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EL
SHINTO: LA ANCESTRAL ESPIRITUALIDAD DEL
JAPÓN
Por
Nelly Naumann
De
entrada podríamos decir que la religión
japonesa es un culto a los kami. En
nuestras lenguas occidentales no existe un
equivalente exacto de esta palabra. Como
todas las voces japonesas, kami
carece de género y número, pudiendo
referirse a una o varias divinidades,
femeninas o masculinas; se utiliza para
designar al dios único de los cristianos
como a seres a los que más bien daríamos
el nombre de espíritus: silvestres,
acuáticos, domésticos y otros muchos
espíritus colectivos. La amplitud del
concepto no nos permite precisarlo más. A
lo sumo puede darse del mismo una
definición negativa: los kami no
son ni omniscientes ni todopoderosos, ni
fundamentalmente buenos ni malos, y ni
siquiera puede decirse que están siempre
presentes. De hecho, el llamar a la
divinidad al comienzo de un acto de culto
y él despedirla al final de la
celebración constituye una parte esencial
del rito de los templos, prueba evidente
de que la presencia de las divinidades es
excepcional. El shintai (cuerpo del
dios) que se conserva en los santuarios -
espejo, espada, peine, piedra o cualquier
otro objeto- es sólo un símbolo de la
divinidad o el lugar donde ésta viene a
instalarse durante el culto. A veces se
colocan también arbolillos, postes,
pértigas, etc., como asientos temporales
de la divinidad, lo que permite suponer
que los kami vienen de lo alto, es
decir del cielo.

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Para
el shinto en todos los lugares
puede habitar los kami. Pero
algunos lugares concentran una
especial veneración como el
célebre Monte Fuji, arriba,
izquierda.
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De
todos modos, el que visita uno de esos
templos se comporta allí como si la
divinidad estuviera presente. Comienza por
batir palmas para atraer su atención y
luego se inclina respetuosamente ante
ella. Esto corresponde mas bien a una
nueva tendencia favorecida por la
creciente afición de los japoneses a los
viajes y sobre todo, desde hace dos
siglos, a las peregrinaciones religiosas.
Aquí, a decir verdad, suele pasarse por
alto un importante factor del desarrollo
de concepciones religiosas más recientes,
a saber, la intensa compenetración entre
las ideas autóctonas y el budismo. Los
budistas tienen siempre sus ascetas o
asesores a quienes uno puede acudir en
busca de ayuda. ¿Por qué no habrían
podido desempeñar ese mismo papel los kami,
que, como se creyó durante siglos, no
eran sino manifestaciones de los budistas
y bodhisatvas, es decir, de los santos y
auxiliares budistas?
También,
pues, para el hombre sencillo de hoy los kami
son ante todo auxiliares o intercesores,
un poco como los santos católicos. Al
templo de uno peregrinarán los
estudiantes antes de sus exámenes, al de
otro las futuras madres; éste curará las
afecciones oculares o dentales, aquél
ayudará al casadero o la casadera a
encontrar el cónyuge ideal, etc.
Lo
único que uno puede preguntarse es si los
kami están o no siempre presentes
en sus respectivos templos; para
venerarlos en otro lugar tiene que
efectuarse una "disociación" o
transferencia, la cual es tan invisible
como los propios kami. Ahora bien,
esta invisibilidad de los kami no
está reñida con la facultad que poseen
de hacerse visibles, como seres de carne y
hueso, o de manifestar su presencia en
cualquier objeto.
En
general, los dioses se imaginan
antropomórficamente, si bien existen
algunas excepciones. En la mitología y
las creencias populares, ciertas
divinidades se manifiestan también en
forma de serpiente; las de las montañas
suelen presentarse como animales de caza,
y los animales que aparecen en algunas
leyendas como mensajeros de los kami constituyen
quizá un indicio de la forma original de
estos últimos. En este mismo contexto
conviene repetir que contemplar
directamente a la divinidad lleva en
definitiva al hombre a su perdición, por
lo que debe evitarse a toda costa.
Hasta
ahora hamos considerado a la palabra kami
en su sentido más amplio. Si a partir de
lo dicho quisiéramos definir con más
precisión la esencia de los kami,
podríamos decir que son entes
espirituales dotados de especiales fuerzas
que los hacen superiores al hombre y los
capacitan para socorrer a éste en sus
diversas necesidades.
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Abajo, derecha, en imagen para
ampliar, el torii de la isla de
Itsuku, parte del templo
sintoísta de Miyajima, fue
construido en 1875.
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Pese
a esta característica común, debemos
distinguir entre las divinidades con un
nombre propio e individual y las
divinidades o espíritus cuyo nombre se
refiere meramente a la función que
desempeñan. Esta división aparece ya
sugerida en la mitología y no cuesta
ningún trabajo mantenerla hasta hoy.
