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LA OBRA DE ARTE EN HEIDEGGER
Por Eusebi Colomer
Lejos de todo escepticismo, para
comprender el arte Heidegger empieza por
analizar el origen de la obra. ¿De dónde
se origina la obra de arte? ¿Cuál es la
fuente oculta de su esencia? La respuesta
más obvia es ésta: el artista. Hay obras
de arte, porque hay artistas. Pero,
insiste el filósofo: ¿De dónde proviene
que el artista sea un artista? ¿No será
porque es capaz de producir obras de arte?
Henos aquí ante un circulo. "El
artista es el origen de la obra. La obra
es el origen del artista. Ninguno es sin
el otro. Sin embargo, ninguno de los dos
es por sí sólo el sostén del otro ya
que artista y obra son cada uno en sí
mismos y en su referencia mutua mediante
un tercero, que sin duda es lo primero, a
saber, aquello de donde el artista y la
obra tiene su nombre: mediante el
arte". Heidegger, empero, no
retrocede ante este circulo. Al contrario,
piensa que el mejor modo de salir de él
es entrar a fondo en él y llevar a cabo
su movimiento y esto quiere decir en
nuestro caso: partir de la realidad de la
obra de arte y ante la "cosa
misma" preguntarnos de nuevo por su
esencia.
Una
obra de arte es una cosa bien conocida por
todos. Se encuentra en el
museo,
en la iglesia, en la plaza pública,
incluso en las casas particulares. Si la
consideramos en su realidad material, no
es muy distinta de una "cosa" (Ding).
"El cuadro cuelga de la pared como la
escopeta
de caza o el sombrero. Una pintura, por
ejemplo aquella de Van Gogh que representa
un par de zapatos de campesina, vaga de
una exposición a otra. Las obras son
transportadas como el carbón del Ruhr o
los troncos de árbol de la Selva Negra.
Los himnos de Holderlin se metían
durante la guerra en la mochila como los
enseres de aseo. Los cuartetos de Beethoven yacen en los anaqueles de las
editoriales como las patatas en la bodega.
Todas ¡as obras tienen este carácter
cósico". Quizá nos
choque esta manera tan tosca y superficial
de ver la obra, propia del guardián o de
la mujer de limpieza del museo. Pero
tampoco la tan cacareada vivencia
estética puede pasar por alto lo cósico
de la obra de arte. La realidad material
de la obra es tan palpable y evidente que,
en vez de constatar simplemente que la
obra arquitectónica necesita de la
piedra, como la escultórica de la madera,
la pictórica del color, la poética del
sonido y la musical del tono, deberíamos
más bien decir: "La obra arquitectónica
está en la piedra. La escultórica
en la madera. La pictórica en el color.
La poética en el sonido. La musical en el
tono".
| Arriba,
en presentación, imagen del
templo de Neptuno (Posidón en su
fórmula griega); arriba,
izquierda, foto de Heidegger en su
madurez. |
La
obra de arte se muestra, pues, ante todo
como una cosa. Pero ¿qué es una cosa? En
el sentido más amplio del término, todo
es una cosa (Ding = res = ens
un ente). Sin embargo este concepto tan amplio de cosa no coincide siempre con
el uso del lenguaje. Difícilmente nos
atreveríamos a llamar a Dios una cosa.
Nos abstenemos también de tomar por
cosa al mecánico, al labrador o al
maestro de escuela. El hombre no es una
cosa. Hasta dudamos en llamar cosa al
ciervo en el claro del bosque, al
escarabajo en el césped, al tallo de
hierba. Ni siquiera el martillo, el
zapato, el hacha o el reloj son meras
cosas. Como tales sólo son para nosotros
cosas la piedra, el terrón, el pedazo de
madera. ¿Adónde se encaminan estas
reflexiones? A mostrar que a diferencia
del "ente" o del "utensilio" el
lenguaje reserva el nombre de "cosa" a
los objetos inanimados de la
naturaleza.
Entre
paréntesis: en esta diferenciación de la
obra respecto del utensilio se muestra el
cambio realizado en la autocomprensión del
ser-ahí después de la vuelta. El autor
de Ser y tiempo partía del utensilio. El ente nos salía allí al
encuentro como ser-a-la-mano. La obra, en
cambio, no está nunca a la mano. No es
posible determinarla partiendo de nosotros
mismos como hacía el ser-ahí con el
utensilio. El ser-ahí ha cambiado y
por ello la obra podrá llegar a ser para
él un modo de aparición de la verdad".
Sabemos lo que se entiende por "cosa" en contraposición al
"ente" o al "utensilio". Pero ¿cómo determinar ulteriormente a la obra de arte?
Cabría definirla como una "cosa
confeccionada". La obra se acerca a la cosa por su soporte material y porque no presenta ningún sentido utilitario. Pero en la obra hay
también algo más, además de lo cósico de la cosa.
