(Aclaración:
a continuación se presentan las siete primeras
partes de La obra de arte en la época de la
reproductibilidad técnica de Benjamin
vinculadas esencialmente a la cuestión aurática.
En Temakel, hemos editados el texto completo
incluyendo prólogo y epílogo. Abajo, se incluye
acceso a esa versión integral)
«En un tiempo muy
distinto del nuestro, y por hombres cuyo
poder de acción sobre las cosas era
insignificante comparado con el que nosotros
poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas
Artes y fijados sus tipos y usos. Pero el
acrecentamiento sorprendente de nuestros
medios, la flexibilidad y la precisión que
éstos alcanzan, las ideas y costumbres que
introducen, nos aseguran respecto de cambios
próximos y profundos en la antigua
industria de lo Bello. En todas las artes
hay una parte física que no puede ser
tratada como antaño, que no puede
sustraerse a la acometividad del
conocimiento y la fuerza modernos. Ni la
materia, ni el espacio, ni el tiempo son,
desde hace veinte años, lo que han venido
siendo desde siempre. Es preciso contar con
que novedades tan grandes transformen toda
la técnica de las artes y operen por tanto
sobre la inventiva, llegando quizás hasta a
modificar de una manera maravillosa la noción
misma del arte.»Paul Valéry, Pièces
sur l'art («La conquéte de
l'ubiquité»).
1
La
obra de arte
ha sido siempre
fundamentalmente susceptible de reproducción.
Lo que los hombres habían hecho, podía ser
imitado por los hombres. Los alumnos han
hecho copias como ejercicio artístico, los
maestros las hacen para difundir las obras,
y finalmente copian también terceros
ansiosos de ganancias. Frente a todo ello,
la reproducción técnica de la obra de arte
es algo nuevo que se impone en la historia
intermitentemente, a empellones muy
distantes unos de otros, pero con intensidad
creciente. Los griegos sólo conocían dos
procedimientos de reproducción técnica:
fundir y acuñar. Bronces, terracotas y
monedas eran las únicas obras artísticas
que pudieron reproducir en masa. Todas las
restantes eran irrepetibles y no se
prestaban a reproducción técnica alguna.
La xilografía hizo que por primera vez se
reprodujese técnicamente el dibujo, mucho
tiempo antes de que por medio de la imprenta
se hiciese lo mismo con la escritura. Son
conocidas las modificaciones enormes que en
la literatura provocó la imprenta, esto es,
la reproductibilidad técnica de la
escritura. Pero a pesar de su importancia,
no representan más que un caso especial del
fenómeno que aquí consideramos a escala de
historia universal. En el curso de la Edad
Media se añaden a la xilografía el grabado
en cobre y el aguafuerte, así como la
litografía a comienzos del siglo
diecinueve.
Con
la litografía, la técnica de la reproducción
alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El
procedimiento, mucho más preciso, que
distingue la transposición del dibujo sobre
una piedra de su incisión en taco de madera
o de su grabado al
aguafuerte en una plancha
de cobre, dio por primera vez al arte gráfico
no sólo la posibilidad de poner masivamente
(como antes) sus productos en el mercado,
sino además la de ponerlos en figuraciones
cada día nuevas. La litografía capacitó
al dibujo para acompañar, ilustrándola, la
vida diaria. Comenzó entonces a ir al paso
con la imprenta.
| Izquierda, litografía de una
pequeña iglesia española. Con la
litografía, la reproducción
técnica de las obras alcanzó un
desarrollo decisivo. |
Pero en estos comienzos fue
aventajado por la fotografía pocos decenios
después de que se inventara la impresión
litográfica. En el proceso de la reproducción
plástica, la mano se descarga por primera
vez de las incumbencias artísticas más
importantes que en adelante van a concernir
únicamente al ojo que mira por el objetivo.
El ojo es más rápido captando que la mano
dibujando; por eso se ha apresurado tantísimo
el proceso de la reproducción plástica que
ya puede ir a paso con la palabra hablada.
