El aire sereno tiene nostalgia de la tempestad. En las montañas de Tracia, aun
en un tranquilo mediodía puede nacer la tormenta.
Y
hasta la cumbre llegan los cuernos de bronce, y las flautas, los tambores y los
cuerpos afiebrados de sudor. La música se exalta. Grita alguna primera pasión.
Los primeros soles estallan en la garganta del sonido. ¡Que sea venerada la
vida vehemente de la vid! ¡Que sea celebrada la savia ebria que brota del dios
que nació dos veces! El exuberante dios que nació del vientre de su madre y
del muslo de su padre. El dios que corre luego de su noble nacer; escapa de los
titanes. Y se convierte en diversos animales para proteger su libertad. Y es
toro cuando el aliento titánico atrapa su calor. Su antiguo vigor entonces se
desmembra en muchos fragmentos. Los trozos de la divinidad descuartizada hierven
en caliente agua que dulcifica la carne.
Y devoran los titanes las partes divinas. Sólo el corazón no conoce las
incisivas dentelladas. El cofre de Atenea protegerá el sagrado órgano
del hijo del Zeus olímpico hasta que éste lata dentro de un nuevo cuerpo de
intenso resplandor.
Luego del sufrir, el renacer. La sonrisa reaparecida del
dios. En la resurrección divina fulge la llave del templo de todos los
fuegos. Entonces, el rostro mortal hay que diluir en la llama de dios renacido. Por eso,
continúa la música. El rito. Un sonido que frota al siguiente y hace más
cercano el cuerpo del dios. El dios que baila dentro de un mar incendiado.
En aquellas aguas renacen los que danzan en la cima de la montaña de Tracia.
Y
las mujeres, las Bacantes, las nodrizas de la divinidad que renació, corren por
la tierra. Invocan al dios. En la noche invernal, otras hembras trepan hasta el
techo del Parnaso para llamar con ternura a un divino niño. Y otras
parientes de las aguerridas amazonas gritan y arden dentro de un torbellino del
delirio, y convierten sus brazos en hiedras y salvajes serpientes. Y tocan las
mujeres con los tirsos las duras mejillas de las rocas, y de la tierra brotan la
leche, la miel. La naturaleza transfigurada por Dioniso, el dios del exceso. El
dios que piensa con llamas...
2.
El viejo poder
El
coleccionista visita Grecia. Desea recuperar lo antiguo. Vasos, estatuas y
templos, vierten asombro en sus pupilas. Suspira ante el Apolo solar,
ante la solemne faz del Zeus tronante, o la gracia de hierba en el rostro de
Venus. Pero en Winckelmann (1), el coleccionista, Dioniso ha perdido su majestad. El
dios del éxtasis y el infinito fecundo es ahora un ser frívolo, amante del
escapismo festivo y de lo grotesco. Su imagen arquetípica es la del joven Baco, el del brindis por la vida efímera y placentera. Mesas de uvas
rojas y marañas deleitosas de frutas son su escenario ideal.
Divinidad afeminada, voluptuosa y licenciosa, el Baco de Winckelmann oculta al
verdadero dios. La verdadera significación simbólica del dios griego es el
faro que nos guiará aquí. La decisión de regresar a la interioridad de una
antigua divinidad. Este ensayo nos conducirá a una forma de percepción o
experiencia donde la naturaleza es algo muy distinta a un mero objeto de estudio,
o una fuente de materias
primas, o una máquina analizada y explicada por el pensamiento científico.
Erwin Rodhe
fue pionero en la recuperación del Dioniso auténtico. Rodhe, amigo medular de Nietzsche. Su defensor ante la lluvia de
flechas feroces lanzadas por Wilamowitz contra El Nacimiento de la tragedia.
Rodhe investigó la formación de la creencia de inmortalidad entre los
antiguos griegos. Se acercó a la patria del Dioniso inicial, a la
divinidad nacida en Tracia (2). En la altura de las montañas tracias contempló la primera
figura del dios nacido dos veces. Sabacios. Sabacios es el nombre del originario
Dioniso tracio. Fue en tracia, y no en la poesía homérica, donde
Dioniso brilló con su primera luz. En la Ilíada, cuando Homero recita
el encuentro entre Glauco y Diomenes, se alude al "delirante Dioniso y sus
femeninas nodrizas" (Ilíada, 1, 6,132 ss). Pero no se menciona a
Dioniso como la arquetípica divinidad del vino, que comenzó a irradiar su
poder embriagante por la Tracia que acoge las desembocaduras de los ríos Hebro y Axio.
El rito del dioniso tracio se asociaba al de la diosa madre Cibeles,
de la región de Frigia. Diosa involucrada también en la muerte y el
renacimiento (3). Los seguidores de Sabacio se congregaban al amparo
de la noche, en las cimas montañosas. Entonces, flautas, panderos, cuernos de
bronce, generaban una música frenética. Una exasperación sonora que era también
danza orgiástica. Exaltación tracia diferente de la sobriedad apolínea del peán.
Buena parte de quienes intervenían en este baile furioso eran mujeres. Vestían
los "basares", vestidos de piel de zorro, sobre los que se acomodaban
pellizas de ciervo. Del contorno de sus cabezas quizás asomaban unos cuernos.
Suaves y enigmáticas se desplazaban las serpientes entre sus manos. Con dedos
briosos manipulaban estas mujeres sus tirsos. El espíritu de la danza vertía
en los corazones femeninos la divina locura, la hieromania. Sólo la
exaltación puede quebrar la distancia entre lo humano y lo sagrado. En la
excitación danzante de las mujeres la divinidad invisible se hacía presente.
Se manifestaba. Era epifanía.
A veces atravesaba la congregación los mugidos de un toro. Como toro, el dios
mugía con una vitalidad próxima y feroz. Religión realizada es la que
desvanece el pequeño cuerpo humano en la divinidad infinita y hechicera. Las
flautas frigias exhalaban entonces sus sonidos hieráticos. Las melodías
excitaban a las mujeres, las entusiasmaban. Nubes de fuego abrazaban a las
hembras religiosa. En el frenesí acaso intervenían bebidas
embriagantes, y semillas que los tracios, lo mismo que los escitas y masagetas,
inhalaban para facilitar la embriaguez. La excitación nerviosa desencadenaba el
delirio liberador, y transformaba la percepción corriente.
Las
rocas y el suelo rezumaban entonces leche y miel porque la realidad era ya ebullición y
no sosegada quietud y repetición. El cuerpo ya no caminaba lejos de la corona
del dios. Ya no estaba fuera de la corriente vital más profunda. Ahora se
encontraba dentro del ser creador. O idéntica situación: el ser relumbraba
dentro de él. La vida humana volvía a la fuente. Otra vez era poseída por la
fuerza creadora y divina que la engendró. Ya en el inicial rito del Dioniso
tracio, del Sabacios del delirio, se anhelaba el regreso del sujeto aislado a la
totalidad.
La ambición religiosa del ritual dionisíaco no es original ni única. Es deseo
universal el intento de disolver la angustia del yo en una totalidad sagrada
que entrega el sentido a todos los sentidos.
