La historia puede renacer y
ser nuevo frescor de vida. Así, renace el indio guaraní Hilario
Tapary en este relato de Angel Uranga.
Hilario Tapary fue preservado
del ácido del olvido a través de la mención de su nombre
por Pedro De Angelis en su Colección
de Obras y Documentos relativos a la Historia antigua y moderna de
las Provincias del Río de la Plata. 1836/37.
Se teje allí una historia según la cual, en 1753,
Domingo Basavilbaso, dueño de
saladeros, envía a San Julián una tartana con el propósito de
extraer sal y eregir una factoría. Tres personajes
palpitarón en torno a la creación de aquel establecimiento
circundado por la soledad y los labios de la tierra patagónica: un gallego de nombre Santiago,
un "natural de las Indias Occidentales" y un indio
guaraní, Hilario Tapary.
De esta manera aflora en lejanas agua del recuerdo Hilario Tapary.
Ese Hilario que, gracias al hechizo de escritor de Uranga, se
acerca renacido, de nuevo jadeante, en las playas de nuestro tiempo.
Retorno, entre barcos de palabras e imágenes de narrador de ese
Hilario, de, según el decir de Uranga: "esa figura patagónica que escupe
las pequeñas semillas que le dejan la boca hambrienta teñida de un
violeta rojizo".
EI
(*)
Angel URANGA, entre otros trabajos inéditos aún, ha publicado
los siguientes textos dentro del género ensayo: "Cinco
siglos de Derechos Humanos y Leyendas Negras" (1992); "Fragmentos
de un texto inconcluso" Poemas de Omar Terraza (1997);
"Desde
la diferencia"(1997); "Vencedores y Vencidos"
Cronología del movimiento huelguístico de Santa Cruz de
1920-1921 (1998); "Ampliando nuestra memoria" Breve
ensayo en el cincuentenario de la publicación de "El
Complejo Tehuelche" de Federico Escalada (1999);
"Memorial de la Tribu" Reseña histórica de Comodoro
Rivadavia y cronología (2001); "El Eco de la Letra" Una
genealogía patagónica (2001)
Domicilio:
Vázquez 3030 B° Isidro Quiroga (9000) Comodoro Rivadavia, Chubut,
República Argentina; o
Biblioteca Pública y Popular Comodoro Rivadavia, Av.Yrigoyen 555,
TE (0297) 4473024
"En el
gran vacío silencioso"
Omar
Khayyami
Aquella
tarde de verano, un grupo montado de pampas amigos conmovía la
tranquilidad del saladero. Figuras mal entrazadas, melenas greñosas
atadas con vinchas, desnudos algunos hasta la cintura, cubriéndoles
un pudoroso chiripá, vestidos con bayeta unos y en chamarra otros,
o sólo un leve poncho sobre la piel bronceada.
Con
la montonera venía un criollo distinguible más por la apariencia
física que por lo que podríamos llamar vestimenta. Un hombre de
barba y bigotes no muy tupidos que enmarcaban un rostro joven de
rasgos firmes.
La
comitiva fue rodeada por el mujerío de mulatas y negras de la
servidumbre y un ruidoso coro de chiquillos que correteaban en pata,
desnudos, semidesnudos y desarrapados.
Cuando
el patrón del saladero, alertado por el tumulto de perros, mujeres
y chicos, salió de las casas, quedó estático frente al criollo
del grupo, como si mirara un fantasma; veía en realidad un
aparecido.
-¿Hilario?
-más que preguntarle se preguntó a si mismo-, ¿Hilario Tapary?,
¡coño, sí hombre, por todos los diablos! sabía yo que tú
llegarías algún día. -Y sin darle tiempo al otro a contestar,
continúa entusiasmado:
-¿Y
qué de los otros perdidos en San Julián?. ¡Hombre, qué flaco y
cambiado que estás!. De esto hace ¿cuánto, como dos años?. ¿Y
qué del gallego Santiago, y del Chino?, pero ¿me vas a decir que
has hecho todo el inmenso trayecto tú solo y a pié?
Recién
entonces pudo oírse la voz de ese hombre delgado, de mediana
estatura, levemente más alto que sus acompañantes nativos. El
llamado Hilario dice lacónico:
-Acompañado
de mi perro Chamigo que quedó en las tolderías.
-¿Y
estás dispuesto a volver al sur?
-Por
eso estoy aquí don Domingo -contesta el paraguayo al final de su
inmenso viaje de casi dos años por el incógnito territorio
patagón.
1
Desde
que no se embarca más, es decir, desde que no vuelve al sur, el
hombre del viaje se demora todas las tardes después del trabajo,
comentando con sus compañeros, en rondas de mate y churrascada los
hechos del día. Entonces, no siempre, cada vez que le preguntan
contará su peregrinar a los mozos criollos, aquellos hijos de la
tierra, esos gauderios, que construían sin saber una nueva raza
ecuestre y sufrida.
-Debimos
irnos y apurados -cuenta Hilario y contará tantas veces cuanto
quiera contar. Yo acá no me quedo, le dije al Chino, los pampas van
a volver y si una vez nos llevaron todo, la próxima seguro
terminarán con nosotros.
-¿No
eran tres los que quedaron en tierra?
La
pregunta llega como dudando del testimonio. En algún lugar de la
memoria, la imagen de los tres hombres despidiendo desde la costa a
la tartana que se aleja rumbo a Buenos Aires con su cargamento de
sal.
Finaliza
marzo en San Julián. La avanzada colonial ha construído un par de
casuchas que usan como habitación y resguardo de provisiones,
enseres y herramientas. Levantan corrales para las mulas, las
cabras, ovejas y cerdos traídos expresamente para establecerse como
factoría estable. Pero a poco estar, la nueva y reducida población
recibe la inquietante visita de aonikens, quienes, haciendo caso
omiso al derecho de propiedad y desconociendo toda idea de robo, les
llevan sin ningún pudor: ropa, aperos, arrean con los animales,
vuelcan los barriles de carne salada, les tiran el tocino, el
charque, los toneles de agua, la yerba, se llevan el azúcar, el
aguardiente y el vino, desparramando el aceite, las semillas,
mezclando todo en una confusión violenta, como dueños desalojando
intrusos
Desamparados
y temerosos, deciden irse cuanto antes de ese lugar ahora latente de
peligros.
