En
el proceso de su emancipación del hombre
participa en el destino del mundo que lo
circunda. El dominio sobre la naturaleza incluye
el dominio sobre los hombres. Todo sujeto debe
tomar parte en el sojuzgamiento de la naturaleza
externa -tanto la humana como la no humana- y, a
fin de realizar esto, debe subyugar a la
naturaleza dentro de sí mismo. El dominio se
"internaliza" por amor al dominio. Lo
que comúnmente se define como meta-la felicidad
del individuo, la salud y la riqueza-, debe su
significación exclusivamente a su posibilidad de
volverse funcional. Tales nociones indican
condiciones favorables para la producción
intelectual y material. Por eso, la abnegación
del individuo no tiene en la sociedad industrial
meta alguna situada más allá de la sociedad
industrial. Semejante renuncia produce
racionalidad respecto a los medios e
irracionalidad respecto al existir humano. No
menos que el individuo mismo, la sociedad y sus
instituciones llevan el sello de esta
discrepancia. Puesto que la subyugación de la
naturaleza, dentro y fuera del hombre, se va
llevando a cabo sin un motivo que tenga sentido,
la consecuencia no es un verdadera trascender
las naturaleza o una reconciliación con ella,
sino la mera opresión.
La resistencia y la sublevación que surgen a
causa de esta opresión de la naturaleza asaltan
a la civilización desde sus comienzos, en forma
de rebeliones sociales -tales como los espontáneos levantamientos campesinos del
siglo XVI o los tumultos raciales de nuestros días, inteligentemente puestos en escena, como
asimismo en forma de crimines y perturbaciones
mentales individuales-. Es típico de nuestra era
el manejo de esta rebelión por las fuerzas
dominantes de la propia civilización, la
utilización de la revuelta como medio de
eternización de precisamente aquellas
condiciones que la provocan y contra las cuales
se dirige. La civilización, en cuanto
irracionalidad racionalizada, hace que la rebelión de la naturaleza se la integre como un
medio más, como un instrumento más.
(...)
En la división de trabajo altamente
desarrollada, la expresión se ha
convertido en
un instrumento usado por técnicos al servicio de
la industria. Quien pretenda ser escritor puede
inscribirse en determinado colegio y aprender
las numerosas combinaciones que pueden ser
elaboradas de acuerdo con un lista de fábulas
aderezadas. Estos esquemas están coordinados, en
cierta medida, con las exigencias de otras
agencias de la cultura de más, en especial con los de la industria
cinematográfica. Cuando se
escribe una novela, ya se piensa en sus
posibilidades de filmación; cuando se compone
una sinfonía o se escribe un poema, se tiene
en cuenta sus valores publicitarios.
Antaño la aspiración del arte, la literatura y
la filosofía consistía en expresar el sentido
de las cosas y de la vida, en ser la voz de
todo lo que es mudo, en prestar a la naturaleza
un órgano para comunicar sus padecimientos o,
como podríamos decir, en dar a la realidad su
verdadero nombre. Hoy la naturaleza se ve
privada de su lenguaje. En un tiempo se creía
que toda manifestación, toda palabra, todo grito
o todo gesto tenía un significado interior; hoy
se trata de un mero proceso.
La historia del chico que, mirando al cielo,
pregunto: "Papa, ¿para qué artículo hace
propaganda la luna?", es una alegoría
acerca de lo que se ha hecho de la relación
entre el hombre y la naturaleza en la edad de la
razón formalizada. Por un lado, la naturaleza se
vio desprovista de todo sentido o valor interno. Por el otro, al hombre le quitaron
todas las metas salvo el de la autoconservación.
El hombre intenta convertir todo lo que está a su
alcance en un medio para ese fin. Toda palabra o
sentencia que tenga otras implicaciones que las
pragmáticas resulta sospechosa. Cuando un hombre
se le sugiere que admire una cosa, que respete
un sentimiento o una actitud, que ame una persona
por ella misma, esto se le hace sospechoso de
sentimentalismo y teme que pueden burlarse de él
o tratar de venderle algo. Aunque a los hombres
no se les ocurra preguntar para qué ha de hacer
publicidad la luna, se inclinan sin embargo a
pensar en ella en términos de balística, o de
distancias siderales que puede ser recorridas.
|
Arriba,
en imagen para ampliar, el
viento poderoso en la regiones
árticas. La naturaleza
colérica capaz de rebelarse,
y mostrarse con una realidad
otra, ajena a su reducción a
mero uso instrumental por el
hombre. |
(...) Mientras los medios de producción
siguen siendo primitivos, también las
formas de la organización social son
primitivas. Las instituciones de las
tribus polinesias reflejan la presión
inmediata y avasalladora de la naturaleza.
Su organización social se ve estructurada
por sus necesidades materiales. La gente
vieja, más débil que la joven pero más
experta, hace los planes para la cacería,
la construcción de puentes, la elección de
sitios para los campamentos, etc.; los más
jóvenes deben obedecer. Las mujeres, más
débiles que los hombres, no salen a cazar
y no participan en la preparación y el
consumo de las piezas de caza mayor; su
deber consiste en recolectar plantas y
pescar besugos. Los sangrientos ritos mágicos sirven en parte para iniciar a la
juventud y en parte para infundirle un
tremendo respeto ante el poder de los
sacerdotes y de los viejos.
