Los
indígenas canoeros, o nómades marinos, que vivían en el sur de
Tierra del Fuego se llamaban a sí mismos Yámana, palabra
que significaba primordialmente humanidad, humano, vivo, no
muerto, con buena salud. Con ese término el grupo se
individualizaba respecto de otros indígenas que hablaban un
lenguaje diferente, así como de todos los pueblos distintos a
ellos mismos. Como nombre auténtico de esos indígenas se debe
respetar esa autodenominación del ser grupal. En otros escritos
se los denominó de otros modos, como por ejemplo Tekinika, nombre
que nunca tuvieron y que en realidad se originó en un
malentendido del capitán R. Fitz -Roy. Más comúnmente utilizado
es Yahgan (en la literatura en inglés) o yaganes (en castellano),
pero este término no identificaba al grupo sino que fue creado
por el Rvdo. Thomas Bridges en referencia a los aborígenes que
ocupaban el Yagashaga, hoy canal Murray, y luego fue
generalizado. Ya creada la Misión Anglicana en Ushuaia, algunos
fueron bautizados con el término Yahgan como apellido, nombre que
por esta vía llegó a tener un cierto y tardío valor de
autorreconocimiento.
El
país de los Yámana se extendía desde bahía Sloggett al este
(en la margen norte del canal Beagle) hasta la península
Brecknock al oeste y el Cabo de Hornos por el sur, es decir un
triángulo cuya base era la margen norte del canal Beagle y su
vértice el Cabo de Hornos. El islario que se extiende al oeste
hasta la desembocadura occidental del Estrecho de Magallanes
estaba ocupado por otros nómades de mar conocidos como alacalufes,
que tenían pocas diferencias culturales con los Yámana. Hacia el
este entraban en contacto con los Haush. En grupos se producían
algunos casamientos mixtos con yámanas y había algunos
individuos con capacidad bilingüe que eventualmente oficiaban de
traductores. Por el norte, detrás de las montañas, habitaban los
Selk´nam.
Los
Yámana llamaban a su lenguaje yamaníhasha. Se
caracterizaba por ser sonoro y abundante en vocales. A pesar de su
riqueza en vocablos, los yámanas eran poco conceptuales: no
entendían ideas abstractas separadas de un contexto de
aplicación inmediata. Muchas de sus palabras servían para
indicar matices sutiles o diferencias de situación; la estructura
gramatical utilizada era sencilla.
Interpretaciones
ligeras crearon una desfavorable descripción del carácter de los
yámanas. Los europeos que establecieron los primeros contactos
les crearon una suerte de leyenda negra que incluyó apreciaciones
tales como feroces, antropófagos y gran cantidad de términos
peyorativos cuya sola base era la incomprensión. Quienes
posteriormente tuvieron convivencia prolongada con estos
indígenas acometieron una ardua tarea para cambiar tan denigrante
fama, pero lo lograron. Se debe destacar la acción de misioneros
anglicanos como Thomas Bridges y John Lawrence, de científicos
como Paul D. Hyades y de colonos como Lucas Bridges.
De
baja estatura y piernas aparentemente débiles y tórax muy
desarrollado, no daban la impresión de desarrollo y fuerza. Sin
embargo eran muy resistentes y en más de una oportunidad
resultaron más fuertes que los marinos europeos. Tenían
facciones regulares, pómulos pronunciados, frente baja, nariz de
base deprimida arriba y ancha abajo y labios gruesos. Tenían
cabellos negros, gruesos y lacios; eran casi lampiños, no usaban
barba ni bigote y solían depilarse las cejas.
Los
Yámanas eran laboriosos sólo cuando lo juzgaban necesario; en
tales circunstancias podían efectuar grandes esfuerzos físicos.
Sin embargo, su concepción del trabajo no era la de los europeos:
no lo consideraban un fin en sí mismo ni una obligación
permanente. Por lo tanto, no solían mantener el esfuerzo durante
mucho tiempo y, de no estar acosados por alguna urgencia,
alternaban la labor física con frecuentes y prolongados períodos
de descanso.
De
la reiteración en crónicas y fuentes etnográficas surge que los
yámana habrían sido emocionales y fácilmente excitables, pero
al mismo tiempo poco efusivos en la manifestación exterior de sus
afectos, muy susceptibles y suspicaces, hospitalarios y dadivosos
pero fríos, y tan pronto taciturnos y reservados (sobre todo en
presencia de extraños) como conversadores y propensos a la risa
fácil.
El
relieve accidentado, los suelos muchas veces saturados de agua, la
cerrazón del bosque y la maraña de troncos caídos no impedían
las marchas a pie de los fueguinos. Aunque preferían desplazarse
en canoas, los yámanas solían caminar mucho. Lo hacían con
agilidad, pero encorvados, y tenían una forma de apoyar los pies
sobre el suelo que daba a su marcha un aspecto algo bamboleante.
Se describió que cuando estaban de pie, daban cierta impresión
de desgarbados e inestables debido a la torsión de los pies hacia
adentro, a la flexión de las rodillas y a la inclinación del
tórax hacia adelante. Sin embargo, en las fotografías que de
ellos quedaron esta es la posición de la minoría. Su postura de
descanso más habitual era estar en cuclillas.
Todas
las mujeres yámanas nadaban; los varones rara vez o nunca.
El
borde occidental y meridional de Tierra del Fuego es monta–oso,
boscoso y lluvioso. En el interior del bosque los recursos
comestibles eran muy escasos y para obtener los de otro orden -por
ejemplo, leña o corteza- no era necesario adentrarse mucho. En
cambio, en las costas existía la posibilidad de encontrar lobos
marinos, aves, peces, mariscos y, eventualmente, hasta ballenas
varadas. Salvo estas últimas, las otras especies presentaban para
los cazadores y recolectores una ventaja muy importante: lo que se
llama "previsibilidad de encuentro", pues su abundancia
permitía confiar en que todos los días o con mucha frecuencia se
hallarían ejemplares de ellas. Pese a lo cambiante del clima y a
los riesgos de la navegación, los desplazamientos en canoa eran
mucho más cómodos que las caminatas y brindaban posibilidades
mucho mayores de acceso a alimentos sustanciosos. Es natural, por
lo tanto, que la vida de los indígenas haya sido esencialmente
costera y marítima.