-Sí,
éramos tres los que quedamos en tierra, pero cuando llegaron los
patagones, el gallego Santiago disparó al desierto y se lo tragó
la tierra, entonces nosotros...
-¿Quiénes?
-Yo,
el Chino y Chamigo cargamos con lo más necesario y ái nomás le
pegamos pal norte, siempre pal norte. Perdernos no podíamos
perdernos, sólo había que seguir la costa del mar de donde sale el
sol, así, si veíamos alguna vela le haríamos señales de humo.
-¿Y
es cierto que los pampas de allá son gigantes? -pregunta el gurí.
-Que
yo sepa, nunca vi pampa más alto que yo.
-Pero,
dicen que los patagones son gigantes don Hilario -insiste el chico.
-No
sé, puede ser -comenta el veterano caminante sin contradecir pero
dejando abierta la leyenda. Serían de otra tribu los que dicen que
vieron, pero no los que yo conocí.
Aspira
la larga pipa semi apagada y dice como para sí:
-Sí,
así es, así es...¡ajá!.
2
-Contá
paraguayo, contanos cómo saliste del desierto.
Pero
los recuerdos no necesitan ser convocados, vienen solos al llamado,
son fieles y seguidores, como Chamigo, los recuerdos.
-¡Llegamos!
-exclama Hilario al divisar de pronto desde una colina la línea
sinuosa y brillante del río todavía lejano.
Hace
un par de días, hace unas cuatro o cinco leguas que viene cargando
con tozudez el cuerpo sutil del Chino, pese a los rezongos de éste:
-Deje
paraguaio, deje Chino morir en paz.. Pero Hilario no podría, no
sabría dejar a ese hombre sediento y moribundo en medio del
desierto.
-El
río Chino, ¿cómo es su nombre?.Fue a nombrarlo de acuerdo a lo
que había oído cuando pasaban frente a la desembocadura rumbo al
sur a bordo de la tartana San Antonio.
-¿Cómo
lo nombraban en el barco?; ¿el desalado? -la palabra sonó rebelde
al oído.
-No
era el desalado. -Y mientras apoya en las rocas el cuerpo exhausto,
delirante de sed del compañero, va armando como un rompecabezas las
sílabas sonándoles iguales:
-De-sa-la-do,
de-se-a-do; -el asombro y descubrimiento:
¡el
río Deseado! -exclama, mas bien grita mirando la línea de plata
que zigzaguea entre la estepa abriéndose arborescente hacia el mar.
El
Deseado. Y el nombre nunca fue más justo para esos cuerpos
cansados, esas bocas sedientas, esas visiones sin referencias, esas
mentes perdidas.
-Llegamos
Chino -repite cansado y eufórico el hombre guaraní-, tenemos agua
y comida seguro. Como si la visión del curso de agua fuese de por
si el fin del viaje, un signo natural de civilización, un anticipo
de calor de semejantes, de gente, de casas, de gestos conocidos.
Pero
el Chino ya no sabe responder; su cuerpo y su mente se han negado a
continuar. Hilario lo observa y entonces comprende todo, y como para
ahuyentar lo que sabe, trata de animarlo:
-
No me afloje Chino que estamos cerca -y mirando la serpiente de agua
aún lejana: Aguante un poco más, lo dejo aquí y voy a traerle
agua. Espéreme ¿si? ¿Qué tardaré para hacer –trata de
persuadir mientras calcula la distancia- unas dos leguas? Aguante
Chino que ya vengo con agüita ¿si?, aguante chamigo.
Hilario
se aleja veloz, la sed y la muerte lo apuran.
Al
regresar reprochará al desolado silencio:
-Pero
Chino, no me afloje ahora.
Sin
embargo, ese hombre sobre las piedras es ya un sueño que se aleja,
tal vez con el corazón alegre, sabiendo en ese definitivo instante,
que su compañero le traería el agua anhelada.
3
Hilario
mira atribulado la línea malva de los cerros y el lejano horizonte
del mar de un azul fatal. Mira esos ojos oblicuos ya sin luz, mira
al compañero que se durmió para siempre. Hilario mira y respira la
muerte. "No se vaya chino, no se vaya", se escucha a si
mismo decir junto al silbo patagón entre el ramaje espinoso. Un
nudo amargo le sube del abandono a la garganta. Sentado en las rocas
deja que un tiempo interminable lo anonade y la soledad encorve su
voluntad.
Antes
del atardecer toca con el reverso de la mano el cuello frío del
muerto: Te fuiste nomás Chino, -le brota resignado. Y otra vez
ingresa en el silencio
Pasará
largo rato extasiado y apático contemplando el espectáculo de
luces australes, de graduales modulaciones, de colores sonando a
bronces rojos y naranjas; golpes púrpura de timbales
precipitándose a los violetas que se funden en un azulnoche, y, ya
oscuro, dice: "Mejor así".
Aún
le queda algo de tabaco para llenar la pipa que le dejó el capitán
de la tartana al gallego y que éste abandonó en su huída. El humo
y la quietud de la hora en que todo parece tomarse un descanso lo
tranquiliza. Mira el cuerpo yerto y luego observa al perro que más
allá en el bajo se entretiene corriendo liebres. "Buena hora
pa morir", balbucea ante el policromado cielo que también se
muere. Y tuvo lástima de si.
En
ese cuerpo ahora inmóvil encontraba la gratuidad de las cosas.
Quien lo abandonaba no era ese oriental anodino y paciente, era el
mundo, la gente del barco que lo había dejado desamparado, eran
igualmente aquellos rostros que vivían más allá, en el saladero.
Todo su conocido mundo lo abandonaba en ese cuerpo andrajoso,
ausente, leve y ahora lívido. "Y aquí estoy: dejado,
olvidado, abandonado", entregado a ese vasto e implacable todo
que era nada. Y fue como un signo de salud que la nada le ganó la
mente. Luego se acostó junto al cadáver, tal vez para darle calor
en su último viaje o para no estar él, sobreviviente, tan solo. Y
así durmió sin culpas la noche.
Al
amanecer hizo una pequeña cueva entre las rocas donde depositó al
muerto y lo cubrió de piedras. Levantó un pequeño montículo y se
alejó sin mirar atrás.
Ahora
carga el cuchillo del Chino y en la alforja algo más de yerba,
algunas lonjas de tasajo y otro chifle para el agua que cuelga del
hombro.
