Antes de entrar
en problemas específicos
del cine me parece importante exponer
mis ideas sobre el arte. ¿Para qué existe el arte? ¿A quién
le hace falta? ¿Hay alguien a quien le haga falta?
Cuestiones que se plantea no sólo el artista, sino también cualquier
persona que recibe o "consume" el arte, como se suele decir con
una palabra que desgraciadamente desenmascara con
crueldad la relación arte-público en el siglo
XX.
A cualquiera, pues, le afecta esta cuestión y cualquiera que tenga que ver con el arte
intenta darle una respuesta. Alexander Blok decía que
"el poeta crea la armonía partiendo del
caos"... Pushkin atribuía al poeta dones proféticos... Cada
artista está determinado
por leyes absolutamente propias, carentes de valor para otro
artista.
En cualquier caso,
para mí no hay duda de que el objetivo de cualquier arte que no quiera ser
"consumido" como una mercancía consiste en
explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y
de la existencia humana. Es decir: explicarle al hombre cuál es el motivo y el objetivo de su
existencia en nuestro planeta. O quizá no explicárselo,
sino tan sólo enfrentarlo a este
interrogante.
Comencemos por lo más general: la función indiscutible
del arte, en mi opinión, está enlazada con la idea del conocimiento, de aquella forma de efecto que se expresa
como conmoción, como catarsis. Desde el momento en que
Eva comió la manzana del árbol de la ciencia, la humanidad está
condenada a buscar perennemente la verdad.
| iSugestiva
imagen de Stalker, uno
de los máximos films del
director ruso; arriba,
izquierda, Tarkovski. |
|
Es sabido que Adán y Eva en un principio se
dieron cuenta de que estaban desnudos y se avergonzaron. Se
avergonzaron porque comprendieron y entonces entraron en el
camino del conocimiento mutuo, placentero. Comenzó así un
camino que no tendría fin. Es comprensible la tragedia de quienes
del feliz desconocimiento fueron lanzados a los hostiles e
inaprensibles campos de lo mundano.
"Ganarás el pan con el sudor de tu
frente..."
Así apareció el hombre,
"cima de la creación", sobre la tierra y se hizo dueño de ella. El camino que recorrió desde entonces se suele denominar evolución. Un camino
que a la vez es el tormentoso proceso de autoconocimiento del
hombre.
En cierto sentido, el hombre va conociendo de
forma siempre nueva la naturaleza de la vida y de su
propio ser, sus posibilidades y objetivos. Por supuesto que para
ello se sirve también de la suma de los conocimientos humanos
ya existentes. Pero aun así el autoconocimiento ético-moral
sigue siendo la experiencia clave de cada persona, una
experiencia que tiene que hacer siempre de nuevo él solo. Una
y otra vez, el hombre se pone en relación con el mundo
movido por el atormentador deseo de apropiarse de él, de
ponerlo en consonancia con ese su ideal que ha conocido de forma
intuitiva. El carácter utópico, irrealizable, de ese deseo es
fuente perenne de descontento del hombre y del sufrimiento por
la insuficiencia del propio yo.
El arte y la ciencia son, pues, formas de
apropiarse del mundo, formas de conocimiento del hombre en
camino hacia la "verdad absoluta".
Pero ahí se terminan los puntos que tienen en común esas dos expresiones del espíritu humano creador, insistiendo en
que ese espíritu creador tiene que ver no sólo con descubrir, sino efectivamente con crear. Aquí, en este momento, lo que interesa es la diferencia radical entre la forma científica y la forma estética de conocer.
En el arte, el hombre se apropia de la realidad por su vivencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue los peldaños de una escalera sin fin, en la que siempre hay conocimientos nuevos sobre el mundo que sustituyen a los
antiguos. Es, pues, un camino gradual con ideas que se van sustituyendo unas a otras en secuencia lógica por los conocimientos objetivos más detallados. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Se presentan como una revelación, como un deseo del artista, un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo
de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge lo absoluto. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia de lo interminable y se expresa por medio de la limitación:
lo espiritual, por lo material; lo infinito, por lo finito. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo, unido a esa verdad absoluta, espiritual, escondida para nosotros por la práctica positivista y pragmática.
Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene
que activar su pensamiento lógico, tiene que dominar un determinado sistema de formación y tiene que saber entender. El arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional y que sea aceptada. No quiere proponer inexorables argumentos racionales a las personas, sino transmitirles una energía espiritual. Y en vez de una base de formación, también en sentido positivista, lo que exige es una experiencia espiritual.
El arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia
eterna, incansable, de lo espiritual, de un
ideal que hace que las personas se congreguen en torno al
arte. El arte moderno ha entrado por un camino errado, porque a nombre de la
mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda
del sentido de la vida. Así, la llamada tarea creadora se
convierte en una rara actividad de excéntricos, que buscan
tan solo la justificación del valor singular de su egocéntrica
actividad. Pero en el arte no se confirma
lo individualidad, sino que éste sirve a otra idea, a una idea más general y más
elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los
diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro.
Pero el hombre moderno no quiere sacrificarse, a pesar de
que la verdadera individualidad sólo se alcanza por medio del
sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y así perdemos
también la sensibilidad para nuestra determinación como
hombres.
Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la
meta del arte, surgido por el ansia de lo
ideal, es precisamente ese ideal, no quiero decir con ello que
el arte debe evitar el "polvo" de lo terreno... Todo lo
contrario: la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye
una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder
informarse de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo
infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una
ilusión, una imagen.
Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está
involucrada en esa contradicción, grandiosa hasta llegar al
absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y
dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa
unidad, en la que todo se halla contiguo al resto, todo fluye y penetra
en lo demás. Se puede hablar de la idea de una imagen,
expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar,
formular un pensamiento, pero esta descripción nunca le hará
justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional.
La idea de lo infinito no se puede expresar con palabras, ni
siquiera se puede describir. Pero el arte proporciona esa posibilidad, hace que lo infinito sea perceptible. A lo absoluto sólo se
accede por la fe y por la actividad creadora. Las condiciones
imprescindibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son
la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos.
La creación artística exige del artista una
verdadera "entrega de sí mismo", en el sentido más trágico de la palabra.
Si el arte trabaja con los jeroglíficos de la verdad
absoluta, cada uno de éstos es una imagen del mundo, incluido de
una vez para siempre en la obra de arte. Y si el
conocimiento científico y frío de la realidad es como un ir avanzando por
los peldaños de una escalera sin fin, el conocer artístico recuerda un
sistema infinito de esferas interiormente perfectas,
cerradas en sí mismas. Las esferas pueden complementarse o contradecirse
mutuamente, pero en ningún caso puede una sustituir
a otra. Todo lo contrario: se enriquecen mutuamente y
forman en su totalidad una esfera especial, más general, que
crece hasta el infinito. Estas revelaciones poéticas, de validez
eterna, con fundamento en sí mismas, dan testimonio de que el
hombre es capaz de conocer y de expresar de quién es
imagen.
Además, el arte tiene una función
profundamente comunicativa, puesto que la comunicación
interpersonal es uno de los aspectos fundamentales de la
meta creativa. A diferencia de la ciencia, la obra de arte tampoco persigue un fin
práctico de importancia material. El arte es un
metalenguaje, con cuya ayuda las personas intentan avanzar
la una en dirección a la otra, estableciendo comunicaciones sobre sí mismas
y adoptando las experiencias ajenas. Pero tampoco esto
hace una ventaja práctica, sino por la idea del amor,
cuyo se da en una capacidad de sacrificio enteramente
contrapuesta al pragmatismo. Sencillamente, no puedo creer
que un artista esté en condiciones de crear sólo por motivos de
"autorrealización». La autorrealización sin la mutua
comprensión carece de sentido. La
autorrealización en nombre de una unión
espiritual con los demás es algo atormentador, que
no aporta ningún provecho y que en definitiva exige grandes sacrificios de uno mismo. ¿Pero es que no compensa escuchar
el propio eco?
