A veces se me ocurre imaginar un Poe que camina entre
las tumultuosas calles de una ciudad moderna. Se
que avanzaría ensimismado. Aparentemente ausente.
Pero profundamente alerta a lo más leve y singular
que lo rodea.
El creador de Ligeia suele ser mencionado
como el maestro del género del terror, o como
iniciador del cuento policial o de ciencia ficción.
Pero poca atracción provoca la idea de realidad
que trepida dentro de su universo imaginativo.
Como intentaré evidenciar en las líneas que
siguen, Poe no es sólo un escritor de
extraordinario fervor imaginativo. Es también un
pensador que piensa lo real a través de la
narratividad literaria. En el pensamiento
cosmovisional de Poe se yerguen las torres de la
sensibilidad romántica en boga en Europa nítidamente en el siglo XIX con antecedentes ya
en el Renacimiento (1).
Poe agita el candelabro del
arte romántico como una interpretación estético-filosófica
de la naturaleza más que como una forma o estilo
de la imaginación. Es en la naturaleza, en el mundo
material y físico, y no en invisibles penumbras de ultratumba,
donde resplandecen sus intuiciones más profundas.
Así nos permitiremos postular que el creador de
"El cuervo" percibe la naturaleza desde
la sensibilidad místico-religiosa del
romanticismo. La materia es una entidad viviente y
espiritual. El sujeto percibe la realidad cuando
experimenta lo natural como vida infinita.
Desde luego que en Poe no debemos buscar un
pensamiento sistemático, una postulación formal de
su ideario romántico. Tampoco
debemos dejarnos engañar por su aparente
clacisismo en La filosofía de la composición
(obra a la que luego aludiremos). Mejor es trasponer los
obstáculos de las apariencias y la dispersión
para descubrir la percepción constante de la realidad que
crepida en la obra de Poe.
Descenderemos hasta
grietas poco atendidas del escritor de La caída de la Casa Usher.
Caminaremos a través de una naturaleza
donde nada muerto o estéril podrá ser hallado.
1.
La materia-Dios
En los orígenes del pensamiento griego nació la creencia
de que sólo lo racional es verdadero. Lo sensorial,
el movimiento de los cuerpos, la
metamorfosis de colores y temperaturas, son
ilusiones. Así pensaron Parménides, Zenón y los
demás eleatas (2). Aunque con matices y salvedades,
Platón continuó con la denuncia del rostro engañoso de la
naturaleza donde gesticulan el no saber de las
meras opiniones, la muerte y el envejecimiento (3). El pensamiento judeocristiano
avala también la repulsa contra la pura
naturaleza. En ella, el espíritu o
pensamiento no hallan su hogar. El ser sutil y
profundo no debe ser confundido con las
tentaciones de los sentidos y el mundo visible
(4). El ser nunca es sol que
brilla o la materia que se enciende con su luz. A
lo sumo, cielo y tierra pueden ser creaciones o
efectos de una divinidad creadora. Pero la tierra
que pisamos nunca es el ser mismo.
Por el contrario, el
arte romántico es panteísta. Dios o el ser es el
árbol, el aire o la roca. El espíritu no late
dividido, separado, enfrentado a la cosa sensible,
al mundo vasto. La materia es sudor de una
divinidad, y el sudor es la propia divinidad que suda.
En Alemania, el romanticismo se enciende con el
movimiento del Sturm und Drang, en el siglo XIX.
La visión de la realidad de autores como Herder,
Hamann, Novalis o Schlegel comparten la percepción
de una realidad atravesada por una fuerza creadora
y dinámica. Para ellos, el universo sensible
"es un organismo viviente y móvil en cada una
de cuyas partes se manifiesta la presencia activa
de una fuerza divina" (5).
Las investigaciones de Galvani en el terreno de la
electricidad y la experimentación magnética de
Mesmer confirman, desde las costas de las ciencias
naturales, la doctrina de que una sola fuerza
contiene a la materia y el espíritu. La naturaleza
no es diferenciable ya de una presunta energía
sutil y creadora y universal.
Poe respira también el oxigeno panteísta en su
relato Revelación mesmérica. Allí,
el escritor
imagina la hipnosis de Mr. Vankirk. Lo sumerge en "un sueño
mesmérico" (6). El hombre adormecido sorprende a su hipnotizador
con revelaciones trascendentales. El hipnotizado es vocero de la realidad profunda. Su
sueño es un intenso despertar. Mr. Vankirk defiende la
unidad de la materia. En los labios anchos del
universo canta la diversidad, las muchas
estrellas, los muchos granos de arena. Pero la
frenética multitud de los átomos no tolera divisiones.
