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| El
arte en "El Nacimiento de la
tragedia" de Nietzsche. Por
Eugene Fink
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PRESENTACIÓN

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En 1872,
Nietzsche publica
El Nacimiento de la tragedia.
Su primera obra. En ella, restalla la influencia de Schopenhauer y
Wagner; en ella también respira una interpretación nueva y heterodoxa
sobre la antigua Grecia. La historia del arte de Winckelmann había
difundido la imagen de Grecia como patria de lo clásico, del ideal de
la armonía, la belleza proporcionada y el cultivo de la razón. Antes
de la edición de El
Nacimiento de la tragedia,
Nietzsche pronunció en Basilea tres conferencias donde esta imagen
clásica es cuestionada. En la conferencia La
visión dionisíaca del mundo
es invocado en todo su poder un dios soterrado: Dionisos. Dionisos es
símbolo de una realidad vital y profunda. El primer latido del mundo es
apariencia; lo que se aparece, lo que impresiona con rapidez inmediata
nuestros sentidos es la realidad como formas que se repiten, como días
y noches que se suceden según leyes estrictas. La apariencia del mundo
es orden y medida. Pero, a través de esta textura ordenada fluye,
deviene, una fuerza primordial, sutil, originaria y creadora: la fuerza
dionisíaca. Un poder universal que, bajo la férula de Dionisos,
promueve una forma particular de arte. El arte dionisíaco es
inconciente, instintivo, trasciende las apariencias, percibe el fondo
hondo de la existencia, expresa energías que fulguran más allá de las
cosas ordenadas del individuo. Lo dionisiaco es actividad visceral y
éxtasis. Es embriaguez que en la música encuentra su principal voz
expansiva. Con sensibilidad poética y mirada analítica,
Nietzsche caminó entre los fervores del rito arcaico en honor a
Dionisos. La tragedia antigua fue rito y culto del Dios exuberante. La
tragedia era coro, exaltación del canto y el sonido como imán que
invocaba y atraía lo divino. Así, el adorador de Dionisos se
encontraba y fundía, fugazmente, con el dios. En ese instante
comprendía el fondo abismal de la realidad: el "Uno
primordial", desde el que surge la potencia creadora. El arte
dionisiaco no es entonces un pequeño reino de ficciones en el que se
refugia el artista y el público que disfruta de su obra. Por el
contrario, el arte inflamado por los vientos de Dionisos es apertura a
la realidad, es experiencia sensible, cercanía con una misteriosa y
universal fuente creadora. El camino del arte dionisiaco es la ladera
acalorada hacia una cima divina, sagrada.
Eugen Fink es autor de una de las obras más lúcidas sobre el
pensamiento nietzcheano. En este primer número de Revista KENOS dedicado al
sentido del arte, hemos elegido para compartir con ustedes un momento de
La filosofía de Nietzsche donde Fink, con claridad y agudeza, bucea en
diverso temas: la naturaleza del arte dionisíaco; su diferencia con lo
apolíneo; la tragedia dionisíaca como una "metafísica de
artista"; la revelación de lo dionisiaco con el "Uno
primordial", con el fondo mismo de la existencia; la embriaguez
dionisíaca como superación del "principium individuationis",
de lo particular, de la pequeñez de la propia individualidad o yo, para
abrazar lo universal. Y Fink también destaca las influencias sobre el
joven Nietzsche de Schopenhauer quien, en El
mundo como voluntad y representación,
ya había enfatizado el poder de la música como revelación del
ser.
El arte y Dionisos: la creación dentro del rayo que no se extingue.
Esteban
Ierardo
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EL
ARTE EN "EL NACIMIENTO DE LA
TRAGEDIA" DE FEDERICO NIETZSCHE
Por Eugene Fink
Para Nietzsche lo primero es la intuición.
