En todo
el mundo existió
siempre alguna forma de
arte, pero la historia del arte como
esfuerzo continuado no comienza en las
cuevas del sur de Francia o entre los indios
de Norteamérica. No existe ilación entre
esos extraños comienzos con nuestros días,
pero sí hay una tradición directa, pasando
de maestro a discípulo, y de discípulo al
admirador o al copista, que relaciona el
arte de nuestro tiempo-una casa o un cartel-
con el del valle del Nilo de hace unos cinco
mil años, pues veremos que los artistas
griegos realizaron su aprendizaje con los
egipcios, y que todos nosotros somos alumnos
de los griegos. De ahí que el arte de
Egipto tenga formidable importancia sobre el
de Occidente.
Es sabido que Egipto es el país de las
pirámides, esas montañas de piedra que se
yerguen como hitos del tiempo sobre el distante
horizonte de la historia. Por remotas y
misteriosas que puedan parecernos, mucho es lo que
nos revelan acerca de su propia historia. Nos
habla de un país perfectamente organizado, que
fue posible en él amontonar esos gigantescos
montes de piedra en el transcurso de la vida de un
solo rey; y nos hablan de reyes tan ricos y
poderosos que pudieron obligar a millares y
millares de obreros y esclavos a trabajar para
ello años tras año, a extraer bloques de
las canteras, a arrastrarlos hasta el lugar de la
construcción y a colocarlos unos sobre otros con
medios más primitivos, hasta que la tumba
estuviera dispuesta para recibir los restos
mortales del rey. Ningún rey ni ningún pueblo
llegarían a tales dispendios, ni se tomarían
molestias para la creación de una mera sepultura.
Sabemos, en efecto,
que las pirámides tuvieron su
importancia práctica a los ojos de los reyes y de
sus súbditos. El monarca era considerado como un
ser divino que gobernaba estos últimos y que, al
abandonar esta tierra, subiría luego a la mansión
de los dioses de donde había descendido. Las
pirámides, elevándose hacia el cielo, le
ayudarían probablemente en su ascensión. En
cualquier caso, ellas defenderían el sagrado
cuerpo de la destrucción, pues los egipcios
creían que el cuerpo debía ser
conservado para que el alma viviera en el más
allá. Por ello, preservaban el cadáver mediante
un laborioso método de embalsamar, vendándolo
con tiras de tela.
| Arriba,
izquierda, expresivo rostro egipcio;
abajo, derecha, imagen de Horus, el dios
halcón; más abajo, izquierda,
Tutanhamón con su esposa. |
Para la momia del monarca fue para
la que se erigió la pirámide, y su cuerpo se colocó
allí, de pie, en el centro de la gran montaña pétrea, dentro
de un cofre también de piedra. En torno a la cámara mortuoria se
escribían ensalmos y hechizos para ayudarle en su jornada hasta el
otro mundo.
Pero no son sólo estos antiquísimos vestigios de arquitectura humana los que nos
hablan del papel desempeñado por las creencias de la edad antigua
en la historia del arte. Los egipcios creían que
la conservación del cuerpo no era suficiente. Si también se perennizaba la apariencia
del rey, con toda seguridad éste continuaría existiendo para
siempre. Por ello, ordenaron a los escultores que labraran el retrato
del monarca en duro e imperecedero granito, y lo colocaran en la
tumba donde nadie podía verlo, donde operara su hechizo y ayudase a e alma a
revivir a través de la imagen. Una denominación egipcia
del escultor era precisamente: "El-que-mantiene-vida».