La materia sutil no posee "constitución atómica"; es,
por tanto, indivisible. Mr. Vankirk lo asegura.
Ninguna vacilación endurece sus mejillas. La
realidad es materia una, indivisa. Y esa
"materia última e indivisa no sólo penetra
todas las cosas, sino que las impulsa y de esta
manera es todas las cosas en sí mismas"
(7). Y para irradiar la máxima claridad Mr.
Vankirk:
"esta materia es Dios. Lo que el hombre
intenta formular con la palabra 'pensamiento' es
esa materia en movimiento" (8). El
ser divino trascendente resuena en cada cosa
porque es todas las cosas donde puede resonar:
"Todas las cosas creadas no son sino los
pensamiento de Dios" (9).

La realidad material es la mente universal. La materia
así, y la
naturaleza por extensión, es pensamiento que se mueve a
través
del temblor y progresión de cada cuerpo. Estamos
ya en praderas panteístas. Desde una evaluación
ontológica, Dios (como símbolo de un espíritu
universal) y la materia, son indescernibles.
| Imagen de una casa en Filadelfia en la que
habitó Poe; abajo, derecha, Poe en un
momento de concentrada escritura. |
Imagen poderosa de la materia-Dios en Poe es un
remolino. Un abismal ojo de aguas que se
arremolinan. Poe imagina en esta violenta expresión de la naturaleza el ulular de una
fuerza espiritual absoluta. El narrador de Un descenso del
Maelstrom se encuentra en un acantilado
situado en la provincia de Nordland, en el
distrito de Lodofen, Noruega, con un viejo pescador
noruego. El marino recuerda y narra hechos
extraordinarios acaecidos en una región turbulenta
del océano. Él, junto con su hermano, era dueño
de una embarcación acondicionada como goleta.
Mediante este navío, de setenta toneladas,
se entregaban a la pesca alrededor de las islas
situadas más allá de la isla Moskoe. Entre
las costas de Lodofen y Moskoe hay una apreciable
diferencia de profundidad, de unas cuarenta brazas
aproximadamente. En la pleamar, las aguas entre
Lodofen y
Moskoe se desplazan con gran rapidez. El
vertiginoso reflujo de la corriente genera un titánico remolino. Un gigantesco embudo. Una
oscura boca de un denso y umbrío cuello que se
despeña hacia una profundidad insondable.
Los dos marinos hermanos inician una nueva travesía.
Buscan los peces, la dulce recompensa para sus esfuerzos. En medio de la
navegación, el
cielo es ocupado por los negros estandartes de una
tormenta. La atmósfera, envenenada de caos, extravía a los pescadores entre
arrolladoras olas
y vientos que golpean los tímpanos y la piel con
ásperos martillos. La proa del barco es guiada por
la turbulencia de los elementos. Ya no por la
desvaída voluntad de los navegantes. Y el no deseado
cambio de rumbo conduce a los
pescadores hacia el abismo. El negro ojo
tronante del Maelstrom. Atrapado entonces por una
brusquedad todopoderosa, el navío gira dentro de
las aguas salvajes. El viejo marino recuerda sus enloquecidas palpitaciones dentro
del remolino; recuerda que, luego de un pánico inicial, pierde toda esperanza de supervivencia.
La resignación lo alivia. Un endulzada serenidad
acicala su ánimo, aunque se encuentre dentro de
la violencia espantosa de la naturaleza. Entonces,
un tibio placer amanece en sus labios. Pues "empecé
a reflexionar sobre lo magnifico que era morir de
esa manera y lo insensato de preocuparse por algo
tan insignificante como mi propia vida frente a una
manifestación tan maravillosa del poder de
Dios" (10).
La naturaleza embravecida, el negro abismo en el
océano, no es fatal ceguera mecánica. La fortaleza
colérica de la tempestad y
del remolino marino son manifestaciones de un poder
creador, terrible, omnipresente. Una vez más, la materia como
irradiación de lo divino; la
materia atravesada por voluntad y
pensamiento.
Y el remolino, el Maelstrom, provoca dos nuevos
efectos. Dos efectos que reviven la psicología del
hombre arcaico, del sujeto mítico que embriaga al
temperamento romántico.
