Juego
y creación: el arte textil andino
Cuando
realizamos el intento de conectarnos con
otras tradiciones culturales privilegiando
sus manifestaciones artísticas nos empuja
la sospecha de que esta indagación puede
abrirnos a la comprensión otras maneras
de estar y de habitar el mundo que nos
rodea.
Si
elegimos el arte textil andino no debemos
caer en el error de considerar que se
trata de un arte menor por su relación
con un quehacer artesanal y gremial porque
esta categorización nos limita para
apreciar aquellos valores estéticos que
quedan fuera de los patrones críticos de
nuestra propia tradición.
En
las culturas americanas, el lugar que
ocupa la pintura en Occidente está
representado por el arte textil. Se trata
de un arte mayor por el perfecto dominio
sobre la materia y por la profusión de
diseño y de color. Cada estilo nos ayuda
a reconstruir una cultura que se resiste a
desaparecer y da testimonio de un mundo
diferente al occidental.
Existe
también una razón ambiental para
privilegiar la textilería de las regiones
andinas. Según señala Ruth Concuera a
quien seguimos en estas consideraciones,
en la franja desértica de la costa del
Pacífico ubicada entre el Norte de Perú
y el Norte de Chile las condiciones
climáticas para la conservación de los
tejidos son inmejorables: terreno seco,
ausencia de luz ya que los tejidos fueron
enterrados y poca incidencia del material
orgánico. Estas características, muy
similares a las del desierto de Egipto,
permitieron recuperar de los enterratorios
piezas que provienen no sólo de aquel
sitio sino también de los focos de gran
textilería que estuvieron situados lejos
de allí, en las altas montañas.
Lo
que nos interesa en relación al arte
textil andino es destacar el carácter
lúdico con el cual se desarrolla en
ciertas tradiciones, por ejemplo en la
cultura Chancay y en el Noroeste
argentino. Allí se tejen piezas con
diseños ambiguos que, según se los
observe representan un pájaro o un
felino, un pelícano o una serpiente. Los
motivos son limitados pero no lo son sus
combinaciones que desconciertan al
observador creando verdaderos juegos de
ilusión donde se establece con el artista
un diálogo fuera del tiempo.
En
estos casos el juego permite reconstruir
el espíritu que les dio origen porque
rompe las barreras con lo material que
cancela la determinación absoluta en una
superabundancia del diseño y del color.
Tanto en la gasa como en el filet se ponen
de manifiesto la libertad y el ingenio del
artista que se conjugan en la armonía de
la pieza.
El
juego virtuoso es uno de los componentes
que colocan o estos tejidos dentro del
fenómeno de lo creación artística
estableciendo siempre un punto de
encuentro entre el hombre y el Universo
tal como el artista lo interpreta "El
tejido sagrado llevaba mensajes
simbólicos , mitogramas, mensajes que
acompañando el ajuar funerario iban a
establecer un diálogo con los dioses en
un tiempo no atado a lo humano:" (Concuera,
1987, p.58).
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Arriba,
derecha, gorro de la costa sur
peruana, perteneciente al
Horizonte Tardío; abajo
izquierda, fragmento de un
tejido anterior a la conquista. |
Sin
embargo no se puede comprender esta
simbología sin conocer el contexto
histórico, el modelo religioso y el
espacio temporal que los produce y del
cual son expresión. El tejido, como todas
las manifestaciones artísticas, nos habla
de otros tiempos y de otros hombres, de su
vida y de sus afanes y por eso la mejor
manera de referirnos a una pieza es
situarla en su marco histórico y social.
Comencemos entonces con algunas
referencias al espacio geográfico.
En
los 5000 kilómetros que recorre la
Cordillera de los Andes, desde Colombia y
Venezuela hasta el Sur de la Patagonia,
las culturas matrices que irradiaron su
influencia a todas las áreas se
localizaron en dos focos. La costa de
Perú, que como ya señalamos constituye
una de las regiones más áridas del
planeta y el Altiplano peruano –
boliviano.
A
pesar de las bajas precipitaciones y la
sequedad del suelo, la costa peruana
presenta un clima templado por la
influencia de la corriente fría de
Humboldt.
Entre
los meses de abril y octubre la niebla que
se concentra entre el océano y las
montañas favorece la aparición de pastos
superficiales a donde llegan hoy igual que
hace miles de años pastores cuyos
movimientos constituyen focos de
circulación
que unen las costas, las
tierras altas y la selva. Gracias a estos
movimientos y a través del trueque las
fibras textiles y las lanas de alpaca, de
llama y de vicuña, llegaron a lugares muy
alejados de su origen.