Mediante la danza, los sioux buscaban propiciar los dones de su dios wakan (4). Los
derviches danzarines, hijos de la mística persa sufí creen que, en los
repetidos movimientos circulares, serán uno con lo divino. Los bailarines
africanos pierden su yo en la danza para ser cabalgados por un dios.
En la cumbre de la danza extática el sujeto olvida su cuerpo y su yo. Siente
entonces el alma vigorizada por una sensación de existencia independiente de lo
corpóreo.
|
Abajo,
izquierda, en imagen para ampliar,
"El cortejo triunfante de
Dioniso", por Anníbale
Carracci.
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El
alma, que se exalta y funde con el dios en el
tumulto del entusiasmo religioso, sospecha una vida libre del cuerpo mortal. El
alma extasiada entreve su inmortalidad. En el seno de los ritos tracios dionisíacos acaso emergió
la certeza de la vida inmortal. Heródoto aseguraba que, entre la tribu tracia de
los getas, la fe en el encuentro con el dios del éxtasis, "hacía
inmortales a los hombres". El dios que concedía la vida inmortal era
Zalmoxis, divinidad que residía en la profundidad de una montaña. Allí,
hallaban su morada eterna los muertos de los getas.
La inmortalidad nacida del horizonte tracio dionisíaco habla de la confianza en
el triunfo de la vida sobre la mortalidad. Pero la vida se hace inmortal sólo
si conoce y supera la muerte. Y Dioniso es el dios de la
experiencia de la vida y de la muerte. Nace, muere y renace. Es la divinidad cuya
totalidad es a su vez dualidad pues, en su frente, se hunde el signo de lo vivo
y lo muerto, del placer y el dolor. Y Dioniso convierte al cuerpo en territorio
de instintos encendidos; transforma a la materia en espacio de tensiones,
vibraciones creadoras. Fuerzas.
Para Artaud, los dioses paganos eran símbolos de fuerzas. Apolo y Dioniso son
las dos fuerzas elegidas por Nietzsche como principales símbolos de la vida
universal. Apolo y Dioniso son instintos. Instintividad que aquí no es
determinismo fisiológico, sino instinto artístico de creación (kunstteieb).
Instinto como estado permanente de generación y creación. No idea o principio
ya consumado y reiterado en un tiempo de lo mismo.
La fuerza apolínea es el arte figurativo, el arte escultórico. Apolo crea el
mundo de las bellas figuras que se aparecen ante el ojo parpadeante del mortal.
En el sueño, el artista con el signo de Apolo en su frente entreve las líneas
de la belleza que luego proyectará en la solidez de la piedra tallada. Lucrecio
aseguraba que las figuras de los dioses descendieron a los hombres
por primera vez a través de los sueños. El arte de la figura bella brota de lo onírico. Nietzsche
recordará entonces que Hans Sachs en Los maestros cantores, la opera
wagneriana, afirmaba sin ambages que "todo arte poético y toda poesía no
es más que interpretación de sueños que dicen la verdad". Pero la
naturaleza tejida por las formas es sólo la superficie de lo real. Cuando el
ojo es rayo agudo que penetra y perfora figuras, pronto podemos presentir
que "por debajo de esta realidad en que nosotros vivimos y somos se oculta
una realidad del todo distinta" (5). Realidad abisal, profunda, que vive
por debajo de las formas. Es
el magma dionisíaco, el "fondo de las cosas". En la trasposición
nietzscheana del mito dionisíaco. Dioniso es el "Uno primordial",
"un artista primordial del mundo" (6). Es el ser raíz y fuente, el origen
de la totalidad. Desde su fondo surgen las propias formas del reino visible de
Apolo. Al subterráneo magma dionisíaco se accede disolviendo la
"mesurada limitación", "el sabio sosiego del dios-escultor apolíneo".
La llave que abre la forma cerrada de Apolo es el éxtasis, el quiebre del yo,
del principiun individuationis. Los seguidores del Dios del vino y
la hiedra se reunían en coros. Cantaban. En su voz se inflamaba la lírica de
los ditirambos. Los cuerpos danzaban. La música exhalaba su hechizo. Y en la
cresta más alta de la devoción coral se desintegran las piedras del yo. El
hombre ya no era un sujeto pequeño, una conciencia separada de los muchos
caminos del viento. El yo se olvidaba de sí mismo en el vendaval sonoro.
Entonces, el éxtasis delicioso "asciende desde el fondo más íntimo del
ser humano, y aun de la misma naturaleza" (7). Afloraba así la
"esencia de lo dionisíaco, a lo cual la analogía de la embriaguez es la
que más lo aproxima a nosotros". El sujeto, olvidado de sí mismo, se fundía
con la amplitud divina. El hombre, bendecido por el éxtasis,
abandonaba su aliento mortal. Devenía un cielo fugaz. De sujeto encerrado en lo
humano, a sujeto que experimentaba lo divino. Transformación o metamorfosis que
se transfería también a la materia. La materia, antes repetida sombra de sí
misma, era ahora torrente constante de trasmutaciones. Naturaleza que trascendía
las leyes de lo repetido y se desplazaba en un río continuo de nuevas figuras.
Para los griegos, lo dionisiaco era entonces éxtasis, comunicación con las
profundidades, con la gran fuente de lo vivo.
Y detrás de las muchas formas del universo visible, detrás el yo y las diversas
figuras bellas del arte de Apolo, relumbra el único ser. Dioniso. El dios que
porta las muchas máscaras. "Prometeo, Edipo, son tan sólo las máscaras de
aquel héroe originario, Dioniso. La razón única y esencial de la
idealidad típica, tan frecuentemente admirada, de aquellas famosas figuras
es que detrás de todas esas mascaras se esconde una divinidad" (7).
Dioniso se encontraba tras todas las mascaras. Tras toda pluralidad. Por eso, el
dios caía "preso en la red de la voluntad individual", en lo
particular. Eso era lo que, en términos simbólicos, acontecía con el Dioniso
Zagreo, el Dioniso nacido de fuentes órficas. Es el Dioniso que, luego de
nacer, era perseguido y luego capturado y desmembrado por los titanes.
Su descuartizamiento significaba la fragmentación de la unidad primordial y su
conversión en una red de particularidades. Permanecer en la multiplicidad sin
reintegrarse a lo uno es equivalente simbólico de la muerte. Pero luego de
morir, luego de convertirse en el tejido de lo fragmentario e individual, Dioniso renace. El dios es de
nuevo una totalidad placentera que contiene lo diverso. Era entonces el
victorioso dios renacido; era el que se celebraba también en los misterios de
la sagrada ciudad de Eleusis. Allí, Deméter poseía su templo. En la cámara
secreta del recinto sacro, en el telesterion, durante alrededor de
un milenio, los griegos conocieron el ascua incandescente de la iniciación (8).