El marino desciende más hondamente en la radiante
negrura del abismo. Entonces, frente a la
contemplación de la profundidad abismal, el
boquiabierto pescador asegura que
"nunca olvidaré la sensación de pavor,
espanto y admiración que sentí al contemplar
aquella escena" (11). Tal como nos lo enseña Rudolf Otto, el hombre arcaico
experimentó
frente a la realidad un sentimiento ambivalente.
Por un lado, un sentimiento de placer y elevación
ante la majestad del mundo; por otro lado, el hombre
experimenta ante el universo abierto el misterium
tremendum, el misterio
tremendo, el horror ante un mundo enigmático,
incomprensible, amenazante. Siempre capaz de
destruirnos con las rapidez del rayo (12).
Dentro de la naturaleza violenta, el pescador huele
la materia como verbo rugiente de Dios. Y revive
la ambivalencia del hombre religioso antiguo ante
el fenómeno del mundo. "Espanto y admiración".
Espanto ante el abismo entremezclado con otro
estado sensible de admiración, fascinación, misterium
fascinans. La oscura boca del Maelstrom
es también abertura simbólica hacia la visión de lo misterioso. Ante la negra profundidad del
remolino, "sentí el deseo de explorar sus
profundidades, aun al precio del sacrificio que
iba a costarme, y la pena más grande que sentí
fue que nunca podría contar a mis viejos
camaradas de la costa todos los misterios
que vería (13). El Maelstrom, y su interior
oscuro, no sólo es sitio material. Es también lugar
simbólico. Puerta entreabierta hacia las
profundidades y sus misterios.
Cuanto mayor
es la profundidad de la materia-Dios, mayor es su
condición inescrutable e indecible. Unos rayos de
luna se derraman por unos instantes dentro del
Maelstrom.
Pero no alcanzan a iluminar el fondo. Allí se agitan
nieblas oriundas del choque de las paredes líquidas que giran furiosas.
Allí brota un sonido de
colisiones poderosas. Que son tan indescifrables
como la negrura del fondo abismal. Por eso, el
pescador asume lo inexpresable e incomunicable de lo
profundo:
"... no trataré de describir el aullido que
brotaba del abismo para subir hasta al cielo"
(14).
La intuición de la materia-Dios es especialmente
llamativa también en el ensayo Eureka (15).
A la densidad y riqueza conceptual de este
significativo instante de Poe intentaremos
dedicarle un estudio particular en el futuro.
2.
Reflejos analógicos
La
identidad entre espíritu y la materia supone a su
vez la analogía, la semejanza, entre lo
universal y lo particular. La realidad universal puede ser expresada en lo pequeño,
singular y particular. Y, a su vez, algo particular
puede propagarse en lo universal e infinito. Célebre
formulación inaugural de esta forma de percepción es el principio de "así como es arriba es
abajo", contenido en La tabla esmeralda del
Corpus
Hermeticum (16). Es la correspondencia entre
el macrocosmos (mundo de arriba, cielo), y el
microcosmos (mundo de abajo, tierra, hombre).
En el Renacimiento este
principio resurge con vigor mediante la Escuela
neoplatónica de Florencia de Marcilio
Ficino y Pico della Mirandolla, Giordano Bruno o
Cornelio Agrippa; éste último manifiesta la
correspondencia o analogía entre el macro y el
microcosmos en su famosa Filosofía oculta (17).
El arte romántico de Poe cincela un pensamiento
analógico, de raíces herméticas, en
Ligeia y La isla del hada. Ligeia es
ejemplo superlativo de idealización
de lo femenino. La mujer guía hacia el
conocimiento. Mediante su
presencia bella y extraña, revela la sabiduría, la
vida profunda.
Poe y los románticos continúan aquí a los file de
amore de Dante (18).
La belleza de Ligeia
bulle esencialmente en sus ojos, en la extraña
expresión que dimana su mirada. El fascinado
amante de Ligeia descubre que, de manera misteriosa,
"encontraba en los objetos más comunes del
universo un círculo de analogías con esa expresión
(la de los ojos de Ligeia) (19). El
narrador descubre que el raro brillo de la mujer
amada se extiende a una multitud de lugares. En
todos ellos, puede reconocer una luminosidad
semejante al feérico resplandor de Ligeia. Estos
sitios son una viña, una fortaleza, una mariposa,
una crisálida, el océano, la caída de un
meteorito, la mirada de las gentes seniles, o
la situación de leer un libro o escuchar un instrumento de
cuerda. El fulgurar particular de la mirada de Ligeia
es análogo,
semejante, a la sensación que irradian
diversos objetos o seres del mundo. 