4
en
soledad.
solo
y en adánica soledad,
sin
nadie, sólo sin alguien. huérfano de todo mundo.
en
el silencio, en el inmenso silencio arcaico virgen de hombres.
pero
en el silencio de los vuelos y sus sombras, en la soledad del
lagarto de dibujos caprichosos y del peludo cuis, seres de la tierra
profunda. en el silencioso rumor del agua orillando la laguna; en la
soledad marina de la playa habitada por innumerables seres ágiles,
volátiles, soberanos de la luz; en el gallardo desierto de pastos
atardecidos o en el silencio nocturno de las piedras, de los ojos de
lechuza; en el silencio orquestal de la mañana cristalina y en el
sonido del viento que agita las plumas del cauquén, del tero, la
gaviota, soplo que juega con los pelos rojizos de la mara, del
zorrino blanquinegro.
caminó
en el silencio abierto y resplandeciente de ocultas flores
amarillas.
Y
ahí va, a la intemperie, protegido por sus breves recuerdos de
hombre joven, desterrado y enterrado en la profundidad del espacio
inexorable.
Es
alguien, un ser elemental, descarnado; una voluntad tenaz,
inquebrantable, una decisión obstinada y trashumante en la
inagotable inmensidad austral. No más que eso, un hombre, es decir,
un punto, una minúscula figura del paisaje, un imperceptible
movimiento listo a ser confundido con algún animal en la monótona
escenografía patagona.
Anduvo
sin tiempo sin un antes y un después, sin mañana, sin ayer. No
contabiliza los días y no porque no supiera sino porque no importa,
porque este día no es más que la continuación del anterior,
sabiendo además que el de mañana será como el de hoy: un eterno
cambio de lo igual. Cada despertar será la primer mañana de su
vida, inaugurando el mundo con sus pupilas vírgenes de nuevos
horizontes. Nómade de los tiempos, él es el viaje y es el camino,
el movimiento en la quietud, aquello que fluye sin causa, inasible,
el que cruza sobre un fondo permanente, la insólita novedad en el
arcano mutismo de las cosas.
En
la geografía inalterable y quieta, su cuerpo andante es la
insólita novedad del tiempo humano confundiéndose con los lugares,
un ser que se expande y se contrae, se oscurece de cansancio con las
sombras y se activa nuevamente cuando llega, del este, la luz, su
vida, su oriente.
Caminó
por sinlugares donde cualquier pensamiento se ahogaría apabullado
por el silencio inmemorial del peso de las edades. Traspuso
horizontes sin saber que los cruzaba. Caminó por extensiones que se
dilatan como una huidiza melodía pánica; por cerros repitiéndose
intermitentes, mesetas y bajos iguales a otras mesetas y a otros
bajos, paisajes recreando variaciones sobre si mismos.
Más
allá del horizonte, otros horizontes.
5
Lejanías
de lejanías de otras lejanías vuelven y surgen del nuevo horizonte
que sin embargo es el mismo de ayer, igual al de mañana. Horizontes
de eternidades, líneas simulando límites, falsos finales,
términos inconclusos, sombras melódicas obsesivas que día a día
hay que traspasar. Sinlugares callados del transcurrir sin tiempo.
Más
allá del horizonte, el horizonte.
Recorrió
aquello inabarcable, paso a paso, hora a hora y ésa fue su
iniciación el comenzar a sentirse parte íntima del paisaje
ancestral; participaba con su presencia efímera y real, entrando a
lo que siempre estuvo y estará por los siglos de los siglos amén.
Más
allá del horizonte, los horizontes.
Ya
no se sintió ni estuvo solo. Dejaba de respirar como un extraño,
se supo idéntico a cada cosa que percibían sus sentidos, de la
misma materia del mensaje terrenal.
El
era todo Aquello.
Aquello
era él
Inmerso
en el silencio solitario, sintióse cuidado, como protegido por el
cuenco de la mano maternal de lo absoluto.
Se
habituó poco a poco a un andar rápido y sostenido; la alforja
cruzada al hombro que cada tanto cambia para distribuir el peso, las
boleadoras atadas a la cintura cuyo golpeteo contra la alforja
amortigua con la mano.
Primero
será un caminar a ritmo entrecortado debido al abigarrado monte de
matas que impide andar libremente; luego, adivinará senderos entre
matorrales que sólo él percibe, De esta manera pasó a un andar
casi insensible, liviano, deslizante. De a poco irá viajando más
rápido hasta que, sin darse cuenta, su cuerpo trotó.
Y
entonces trotó.
Todo
su andar fue un continuo trotar, trotar y trotar. Todo su cuerpo
trotó.
La
sangre le anduvo disparada, trotó, fluyendo y precipitándose, los
pulmones golpeándole el pecho, trotó, con las fibras de los
músculos, con los nervios en tensión y distensión, así trotó,
con sus piernas y sus ojos, al unísono su cuerpo trotó y él fue
un solo trotar y trotar, un solo de trotar y trotar, trotar...
trotar...Y con él, la tierra trotó.
Se
irá acostumbrando al ritmo corporal de su sangre y la respiración,
a esa forma económica de desplazarse; ni tan rápido que pudiera
llevarlo al cansancio velozmente, ni tan lento que pudiera
confundirse con un caminar apurado; más que trote fue un
deslizamiento, el desplazarse sin ruido, igual que Chamigo, que el
zorro gris, el puma o cualquier otro habitante nómade del desierto.
Aprendió
ese cómodo y suelto andar natural, igual al zaino brilloso y alegre
que trotaba en el saladero. El suave andar sin asentar los talones
que conmueve la columna, un transcurrir alado que permite pasar los
pantanos sin hundirse, leve, ingrávido, que lleva a trepar los
cerros sin esfuerzos.
6
Su
físico, y también su mente se acostumbraron al ritmo, y recién
entonces fue dueño del espacio de su cuerpo y éste una emanación
de la tierra que camina. Eran sus piernas nervudas las que sabían,
ellas tenían memoria de un territorio nunca recorrido. Era la
disposición especial del cuerpo que lo llevaba con una leve
inclinación no hacia el suelo, sino hacia delante, como buscando
los horizontes que se suceden.