Deméter era la diosa dispensadora de la inmortalidad. Ella había sufrido la
vejación y dolor de la mutilación. Su hija, Koré, fue arrebata por Hades. El
secuestro de la hija significaba la ruptura de la unidad esencial entre la
planta y su fruto. Era una escisión semejante a la muerte. En el mundo mítico,
el renacimiento es lo que viene a continuación de la muerte. Los iniciados,
luego de llegar a Eleusis, tras recorrer un hiero odos (camino
sagrado) desde Atenas, esperaban en la sala de la iniciación. Acaso ya habían
bebido del kikeon, la bebida sagrada de la diosa referida por
Homero en su Himno a Deméter. Acaso escuchaban sonidos hechiceros
de flauta en una atmósfera penumbrosa. Entonces llegaba el anuncio del
sacerdote eumolpida, el consorte de la diosa. El Eumolpida revela a los epoptos,
a los candidatos a la iniciación, que Deméter había dado a luz a un Dioniso niño, un nuevo fruto de su sagrado vientre que simbólicamente
restauraba la unidad entre la fuente, la diosa, la madre, y el fruto, el efecto,
la descendencia. El Dioniso que renacía dentro del drama iniciático eleusino cimentaba
"la doctrina mistérica de la tragedia", en la que sobresalía
"el conocimiento básico de la unidad de todo lo existente, la consideración
de la individuación como razón primordial del mal, el arte como alegre
esperanza de que pueda romperse el sortilegio de la individuación, como
presentimiento de una unidad restablecida" (9).
|
Derecha,
Dioniso junto a la pantera,
uno de sus animales
característicos |
Unidad que renace. Reconciliación de la parte con el todo. Las gemas antes
particulares y solitarias se reintegran a un collar único. Lo dionisíaco
puede brillar entonces en cada cosa, en cada particularidad, en cada máscara de
lo múltiple.
En la fiesta ateniense de las Antesterias se consumaba la ceremonia de la mezcla
de los vinos. El vino es sustancia del dios embriagante, signo material de su
poder. Beber el vino dispensado por la divinidad era una forma de
reintegración con Él. Una sacerdotisa, la basílinna (la esposa
del Arconte, una magistratura sobreviviente de la época de los reyes),
mezclaba con su propia mano el fruto de la vid. Junto con catorce gerari,
sus ayudantes, vertían el vino en las jarras. Los asistentes a la ceremonia
esperaban el golpe de trompeta para iniciar una competencia entre bebedores. Un
rito para festejar y confundirse con el dios que embriaga. Toda la acción se
consumaba bajo la mirada vigilante de una máscara dionisíaca. La máscara
colgaba de una columna de madera. En otras ocasiones, en la cabeza tallada se ceñía
una luenga barba. Ramas de hiedra rodeaban a veces la máscara; y brotaban de la
vestimenta del dios.
Pero la máscara no era representación de lo ausente; un signo que encubría
una realidad verdadera. Las máscaras dionisíacas "constituían
verdaderas imágenes del dios". En la máscara el dios se "denuncia la
presencia más imperiosa para, así, representar a los espíritus que se aproximan
al hombre, pero ante todo al más perturbador de todos, Dioniso" (10).
Dioniso con máscara es el dios que viene. Es revelación de lo sagrado.
Teofanía. La irrupción de lo trascendente entre las corrientes de lo
profano.
3. La divinidad cercana
El
dios que vuelve se manifestaba de diversos modos en la Antigua Grecia. En la
ciudad de Elide, un colegio de dieciséis mujeres llamaban al dios con las
palabras que se han conservado: "Noble toro, ven, Señor Dioniso, al templo
puro de los eleos, ven con la Cárites, saltando con la pezuña taurina" (11).
Es el llamado al dios-toro. En Atenas, en las fiestas leneas, llamaban al dios,
hijo de Sémele, "dispensador de riqueza". También lo invocaban
las mujeres en las Antesterias, reunidas en un santuario secreto donde agitaban
grandes alharacas para hacerlo aparecer. En Argos, con el clamor de
trompetas, se instaba a Dioniso a emerger desde las profundidades del lago
Lerna, una de las entradas al Hades. Según tradiciones órficas, Dioniso habría
nacido de Perséfone, esposa del dios de los muertos.
Desde las cimas del Parnaso, otras mujeres dionisíacas, las Tíades délficas,
en el frío de las noches invernales, llamaban con sus cantos a un Dioniso Liknites,
un Dioniso niño.
En estas formas de invocación al dios que regresaba imperaban claramente las
mujeres. Lo cual era consecuencia de la crianza que, según la variante clásica
del mito, recibió la divinidad. Luego de su nacimiento en Nisa, Dioniso fue
educado por ninfas. Estos seres femeninos mitológicos lo educaron y
protegieron. Su nodriza principal, paradigmática, fue Ino, hermana de Sémele,
mujer primero mortal, luego nodriza del dios y, finalmente, divinidad marina,
admitida en el océano entre las hijas de Nereo. Las nodrizas míticas
integraban también el cortejo del dios, lo acompañaban en sus viajes. Durante
sus ritos, las mujeres dionisíacas eran la encarnación de las ninfas del mito.
Por lo tanto, ya no eran las mujeres corrientes, sino las afiebradas danzarinas
rebosantes de fuerzas trascendentes.
Pero en la investigación nietzscheana sobre Dioniso son los sátiros, y no las
ménades o bacantes los adoradores fundamentales del dios.
En los coros de sátiros encontró Nietzsche la principal veneración a lo
dionisíaco. El coro dionisíaco instauró la tragedia como forma artística y
sacra a la vez. Tragedia es tragos, macho cabrio, el animal sacrificado en honor
de Dioniso en el rito de las ménades. En sus comienzos no es representación
teatral sino acción ritual o sagrada. Cuya potencia de salto o tránsito hacia lo divino, dependía de la música coral.
En la indagación nietzscheana, la comprensión del coro griego necesita desligarse de falsas e iniciales
interpretaciones. El coro como congregación democrática, como muchedumbre
popular, que canta y repudia la tiranía individual de los reyes es una primera
hermenéutica política del fenómeno del coro que niega Nietzsche (12).
A.W. Schlegel entendió el coro como un "espectador ideal". En
la dramaturgia moderna, el público se separa de la escena para contemplar allí
la fulgencia de la obra representada. La obra es experimentada como ajena o
distinta al mundo real. Un efecto semejante generaba el coro antiguo.
Si bien la concepción de Schlegel es más lúcida
en la comprensión del coro que la interpretación política, no alcanza la
nervadura más honda de lo coral.
Schiller es quien escucha la voz más auténtica del coro. En su prólogo a Las
novias de Mesina afirma que el coro es "muro viviente tendido por la
tragedia a su alrededor paras aislarse nítidamente del mundo real y preservar
su suelo ideal y la libertad poética" (13). "Suelo ideal"
es el círculo de un espacio sacralizado. Dentro del anillo de los cantores la
realidad rezuma lo numinoso. Lo que se contempla y experimenta dentro del círculo
sagrado del coro no es un cielo imaginario, diferente de lo real. Allí, la
realidad brota como magma incandescente, como fuerza infinita, como naturaleza
llevada "a su fuerza máxima" (14) A través del fervor
musical del coro satírico el sujeto sale de las fijaciones jerárquicas del
Estado y la sociedad. Por la tragedia dionisíaca "los abismos que separan a
un hombre de otro dejan pasado a un prepotente sentimiento de la unidad que
retrotrae todas las cosas al corazón de la naturaleza" (15). En la realidad
transfigurada por la tempestad dionisíaca lo humano se reintegra con lo humano y
la naturaleza. Un estado de unidad que reabsorbe lo que antes era separación.