Poe insiste en los reflejos análogos en La isla
del hada. Allí, el narrador expresa su
inclinación
a ver el mundo como "un vasto todo animado y
sensible, un todo cuya forma (la de la esfera) es
la más perfecta y la más amplia de todas" (20). La totalidad-esfera puede a su vez
ser imaginada como círculos dentro de círculos. La
vida que existe en cada círculo es semejante a
la del resto. Y el narrador de este relato, al continuar
su deambular por una
naturaleza solitaria, se pregunta si "no
podemos suponer analógicamente, de la misma
manera, la vida dentro de la vida, lo menor dentro
de lo mayor? (21). La vida que existe en
el pequeño círculo de una roca es
semejante al resplandor de las estrellas que
refulgen en el círculo vasto del cielo. La naturaleza terrestre
comparte así una misma vitalidad con el espacio
sideral y
sus cuerpos radiantes. La constante analogía entre
lo bajo y lo alto, lo cercano y lo lejano, revela
la difusión de una vida única a través de
todos los círculos. Todo posee una sola alma,
aunque con diversos grados de realidad o
existencia. Sólo por
arrogancia, el hombre le niega alma a la tierra
que labra. En una nota a pie de pagina de La isla
del Hada, Poe recuerda al autor latino Pomponius
Mela y su afirmación de que "el mundo es un
gran animal"; es decir que posee un alma, alma
mundi.
Ya en el Renacimiento comienza a fosforecer la
concepción del universo como un todo animado,
viviente, como un animal universal, dotado de una
idéntica alma mundi. La constelación de románticos
ingleses y alemanes decimonónicos continuó y
profundizó estas intuiciones. En El discurso sobre la
Mitología de Federico Schlegel se recupera
el mito como la forma poética de percepción donde
toda particularidad, incluido el cuerpo, es símbolo de la totalidad. Todo se unifica por
relaciones de semejanza o analogía (22).
Este monismo universal de filiación romántica
ofrece afinidades con la caracterización que Poe
esculpe del entorno de la Casa Usher. Al arribar a
la casa donde acompañara a Roderick Usher, el
narrador advierte que una "superstición"
comienza a expandirse en él. La suposición de que
la casa y sus alrededores dimanan una atmósfera
propia, distinta a la del cielo. Una atmósfera
emanada por un estanque de aguas silenciosas, por
árboles marchitos y muros grisáceos. Primer signo
de un clima efervescente y tenebroso. Mientras se
alarga su visita, el narrador conoce el pensamiento
de su melancólico anfitrión. Usher "afirmaba la sensibilidad de
todos los seres vegetales". La sensibilidad
de la vida de lo vegetal se extiende también a lo
inorgánico, a las piedras. La ubicación
de las rocas de los ancestros de Usher es la que mana la
atmósfera densa
que arropa a las aguas y los muros cercanos. Es
una creación del orden o disposición de las
piedras vivientes. Para la ciencia clásica
y para el sistemático pensamiento
racionalista del siglo XIX, algo inorgánico como la
roca no puede rezumar el jugo de lo vivo. Para
una sensibilidad animista, romántica y arcaica, sí.
3.
El poder del lenguaje y el arte como
naturaleza
En la percepción de un mundo físico viviente,
moviente, creador, el lenguaje puede recuperar
también su
intensidad física. No nadaremos aquí entre el
oleaje del lenguaje como sistema de signos que sólo habla de
sí mismo. No nos detendremos aquí
en el lenguaje que pierde el aire endulzado de los
prados o los temblores opalinos de la luna.
Ascenderemos mejor a otra colina poco atendida en la obra de
Poe,
del lenguaje como fuerza que se dice dentro del mundo
(no fuera de él) y que crea siempre,
inevitablemente, nuevas formas.
