La
civilización medieval, e incluso renacentista,
es una
mezcla confusa de tradiciones populares locales y de
referencias cristianas. Se trata de un "cristianismo
folklorizado", según sostiene, con justicia, Jean
Delumeau, que alimenta las relaciones del hombre con su
entorno social y natural. Una antropología cósmica
estructura los marcos sociales y culturales. El hombre
no se distingue de la trama comunitaria y cósmica en la
que está inserto, está amalgamado con la multitud de sus
semejantes sin que su singularidad lo convierta en un
individuo en el sentido moderno del término. Toma
conciencia de su identidad y de su arraigo físico dentro
de una estrecha red de correlaciones.
Para que la "individuación a través de la
materia", es decir, a través del cuerpo, sea
aceptable en el plano social, habrá que esperar el
desarrollo del individualismo. Sólo
entonces,
efectivamente, el cuerpo será propiedad del hombre y no
más su esencia. En el plano de las representaciones,
una teoría del cuerpo como objeto independiente del
hombre aun cuando siga estando vinculado con él , siga
encontrando en él sus propios recursos (especificidad
del vocabulario anatómico y fisiológico) tendrá una
importancia social cada vez mayor. Pero en las
colectividades humanas de tipo tradicional, holistas,
reina una especie de identidad de sustancia entre el
hombre y el mundo, un acuerdo tácito sin fracturas en el
que interviene los mismos componentes. El individualismo
y la cultura erudita introducen la separación.
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Arriba,
izquierda, imagen de
Gargantúa, el voraz personaje
de "Gargantúa y
Pantagruel", de Rabelais,
que inspira las
investigaciones sobre el
cuerpo y la naturaleza de
Bajtin, y Le Breton. Abajo,
derecha, retrato de Rabelais. |
Para poder aislar algunas de las representaciones del
hombre (y de su cuerpo) anteriores a las actuales, es
necesario analizar la fiesta popular medieval. Sabemos
que ésta estuvo en centro de la vida social,
especialmente en el siglo XV. Pero para poder aprehender
el sentido de la fiesta medieval tendremos que abandonar
nuestras referencias contemporáneas. El jubilo del
carnaval y de las fiestas emparentadas con él -la de los
locos, la del burro, las de los Inocentes, etc., los
misterios, las sátiras, las farsas, la "risa
pascual", las cencerradas- pertenecen a un lugar
olvidado de la historia.
En el jubilo del Carnaval, por ejemplo, los cuerpos se
entremezclan sin
distinciones, participan
de un estado común: el de la comunidad llevado a su
incandescencia. No hay nada más extraño a estas
fiestas que la idea de espectáculo, de distanciamiento y
de apropiación por medio de la mirada. En el fervor de
la calle y de la plaza pública es imposible apartarse,
cada hombre participa de la efusión colectiva, de la
barahúnda confusa que se burla de los usos y de las
cosas de la religión. Los principios más sagrados son
tomados en solfa por los bufones, los locos, los reyes
del Carnaval; las parodias, las risas, estallan, por
doquier. El tiempo del Carnaval suspende provisoriamente los usos y costumbres
y favorece su
renacimiento y renovación gracias a este paso para-dójico.
Lo que se busca es un según soplo luego de que la gran
risa de la plaza pública haya purificado el espacio y a
los hombres. El Carnaval instituye la regla de la transgresión, lleva a los hombres a una
liberación de las
pulsiones habitualmente reprimidas. Intervallum
mundi,
apertura de un tiempo diferente en el tiempo de los
hombres y de las sociedades en las que viven. El aspecto
serio de la vida vuela en pedazos ante la risa
irreprimible de la colectividad, unida en el mismo
sacrificio ritual de las convenciones. Fiesta típicamente comunitaria en la que el conjunto de los
hombres tiende, provisoriamente, a la comunión, más
allá
de las tensiones de toda vida social. Todo es necesario
para hacer un mundo; el Carnaval lleva está conciencia a
su intensidad máxima. Los placeres del Carnaval celebran
el hecho de existir, de vivir juntos, de ser diferente,
incluso desiguales, al mismo tiempo débiles y fuertes,
felices y tristes, emocionados y frívolos, mortales e
inmortales.