Los
kami con nombre propio son los que
en la mitología actúan como personas;
son también los antepasados o
dioses-antepasados de las diversas
familias nobles que asumieron un papel
importante en el antiguo Japón. A estos
mismos kami se les sigue rindiendo
culto actualmente en los templos
sintoístas. Cierto que hay también otros
muchos dioses que la mitología menciona
ocasionalmente por su nombre, pero que no
han dejado huella duradera y hoy están
del todo olvidados.
Otra
categoría de dioses con nombre propio,
venerados por todas partes en los templos,
la constituyen numerosos kami que
en algún momento se han manifestado a los
hombres en sus sueños o en oráculos.
Ejemplos de esta clase se dan sobre todo
en la antigua historia del Japón, pero
también los encontramos en el pasado
reciente, si echamos una ojeada a los
relatos de la fundación de algunas
"nuevas religiones". El esquema
de tales revelaciones suele ser más o
menos el mismo. La divinidad, que se da a
conocer en sueños o por boca de un
médium, se presenta como causante de tal
o cual desgracia: muerte repentina de un
gran personaje, malas cosechas, epidemias,
catástrofes naturales o incluso
únicamente el estado patológico o
desesperado del médium. La maldición
cesará tan pronto como se elija allí
mismo un templo, con sus correspondientes
tierras y sacerdotes, y se le ofrezca
sacrificios, o también, si la víctima es
el médium, en cuanto este se le abandone
enteramente y sin reservas. Semejantes
manifestaciones pueden venir de
divinidades conocidas o desconocidas, así
como de espíritus vengativos de difuntos
que guardan algún resentimiento contra
los vivos. Aquí cobra la divinidad una
nueva dimensión: se muestra colérica y
sedienta de venganza, capaz de hacer daño
a los hombres, pero a la vez dispuesta a
reconciliarse con ellos si siguen sus
instrucciones.
Muy
distintos son los dioses colectivos,
dioses o espíritus de las montañas y
bosques, ríos y mares, campos, árboles,
rocas, caminos, etc. De ellos la
mitología nos dice solamente que fueron
engendrados y nacieron como los demás
seres de este mundo, sabemos también que
eran indómitos y violentos, hasta que los
dioses y los héroes del pueblo de Yamato
acabaron por doblegarlos. Los dioses y los
espíritus anónimos desempeñan - o hasta
hace poco desempeñaban - en la vida
ordinaria del hombre sencillo un papel
mucho más importante que los dioses de
los grandes templos. En efecto, con estos
últimos se entraba pocas veces en
contacto, por ejemplo al hacer una
peregrinación, y por lo demás la gente
se contentaba con adquirir al principio
del año un amuleto de tal o cual templo,
comprándoselo a cualquier vendedor
ambulante, para colocarlo en el estante de
las ofrendas adosado a la pared de su casa
y olvidarse luego probablemente de él. En
cambio, la devoción a los dioses y
espíritus anónimos y la s modestas
fiestas en su honor a lo largo del año y
de la vida de cada individuo tenían una
importancia primordial. Estas
celebraciones no requerían ni templos ni
sacerdotes. Por supuesto, los espíritus
de montes y bosques residen en plena
naturaleza y allí es siempre posible
encontrarlos, sin tener que llamarlos
expresamente. ¡mas bien sucede lo
contrario! Están allí aunque uno no lo
quiera y vigilan estrechamente la conducta
del hombre que tiene algo que hacer en el
bosque, por ejemplo, para castigarlos si
infringe algún tabú. En cuanto a las
ofrendas, las reciben en determinadas
fechas, según la costumbre, y en los
lugares que vienen utilizándose para ello
hace generaciones. Ocurre también que el
cazador que cobre una buena pieza o el
leñador que derriba un árbol de especial
hermosura den excepcionalmente gracias a
la divinidad por ese regalo mediante un
sacrificio. Otro tanto hace el pescador
cuando la pesca tiene éxito y el
campesino tras una buena cosecha. Para
cada cosa hay un patrono o señor que vela
por ella. El dios de los campos está
presente hasta en le última gavilla; el
dios del hogar recibe las ofrendas que el
ama de casa le presenta en la etapa de la
gran marmita; y al dios de los caminos,
encargado de múltiples tareas, se le
honra en un altarcillo de piedra erigido
en los confines del poblado. Desde allí
puede esta divinidad rechazar a los dioses
causantes de las epidemias y proteger a
los viajeros; por ser además un dios
fálico, concede la fecundidad a quienes
la desean. La vida entera de los hombres
depende de la benevolencia d todos esos kami
anónimos, y muchos de ellos pueden
encolerizarse y causar desgracias si no se
les rinde el culto como es debido y no se
observan sus preceptos. Para esto no
necesitan mediums ni sueños, pues las
antiguas tradiciones y costumbres enseñan
ya a los hombres el modo de comportarse
con tales seres.