En El nacimiento de la tragedia las ideas
esenciales y básicas se exponen al comienzo,
como si se tratara de una tesis; se las
propone y afirma sin más; y adquieren
luego una especia de confirmación
cabalmente por la intensidad luminosa con
que atraviesan la realidad. A su luz los
fenómenos se tornan comprensibles; son el
plano trazado de antemano, la estructura
interna de las cosas. La intuición es en
Nietzsche la mirada previa, que penetra
como un rayo en la esencia misma; es
adivinación. Sus conocimientos
fundamentales poseen siempre la forma de
iluminaciones. Con esto no pretendemos dar una
valoración de ellos. Nietzsche
permanece extraño a la especulación. Su
pensamiento mana de una fundamental
experiencia poética, cercana al símbolo.
Nietzsche se encuentra bajo el dominio de
la poesía y el pensamiento; o, mejor: se encuentra desgarrado por su antagonismo.
Pero su adivinación mítica está
emparentada con el pensamiento
especulativo en la medida en que, al igual
que éste, se "adelanta" a los
fenómenos que hay que dilucidar.
Este "adelanto" aparece con
mucha claridad en la primera obra de
Nietzsche. Lo que parece un preludio
constituye en rigor el núcleo del libro.
Nietzsche
comienza diciendo que es una gran ventaja
para la "ciencia estética" el
que se llegue a " la certidumbre
inmediata de la intuición" de que el
progreso del arte está ligado al dualismo
de lo apolíneo y dionisíaco, de manera
semejante a como la generación lo está de
la dualidad de los sexos. Nietzsche parece
formular un conocimiento de la ciencia estética.
La estética aparece, pues, como
el horizonte de su planteamiento del
problema. Y pide, además, para su
conocimiento, "la certidumbre
inmediata de la intuición"; proclama
la intuición adivinatoria y la expresa en
seguida con una imagen mítica. El símbolo
mítico lo toma de los griegos que, como
él
mismo dice, "hacen perceptible al
hombre inteligente las profundas doctrinas
secretas de su visión del arte, no,
ciertamente, con conceptos, sino con las
figuras incisivamente claras del mundo
de sus dioses". El arte antiguo es
visto ahora como manifestación de
"doctrinas secretas"; es decir,
la presunta teoría estética se amplia
hasta convertirse en una interpretación de
la comprensión del mundo que en el arte
griego se revela. La obra de arte antiguo
se convierte en la llave de una visión
antigua del mundo. Lo apolíneo y lo
dionisíaco se muestran en el primer
momento como dos instintos estéticos de los
helenos. Apolo simboliza el instinto figurativo; es el dios de la
claridad, de
la luz, de la medida, de la forma, de la
disposición bella; Dionisos es, en cambio,
el dios de lo caótico y desmesurado, de lo
informe, del oleaje hirviente de la vida,
del frenesí sexual, el dios de la noche, y
en contraposición a Apolo, que ama las
figuras, el dios de la música; pero no de
la música severa, refrenada, que no pasa
de ser "una arquitectura dórica de
sonidos", sino, más bien, de la música seductora,
excitante, que desata
todas las pasiones. Apolo y Dionisos son
tomados, pues, al principio tan sólo como
metáforas para expresar los contrapuestos
instintos artísticos del griego, como el
antagonismo de la figura y la música.
Para ilustrar el antagonismo de estos
instintos artísticos, Nietzsche acude a
una contraposición "filológica"
de la vida humana; salta así a la
psicología. En el sueño y la embriaguez
aparece ahora de nuevo la contraposición.