Obtenían
todo su sustento a través de la caza, la pesca y la recolección.
Hasta que los primeros europeos se instalaron en la región, nunca
habían practicado el cultivo de vegetales.
Los
lobos marinos cazados por los yámanas pertenecían a dos
especies: "lobos marinos de dos pelos" o focas peleteras
(Arctocephalus australis) y "lobos marinos de
un pelo" o "leones marinos" (Otaria flavescens);
estos últimos tienen el doble del tamaño de los primeros. No hay
datos etnográficos sobre la frecuencia de captura de una y otra
especie, pero los datos arqueológicos indican para tiempos
anteriores a la explotación de europeos y criollos que los Arctocephalus
australis eran cazados mucho más a menudo que los otros.
Sólo gracias al consumo intensivo de esos lobos marinos -ya que
el rendimiento calórico de la grasa y el aceite es muy superior
al de la carne o el de los alimentos vegetales- los yámanas
podían contrarrestar las elevadas exigencias que el clima frío,
húmedo y ventoso imponía a su metabolismo (poseyendo, como
poseían, una vestimenta muy escasa). Pero no sólo calorías
obtenían de los lobos marinos: sus cueros eran rígidos pero
aprovechables para confeccionar capas y correas; esófagos,
estómagos, intestinos y vejigas servían como bolsitas o
pequeños recipientes impermeables. En el siglo XIX las
poblaciones de lobos marinos que recorrían aguas fueguinas
sufrieron tremenda reducción debido a las cacerías
indiscriminadas practicadas con finalidad comercial principalmente
por estadounidenses e ingleses y en las últimas décadas del
siglo por criollos.
Ocasionalmente
los yámanas capturaban delfines pero a los cetáceos de tamaño
mayor sólo los aprovechaban cuando los encontraban varados en
alguna playa o, quizá, cuando se acercaban moribundos a la costa.
Esas situaciones no eran previsibles, pero parecería que en
tiempos antiguos ocurrían con relativa frecuencia. En
tales casos, obtenían cantidades enormes de carne y grasa que les
aseguraban sustento por largo tiempo; incluso daban lugar a una de
las pocas instancias de conservación de alimentos que practicaban
los yámanas: depositaban pedazos de carne y grasa en turberas o
en el lecho de arroyos (donde se conservaba apta para consumo al
parecer durante muchos meses). Por lo tanto, la incidencia en la
dieta de este recurso no debería ser menospreciada. Los nativos
también aprovechaban los huesos de las ballenas -apropiados para
confeccionar puntas de arpón y otros utensilios- y las barbas,
que convertían en filamentos para cantidad de usos como costuras
de canoas y baldes de corteza o lazos de trampas para aves.
Los
guanacos tienen carne abundante y menos dura que la de lobo
marino, pero muy poca grasa. Su captura era más difícil que la
de los lobos marinos desde canoas, pues los guanacos son animales
muy ágiles, veloces y asustadizos, a los que costaba sorprender.
En contraposición, el cuero de los guanacos es flexible y muy
abrigado, algunos huesos son muy aptos para la confección de
ciertos utensilios y los tendones de cuello y patas son largos y
eran útiles para muchos usos.
Sólo
en la mitad oriental del canal Beagle y en la isla era posible
encontrar guanacos, en el resto del país yámana no los había.
Estos eran los únicos animales terrestres de consideración
cazados por los yámanas, y su caza se realizaba primordialmente
en invierno cuando las tropillas bajaban a la costa.
Los
yámanas solían cazar nutrias, pero la distribución y la
densidad de estos animales no parece haber sido muy amplia en el
oeste y en el sur. Ponían mucho empeño en apoderarse de
pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves.
También hay que recordar el consumo estacional de huevos. Aparte
de su consumo como alimento, de las aves se guardaban ciertos
huesos para confeccionar utensilios y adornos, las plumas para
adornos y otros fines, el plumón como sucedáneo de la yesca y
los buches como bolsitas para conservar aceite y embutidos.
La
pesca no era muy variada, pero sí practicada cotidianamente. En
el canal Beagle los peces son en general chicos y no gregarios,
pero las migraciones que ingresan en verano y otoño hacían que
la pesca resultara remunerativa. Entre esas migraciones suelen
ingresar grandes cardúmenes de sardinas perseguidas por peces
mayores y otros predadores. Esto proporcionaba a los indígenas
comida en abundancia.
La
recolección de mejillones era fácil y permanente, pero los
mejillones tienen cada uno poco valor nutricional. Los mariscos
ofrecen otras ventajas para la subsistencia humana. Forman densas
colonias fácilmente localizables y que se encuentran casi a todo
lo largo de las costas. Obtenerlos no dependía del azar o de
factores climáticos y, salvo en marea alta, podían ser recogidos
en casi todo momento. Eran un componente de obtención segura que
incrementaban lo producido por otros recursos. Eran una
"válvula de seguridad" para superar momentos de crisis.
Salvo
bayas, hongos y algunos mariscos, que eran consumidos crudos, los
demás alimentos eran cocinados por al fuego o apoyados sobre
brasas pero en general la cocción no era completa. No mostraban
remilgos ante el consumo de carne o grasa en etapas iniciales de
putrefacción.
Lo
principal de la subsistencia yámana era obtenido de los lobos
marinos; pero para capturarlos con regularidad no se podía
confiar en sorprenderlos sobre la costa. Estos animales se reúnen
durante un par de meses al año en colonias de apareamiento y
reproducción, pero no necesariamente al alcance de las canoas
aborígenes. Durante el resto del año, esos animales pasan más
tiempo en el agua que en tierra y aquí son asustadizos. Por lo
tanto, su caza en tierra no era suficientemente regular en el
ciclo anual como para fundar sobre ellos la subsistencia. Era
necesario algún método que permitiera apoderarse de ellos con
frecuencia confiable y así fue que la colonización exitosa de la
región por los indígenas durante más de 6000 años residió en
el uso de canoas y de arpones de punta ósea separable.