Culto
y lugares de culto
A
pesar de cuanto acabamos de decir, la
imagen de la divinidad en la religión
autóctona del Japón sigue siendo vago.
Por otra parte, en una religión sin
dogmas ni preceptos claros no nos parece
posible formular un contenido doctrinal.
Lo que quizá podría considerarse la base
de todo ello, a saber, la mitología, no
guarda relación alguna con la práctica
religiosa. Solo, pues, el culto y sus
lugares nos brindan un terreno concreto de
estudio. El templo es, según la creencia
general, el hogar de la divinidad. En su
parte íntima, el santuario, se conserva
el shintai o cuerpo del dios.
Delante se extienden dos grandes salas,
una para las ofrendas y otra para la
oración. A esto se añade todo una serie
de edificaciones complementarias:
templetes para divinidades de segundo
orden, una tarima para danzar, un tesoro,
un despacho, etc. Más recientemente suele
erigirse también un pabellón para
celebrar bodas según el rito sintoísta,
sin duda por influjo de los usos
cristianos, que en este punto gozan de
gran aceptación. Una valla rodea todo el
conjunto, a menudo situado en medio de un
bosque de viejos árboles. En el exterior,
más allá de la puerta, los típicos torii
indican al viandante la proximidad de un
templo sintoísta. Nadie conoce
exactamente el significado de esos torii.
A
la entrada misma del recinto del templo
hay una fuentecilla o pozo; unos pequeños
cuencos de madera que sirven para extraer
el agua invitan a lavarse allí la boca y
las manos, purificación necesaria antes
de poner los pies en el santuario. La
pureza en efecto, es una exigencia
primordial del Shinto. No obstante,
cuando uno ha visitado varios de esos
santuarios, no tarde en descubrir el
desface que existe entre exigencia y
realidad. La mayoría de los visitantes
pasan de largo sin acercarse a la fuente,
y apenas si hay alguno que eche un poco de
agua sobre la punta de los dedos, menos
todavía que se humedezca la boca. Ya en
el siglo VIII se expresaban las mismas
quejas sobre la falta de limpieza corporal
y espiritual de quienes acudían a los
templos de los dioses, y desde entonces
nunca han cesado. Sin embargo, esa
negligencia queda compensada por las
rigurosas purificaciones impuestas a todos
aquellos, sacerdotes o no, que toman parte
activa en un acto de culto.
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Izquierda,
una soga colocada alrededor de la
antecámara de un templo sintoísta.
Esta soga tiene un carácter
sagrado. Es un muro protector que
impide el ingreso de espíritus
malignos.
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¿Qué
ha de entenderse por pureza en el contexto
de la religiosidad japonesa? El lavarse
manos y boca es, desde luego, una
purificación simbólica, como también el
baño que toman los sacerdotes y laicos
que van a participar en el culto:
¡Práctica bien rigurosa, cuando ese
baño se toma en el mar o bajo una cascada
en pleno invierno! Este tipo de
purificación por agua se designa por el
nombre de misogi y tiene por objeto
dejar al individuo limpio de toda mancha
de cuerpo y espíritu.
Lo
mismo se pretende con otra forma de
purificación llamada harae (barrido),
obligatoria antes de toda ceremonia
religiosa. El sacerdote recita una
oración agitando a la vez una especia de
escobilla formada por una vara de la que
cuelgan tiras de papel o tela; de esa
manera "barre" todas las
impurezas. En las ocasiones en que debe
purificarse a sí mismo, se pasa
suavemente por todo el cuerpo un muñeco
de papel y luego lo arroja al agua,
dejándolo flotar a la deriva. Este
método de purificación individual no es
sino un ejemplo entre otros mundos.
Para
participar activamente en los actos de
culto hay que observar todavía otras
prescripciones que persiguen idéntico
fin, desde la simple abstinencia de carne,
alcohol, relaciones sexuales, etc., hasta
el total aislamiento durante algún tiempo
entregándose a la oración y a la
meditación, purificándose con abluciones
y no tomando más alimentos que los
preparados por uno mismo, para asegurarse
de que no hay en ellos "mancha"
alguna. Aquí es donde se ve con mayor
claridad que los conceptos japoneses de
pureza e impureza no coinciden
forzosamente con los nuestros. Los
teólogos modernos del shinto afirman
que la máxima exigencia de su religión
se resume en la rectitud personal y un
corazón limpio y que los ritos de
purificación tienen por objeto
restablecer el estado de inocencia
necesario para poder unirse con la
divinidad. No obstante, si nos fijamos en
los testimonios de tiempos pasados y en
muchas realidades que aún hoy mismo
saltan a la vista - por ejemplo el
proceder de las gentes del campo que
siguen las antiguas costumbres -
comprobaremos que esa noción de pureza es
relativamente nueva y se debe en gran
parte a la influencia de otras religiones.
