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LA
GUERRA
CONTRA LA NATURALEZA. Por Guillermo Enrique Hudson
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PRESENTACIÓN

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Cae
el sudor del que labra
la tierra dura. En muchas frentes húmedas, en
muchos brazos que sostienen picos o
arados, o modernas y sofisticadas tecnologías
de labranza, hay un anhelo de seguro control de
la naturaleza. El humano suspira ante el
sueño de la natura definitivamente sometida.
Pero, entonces, Ella enciende la hoguera de la
resistencia. El torbellino para expulsar a los
supuestos conquistadores. Convoca Ella a sus
aliados: el viento, el agua, el fuego, las
langostas. Y crea Ella la inundación, la sequía,
las palabras y el viento recio. Que lanzan lluvias
de puñales contra los agresores. Si el humano
quiere combatirla a Ella no vencerá. En la
guerra contra la naturaleza, sólo el eterno
clarín vencedor de Ella sonará. Con este nervio
poético y profético el gran escritor Guillermo
Enrique Hudson imagina y narra la batalla entre
la ambición humana de dominio y la avalancha
demoledora de Ella.
De padres norteamericanos, Hudson nació en la
provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1841. A
los 32 años partió hacia Inglaterra donde
vivió hasta su muerte en 1922. Toda su obra fue
escrita en inglés; sin embargo, su único tema
esencial es la geografía pampeana y patagónica,
su flora y su fauna, los cantos de
los pájaros, los ritmos de la naturaleza. La
música de las llanuras y las rocas.
Hudson
es uno de los más brillantes prosistas de la
literatura americana. Su lectura deparará al
lector un hontanar intenso de placeres y una
sabiduría nutrida por lo telúrico.
En esta palpitación de Kenos
3,
la literatura de Hudson nos conducirá al valle vivo y enérgico
de las fuerzas naturales. Aunque el tecnificado y urbano hombre moderno lo
olvide, Ella es la fuente de nuestro cuerpo y
también es la humedad a la que tarde o temprano
regresaremos.
Esteban
Ierardo
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Arriba,
el lago Queni en Neuquén, la Patagonia
Argentina, una expresión de la
Naturaleza frente a la que el hombre
instaura no una relación de gozosa
contemplación estética sino de
control y manipulación (foto Sergio
Armand). |
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LA
GUERRA
CONTRA LA NATURALEZA
Por
Guillermo Enrique Hudson
Para
el hombre habituado a las comodidades de la
civilización
y familiarizado con las labores manuales ¡qué dura le
parecerá la suerte del colono que ha dejado detrás suyo
la existencia fácil y los sueños hermosos y sólo tiene
ante sí la perspectiva de largos años de trabajos
continuos, pensando que cada día lo incapacitará cada
vez más para volver a la dulce vida del pasado! Mientras
tanto, y como único premio, sólo tendrá el suficiente
alimento para satisfacer su apetito y una rústica
vivienda para defenderse del calor o del frío, de las
torrenciales lluvias del invierno y de las
enceguecedoras nubes de polvo del verano. Sin embargo es
feliz, porque para compensar las comodidades
desaparecidas y los vanos esplendores hay algo más noble
en su dura existencia que cualquier esperanza de lograr
una prosperidad futura.
La sensación que experimenta el colono, desde el
instante que se interna en el desierto, es que tendrá
que sostener una lucha continua, no habiendo sentimiento
comparable a éste para templarlo e inspirarlo con un
sano y verdadero interés por la vida. A ello se agrega
el encanto de la novedad que causa esa interminable
sucesión de sorpresa que la Naturaleza le prepara al
poblador, algo desconocido en la vida rural de las
regiones que han estado mucho tiempo bajo cultivo. Los
más grandes desastres y dificultades tienen la virtud de
acentuar este encanto, y de ahí que disminuya su poder
para abatir el espíritu humano.
(...)