Los
valles localizados entre las sierras y el
Altiplano constituyen el entorno de
aquellos tejedores que habitan el Norte de
Chile y el Noroeste argentino, Bolivia y
el Sur de Perú. "La figura de la
campesina del Altiplano con el niño en la
espalda hilando con el uso en la mano,
mientras camina en las rocas para ir a
cuidar a su rebaño es una imagen diaria y
familiar." (Concuera, 1987, p.11)
Ambos
focos nos proporcionan los más antiguos
antecedentes de la herencia textil andina
que aún se conserva en aquellos pueblos
que quedaron aislados entre las sierras
del Altiplano.
La
tradición Paracas – Chavin
Los
comienzos de la industria textil se
remontan a los hallazgos de las cuevas del
Guitarrero en los Andes peruanos (8.600
a.C.) y al sitio de Huachichocana ubicado
en la actual Provincia de Jujuy en el
noroeste argentino (7.600 a.C.) en ambos
lugares se han encontrado sogas y cuerdas
que denotan una gran habilidad en la
torsión y en el manejo de la fibra. Las
hebras podían girar a la izquierda o a la
derecha para proporcionar mayor firmeza al
tejido o con una intención decorativa.
En
algunas comunidades de tejedores el
sentido de la torsión se relaciona con un
significado mágico – religioso; se
supone que la pieza cuya torsión se
realiza hacia la izquierda proporciona
protección a su tejedor.
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Abajo,
izquierda, en imagen para ampliar detalle de un
tejido del pueblo de Paracas.
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El
universo cultural al cual pertenecen estos
hallazgos corresponde a una tradición de
cazadores y recolectores que dejaron sus
testimonios en las pinturas de las
cavernas en las cuales buscaron refugio
contra las inclemencias del clima. Los
motivos son símbolos aislados o futuras
piezas de caza.
Los
comienzos del tejido se producen en los
grupos de agricultores tempranos alrededor
del tercer milenio antes de Cristo.
De
esta época data el yacimiento
arqueológico de la Península de Paracas
donde se hallaron restos de camisas
hiladas con finas fibras de cactus,
algunas veces teñidas de rojo, por
frotación de hematitas y esteras de junco
tejidas a partir del entrecruzamiento de
dos tramas alrededor de la urdiembre.
En
esta época las poblaciones de la costa
central de Perú se fueron ampliando en
agrupamientos que se consideraban
descendientes de un antepasado común y
que con el tiempo darán lugar al ayllu,
célula social de la población andina.
En
esta misma época se produjo en América
la revolución agrícola que modificó
profundamente el horizonte cultural de los
pueblos andinos. La observación de los
cultivos y la dependencia de las
condiciones del clima producen otro
contacto con las divinidades. El
pensamiento mítico se concentra en torno
al problema de la fertilidad.
En
el arte los motivos referidos a los
animales ceden su espacio a los símbolos
abstractos de la fecundidad. El hombre
andino ve por detrás de las cosas su
sentido profundo y trascendente.
Es
la época en que se establecen relaciones
entre los pobladores del desierto de Perú
y los del Norte de Chile donde se
reproducen los rasgos típicos de la
tradición Paracas: la producción de
cestos, el uso de turbantes, los tejidos
en malla y sobre todo la costumbre de
acompañar a los muertos con un ajuar muy
valioso que nos habla de un culto ya
establecido.
Esta
influencia llega hasta Morrillos en la
Provincia de San Juan (Argentina) donde se
hallaron restos humanos envueltos en
cueros y pieles unidos por fibras
vegetales y acompañados por mantas de
lana tejidas.
Mientras
tanto, hacia el 2800 a.C., en la costa
peruana se produjo la domesticación del
algodón. Se trata de un desarrollo de
capital importancia que se anticipa en
varios siglos a la aparición de la
cerámica y que dará lugar a la
textilería con motivos decorativos. El
motivo más repetido es el cóndor de alas
desplegadas con una serpiente en su cuerpo
en el que predominan los tonos azules y
los castaños.
También
es durante este período arcaico cuando
aparecen los primeros telares que
permitían ahorrar una serie de
movimientos que antes se hacían
manualmente utilizando un dispositivo
mecánico para levantar los hilos de la
urdiembre dando lugar a un espacio por
donde pasa la trama.
Estas
transformaciones culturales: la
domesticación del algodón y del maíz,
la arquitectura urbana, la aparición de
la pirámide truncada que nos señala la
constitución de un cuerpo sacerdotal que
impulsa el perfeccionamiento del tejido y
los primeros trabajos en cerámica
anuncian otra etapa del tejido: el llamado
horizonte Chavin, primer período de
expansión panandino cuya influencia se
dejó sentir desde el Sur de Colombia
hasta las culturas del Noroeste argentino.