El sueño es, por así decirlo, la fuerza
inconciente, creadora de imágenes, del
hombre. "La bella apariencia de los
mundos oníricos, en cuya producción cada
hombre es artista completo, es el
presupuesto de todo arte figurativo",
se nos dice. El sueño crea el mundo de
las imágenes, el escenario de las formas,
de las figuras; produce mágicamente la
bella apariencia que regala al alma la
felicidad de la contemplación neta y
precisa; aunque siga un curso caprichoso,
el soñar trae imágenes, siempre imágenes;
es una fuerza plástica, una visión
creadora. A Apolo, dice Nietzsche,
los griegos lo concibieron como esta
fuerza creadora del mundo imaginativo que
aparece en el sueño del hombre, pero es
una fuerza más poderosa todavía. Y aquí
Nietzsche da un salto directamente desde
la interpretación psicológica del sueño:
Apolo no sólo crea al mundo de imágenes del
sueño humano, sino que crea también el
mundo de imágenes de aquello que el hombre
toma de ordinario por lo real. A Apolo,
dios de las formas, podríamos denominarle,
dice Nietzsche, "la magnífica imagen divina del
principium individuationis, por
cuyos gestos y
miradas nos hablan todo el placer y la
sabiduría de la "apariencia",
junto con su belleza". ¿Cómo debemos
entender esto? El principium
individuationis es el fundamento de la
división y particularización de todo lo
que existe; las cosas están en el espacio
y en el tiempo; están juntas aquí, pero
justamente en la medida en que se hallan
separadas unas de otras, donde una acaba,
la otra empieza; el espacio y el tiempo
se juntan y separan a la vez. Lo que
nosotros llamamos de ordinario las cosas o
lo existente, es una pluralidad
inabarcable de realidades distintas,
separadas, pero, sin embargo, juntas y
reunidas en la unidad de espacio y tiempo.
Esta visión del mundo, que se refiere a la
separación de lo existente, a su pluralidad y
disgregación, se encuentra,
sin saberlo, prisionera de una apariencia-así
piensa Nietzsche, siguiendo en ello a
Schopenhauer-está engañada por el velo
de Maya. Esta apariencia es el mundo de
los fenómenos, que sólo sale a nuestro
encuentro en las formas subjetivas del
espacio y el tiempo. El mundo, en cuanto
es verdaderamente, en cuanto es la
"cosa en sí", no está
disgregado en absoluto en la pluralidad; constituye
una vida ininterrumpida, es una corriente
única. La pluralidad de lo existente es
apariencia, es mero fenómeno; en verdad,
todo es uno.
Es muy importante que no olvidemos que el
punto de partida de Nietzsche está en la
concepción de Schopenhauer, en su
distinción entre cosa en sí y fenómeno,
entre voluntad y representación. En una
versión psicológica, esta distinción parece
de nuevo en Nietzsche como la mencionada
distinción entre sueño y embriaguez.
Nieztsche sigue las huellas de Schopenhauer, al que cita como testigo
principal, de su concepción, precisamente
en el notable salto que da, al comienzo de
El nacimiento de la tragedia, desde el
sueño humano al sueño del Ser primordial
mismo; es decir, en la medida en que eleva
una comprobación psicológica, una
psicología del instinto artístico del
hombre, a la categoría de un principio
del universo. Lo que inicialmente era una
tendencia humana se convierte en un poder
ontológico. Nietzsche emplea aquí una analogía: al sueño humano creador de
imágenes, al cual da el nombre de Apolo.
Este poder de la bella apariencia es el
creador del mundo de los fenómenos; la
individuación, la separación es un engaño
apolíneo. La psicología se transforma con ello en una
metafísica extraña. Lo
mismo podemos decir también de la embriaguez.
