"Ensoñación",
en el sentido que le dan los aborígenes
australianos, es un concepto nuevo para
nosotros. Según H.P.Duerr, por lo que
podemos colegir de sus escritos,
significa simplemente lo irracional. En
todo caso, no le falta razón cuando dice
que este concepto no tiene equivalente
exacto en nuestro mundo de ideas. Sólo nos
es posible describirlo de manera
aproximada. "Ensoñación"
traduce libremente la palabras alcheringa
de las tribus aranda del centro de
Australia. Los etnólogos australianos han
optado en general por este término (dreaming)
prefiriéndolo a "tiempo de
ensueños" (dream time), si bien esta
diferencia no denota gran cosa. En otras
lenguas australianas existen voces con
significado igual o muy parecido. Por
"ensoñación" se entiende el
remotísimo tiempo mítico en que los seres
divinos desplegaron su acción creadora
dando origen a hombres, animales, plantas
y todo cuanto existe, incluidas las
manifestaciones terrenales de ellos mismos
y la materialización de su virtud creadora
en el culto.
Curiosamente los etnólogos especializados en el estudio de los orígenes de
Australia evitan en lo posible el uso de las palabras
"dios", "dioses" y
"divino", como si estos conceptos estuvieran
protegidos por alguna ley de propiedad literaria. A los personajes de
la "ensoñación" prefieren
llamarlos "héroes", "héroes
culturales", "seres celestiales" o
"demiurgos". Tal vez esa reserva
conceptual tenga algo que ver con el
rechazo de las antiguas teorías. El padre
E.A. Worms, misionero y gran
investigador, habla expresamente de
"seres sagrados" y dice al
respecto que no ha podido hallar en
Australia ningún ente espiritual "al
que se atribuya un poder ilimitado y
exclusivo sobre todas las realidades
espirituales y físicas". Quien se
atiene a tan severas normas debiera también degradar a
los antiguos dioses
griegos y llamarlos meramente "seres
sagrados". Es un hecho, sin embargo,
que los protagonistas de la ensoñación se
asemejan más a Hércules que a Zeus. En
este sentido, la noción intermedia de
"seres divinos" o "héroes
divinos" parece una componenda
aceptable.
Aunque de la tradición de los aborígenes
australianos sólo ha podido compilarse y
conservarse así una pequeña parte, nos topamos en los
escritores correspondientes
con una confusa plétora de personajes,
animales, nombres, sucesos e imágenes de
todo tipo. No obstante, examinando las
cosas con mayor atención, observamos en
la tradición de cada una de las regiones de
Australia-no en los detalles, pero sí en
la tendencia general del acontecimiento mítico- una
serie de coincidencias que
permiten remontarse a una más antigua
mitología común.
| Arriba
izquierda, un aborigen australiano
pintando su cuerpo. Abajo, derecha,
imagen para ampliar: pintura
rupestre muy antigua donde se
advierten dos misteriosas figuras
humanas con el estilo Rayo X. |
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Una de esas grandes regiones es el fértil
sudeste del continente, que abarca hoy los
Estados federales de Victoria y Nueva
Gales del Sur. Las tribus que vivían allí
fueron las primeras en enfrentarse con los
colonos europeos, que desde mediados del
siglo XIX llegaban cada vez más
numerosos. Todas ellas, salvo unos pocos
restos, han desaparecido; la mayoría de
aquellos aborígenes sucumbieron víctimas
del alcohol y de las enfermedades traídas
por los blancos. Las principales
informaciones que poseemos acerca de su
religión se deben a los misioneros que
trabajaron entre ellos.
En los sucesos que constituían la "ensoñación"
de las tribus del sudeste predominaba un
ser creador que podía asumir figura de
hombre o de animal, pero que en cualquier
caso se percibe como personalidad
claramente definida. Los nombres de tales
seres divinos, como Bunjil, Baiama o
Daramulun gozan de gran notoriedad y se
han explotado a fondo para cimentar las
teorías de que antes hablábamos. Bunjil,
por ejemplo, era venerado por las antiguas
tribus que ocupaban la zona de la actual
Melbourne. Al parecer procedía de sí
mismo, aunque según otras tradiciones lo
habían creador águilas y cornejas. Una de
las manifestaciones de Bunjil es el
halcón-águila,
que en la corneja Waang posee a la vez un
aliado y un rival, con un poder casi tan
grande como el suyo. Bunjil tiene
hermanos, mujeres e hijos. Como a creador
del género humano, las tribus lo llamaban
también "Nuestro Padre". En la época en que erraba por la tierra,
originalmente árida y desierta, Bunjil
creo los fenómenos ambientales y todo lo
importante para la vida del hombre. El
introdujo en las tribus las "clases
matrimoniales", para que en adelante
las uniones obedecieran a un orden. En su
forma de halcón-águila es el totem de una
clase, siendo la corneja Waang el de la
otra. Al acabar su obra, Bunjil provoco
una gran tempestad que lo trasladó al
cielo, y desde entonces no tendría ya
ningún influjo directo en la existencia
terrena.