Del
Chavin temprano se conservan piezas
pintadas donde los motivos principales son
el ave, el felino y la serpiente que
aparecen en tríadas o diseñados en forma
individual, en todos los casos con una
fuerte carga simbólica. Las castas
sacerdotales fueron quienes atesoraron
este conocimiento mientras que los
artesanos se encargaban de ilustrarlo
estableciendo una interacción entre
verbalizaciones y visualizaciones.
Con
el establecimiento del estilo Chavin se
produce un gran desarrollo técnico del
tejido, se popularizan las gasas y las
piezas de telar, se utiliza la técnica
del brocado y del gobelino.
Gracias
al hallazgo de los yacimientos
arqueológicos de Cupisnique en la costa
Norte de Perú, sabemos que se habría
domesticado la llama, la alpaca y la
vicuña porque estos animales aparecen
representados en la cerámica.
En
la costa se han encontrado tumbas
individuales excavadas en la arena o
inmensas necrópolis que albergaban una
gran cantidad de fardos funerarios, estos
descubrimientos permiten asociar la
tradición Paracas al horizonte Chavin ya
que la función primordial de los tejidos
era realzar el contenido mítico y actuar
como vehículo de creencias.
En
algunos entierros los personajes habían
sido colocados en canastas o cubiertos con
pieles de zorro o cóndor. La cabeza está
adornada con gasas o paños finos con
figuras mitológicas pintadas en colores
armoniosos, también llevan un turbante
constituido por una larga faja tejida que
forma en la frente o al costado una borla.
Los
cuerpos están cubiertos por dos o tres
mantos que representan figuras
mitológicas y protegidos por una gruesa
sábana de algodón.
La
iconografía de la fase Chavin, que se
continuará en la cultura Nazca, denota el
deseo de movimiento y la vocación
pictórica de los tejedores. La aguja del
artista crea su propio ritmo como lo
haría un pintor con su pincel, los hilos
de diferentes colores se combinan
armoniosamente para lograr una imagen
deseada sin otra limitación que la
voluntad del artesano.
Dos
elementos distintivos tienen los mantos
Paracas: el ritmo de su iconografía y la
aristocracia del color.
"Ricardo
Rojas señalaba en el Silabario Americano
que una de las características del arte
de este continente es el ritmo de las
reiteraciones. Las figuras se repiten y
las rotaciones de los colores en la ropa o
en adornos de los personajes pueden guiar
al observador para encontrar el comienzo
de una serie." (Concuera, 1987,p.17).
Este ritmo es asimilable a las pausas y a
las notas de la música que sabemos,
estuvo presente en las ceremonias porque
la representación de músicos y
bailarines es otro de los motivos
presentes en esta cultura.
Se
trata de bordados en punto cadena
aplicados sobre telas de impecable
confección tenidas con veintidós colores
distintos que variaban en ciento noventa
tonalidades.
Con
la tradición Paracas todas las técnicas
que se desarrollaron en el arte textil
andino llegaron a su punto de
culminación. Las culturas posteriores
retomarán estos conocimientos.
Período
intermedio tardío – La cultura Chancay
Otro
momento de máximo esplendor en el
desarrollo del arte textil es el que los
especialistas denominan período
intermedio tardío que retoma la antigua
tradición de gasas de Paracas y la eleva
al más alto nivel de expresión
artística.
Se
desarrolló en el centro y el Norte de la
costa de Perú en el reino Chimu. Los
chimúes fueron magníficos orfebres y
tejedores, concentrados en el centro
urbano de Chan – Chan, consideraron a la
ropa y al arte plumario como un símbolo
de jerarquía social. Las más complejas
técnicas fueron combinadas en cada pieza
tejida para dotarlas de un valor digno de
competir con otras cubiertas de plumas y
de lentejuelas de oro. Todos los
ornamentos muestran que la ropa formaba
parte del fastuoso escenario donde se
desarrollaba el culto.
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Abajo,
en imagen para ampliar, un maravilloso árbol
nacido del arte andino del tejido
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Al
mismo tiempo en la costa central se
desarrollaron durante este período dos
técnicas nuevas. Por un lado, la del
crepe -que se consiguió a partir de una
fuerte torsión de los hilos y de
sobrebordados que se aplican sobre gasas y
filets cuidadosamente teñidas-. Y por
otro, aquella que consiste en cambiar los
diámetros de las hebras y al mismo tiempo
su torsión, trabajando con hilos muy
finos pero de gran resistencia de modo tal
que se logra una tensión uniforme en toda
la tela, aún cuando se torna más
dificultoso por lo abierto de la trama.
Una
mención especial merece, durante este
período la cultura Chancay, por el
refinamiento que alcanzó el arte textil y
por el alto desarrollo de la simbología
de los motivos. En esta tradición se
destaca la candidez con la cual los
artesanos desarrollaron su juego creativo.