La
obtención del alimento estaba repartida entre ambos sexos. La
cacería de lobos marinos era labor masculina cuando se practicaba
en tierra, pero la mayoría de las veces ocurría en el agua y
entonces era tarea compartida: la mujer aproximaba a remo la canoa
mientras el varón acechaba en la proa y arrojaba el arpón contra
la presa. Los hombres se encargaban también de cazar guanacos y
aves y, cuando la ocasión se presentaba, arponeaban los peces de
mayor tamaño. Las mujeres pescaban con línea y recolectaban toda
clase de mariscos. La recolección de hongos, bayas y huevos era
cumplida por uno u otro sexo según fueran las circunstancias.
Pese
a las frecuentes tormentas, las canoas permitían el
desplazamiento por los canales, hacían factible pasar de una isla
a otra y posibilitaban de acercarse a los lobos marinos en el mar.
Aún así quedaba el tema del arma a emplear. La que utilizaron
primordialmente estaba diseñada para la cacería en el agua y
complementaba a la canoa. Se trataba de arpones en los que la
punta se insertaba en el mango en forma que se desprendiera de él
en el momento de herir pero quedara unida por una correa flexible.
De ese modo se reducía considerablemente el riesgo de rotura de
la punta de hueso y la presa, al huir, debía luchar además
contra la resistencia que oponía el mango de madera contra el
agua al ser arrastrado. Si el lobo marino se refugiaba entre las
espesas matas de algas próximas a la costa, el mango se enredaba
en ellas o, si al llenársele de agua los pulmones el animal se
hundía, el mango funcionaba como boya que indicaba la
localización de la presa.
Los
yámanas contaban también con otro tipo de arpón, cuya punta de
hueso estaba fijamente atada al extremo del mango y en uno de sus
lados mostraba muchos dientes pequeños prolijamente recortados.
Esos arpones multidentados eran usados cuando no había temor de
que el peso de la presa rompiera esas puntas (para capturar
pingüinos, peces de cierto tamaño, etc.) o cuando, por estar
firmemente parado en tierra y no sobre una bamboleante canoa, se
podía confiar en retener el arma en la mano para asestar nuevos
golpes. Cuando se los usaba contra peces, era frecuente que se
ataran dos o más de estas puntas de arpón a un mismo mango. En
general los mangos de estos arpones eran de menor tamaño que los
que se usaban para encastrar las puntas separables y cazar lobos
marinos.
Los
yámanas eran hábiles en el uso de hondas, empleadas
principalmente para apoderarse de aves; conocían los arcos y
flechas, con los que cazaban guanacos donde los había, pero esas
armas no estaban tan bien confeccionadas como los producidos por
los Selk´nam. También preparaban (pero no muy asiduamente)
trampas de lazo.Siendo la pesca una actividad casi constante,
llama la atención la precariedad de las líneas de pesca usadas
por los yámanas, que no tenían anzuelo. Consistían en un
cordón hecho con los resistentes tallos de los cachiyuyos o con
tendones trenzados, un guijarro poco o nada trabajado que servía
como plomada y un lazo hecho con rajas de canutos de plumas con el
que se retenía el cebo.
La
pescadora, inclinada sobre la borda de su canoa, esperaba que
algún pez engullera el cebo; una vez que lo tragaba atraía al
pez hacia sí tirando suavemente de la línea y lo capturaba a
mano antes que saliese a superficie. Para capturar peces pequeños
durante los grandes cardúmenes de las migraciones, simplemente
usaban cestos a modo de redes que introducían a mano en el agua
desde las canoas. En otras ocasiones los peces simplemente se
recolectaban. Esto ocurría especialmente durante los varamientos
de sardinas y merluzas de cola.
Para
recolectar lapas, quitones y mejillones del fondo de aguas
someras, usaban espátulas bífidas de madera, para capturar
centollas y erizos de mar se servían de otras horquillas que
terminaban en tres o cuatro puntas de madera. Estas puntas eran en
realidad una rama hendida longitudinalmente con dos tajos
transversales entre sí que luego eran aguzadas y mantenidas
separadas colocando maderitas entre ellas. A estas horquillas se
las podía atar a uno o dos mangos de arpón (los más grandes
rondaban los 3 m de largo) y en días calmos y con la
transparencia del mar local podían ensartar erizos o centollas a
cierta profundidad. También usaban este artilugio para recoger
racimos de cholgas grandes de fondos de mar con substrato poco
firme.
Los
utensilios de piedra tallada que no fueran puntas de flecha eran
poco elaborados. Con huesos de distintos animales confeccionaban
cuñas para partir madera, objetos para extraer la corteza de los
árboles, punzones, tubos sorbedores, peines, etc. Las conchillas
de algunos mejillones eran usadas como cuchillos, siendo más
eficaces en esa función de lo que se podría suponer. A veces
eran enmangadas, atándolas a un guijarro de playa en cuyo caso
funcionaban más como un cincel que como un cuchillo. Se
confeccionaban baldes y jarros de cuero o de corteza. Los canastos
de junco eran inseparables de las mujeres. Había multitud de
otras aplicaciones para la madera, la corteza, el cuero, el
pellejo de aves y sus plumas, ciertas vísceras, los tendones, las
fibras vegetales y unos pocos elementos tomados del reino mineral.