El
no sabe, sólo su cuerpo sabe; esa máquina orgánica que aprende
más rápido que la mente, asimilándose a una geografía nada
piadosa, más bien cruel.
El
no tiene conciencia, no mide la vastedad del esfuerzo. El es sus
piernas y es sus ojos. Todas sus fibras acostumbráronse al terreno
sorpresivo y abrupto, al nuevo ritmo que agudiza los reflejos
siempre alertas a cualquier movimiento del campo camuflado de
peligros.
Cada
día aprenderá a trotar con menor desgaste de energía. Sabrá
vagar sin tropiezos, eludir obstáculos imprevistos, como salir
airoso de alguna cueva de tucu tuco; aprende a respirar de otra
manera, sin abrir la boca que daña la garganta y los pulmones. Sus
sentidos elaboran una sutil percepción primigenia para captar el
alimento, el agua, la caída; como esa tuna que aparentan no ver sus
ojos pero que las piernas esquivan, y luego vuelve para arrancarla
con el cuchillo, pelarla y comérsela con cuidado.
Y
así trotó, para olvidarse y sobrevivir. Anduvo,con la sangre
viajándole urgente.
Ahora
sólo entiende y escucha la sabiduría profunda del cuerpo, ahora
sólo sabe viajar de esa forma, es su manera de adherirse a lo
ausente. De esa manera acorta la distancia, reduce el tiempo y se
acerca a los asados de novillo, a los mates y al aguardiente; pero
sólo trotando, trotando, trotando, trotando solo.
"Hay
que seguir, no puedo quedarme aquí, sería morir en ningún lado,
como morir en el mar, desaparecer en el aire"
-Hilario
no puede quedarse aquí, no, no puede, no puedo.
Su
voz sonó en la diáfana mudez del sinlugar, como queriendo borrar
la amenazante eternidad geológica con las vibraciones del sonido
humano. Su voz repercutiendo en seres inmemorialmente callados de
todo verbo, voz que se sorprende a sí misma, sin eco. Su voz
sonando llena la soledad:
-
Aquí viene Hilario. ¡Heeeyy, aquí viene, aquí viene Hilario con
su fiel compañero Chamigo! ¡Aquívoooyyy! -grita exorcizando el
silencio inefable que lo envuelve perturbándolo.
-¡Aquííiiiiii,
Hi-la-rioooooooo -ahuyentando el caos inconmensurable de lo mismo
destinado a guardar para siempre sus secretos. Grita, para que sus
rastros no los borre ni el tiempo, ni el viento, las distancias.
Grita, inaugurando inocente un nuevo caos.
7
Sabiendo
que su dirección es siempre el norte, teniendo a su derecha el mar,
comprendió que no debía desesperar, que tenía todo el tiempo del
mundo para él. Supo, sin saber, se lo dijo el instinto, que si no
se detenía, si no se tomaba su tiempo no llegaría a ninguna parte.
Tiempo para descansar, tiempo para caminar, tiempo para comer y
cazar, tiempo para cada cosa: ¿dónde escuchó eso?.
También
aprendió que demorarse era avanzar, y que no siempre el que va más
rápido llega antes. Llegar llegaría, un día más un día menos
llegaría, pero si no apaciguaba las ansias, si no tranquilizaba su
andar nunca llegaría.
Entonces
dejó de sentir el apuro por rebasar horizontes. Y como siguiendo un
oscuro mensaje, adoptó el ritmo oculto de las cosas, sabiendo que
igual superaría los más lejanos confines pero sin el anhelo
angustioso de rebasarlos. Así le fue creciendo la paciencia del
cazador primitivo, capaz de esperar horas y perseguir por días al
animal buscado y darle alcance, compartiendo luego con el perro
amigo: picanas, caracú, alitas, costillares.
Ahora
lo vemos cruzando una pampa al trote, trepa cerros sin esfuerzo
afirmándose en los dedos de los pies; asciende por la ladera,
avanza sobre la meseta, cruza el otoño al trote, llega al fondo de
un cañadón, se mueve sobre la piel del silencio.
Se
detiene. Sólo escucha su respiración y el acelerado jadeo del
perro, ronco, cavernoso. Nada más se escucha, ni siquiera el canto
delgado y solitario del chorlito sobre la rama, nada. Cubierto por
el silencio continúa atento y cansado, cruza el cañadón siempre
trotando, salta una zanja seca y se aleja, se aleja.
Desaparece.
Anda
andariego, y andando, a cada paso se distancia y en cada paso se
acerca a la memoria y lo alejará del olvido.
La
figura, desdibujada y perdida vuelve a emerger nítida y constante.
Hilario va, sin ideas, sin hogar, sin mujer, sin más país que el
país que pisa. Sólo tiene ciertas imágenes que cada tanto
vuelven, recurrentes, ciertos sueños y pesadillas. Vuelven los
recuerdos verdes de su tiempo verde, de ríos soleados y pájaros
multicolores mientras sigue indetenible por la pampa parda.
Lo
vemos desplazarse por un faldeo, pero ahora desaparece tras esos
matorrales gris verdosos o en aquella hondonada semioculta. Pasa
cerca de un calafate que se demoró en sus frutos y que recoge como
una ofrenda del paisaje. Hilario, esa figura patagónica que escupe
las pequeñas semillas que le dejan la boca hambrienta teñida de un
violeta rojizo. Un fantasma escurridizo, una nube terrestre, un
breve viento corporal el que rodea un monte de molle, el que ocupa
el vacío silencioso de presencia humana.
8
No
está perdido, pero es un náufrago de silencios, de frío, de
distancias. El sabe que todo lo que debe hacer es persistir en el
ritmo conquistado.
-Trotando
livianito llegaré, si, llegaré, sí que llegaremos Chamigo, sólo
hay que aguantar, aguantar como los patagones.
Y
andando comenzó a sentirse gente del sur.
Haciendo
del andar su destino, adquirió imperceptible el aliento del lugar,
integrándose a cada paso a la atmósfera ilimitada que lo
envolvía, Han dejado de serle extraños esos lugares de mesetas
ventosas y cañadones, de playas pedregosas y acantilados. Intuye
ser parte consustancial del suelo que recorre, se sabe y se siente
tierra que anda, es decir, hombre del sur.
Y
en medio de la tarde interminable grita:
-¡Hilario
patagón!. Grita bajo la bóveda serena, grita más allá del
horizonte, grita:
-¡Hilario
patagón! ¡pa-ta-gón!, ¡aquí va un guaraní patagón!