"La obra de arte es en verdad una cosa confeccionada, pero dice algo otro que la simple
cosa. La obra hace conocer claramente lo otro, revela lo otro, es alegoría A la cosa hecha
se le junta en la obra de arte algo distinto.
La obra es símbolo. Alegoría y símbolo
forman parte con razón del marco de representaciones, dentro del cual se mueve hace tiempo la caracterización de la obra de
arte". Heidegger acaba de abrir una prometedora perspectiva para la adecuada comprensión de la obra de arte.
Vinculada por su material al mundo de las cosas, su
forma artística la convierte en "signo" de una realidad diferente. La obra es
una cosa y representa a otra. En ella se hace misteriosamente presente algo distinto de
lo que ella es. Por eso precisamente no es una mera cosa,
sino una obra de arte.
Pero ¿cómo explicar ese carácter
"representativo" de la obra? ¿Qué
es aquello que la obra de arte revela? Para que estas preguntas encuentren una respuesta, no
hay otro camino que situarnos ante una obra de arte
concreta y esforzarnos por escuchar lo que nos dice, adoptando un método que es el
fenomenológico, puesto que consiste en describir sencillamente lo que tenemos
delante al margen de toda teoría filosófica. Aunque la práctica
heideggeriana no se ajusta exactamente al programa, ya que la descripción se mezcla
con la interpretación, la fenomenología con la hermenéutica, el supuesto teórico es análogo al de
Ser y tiempo: toda ontología es fenomenología porque,
aunque no haya nada tras el fenómeno, éste tiene, sin embargo, que ser
descubierto, ya que siempre se oculta o disimula.
Henos aquí, pues, ante el famoso cuadro de Van Gogh que representa un par de
zapatos de labriega. El tema de la obra no puede ser más sencillo: un par de zapatos. Todo el mundo sabe lo que es un zapato: un útil que sirve para calzar
el pie. En el cuadro de Van Gogh ni siquiera podemos decir dónde están
estos zapatos. En torno a ellos no hay absolutamente nada a
lo que pudieran pertenecer o corresponder, fuera de un espacio
indeterminado. Ni siquiera llevan adheridos terrones
del terruño o del camino. Un par de
zapatos de labriega y nada más. Y sin
embargo...La obscura boca de su gastado
interior nos pone delante la fatiga de los
pasos laboriosos de la campesina. El cuero
esta impregnado de la humedad del
| Arriba,
el cuadro de Van Gogh de las botas
de campesina; abajo, derecha, otra
imagen del templo de Posidón. |
suelo.
Bajo las suelas se desliza la soledad del camino al atardecer. Los pobres
zapatos nos recuerdan la llamada silenciosa de la tierra, la
ofrenda del trigo maduro, la yerma desolación del campo invernal. Los vemos impregnados del mudo
temor por el pan cotidiano, la callada alegría de una buena
cosecha, la esperanza ante la llegada del hijo y la angustia ante la amenaza
de la muerte
¿Que ha sucedido? Sencillamente, que
el cuadro de Van Gogh ha hablado. En su cercanía nos hemos encontrado de pronto donde
habitualmente no estamos. La obra de arte nos ha revelado un mundo: el mundo
ingenuo y denso de la campesina. Y al insertar
el par de zapatos en ese mundo, la obra nos ha revelado a la vez lo que ellos son: un par le zapatos
de labriega. He aquí la misión del arte: mostrarnos lo que cada
cosa es en función de un mundo humano, en el que encuentra su exacto
significado y al que aporta un complemento enriquecedor.
El primer momento de la esencia de la obra de arte consiste,
pues, en la de una revelación de un mundo.
"Mundo" tiene aquí un significado ontológico. El
mundo es la suma de las cosas existentes conocidas o
desconocidas. El mundo no es un objeto ante nosotros que se pueda mirar.
"El mundo es lo inobjetivable de lo que dependemos, mientras los caminos dcl
nacimiento y la muerte, la bendición y la maldición nos retienen absortos en el
ser. Dondequiera que caen las decisiones esenciales de
nuestra historia, unas veces aceptadas por nosotros, otras abandonadas, desconocidas y
nuevamente planteadas, allí mundea (weltet) el
mundo".