El
uso principal de la corteza de árboles era indudablemente la
confección de canoas. Las canoas eran el elemento más elaborado
de la artesanía de los yámanas y su propiedad más valiosa, como
que su vida dependía de poseerlas. Placas de corteza cosidas
entre sí eran mantenidas abiertas con una armazón de varillas de
madera hendidas al medio y retenidas en posición arqueada por
travesaños y por bordas de madera longitudinales. El piso era
reforzado con más placas de corteza y en el centro se
confeccionaba una plataforma de tierra o guijarros, sobre la que
se mantenía fuego siempre encendido. Aunque las había más
grandes, en general esas canoas medían entre 3 y 5,5 m de largo y
podían transportar seis o siete personas. No tenían quilla ni
timón. Eran de fondo plano lentas, se bamboleaban mucho y era
necesario desagotar continuamente el agua que se filtraba por las
costuras, pero se mantenían bien a flote aunque el agua estuviera
agitada. Podían navegar bien sobre las frondas de algas,
capacidad muy importante para poder acercarse a las costas pues
éstas estaban en su mayor parte bordeadas por densas frondas de
cachiyuyos. Los propios remos, de pala muy larga y mango muy
corto, permitían impulsarse sobre las frondas de cachiyuyos sin
enredar el remo en las mismas. Las encargadas de remar eran
habitualmente las mujeres, pero cuando era necesario también lo
hacían los varones. Salvo accidentes, solían durar seis meses a
un año; la época habitual de confección era octubre a febrero,
cuando la corteza podía ser desprendida de los árboles con
facilidad.
En
el ámbito ocupado por los yámanas se construían dos clases de
chozas: una en forma de cúpula, hecha con ramas delgadas
entrelazadas y cubiertas de follaje y cueros, la otra de forma
cónica formada por troncos de mediano grosor con igual cobertura.
Ambas tenían planta circular y diámetro entre 3 y 3,5 m. En el
centro ardía siempre un fogón, junto al cual se apretujaban en
cuclillas los ocupantes en búsqueda de calor. El espacio para
cada individuo era mínimo. El uso de estas chozas no deber ser
comparado con el de casas, sino más bien con el de tiendas de
campaña. Servían para repararse de la inclemencia climática o
para pasar la noche, pero la vida diaria se desarrollaba a cielo
abierto. Pese a su apariencia endeble, la estructura de esas
chozas podía durar varios años con sólo reparaciones menores.
En
general no se las destruía (salvo que alguien hubiera muerto en
ellas) sino que quedaban a disposición de la familia que las
había construido o de terceros para ser reocupadas a placer. En
cada cabaña acostumbraban vivir una o dos familias, pero a veces
dormían en ella veinte o más personas. Había además, aunque
raras, viviendas multifamiliares algo más grandes y chozas de
dimensiones mucho mayores que se levantaban sólo en ocasión de
ceremonias colectivas. Alrededor de las chozas se formaban los
montones de desperdicios que dieron lugar a los conchales hoy
estudiados por los arqueólogos.
Ambos
sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y
tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a
veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el
rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en
rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal
formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía. Además se
utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en
las que se hallaba su portador. Los collares podían estar
confeccionados con conchillas o segmentos de huesos huecos de ave
usados a manera de cuentas, o simplemente consistir en tendones o
tripas trenzados. En ocasiones especiales se usaban binchas
adornadas con plumas de aves y en las colecciones etnográficas
hay algunos notables ejemplares de éstas.
Prendían
fuego golpeando un trozo de pirita de hierro con otro de alguna
roca silícea y recogiendo las chispas en plumón de aves, hongos
secos, musgo para obtener la primera brasita. Prender el fuego no
era fácil y procuraban por todos los medios que el fuego no se
apagara: lo conservaban en forma de brasas o tizones, e incluso lo
transportaban consigo adondequiera que fueran, sea en canoa, o a
pie. La leña era llevada por los varones al campamento. Además
de servir como calefacción, el fuego era utilizado para cocinar
los alimentos, para algunas actividades tecnológicas y para hacer
señales de humo a distancia.
Las
familias yámanas podían estar formadas por padre, madre e hijos,
o agregarse algunos parientes. El parentesco era reconocido entre
consanguíneos, tanto por vía paterna como materna. Algunas
mujeres llegaban a tener muchos hijos, pero el promedio era cuatro
o cinco; de ellos, muy pocos llegaban a la vida adulta debido a la
muy alta mortalidad infantil. Los nacimientos no daban lugar a
ceremonias, sino sólo al cumplimiento de ciertas prescripciones
rituales. La madre retomaba muy pronto sus tareas habituales. No
se daba nombre a los niños hasta casi los dos años de vida y por
lo general era el del lugar del nacimiento con el agregado de un
sufijo especial para cada sexo. Sin embargo, también había
nombres recibidos por herencia y apodos que aludían a alguna
particularidad física o del carácter.
La
primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas
ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus,
al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso
necesario para adquirir el status de adultos. No era una
celebración estrictamente periódica, en realidad se efectuaba
cuando en un grupo de familias se alcanzaba cantidad suficiente de
candidatos y si se cumplían con las condiciones materiales
suficientes para sustentar a los numerosos participantes durante
las semanas o meses que duraba la ceremonia. Decidida la
realización, se construía una gran choza en la que se instalaban
los adolescentes, sus padres, madres y padrinos, y todos los
adultos que desearan participar. De entre ellos se elegían los
oficiantes de la ceremonia. Los aspirantes eran sometidos a ayuno,
inamovilidad, sueño insuficiente y trabajos duros. Eran además
adiestrados en las tareas propias de cada sexo y se les inculcaban
normas de comportamiento tanto pragmáticas como altruistas. Estas
últimas tenían elevado valor moral, aunque en la práctica
posterior solían ser poco respetadas. El chiejaus incluía
además narraciones de mitos y tradiciones, así como momentos de
esparcimiento (cantos, danzas y juegos colectivos). Una vez
cumplida la celebración por parte de los aspirantes, las mujeres
quedaban en condiciones de contraer matrimonio pero los varones
debían asistir a un segundo chiejaus antes de ser
reconocidos plenamente como adultos.
Los
adolescentes vivían con sus padres hasta contraer matrimonio.