Al principio, tales ritos estaban reservados a los reyes, pero pronto los nobles de
la casa real tuvieron sus tumbas menores agrupadas en hileras
alrededor de la del rey; y poco a poco cada persona que se creía respetable
tomó previsiones para su vida de ultratumba ordenando que se le
hiciera una costosa sepultura, en la que moraría su alma y recibiría las ofrendas
de comida y bebida que se daban a los
muertos, y en la que se albergaría su
momia y su apariencia vital. Algunos de
esos primitivos retratos de la edad de las
pirámides-la cuarta dinastía del Imperio
Antiguo- se hallan entre las obras más
bellas del arte egipcio. Hay en ellas una
simplicidad y solemnidad que no se olvidan
fácilmente. Se ve que el escultor no ha
tratado de halagar a su modelo o de
conservar un gozoso momento de su
existencia. No se fijo más que en las
cosas esenciales. Cualquier menudo
pormenor fue soslayado. Tal vez sea
precisamente por esa estricta
concentración de las formas básicas de
la cabeza humana por lo que esos retratos
siguen siendo tan impresionantes,
pues, a pesar de su casi geométrica
rigidez, no son tan primitivas como las
máscaras nativas. No están tan llenos de
vida como los retratos naturalistas de los
artistas de Nigerias. La conservación de
la naturaleza y la proporcion del conjunto
se hallan tan pefectamente equilibrados
que nos impresionan como seres dotadis de
vida y, no obstante, se nos aparecen como
remotos en su eternidad.
Esta combinación de regularidad geométrica
y de aguada observación de la Naturaleza,
es característica de todo el arte egipcio.
Donde mejor podemos estudiarla es en los
relieves y pinturas que adornan los muros
de las sepulturas. La palabra
"adornan", por cierto, difícilmente puede convenir a un arte que
no puede ser contemplado sino por el alma
del muerto. Estas obras, en efecto, no
eran para ser gustadas. Ellas también
pretenden "mantener vivo".
Antes, en un pasado distante y horrendo,
existió la costumbre que al morir un
hombre poderoso sus criados y esclavos le
siguieran a la tumba, para que llegara al
más allá en conveniente compañía. Estos
eran sacrificados. mas tarde, esos
horrores fueron considerados o demasiado
crueles o demasiado costosos, y el arte
constituyo su rescate. En lugar de
criados reales, a los grandes de esta
tierra se le dieron sus imágenes como
substituto. Los retratos y modelos
encontrado en las tumbas egipcias se
relacionan con la
idea de proporcionar
compañeros a las almas en el otro mundo.
Estos relieves y pinturas murales, nos
proporcionan un reflejo
extraordinariamente animado de como se
vivió en Egipto hace milenios. Y con todo,
al contemplarlas por primera vez no puede
uno sino maravillarse. La razón de ello
está en que los pintores egipcios poseían
un modo de representar la vida real
completamente distinto del nuestro. Tal vez
se halla relacionado con la diferencia de fines que
inspiró
sus pinturas. No era lo más importante la belleza sino la
perfección. La misión del artista era
representarlo todo tan clara y perpetuamente
como fuera posible. Por ello no se ponían a tomar apuntes
de la Naturaleza tal como ésta aparece desde un punto de mira fortuito.
Dibujaban de memoria, y de conformidad con reglas
estrictas que aseguraban la perfecta claridad
de todos los elementos de la obra. Su
método se parecía, en efecto, más al del
cartógrafo que al del pintor.
(...) Cada cosa tuvo que ser representada en su
aspecto más característico. Esto afectó
la representación del cuerpo humano. La cabezas
se veían mucho más fácilmente en su perfil; así pues, la dibujaron
de lado. Pero si pensamos en los ojos, nos
los imaginamos como si estuvieran vistos de
frente. De acuerdo con ello, ojos
enteramente frontales fueron puestos en
rostros vivos de lado. La mitad superior del
cuerpo, los hombros y el tórax, son observados
mucho mejor de frente, puesto que así podemos ver cómo
cuelgan los brazos del tronco. Pero los brazos y
los pies en movimiento son observados con
mucha mayor claridad lateralmente. A esta
razón obedece el que los egipcios, en
esas representaciones, aparezcan tan
extrañamente planos y contorsionados.