Pero quizá la intuición aproxime el arte y la
ciencia, estas dos formas de apropiación de la realidad
a primera vista tan contradictorias. Es indudable que la
intuición en ambos casos juega un papel importante, aunque
naturalmente sea algo más propio dentro de la creación poética
que de la ciencia.
También el concepto dc comprender designa en cada esfera algo totalmente distinto. El
comprender en sentido científico significa estar de acuerdo a nivel
lógico, de la razón, es un acto intelectual, emparentado con la
demostración de un teorema. El comprender una imagen artística
significa, por el contrario, recibir la belleza del arte a un nivel
emocional, en algunos casos incluso "supra"-emocional.
La intuición del científico, por el contrario,
es un sinónimo del desarrollo lógico incluso en los casos en los que aparece como una luz, como una inspiración.
Y esto es así porque las variantes lógicas, sobre la base de
informaciones dadas, no conectan continuamente con el principio,
sino que se perciben como un proceso natural, no como
una nueva etapa. Esto quiere decir que el salto consciente en
el pensamiento lógico se basa en el conocimiento de las leyes
de un campo científico determinado. Y aunque parezca que el
descubrimiento científico es una consecuencia de la
inspiración, la inspiración del sabio nada tiene que ver con la del
poeta. El nacimiento de una imagen artística
-una imagen única, cerrada, creada y existente a otro nivel, a un nivel no intelectual- no puede ser explicado por medio de un proceso
empírico de conocimiento con ayuda del intelecto.
Sencillamente, hay que ponerse de acuerdo en la
terminología.
Cuando un artista crea su imagen, está asimismo superando su pensamiento, que es una nada en
comparación con la imagen del mundo captada
emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es
efímero, y la imagen, absoluta. Por eso se puede hablar
de un paralelismo entre la impresión que recibe una persona espiritualmente
sensible y una experiencia exclusivamente
religiosa. El arte incide sobre todo en el alma de la persona y
conforma su estructura espiritual.
El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la
psicología de un niño. Su impresión del mundo es
inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del
universo. Es decir, no "describe" el mundo, el mundo es
suyo.
Condición imprescindible para la recepción de una
obra de arte es el estar dispuesto y ser capaz
de tener confianza, fe, en un artista. Pero en ocasiones resulta difícil superar el
grado de incomprensión que nos separa de una imagen
poética perceptible exclusivamente por el sentimiento. Lo mismo
que en el caso de la fe verdadera en Dios, también esta fe presupone una actitud interior especial, un potencial específico,
puro, espiritual.
En este punto, a veces uno recuerda la conversad Stavrogin y Schatov en
Los demonios de Dostoievski:
"Sólo quiero saber si usted mismo cree en Dios
o no". Nikolai Vsevolodovich le miró con severidad.
"Yo creo en Rusia y en su ortodoxia... Yo
creo en el Cuerpo de Cristo... Yo creo que su retorno se dará en
Rusia...Creo", tartamudeó Schatov fuera de sí.
"Y, ¿en Dios? ¿En Dios?"
"Yo... creeré en Dios".
"
¿Qué se puede añadir? De forma absolutamente genial
se ha recogido aquí esa confusa situación anímica, ese
empobrecimiento interior, esa incapacidad, que cada vez
se va convirtiendo en irremisible característica del hombre
moderno, al que se puede calificar de impotente en su interior.
Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no
buscan la verdad. Precisamente el vacío interior de quien
percibe el arte y lo juzga sin estar dispuesto a reflexionar sobre el
sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce la cuenta y lleva a una fórmula vulgar y
simplista, al "¡No gusta!! o "¡No
interesa!" Un argumento fuerte, pero
es el argumento de quien ha nacido ciego e intenta describir un
arco iris. Queda absolutamente sordo al padecimiento que sufre
un artista para comunicar a los demás la verdad que
experimenta en ello.
Pero, ¿qué es la verdad?