En efecto, los dioses mismos son los
primeros en reclamar la pureza, lo cual
significa que a nadie a quien haya
manchado la muerte o la sangre le es
lícito acercarse a ellos, o sea tomar
parte en el culto. No se habla aquí de un
corazón limpio, sino de la impureza
contraída, por ejemplo a raíz de la
muerte de un pariente o de haberse dejado
acompañar por alguien que haya comido un
alimento preparado en un fuego
"impuro". De la impureza
indirecta era bastante fácil deshacerse,
pero en caso de la muerte de la propia
familia debía pasar no poco tiempo para
que eso sucediera y verse de nuevo
autorizado a participar en el culto o
incluso entrar en el recinto del templo.
Lo mismo ocurría con el nacimiento de un
niño. Por supuesto, la mujer embarazada
no podía visitar ningún templo, debía
como mínimo guisar su comida en un fogón
aparte, ya que el fuego además de atraer
hacia sí toda impureza, extiende su
acción a los alimentos en él preparados.
Siendo
tan importante la impureza externa, no
podemos ahora menos que preguntarnos por
la interna, el pecado. Ya hemos dicho que
de la religiosidad japonesa no se
desprende ninguna ética. Esto se explica
ante todo por la historia, pues ya antes
que los modestos principios de la
religión autóctona hubieran podido dar
lugar a una doctrina moral, los
mandamientos budistas y la ética
confucianista vinieron a ocupar el vacío
existente.
Tales
principios, sin embargo no carecen de
interés. Para nosotros el pecado es un
acto voluntariamente malo, una
transgresión consciente de preceptos
divinos. Del pecado cometido nos liberamos
por el arrepentimiento, haciendo tal o
cual tipo de penitencia y esperando así
el perdón. La moderna teología
sintoísta, que por un lado no puede
prescindir de las ideas y problemas
actuales y por otro, debe partir de los
antiguos textos que el shintó
contemporáneo reivindica con insistencia,
explica, en cambio que la causa de una
mala acción no reside en el interior del
hombre, sino en influjos exteriores. Por
ello es posible "barrer" de uno
mismo el mal con un simple harae. Ninguna
acción puede ser de por sí buena o mala;
su valor en este sentido depende
enteramente de las circunstancias.
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Abajo,
derecha, un grupo de sacerdote
sintoístas alineados frente al
templo Nikko donde se realizan un
culto en honor de Ieasu
Tokugawa, una deidad shinto. Todos
los años en Nikko se celebra una
procesión que atrae a miles de
visitantes.
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Ahora
bien, ¿cómo parecen en realidad las
nociones tradicionales? Los textos más
antiguos conocen ya la palabra tsumi, que
a menudo se traduce por
"pecado", pero no hay identidad
entre ambos conceptos, aunque es cierto
que tsumi ha llegado a cobrar ese
significado en el lenguaje moderno, por
influjo del budismo y del pensamiento
actual. Etimológicamente tsumi es
algo que s le achaca a alguien, a modo de
una carga que estaría llevando. De esa
carga personal el sujeto se libera por
medio de un harae que es como una
multa o compensación exigida por el
propio interesado. El harae forma,
pues, parte de una especie de orden
jurídico y, como se ve por los ejemplos,
la culpa, que representa una carga para el
individuo, no está ligada a una moral.
A
mediados del siglo VII, con el nuevo
derecho inspirado en el modelo chino, se
abolió el harae como práctica
legal. Jurídicamente caduco, siguió
empero utilizándose por varias décadas
con un nuevo espíritu y en forma oficial.
De todas partes debían llegar
determinados dones expiatorios como si se
tratara de un "impuesto", y
luego, al final del sexto y duodécimo
mes, se celebraba la ceremonia de la gran
purificación, a raíz de la cual quedaban
colectivamente absueltos todos los tsumi
del país. El sacerdote que presidía
el acto agitaba en público un haz de
fibras de cáñamo como representación
visual del barrido.
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(*)
Fuente: Nelly Naumann, Shinto y
religión popular. La religiosidad japonesa en su
contexto histórico, en Historia de las
creencias y de las ideas religiosas (obra
colectiva dirigida por Mircea Eliade), Barcelona,
Herder.
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Unos
cazos con agua limpia frente
a un templo sintoísta.
Antes de ingresar al recinto
sagrado, todos los
visitantes se purifican
mediante estas cristalinas
aguas. (Esta y todas las
imágenes que ilustran este
item proceden de la
recomendable página para
quien quiera ampliar una
introducción al shinto: www.japonologia.com En
Temakel, en relación con la
espiritualidad del shinto,
pueden visitar: El
sagrado Fuji Yama |
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