La
realidad es lo natural o primordial anterior a la marca ordenadora de las
civilizaciones. Esa realidad es la que el coro de sátiros recupera. El sátiro
es así "la imagen primordial del ser humano" que aflora desde
"lo más hondo del pecho de la naturaleza". Es quien asimila el
sufrimiento y el horror que también cabrillean en las mansiones profundas. Es
también la fogosidad de la "omnipotencia sexual de la naturaleza".
Potencia instintiva liberada que indica fertilidad y reproducción de los
cuerpos.
Al final, el coro es sujeto de una visión. Visión donde el observador y lo
observado se compenetran. El coro no actúa por cuenta propia. Es actuado,
visitado y transfigurado por el "señor y maestro Dioniso". La unión
con la divinidad no se cristaliza en el cáliz íntimo del alma. La fusión con
el dios visto acontece en el cuerpo, y en el espacio que ciñe lo
corporal. El sujeto tocado por el calor dionisíaco se transforma en cuanto pasa
de lo cerrado a lo abierto, de lo replegado a lo vertido. Entonces,
"el entusiasta dionisíaco se ve a sí mismo como sátiro y como sátiro
ve también al dios" (16). El encuentro con la realidad dionisíaca
también es experimentada por el lenguaje. Lo lingüístico puede ser tejido de
palabras que no tocan lo material que está allí afuera. Pérdida de una realidad
que palpita en lo exterior. Cadencia que es propia de la palabra lineal,
literal, corriente. Y también de la metáfora. Pero cuando la magia dionisiaca
toca el lenguaje las palabras tocan de nuevo lo real. La metáfora del poeta
inspirado por Dioniso también roza la entraña de lo que es. El rapsoda o el
pintor apolíneo, en cambio, ve imágenes, como un círculo llameante, pero sin
nunca fundirse o transfigurarse en aquellas figuras. Por el contrario, mediante
la música del ditirambo, la muchedumbre dionisíaca cantora se convierte en
"un coro de transformados en los que han quedado olvidados del todo su
pasado civil, su posición social. Se han convertido en servidores intemporales
de su dios, que viven fuera de todas las esferas sociales" (17).
Pero
en el mundo antiguo se sentirá el alejamiento del dios que transforma y dona lo
más real. Distanciamiento que, en la meditación nietzscheana, nace mediante la
irrupción en el coro trágico de una estructura dramática. En un
comienzo la tragedia es sólo coro. Luego nace como drama. El dios del aura
caliente, pero invisible, es transformado en dios visible mediante un actor
enmascarado que lo representa. Su aparición en escena es ahora tangible y
monumental. Es la visión de la divinidad bajo una forma; ya no la percepción
de lo sagrado como movedizo torrente magmático sin ninguna figura que lo
contenga. La ebullición caótica es ahora ordenada por una forma procedente del
"estado apolíneo del sueño". Apolo prevee una máscara para hacer
visible la lava antes quemante del dios.
Así comienza Dioniso su ingreso en la geometría del orden y la figura.
Ahora "las apariencias apolíneas, en las cuales Dioniso se objetiva no son
ya un mar eterno, un cambiante mecerse" (18). Ahora la
llama del dios se aleja.
El
manantial comienza a olvidarse.
4.
La naturaleza encantada
En la travesía han resplandecido muchos horizontes ya. Cuando el ser divino
llegó a la flor de su juventud fue enloquecido por Hera, la diosa resentida por
los furtivos amores de Zeus con Sémele. Y el dios luego trepó a su carro
arrastrado por el brío de las panteras. Y comenzaron los viajes. Que fueron
también conquistas militares, o difusión de su culto entre las mujeres. Con su
carro, y sus animales y sátiros, Dioniso llevó su vehemente luz a Egipto,
Persia, el valle del Indo, las densidades montañosas y boscosas de Frigia, los
ásperos espacios de Tracia, las ondulaciones agrestes de Beocia. En todo su
derrotero, sólo exhaló luminosidad.
Y ahora el divino ser trae sus llamas a las costas del Egeo. El mar descansa en
su lecho. El recién embarcado trae un rico equipaje, vestiduras jaspeadas por áureos
oropeles, que asombran a los marinos. El destino convenido con el viajero es la
isla de Naxos. Se sueltan las amarras. Se levanta el ancla.
La nave se desplaza gracias al viento y al grácil pulmón de las
velas. La proa
oficia de navaja de madera que hiende las aguas. Al alejarse de la costa, el mar
engulle con gradual y precisa elegancia el rostro de la tierra. Los rayos
solares caen como espumosas cataratas de luz. Se precipitan sobre la dilatada y
salada boca del océano.
Lo divino está cerca. Pero los hombres, los marinos, sólo ven la riqueza dorada que trae el
dios, no al dios. No perciben la proximidad de lo sagrado. Sólo desean poseer.
No venerar. Bastaría con arrojar al extraño por la borda
para quedarse con todo el oro, con el apetecido botín.
El
mar será la ancha tumba del rico pasajero. Y los hombres podrán luego
disfrutar del tesoro en tierra. Y ostentar y derrochar.
El ser que navega junto
a los marinos codiciosos finge ignorar el peligro. Escudriña sereno el
horizonte. Acaso recuerda la cueva de Tetis, empotrada en las profundidades oceánicas,
donde halló refugio de la persecución de Licurgo, rey de Tracia. O tal vez
invoca a Ino, su antigua nodriza, ahora convertida en divinidad que vive entre
las Nereidas.
El dios detiene su atención en una ola minúscula y lejana. El encorvado y
pequeño alzamiento del mar está ya por perder su figura. Está por
regresar a la entraña sin rostro del océano. La ola ya vuelve al mar que
alberga secretos volcanes en su lecho. Y
los conspiradores se deciden al fin a arrojar por la borda a su pasajero.
Entonces,
el dios desata su poder: la magia de la metamorfosis. Melodías vegetales del bosque cantan desde ramas que brotan en el mástil
mayor. La hiedra se enreda en los remos y tapiza la
cubierta. Y el divino ser juega. Cambia. Es el de las figuras varias. El que se
metamorfosea y asume formas que se estiran, deforman. Y, así, el dios es
serpiente, animal ondulante y escamoso. Y luego macho cabrío, tozudo y con pezuñas
aceradas. Y luego león, con la melena que hierve entre rugidos amenazantes.
La embarcación ya es navío vegetal. Pequeño bosque flotante que exuda la
fragancia de la savia sobre el oleaje. Ya se ha manifestado el dios de la
poderosa metamorfosis. Que enloquece a los marinos. Que se arrojan por la borda.
El dios del éxtasis y la metamorfosis se manifiesta en la naturaleza vegetal.
Pero Dioniso no se expresa únicamente en la salud de plantas y árboles. Su
presencia se evidencia "en un elemento vital misteriosamente excitado". Lo dionisíaco no se revela en el mero hecho de la existencia física
del mundo vegetal. Dioniso se expresa como fuerza que inocula excitación.
Expansión vital. Efervescencia capaz de excitar y estimular el crecimiento
lozano de las plantas.