Al rodar en el estudio, el operador de cine
fija las imágenes con la misma velocidad
con la que el actor habla. En la litografía
se escondía virtualmente el periódico
ilustrado y en la fotografía el cine
sonoro. La reproducción técnica del sonido
fue empresa acometida a finales del siglo
pasado. Todos estos esfuerzos convergentes
hicieron previsible una situación que Paul
Valéry caracteriza con la frase siguiente:
«Igual que el agua, el gas y la corriente
eléctrica vienen a nuestras casas, para
servimos, desde lejos y por medio de una
manipulación casi imperceptible, así
estamos también provistos de imágenes y de
series de sonidos que acuden a un pequeño
toque, casi a un signo, y que del mismo modo
nos abandonan». Hacia 1900 la reproducción
técnica había alcanzado un standard en el
que no sólo comenzaba a convertir en tema
propio la totalidad de las obras de arte
heredadas (sometiendo además su función a
modificaciones hondísimas), sino que también
conquistaba un puesto específico entre los
procedimientos artísticos. Nada resulta más
instructivo para el estudio de ese standard
que referir dos manifestaciones distintas,
la reproducción de la obra artística y el
cine, al arte en su figura tradicional.
2
Incluso
en la reproducción mejor acabada falta
algo: el aquí y ahora de la obra de arte,
su existencia irrepetible en el lugar en que
se encuentra. En dicha existencia singular,
y en ninguna otra cosa, se realizó la
historia a la que ha estado sometida en el
curso de su perduración. También cuentan
las alteraciones que haya padecido en su
estructura física a lo largo del tiempo, así
como sus eventuales cambios de propietario.
No podemos seguir el rastro de las primeras
más que por medio de análisis físicos o
químicos impracticables sobre una
reproducción; el de los segundos es tema de
una tradición cuya búsqueda ha de partir
del lugar de origen de la obra.
El
aquí y ahora del original constituye el
concepto de su autenticidad. Los análisis
químicos de la pátina de un bronce
favorecerán que se fije si es auténtico;
correspondientemente, la comprobación de
que un determinado manuscrito medieval
procede de un archivo del siglo XV favorecerá
la fijación de su autenticidad. El ámbito
entero de la autenticidad se sustrae a la
reproductibilidad técnica —y desde luego
que no sólo a la técnica—. Cara a la
reproducción manual, que normalmente es
catalogada como falsificación, lo auténtico
conserva su autoridad plena, mientras que no
ocurre lo mismo cara a la reproducción técnica.
La razón es doble. En primer lugar, la
reproducción técnica se acredita como más
independiente que la manual respecto del
original. En la fotografía, por ejemplo,
pueden resaltar aspectos del original
accesibles únicamente a una lente manejada
a propio antojo con el fin de seleccionar
diversos puntos de vista, inaccesibles en
cambio para el ojo humano. 0 con ayuda de
ciertos procedimientos, como la ampliación
o el retardador, retendrá imágenes que se
le escapan sin más a la óptica humana.
Además, puede poner la copia del original
en situaciones inasequibles para éste.
Sobre todo le posibilita salir al encuentro
de su destinatario, ya sea en forma de
fotografía o en la de disco gramofónico.
La catedral deja su emplazamiento para
encontrar acogida en el estudio de un
aficionado al arte; la obra coral, que fue
ejecutada en una sala o al aire libre, puede
escucharse en una habitación.
| Arriba,
derecha, en imagen para ampliar,
daguerrotipo de 1837. Quizá la
primera buena imagen de Daguerre,
pionero de la fotografía. La
reproducción fotográfica
constituyó otro momento esencial
en la reproducción técnica de la
obra. |
Las
circunstancias en que se ponga al producto
de la reproducción de una obra de arte,
quizás dejen intacta la consistencia de ésta,
pero en cualquier caso deprecian su aquí y
ahora. Aunque en modo alguno valga esto sólo
para una obra artística, sino que
parejamente vale también, por ejemplo, para
un paisaje que en el cine transcurre ante el
espectador. Sin embargo, el proceso aqueja
en el objeto de arte una médula sensibilísima
que ningún objeto natural posee en grado
tan vulnerable. Se trata de su autenticidad.
La autenticidad de una cosa es la cifra de
todo lo que desde el origen puede
transmitirse en ella desde su duración
material hasta su testificación histórica.
Como esta última se funda en la primera,
que a su vez se le escapa al hom4re en la
reproducción, por eso se tambalea en ésta
la testificación histórica de la cosa.
