienza, dominada por hombres
nuevos. Esta concepción cíclica queda
confirmada también por la convergencia de
los mitos lunares con los temas de la
inundación y de diluvio, pues la luna es
por excelencia el símbolo del devenir
rítmico de la muerte y de la
resurrección. Así como las fases lunares
gobiernan las ceremonias de iniciación
-cuando el neófito muere, a fin de
resucitar- del mismo modo la luna se
encuentra en estrecha conexión con las
inundaciones y el diluvio que aniquilan a
la vieja humanidad y preparan la
aparición de una humanidad nueva.
No
tenemos que insistir en este capitulo en
la concepción cíclica de la absorción
en las aguas, concepción que se encuentra
en la base de todos los Apocalipsis y de
los mitos geográficos (la Atlántida,
etc.). Queremos subrayar el carácter
universal y la coherencia de los temas
míticos neptunianos. Las aguas preceden a
toda creación y la reabsorben
periódicamente a fin de refundirla en
ellas, de purificarla, enriqueciéndola al
mismo tiempo con nuevas letencias,
regenerándola. La humanidad desaparece
periódicamente en el diluvio o e la
inundación a causa de sus pecados. Nunca
perece definitivamente sino que reaparece
bajo una nueva forma, volviendo a tomar el
mismo destino, esperando el retorno de la
misma catástrofe que la reabsorberá en
las aguas.
No
sé si se puede hablar de una concepción
pesimista de la vida. Es más bien una
visión resignada por la intuición misma
del conjunto agua-luna-devenir. El mito
del diluvio, con todas sus implicaciones,
revela cómo la vida puede ser valorizada
por otra conciencia humana;
"vista" desde el nivel
neptuniano, la vida humana aparece como
una cosa frágil que hay que reabsorber
periódicamente, porque el destino de
todas las formas es disolverse a fin de
poder reaparecer. Si las formas no fuesen
regeneradas por su reabsorción en las
aguas, se deteriorarían sus posibilidades
creadoras. Las maldades acabarían por
desfigurar a la humanidad; vaciada de los
gérmenes y de las fuerzas creadoras, la
humanidad se resquebrajaría decrépita y
estéril. En lugar de la regresión lenta
en formas subhumanas, el diluvio trae la
reabsorción instantánea en las aguas, en
las cuales los pecados son purificados y
de las cuales nacerá la nueva humanidad,
regenerada.
Síntesis
Así
todas las valencias metafísicas y
religiosas de las aguas constituyen un
conjunto de una coherencia perfecta. A la
cosmogonía acuática corresponden las
hilogenias, las creencias en que el
género humano nació de las aguas. Al
diluvio o al sepultamiento de los
continentes en las aguas corresponde, en
nivel humano a la segunda muerte del alma
o a la muerte ritual, iniciática del
bautismo. Pero, tanto en el nivel
cosmológico como en el nivel
antropológico, la inmersión en
las aguas
no equivale a una extinción definitiva,
sino únicamente a una reintegración
pasajera en lo indistinto, a la que sucede
una nueva creación, una nueva vida, o un
hombre nuevo, según que nos encontremos
frente a un momento cósmico, biológico o
soteriológico. Desde el punto de vista de
la escritura, el diluvio es comparable al
bautismo y la libación funeraria o el
entusiasmo ninfoléptico a las
lustraciones de los recién nacidos o a
los baños rituales primaverales que
proporcionan la salud y la fertilidad.
Cualquiera
sea el conjunto religioso en que se
presentan, las funciones de las aguas se
muestran siempre igual: desintegran, lavan
los pecados, purificando y regenerando al
mismo tiempo. Su destino es preceder a la
creación y reabsorberla, no pudiendo
rebasar nunca su propia modalidad, es
decir, no pudiendo manifestarse en
"formas". Las aguas no pueden
rebasar la condición de los virtual, de
los gérmenes y de las latencias. Todo lo
que es forma se manifiesta por encima de
las aguas, desprendiéndose de las aguas.
Recíprocamente, apenas desprendida de las
aguas, dejando de ser virtual, toda forma
cae bajo la ley del tiempo y de la vida;
adquiere límites, conoce la historia,
participa en el devenir universal, se
corrompe y termina por vaciarse de su
sustancia, si es que no se regenera por
inmersiones periódicas en las aguas, si
no se repite el diluvio seguido de la
cosmogonía. Las lustraciones y las
purificaciones rituales con el agua tienen
por finalidad la actualización
fulgurante de aquel tiempo, in illo
tempore, cuando tuvo lugar la
creación; son la repetición simbólica
del nacimiento de los mundos o del hombre
nuevo. Todo contacto con el agua, cuando
es practicado con una intención
religiosa, resume los dos momentos
fundamentales del ritmo cósmico: la
reintegración en las aguas y la
creación. (*)