El vino es paradigma de la excitación. Es hijo de una "madre
salvaje", según Esquilo. Su naturaleza se entronca con el fuego. Lo mismo
que Dioniso, su dios creador. Según Nono, cuando Dioniso fue arrebatado del
vientre incendiado de Sémele, las primeras nodrizas del feto salvado fueron las
llamas de la tormenta ígnea que desató Zeus. Por eso el poeta lo llama "hijo del fuego",
"el ígneo". Arquíloco, al entonar su canto a Dioniso, dice que éste
es "tocado por el rayo del vino". Los suelos afiebrados por la
presencia de volcanes activos generan las mejores cepas; lo cual explica las
prohibiciones para el consumo de vino por los adolescentes,
porque esto sería como verter fuego al fuego.
El proceso de fermentación y
maduración del vino inspira aún hoy en los viñadores la impresión de un ser
vivo que lentamente adquiere madurez y vigor.
El dolor que repta en la sangre puede disiparse a través del olvido que el vino
puede dispensar. Horacio cantaba: "Ya habiten en ti quejas o chanzas, ya
sea tu contenido pugna, amor furibundo o amable sueño, cántaro benéfico".
Lo que depara el recipiente amable de la vid es la liberación del sufrir; o, más
exactamente, el dolor mismo se convierte en generosa alegría.
Homero en la Ilíada afirmaba que Sémele parió a Dioniso "para
dicha de los hombres". Según Nono, Aion protestó ante Zeus por la vida
humana siempre herida por jabalinas de angustia. Y el padre de los dioses lo
consoló asegurándole que crearía un ser divino que inventaría la vid como
forma de traerle al hombre un olvido liberador de sus penas. En el olvidar baila
siempre la vida feliz.
Pero la vida abundante y feliz que procura la vid puede convertirse en la
locura destructora como lýssa. Mediante profusas jarras de vino el dios
enloqueció al centauro Euritión. Víctima de la excitación salvaje, Euritión
cometió grandes atrocidades. Y el vino también es fuerza conquistadora.
Con vino Dioniso vence a los centauros.
La fuerza excitante de la vid se transfiera a la hiedra, la otra planta creada
por Dioniso. Así se lo llamaba "el adornado de hiedra". En los ritos
encomendados al dios se llevaba la corona de hiedra. En la época helenística
los iniciados trituraban su hoja.
Nace la hiedra cuando la madre de Sémele es abrazada por las llamas del dios. La
hiedra se extendió entonces sobre la mujer incendiada para proteger al divino
feto de las llamaradas destructoras. La hiedra es planta del dios porque, como
él,
atraviesa poderosas transmutaciones.
El crecimiento de la hiedra es muy especial. En primer lugar surgen los
tallos sombríos, las manos trepadoras con sus hojas lobuladas. Después
aparecen las rectas hojas. A diferencia de la vid, la hiedra puede sobrevivir y fructificar en
invierno. Su necesidad de luz y calor es mínima, y puede destilar verdor aun
entre la fría sombra invernal. Entre la hojarasca del bosque la hiedra se deslizan por el
suelo y sus dentadas hojas se enrollan con brío por el tronco de los árboles. Al abrazarse y
enredarse al grosor de la madera la hiedra se asemeja a la serpiente, a
los finos reptiles que deambulan entre los brazos de las furiosas ménades o
entre las cabelleras de las Erinias. El poeta Nono recuerda que, una vez, las ménades arrojaron contra unos
árboles unas serpientes que se convirtieron en
hiedra.
La
vid exuda ebria luz, sustancia ígnea que acalora, abrasa. La hiedra, en cambio,
es sereno crecimiento y expansión en lo oscuridad del invierno. Es
comprensible así que su naturaleza fría haya protegido a Dioniso del fuego de su
padre olímpico. La hiedra aplaca los excesos del vino. Con coronas de hiedra se
ceñían las cabezas de los dionisíacos en sus fiestas.
La relación vegetal vid-hiedra se vincula con la condición dúplice de Dioniso. La
exaltación fogosa, la ostensible luz, plenitud y triunfo vital (la uva, la vid), y la
procesión dentro de la sombra y la oscuridad de la muerte (la hiedra). Pero la
muerte en el pensamiento mítico nunca es
mortalidad definitiva (19). La muerte es siempre preámbulo de una vida renacida.
Acaso el reptar expansivo de la hiedra entre la escarcha invernal, entre el
invierno, lugar simbólico de la muerte, es preludio del futuro renacimiento
primaveral de la vida.
El
reino vegetal de Dioniso no es la naturaleza de la visible exuberancia. Este es
el mundo de Artemis y Cibeles. Como ya observamos, Dioniso es la fuerza
invisible que custodia el proceso de crecimiento de lo vivo. El poder
estimulador del crecimiento dimanado por el dios le hizo a Plutarco asegurar que
"el pleno de bendiciones Dioniso es el que hace madurar a los árboles
sagrados con el brillo de la madurez". Así Dioniso es venerado en casi toda
Grecia como "dios de los árboles". En Beocia se afirma "que es el
que vive y actúa en el árbol". El dios vivía en el pino. El árbol sagrado
del dios que, lo mismo que la hiedra, crece pletórico en invierno.
En las noches, cuando resuenan las flautas rituales del dios, su madera de pino
arde como una antorcha. En el extremo del tirso de las ménades refulgía su piña.
Lo mismo que la hiedra o la vid, el pino entrega sus mejores
frutos en regiones acaloradas por el fuego de los volcanes. Dioniso era,
asimismo, la higuera; árbol asociado con la vida sexual. Su fruto rojizo, su
condición jugosa, la vinculaba con los dulces placeres de la carne. Con la madera
de la higuera se tallaban falos. Así, las asociaciones sexuales de las planta
explica el interés de Príapo por ella (20).
También el mirto era planta preferida por el dios. Así lo testimonia Aristófanes
en Las nubes. Dioniso cumplió sus viajes, conquistó tierras, derrotó
ejércitos. Fue perseguido en Tracia. Convocó a las mujeres. Muchas acudieron a
su llamada. Pero algunas pocas se negaron. Enloqueció a Penteo fuera de Tebas; durante su
navegación hacia Naxos se metamorfoseó con enloquecedora magia proteica. Y en las
postrimerías de su viaje
mítico descendió al Hades a través de
una entrada en el fondo del lago Lerna. Venció entonces la oposición del can Cerbero. Se
adentró en la honda y umbría morada del dios portador del
yelmo de la invisibilidad. Y negoció con él la liberación de su amada
madre hasta entonces mortal. Dioniso le entregó entonces a Hades una rama de mirto para
que el rey de los muertos le permitiera llevar consigo a Sémele. Hades dio
su consentimiento. El dios ascendió a la cumbre del Monte Olimpo con Sémele,
renacida ahora como diosa inmortal.
El mirto recordaba también al Dioniso órfico, al hijo de Perséfone, habitante y
conocedor del mundo de los muertos.
Dioniso es potencia metamórfica de la naturaleza. Es invisible expectador del
crecimiento que se expresa en la vid, la hiedra, el pino, la higuera, el mirto.
Y es regresión simbólica al agua y lo húmedo como fuente primigenia de la vida.
El agua es primera matriz de la existencia. Desde las aguas aparece Eurínome,
diosa pelasga sobre la que sopla el viento norte, Bóreas, que se convierte en
serpiente y se enrolla en el divino cuerpo femenino. El viento fecunda a la diosa. Y
Eurínome pare luego un huevo de plata, del que nacerá el mundo.