Lo que es válido para los primitivos, lo es
también para comunidades civilizadas: las
especies de armas o de máquinas que
utiliza el hombre en las diversas etapas
de su desarrollo requieren determinadas
formas de mando y obediencia, de cooperación y
subordinación, y de este
modo tales condiciones actúan también
tratándose de la producción de
determinadas formas jurídicas, artísticas
y religiosas. Durante su larga historia el
hombre ha alcanzado a veces un grado tal
de libertad respecto a la presión
inmediata de la naturaleza, que pudo
ponerse a reflexionar sobre la naturaleza
y la realidad sin hacer con ello planes
directos o indirectos para su
autoconservación. Estas formas
relativamente independientes del pensar
que Aristóteles describe como contemplación
teórica, se cultiva sobre
todo en la filosofía. La
filosofía
aspiraba a una intelección que no había de
servir a cálculos utilitarios, sino que
debía estimular la comprensión de la
naturaleza en sí y para sí.
|
Abajo,
izquierda, imagen felina y
exuberante de un chita. Expresión
del mundo animal también sometido
a la concepción capitalista y
pragmática de la naturaleza. |
(...) La indiferencia moderna frente a la
naturaleza constituye en verdad tan solo
una variante de las actitud pragmática,
que es típica de la civilización
occidental en su totalidad. Las formas son
diferentes. El primitivo cazador de
nutrias norteamericano veía en las
llanuras o en las montañas únicamente la
perspectiva de una buena caza; el hombre
de negocios moderno ve en el paisaje una
oportunidad favorable para la colocación
de letreros de propaganda de cigarrillos.
El destino de los animales en nuestro
mundo aparece simbolizado en una noticia
que hace algunos años recorrió los periódicos. Informaba que los aterrizajes
de aviones en África se venían a menudo
obstaculizados por manadas de elefantes y
de otros animales. Los animales son
considerados en este caso simplemente como
obstáculo de tránsito. Esta representación
del hombre como amo se remonta hasta los
primeros capítulos del Génesis. Los pocos
mandamientos que favorecen a los animales
se encuentran en la
Biblia han sido
interpretados por los pensadores
religiosos más eminentes, como Pablo, Tomás de Aquino y Lutero, de
modo tal que únicamente afectan la
educación moral del
hombre y no se refieren en absoluto a
alguna obligación del hombre para con las
demás criaturas. Sólo el alma del hombre
puede salvarse; los animales únicamente
tienen el derecho de sufrir.
(...) En la teología y en la metafísica
tradicionales la naturaleza se concebía,
en un sentido amplio, como lo malo, y lo
espiritual o lo sobrenatural como lo
bueno. En el darwinismo popular, lo bueno
es lo bien adaptado y el valor de aquello
a lo cual el organismo se adapta no se
discute o se lo mide únicamente según la
pauta de una adaptación subsiguiente.
Estar bien adaptado al medio ambiente
equivale sin embargo a estar en
condiciones de poder enfrentarlo con éxito,
de dominar las fuerzas que rodean a uno.
Es así como la negación teórica del
antagonismo entre espíritu y naturaleza
-tal como está implícita incluso en la
enseñanza sobre el efecto recíproco de
las diversas formas de la vida orgánica,
comprendido el hombre- significa en la práctica a menudo adherirse al principio
del dominio constante y extremo del hombre
sobre la naturaleza. Considerar a la razón
como un organismo natural no significa
despojarla de la tendencia al dominio ni
le presta tampoco mayores posibilidades de
reconciliarse con la naturaleza.
(...) Las doctrinas que exaltan la
naturaleza o el primitivismo a costa del
espíritu, no favorecen la reconciliación
con la naturaleza; por el contrario,
expresan enfáticamente frialdad y ceguera
frente a la naturaleza. Cada vez que hace
deliberadamente de la naturaleza su
principio, el hombre cumple una regresión
hacia instintos primitivos. Los niños son
crueles en sus reacciones miméticas,
porque no comprenden realmente los
sufrimientos de la naturaleza. Casi como
los animales, se tratan a menudo
mutuamente con frialdad y despreocupación,
y sabemos que incluso las bestias
gregarias se aíslan cuando están juntas,
aunque el aislamiento individual puede
comprobarse con mucha mayor frecuencia
entre animales que no conviven y en grupos
de animales de diversa especie. Sin
embargo, todo esto ofrece hasta cierto
punto un aspecto de inocencia. Los
animales no piensan racionalmente y, en
cierto sentido, tampoco los niños. Pero
cuando los filósofos y los políticos
renuncian a la razón, al capitular ante la
realidad se produce una forma mucho más
grave de regresión, que culmina en forma
inevitable en una confusión entre verdad
filosófica y autoconservación despiadada y
guerra.
En una palabra, para bien y para mal,
somos los herederos de la Ilustración y
del progreso técnico. Oponerse a ellos
mediante una regresión a etapas primitivas
no constituye un paliativo para la crisis
permanente que han provocado. El único
modo de socorrer a la naturaleza consiste
en liberar de sus cadenas a su aparente
adversario, el pensar independiente. (*)