Hasta ese momento existía para varones y mujeres libertad sexual
y no se otorgaba valor a la virginidad femenina, pero luego de
casarse las mujeres debían fidelidad a sus maridos. De todos
modos, los yámanas solían casarse jóvenes. Era frecuente que
los contrayentes tuvieran edades muy dispares: mujeres mayores con
varones muy jóvenes y viceversa. La razón que aducían era que
el más joven de ellos se beneficiara con la experiencia y
responsabilidad del otro, y éste con la diligencia y actividad
del primero. Los primos no podían casarse entre sí y esta
prohibición parece que también se aplicaba a parientes más
lejanos pero consanguíneos. Las mujeres se resistían a unirse
con personas cuya localidad de residencia fuera lejana. La
concertación del matrimonio no era acompañada por ceremonias
especiales; cuanto más, se convocaba a una fiesta que incluía
banquete, juegos y danzas.
Entre
los yámanas el matrimonio era muy inestable: se deshacía con
gran facilidad si el marido maltrataba a la mujer, si surgían
aversiones o antipatías entre ellos, si se producían adulterios
o simplemente si alguna de las partes deseaba poner fin a la
relación. Las mujeres tenían bienes propios, de los que sus
esposos no podían disponer. También podían emitir opinión en
los debates comunitarios. Es probable que este alto grado de
independencia -muy diferente al de las mujeres Selk´nam- haya
estado relacionado con el importante papel económico que las
mujeres cumplían en la sociedad yámana.
La
poligamia era frecuente pero no general. Había varones casados
hasta con cuatro mujeres. Todas éstas tenían el status de
esposas, no de concubinas. A menudo era la mujer la que solicitaba
al marido que tomara una segunda esposa para que la ayudara en los
quehaceres domésticos. No era infrecuente que dos esposas de un
único marido fuesen hermanas entre sí, sea por solicitud de la
primera esposa, sea porque cuando un varón moría la viuda podía
pasar al núcleo familiar de su cuñado.
Las
personas de edad eran habitualmente tratadas con respeto. Los
enfermos eran cuidados, pero si no ofrecían esperanzas de
recuperación o si entraban en agonía se les daba muerte para
evitarles sufrimientos. El duelo se manifestaba con estentóreas
lamentaciones y cantos lúgubres; los deudos se laceraban el
rostro y el cuerpo, se tonsuraban el pelo y se pintaban de una
manera especial. El cadáver era amortajado con cueros y atado con
correas; luego se lo enterraba o se lo cremaba. No había
herencia: las pertenencias del difunto eran destruidas o
repartidas entre los asistentes a la ceremonia fúnebre. El lugar
donde había ocurrido la muerte era abandonado y durante largo
tiempo no se retornaba a él; el nombre del difunto no debía ser
pronunciado, al menos en presencia de los parientes, y si
existían personas o lugares que tuvieran el mismo nombre debían
recibir uno nuevo.
El
núcleo de la sociedad yámana era la familia: no había
organización superior que las coordinara o que tuviera poder de
coacción sobre ellas. Entre las familias que recorrían un mismo
sector de costa se reconocía un vínculo muy laxo, pero no había
clanes ni tribus. No había gobierno, ni jefes ni estratificación
social. Los adultos no aceptaban recibir órdenes de nadie.
Los
yekamushes gozaban de cierto prestigio e influencia, pero no
poseían autoridad efectiva. Eran curanderos, hechiceros y
oficiaban de shamanes (es decir, intermediarios con lo que
nosotros -no los yámanas- llamamos mundo sobrenatural). Llegar a
ser yekamush era bastante accesible para los varones y de
hecho casi todos los adultos de este sexo lo eran o decían que lo
eran.
La
moral de los yámanas era utilitaria: se abstenían de
determinados comportamientos negativos sólo por temor a las
represalias, no porque la abstención fuera buena o recomendable
por sí misma. Cuando ese temor no existía, mentían y hurtaban a
placer y sin ningún remordimiento. Las habladurías maliciosas
eran constantes, no necesariamente se basaban en realidades y
podían llegar a generar acciones violentas.
Muchas
veces se dijo que los yámanas practicaban comunidad de bienes.
Sin embargo, hay muchas pruebas de propiedad individual o familiar
sobre bienes concretos: canoas, armas, líneas de pesca, perros,
adornos, etc. La propia destrucción de los bienes de un muerto
implica un concepto de pertenencia. La propiedad individual se
extendía a los elementos naturales cuando alguien se apropiaba de
ellos. Habiendo propiedad, había hurto y robo. Aquella primera
apreciación de comunidad de bienes en realidad se basó en
malinterpretar el aprecio que los yámanas tenían por las
actitudes generosas y la reciprocidad a que se obligaba quien
aceptaba un bien o dádiva. Los productos de la caza, la pesca o
la recolección solían ser compartidos entre las personas
-emparentadas o no- que circunstancialmente estuvieran acampadas
en proximidad. Se esperaba reciprocidad y existían los trueques,
pero no había sistema organizado de comercio ni se conoce de
intercambios a gran distancia. Los pocos casos concretos que
pueden ser catalogados como auténtico comercio son tardíos.
Las
riñas eran muy frecuentes y originadas en causas reales o
imaginarias. Muy comunes, y permitidas, eran también las
venganzas de sangre, en las que los parientes de una persona que
hubiera sido muerta por otra tomaban desquite con el homicida. Sin
embargo, a veces concluían en un combate ritual o en una
compensación económica.
No
había guerras ni conflictos territoriales mayores, pero los yámanas
se quejaban de padecer correrías de sus vecinos del este y el
oeste con fines de rapiña. Sin embargo, como ya se dijo, en la
zonas de contacto había algunos matrimonios mixtos y cierta
convivencia entre grupos.