En El poder de las palabras Poe
se entrega a una meditación o "pensamiento
sobre el poder físico de las palabras" (23). Oinos y Agathos son
ángeles que vuelan
entre las estrellas; entre la infinitud de la
materia. Luego de la destrucción de la tierra,
Agathos
introduce a Oinos en los secretos del proceso
creador. El ángel sabio afirma que Dios
"solamente creó en el comienzo " (24). Tras la
pronunciación de la primera
palabra que crea el mundo y la primera ley, todo es
"creación secundaria" (25). Y lo que
en el mundo creado crea, a cada instante, son las acciones. Porque
cada acto "determina infinitud de
resultados", y la palabra es acción. Acto. Luego de
pronunciada, la palabra es "impulso dado al aire"
que ejerce su influencia sobre cada rincón del
universo. Una inteligencia infinita, todopoderosa, puede
seguir "las
remotas ondulaciones del impulso", y llegar al final de la
propagación donde el
impulso se cristaliza en una nueva creación, en un
nueva entidad o ser físico agregado al mundo.
Todos los impulsos se propagan en el éter, en el
espacio sutil. El impulso emanado en el aire de
todas las palabras pronunciadas se mueve en una línea de movimiento y longitud inabarcables hasta
plasmarse en alguna vida nueva agregada a la
existencia.
Y Aghatos, el ángel que flota en el espacio
altivo de los astros, se detiene ante una bella
estrella verde. Estrella de flores refulgentes y
hermosas y de volcanes de coléricas erupciones.
Con visos de sorpresa y angustia, Agathos
contempla la gran esfera
luminosa. Oinos pide entonces a su alado
compañero que le
explique el porqué de su ensimismado detenimiento. Y el
ángel
recuerda:
"¡Y así es...así es! Esta estrella tan
extraña...hace tres siglos que, juntas las manos
y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la
hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus
brillantes flores son mis más queridos
sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son
las pasiones del más turbulento e impío
corazón!" (26).
La estrella de verdosa radiación es el final de
la línea, del impulso que se propaga en el éter
con las palabras que Agathos pronunció en la
tierra. Cuando aún era humano. El poder de sus
palabras apasionadas creó la estrella de las
flores incandescentes y los volcanes furiosos.
La palabra no es ya concepto separado del río de
sensaciones del mundo físico. Lo mismo que la
palabra divina en el comienzo, la palabra pronunciada, la
palabra como acto físico, es poder creador.
Es impulso vivaz que despliega una imperceptible
línea de nuevas creaciones materiales. El
lenguaje así no sólo dice las cosas sino que las
crea. Lo mismo que en el romanticismo, el lenguaje
se funde con el devenir universal. El
lenguaje es así poder físico que permite
participar del mundo creado.
Desde esta intuición de lo lingüístico, la
sensación, lo físico, la materialidad, no
puede ser atributo secundario del lenguaje. El
lenguaje es el fenómeno donde lo naturaleza se hace
palabra;
donde se convierte es
especial fuerza física. Que amplia la propia
naturaleza.
Esta poca atendida prosa El poder de las
palabras, puede conducirnos a otro sitio
escasamente apreciado de la obra de Poe: El
dominio de Arnhein o el jardín-paisaje. Allí, el
arte expresa su principal gracia en la
transformación estética de la propia naturaleza.
Ellison es el constructor y habitante de un jardín-paisaje.
Según el narrador, él es expresión de lo poético en más alto grado porque comprende que la
poesía consumada es "la creación de nuevos
modos de belleza puramente física" (27). El
jardín-paisaje es capaz de agradar más
a la Musa que una excelsa sinfonía o un poema
metafísico. El paisajista combina de nueva manera las
partes del mundo natural. Esta libre combinación
decorativa permite la "composición" del
paisaje, su conversión en obra de arte.
La teoría clásica quería que el artista actúe como espejo
que imita un modelo natural preexistente (28). El pathos
romántico
de Ellison desdeña cualquier imitación. Su práctica creadora es
exaltación e idealización de
la naturaleza. El arte se enciende al embellecer
el orden físico del mundo natural. Así
"la belleza original nunca es tan grande
como la creada" (29). Claro que el arte
no es pura manipulación empírica o material del
paisaje. El jardín-paisaje es
consecuencia de una voluntad y una reflexión divinas,
según Ellison.
La primera creación artística de la naturaleza es divina. Pero a los
ángeles, aunque en un grado menor, también les
cabe crear. Y asimismo a los hombres. Pero todo
lo que el ángel o el humano fragua es "creación
secundaria". La
naturaleza que el poeta físico convierte en
paisaje es arte. Pero es arte que descubre las
propias potencialidades de embellecimiento y
recreación de la naturaleza. El hombre es sólo
instrumento para esta alquimia. El arte
es entonces "una naturaleza secundaria"; no
es, por tanto, negación de la sustancia de montañas y
ríos. Es la propia expresión de la naturaleza en su
movimiento de nueva combinación o transformación.
