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ANTE
LA NOCHE
DE PATAGONIA
Frag. de Viaje a la Patagonia Austral
Por
Francisco. P.
Moreno
Imagen
del Lago Argetino, uno de los sitios de Patagonia explorados por
Francisco P. Moreno (Foto gentileza Raúl Pantin). |
En
el
gran explorador de la Patagonia Francisco Moreno
confluyen, en rara armonía, el ímpetu por la exploración,
una erudita formación científica y un espíritu poético, tal
como se manifiesta en su arrobamiento ante la estrellada y
límpida noche patagónica en el texto que presentamos
a continuación. Francisco Moreno también manifestó una actitud
comprensiva y abierta hacia los pueblos indígenas, los ancestrales
pobladores de las vastedades patagónicas. Su máximo testimonio
como viajero pionero es su Viaje a la Patagonia Austral,
obra que, en su versión castellana puede ser leída hoy a través
de la reciente reedición realizada por la editorial argentina
Elefante Blanco.
ANTE
LA NOCHE
DE PATAGONIA
Frag. de Viaje a la Patagonia Austral
Por
Francisco. P.
Moreno
El
espectáculo es espléndidamente bello, pero triste; predispone a la contemplación
de la naturaleza y arrastra hacia ella el pensamiento. Éste se siente
libre aquí; la noche al extender su velo sobre esta porción de tierra,
ha rasgado el que ocultaba; durante el día, la vida animal lo ha absorbido todo, el bullicio del trabajo lo ha contenido, en estas horas
de soledad, cuando creemos que la naturaleza terrestre duerme, cuando
parece que sólo los cuerpos celestes son los que velan siguiendo su
inmutable carrera, el espíritu despierta, se diría que se desprende y
se siente conmovido. Ante las sublimes manifestaciones de la creación,
que el hombre mira en lo alto, créense escuchar voces que le revelan
vida en esas otras tierras, y los recuerdos que ese espectáculo
desarrolla en su alma se agolpan y llegan a ser tan innumerables como
los puntos luminosos que irradian alrededor de los grandes grupos
estelares, núcleos de mundos. Aquí los sentidos se desligan de las impresiones materiales que causa un ser definido cuyo límites conoce.
Al dirigirme a este cerro, sólo llevaba la idea del análisis de mi año
concluido; pero nosotros ignoramos casi siempre lo que buscamos, nada
rige nuestra mente caprichosa y, a la primera intención de examen de mi vida,
se sucede aquí ante este panorama, la admiracion por lo infinito.
Abandono mi revista humana para contemplar el espectáculo del universo
que lo hace olvidar todo. El sentimiento del infinito es el mayor don
que la naturaleza ha podido hacer a su mejor obra.
Al
principio todo me confunde; reina el caos en mi ser, la violenta transición que
he experimentado desde mí mismo, y de los míos, hasta el Todo
modestamente
evolucionamos. No encuentro palabras con qué expresar lo que pasa en mi
interior; esa sensacion ha abatido mi espíritu, que fluctúa. Hay gran
vaguedad en las sensaciones de este momento y en él las
ideas se chocan, se anonadan, pero ni siquiera se bosquejan. No dejan
impresión en el cerebro, se borran con la misma facilidad que se
estampan y no dan tiempo a transformarlas en palabras. No me permiten
decir lo que
pienso.
Es
necesario descansar y esperar que de las tinieblas intelectuales brote
siquiera vaga luz y que la calma suceda a la exaltación mental que
produce a esta hora la soledad de la meseta patagónica. La
intensidad luminosa de los astros llega por fin al espíritu, que despierta,
y el indinito del pensamiento trata de igualarse al infinito
del tiempo y del espacio, que en un principio lo abruma.
Lo mismo que ciertas nebulosas son embriones de mundos, esta situación
del alma que ha pasado es la sustancia caótica
del espíritu, es el embrión del pensamiento.
Sin
esos puntos casi indefinidos no habría armonía en el espacio sideral; sin ellos el equilibrio universal se resentiría; lo
mismo sucede con las ideas: sin las irreductibles que flotan sin fijarse
en el cerebro no se llegaría a las que se graban en él y se
comprenden. Todo necesita comprenderse, eslabonarse; las nebulosas son
la base de los mundos, la ameba preparó el camino al hombre. Las mismas
leyes que rigen los cuerpos celestes y los animales que en ellos viven,
rigen el espíritu humano; todo responde a la sublime ley de la armonía.
El mismo génesis, la misma evolución que rige la materia, rige la inteligencia. Sin el desarrollo
gradual del cerebro no se explica el desarrollo gradual del pensamiento,
ni puede negarse la influencia de éste sobre aquél. La fuerza que lo
engendra condensa todas las de la naturaleza; éstas, múltiples en sus
manifestaciones, se unifican en el genio...
¡Fantaseo
sugerido por el espectáculo que tengo presente! El brillo de los
astros del cielo
que
en la gigante faja celeste se aglomeran, no al capricho, sino donde
deben estar, es tal que parece que sus luces chispeantes se reflejan y
hacen inclinar la imaginación ante esos soles incontables, y
entre los cuales el que nos da la vida es como un simple átomo de los
que existen. Las enormes manchas magallánicas resaltan en el fondo del
firmamento; parecen alborotadas por las tempestades y traen el recuerdo
del gran navegante cuyo nombre inmortalizan, cruzando los tenebrosos
mares del sur.
Es
imposible dejar de pagar tributo a la belleza y variedad de
este
cielo, donde esas nubes, que se reúnen
para formar mundos, recuerdan las nebulosas del espíritu humano afanándose
por alcanzar la ciencia que debe darle aliento. La espléndida Vía Láctea
parece ronda gigante de
agradecidos
genios que veneran la fecunda creación.
Nosotros, aquí abajo, pagamos también humilde tributo a la naturaleza
cuya esencia no nos explicamos, que nos es desconocida y que,
sin embargo, presentimos en todas las manifestaciones de lo que vemos.(*)
(*)
Fuente: Francisco
P. Moreno, Viaje a la Patagonia Austral, Buenos Aires,
Ed. Elefante Blanco.
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