Los
yámanas respetaban cierta cantidad de prescripciones rituales en
algún momento especial de sus vidas, pero no tenían culto ni
sacerdotes. Los observadores del siglo XIX estuvieron de acuerdo
en que los yámanas no tenían nociones de Dios, alma o cielo, ni
creencia en recompensas o castigos post-mortem. Por el opuesto los
padres Gusinde y Koppers afirmaron que creían en un dios único,
omnipresente y omnipotente. El debate no está cerrado y ambas
posiciones pueden recibir críticas. Sí hay consenso en que temían
a los kíshpix, espíritus del mar, de las rocas, de los árboles,
etc. Se los imaginaba malévolos y de aspecto horripilante. Creían
que en los bosques habitaban los hanush, que podían ser
espíritus u hombres salvajes. Los Yoalox -dos hermanos y una
hermana- eran una suerte de héroes civilizadores, seres
sobrehumanos (pero no deidades) que habían enseñado a los
antepasados de los yámanas cantidad de cosas útiles (cómo
encender fuego, cómo cazar aves, cómo confeccionar arpones,
etc.).
De
los Yámana, quedan hoy unas pocas personas que se autorreconocen
como tales, radicadas en Puerto Williams (isla Navarino Chile).
Algunas de ellas mantienen ciertos conocimientos de cómo era la
vida tradicional y, lo más importante, capacidad de hablar el yamaníhasha.
Es prometedor es que estén agrupados y lleven a cabo un
interesante esfuerzo de transmitir lengua y recuerdos a sus
descendientes. Sin embargo el estilo de vida tradicional ya casi
no se practicaba a comienzos del siglo XX. En su tercera década
el número de yámanas ya estaba tremendamente reducido; los
sobrevivientes llevaban vida rural, en general como empleados en
establecimientos agroganaderos. (*)
(*)
Fuente: Trabajo editado en Biblioteca virtual de Página web
de Museo del Fin del Mundo en Ushuaia, Tierra del Fuego, República
Argentina.
1) Luis Abel Orquera es Antropólogo, Investigador
del CONICET y Director de la Asociación de Investigaciones
Antropológicas.
(2) Ernesto Luis Piana es Antropólogo,
Investigador y Subdirector del Centro Austral de Investigaciones
Científicas - CONICET.
Desarrollan
investigaciones arqueológicas en la región del Canal Beagle,
realizando en ese lapso más de 20 campañas de excavación
arqueológica.
LA
MORTANDAD DE LOS YÁMANAS
En 1960, Anne Chapman se encontraba en París trabajando en el
Centro de Investigaciones Históricas del Museo del Hombre cuando
conoció a la arqueóloga Annette Laming-Emperaire, que había hecho
trabajos arqueológicos en la Patagonia y necesitaba gente para
completar su equipo de arqueología. Fue Annette Laming quien
primero le habló a Anne Chapman de Lola Kiepja, la última selk'nam
que había vivido como indígena y la única chamán viviente. Hasta
ese momento Anne Chapman había estado trabajando principalmente en
Honduras; pero desde que decidió unirse al equipo de la arqueóloga
sus investigaciones tomaron rumbo hacia el fin del mundo. A
comienzos de 1965 Anne Chapman conoció a Lola Kiepja, en su casa de
la reserva, cerca del lago Fagnano, en la Isla Grande de Tierra del
Fuego. Ella acabaría siendo su principal informante y la matriz de
una larga investigación en la que procuraría reconstruir el mundo
material y principalmente ideológico de los selk'nam a partir de
los testimonios de sus informantes y los relatos del etnólogo austríaco
Martin Gusinde. Estudios que recogió luego en su libro fundamental
"Los Selk' nam. La vida de los Onas" (Emecé 1986). Fueron
precisamente todos estos años de trabajo de campo en Tierra del
Fuego, financiados en parte por el Centre National de la Recherche
Scientifique de Francia, los que le han permitido a Anne Chapman
desarrollar sucesivas investigaciones etnográficas e históricas.
A
pesar de sus años, la señora Anne Chapman tiene una energía
sorprendente y una cantidad de proyectos que abrumarían a un
estudiante entusiasta. Se encuentra instalada en Chile desde hace
algún tiempo ligada a un equipo de investigación histórica que se
formó a partir del trabajo de los "Cuerpos Pintados" del
fotógrafo Roberto Edwards, compuesto por Carolina Odonie, Cristián
Báez, Pablo Honorato y Marisol Palma. Con su ayuda, Anne Chapman ha
escrito una serie de libros dedicados a los nativos del extremo sur
del mundo que planea publicar próximamente. En este momento se
encuentran terminando un nuevo libro, que será publicado a fines de
este año, "The Native People of Cape Horn Before and after
Darwin", que tentativamente podría traducirse como "Los
nativos del Cabo de Hornos antes y después de Darwin". Anne
Chapman señala que su trabajo abarca cuatro siglos de historia
enfocados en los yaganes. "Un panorama muy amplio - continúa
la autora- , ya que no se trata de etnohistoria sino que de la
historia de la región y de los encuentros entre los yaganes y los
navegantes europeos, las grandes expediciones de Fitzroy y Darwin,
los cazadores de focas, la expedición francesa de 1882 y los
misioneros anglicanos". El eje del libro son los yaganes, y
también los kawésqar o los selk' nam, en cuanto a sus relaciones
con los yaganes.
Según
advierte Anne Chapman, el libro comprende tres grandes temas, que
podrían ser tres libros en sí mismos. El primero de ellos gira en
torno al viaje de Darwin, experiencia que según la autora habría
en cierto sentido determinado su segundo gran libro, "The
Descent of Men (...)", publicado en 1871; un trabajo muy
influyente en su manera de pensar y clave para el desarrollo de los
conceptos que se tenían entonces y ahora sobre los llamados hombres
primitivos. El segundo gran tema del libro es Jemmy Button - que
ocupa 5 capítulos de un total de 14- ; y, por último, el tercer
tema son los misioneros, realmente la última época de los yaganes.
-
Usted se ha hecho célebre con su trabajo sobre los selk'nam. ¿En
qué momento inició el estudio de los yaganes o yámanas?
"En
1964 visité la isla Navarino y tomé contacto con los yámanas,
pero fue nada más que una visita. Entonces yo estaba dedicada a
trabajar con los testimonios de Lola Kiepja y mi trabajo se orientó
hacia los selk' nam, principalmente porque sentí que era más
importante trabajar con los sobrevivientes selk' nam que quedaban ya
que ellos habían estado más cerca de la cultura de sus ancestros.