En la Teogonía de Hesíodo Gea es la tierra que, por sí misma, genera las montañas,
bosques, ríos, ninfas, el océano de las agitadas olas. El agua. Y Afrodita nace
del semen de Urano mutilado, que flota entre las aguas. Tales, el filósofo
presocrático, explica que todo nace de lo líquido. El agua es origen de todo. En
la Ilíada se refiere que Océano es el padre de los dioses, el padre supremo.
En el Popol Vuh primero
es lo líquido. En el mito egipcio de la
creación, el universo es irradiado desde
una colina primordial, en el centro del océano originario Nun. Entre los hindúes, Visnu flota sobre la serpiente Ananda que custodia el
océano del
comienzo. En los mitos incaicos, el sol, la luna, la primera pareja inca de
Manco Capac y Mamma Ocllo surgieron del líquido regazo del lago Titicaca.
En multitud de mitologías el agua es inicio, origen, primer y enigmático caos
amorfo. Dioniso es noche oscura, noche informe, agua seminal anterior a la
arquitectura de las formas.
La subyacente identidad líquida de Dioniso emerge en el incidente de su
persecución por el rey de Tracia Licurgo. Entonces el dios escapa y encuentra
refugio en la cueva marina de Tetis. Refugio que es también el regreso a
la fuente acuática y primigenia.
Desde
el mar regresaba Dioniso en primavera. Se celebraba entonces su epifanía en las
ciudades jonias. En la copa de Exekias se muestra al dios en un barco de
velas inflamadas que navega en un mar alfombrado de pámpanos. Para
Hermipo, el océano sobre el que flotaba el divino barco era alegre y espumeante
vino. En las fiestas de las Antesterias Dioniso ingresaba a Atenas en un carro
con forma de barco. El Dioniso navegante era "dispensador del agua
refrescante y vivificante" (21). En Mesina, un manantial había
brotado por la acción del tirso mágico del dios. En la copa Fineus de Wurzburgo
tres ninfas se bañan en una fuente eterna que relumbra cerca de un surtidor de
vino. Varón aseguraba que Dioniso regía no sólo los jugos del vino sino
de todos los seres vivos, donde el agua es elemento esencial de la vida.
En Quíos era el "dios de las orillas"; en Pagases se le rendía
tributo como "dios del mar".
El aura líquida del dios brotaba también de su asociación con el toro. El
taurino animal estaba en el comienzo de todo para los
mitraicos. Mitra sacrifica
el toro para crear las plantas y liberar la simiente de los seres vivos (22).
En el caso de los griegos, el toro también
conservaba su impronta fertilizante, su condición de fuerza generatriz. En la
Ilíada, el río Escamandro es dios fluvial, es agua briosa que brama
"como un toro", en la descripción homérica. El río-dios, el agua
viviente y divina, es un toro. Lo taurino, lo acuático y dionisíaco, se
enlazan. En Argos, recordemos, un Dioniso toro emergía de las aguas del Lago
Lerna mediante el llamado de estridentes trompetas.
La relación de Dioniso con su esposa es
reveladora también del simbolismo
acuático del dios. Luego de horrorizar,
mediante sus metamorfosis, a los marinos
que pretendieron robarle, Dioniso llega
a Naxos. Allí se encuentra con Ariadna,
la mujer de Teseo, abandonada por éste
tras su célebre hazaña en el laberinto
cretense. Ariadna se convierte entonces
en esposa del triunfante y fulgurante
dios recién llegado. La mujer
entristecida ahora renacía con la
alegría exultante. Es una primera
influencia transformadora de la
divinidad extática sobre su esposa.
Ariadna manifiesta un íntimo vínculo
con las aguas. Teseo, su primer esposo, es hijo de Posidón.
Anfitrite, la reina del mar, "la
que rodea el mundo", esposa del
dios del océano, entregó a Teseo la
corona que luego brillará sobre la
cabeza de la transfigurada Ariadna y que
Dioniso colocará más tarde en el cielo.
La corona fue forjada por Hefesto, el
dios herrero, quien durante nueve años
cinceló joyas en las profundidades del
mar, donde realizó una ánfora de oro
que Dioniso obsequió después a
Tetis.
Ariadna es variación dialectal de
Ariagne, equivalente de "intangible"
e "intacto", libre de la
corrupción de lo humano. Es un
predicado sólo adjudicado a diosas
femeninas enlazadas con lo húmedo y lo
telúrico, como la constelación divina
de Koré, Deméter, Ártemis, Afrodita.
El aura de pureza de Ariadna deviene en
parte de su divinización mediante
su lazo nupcial con el dios. La unión
con Dioniso le deparará inmortalidad. La
divinidad de la embriaguez promueve el
renacer luego de ingentes padecimientos.
Luego de su dolorosa muerte, Sémele
muere, y luego renace gracias al dios
que la rescata del Hades. El propio
Dioniso renace tras su cruenta muerte. Y
Ariadna atraviesa su muerte mediante su
doloroso abandono en Naxos. Tras el
sufrimiento visceral, la resurrección
mediante la compenetración con el
dios.
Y el dios vuelve a correr. Círculos de luz se propagan desde su corazón
misterioso. Agua originaria que mana su presencia que atraviesa todos los hilos
de la materia.
5.
La otra materia y el cuerpo ausente.
Las piedras desprendidas de un acantilado que caen sobre el desafortunado bote
de unos pescadores desencadenan fuerzas exteriores que aplastan, matan,
degradan. Es la misma pulsión destructora de la bala veloz que penetra los
huesos o la carne. Muchas fuerzas que se desbarrancan sobre los objetos o seres
desde el afuera, desde lo exterior, son aplastantes y destructivas. Asimismo, el
movimiento opuesto, el de la fuerza que circula de lo interior a lo exterior,
supone en ocasiones conmocionante violencia. Pero también
voluptuosidad generadora. Mediante el dolor parturiento de la madre, una nueva
vida rompe la reclusión interna y gana la exterioridad del aire y la luz. Las fuerzas de
la guerra y de la
opresión
social impactan desde el afuera del cuerpo para dominar o eventualmente destruir
ese cuerpo. Cuya interioridad se convierte también en lo destruido, en lo estéril. Pero Dioniso representa la fecundidad de lo interior,
de la interioridad de
la materia que, en su salir afuera, es estallido, erupción, vida exaltada. Es la
productividad de una fuerza primaria, prelógica, siempre ajena al cansancio o la
petrificación. Dioniso preside una materia estallada, transfigurada,
no destruida.

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Arriba, izquierda,
imagen de Dioniso navegando estampada en un antiguo vaso griego
actualmente en Munich. Es el marco metamorfoseado, convertido en
embarcación vegetal durante la travesía del dios hacia la isla Naxos. |
En la interioridad del dios actúa la olvida matriz sin forma que crea nuevas
formas. La amorfa matriz dionisíaca se enlaza con lo informe del agua, de lo
líquido, que remite a la humedad del vientre, o a la oscuridad nocturna. Agua y
oscuridad amorfas, expresiones de un nivel de la realidad que antecede a las manifestaciones de los seres, del
espacio y sus formas.