El hombre-artista actúa como intermediario entre
la primera naturaleza original y la segunda recreada, reordenada.
El jardín-paisaje de Ellison es entonces acción de
poiesis, de producción poética dentro de lo
físico. En
El
poder de las palabras, el sentido conceptual del lenguaje
impulsa el aire y recorre la materia hasta crear una estrella.
En el reino de Ellison, el poeta-paisajista modela
una creación estética, refinada y espiritual, que se
corporiza como una nueva naturaleza
modificada.
Detrás de esta materialidad de las palabras del
lenguaje y del arte paisajista vive la percepción de
la naturaleza como movimiento creador. La inmensidad de los
océanos y
continentes no son prisioneros de una ley de
repeticiones mecánicas que reinstaura, sin cambio,
el orden del día anterior. Por el contrario, la
naturaleza que bulle en diversos instantes de la
literatura de Poe es vida que, con cada
movimiento, se expande y modifica. Es naturaleza
que le permite al hombre combinar sus notas de
nueva forma. Para exhalar nueva música.
4. El río de las fuerzas
naturales
Los antiguos intuyeron una ley natural que precede
a las retahílas de leyes humanas. Una ley que es
primera fuente para el obrar humano. Aún brumosamente,
el hombre intuye una justicia natural. A partir de
entonces, el sujeto puede actuar aspirando las
brisas de aquella legalidad natural, genérica, a
priori, o mediante sus propias leyes. Al actuar de
esta ultima manera, el hombre cree manifestarse
como ser
autodeterminado.
Pero también puede ser
la víctima de lo que Poe llama "espíritu
de la perversidad". Perversión que nace al transgredir lo que se
sabe que debe ser hecho. Esta transgresión natural
es el
fermento para una de las prosas más celebradas del
arte literario de Poe: El gato negro.
No
hurgaremos en este caso en la discusión ético-jurídica
sobre la relación entre ley natural y legalidad
humana. Perseguimos aquí una posible reflexión
sobre las fuerzas naturales que actúan sobre un
sujeto que se descubre finito.
Desde su infancia, el narrador de El gato negro
descubre el placer
de la convivencia con animales domésticos. Tras casarse, alberga en su hogar "pájaros, peces
de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y
un gato" (30). Un gato negro, Plutón.
Luego, el
alcohol lo conquista y carcome su antigua
serenidad y afabilidad. Un temperamento irritable
nubla sus relaciones con el mundo y su ánimo
embriagado goza al arrebatarle un ojo al gato. Al
desvanecerse la brusquedad del licor, el agresor siente remordimiento. El reproche de una natural
ley de compasión y respeto hacia todo ser
viviente. Pero, luego, en su alma irrumpe la
perversidad. Esa perversidad que "es uno de
esos sentimientos que dirigen el carácter del
hombre" (31). En la modernidad de las
luces, el sujeto se piensa triunfante, soberano,
dueño de una ley moral que se ha dado a sí mismo.
Este sujeto celebra su absoluta autodeterminación; pero, el sujeto es gobernado y
no gobernante. Su finitud, sus vacilaciones y
temblores, nacen del sentimiento perverso. Que
apañan la tendencia a quebrar el buen sentido,
"la Ley", a consumar aquello que no
debería ser hecho. Al fin de cuentas: "¿no hay en nosotros una
tendencia permanente que enfrenta descaradamente
al buen sentido, una tendencia a transgredir lo
que constituye la ley, por el solo hecho de
serlo?". Conciente el narrador de su caída bajo
la fuerza irresistible de lo perverso, ahorca y
luego empareda al gato negro.
En el Demonio de la perversidad, un asesino es perseguido por un demonio invisible
que lo acosa hasta obligarlo a confesar su
crimen que realizó sin motivo. O cuya motivación
era realizar lo opuesto a lo debido (32).
La negación perversa de la ley en El gato negro
eclosiona mediante la muerte y la vejación del
animal, manifestación primaria y viviente de la
naturaleza. En este proceso se desmorona la ilusión
del sujeto dueño de sí. Lo perverso, y la propia
ley natural quebrada por el "espíritu de la
perversidad", son, aunque con distintos
signos, fuerzas naturales que contienen y dominan la
acción humana.
Una rasgo de estas fuerzas es también su posible
intensidad, o exceso. Un fervor excesivo de
vitalidad que puede manifestarse como otredad
respecto a la necesidad humana de orden y mesura.