Eso sucedió hasta 1985 cuando mis principales informantes
comenzaron a morirse. Fue entonces cuando empecé a estudiar a los yámanas.
Mis principales informantes fueron cuatro mujeres que alcanzaron
cierto renombre, las hermanas Cristina y Ursula Calderón,
Hermenilda Acuña y Rosa Yagán, esta última fallecida hace algunos
años. En 1987 y 1988 hice una película sobre los yámanas. Seguí
haciendo investigaciones de campo hasta hace algún tiempo".
-
A diferencia de su trabajo con los selk'nam, su propósito con este
libro es incluir a los nativos de la región del Cabo de Hornos en
procesos históricos globales.
"Sí,
se trata de incluir a los indígenas en un contexto histórico
mayor. No se trata de una etnohistoria porque precisamente abarca
contextos históricos globales. A modo de ejemplo, puedo señalar el
caso de James Cook a quien sigo en su viaje desde Australia a
Magallanes, para luego acompañarlo hasta su regreso a Inglaterra.
De esta manera sus experiencias en el Cabo de Hornos se ligan con
sus aventuras preliminares en Oceanía y luego con las conclusiones
que él sacó a su regreso. Igual cosa hago con Drake, que es el
primer viajero mencionado en el libro. Por esa misma razón me voy
involucrando en temas que no tienen propiamente una relación
directa con el indígena".
"La
idea es hacer una historia del enfrentamiento entre dos culturas en
la cual la mirada vaya en una dirección de ida y vuelta, y que no
sea sólo la mirada del extranjero sobre el yámana, sino que también
la manera como el propio yámana lo vio. El problema que tuve con
este libro fue que no tenía modelo. Nunca había visto un libro de
historia que tratara este tema en la forma como yo lo hago. Creo que
en cierta medida estoy abriendo un nuevo espacio en cuanto a la
manera de ver a los indígenas formando parte de todo un proceso
histórico, no sólo como una cultura aislada. Todo esto lo escribí
de tal manera que pueda ser leído por cualquiera y no sólo por
especialistas. En alguna medida esto encierra una crítica a cierta
manera de hacer historia. La historia no es sólo la de un grupo o
de una nación y menos la de una sola persona. La idea es utilizar
un método de estudio que abarque una multitud de acontecimientos y
enfocarlos hacia cierto concepto de la historia".
-
En este enfrentamiento de culturas debe
surgir un aspecto que usted plantea en su libro sobre los selk'nam
según el cual ellos demostraban una vida material muy simple, pero
tenían al mismo tiempo una dimensión ceremonial o ideológica
altamente desarrollada que no se hacía evidente.
"Eso
sucede generalmente con los cazadores recolectores. Yo pongo como
ejemplo el caso de la canoa yámana. Casi todas las descripciones o
las referencias a ésta dicen que era muy frágil y que se
arriesgaba mucho internándose con ella hacia alta mar. Pero yo no
soy la única en decirlo: la canoa era un instrumento muy
perfeccionado que implicaba un importante desarrollo tecnológico,
de acuerdo con las posibilidades y las necesidades que tenían".
"Nosotros
tenemos la costumbre de ver los orígenes de nuestra cultura
occidental en la antigüedad clásica de los griegos, pero sabemos
demasiado bien que no es así, que la occidental, como todas las
culturas humanas, se remonta al paleolítico. La idea es abrir un
poco la brecha y abarcar a aquellas culturas que se consideran
prehistóricas en un proceso histórico continuo, y no aislarlas o
clausurarlas. Considero que ese concepto que divide la historia y lo
que se conoce como prehistoria en razón de la escritura no es un
criterio válido. De esta forma toda cultura que no tiene escritura
se sitúa necesariamente en un régimen distinto y se habla ya sea
de etnografía o de oralidad, etc. Siguiendo este concepto habría
que enfocar el estudio de estas culturas cazadoras nómades hacia un
pasado remotísimo sin ninguna conexión con la historia, algo que
no me parece correcto desde que la experiencia humana es un proceso
continuo. Hay que considerar, por lo demás, que las culturas de
esta clase no tenían la menor necesidad de escribir".
Jemmy
Button
-
¿En este enfrentamiento cultural entre yámanas y extranjeros el
caso de Jemmy Button es emblemático?
"Claro,
y por la misma razón le doy mucha importancia".
"Para
mí Jemmy Button es el antihéroe. No se puede decir que haya sido
una encarnación de esa ideología del hombre que resistió a la
fuerza exterior o al imperialismo inglés o a la influencia de los
misioneros. Jemmy Button era un hombre de su época, un buen padre
de familia y un hombre de gran generosidad, que en cierta medida
tuvo plena conciencia de vivir entre dos épocas o mundos diferentes
y que estuvo en posición de poder escoger. Incluso, después de su
viaje, se le propuso muchas veces establecerse definitivamente en
Inglaterra, pero Button siempre prefirió quedarse en su lugar de
origen".
"No
pretendo idealizar a Jimmy Button sino que comprenderlo mejor y
entrar en su historia, entender sus contradicciones, las
particularidades de su carácter y sus esfuerzos para sobrellevar la
adversidad. Me interesa acercarme con la mayor fidelidad posible a
lo que
realmente pudo haber sucedido. Por lo demás, es un tema que no
concluyó con su muerte en 1863, sino que continuó con sus
descendientes hasta principios del siglo pasado".
-
¿Existen mitos o falsedades respecto de la historia establecida de
Jemmy Button?
"Sí,
para empezar lo del "button" (botón). No es cierto que él
haya sido vendido por un botón, sino que fue secuestrado. Pudo
haber estado de acuerdo en subir al barco pero no tenía idea adónde
iba. Decir que se trata de un secuestro a medias es una manera de
entenderlo. Jemmy Button y los tres yámanas que lo acompañaban
fueron llevados a Inglaterra sin el consentimiento de sus padres o
de la comunidad en la que vivían. Ellos vieron alejarse a los
barcos, pero no sabían dónde se dirigían y menos aún si algún día
iban a volver".