Sin embargo, esta revelación de un mundo no sucede sin contacto con
la tierra, a la que la obra de arte pertenece por su materia. ¿Cómo es, pues,
la relación primigenia que reúne en la esencia de la obra
de arte su pertenencia a la tierra? Para esclarecer esta oculta relación Heidegger acude
de nuevo a las cosas mismas. La obra de arte elegida es ahora
una muestra grandiosa de la arquitectura griega, el templo de
Neptuno en Pesto. Una obra arquitectónica como un templo griego no representa
nada. Se levanta sencillamente en el hendido valle rocoso. Sus columnas
simples y majestuosas determinan en el espacio un recinto sagrado. En él está
presente el dios. Esta presencia del dios es en sí la ampliación y delimitación
del recinto como sagrado. Aunque la arquitectura no forma parte de las
obras de arte representativas, el templo, con su sola presencia, hace patente cl horizonte
peculiar del hombre griego. Aquella unidad de las
vinculaciones fundamentales del hombre con el nacimiento y la muerte, la
felicidad y la desdicha, la victoria y la ignominia, la perseverancia y la
ruina que constituyeron el mundo familiar de este pueblo histórico El
templo, suprema expresión del mundo griego, significa, a la vez, la
suprema vinculación a este mismo mundo. Ante él el pueblo griego tomo
conciencia de sí mismo, de su destino en el tiempo y en la historia".
Pero el templo, revelador de un mundo, no se aguanta en el aire, sino que descansa sólidamente sobre la roca. Allí se enfrenta,
erguido, a la tempestad que se enfurece contra él y la muestra sometida a su poder. Su noble silueta hace visible el espacio invisible. La firmeza inconmovible de la obra contrasta con el incesante oleaje del mar cercano. El brillo de la piedra da mayor relieve a la luz del día, al azul del cielo, a la oscuridad
de la noche. A su alrededor el árbol y la hierba, la serpiente y el grillo adquieren por vez primera una acusada figura y muestran lo que
son. Pertenecen a (...) la "tierra". La madre tierra que recoge en su seno a todos los entes que nacen y mueren. El templo ha abierto un mundo, pero para devolverlo a la madre tierra.
El arte auténtico no sólo revela un mundo, sino que lo vincula a
la tierra. El arte necesita de la naturaleza y constituye a la vez su
mejor expresión. Sin piedra, metal, colores y sonidos no es posible la obra de
arte, pero, contrariamente, es también en la obra de arte donde
"la roca comienza a soportar y reposar y así deviene por vez primera roca, el
metal comienza a brillar y centellear, los colores a lucir, los sonidos a sonar,
la palabra a llegar a la dicción". En el análisis de la obra de arte hay
que tomar, pues, en consideración un segundo momento constitutivo: la
tierra. Como antes el mundo, la tierra tiene también un significado
estrictamente ontológico. Corresponde a lo que en
Ser y tiempo se llamaba la facticidad.
La tierra es lo que acoge y soporta, pero también lo que nunca puede
ser amaestrado. Es el empuje infatigable que no tiende a nada. La tierra
hace que todo lo que quiere penetrar en su interior se estrelle contra ella.
Por ello dice de ella Heidegger, como Heráclito, que
"tiene por esencia ocultarse a sí
misma". Y, sin embargo, es a la tierra, en cuanto tal, a la
que Heidegger asigna un papel ontológico de primer orden, a saber, el de ser fundamento de la morada del hombre.
"El hombre histórico funda sobre la tierra su morada en el
mundo". Un mundo que no se funda sobre la
base firme de la tierra, un mundo aéreo y quimérico, no puede
garantizar al hombre una morada estable. El hombre debe vivir con y entre las
cosas, violentarlas, dejándoles ser lo que son. Ahí radica precisamente el humanizador de la obra de arte.
"Al establecer la obra un mundo,
produce la tierra. El producir (berstellen) se entiende
aquí en el sentido más estricto de la palabra. La obra levanta y mantiene la tierra en lo abierto de mundo. La obra deja a la tierra ser
tierra". Ahora bien, como la tierra ama ocultarse,
"producir la tierra quiere decir: llevarla a
lo abierto como la que se oculta a sí
misma".
"El establecimiento de un mundo y la producción de la tierra
son los dos rasgos del ser-obra de la obra. Ambos
dos pertenecen a la unidad de la obra". Pero esta unidad no es una unidad
en reposo, sino en movimiento. Tierra y mundo se encaran en la obra
de arte en una actitud dialéctica de conflicto. Son a la vez combatientes
y combatibles en un mismo combate. La tierra sólo surge por medio de un
mundo y el mundo sólo se asienta en la tierra.
"La tierra no puede prescindir de lo abierto de mundo, si es que ha de aparecer como tierra en
el impulso liberado de ocultación. A su vez el mundo no puede desasirse
de la tierra, si es que de fundamentarse en algo decisivo como horizonte
y camino que rige todo destino esencial". Sin embargo, es en el seno de
esta lucha entre la tierra y el mundo, lucha nunca acabada y que exige siempre y en todas
partes la mediación de la obra de arte, donde se realiza
su unidad esencial. Y del juego recíproco de la tierra y del mundo se origina
el descubrimiento y la desocultación del ente en su totalidad, es decir, lo que Heidegger
entiende por verdad.
El ser-obra de la obra de arte es, pues, uno
de los pocos modos esenciales en los que acontece la verdad.