Por
el contrario, las fiestas oficiales instituidas por las
capas dirigentes no se alejan de las convenciones
habituales, no ofrecen un escape hacia un mundo de
fusiones. Están basadas en la separación, jerarquizan a
los sujetos, consagran los valores religiosos y sociales
y, de este modo, afirman el germen de la individualización de los hombres. El Carnaval absuelve y
confunde; la fiesta oficial fija y distingue. Las
alteraciones que se producen en las festividades del
Carnaval, tiempo de exceso y de gasto, ilustran el fin y
el renacimiento del mundo, la nueva primavera de la
vida.
El cuerpo grotesco del júbilo carnavalesco se opone,
radicalmente, al cuerpo moderno. Es una posta, ensambla
a los hombres entre sí, es el signo de la alianza. No se
trata de un cuerpo separado: la noción de "cuerpo
grotesco" no debe llevar a equívocos. El cuerpo en
la sociedad medieval, y, a fortiori, en las tradiciones
del Carnaval, no se distingue del hombre, como sucederá
con el cuerpo de la modernidad, entendido como un factor
de individuación. Lo que la cultura del medioevo y del
Renacimiento rechaza, justamente, es el principio de
individuación, la separación del cosmos, la ruptura
entre el hombre y el cuerpo. La retirada progresiva de
la rica y de las tradiciones de la plaza pública marca
la llegada del cuerpo moderno como instancia separada,
como marca de distinción entre un hombre y otro.
El cuerpo grotesco está formado por salientes,
protuberancias, desborda de vitalidad, se entremezcla
con la multitud indiscernible, abierto, en contacto
con el cosmos, insatisfecho con los límites que
permanentemente transgrede. Es una especie de "gran
cuerpo popular de la especie" (Bajtin), un cuerpo
que no deja nunca de renacer: preñado de una vida que
habrá de nacer o de una vida que habrá de perderse, para
volver a renacer.
"El cuerpo grotesco-dice Bajtin-, no tiene una
demarcación respecto del mundo, no está encerrado,
terminado, ni listo, sino que se excede a sí mismo,
atraviesa sus propios límites. El acento está puesto en
las partes del cuerpo en que éste está, o bien abierto
al mundo exterior, o bien en el mundo, es decir, en los
orificios, en las protuberancias, en todas las
ramificaciones y excrecencias: bocas abiertas, órganos
genitales, senos, falos, vientres, narices".
Es decir, los órganos que avergüenzan en la cultura
burguesa.
Las actividades que le dan placer al hombre carnavalesco
son, justamente, aquellas en las se transgreden los límites, en las que el cuerpo desbordado vive plenamente
su expansión hacia afuera: el acoplamiento, la gravidez,
la muerte, comer, beber, satisfacer las necesidad
naturales. Y esto con una sed tanto más grande cuanto
precaria es la existencia popular, frecuente los
periodos de escasez y precoz y el envejecimiento. Es una
especie de cuerpo provisorio, siempre en la instancia de
la transfiguración, sin descanso. Un cuerpo siempre
boquiabierto, que sólo puede estar en la abundancia, que
apela, sin cesar, al exceso. La obra de Rabelais o las
de Cervantes o Bocaccio (aunque en un nivel diferente)
ilustran este fenómeno. El acento está puesto en un
hombre que no puede ser percibido fuera de su cuerpo, de
su comunidad y del cosmos.
Ya en el siglo XVI, en las capas más formadas de la
sociedad, se insinúa el cuerpo racional que prefigura
las representaciones actuales, el que marca la frontera
entre un individuo y otro, la clausura del sujeto. Es un
cuerpo liso, moral, sin asperezas, limitada, reticente a
toda transformación eventual. Un cuerpo aislado, separado
de los demás, en posición de exterioridad respecto del
mundo, encerrado en sí mismo. Los órganos y las
funciones carnavalescas serán despreciadas poco a poco,
se convertirán en objeto de pudor, se harán privados.
Las fiestas serán más ordenadas, basadas más en la
separación que en la confusión.