Debido a su ideología cristiana, los
antiguos misioneros insistieron tal vez
demasiado en el carácter
"divino" de Bunjil, Baiama,
Daramulun, Nurenderi, Biral y otros
personajes semejantes. No cabe duda que
hoy resulta imposible verificar tales
informaciones. El padre W. Schmidt
estiliza esas figuras hasta identificarlas
con otras formas de un "ser
supremo", haciéndolas así encajar en
su teoría del "monoteísmo
primitivo". Con todo, incluso el escéptico
etnólogo australiano A.P. Elkin,
que llama a esos entes de la ensoñación
"héroes del cielo" o
"seres celestiales", les
reconoce un carácter divino.
Enteramente distinto es el contenido de
la "ensoñación" de las tribus aranda
del centro de Australia. También aquí se
habla de un "ser celestial" a
quien se da el nombre de "Gran Padre"
(Kngarijta), pero este ser
apenas significa algo para los hombres. En
lugar de piernas, posee patas de emú, y su
mujer de perro. Ambos tienen numerosos
hijos e hijas, respectivamente también con
patas de emú o de perro. Los seres
celestiales disfrutan de eterna juventud.
Se alimentan de los abundantes frutos que
crecen en el cielo mismo atravesado por
un anchuroso río, la Vía Láctea. Hay
allí también aves, pero ningún otro tipo de
animal. El "Gran Padre" no ha creado ni la tierra ni los animales ni las
plantas. Tampoco dio vida a los
"antepasados totémicos" de los
hombres ni tuvo nunca en ellos influencia
alguna. Como dice expresamente un mito,
carece de todo poder sobre vientos y
nubes, sobre la enfermedad y la muerte, y
no castiga a los que hacen el mal.
Manifiestamente al "ser
celestial" le es indiferente lo
terreno. Quizá los aranda se construían
así, con ese esplendoroso cielo y la
dichosa vida de sus seres con patas de emú
o de perro, una especie de mundo ideal que
contrapesaba las preocupaciones y
miserias de la existencia real. Quizá
también se haya perdido una parte de su
tradición. En todo caso es obvio que ese
curioso "Gran Padre" nada tiene
que ver con la creación, relativa sobre
todo a la tierra.
Esta aparece al principio, en los mitos de
los aranda, llana y sin ningún perfil.
Toda ella es un desierto, pero no está
completamente vacía. En varios lugares,
que más tarde se reconocerán como bolsas
de agua o lagos de sal, hay gran
cantidad de formas embrionarias del futuro
ser humano adheridas a las extremidades y
constituyendo así una especie de red.
Boca, ojos y nariz estaban cerrados.
Aquellos entes semihumanos no podían aún
evolucionar hasta convertirse en
verdaderos hombre y mujeres, mas tampoco
podían morir ni corromperse. Por otra
parte, poblaban el subsuelo terrestre
millares de seres sobrenaturales sumidos
en profundo sueño; también en Sol, la
Luna y las estrellas se ocultaban allí. La
"ensoñación" comienza cuando
todos esos seres, llamados comúnmente
"antepasados totémicos", se
despiertan y rompen la corteza terrestre
para abrirse paso hacia la superficie. A su
vez salen los astros, yendo a ocupar sus
puestos en el firmamento, y el Sol empieza
a calentar la Tierra, hasta entonces fría
y tenebrosa. Los "lugares de
nacimiento", por donde esos
antepasados totémicos han perforado la
Tierra se llenan de su presencia y
fuerza. Más adelante serán centros de
culto, donde sólo algunos iniciados tendrán derecho a penetrar, y ello en
contadas ocasiones. Los antepasados totémicos, al decir de los arandas,
"nacieron de su propia
eternidad". En las formas que
adoptan se manifiesta la estrecha
vinculación existente entre hombres,
animales y plantas. Algunos de esos
antepasados se asemejan al canguro, al emú
o a otros animales, pero piensan y obran
como ser humanos. Otros tienen figura de
hombre o mujer, aunque pueden
transformarse tomando la de un animal. Los
antepasados totémicos relacionados con las
plantas aparecen siempre en forma humana.
|
El
arte rupestre es la forma más
perdurable de las culturas más
arcaicas. Arriba, izquierda, unos
grabados sobre rocas, con forma
laberínticas. Se encuentran en la
Australia Meridional y, quizá, poseen
alrededor de 40.000 años. |
Tales antepasados, según la tradición
aranda, recorrieron la Tierra y fueron dándoles sus contornos. Los mitos
mencionan todas las montañas, dunas,
llanuras, valles, pantanos, manantiales y
otros puntos de agua que surgieron así en
el vasto territorio de los arandas. Esos
mismos antepasados dieron vida a los
preexistentes embriones del ser humano
arrancándolos de su "red" y
abriéndoles la boca, los ojos y la nariz.
Muchos de ellos actúan como auténticos
"héroes culturales" y enseñan a
los hombres a hacer fuego, cazar, preparar
la comida y servirse de las armas.