Claro que sólo ella; pero lo que se
tambalea de tal suerte es su propia
autoridad.
Resumiendo
todas estas deficiencias en el concepto de
aura, podremos decir: en la época de la
reproducción técnica de la obra de arte lo
que se atrofia es el aura de ésta. El
proceso es sintomático; su significación
señala por encima del ámbito artístico.
Conforme a una formulación general: la técnica
reproductiva desvincula lo reproducido del
ámbito de la tradición. Al multiplicar las
reproducciones pone su presencia masiva en
el lugar de una presencia irrepetible. Y
confiere actualidad a lo reproducido al
permitirle salir, desde su situación
respectiva, al encuentro de cada
destinatario. Ambos procesos conducen a una
fuerte conmoción de lo transmitido, a una
conmoción de la tradición, que es el
reverso de la actual crisis y de la renovación
de la humanidad. Están además en estrecha
relación con los movimientos de masas de
nuestros días. Su agente más poderoso es
el cine. La importancia social de éste no
es imaginable incluso en su forma más
positiva, y precisamente en ella, sin este
otro lado suyo destructivo, catártico: la
liquidación del valor de la tradición en
la herencia cultural. Este fenómeno es
sobre todo perceptible en las grandes películas
históricas. Es éste un terreno en el que
constantemente toma posiciones. Y cuando
Abel Gance proclamó con entusiasmo en 1927:
«Shakespeare, Rembrandt, Beethoven, harán
cine... Todas las leyendas, toda la mitología
y todos los mitos, todos los fundadores de
religiones y todas las religiones incluso...
esperan su resurrección luminosa, y los héroes
se apelotonan, para entrar, ante nuestras
puertas» nos estaba invitando, sin saberlo,
a una liquidación general.
3
Dentro
de grandes espacios históricos de tiempo se
modifican, junto con toda la existencia de
las colectividades humanas, el modo y manera
de su percepción sensorial. Dichos modo y
manera en que esa percepción se organiza,
el medio en el que acontecen, están
condicionados no sólo natural, sino también
históricamente. El tiempo de la Invasión
de los Bárbaros, en el cual surgieron la
industria artística del Bajo Imperio y el Génesis
de Viena, trajo consigo además de un
arte distinto del antiguo una percepción
también distinta. Los eruditos de la
escuela vienesa, Riegel y Wickhoff, hostiles
al peso de la tradición clásica que sepultó
aquel arte, son los primeros en dar con la
ocurrencia de sacar de él conclusiones
acerca de la organización de la percepción
en el tiempo en que tuvo vigencia. Por
sobresalientes que fueran sus conocimientos,
su limitación estuvo en que nuestros
investigadores se contentaron con indicar la
signatura formal propia de la percepción en
la época del Bajo Imperio. No intentaron
(quizás ni siquiera podían esperarlo)
poner de manifiesto las transformaciones
sociales que hallaron expresión en esos
cambios de la sensibilidad. En la actualidad
son más favorables las condiciones para un
atisbo correspondiente. Y si las
modificaciones en el medio de la percepción
son susceptibles de que nosotros, sus coetáneos,
las entendamos como desmoronamiento del
aura, sí que podremos poner de bulto sus
condicionamientos sociales.
Conviene
ilustrar el concepto de aura, que más
arriba hemos propuesto para temas históricos,
en el concepto de un aura de objetos
naturales. Definiremos esta última como la
manifestación irrepetible de una lejanía
(por cercana que pueda estar). Descansar en
un atardecer de verano y seguir con la
mirada una cordillera en el horizonte o una
rama que arroja su sombra sobre el que
reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas,
de esa rama. De la mano de esta descripción
es fácil hacer una cala en los
condicionamientos sociales del actual
desmoronamiento del aura. Estriba éste en
dos circunstancias que a su vez dependen de
la importancia creciente de las masas en la
vida de hoy. A saber: acercar espacial
y humanamente las cosas es una aspiración
de las masas actuales tan apasionada
como su tendencia a superar la singularidad
de cada dato acogiendo su reproducción.