Aquí
es donde advertiremos que lo dionisíaco, como forma de intensidad máxima,
extiende sobre la naturaleza dos senderos de regreso. Un volver de la realidad
conciente y conformada hacia lo informe e inconciente; y el retorno de la
realidad dual y la repetición eterna de cada cosa singular.
El primero
sendero es el volver a lo real como profunda matriz sin divisiones. Regreso al
espacio nocturno, prerracional, del que surge todo lo diverso. La embriaguez
dionisíaca perfora la forma, hace que el cuerpo perciba o sospeche un hondo
trasfondo de fuerza creadora. Es el posible salto a una única sustancia,
nirvánica, a una sutil materialidad preorgánica, a una divinidad indiferenciada.
¿Pero este impulso del dios no induce un regreso disgregador, un volver a una
realidad que, por ser anterior a las formas, es un puro e inerte vacío sin
diferencias? Seguramente no. Dioniso puede alejarse. Pero nunca abandona este
mundo. Es decir: nunca se desliga completamente del espacio terrenal y su red de
cosas y diferencias. El dios propicia el regreso a una matriz profunda. Pero
esta profundidad no es vacuidad abstracta, vacío sin riquezas. Lo dionisíaco
acrecienta o multiplica lo vital, lo múltiple, lo diverso. No lo destruye. Por
lo que es legítimo intuir que en la matriz creadora amorfa, que custodia el
dios, se aloja una memoria inextinguible de la materia diversa. Todas las formas
que nacen y son (los árboles y los mamíferos, los calientes granos de arena o
los colores múltiples) ya existían prefigurados en la noche honda y aun
informe de la divinidad. La matriz inicial recuerda todas las figuras distintas
ya creadas, y todas las que podrán ser.
En
la naturaleza gobernada por Dioniso la materia es profunda. Pero es profundidad
que se extiende y entremezcla con las superficies. Es profundidad cercana, no
hondura que se aleja en un distante fondo. En esa cercana profundidad que brilla se
hospeda la honda matriz creadora y la memoria de toda la diversidad que ya es, y
de la que puede ser, cuando la divinidad exhale nuevas formas.
El fuego del antiguo dios custodia el regreso a un sitio de profundidades, donde
viven la misteriosa noche creadora y la memoria o conservación de todas las cosas
diversas que se encienden en el tiempo.
En el segundo sendero del regreso el dios induce el continuo volver de la
realidad como cosa individual preñada de eternidad. Y como dualidad.
La repetida dualidad dionisíaca puede adquirir muchas variantes: la forma y lo amorfo; el
sosiego apolíneo y la embriaguez; el peán de Apolo y el ditirambo; la vid
embriagante y el laurel, la planta embellecedora de Apolo; la dualidad entre los
dioses olímpicos, que nunca mueren, y el Dioniso como única divinidad que conoce
la muerte y el sufrimiento del despedazamiento. Y las lámparas nietzscheanas que
alumbran el cuerpo del dios también descubren la dualidad entre el Dioniso de la
música extática y lo musical atemperado, lo musical como ilustración de
estados psicológicos en la tragedia de Eurípides. Y también la dualidad entre
Dioniso, dios mago de la sabiduría prerracional y Sócrates, el ogro acólito de
una razón absoluta.
Y el instinto dionisíaco está impregnado por otra dualidad: la de lo que crea y
destruye. El dios que adviene, homenajeado por el ditirambo, es "la gran
comunidad panteísta del gozar y el sufrir, que aprueba y santifica hasta lo más
terrible y enigmática propiedad de la vida y la eterna voluntad de creación, de
fecundidad, de retorno; el sentimiento de la única necesidad de crear y
destruir". Dualidad de lo que crea y destruye, de lo que goza y sufre. El
viento del dios que sopla con placer aun en el displacer e irradia una sonrisa aun en medio de una herida abierta por el dolor. Lo
que diviniza no es lo que lava y purifica. Lo divinizador es lo que
hace sobrevivir un sol en el pantano del dolor. Vida divinizada es la que se
manifiesta como torbellino de plenitud aun dentro del
vientre desgarrado de la destrucción.
La mirada nietzscheana recalca la dualidad placer-horror que dimana el dios. La
divinidad de la realidad amorfa, oscura y primordial, no puede ser traducida en
ninguna forma conceptual, en ningún consolador castillo de argumentos lógicos.
De ahí que, frente al corazón abisal del dios del éxtasis, el lógos retrocede
impotente, incapaz de domesticar el salvajismo originario y de transformar
las fuerzas tempestuosas e inagotables de la divinidad en sereno y permanente
fundamento, en apacible verdad conceptual. La imposibilidad de ordenamiento
lógico del ser dionisíaco genera horror, ácido displacer, pesimismo respecto
a la posibilidad de hallar en el inacabable fondo del "Uno primordial"
un sentido comprensible y apaciguador. Y el propio dios, en la juvenil
meditación nietzscheana, padece el horror de albergar en sí mismo el agobio de
sufrientes contradicciones. Dioniso es así la ambivalencia del placer (la
embriaguez creadora y del éxtasis liberador de las limitaciones) y el dolor
ante la dionisíaca realidad abismal ajena siempre a un sentido que dulcifique y
explique la existencia. (23)
Pero la dualidad siempre palpita dentro de la totalidad.
En su realidad una,
Dioniso no tolera que nada se agote o extinga. Si todo procede de la matriz
oculta del dios, en todo parpadea el poder de la divinidad. Quizá por eso el
Dioniso que se piensa en el pensamiento nietzscheano puede afirmar que lo real es el
"mundo dionisíaco", ese mundo "que se crea a sí mismo, que se
destruye eternamente a sí mismo, es el que se bendice a sí mismo como algo que debe
tornar eternamente como un devenir que no conoce ni la saciedad ni el disgusto
ni el cansancio" (24).
Nada se desvanecerá en una niebla extenuada. En cada pequeña hebra del paño
de la existencia el dios juega, se concentra y expande la vida que vuelve. Se
repite. Toda cosa está destinada a la repetición. A volver. Al eterno retorno.
La intensidad silenciosa que obra en cada cosa individual necesita expresarse una
y otra vez.
Pero no sólo se repiten las cosa sino también su sucesión. La repetición de
la sucesión de los hechos, de las cosas, de los seres, adquiere la forma de un
círculo. La circularidad de los hechos que regresa y se repiten. Aunque resulte
contradictorio, en la meditación nietzscheana del eterno volver del mundo
dionisíaco la repetición puede ser también renovación de las fuerzas. Pero
nunca hay repetición de un fin. El devenir carece de una meta. "Si el
mundo fuese, en general, capaz de persistir y de cristalizar, de 'ser'
(en el sentido de un fin), si en todo su devenir tuviese sólo por un momento
esta capacidad de 'ser', hace mucho tiempo que se hubiera detenido todo devenir
y por consiguiente, todo pensamiento, todo espíritu" (25). La
repetición infinita no será la de un fin o gran sentido, sino una nueva
manifestación para las cosas y hechos, en sí mismos finitos. "El mundo
aun no siendo Dios, debe ser capaz de la divina fuerza de creación de la
infinita fuerza de transformación" (26). Los hechos y cosas pueden
repetirse. Pero las fuerzas se renuevan en ese repetirse. Por lo que, para el
pensador que se proclama discípulo de la antigua divinidad extática, el mundo
dionisíaco es un "prodigio de fuerza, sin principio, sin fin; una
dimensión fija y fuerte como el bronce, que no se hace más grande ni más
pequeña, que no se consume, sino que se transforma como un todo invariablemente grande; es... juego de fuerzas, y ondas de fuerzas... una mar
de fuerzas que se agitan en sí mismas, que se transforman eternamente, que
discurren eternamente; un mundo que cuenta con innumerables años de retorno, un
flujo perpetuo de sus formas..." (27).