Además, los artistas egipcios encontraban
difícil presentar el pie izquierdo desde
afuera; preferían perfilarlo
claramente con el dedo gordo en primer
término. Así, ambos son pies vistos de lado
y la figura del relieve parece como si hubiera
tenidos dos pies izquierdos. No debe suponerse
que los artistas egipcios creyeran que las
personas eran o aparecían así, sino que,
simplemente se limitaban a seguir
una regla que les permitía insertar en la
forma humana todo aquello que consideraban
importante. Tal vez, como ya se ha dicho,
esta adhesión estricta a la norma haya
tenido algo que ver con intenciones
mágicas, porque, ¿ cómo podría un
hombre con sus brazos en escorzo o "seccionados"
llevar o recibir los dones requeridos por
el muerto?
Lo cierto es que el arte egipcio no está
basado sobre lo que el artista podría ver
en un momento dado sino sobre lo que él
sabía que pertenecía a una persona o
una escena. De esas formas
aprendidas y conocidas fue de las que
sacó sus representaciones, de modo muy semejante
a como el artista tomo las suyas de las
formas que podía dominar. No sólo fue el
conocimiento de formas y figuras el que
permitió al artista dar cuerpo a sus
representaciones sino también el
conocimiento de su significado. Nosotros,
a veces, llamamos "grande" a un
hombre importante. Los egipcios dibujaban
al señor en tamaño mucho mayor que a sus
criados e incluso que a su propia mujer.
Una vez comprendida estas reglas y
convencionalismos, comprendemos también
el lenguaje de las pinturas en las que se
halla historiada la vida de los
egipcios.
(...) El artista egipcio empezaba su obra
dibujando una retícula de líneas rectas
sobre la pared y distribuía con sumo
cuidado sus figuras a lo largo de esas
líneas. Sin embargo, este sentido
geométrico del orden no le privó de
observar los detalles de la Naturaleza con
sorprendente exactitud. Cada pájaro, pez
o mariposa está dibujado con tanta
fidelidad que los zoólogos pueden incluso
reconocer su especie.
Uno de los rasgos más estimables del arte
egipcio es el de que todas las estatuas,
pinturas y formas arquitectónicas se
hallan en su lugar correspondiente como si
obedecieran a una ley. A esta ley, a la
cual parecen obedecer todas las creaciones
de un pueblo, la llamamos un
"estilo". Resulta muy difícil
explicar con palabras qué es lo que crea
un estilo, pero es mucho más fácil
verlo. Las normas que rigen todo el arte
egipcio confieren a cada obra individual
un efecto de equilibrio y armonía.
El estilo egipcio fue un conjunto de leyes
estrictas que cada artista tuvo que
aprender en su más temprana juventud. Las
estatuas sedentes tenían que tener las
manos apoyadas sobre sus rodillas; los
hombres tenían que ser pintados más
morenos que las mujeres; la
representación de cada divinidad tenía
que ser estrictamente respetada, Horus, el
dios-sol, tenía que aparecer como un
halcón, o con la cabeza de halcón;
Anubis, el dios de la muerte como un
chacal. Cada artista tuvo que aprender
también el arte de escribir bellamente.
Tuvo que grabar las imágenes y los
símbolos de los jeroglíficos clara y
cuidadosamente sobre piedra. Pero una vez
en posesión de todas esas reglas, su
aprendizaje había concluido. Nadie pedía
una cosa distinta, nadie le requería que
fuera original. Por el contrario,
probablemente fue considerado mucho mejor
artista el que supiera labrar sus estatuas
con mayor semejanza a los admirados
monumentos del pasado. Por ello, en el
transcurso de tres mil años o más, el
arte egipcio varió muy poco. Cuanto fue
considerado bueno y bello en la época de
las pirámides, se tuvo por excelente mil
años después. Ciertamente, aparecieron
nuevas modas y se solicitaron nuevos temas
del artista, pero su manera de presentar
al hombre y la Naturaleza siguieron
siendo, esencialmente, los mismos.