El
Carnaval es el revelador de un régimen del cuerpo que
no se acantona en el sujeto solamente sino que desborda
su inserción para tomar sus constituyentes y su energía
del mundo que lo rodea. El hombre, inseparable de su
arraigo físico, es percibido como incluido dentro de las
fuerzas que rigen el mundo. La separación se limita a
las nuevas capas dirigentes en el plano económico e
ideológico, todavía no alcanza las capas populares en
las que persiste un saber tradicional. La burguesía y
los reformados son los propagadores más fogosos de la
naciente visión del mundo que coloca al individuo en el
centro y mira al mundo con ojos más racionales.
En los sectores populares la persona está subordina a
una totalidad social y cósmica que la supera. Las
fronteras de la carne no marcan los límites de la mónada
individual. Un tejido de correspondencias entremezcla en
un destino común a los animales, las plantas, el hombre
y el mundo invisible. Toda está vinculado, todo resuena
en conjunto, nada es indiferente, todo acontecimiento
significa. Levy-Bruhl hablaba de una mentalidad
"primitiva" de las sociedad tradicionales. Ésta
está regida por las leyes de la participación,
vinculada en una relación de simpatía con todas las
formas animadas o inertes que se juntan en el medio en
el que vive el hombre. E. Cassirer también hizo
referencia a este sentimiento de continuidad, de
"comunidad de todo lo viviente", que
imposibilidad la separación de una forma de vida del
resto del mundo.
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Abajo,
izquierda, en imagen para
ampliar, hombre sujeto a la
influencia de los planetas y los
elementos. Ejemplo típico del
Renacimiento del humano integrado
en la amplitud de la naturaleza
terrestre y celeste.
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A través de esta representación, indefinidamente
diversificada en sus formas culturales pero que deja
entrever con facilidad su estructura antropológica, no
hay ninguna ruptura cualitativa entre la carne del
hombre y del mundo. El principio de la fisiología humana
está contenido en la cosmología. El cuerpo humano es en
la tradiciones populares, el vector de una inclusión, no
el motivo de una exclusión (en el sentido en que el
cuerpo va a definir al individuo y a separarlo de los
otros, pero también del mundo); es el que vincula al
hombre con todas las energías visibles e invisibles que
recorren el mundo. No es un universo independiente,
replegado sobre sí mismo como aparece en el modelo anatómico, en los
códigos del saber-vivir o en el modelo
mecanicista. El hombre, bien encarnado (en el sentido
simbólico), es un campo de fuerza poderoso de acción
sobre el mundo y está siempre disponible para ser
influido por éste.
La brujería popular también muestra esto: una
inscripción del hombre en un tejido holista en el que
todo es interrelación, en el que un gesto permite
aprehender el cosmos y desencadenan fuerzas
deliberadamente (brujería) o inadvertidamente. En Les
évangiles des quenouilles, un compendio de los saberes
tradicionales de las mujeres publicado en Brujas en
1480, se encuentra un repertorio organizado de
creencias sobre la enfermedad, la vida cotidiana, la
educación de los niños, los remedios, el cuerpo humano,
que describe este poder que rige el mundo.
(...) Cada palabra que se dice en Les évangiles des
quenouilles evoca las correspondencias simbólicas que
subordinan estrechamente todos los componentes animales,
vegetales, minerales, climáticos o humanos a sutiles ríos de
energía, a causalidades singulares en las que parecían no poder intervenir ni el azar ni la
indiferencia.
En hermosas páginas, L. Febvre evocó, en este sentido,
la fluidez de un mundo en el que no hay nada delimitado
estrictamente, en el que los propios seres, al perder
sus fronteras, cambian en un guiñar de ojos, sin
ninguna objeción, de forma, de aspecto, de dimensión,
incluso de reino.
Como diríamos nosotros: y por eso tantas historias de
piedras que se animan, toman vida, se mueve y progresa;
árboles que están vivos, animales que se comportan como
hombres y hombres que mudan en animales.
El caso típico es el del hombre lobo, el del ser humano
que puede estar en dos lugares al mismo tiempo sin que
nadie se sorprenda: "en un lugar es hombre, en el
otro, animal".