Inicialmente se la ve como
algo humano, como aquel estado extático en que tenemos el sentimiento de
que desaparecen todas las barreras, de que
salimos de nosotros mismos, de que nos
identificamos con todos, más aún, de que
desembocamos y nos sumergimos en el mar
infinito. Pero inmediatamente esto se eleva
en Nietzsche al plano cósmico: "El
ser humano es ya un artista, se ha
convertido en una obra de arte para
suprema satisfacción deleitable de lo Uno
primordial, la potencia artística de la
naturaleza entera se revela aquí bajo los
estremecimientos de la embriaguez". La
embriaguez es la marea cósmica, es un
delirio de bacantes, que rompe, destruye,
succiona todas las figuras y elimina todo
lo finito y particularizador; es el gran
ímpetu vital. El origen de la tragedia
es, de hecho, una metafísica de artista,
una interpretación de todo el mundo al
hilo del arte; en éste aparecen, por así
decirlo, los grandes poderes contrapuestos
del ser. El arte se transforma
en símbolo. La metafísica estética de
Nietzsche nos sale ya al encuentro lista
en sus rasgos fundamentales, al comienzo de
su libro, como una visión única,
grandiosamente cerrada en sí misma,
Nietzsche no hace aquí ningún esfuerzo de
señalar el camino por el que llegó a su
tesis; en ningún momento se reflexiona
sobre la razón o la sinrazón de la
concepción ontológica que sirve de base.
Nos asombra el que Nietzsche siga sin crítica alguna a
Schopenhauer... Nietzsche no examina ni sopesa en
absoluto la distinción básica de
Schopenhauer entre el mundo como voluntad
y el mundo como representación, no tiene
ningún criterio con el que poder juzgarla.
Nietzsche no piensa de manera especulativa. Pero llena el discutible
armazón de Schopenhauer con una vida
inaudita, evoca símbolos míticos y a su
luz interpreta el arte griego como una
llave que nos abre el acceso a la esencia
del mundo.
Nietzsche nos ofrece después una
descripción del desarrollo de la cultura
griega, que estuvo guiada por los grandes
poderes estéticos. Lo apolíneo se opone a
lo dionisíaco, y al revés. Hay una
hostilidad entre estos dos poderes
contrarios, que se expulsan y combaten
mutuamente. Pero, y estoy constituye una
visión profunda de Nietzsche-no pueden
existir el uno sin el otro; su lucha, su
discordia es también una cierta concordia;
están unidos igual que los que luchan; el
mundo de la cultura apolínea de los
griegos, su inclinación a la media y el
orden, descansan sobre la base viva, únicamente refrenada, de la desmesura
titanesca. Lo dionisíaco es la base
sobre la que se apoya el mundo luminoso. La montaña
mágica del Olimpo hunde sus raíces en el
tártaro. Detrás del mundo de
la bella apariencia está la Gorgona.
"El griego conoció y sintió los
horrores y espantos de la existencia: para poder vivir tuvo que colocar delante
de ellos la resplandeciente criatura onírica de los
Olímpicos". Pero Apolo
no puede vivir sin Dionisos. Nietzsche
contrapone Homero, el poeta ingenuo, el
soñador del gran sueño apolíneo de los
dioses olímpicos, a Arquíloco. La lírica de
éste no tiene nada que ver con
la "subjetividad". Es este un
concepto "moderno", que resulta
simplemente inadecuado aquí. La lírica
de éste es
en su origen el elemento musical del arte,
el anti-elemento dionisíaco opuesto a la
plasticidad épica. En la lírica ve
Nietzsche un eco que viene de las
profundidades del mundo latente detrás de
todo fenómeno. Precisamente la música y la
lírica nos muestra con claridad quién es
el verdadero sujeto del arte: no el
hombre que cree ejercerlo, sino el fondo
mismo del mundo, que actúa por medio del
hombre y hace de él depositario de sus
tendencias. El fondo mismo del mundo busca
"redención" del desasosiego
vertiginoso, de la avidez, del sufrimiento
de la "voluntad" inquieta, y la
busca precisamente en el engaño de la
bella apariencia en la aparente eternidad
de la forma, de la consistencia de la
figura, del mesurado orden de las cosas.