Y
por vez primera se escucha en plena estepa austral el hondo y feroz
sapucay, grito sagitario perforando el vacío y el silencio
atribulado de las cosas.
Anduvo.
Continuó por delgados senderos rastrillados pacientemente por
¿manadas de guanacos?, ¿zorros persiguiendo liebres? ¿baguales,
pumas?.
Anduvo
por líneas ocultas y perdidas. Por esos mismos rastros sigue el
nómade para no demorarse en los sorpresivos obstáculos del
territorio inédito.
En
el instante que pisaba la sombra de un aguilucho planeando sobre
él, lo escuchó chillar, como si al pisar la tierra sombreada
hubiera aplastado parte del cuerpo del ave. Alzó la vista:
"Seguro hay algo muerto cerca". Se detuvo, olfateó el
aire pero no sintió ni vio nada fuera de lo normal. Tanto la vista
como el olfato no habían percibido nada, pero el silencio insólito
con el que se encontró de pronto le hizo sospechar que algo o
alguien había, tal vez un puma o varios pares de ojos de
tehuelches.
Chamigo
huele a otros hombres, ese olor agrio de cuerpos humanos, pero es un
olor que viene enredado con la grasa de foca, de cuero de guanaco;
es un aire turbio que no puede distinguir bien aunque sabe que es de
otros hombres, por eso rezonga y mira al solitario y después lo
sigue.
De
improviso, de la vertical tranquilidad del campo, se alza un
remolino que dibuja un frenético solo de danza evanescente y veloz
en insólitos y caprichosos desplazamientos, para luego desaparecer,
tan intempestivo y fugaz como surgió.
Asimiló
el viento sin resistirlo. Aprendió andar en él y aprendiendo con
él se dejó ir como pez en mar de fondo. Que cuando el duende de la
inmensidad ondea coirones y pastos y ramajes y sacude amenazante al
calafate, cuando provoca inmensas polvaredas amontonando colchones
de médanos entre las matas; cuando fluye indetenible por el páramo
y trepa lejanías: todo un mundo se pone en movimiento. Son las
entrañas abismales que al hacerse escuchar, callan y se refugian
temerosos los demás seres.
9
Vagó
por días, empujado o detenido por el fantasma de la vastedad.
Anduvo a su merced, en medio de densas polvaredas que recorrían
todo el día, de la mañana a la tarde púrpura, calmando sólo con
la noche para continuar otra vez al otro día, insistente,
incansable, abrumador en su danza de abismos.
Así
cruzó el país del viento, como una ráfaga más en el territorio
intemporal de su aventura
En
una pequeña pampa pedregosa y pelada (visitada y trabajada por el
aire frío y seco, por el sol, la nieve y los siglos, los veranos,
el viento, por las lluvias y las noches heladas, por el granizo, el
tránsito de las fieras, las estaciones), dieron caza (hombre y
perro) al chulengo perseguido desde la tarde anterior, la pasada
noche y todo el día completo hasta esta tarde. Ahí mismo lo
carneó, después de degollarlo y beberles (perro y hombre) la
sangre. El hombre se puso la res al hombro y así caminó buscando
en una hondonada cercana un lugar protegido para disfrutar
(cazadores hambrientos, cansados y flacos) una carne fresca y tierna
y un cuerito de lana rubio canela y blanca para abrigar.
Al
calor de fuego y con la modorra que deja el alimento, asoma el
deseo. Como una brisa lo invade la imagen turbadora de la mujer, la
renegrida selva de su cabellera enmarañada sobre los pechos donde
canta el placer, la confusión carnal, las urgencias y el
sorprendido estallido del fundirse en ella.
Memoró
mulatas y negras de amores frenéticos, de cuerpos cimbriantes sobre
el pasto fresco, en un paraíso de juegos sensuales bajo el sol,
cuerpos oscuros, exigentes, fulgurantes de sudor y saliva. Sólo me
falta ella. Dice, y se ensueña.
-Hemos
andado tanto que se acabó el mundo.
Desde
una altura dominante comprobó que se encontraba en el centro de una
vasta curva que formaba el mar entrando en el continente.
-¿Habremos
hecho la mitad del camino Chamigo?.
El
perro que avanza unos metros por delante se detiene y lo mira, las
orejas levantadas con atención, espectante, escucha que el hombre
dice:
-¿En
qué lugar del reyno estaremos?
La
línea de la costa se repite interminable. Hacia el norte, una
eminencia puntiaguda y nevada en su cima rompe la línea horizontal
y trapezoide de la meseta. La amplia visión resulta sedante y
permanece un largo rato mirando extasiado la vasta y azul y límpida
y abierta superficie marina. Luego desciende el cerro de arenisca,
de cantos rodados, recorre una extensa playa de arena, y al final de
la misma y al borde de altos acantilados encuentra la desembocadura
de un arroyo. En el zanjón, provocado por el curso de agua y
protegido por altas y tupidas matas de un sólido verde, pasará un
par de días a cholgas, cangrejos, pulpos, mejillones, lapas
recogidas en la restinga que descubre la bajamar.
¿Quién
pudo haber visto a Hilario?
¿quién
pudo haber observado al mimético, al móvil, al infatigable errante
guaraní?
Imagino
las asombradas miradas de alguna tribu de tchonekas; pero más aún
lo vieron saberbias, interminables manadas de guanacos rubios y
pardos cubriendo laderas,
10
hondonadas
y veloces distancias; y también, curiosos charitos grisáceos, los
cuellos alargados de sorpresa; y avestruces patudos, confundido su
plumaje plomizo entre el gris parduzco de las mesetas; lo siguió la
vista macroscópica del cóndor, cuando aún planeaba de la
cordillera al mar; los vieron tantos y tantos atemporales seres
atravesando migrante, inocente como ellos, el otoño austral.
¿Quién
pudo haber visto a Hilario?; quiénes sino el pululante mundo de
seres vivos poblando la virginal estepa patagónica.
-¡Chamigo!
-llama el andante, sin saber que el perro ha olido al piche, por eso
escarba intensamente y al oír el grito levanta la cabeza, el hocico
lleno de tierra, las orejas tiesas, atentas, y vuelve otra vez a
mirar y escuchar con detenida y nerviosa atención la cueva.