El eterno retorno es así eterna renovación de las fuerzas que atraviesan la
historia y la naturaleza. La naturaleza no es ya así prisionera de la ley
invariable. No es mesura u orden que exige la conservación de un mismo concepto
para explicar los fenómenos. No es naturaleza del hábito que demanda la
restauración de un espacio inmodificable.
La naturaleza recorrida por el sonoro cortejo del viejo dios griego es el de una
materia encendida por el enigma de la matriz de la que todo surge y por el paso
inacabable de las fuerzas que mueven el círculo de las cosas que se repiten y
se transfiguran y recrean sin fatiga.
Pero esta naturaleza creada y custodiada por la antigua divinidad no es, al fin
y al cabo, un discurso, una idea, una red de argumentos o representaciones. Es presencia
numinosa destinada a un estadio de la percepción, a un cuerpo que quizá
aún no sea. La naturaleza del dios griego y del moderno pensador que se declara
su discípulo, quizá sea lo más próximo. Pero nuestros sentidos no pueden
tolerar aún el calor de una realidad encendida, de una materia otra. El enigma
del dios olvidado y que se oculta es también el misterio del cuerpo humano que
todavía no respira.
El poeta Blake entendió nuestra
ignorancia sobre el destino del cuerpo.
Imaginó la visita del demonio, la
revelación de una sabiduría infernal
que afirma la realidad como energía,
deliciosa y eterna, como urdimbre
profunda de lo real que emana el cuerpo.
Pero no nuestro cuerpo presente y
estrecho. El poeta descubrió el
"abismo de los cinco
sentidos", la hondura que
trasciende la pobreza perceptiva de
nuestro cuerpo aún dormido. Entonces,
frente a aquel abismo, el demonio
escribió con fuego la pregunta
esencial: "¿Cómo puedes saber que
cada Pájaro que recorre su aéreo
camino es un inmenso mundo deleitoso si
estás encerrado en tus cinco
sentidos?" (28) ¿Cómo percibir el
mundo del dios de la embriaguez y el
éxtasis, el universo deleitoso, si
nuestro cuerpo sostiene aún órganos
enclaustrados, y sentidos incapaces de
proyectarse hasta la profundidad
misteriosa del horizonte?
El pensamiento de los transparentes
conceptos no puede describir, con una proposición contundente, el cuerpo
ausente, acaso el verdadero, el que espera. El cuerpo del futuro
que no necesitará escapar del cortejo de Dioniso. Del dios que enciende una llama en cada
partícula de la materia. (*)
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(*)
Fuente: El
ensayo aquí editado es parte de un libro
ensayístico en elaboración en relación a la
mitología, el arte, la filosofía y la dimensión
simbólica de la naturaleza.
Citas:
(1) J.J.
Winckelmann, Historia del arte en la antigüedad,
Hispamérica.
(2) Véase Erwim Rodhe, Psique. La idea
del alma y la inmortalidad entre los griegos,
Fondo de Cultura Económica.
(3) La diosa Cibeles tenía un origen
prehistórico. En el yacimiento arqueológico
turco de Catal Yutuk se han hallado la famosa
imagen de una Cibeles sentada en un trono de
piedra junto a dos leones. Ésta sería la Señora
de las fieras que luego derivó en la Cibeles
histórica, de la región de Frigia. En su mito
más conocido, Cibeles hace renacer a su hijo y
amante Atis. Así, los iniciados en los
misterios de la diosa creían en su poder de
conceder la inmortalidad. Sobre esta temática
puede consultarse: Alfred Loisy, "Cibeles y
Atis" en Los misterios paganos y el
misterio cristiano, Paidós.
(4) Véase Peter Bolz, "Bajo el
signo de la danza del sol. Visión religiosa del
mundo y ritualismo de los sioux oglalas de
Norteamérica en Historia de la creencias y de
las ideas religiosas (Mircea Eliade
compilador), editorial Herder.
(5) Cf. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia,
Barcelona, Alianza, 1994 (trad.Andrés Sánchez
Pascual), pp.41-42.
(6) Ibid., p.43.
(7) Ibid., p.96.
(8) Sobre Deméter y su ritual de iniciación poco
conocido por el estricto secreto de estas
prácticas puede consultarse: R.Gordon Wasson,
Albert Hofmann, Carl A.P.Ruck, El camino a
Eleusis. Una solución al enigma de los
misterios, F.C.E
(9) Nietzsche, op.cit., pp.97-98.
(10) Walter Otto, Dioniso,
Ediciones Siruela, Madrid., p.67.
(11) Ibid.,p.63.
(12) Nietzsche.,op.cit., pp.73-74.
(13) Ibid., p.84.
(14) Ibid.,p.8.
(15) Ibid.,p.84.
(16) Ibid.
(17) Ibid.,p.87.
(18) W.Otto., op.cit.,p.113.
(19) Una excepción a la creencia universalmente
extendida en la inmortalidad es el pesimista
pensamiento sumerio que estima que la vida humana
es irreversiblemente mortal. Ver Gilgamesh o la
angustia por la muerte, poema babilonio,
edición El colegio de México.
(20) Príapo, el gran dios de la ciudad asiática
de Lámpsaco, era tenido habitualmente como hijo
de Dioniso y Afrodita. Su misión era
proteger los jardines y viñas, en especial los
vergeles. Era símbolo de fecundidad, y de
una exaltada sexualidad.
(21) W.Otto., op.cit.,p.121.
(22) Alfred Loisy, "Mitra" en Los
misterios paganos y el misterio cristiano,
Paidós, pp.119-148.
(23) Nietzsche distingue entre el Dios del placer
y el éxtasis, y el del horror y el dolor. La
creación olímpica de los dioses es también
parte del intento de liberación del "Uno
primordial" de sus profundos sufrimientos por
sus intrínsecas acumulaciones de contradicciones.
Ver Nietzsche, El nacimiento de la tragedia,
op.cit., pp.51-57.
(24) Nietzsche, La voluntad de
poderío, Madrid, Edaf, pp.554-55. Respecto al
eterno retorno nietzscheano aquí nos limitamos a
una acotada interpretación de algunos aforismos
de la obra póstuma La voluntad del poderío,
sin considerar la presentación más amplia de la
doctrina del eterno retorno en Así hablaba
Zaratustra, en su tercera parte, y en el
aforismo 341, "El peso más grande", en
la Gaya Ciencia.
(25) Ibid.,551.
(26) Ibid.
(27) Ibid., p.554.
(28)William Blake, Las bodas del cielo y del
infierno, Buenos Aires, Biblioteca personal
Jorge Luis Borges.
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