En verdad la actividad artística del
hombre es un juego, una comedida
representada, en la que nosotros somos
solo los actores, figuras pertenecientes
también a la apariencia. Contemplando
desde el hombre, el arte es -en su
verdadero significado metafísico- una
"comedia del arte". "Pues
tiene que quedar claro, sobre todo, para
humillación y exaltación nuestras, que la
comedia entera del arte no es representada
en modo alguno para nosotros, con la
finalidad tal vez de mejorarnos y
formarnos, más aún, que tampoco somos
nosotros los auténticos creadores de ese
mundo de arte...Por tanto, todo nuestro
saber artístico es en el fondo un saber
completamente ilusorio, dado que, en cuanto
poseedores de él, no estamos unificados ni
identificados con aquel ser, que, por ser
creadora y espectador única de aquella
comedia de arte, se procura un goce eterno
a sí mismo". Mediante esta concepción
Nietzsche invierte el punto inicial de
partida. Allí partía de los instintos
artístico del hombre, para, en analogía
con ellos, presentar los poderes ontológicos
del sueño y la
embriaguez, Apolo y Dionisos, como
principios del mundo. Lo que que allí era
hilo conductor es ahora interpretado desde la perspectiva de lo
encontrado por ese medio. Partiendo del
instinto artístico del hombre, Nietzsche
halló los dos principios metafísicos del
mundo y ahora interpreta el arte humano
como un acontecimiento cósmico. Mediante
el hombre y en él tiene lugar- en cuanto
en el arte éste se abre universalmente a
los poderes fundamentales de Dionisos y
Apolo- un acontecimiento cósmico.
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Arriba,
en presentación, imagen de
Nietzsche del dibujante y músico
italiano futurista Luigi Russuolo;
arriba izquierda, templo de
Dionisos en el Líbano; izquierda,
para ampliar, el Dioniso del
Tiziano. |
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Para expresar esto Nietzsche emplea los
conceptos de "redención" y de
"justificación", que nos son
familiares, ante todo, por la fe
cristiana. En una concepción trágica del
mundo no puede haber redención alguna.
Nietzsche transforma el concepto de
redención y de
justificación, y lo emplea para expresar
un concepto perteneciente al mundo y que
contribuye a formar su ser. El fondo
primordial dionisíaco se proyecta
constantemente en la apariencia, y tiene,
en el fenómeno del arte, la transfiguración de su
manifestación. El
mundo de los fenómenos es, por así
decirlo, el bello suelo que sueña la
esencia del mundo. La forma eterna, la
belleza de la figura estructurada, el
resplandor luminoso de la gran escena, en
la que la variedad de las cosas parece en
el ámbito abierto del espacio y del
tiempo: esta luminosidad de la noche
abismal es lo "redentor",
"pues sólo como fenómeno estético
están eternamente justificados la
existencia y el mundo". Así como un
impulso oscuro se redime en la imagen, y
así como lo anhelado indeterminadamente se
realiza y hace presente en la escena del
mundo de las formas, y como la felicidad
soñada produce satisfacción, así también
el arte transfigura -para Nietzsche- la
dureza y la pesadez, el absurdo y el
abismo de la existencia". (*)
| (*)
Fuente:
Eugen Fink, La
filosofía de Nietzsche,
Madrid, Alianza, 1994, pp.
26-31.
Aclaración:
todas las citas interpoladas por
Fink en su explicación pertenecen
a El nacimiento de la tragedia.
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Las líneas precedentes
son estímulo para la
lectura de:
Federico Nietzsche, El
nacimiento de la tragedia.
La traducción de mayor
logro es la Andrés
Sanchez Pascual, editada
por Alianza.
Para continuar un lectura
sobre la amplitud del obra
nietzscheana, sin
restringirse a la
cuestión del arte
dionisíaco, puede
consultarse:
- Gianni Vattimo, Introducción
a Nietzsche,
editorial Pretextos.
-Gilles Deleuze, Nietzsche
y la filosofía,
editorial Anagrama.
Y la vasta biografía de Nietzsche de Cuart Paul
Janz, editorial Alianza.
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©
Revista KENOS. Número 1. 2003
Dirección
Esteban Ierardo
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