El
hombre vuelve a silvar llamándolo, y el animal, inquieto, levanta
la cabeza para mirarlo, pero ahora la indecisión se apodera de él,
no sabría si seguir la caza o volver al hombre; entonces lanza un
par de ladridos rápidos, cortados, nerviosos hacia el bípedo y
hacia la cueva, pero fiel y obediente retorna al trote donde se
encuentra Hilario.
En
sus días habrán noches en las que, cubierto por los cueros, y
Chamigo a sus pies (seres pedestres abrigándose mutuamente) sabrá
espiar cómo brota desde los confines del mar, el astro de la noche,
descubriendo con su luz plata la negra línea horizontal que separa
el cielo del mar y proyectando sobre la superficie tenebrosa un
sendero dorado que llega en oleadas centellantes hasta la costa.
Luego, ya elevada, la esfera naranja y oro reverbera lentejuelas
marinas, y momentos después, definitivamente alta, la plenilúnica
claridad ilumina la noche oscura, indescifrable y helada.
Hilario
observa admirado, sin pensamientos el fantasmal paisaje nocturno.
Abrumado y supersticioso ante Aquello le invade un antiguo temor
pánico que le viene de su orfandad ante la inmensurable presencia
del Todo; es entonces cuando un estremecimiento de fragilidad humana
le recorre el cuerpo y se acurruca bajo los cueros resguardado en el
olor cálido de su cuerpo, el cuerpo que es todo su hogar.
Acurrucado, más cerca del fogón, ahora de brasas rosada y grises
ya casi apagadas.
Otras
noches, no será la luna sino un vértigo de negro cielo
transparente lo que sus ojos y corazón admirarán: un jolgorio
titilante, una miríada de luces inalcanzables que emiten desde la
nada señales misteriosas, un revuelo de nebulosas, una frondosidad
de estrellas de donde se descuelgan veloces algunas viajeras dejando
surcos inefables sobre el telón de la noche. Absorto en las
espléndidas constelaciones que dibujan figuras mitológicas, sabrá
-se lo dirán los tehuelches- que esas formas alargadas allá arriba
conocidas como Cruz del Sur, la nombran –y eso es lo que parece-
Las Patas del Avestruz; porque son dos, ahí están, yendo al sur:
¿vos Chamigo viste un avestruz con una sola pata? La pata en el
cielo, en el suelo del cielo del avestruz. El cielo de todos.
Y
en ese estarse quieto contemplando tanta gloria, sintió que él
también y con él Chamigo y con él todo el campo y todo el mundo:
el viento, el agua, la noche, movíase siguiendo el oculto ritmo que
cada ser comparte y cumple y lleva dentro de sí; el inefable ciclo
que provoca el aparecer y desaparecer de todas las cosas sin causa y
sin objeto. Siente en silencio el unísono de las cosas. El también
es Eso.
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Y
contemplando arrobado el firmamento, con la cabeza que descansa en
las palmas de las manos, se dormirá inocente, callado, cansadamente
solo, cubriéndose en sus sueños y cobijado por la noche.
Y
una mañana, al abrir los ojos, se le presentó en una suerte de
pelusa de cristales blancos, de aire áspero y cortante, de tierra
endurecida y cuerpo entumecido el esperado y temido frío.
Se
estiró bajo los cueros y el rezongo del perro le respondió a sus
espaldas. Se desperezaron.
Volvió
a encender el fuego con las cenizas y brasas cubiertas con piedras
durante la noche. Cortó un pedazo de carne asada tirándosela como
al descuido al animal que, atento, la caza en el aire y de un bocado
se la traga. Calienta en las brazas otro trozo para él, y mirando
el campo helado comenta:
"Habrá
que darle pata Chamigo que se nos viene el invierno".
Después
de churrasquear, acomoda las pocas cosas en la alforja y se pone
nuevamente en camino. El aire severo y fresco del amanecer le hizo
lagrimear. Con las manos bajo los sobacos adopta el ritmo adquirido,
ese andar incansable, llevador, reemprendiendo el viaje alucinante
que bajo el frío de la helada se asemeja a una disimulada huída.
Un
vagamundo famélico, huesudo, con su mata de pelo hirsuto que le cae
sobre los hombros y le oculta casi el rostro barbudo, seco,
cuarteado por el frío. Errabunda figura cubierta de cueros de
chulengo, el cuerpo embadurnado con grasa de foca, maloliendo; con
la piel de foca cubiertos los pies protegiéndolos del hielo que el
viento vuelve más penetrante.
Ese
hombre, asediado por el inmenso páramo retorna a sus mejores
recuerdos:
-¿Cómo
era Chamigo esa música que cantábamos en la Misión?
Haciendo
un descanso trata de recordar.
-No
la de la iglesia sino la otra, ésa que el maestro tocaba en el
violín? -mira absorto la lejanía-, suavecita era, suavecita y
finita como la cintura de la moza de ojos negros.
De
sus interiores le llega como oleadas la melodía barroca, rítmica,
alada, inverosímil en ese entorno, pero conciliadora y alegre. La
melodía contrapuntística y, como él, en fuga, lo mantuvo de buen
ánimo todo el día y otros días acompañando su pedestre soledad
que danzarines aires lo hacían sentirse un ser distinto en ese
mundo de severa indiferencia.
-Cuando
el coro cantaba parecía una bandada de pájaros levantando vuelo.
Volando, como aquella punta de flecha allá en el cielo Vandurrias
migrantes cruzan al norte llenando el aire con un sonido seco de
madera hueca mientras se alejan leves, airosas, libres de espinas y
de piedras.
-¿Se
cansarán de volar los pájaros como nosotros de andar?.
La
respuesta viene del agitado aliento del animal que lo observa desde
un promontorio, se pasa la lengua por el hocico guardándola con un
veloz movimiento de tragar saliva, se queda inmóvil sin respirar,
escucha atento y vuelve otra vez a abrir las fauces para tomar
aliento y respirar, la lengua colgada, rosada, babosa y refrescante.
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Son
dos días caminando en la nieve y en su cuerpo se ha instalado el
frío como una enfermedad perversa. El cielo límpido y celeste
contrasta con las sombras violáceas de las laderas sur de los
cerros de donde proviene un aire lacerante que le talla un rostro de
distancias y de hielo.
