El destino de la obra
literaria y cinematográfica suele ser
narrar la
unidad de una historia. Pero el
cascabel de la narración puede sonar
en otra superficie: la del tejido
de las muchas historias, de los muchos
lugares, de los muchos cultos y
creencias, de las muchas culturas. Es
esta, quizá, una cima más ambiciosa
para el relato. El relato de la
realidad polifónica.
En nuestra esfera
planetaria, lo real es concierto de
naturaleza y cultura. En la narración
de esta textura del mundo nace Baraka,
un documental de vanguardia que
continua el narrar múltiple iniciado
por un ex sacerdote que vivió bajo el
voto del silencio: Godfrey Reggio.
Reggio concibió un lenguaje
experimental en Koyaanisqatsi y Powaqqatsi.
Dos creaciones donde sólo dicen las
imágenes y los sonidos. Nunca irrumpe
ninguna voz humana. En
la primera de estas obras de experimentalismo
documental se
contraponen la antigüedad,
grandeza y soledad de la naturaleza
con el vértigo apabullante de las
grandes ciudades. Esta experiencia fue
continuada luego en Powaaqqatsi, donde la red,
el tejido, de los muchos lugares y las
escenas del tiempo febril de las
ciudades se integran con la desolación, la
explotación y la pobreza de varios
sitios del planeta.
En Koyaanisqatsi, Reggio tuvo como
director de fotografía a Ron Fricke.
Fricke será luego el hacedor de Baraka,
la nueva explosión sensorial hacia los hilos
múltiples del
gran tejido de la cultura y la
naturaleza.
Baraka es palabra sufí, cuya traducción
sería bendición, aliento o
esencia de la vida. Hacia paisajes más
profundos del tiempo se abre este
documental donde sólo fluyen la imagen
y el sonido. En ningún momento la voz
humana explica o guía el devenir
visual. La plétora de imágenes procede
de 24 países. Los sonidos son
multiformes, como el mundo que
entrega la cámara. Sonidos étnicos,
tribales a veces; y, en otras
ocasiones, cánticos sublimes de Lisa
Gerrard (Dean can
dance), o
campanas tibetanas, o la hipnótica e impactante musicalidad
electroacústica
de Michael Sterns.
Baraka recoge y despliega el tejido
de la diversa búsqueda de lo sacro en las
culturas. En su felina
y magnética movilidad
rebullen personajes y cultos de China, India,
Tibet, Israel, Japón, Australia, el Amazonas,
entre otros. A pesar de su amplitud,
el film sólo absorbe parte de las numerosas aproximaciones a
lo sagrado que fosforecen todavía hoy
en el
mundo contemporáneo del neoliberalismo
secular y agnóstico. Al rosario de los cultos
se le agrega la naturaleza
solitaria y el caos que, con orden
torrencial, fluye en las grandes
ciudades.
La naturaleza, aun libre del sello
rutinario de la civilización, brilla
entre cataratas, montañas desérticas,
cráteres de volcanes, fértiles
planicies africanas, horadados acantilados
en costas visitadas por la música infatigable de las olas. Olas:
el
agua que canta.
Y también lo natural, libre de la
huella humana, aflora con la tersura
plástica de
las nubes. Onduladas y blancas
serpientes aéreas. Nubes filmadas en su tiempo real de
desplazamiento para
luego ser mostradas con efecto
acelerado.
Y la grácil carrera de las serpientes
nubosas se fractura en el universo
sin cielo de las ciudades. Allí, la
cámara se enloquece en una continua y
frenética avalancha. Un paneo aéreo
sobre una gran avenida muestra a los
automóviles con velocidades
exasperadas. Vehículos que no son ya
dóciles
instrumentos. Devienen ahora enajenados
genios de metal que zumban y se
precipitan hacia un adelante
imperceptible y sobre un duro
pavimento abarrotado de sombras
veloces.
Y las personas corren también
dentro de estelas evanescentes. Y no son
ya individualidades precisas. El
anonimato de la urbe se revela como
muchedumbres de fantasmales peatones ebrios por la velocidad que necesita
aprovechar y economizar el tiempo.
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Dos
imágenes para ampliar:
arriba, derecha, el jefe de
los Kapayo, en el Amazonas
brasilero; abajo, derecha, Mesa
Arch, en Utah.
Algunas
de las imágenes
de Baraka.
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Antes y después de la vertiginosa
procesión de los peatones, camina un
personaje atípico, otro. El hacedor de
Baraka gusta también de expresar por
símbolos.
Así, un monje budista deambula
lentamente, meditabundo, hierático.
Camina en una calle atestada por
transeúntes raudos que pasan. Y toca
el monje una campana.
Agudeza sonora que ahuyenta los
malos espíritus. Y fertiliza el poder
del vuelo, el desplazamiento de
un alma sensible, sutil, alada, hacia
las laderas de la montaña mítica,
la montaña hindú, el Monte Meru,
que une el cielo con la tierra.