Cada día cobra una vigencia más
irrecusable la necesidad de adueñarse de
los objetos en la más próxima de las
cercanías, en la imagen, más bien en la
copia, en la reproducción. Y la reproducción,
tal y como la aprestan los periódicos
ilustrados y los noticiarios, se distingue
inequívocamente de la imagen. En ésta, la
singularidad y la perduración están
imbricadas una en otra de manera tan
estrecha como lo están en aquélla la
fugacidad y la posible repetición. Quitarle
su envoltura a cada objeto, triturar su
aura, es la signatura de una percepción
cuyo sentido para lo igual en el mundo ha
crecido tanto que incluso, por medio de la
reproducción, le gana terreno a lo
irrepetible. Se denota así en el ámbito plástico
lo que en el ámbito de la teoría
advertimos como un aumento de la importancia
de la estadística. La orientación de la
realidad a las masas y de éstas a la
realidad es un proceso de alcance ilimitado
tanto para el pensamiento como para la
contemplación.
4
La
unicidad de la obra de arte se identifica
con su ensamblamiento en el contexto de la
tradición. Esa tradición es desde luego
algo muy vivo, algo extraordinariamente
cambiante. Una estatua antigua de Venus, por
ejemplo, estaba en un contexto tradicional
entre los griegos, que hacían de ella
objeto de culto, y en otro entre los clérigos
medievales que la miraban como un ídolo maléfico.
Pero a unos y a otros se les enfrentaba de
igual modo su unicidad, o dicho con otro término:
su aura. La índole original del
ensamblamiento de la obra de arte en el
contexto de la tradición encontró su
expresión en el culto.
| Izquierda, estatua de un antigua Venus
griega que Benjamin menciona como ejemplo
de obra aurática situado en un contexto
cultual. |
Las obras artísticas
más antiguas sabemos que surgieron al
servicio de un ritual primero mágico, luego
religioso. Es de decisiva importancia que el
modo aurático de existencia de la obra de
arte jamás se desligue de la función
ritual. Con otras palabras: el valor único
de la auténtica obra artística se funda en
el ritual en el que tuvo su primer y
original valor útil. Dicha fundamentación
estará todo lo mediada que se quiera, pero
incluso en las formas más profanas del
servicio a la belleza resulta perceptible en
cuanto ritual secularizado. Este servicio
profano, que se formó en el Renacimiento
para seguir vigente por tres siglos, ha
permitido, al transcurrir ese plazo y a la
primera conmoción grave que le alcanzara,
reconocer con toda claridad tales
fundamentos. Al irrumpir el primer medio de
reproducción de veras revolucionario, a
saber la fotografía (a un tiempo con el
despunte del socialismo), el arte sintió la
proximidad de la crisis (que después de
otros cien años resulta innegable), y
reaccionó con la teoría de «l'art pour
l'art», esto es, con una teología del
arte. De ella procedió ulteriormente ni más
ni menos que una teología negativa en
figura de la idea de un arte «puro» que
rechaza no sólo cualquier función social,
sino además toda determinación por medio
de un contenido objetual. (En la poesía,
Mallarmé ha sido el primero en alcanzar esa
posición.)
Hacer
justicia a esta serie de hechos resulta
indispensable para una cavilación que tiene
que habérselas con la obra de arte en la época
de su reproducción técnica. Esos hechos
preparan un atisbo decisivo en nuestro tema:
por primera vez en la historia universal, la
reproductibilidad técnica emancipa a la
obra artística de su existencia parasitaria
en un ritual. La obra de arte reproducida se
convierte, en medida siempre creciente, en
reproducción de una obra artística
dispuesta para ser reproducida. De la placa
fotográfica, por ejemplo, son posibles
muchas copias; preguntarse por la copia auténtica
no tendría sentido alguno. Pero en el mismo
instante en que la norma de la autenticidad
fracasa en la producción artística, se
trastorna la función íntegra del arte. En
lugar de su fundamentación en un ritual
aparece su fundamentación en una praxis
distinta, a saber en la política.
5
La
recepción de las obras de arte sucede bajo
diversos acentos entre los cuales hay dos
que destacan por su polaridad. Uno de esos
acentos reside en el valor cultual, el otro
en el valor exhibitivo de la obra artística.
La producción artística comienza con
hechuras que están al servicio del culto.