Pero
el cielo azul de la mañana se irá tornando gris metal a media
tarde. Y otra vez, oleadas y oleadas de infinitos copos
interrumpidas por remolinos de viento blanco le cubre la visión, lo
desorienta. Un deslumbramiento sutil y callado se desploma gélido e
implacable sobre el mundo. Blanco plata en la gris tormenta. Frío
blanco en la desolación helada.
Con
la nieve hasta las rodillas, los pies son plomos dolientes de
humedad. Caminar es hacer crecer el cansancio, sin embargo debe
superar la meseta donde transita y llegar a un bajo protegido de la
tormenta pese a que no puede ver más allá de unos pocos metros,
espiando entre las pestañas que se cubren de hielo la blancura
enceguecedora.
Con
la barba blanqueada de hielo su figura adquiere un aspecto fantasmal
de anciano al que le cuelgan de bigotes y cejas, estalactitas; es la
viva imagen del tiempo irreparable. Las pestañas cubiertas de hielo
le impiden abrir los ojos mientras avanza en la ciega cerrazón como
empujando el frío compacto, denso, material. Así y todo camina
sobre
la
nieve que es leve, evanescente y continua, parecida a un ácido
dolor blando mientras el sudor se congela en el magro cuerpo que se
hunde entre espesas nubes plomizas. Vaga al azar, en una fría y
dura y cegadora luz que lo torna invisible, cubierto del profundo
blanco, una liviana blancura que se hunde a sus pasos; sólo alcanza
a percibir las huellas hambrientas y alegres de las liebres, huellas
de zorro, del puma marcando los pelos de su panza en la nieve
crecida.
La
fatiga lo doblega. Los cueros que lo cubren, empapados de nieve
pesan como una pena eterna. Hilario escucha al perro que tras él se
queja de cansancio, para el animal cada paso es un salto en la
hondura de la nieve.
-Vamos
Chamigo, vamos. Dicen que si en la nieve te quedás quieto y te gana
el sueño seguro que te morís.
El
cansancio como un perverso y constante dolor de herida blanca.
-Si
te dormís te morís dicen, eso dicen: si te dormís te morís.
-Dice.
Largas,
pausadas, espesas bocanadas de vapor escapan de su boca. En un acto
de maligna magia desaparecían las cosas, borrándose toda
distinción de cielo y tierra, todo el mundo era un páramo de
nubes.
Camina
en una niebla que lo cierne como mortaja. Camina sobre la pura nada
blanca que lo enceguece. Vaga por un espacio amorfo, indiferenciado,
en una luz sin fondo ni perspectiva, donde el arriba y el abajo se
han disuelto, y alrededor sólo la turbia nada, un espacio sin
referencia, sin contraste ni matiz, un cuerpo sin sombra.
Busca
algo que permita un descanso, que apacigue tanto deslumbramiento,
tanta disonancia incolora, aplastante, violenta y fría, sin más
apoyo que el peso cansado de sus pies.
"Hay
que seguir, hay que seguir nomás, seguir y seguir... seguir" -
repite para animarse la joven figura anciana.
El
vaho cristalizándose en el aire espeso. No es más que un fantasma
producto de la desmesura, transido de un dolor de hielo, impulsado
por su tenacidad salvaje.
13
La
tormenta hace un claro por el que se observa, al fin, la
interminable extensión vacía del mar.
"El
mar, donde sale el sol". –ya no está perdido, sabe la
dirección que debe seguir. "Hacia el norte, siempre al norte,
siempre al norte..."
La
sombra cubierta de cueros resulta un punto gris y móvil en el
desierto nevado. El sol asoma entre las nubes rápidas que el viento
despeja; y entonces es testigo gratuito de una apoteosis aúrea
sobre el páramo helado. Una luz dorada cubre de esplendor el
paisaje blanco. La sombra azul camina su orfandad sobre ese mundo de
oro sin entender tanta frío fulgor. Pero fue solo un rato, un
paréntesis brillante, un único golpe de luz en que el oro alumbró
sobre las cosas y se apagó.
La
tarde cruzó rápida seguida de tinieblas, y en el umbral de un
silencio inmenso y sagrado, el solitario nómada apenas es una
sombra difusa bajo el sudario tenebroso y helado.
Las
piernas se resisten a seguir. En una mata alta y frondosa y con las
pocas fuerzas que aún le quedan, escarba con el cuchillo buscando
la tierra seca para refugiarse exhausto, definitivo, cayéndose en
el cansancio.
Un
ser de la inmensidad cubriéndose y en posición fetal murmura junto
a su perro: "Hay que seguir Chamigo, descansamos un poco y
seguimos... porque si te dormís Chamigo te morís".
Pero
el agudo, el quemante frío le desgarra no ya la carne, también la
voluntad, y siente que resbala hacia un sueño dulce que lo guarda
que lo cuida y lo apaña, es una nube blanda y bondadosa, una
canción maternal. Un piadoso sopor lo invade y se adormece.
se
está estamos bien Chamigo estoy bien está
ya
no hacen falta los mates ni el charqui ni el agua ya no hay que
caminar más
los
ojos se apagan bajo la lengua tibia del sueño con la imagen de ella
y su mirar de brasas que llaman lo llaman regresan esos ojos del
verde soleado llegan al blanco austral gruñe chamigo en la tormenta
ahora regresan no me dejen en sanjulián sus ojos negros destellos
amables bajo las cálidas sombras la sonrisa carmín relinchos de
baguales en el saladero cánticos del coro ¿dónde? más allá del
viento gris canto misional sobre blanco difusas siluetas del grupo
patagón emergen verde tropical blanco hieloazul se escuchan
ladridos familiares apagados si te dormis viento afiebrado figuras
figuras en un fondo de oscura selva donde juegan relámpagos
nocturnos te morís junto al inalcanzable verde vegetal contra el
blanco hielo si dormís la noche verde claro te morís callejón de
sueños alegres del dul ce sueño cristalino si
dor
mís si dor ssi
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-¿Se
durmió don Hilario?-¿He? -vuelve el viejo abriendo los pequeños
ojos en ese rostro oculto en la semipenumbra que el rescoldo
proyecta sobre la breve estancia de adobes ahumados- no gurí,
miraba pa dentro nomás.-Casi se le cae la pipa, don. La pipa hecha
por las manos callosas del hombre sentado sobre una cabeza de
vacuno. El fuego remolonea su calor en tonos naranjas y en ocultos
azules. Sobre las brasas, una negra pava comienza a cuchichiar su
tibieza para los últimos mates del día.-Recordaba nomás. Dice ese
hombre de barba gris que ya no espera nada, dice en un decir pausado
como la tarde tranquila de la pampa.¿Y qué recordaba don
Hilario?-Tiempos menos tranquilos.