La percepción de esta vehemencia otra de lo
natural crea un nuevo modelo de razón analítica en
Los crímenes de la calle Morgue. Auguste
Dupin se enfrenta en este relato de Poe a un crimen que inocula asombro,
confusión e impotencia en los investigadores más
experimentados. Un mujer y su hija son asesinadas de
manera atroz, con un exceso de violencia. La policía
se desbarranca en la perplejidad ya
que no halla un posible móvil para la consumación
del asesinato. Para los investigadores
tradicionales, la primera condición para resolver
el nuevo enigma es que repita algún patrón
anterior. La razón ortodoxa
que piensa que todo hecho responde a leyes generales y conocidas
que invariablemente se repiten. Estas leyes le prometen al
investigador el descender hasta lo profundo de las
causas del hecho criminal. Pero la verdad no surge
mediante descensos lineales a lo profundo. La
senda escondida amanece al ensayar miradas
oblicuas respecto a un objeto o situación de
investigación. La visión directa de una estrella
nos enceguece. Sólo al evitar contemplarla de
lleno, sólo al contemplarla lateralmente, advertimos su
forma y coloración.
A veces, la llegada a lo esquivo y escondido surge
en una oblicua apertura a lo peculiar, a una
singularidad no contemplada por leyes generales
supuestamente comprobadas con anterioridad. Así
Dupin afirma tener "la impresión de que se
considera insoluble este misterio por las mismas
razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo,
a lo outré de sus características. La
policía se
muestra confundida por la falta aparente de móvil
y no por el asesinato en sí, por su
atrocidad." (33). A través de una "desviación
del orden ordinario de las cosas", y por la
percepción de lo otro o excesivo, Dupin forja una
racionalidad analítica heterodoxa. Que le permite
atender a los debidos detalles para, mediante
razonamientos y deducciones, descubrir que el
criminal de madre e hija que vivían en la calle
Morgue no era humano, sino animal. Un orangután de
sumatra.
En el primer cuento policial de la literatura, el
enigma se resuelve por la comprensión de la
invasión de la intensidad animal, otra, natural,
en el mundo humano.
El gato, en El gato negro, y el orangután
en El crímen de la calle Morgue, impelen
la percepción de las potencias naturales que
atraviesan las culturas y la civilización
humanas. Los animales revelan fuerzas naturales en
diversos niveles: como ley natural, como
perversidad, o como ferocidad animal.
Esta revelación animal burbujea de manera emblemática en El cuervo.
El destino del poema de Poe no puede disociarse
de su proceso de creación expresado en La
filosofía de la composición. Allí, Poe pretende
que The Raven fue construido mediante un meticuloso
método compositivo. La obra no se debe al azar o
intuición; por el contrario, esta "fue
adquiriendo forma gradualmente, con la precisión y
consecuencia rígida de un problema matemático"
(34).
La forma o método a su vez gira alrededor de la
evaluación de los medios adecuados para provocar
un efecto preciso. Primer elemento elegido en la
persecución de este resultado es la "unidad
de la impresión", la apreciación del poema en
un solo acto de lectura que pueda espolear una
exaltación intensa del ánimo (35). Después el
metódico poeta
determina la pertinencia de la variación en el uso
de un estribillo por su efecto rítmico y sonoro.
La sonoridad hipnótica se fortalece al articular
unas pocas letras. Adviene así la futura formula
de la repetición y la variación: never more.
La reiteración del estribillo desagrada a un espíritu razonable por lo que se debe convocar a
una "creatura no razonable capaz de
hablar". El cuervo, ancestral ave agorera,
será quien repetirá la frase hechizante.
Y elemento significativo también en la composición
es la determinación del ambiente local. El amante
atribulado descansa en una habitación donde
respiró la mujer ya extinguida. Poe elige una
tormenta para propiciar la llegada del cuervo y
para esculpir un contraste con la serenidad del
cuarto. El matemático método en devenir escoge
ahora un objetivo particular en el mobiliario: un
busto de Palas Atenea, de mármol blanco. Sobre él
se posara el pájaro inquietante.
Y entonces preguntas y respuestas se encastran en
un único rosario donde la interrogaciones tienen
como única devolución el lapidario y renovado never
more. Finalmente, el lúgubre enamorado desea
saber si se reencontrara con la desvanecida gracia
femenina que lo inflama. Pero la respuesta será,
otra vez, por siempre: never more.