Una de las características más tristes de nuestro
tiempo es, en mi opinión, el hecho de que hoy en día
una persona corriente queda definitivamente
separada de todo aquello que hace referencia a una reflexión sobre lo
bello y lo eterno. La moderna cultura de
masas-una civilización de prótesis-, pensada para el
"consumidor", mutila las almas, cierra al
hombre cada vez más el camino de las cuestiones fundamentales
de su existencia, hacia el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual. Pero el
artista no puede, no debe permanecer sordo
ante la llamada de la verdad, que es lo
único capaz de determinar y disciplinar
su voluntad creadora. Sólo así se
obtiene la capacidad de transmitir su fe también a otros. Un artista sin esa
fe es como un pintor que hubiera nacido
ciego.
| Arriba,
izquierda, afiche de
Andrei Rublev; arriba,
derecha, Alexander
Kaidanovski en el papel
de Rublev; abajo
derecha, Anatoli
Solonitsin como Stalker. |
|
Sería falso decir que un artista
"busca" su tema. El tema va madurando en él como un fruto y le
impulsa hacia la configuración. Es como un parto. El poeta nada tiene
de lo que pudiera estar orgulloso. No es dueño de la situación,
sino su vasallo, su servidor; la creatividad es para él la única
forma de vida posible, y cada una de sus obras supone un acto al que no se puede negar libremente. La sensibilidad para la
necesidad de ciertos pasos lógicos y para las leyes que los rigen
sólo aparece cuando existe la fe en un ideal; sólo la fe apoya
el sistema de las imágenes (o, lo que es lo mismo, el
sistema de la vida).
El sentido de la verdad religiosa se da en la esperanza. La filosofía busca la verdad determinando los
límites de la razón humana, el sentido del actuar y de la vida
humanos (y esto es válido incluso en el caso del filósofo que
llega a la conclusión de que el actuar y la existencia humanos
carecen de sentido).
Al contrario de lo que se suele suponer, la determinación funcional del arte no se da en despertar
pensamientos, transmitir ideas o servir de ejemplo. La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la
muerte, conmoverle en su interioridad más
profunda.
Cuando el hombre se topa con una obra maestra, comienza a escuchar dentro de sí la voz que
también inspiró al artista. En contacto con una obra de arte
así, el observador experimenta una conmoción profunda, purificadora. En aquella tensión específica que surge entre una
obra maestra de arte y quien la contempla, las personas toma
conciencia de los mejores aspectos de su ser, que ahora exigen
liberarse. Nos reconocemos y descubrimos a nosotros mismos: en
ese momento, en la inagotabilidad de nuestros propios sentimientos.
Una obra maestra es un juicio
-en su validez absoluta- perfecto y pleno sobre la realidad, cuyo valor se mide por
el grado en que consiga expresar la individualidad
humana en relación con lo espiritual.
¡Qué difícil es hablar de una gran obra! Sin duda, además
de un sentimiento muy general de armonía, existen
otros criterios claros que nos permiten descubrir una obra
maestra dentro de la masa de otras obras. Además, el valor de
una obra maestra es relativo, en relación con el que lo
recibe. Normalmente se cree que la importancia de una obra de
arte se puede medir por la reacción de las personas frente a
esta obra, por la relación que resulta entre ella y la sociedad.
En términos generales, esto es cierto. Pero lo paradójico es la obra de arte, en ese caso, depende totalmente de
quienes la reciben, de que esa persona sea capaz o incapaz de descubrir, de percibir lo que une la obra con
el mundo en su totalidad y con una individualidad humana dada, que
es el resultado de sus propias relaciones con la realidad. Goethe tiene toda la razón cuando dice que es tan difícil leer un
libro como escribirlo. No puede existir una
pretensión de objetividad del propio juicio, de la propia opinión. Cada
posibilidad, aunque sea sólo relativamente objetiva, de un
juicio está condicionada por una variedad de interpretaciones.
Y si una obra de arte tiene un valor jerárquico a los ojos de
la masa, de la mayoría, esto suele ser el resultado de
circunstancias casuales y resulta por ejemplo del hecho de que
aquella obra de arte tuvo suerte con quienes la interpretaron.
Por otra parte, las afinidades estéticas de una persona en muchos
casos dicen mucho más sobre la propia persona que sobre la obra
de arte en sí.