Aquel
viaje volvía cada vez con más insistencia a su memoria. La vida
vivida se presentaba más actual y fuerte que este presente tan
remoto como insulso. Durante la travesía había vivido como en un
estado de continua exitación, en permanente alerta, predispuesto al
peligro, a lo imprevisto. Era, recordaba, como cuando vivía
arrebatado por aquellos ojos de la cálida muchacha guaraní, así
de transido, parecía un amor que regresaba, insistente, provocador.
Sobre el camastro sueña sin sueño; no es aquel de los
párpados pesados y el agobio del cuerpo que lo desplomaba en la
nieve, es un ensueño que viene como imágenes de su vida, esas que
fueron construyendo su única e intransferible experiencia, esa vida
que añora como si no hubiera sido de él, pero en cambio su cuerpo
memora las vivencias. Igual de desesperado se aferraba al embeleso
de aquellos ojos renegridos, aquella cabellera esponjosa, cálida,
oscura, cuando verla era provocar un volcán dentro del pecho, un
dolor de puñalada amorosa. ¿Es el cuerpo que se siente viejo y
convoca los recuerdos para aplacarse? ¿Le anuncian sus sentidos una
experiencia nueva y definitiva?Vuelven las imágenes en visiones
superpuestas: niña donosa de ojos selváticos, figuras de
tehuelches ecuestres recortados en la nieve, la proa del barco
hundiéndose y saliendo airosa de las olas frías del mar del sur,
instantáneas de su fiel Chamigo "mi viejo perro, hace tanto,
hace ya tanto...".La vida ¿o el recuerdo de la vida
entrándole por los sentimientos? ¡Ah su vida, su vieja vida!, y
este cuerpo que pesa y cuesta levantarlo.Sale la sombra del rancho,
va en busca del oscuro, viejo y manso como él, atado al palenque.
Monta y se aleja sin ruido, sin perros, sin testigos, como un
fantasma, un olvido, iniciando un viaje del que nadie sabrá decir
nada.
Y
él, habiendo navegado el mar tantas veces, habiendo surcado los
cálidos ríos de su niñez, pero que sólo una única vez cruzara
aquel inconmensurable país del sur, sólo esa vez sería suficiente
para marcarlo tan hondo durante toda su existencia, hasta esta tarde
encaminada hacia la noche de su día.
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Volver,
retornar a esa tierra de un payé tan especial y misterioso. Ahora
va, cabalga hacia la boca de la noche, con la misma decisión con
que salió de San Julián y era joven y llevaba en su mirada una
embriaguez de horizontes inalcanzables. Va hacia el oscuro enigma de
aquellos ojos negros que siempre lo acompañaron y ahora lo llaman,
lo llaman "Hilario". Te llaman Hilario. Ya noche, la mujer
que se demoró charlando con la vecina entra al rancho a
oscuras:-Hilario ¿te preparo unos mates?Separa el cuero de potrillo
que divide la cocina de la pieza y pregunta:-¿Hilario?
Angel
Uranga. C.Riv. marzo/julio/1998.
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Noticias
acerca de Hilario Tapary
"Hilario"
es ese personaje brotado del trasfondo de la historia patagónica.
Nó;
mejor corrijo: "Hilario" es el personaje que fue creciendo
desde los pies de corredor pedestre, como una suerte de obsesión
telúrica y deportiva.
Desde
otro lugar, Hilario Tapary fue ese personaje de quien el polígrafo
Pedro De Angelis rescata del olvido en su monumental Colección
de Obras y Documentos relativos a la Historia antigua y moderna de
las Provincias del Río de la Plata. 1836/37.
En
suma, "Hilario" es una narración que surge a partir de la
lectura de la primer recopilación histórica argentina, la cual
retoma el relato manuscrito asentado en el Cabildo de Buenos Aires
por alguien que, a su vez, lo toma de declaraciones de un iletrado
guaraní.
La
Historia:
Estamos
en 1753, el empresario bonaerense Domingo Basavilbaso, dueño de
saladeros, remite a San Julián una tartana para extraer sal y
establecer una factoría.
En
el sur y habiendo llenado la bodega de la pequeña embarcación,
ésta parte el 14 de marzo, rumbo al río de la plata quedando en el
lugar, junto con animales, armas y todo tipo de provisiones para
instalar la factoría, tres personas: un gallego de nombre Santiago,
un "natural de las Indias Occidentales" y un indio
guaraní, Hilario Tapary.
Cuando
meses después vuelve la tartana a recalar en San Julián por un
nuevo embarque de sal, encuentran el lugar desierto, sin rastros de
la avanzada civilizadora, mejor dicho, con los restos de ésta.
¿Qué había pasado?.
Sucedió
que los nuevos habitantes del lugar recibieron visitas de los
nativos quienes, desconocedores de los derechos y bondades de la
propiedad privada, arriaron con cuanta cosa les interesaba y hasta
con lo que no les servía. Frente a esta situación de desamparo y
temor, el gallego huyó tierra adentro perdiéndose para siempre,
mientras que el guaraní y el "chino" decidieron volverse
a los Buenos Aires: ¡a pié!.
En
la terrible travesía, en el invierno patagón, el chino muere de
sed y agotamiento, mientras Hilario será rescatado por los nómades
con quienes retorna (enero de 1755) al saladero de Basavilbaso tras
pasar una temporada en las tolderías.
Hasta
aquí la historia.
La
escritura es un palimsesto donde se vuelve a escribir lo escrito
alguna vez en torno a una experiencia que en otro momento fuera
contada. Relato sobre relato, texto superponiéndose al mismo texto
que narra lo mismo. Puente semántico sobre el tiempo. Porque, es
cierto, escribimos para no olvidar, ya que el olvido es el otro
nombre de la muerte.
Entonces,
se escribe para no morir.
N.B.
(este
relato lleva por firma HUENCHULEF, no Angel Uranga).