Presumimos que es más importante que dichas
hechuras estén presentes y menos que sean
vistas. El alce que el
hombre de la Edad de
Piedra dibuja en las paredes de su cueva es
un instrumento mágico. Claro que lo exhibe
ante sus congéneres; pero está sobre todo
destinado a los espíritus. Hoy nos parece
que el valor cultual empuja a la obra de
arte a mantenerse oculta: ciertas estatuas
de dioses sólo son accesibles a los
sacerdotes en la «cella». Ciertas imágenes
de Vírgenes permanecen casi todo el año
encubiertas, y determinadas esculturas de
catedrales medievales no son visibles para
el espectador que pisa el santo suelo. A
medida que las ejercitaciones artísticas se
emancipan del regazo ritual, aumentan las
ocasiones de exhibición de sus productos.
| Arriba,
derecha, cérvidos en prehistórica
pintura rupestre; posible instrumento
mágicos e imbuidos de aura. |
La capacidad exhibitiva de un retrato de
medio cuerpo, que puede enviarse de aquí
para allá, es mayor que la de la estatua de
un dios, cuyo puesto fijo es el interior del
templo. Y si quizás la capacidad exhibitiva
de una misa no es de por sí menor que la de
una sinfonía, la sinfonía ha surgido en un
tiempo en el que su exhibición prometía
ser mayor que la de una misa.
Con
los diversos métodos de su reproducción técnica
han crecido en grado tan fuerte las
posibilidades de exhibición de la obra de
arte, que el corrimiento cuantitativo entre
sus dos polos se toma, como en los tiempos
primitivos, en una modificación cualitativa
de su naturaleza. A saber, en los tiempos
primitivos, y a causa de la preponderancia
absoluta de su valor cultual, fue en primera
línea un instrumento de magia que sólo más
tarde se reconoció en cierto modo como obra
artística; y hoy la preponderancia absoluta
de su valor exhibitivo hace de ella una
hechura con funciones por entero nuevas
entre las cuales la artística —la que nos
es consciente— se destaca como la que más
tarde tal vez se reconozca en cuanto
accesoria. Por lo menos es seguro que
actualmente la fotografía y además el cine
proporcionan las aplicaciones más útiles
de ese conocimiento.
6
En
la fotografía, el valor exhibitivo comienza
a reprimir en toda la línea al valor
cultual. Pero éste no cede sin resistencia.
Ocupa una última trinchera que es el rostro
humano. En modo alguno es casual que en los
albores de la fotografía el retrato ocupe
un puesto central. El valor cultual de la
imagen tiene su último refugio en el culto
al recuerdo de los seres queridos, lejanos o
desaparecidos.
En las primeras fotografías
vibra por vez postrera el aura en la expresión
de una cara humana. Y esto es lo que
constituye su belleza melancólica e
incomparable. Pero cuando el hombre se
retira de la fotografía, se opone entonces,
superándolo, el valor exhibitivo al
cultual. Atget es sumamente importante por
haber localizado este proceso al retener
hacia 1900 las calles de París en aspectos
vacíos de gente.
| Arriba,
imagen de la catedral de Notre Dame de
París por Eugène
Atget (1857
- 1927); con él la fotografía se
convierte un documento histórico que
alimentará revistas ilustradas donde las
imágenes se acercan al receptor y ya no
mantienen la lejanía de la obra con aura. |
Con mucha razón se ha
dicho de él que las fotografió como si
fuesen el lugar del crimen. Porque también
éste está vacío y se le fotografía a
causa de los indicios. Con Atget comienzan
las placas fotográficas a convertirse en
pruebas en el proceso histórico. Y así es
como se forma su secreta significación histórica.
Exigen una recepción en un sentido
determinado. La contemplación de vuelos
propios no resulta muy adecuada. Puesto que
inquietan hasta tal punto a quien las mira,
que para ir hacia ellas siente tener que
buscar un determinado camino. Simultáneamente
los periódicos ilustrados empiezan a
presentarle señales indicadoras. Acertadas
o erróneas, da lo mismo. Por primera vez
son en esos periódicos obligados los pies
de las fotografías. Y claro está que éstos
tienen un carácter muy distinto al del título
de un cuadro. El que mira una revista
ilustrada recibe de los pies de sus imágenes
unas directivas que en el cine se harán más
precisas e imperiosas, ya que la comprensión
de cada imagen aparece prescrita por la
serie de todas las imágenes precedentes.