Quien interpreta una obra de arte, normalmente centra
su atención en un campo determinado para ilustrar en él su
propia posición, pero en muy pocas ocasiones parte de un
contacto emocional, vivo, inmediato, con la obra de arte. Para
una recepción así, pura, haría falta una capacidad
fuera de lo común para llegar a un juicio original, independiente,
"inocente" -por llamarlo de algún modo-; pero el hombre normalmente busca confirmación de la
propia opinión en el contexto de ejemplos y fenómenos que
ya conoce, por lo que juzga las obras de arte por analogía
con sus ideas subjetivas o con experiencias personales. Por otro lado,
la obra de arte cobra, gracias a la multiplicidad de
los juicios que sobre ella se emiten, una vida cambiante, variopinta,
se enriquece, y así llega a obtener una cierta plenitud de
vida. "... Las obras de los grandes poetas
aún no han sido leídas por la humanidad
-sólo los grandes poetas son capaces de leerlas-. Las masas, sin embargo, las
leen como si leyeran las estrellas...; si hay suerte, como astrólogos, pero no como astrónomos. A la mayoría de las
personas se les enseña a leer sólo para su propia comodidad, como si se les enseñara a contar para que puedan comprobar las
cuentas y no ser engañados. Pero del leer como noble
ejercicio intelectual no tienen idea; además, sólo hay una cosa que
se pueda llamar leer en el más alto sentido de la palabra: no
aquello que nos adormece narcotizando nuestros más altos
sentimientos, sino aquello a lo que hay que acercarse de puntillas,
aquello a lo que dedicamos nuestras mejores horas de
vigilia".
Así decía Thoreau en una página de su maravilloso
Walden.
Lo bello, lo pleno en el arte, la maestría se produce, en mi opinión, cuando
ni en las ideas ni
en la estética se puede entresacar o destacar algo sin que
sufra la totalidad. En una obra maestra es imposible preferir determinadas partes a otras. Es imposible
"tomar de la mano" a su creador a la hora de formular los objetivos y las funciones que van a tener valor definitivo. En este sentido, Ovidio
escribía que el arte consiste en que uno no lo perciba, y Engels
decía: "Cuanto más escondidas estén las intenciones del
autor, tanto mejor para el arte..."
De modo muy similar a cualquier organismo, también el arte vive y se desarrolla en la pugna
entre elementos contrapuestos. En este campo, las partes contrarias se entremezclan y van perpetuando la idea casi hasta
el infinito. Esta idea, que hace de una obra arte, se esconde
en el equilibrio de las contradicciones que la constituyen.
Por ello, una "victoria" definitiva sobre la obra de arte, la claridad
inequívoca de su sentido y sus funciones es imposible. Por este
motivo decía Goethe que una obra de arte es tanto más elevada
cuanto más inaccesible es a un juicio.
Una obra de arte es un espacio cerrado, ni
demasiado ni caliente en exceso. Lo bello es el equilibrio entre
las partes. Lo paradójico es que una creación de esta clase
desata asociaciones cuanto más perfecta es. Lo perfecto
es algo único. O está en condiciones de producir una
cantidad prácticamente infinita de asociaciones, lo que al fin y al cabo
es lo mismo. (*)
|
(*)
Fuente: Andrei Tarkovsky, Esculpiendo
en el tiempo, Madrid, Editorial Rialp,
pp. 59-69, 1991.
| En
imagen para ampliar un momento
de la filmación de Stalker. Tarkovski, a la derecha, observa
la negrura en el piso,
metáfora acaso del abismo
superior a las palabras hacia el
que se enfila el arte. |
 |
|
Además
de su gran ensayo Esculpiendo
en el tiempo, en
el caso de Tarkovski
es, obviamente,
esencial el
acercamiento a su
profundo cine de
arte. En este
sentido,
recomendamos de
manera entusiasta
sus sietes films
fundamentales:
La
infancia de Iván
(1962); Andrei
Rublev (1966);
Solaris (1972); El
espejo (1974);
Stalker (1979);
Nostalghia (1983);
y el Sacrificio
(1986). |
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