Es
duro vivir en el seno de una Naturaleza
indomada o sometida a medias, pero hay en
ello una maravillosa fascinación. Desde
nuestro confortable hogar en Inglaterra,
la naturaleza nos parece una paciente
trabajadora, obedeciendo siempre sin
quejarse, sin rebelarse nunca y sin
murmurar contra el hombre que le impone
sus tareas; asi puede cumplir la labor
asignada, aunque algunas veces las fuerzas
le fallen. ¡Qué extraño resulta ver a
esta Naturaleza, insensible e inmutable,
transformada más allá de los mares en
una cosa inconstante y caprichosa, difícil
de gobernar; una hermosa y cruel
ondina que maravilla por su originalidad y
que parece más amable cuanto más nos
atormenta. Un ser que tan pronto ríe como
llora, tirano y esclavo alternativamente,
desbaratando hoy el trabajo de ayer o
realizando mañana, contenta, más de lo
que se espera de ella, y que, de repente,
frenética, hunde sus dientes malignos en
la mano del que la golpea o la acaricia...
Todos estos cambios rápidos e
incomprensibles, aunque dañan y destruyen
nuestros planes, repercuten en la mente,
sacudiendo energías latentes y cuyo
descubrimiento nos llena de satisfacción.
Pero aún no hemos sondeado todas sus
profundidades, ni nos imaginamos, al ver
sus frecuentes sonrisas placenteras, hasta
dónde puede llevarla su fiero enojo. A
veces es presa del furor que le causan las
indignidades a que la sujeta el hombre
podando sus plantas, levantando su suelo
blando, pisoteando sus flores y sus
hierbas. Entonces adopta su más negro y
terrible aspecto, no una mujer hermosa que
en su furia no tiene en cuenta su belleza,
arranca de raíz los más nobles árboles
y levanta la tierra esparciéndola por las
alturas y dándole al cielo un tinte aún
más sombrío. Y como no considera
suficientemente la oscuridad para
aterrorizarnos, inflama el poderoso caos
que ha creado cruzándolo con latigazos de
fuego, mientras el suelo es sacudido con
sus coléricos truenos. Cuando se cree que
la maldición ha caído sobre el hombre y
toda su obra, cuando se han agotado las
energías para seguir la lucha, su genio
cambia, los arrebatos se calman y no
parece quedar rastro de ellos cuando
miramos hacia arriba y nos
reconforta su pacífica sonrisa. Estas
iras sublimes son, no obstante, poco
frecuentes y se olvidan con rapidez.
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Abajo,
derecha, en imagen para ampliar,
caballos encerrados, metáfora del
ansia de sujeción de la
naturaleza (Foto Raúl Raúl
Pantin).
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El hombre aprende a despreciar las
amenazas de un cataclismo que nunca llega
y sigue enderezando viejos árboles,
cultivando el suelo y alimentando las
manadas con su pasto y sus flores. Él
dominará los ímpetus salvajes algún día,
pero el momento no ha llegado aún, pues
la Naturaleza luchará por mantener su
antigua supremacía. Y él no puede
alterar inmediatamente el inveterado
orden, al cual se aferra tenazmente, como
el indio a su vida salvaje. El ensayo de
la Naturaleza de ahuyentar al hombre ha
fracasado. El se ríe de su máscara
terrorífica porque sabe que sólo es una
máscara que la sofoca y que, por lo
tanto, no podrá soportarla mucho tiempo.
Acabará por desecharla y hará la guerra
al hombre de otra manera. Se someterá a
su yugo y será dócil, para poder
traicionarlo y vencerlo al fin; inventará
mil sorpresas y tretas extrañas,
molestarlo un cien formas; zumbará en sus
oídos y clavará aguijones en su carne;
lo enfermará con el perfume de las flores
y lo envenenará con la dulce miel, y
cuando repose, a la hora del descanso, lo
aterrorizará con una súbita aparición
de un par de ojos sin párpados y una
temblorosa lengua en forma de horquilla.