"Tampoco
es cierto que Jimmy Button haya instado el exterminio de los
misioneros anglicanos. No tenía el temperamento para proponer algo
así. No hubiera podido enfrentar una situación cómo ésa. No tenía
eso que se conoce como liderazgo para mover a otros y menos para
matar. Era un hombre muy pacífico".
-
¿Cómo se originó esta creencia de que Jemmy Button instigó la
matanza de los misioneros, algo que de paso se convirtió en
desenlace trágico que da cuenta de todo un mito de desadaptación y
conflicto cultural?
"Creo
que fue a partir del relato del cocinero que estaba en el barco
preparando la comida. El vio a los yámanas salir de sus tiendas y
dirigirse hacia los misioneros y atestiguó contra Jemmy Button, a
pesar de que no lo había visto involucrado entre los yámanas que
atacaron a los misioneros. Más tarde Lucas Bridges en su popular
libro "El último confín de la tierra" culpa a Jemmy
Button recogiendo el testimonio de su padre Thomas Bridges, quien
había conocido a Button, pero lo despreciaba y lo consideraba un
mal agradecido por no haber regresado a Inglaterra para disfrutar
los beneficios de la civilización. No deja de llamar la atención
que los propios misioneros y las autoridades de Falkland
consideraron que Jemmy Button era inocente".
-
¿En un trabajo de esta clase cómo se enfrenta el problema de las
fuentes históricas?.
"No
hice un trabajo de archivo propiamente. No utilicé nada que no
estuviera publicado, a excepción de mis propias notas. Existen
testimonios yámanas recogidos por misioneros, que si bien son
pocos, son muy significativos porque los yámanas no escribían y su
tradición terminó - sólo quedan tres mujeres vivas- . Están
también las impresiones que recogió Darwin, así como sus propias
opiniones, y las de Fitzroy. Incluso Wendell, que era un gran
cazador de focas, se interesó por los yámanas y también anotó
sus impresiones".
"Me
propuse también trabajar evitando cualquier concesión a la
historia novelada. Estoy segura de que la historia puede ser
fascinante sin necesidad de traicionar su veracidad. En esta
historia hay momentos que son de un dramatismo sobresaliente y otros
que no lo son tanto, pero no los dejo fuera. Por ejemplo, está la
historia terriblemente dramática de los misioneros anglicanos y la
historia de la desaparición de los yámanas víctimas de las
enfermedades traídas por los blancos. En Tierra del Fuego no había
enfermedades contagiosas, sólo había malestares y dolencias físicas.
Siempre se dice que fallecieron por no tener defensas ante las
enfermedades europeas, pero nunca se ahonda en el tema. Bueno, yo
entro en los detalles de este drama a menudo soslayado. Investigué,
hasta donde mis conocimientos lo permitían, la forma como estas
enfermedades los atacaron y lo que hicieron ellos para luchar contra
ellas. Entro en estos detalles para lograr comprender cómo se vivió
este drama que numéricamente fue mucho mayor que el genocidio
perpetrado contra los selk'nam".
Los
males
-
¿Cuál fue el drama de los misioneros anglicanos?
"Es
uno de los dramas más grandes. Son los siete misioneros ingleses
pioneros que estuvieron con Alen F. Gardiner en 1851. Éste, que no
era exactamente un misionero, sino que era un oficial de marina inglés
convertido en misionero, se había establecido en Sudáfrica y luego
de intentar sin éxito vencer a los zulúes, trató de instalarse en
Nueva Guinea y Sudamérica. Finalmente llegó hasta donde estaban
los yámanas, entre otras razones, porque estaba buscando paganos
para convertir que no hubiesen sido evangelizados por los misioneros
cristianos. No quería competencia. Gardiner y sus hombres murieron
de hambre, escorbuto y reumatismo en una agonía de varios meses.
Encontraron los cadáveres en la playa de Puerto Español, cinco
meses después de muertos junto a un diario donde Gardiner y el médico
de la expedición fueron anotando su agonía hasta el día antes de
morir".
-
¿Existe el caso de algún viajero que se haya formado una opinión
general de los nativos a partir de sus observaciones en distintas
partes de los mares del sur? Usted, por ejemplo, compara en su libro
el caso de los selk'nam con el de los nativos de Australia.
"Yo
me sorprendí con Cook, y tal vez esto en parte responda a su
pregunta. Él encontró a los yámanas en una condición miserable y
sintió piedad hacia ellos.
No
se puede considerar racista, pero sintió mucho despreció por esta
gente que no era capaz de coser una piel de guanaco y ponerla sobre
sus hombros. Pero, sin embargo, sintió una gran admiración por los
maoríes de Nueva Zelandia - los encontró simpáticos e
inteligentes- a pesar de que terminaron matando e incluso devorando
a algunos de los miembros de la tripulación del Adventure.
En
épocas más recientes, a mi modo de ver, la situación es más
equilibrada. Por ejemplo, es destacable la actitud de la expedición
francesa de 1882 - 83, particularmente del doctor Haydes."
-
¿En esta expedición fue cuando se llevaron yámanas a Europa para
la Exposición Universal de París?
"No.
En otra oportunidad se llevaron yámanas a Europa. Este es un tema
que ha estudiado con detención Peter Mason. Para la exposición de
1881 se llevaron 11 kawésqar, de los cuales sobrevivieron 4 y en
1889 para la gran exposición Universal de París se llevaron 11
selk'nam, de los cuales también regresaron cuatro. Fueron exhibidos
a los pies de la torre Eiffel, como curiosidades exóticas".
"Los
espectadores elegantes de la Belle Epoque les tiraban pedazos de
carne para ver cómo reaccionaban ". (*)
(*)Fuente:
Entrevista editada originalmente en el Mercurio, de Santiago de
Chile.