7
Aberrante
y enmarañada se nos antoja hoy la disputa
sin cuartel que al correr el siglo
diecinueve mantuvieron la fotografía y la
pintura en cuanto al valor artístico de sus
productos. Pero no pondremos en cuestión su
importancia, sino que más bien podríamos
subrayarla. De hecho esa disputa era expresión
de un trastorno en la historia universal del
que ninguno de los dos contendientes era
consciente. La época de su
reproductibilidad técnica desligó al arte
de su fundamento cultual: y el halo de su
autonomía se extinguió para siempre. Se
produjo entonces una modificación en la
función artística que cayó fuera del
campo de visión del siglo. E incluso se le
ha escapado durante tiempo al siglo veinte,
que es el que ha vivido el desarrollo del
cine.
| Arriba,
en imagen para ampliar, el prehistórico
y misterioso santuario de Stonehenge.
Un posible ejemplo de una obra
antigua henchida del aura perdida en
la cultura moderna de la
reproducción técnica. |
En
vano se aplicó por de pronto mucha agudeza
para decidir si la fotografía es un arte
(sin plantearse la cuestión previa sobre si
la invención de la primera no modificaba
por entero el carácter del segundo).
Enseguida se encargaron los teóricos del
cine de hacer el correspondiente y
precipitado planteamiento. Pero las
dificultades que la fotografía deparó a la
estética tradicional fueron juego de niños
comparadas con las que aguardaban a esta última
en el cine. De ahí esa ciega vehemencia que
caracteriza los comienzos de la teoría
cinematográfica. Abel Gance, por ejemplo,
compara el cine con los jeroglíficos: «Henos
aquí, en consecuencia de un prodigioso
retroceso, otra vez en el nivel de expresión
de los egipcios... El lenguaje de las imágenes
no está todavía a punto, porque nosotros
no estamos aún hechos para ellas. No hay
por ahora suficiente respeto, suficiente
culto por lo que expresan». También Séverin-Mars
escribe: «¿Qué otro arte tuvo un sueño más
altivo... a la vez más poético y más
real? Considerado desde este punto de vista
representaría el cine un medio incomparable
de expresión, y en su atmósfera debieran
moverse únicamente personas del más noble
pensamiento y en los momentos más perfectos
y misteriosos de su carrera». Por su parte,
Alexandre Arnoux concluye una fantasía
sobre el cine mudo con tamaña pregunta: «Todos
los términos audaces que acabamos de
emplear, ¿no definen al fin y al cabo la
oración?». Resulta muy instructivo ver cómo,
obligados por su empeño en ensamblar el
cine en el arte, esos teóricos ponen
en su interpretación, y por cierto sin
reparo de ningún tipo, elementos cultuales.
Y sin embargo, cuando se publicaron estas
especulaciones ya existían obras como La
opinión pública y La quimera del oro. Lo cual
no impide a Abel Gance aducir la comparación
con los jeroglíficos y a Séverin-Mars
hablar del cine como podría hablarse de las
pinturas de Fra Angelico. Es significativo
que autores especialmente reaccionarios
busquen hoy la importancia del cine en la
misma dirección, si no en lo sacral, sí
desde luego en lo sobrenatural. Con motivo
de la realización de Reinhardt del Sueño
de una noche de verano afirma Werfel que
no cabe duda de que la copia estéril del
mundo exterior con sus calles, sus
interiores, sus estaciones, sus
restaurantes, sus autos y sus playas es lo
que hasta ahora ha obstruido el camino para
que el cine ascienda al reino del arte. «El
cine no ha captado todavía su verdadero
sentido, sus posibilidades reales... Estas
consisten en su capacidad singularísima
para expresar, con medios naturales y con
una fuerza de convicción incomparable, lo
quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural».
(*)
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(*)
Fuente:
Walter
Benjamin,
La obra del arte en la época de la reproductibilidad
técnica, Madrid,
Taurus,
pp. 59-76, 1991.
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