Él esparce las semillas, y mientras
espera que germinen y brote la verde
espiga, la tierra se abre, dejando salir
un ejército de langostas amarillas que se
las devoran. Ella también, caminando
invisible a su lado, arroja milagrosas
semillas junto a las suyas. Pero él no se
deja vencer, porque destruirá a esos
listados y moteados seres, secará los
pantanos, incendiará los bosques y
praderas, matará a sus salvajes
animalillos por millares, para cubrir las
llanuras de ganado, ondulantes plantas de
trigo y montes frutales. Y ella,
escondiendo la cólera que hierve en su
corazón, sale un día al amanecer,
secretamente, sopla sus trompetas sobre
las montañas, llamando en su auxilio a
sus innumerables hijos. Se ve apurada y
grita para que vengan a ayudarla y
defenderla los hijos que la aman, y muy
pronto del Norte y del Sur, del Este y del
Oeste, llegan por millares seres que
cubren el suelo arrastrándose y por el
aire nubes que oscurecen el cielo. Ratones
y grillos pululan en los sembrados; mil pájaros
audaces reducen a piltrafas los espantapájaros,
a fin de proveerse de la paja necesaria
para construir sus nidos; son devorados
los verdes pastos y los árboles quedan
sin corteza, fingiendo enormes esqueletos
blancos sobre los campos desnudos y
solitarios, agrietados y resecos por el
fuerte sol. Cuando el hombre llega
al colmo de la desesperación, cesa por
fin el ataque y el hambre diezma las
huestes de sus enemigos, que se devoran
los unos a los otros y perecen en su
totalidad. Todavía vive él para lamentar
su pérdida, luchando aún, resuelto y sin
someterse. Ella también llora la
destrucción de sus hijos, que ahora,
muertos, sólo sirven para fertilizar el
suelo y dar nueva fuerza a su implacable
enemigo. Pero tampoco se rinde; seca sus lágrimas
y ríe otra vez, pues ha encontrado un
arma nueva que usará para atormentarlo
durante mucho tiempo. Diseminará por la
tierra infinidad de plantas nocivas que
surgirán por doquiera, invadiendo los
campos como parásitos, absorbiendo toda
su humedad, tornando a las tierras estériles.
Por todas partes, como por obra de
milagro, se extiende el manto verde de las
hojas dañosas que producen sólo
simientes amargas y frutos venenosos. Él
las cortará por la mañana, pero por la
noche crecerán de nuevo; con sus queridas
hierbas ella agotará su espíritu destrozándole
el corazón, y reirá, mientras él se
canse más y más de la infructuosa lucha,
hasta que al fin, cuando ya esté a punto
de perecer, subirá de nuevo a las montañas,
y haciendo sonar sus trompetas llamará
otra vez a sus súbditos para que vayan y
lo destruyan definitivamente. Y no
es esto pura imaginación: la Naturaleza
está pintada aquí en colores bien
reales. Tal es la contienda en que se
embarca el colono, llena de grandes e
inesperadas vicisitudes, que requiere la
mayor vigilancia y la más sutil
estrategia de su parte. Si sus sueños no
se realizaron nunca, su situación no es
la peor, comparada con la de los demás.
Para el que nació y se crió en la
llanura, las montañas distantes son
siempre una región encantada, mas cuando
llega a ellas la gloria ya no existe, pues
han desaparecido los matices opalinos, las
sombras azuladas de la tarde y los tonos
violetas del crepúsculo. No halla sino
una confusión de rocas amontonadas, y,
aunque no era esto lo que él esperaba,
concluye por preferir la rudeza de la
montaña a la monotonía de la planicie.
El hombre que termina su carrera con una
caída del caballo o es arrastrado por la
corriente y se ahoga al cruzar un arroyo
desbordado, ha tenido, en la mayoría de
casos, una vida más feliz que el que
muere de apoplejía en una elegante
oficina o en su lujoso comedor, o al que
sorprende la parca leyendo y deja caer la
cabeza sobre el libro que tenía en las
manos. Es indudable que aquél no se ha
cansado del mundo y que nunca se le habrá
oído quejarse ni lamentarse de la vanidad
de todas las cosas.(*)
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(*)
Fuente:
Días de ocio en la
Patagonia, de Guillermo Enrique
Hudson, Ed. Elefante blanco, ciudad de Buenos
Aires.

Guillermo Enrique
Hudson (1841-1922)
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La
bella y versátil prosa literaria
de Guillermo Enrique Hudson invita
a la lectura de algunas de sus
obras como:
Allá
a lo lejos y hace tiempo, Buenos
Aires, Editorial Kapeluz.
Un
naturalista en el Río de la
Plata, Buenos Aires, Editorial El
Elefante Blanco.
La
tierra purpúrea (que también
incluye Allá a lo lejos y hace
tiempo), Buenos Aires, Editorial
Biblioteca Ayacucho.
Otros
textos de Hudson que pueden
visitar en Temakel:
El
chajá
/ Las
llanuras de la Patagonia
/
El
Viejo del Mar |
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©
Revista KENOS. Número 3. 2003
Dirección
Esteban Ierardo
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