Después de tanto peregrinar y acabadas sus
obras, los antepasados totémicos se sintieron invadidos por un gran cansancio y decidieron
regresar a sus antiguas profundidades. Los
puntos por donde penetraron en ella se convertirían
también en lugares de culto, como aquellos por donde
habían salido. Durante
su existencia en la superficie de la Tierra,
varios de esos antepasados experimentarían el
dolor y la enfermedad, al igual que los hombres,
y algunos incluso perecerían violentamente. Mas
todos son en realidad inmortales, pues hasta los
asesinados siguen viviendo en rocas, árboles y
sobre todo objeto de culto. Y aún existe otra
forma de supervivencia: allá por donde pasaron
muchos de ellos o donde perduran materializados
en rocas y árboles quedan vestigios de su fuerza
vital, ciertas partículas o emanaciones de su
esencia capaces de penetrar en el cuerpo de una
mujer encinta y reencarnarse en el feto. La noción de "hijos-espíritus"
preexistente no significa, como a veces se ha
dicho, que los aranda desconozcan la relación
fisiológica entre procreación y nacimiento,
pues para ellos todo ser humano tiene una
segunda alma que se remonta inequívocamente a
los padres.
Tjurunga:
manifestaciones terrenas de la ensoñación
Las lenguas australianas incluyen palabras que
corresponde aproximadamente a nuestra noción de
"sagrado". Sin embargo, tales
conceptos no representan los del mundo profano,
sino que delimitan algo en este último para
destacarlo de lo ordinario, en el sentido de
"secreto", "peligroso", o
"consagrado" y por ende "inaccesible
a los no iniciados". Tienen carácter
sagrado los lugares, actos y objetos
directamente vinculados con los seres de la
"ensoñación" y su actividad creadora.
Puede tratarse de rocas y otros accidentes
naturales más o menos llamativos en los que esos
personajes se han materealizado. Son los caminos por donde discurrieron o los sitios
donde se establecieron cuando daban forma a la
Tierra y, para los arandas, los puntos del suelo
terrestre abiertos por sus antepasados totémicos
para salir a la superficie o regresar a los
abismos una vez acabada su tarea. En esto
lugares se celebran con frecuencias actos de
cultos que, por actualizar la presencia de los
entes de la "ensoñación", son también
sagrados, pudiendo únicamente realizarse por
hombres iniciados. En varias regiones de
Australia, los lugares de culto aparecen
señalados por monolíticos dispuestos en círculo,
dólmenes y otros monumentos de piedra.
Tjurunga es una de esas palabras que denotan lo
sagrado. Procede de la lengua de los aranda del
dentro de Australia. En sentido estricto,
tjurunga designa el objeto de culto más
importante de los aborígenes, consistente en
una tabla oblonga de madera, muy estrecha, de
forma oval y de aproximadamente de un metro de
longitud. Por ambas caras estas tablas suelen
estar recubiertas de dibujos geométricos: círculos, meandros y rombos o
cuadriláteros imbrincados; raras veces aparecen talladas
junto con ellos algunas imágenes figurativas. La
fabricación de un tjurunga es, desde la tala de
un árbol, un acto de culto. Los aborígenes
estiman que los motivos de la futura ornamentación
están ya en la madera misma y que
el escultor no hace sino liberarlos. En
Australia central, entre los arandas, el
tjurunga puede también ser de pizarra u otra
roca esquistosa. Tiene forma análoga al de
madera, pero es infrecuente que mida más de
treinta centímetros de largo. Algunos tjurungas
llevan dibujos asimétricos que constan de círculos y
líneas y reproducen, como en un mapa,
los caminos y lugares de asentamiento de los
antepasados totémicos.
|
Arriba,
izquierda, un Tjurunga, la tabla de
madera oblonga con dibujos geométricos,
uno de los objetos de mayor sacralidad para
los aborígenes australianos. |
Al tjurunga se le daba antiguamente el nombre de
"palo de las almas", si bien esto
parece aplicarse sobre todo a piezas pequeñas
que sus poseedores llevaban en la cabeza, como
tocado, y que debían de estar relacionados con
sus "hijos-espíritu". Los tjurungas no
cobraban eficacia hasta que se utilizaban en el
culto junto con la recitación de los mitos. Las
piezas más antiguas se trataban con respeto,
pero podían venderse; al fin y al cabo el
dinero formaba también parte de lo sagrado.
Entre una celebración cultual y otra se guardaban los
tjurungas en un lugar que
pareciera seguro. Como para cada iniciación se
fabricaban nuevos objetos de culto, llegaban a
acumularse allí a menudo más de un centenar de
tjurungas, inclusive de los tatarabuelos y
antepasados cercanos, hasta que acababan por
destruirlos el clima, el fuego o las termitas.
Los
"palos zumbantes" son, por su
forma y ornamentación, muy parecidos a los
tjurungas y suele incluso dárseles este nombre,
pero tiene un tamaño muchas más pequeño y están perforados en uno de sus extremos, que
acaban en punta. Cuando por medio de un cordel
se agitan en él describiendo círculos, producen
una especie de zumbido de mayor fuerza, que
durante los actos religiosos denotan la presencia
de los seres de la "ensoñación".
También otros objetos resonantes, como cuerpos o
palillos, poseen carácter sagrado, y asimismo la
música, ligada exclusivamente al culto. (*)