"Estableciendo un mundo y produciendo la tierra la obra es la resolución de aquella lucha, en que se
conquista la desocultación del ente en su conjunto, la
verdad". En el estar ahí del templo acontece la verdad. En el par de
zapatos de Van Gogh acontece la verdad. La obra de arte pone en obra la
verdad. Una verdad que aparece con el resplandor de la belleza, ya que
"la belleza es un modo de estar presente la verdad como desocultación". Por
eso lo que importa en arte no es la glorificación del artista por medio
de la obra, sino el servicio humilde y obediente a la verdad.
El culto de la personalidad creadora, arbitraria y genial, es un rasgo de la época moderna.
"El culto moderno del genio está arraigado en la metafísica de la
subjetividad y era impensable en la edad media y en tiempo de los
griegos". No es el artista genial, en tanto que favorito de la naturaleza, quien da la
medida de la obra de arte: la creación artística no se estima más que en la
medida en que es una obra dc arte. El artista no es dueño de su obra, sino que se
halla a su servicio en tanto que acontecimiento de la
verdad".
(...) El arte es de un modo esencial
"poesía", en el sentido profundo de creación de una obra, en que la verdad aparece
con el resplandor de la belleza. Todas las artes, desde la arquitectura
hasta la música, son en su raíz poéticas, ya que en todas ellas se lleva a
cabo aquella instauración de la verdad que es la esencia misma del arte. Y puesto que
lo que en el ámbito de la creación literaria denominamos estricta (Poesie) cumple de manera privilegiada esta misión del arte, será
también poesía (Dichtung) de manera privilegiada. El primado que Heidegger
confiere a la poesía -en este punto como en tantos otros de acuerdo
con Hegel- resulta el papel singular de la palabra en el advenimiento de la
verdad. "El lenguaje mismo es poesía en sentido esencial. Pero, puesto que es aquel acontecimiento en el que por vez primera se abre para
el hombre el ente como ente, la poesía (Poesie) en sentido restringido es
la poesía (Dichtung) más originaria en sentido
esencial". Es decir, la poesía es la
más poética de las artes. Las otras artes se mueven en el surco que
la poesía previamente ha abierto.
| Arriba,
izquierda, vista del templo de
Posidón sobre cabo Sounio; derecha,
en imagen para ampliar, las
sobrevientes columnas del templo de
Posidón y su solitario diálogo con
el atardecer. |
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Es preciso tener muy presente esta condición poética del
arte para comprender su fuerza instauradora.
"La esencia del arte es la poesía.
La esencia de la poesía es la instauración de la verdad. El verbo
'instaurar' lo entendemos aquí en una triple acepción: instaurar como
regalar; instaurar como fundar e instaurar como
comenzar". El arte, en efecto, es
proyecto poético de la verdad. Como proyecto que pone en obra la
verdad de una manera extraordinaria y deshabitual
el arte es regalo, sobreabundancia, don; como proyecto que, lejos de realizarse en el
vacío, se refiere un grupo humano histórico es fundación, desvelamiento de lo que
constituye el subsuelo histórico de un pueblo, de aquello en lo que el
ser-ahí está ya proyectado como histórico,
"su" tierra y "su"
mundo; finalmente, como regalo y fundación es, siempre comienzo
verdadero, un "salto por encima de lo
venidero, si bien como encubierto".
Heidegger, pues, entiende el aspecto
"creador" del arte en un sentido
muy distinto del moderno subjetivismo. Éste lo malentiende en definitiva en el
sentido de la tarea genial del artista
como sujeto soberano. Para Heidegger, en
cambio, "todo crear es extraer (sacar
el agua de la fuente). En la relación
entre el artista creador y la fuente está
la clave para entender la libertad del
arte.
En
resumen, el arte acontece como poesía. La
poesía es instauración en el triple
sentido del regalo, la fundación y el
comienzo. El arte como instauración es
esencialmente histórico. Esto no significa
que el arte tenga una historia sino que
"es historia en el sentido esencial
de que funda la historia". "El
arte permite que surja la verdad. El arte,
como conservación creadora, hace surgir la
verdad del ente en la obra. Hacer surgir
algo, ponerlo en el ser desde la
proveniencia esencial en el salto
fundador, es lo que significa la palabra
origen (Ursprung). El origen de la obra de
arte, es decir, a la vez de los creadores
y los conservadores, lo que quiere decir,
de la existencia histórica de un pueblo,
es el arte. Esto es así porque el arte es
en esencia origen: una manera
extraordinaria de llegar a ser la verdad y
hacerse histórica. (*)
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(*)
Fuente: Eusebi
Colomer,"Arte y poesía en Heidegger",
en El pensamiento alemán de Kant a Heidegger,
v.III, Biblioteca Herder, Barcelona, 1990,
pp.600-608.
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