En
cada pieza queda plasmado el deseo de
trascender lo temporal y de comunicar lo
que se considera permanente. La técnica,
el ingenio decorativo y el universo
interior de los artistas se conjugaron
armoniosamente para acercarnos el mundo
que habitaron aquellos hombres.
El
lenguaje simbólico
Entre
los motivos que se repiten en la
tradición textil andina podemos encontrar
gran cantidad de símbolos que son
tópicos del pensamiento mítico, viejas
creencias arraigadas en las culturas
arcaicas que dejaron entre los antiguos
americanos sus expresiones sensibles.
Para
el hombre que habita el mundo mítico el
espacio no es homogéneo. Existe un
espacio sagrado que se asimila al centro
del mundo y que está representado por una
pirámide, una colina, un poste, un árbol
o una escalera. Este sitio es el lugar
donde se comunican las tres regiones
cósmicas cielo, tierra y regiones
infernales y por eso posibilita la
comunicación, el tránsito de una región
a otra.
Esta
simbología está representada en América
por la pirámide escalonada que se
repite
desde Estados Unidos hasta la Patagonia
como uno de los signos de mayor difusión.
El número de sus escalones, siete o
trece, en la mayoría de los casos posee
también contenido simbólico.
Pero
la greca escalonada aparece también
representada en los tejidos y constituye
junto con la cruz el signo de mayor
arraigo y difusión. Se trata de un motivo
escalonado en forma de línea quebrada,
regular que parece perfilar los peldaños
de una escalera que se pliega sobre sí
misma en ángulo recto.
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Arriba,
derecha, fragmento de un tejido
de la costa sur peruana. |
En
la tradición Chavin y en Paracas es
frecuente encontrar el perfil de la
escalera combinado con la representación
de la serpiente o del rayo "símbolos
acuáticos para pueblos sedientos"
(Concurre R., 1987, p. 78).
También
el árbol se encuentra ampliamente
documentado en las culturas americanas
donde aparece en las primeras narraciones
que intentaban explicar la creación del
universo.
En
Chavin de Huantar encontramos la presencia
de ramas creadoras que alimentadas por los
gérmenes del fondo de la tierra contienen
la posibilidad de cumplir los ciclos
vitales.
En
la cultura Chancay aparece el árbol de la
vida, elemento sagrado que unifica las
tres regiones del mundo: la de los
gérmenes y las semillas, el plano donde
vivimos y la morada de los dioses
celestes.
En
la iconografía textil estos árboles
están enriquecidos con diversos dones
pájaros, flores; y sus frutos están
representados tanto por el capullo de
algodón como por un ovillo de hilado.
Homenaje al hilandero y a la potencia
creadora de la fibra primaria y
reconocimiento del vínculo entre el
hombre y la materia natural que le ha
servido al mismo tiempo de abrigo y de
medio de expresión.
Para
terminar, una breve referencia a las
esculturas textiles que desarrollaron los
artesanos chancay cuando el plano del
telar resultó insuficiente.
Los
árboles a los cuales nos hemos referido,
llevaban en su propia forma su mayor
contenido. La diferencia principal entre
ellos y los que se produjeron en Paracas
consiste en que estas piezas son entidades
autónomas, un objeto destinado a ocupar
un espacio, una verdadera escultura. Se
trata de un fenómeno complejo, de alto
contenido poético, donde se conjugan lo
mágico – religioso, la técnica y el
arte.
En
las esculturas textiles las imágenes nos
cuentan la vida de aquellos hombres y nos
hablan del mundo que habitaron. El gorro
de la lámina 47 es el testimonio de un
tiempo histórico. Se partió de un objeto
utilitario que por su forma bien puede
asimilarse a una colina y que además
eleva la altura de quien lo usa
otorgándole cierta majestuosidad. Pero lo
que más interesa es que describe el mundo
de aquellos llameros que desde épocas muy
tempranas formaron parte del intercambio
entre la costa, la selva y el altiplano.
Intercambio
que estaba basado en la llama, único
animal de la zona capaz de transportar
carga. Esta escultura nos narra la fatiga
del llamero cuando asciende la montaña
donde se encuentran las terrazas de
cultivo.
La
dignidad del tocado y los datos que se le
pueden agregar nos transportan al medio
donde vivieron aquellos tejedores
artistas.(*)
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(*)
Fuente: Este artículo de Claudia Mora fue
realizado especialmente para ser
editado aquí de manera original.
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Bibliografía
-
Gisbert
T., Arze S y Cajías M., Arte
textil y mundo andino, Buenos
Aires, Tea, 1992.
-
Eliade
M., Lo sagrado y lo profano,
Barcelona, Labor, 1981.
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