No en vano el efecto de
desplazamiento, del fluir constante que
burbujea en Baraka, comienza con el
encuadre de la figura de un monje
budista de espaldas, en oscuridad. El ojo de la
cámara se adentra en la oscura
cabeza del hombre que medita, del ser
capaz del vuelo del espíritu. Inmersión en la oscuridad que es
vacío. La vacuidad que precede un encuentro con
la esencia
profunda del movimiento.
Y luego se inicia el constante vuelo a
través del tejido de la naturaleza y
la ciudad. En el comienzo de la obra,
una presencia no civilizada presagia
la posterior proyección del espíritu hacia la
amplitud del mundo natural y la
diversidad cultural. Un mono
descansa en un lago. La serenidad que
exhalan sus ojos, sus delicadas
facciones, expresan sin necesidad de
palabras. Aquella quietud no pareciera
únicamente un remanso de inconciencia
animal. La arrogancia humana quisiera
que la expresividad del primate
circundado de agua sólo sea un hechizo
sin significado, sin saber. Pero ante
la expresión del ser que abre la
corriente de imágenes de Baraka es
difícil no intuir una conciencia
despierta. Viva. Un ojo que sabe. Y
que ya desea el vuelo de la expansión
de la conciencia hacia el gran tejido
de la naturaleza y la cultura.
La comunicación no verbal del animal anticipa
también el poder de
expresividad preconceptual del rostro
humano. Las facciones
de una niña indígena brotan entre
anillos de densa vegetación selvática.
Y su presencia silenciosa dice. La mirada de un jefe indio
amazónico habla, por unos segundos, al
ojo, sorpresivamente estático, de la
cámara. Y lo mismo ocurre con los
rostros de unas jovencitas dentro del
infierno ambulante de un subte; o con
el apacible fulgor de una anciana frente al baile de
unas velas.

Entre el movimiento continuo de las
imágenes la
inmovilidad del rostro como otredad
expresiva. El rostro ya no es sólo lo
mirado. Es lo que observa al
observador. Las imágenes ruedan a
través de la
horizontalidad de la pantalla. Pero el
rostro quieto rompe la
bidimensionalidad y dice, en el
lenguaje corporal de lo preverbal, el
drama y la gracia que bulle en cada
presencia humana.
Y antes del momento cumbre del viaje por el gran tejido
es necesario recordar las dentelladas crueles de la
historia. Por eso,
Fricke regresa a los campos de concentración de la Alemania Nazi
y de Camboya. Si el
vuelo de la imagen y el sonido de Baraka es hacia la
esencia, allí debe
descubrirse la radiación de lo sagrado,
el culto de lo divino, la ebullición
sin pensamiento de las ciudades. Y
el horror que extermina al
hombre.
El vuelo a través de la vida es
siempre bifronte. Porque así es la
existencia: mal y bien, belleza y
repugnancia, plenitud y horror. Y lo
sagrado. Y lo profano: el olvido de lo
sagrado.
Y el monje que no suspende su campanadas. Es el preludio del
movimiento final de Baraka. El pájaro
que vuela, con imágenes y sonidos,
despliega con más soltura sus alas. Las mueve con
más fuerza.
Ahora volará hacia arriba. La música vuela
también. Sonido y figura de pájaros
trepan por campanadas de una religiosidad
cada vez más emotiva. En
Baraka, el vuelo a lo alto se inicia
con secuencias de templos del Egipto y
Asia. Y luego el
Ganges. La fe antigua que nunca duda en el
triunfo de la altura. De lo sacro. Lo
celeste. El Ganges: la acuática trasparencia
eterna donde se purifican, una vez más, los
hombres y mujeres. Es el río divino de la
India hechizada por lo trascendente. Y
los otros cultos vuelven, se muestran
en el tejido de los muchos ritos,
las muchas culturas. Ora el sacerdote
cristiano, el judío, el hindú. Y danza el derviche, en
movimientos circulares, con ropa blanca y una mano hacia
arriba y otra
hacia abajo. Su baile es una
oración para
la reunificación con el cielo y la tierra. Y salta un
watusie. Los africanos de la gran altura. Su salto es
un querer rozar la cima de los dioses celestes. Y un
monje japonés golpea una gran campana. Así, la corriente
de oración y devoción traspone lo visible e inmediato. Y el deseo de lo amplio recorre el interior
de una catedral transfigurada. Una casa de oración que
chisporrotea centellas feéricas de cristales. El templo
aspira también a perder peso, a abrirse hacia el cielo
sobre el desierto, donde corren nuevas serpientes
livianas de nubes. Y las oraciones avivan sus
imploraciones. Y entonces es el último salto hacia lo
alto. El final del vuelo. El ojo de la cámara parpadea
ante un cielo tiznado de un azul profundo, espolvoreado
de estrellas. Es el camino abierto hacia el gran cielo,
hacia la inacabable casa-universo. Que contiene el gran
tejido. Con todos los hilos de los mundos y de nuestra
pequeña tierra. (*)
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(*)
Fuente: Este artículo fue
escrito especialmente para su edición original
aquí.

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Afiche
de Baraka. Arriba el rostro
de una niña indígena que
emerge entre una corona de
vegetales. Uno de los
rostros que, en el
film, trasmiten desde
una presencia previa a las
palabras. |
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