Sólo hubo un hombre que rompió las
ataduras del estilo egipcio. Fue un rey de
la decimoctava dinastía, conocido
entonces como Imperio Nuevo, que se fundó
después de una catastrófica invasión de
Egipto. Este rey, llamado Amenofis IV, fue
un hereje. Rompió con muchas de las
costumbres consagradas por una remota
tradición. No quiso rendir homenaje a los
dioses extrañamente conformados de su
pueblo. Para él sólo había un dios
supremo, Atón, al que adoraba y que hizo
representar en forma de sol. Se llamó a
sí mismo Akhenatón, según su dios, y
separó de su corte del alcance de los
sacerdotes de los otros dioses, para
trasladarla a una población que se conoce
actualmente con el nombre árabe de El-Amarnah.
Las
pinturas encargadas por él debieron
asombrar a los egipcios de esta
época por
su novedad. En ellas no se encuentra nada
de la dignidad rígida de los primeros
faraones. En vez de ello, se hizo retratar
con su hija sobre sus rodillas, paseando
por el jardín con su mujer, apoyado sobre
su bastón. Algunos de sus retratos le
muestran como un hombre feo, tal vez
porque deseó que los artistas le
representaran en toda su humana flaqueza.
El sucesor de Akhenatón fue Tutanhamón,
cuya tumba con sus tesoros fue descubierta
en 1923. Algunas de esas obras siguen
obedeciendo al moderno estilo de la
religión de Atón, en particular el dorso
del trono del rey, que muestra a éste y a
la reina en un idilio conyugal. Este se
halla sentado en su silla, casi recostado,
en una actitud que debió escandalizar a
los puritanos egipcios. Su esposa no
aparece más pequeña que él, y pone
suavemente la mano sobre su hombro,
mientras el dios-sol, representando como
un globo dorado, extiende sus manos
bendiciéndoles.
| Derecha,
en imagen para ampliar, la tumba
egipcia más antigua hallada hasta
la fecha, de unos 4500 años
aproximadamente. Se encuentra en las
cercanías de Gizeh. |
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Izquierda,
en imagen para ampliar, una imagen
del heterodoxo estilo Armarna
desarrollo durante el reino de Akhenatón,
el faraón hereje. |
Es muy posible que esta reforma artística
acaecida en la decimoctava dinastía fuera
facilitada por el rey al importar, de
otros países, obras mucho menos
conservadoras y rígidas que los productos
egipcios. En la isla de Creta habitaba un
pueblo excelentemente dotado, cuyos
artistas gustaban preferentemente de
representar el movimiento. Cuando el
palacio de su rey, en Cnossos, fue
excavado hace unos cincuenta años, hubo
quienes se resistían a creen que
semejante libertad, y flexibilidad de
estilo pudiera haberse desarrollado en el
segundo milenio anterior a nuestra era.
Obras del mismo estilo fueron halladas en
la metrópolis griega; una daga de Micenas
muestra un sentido del movimiento y de
suavidad de líneas que debió impresionar
a los artesanos egipcios, llevándoles a
desviarse de las normas consagradas por su
tradición.
Pero
esta brecha abierta en el arte egipcio no
debió persistir mucho. Ya durante el
reinado de Tutanhamón las antiguas
creencias fueron restauradas, y la ventana
al exterior fue cerrada nuevamente. El
estilo egipcio, tal y como había existido
desde hacia mil años antes de esa época,
continuó existiendo, durante otro milenio
o más, y sin duda los egipcios creyeron
que continuaría así eternamente. (*)
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(*)
Fuente: E.H.Gombrich,
"Arte para la eternidad",
en Historia del del arte, V.I., Barcelona,
Ediciones Garriga, 1994, pp.43-54.
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