La
reconstrucción racional de
los peldaños que sucesivamente se agregaron en la
escalera lírica del poema reflejan un proceder clásico en un
espíritu romántico como el de Poe.
Poe rechaza los dones de la inspiración o de un
arrebato de ebria inconciencia creadora. Esta
contradicción atrajo la atención de Borges en una
conferencia que dedica a la explicación racional
de la gestación de El cuervo (36).
Pero creemos que no debemos anteponer la forma del
proceso a los contenidos elaborados. Es decir, la
naturaleza de los elementos elegidos por el método
de Poe denotan una primacía de lo sensible
sobre lo puramente
deductivo o racional. El poeta aspira a transmitir
un efecto que arrebata y entristece. La
sensibilidad debe anegarse de melancolía ante la
belleza y su aura poética. El espíritu debe
conmocionarse con la belleza triste que exhala la
muerte de una mujer bella. Desde este efecto
central se desenrolla una urdimbre de otros
efectos cuyo éxito estriba en una exaltación o
intensificación de lo sensible, de un flujo de
sensaciones anímicas, espirituales, pero a su vez
materiales en tanto se difunden por el cuerpo
expectante del lector.
El entorno
que agobia al desdichado, su paisaje tormentoso,
con su cielo acribillado por ráfagas iracundas y rayos
exultantes; o la cadencia del estribillo repetido;
o el vivo contraste entre la blancura de la
estatua y el cuervo, que se posa
sobre ella, son elementos de intensos efectos
sensibles, materiales.
El método de composición de The raven triunfa
así no
por su fundamentación racional, por sus
explicaciones convincentes, sino por la potencia
sensible de los elementos a los que
apela.
Y dentro de la eficacia sensible del método
sobresale la presencia del cuervo. Para el
apesadumbrado amante el ave viene de "tiempos
remotos". Posee "ojos de fuego" que
fosforecen en lo profundo de su pecho. En el
simbolismo ancestral, el ave negra es creatura
agorera, de mal agüero. Es símbolo del decir la
verdad que anida en el tiempo. Es oráculo que
anuncia la fatalidad no querida. El cuervo es
corporización alada de la naturaleza henchida de
tiempo. La naturaleza que vive como movimiento es
fatal temporalidad que se despliega.
A través del animal, el amante sabe que no se
reencontrara con el bello perfume de la mujer
desaparecida. El pájaro anuncia la carencia trágica del sujeto que desea. El amor perdido
sólo
sobrevive en el tiempo que se aleja. Y que nunca
será recobrado por el tacto de nuestras manos. Es
la sucesión de instantes que grita su poder sobre
el hombre a través de la sombra del pasado que se
agranda.
Con su never more, el pájaro anuncia la
supremacía de la fuerza natural de lo temporal
sobre la finitud humana.
El cuervo, el animal, voz
de una naturaleza nocturna, desnuda el
conocimiento silenciado por el sujeto que tiembla
y desea. Nuestra huella, nuestro sudor, nunca
someten a la fuerza ruda del tiempo. Río
misterioso de la materia que dura y que evade
nuestros sueños de dominio.
| Arriba,
derecha, tumba de Edgar Allan Poe; abajo,
en imagen para ampliar, estatua del cuervo
que inspiró el célebre poema del
creador de "Ligeia". |
Y el hombre extraño traía algo sobre sus caderas,
próximo a su corazón...
Las telas grisáceas de la bruma
traspasaban cada átomo de aire. La
penumbra parecería un jardinero que
plantaba flores oscuras en techos de
casas y lechos secos de arroyos. Grietas
casi imperceptibles al principio, se
ensancharon después. Lentamente. Una
tarántula le susurró a otra que el
hombre del cuervo y la serpiente en los ojos
era seguramente el mensajero de la agonía
final del día. Eso creían también el
agua que se extinguía y el aire quieto,
suspendido, que empezaba a olvidar los
viejos himnos del viento.
Pero
el hombre extraño traía algo sobre sus
caderas, cerca de su corazón...
Y
antes de sumergirse en una grieta, se
sacó al fin su viejo capote.
Y entonces liber
ó al sol que
tenía sobre
sus caderas, sobre su pecho. Un sol que
había descendido para escuchar su
sangre profunda. El sol que ahora disipa la
bruma. Nos regala nuevos días. Y brilla, y
aloja en su corazón de fuego tu
corazón, Edgar Allan Poe.