-Hasta
dicen que lo han visto cubierto sólo con un cuero de puma.
-¿Habla
en serio paisano?
-¿Y
a usted que le parece?. Si ese hombre es el mismo Gualicho. Lo ha
visto este gringo que tiene estancia por el Viedma...¿cómo es
que se llama?; ése gringo flaco y alto como una lanza... Bueno,
ese hombre no habla al cuete.
-Con
la sola piel del león puma. No cualquiera ¿he?.
-No,
no cualquiera.
-Hay
que ser muy paisano para andar a puro cuero.
-Por
eso le digo que es un Gualicho. Como que dicen que aparece aquí y
ya no está más y que al otro día nomás vuelve a aparecer como
a treinta y hasta cuarenta leguas de lejos, como que lo han visto.
-¡Qué
le parece!.
-Será
porque es medio animal, ¿no dicen que a los caballos que arrea no
más les come la lengua?.
-A
de ser para que no hablen los pingos...
-Potro
matrero ha de ser.
-Será.
*
"sólo
una vez, a los sumo un par de veces me habrán visto cubierto con
un cuero de puma"
*
En
Rawson, capital del Territorio del Chubut 1900
-Buscamos
a un fugitivo que ya es parte del paisaje.
-¿Del
paisaje?
El
subordinado hace un esfuerzo mental y también físico al
acomodarse en la silla para entender al letrado.
-Un
ser mimetizado con el lugar, sargento. Alguien, como un fantasma
que deja rastros pero él sigue siendo invisible, impalpable; como
el viento, ¿comprende?.
El
uniformado, cubriendo con su volumen la silla, usa bigotes con las
puntas erizadas, tal es la moda viril que él acepta orgulloso,
cruza los brazos, escucha y asiente lo que dice su señoría.
-El
viento –continúa el magistrado que se ha levantado del
escritorio, que mira por la ventana; las manos en la levita y de
espaldas al sargento-. El viento –repite-, uno sabe por dónde
va, porque ve cómo se mueven las hojas de los árboles, cómo
flamea el pasto...
-O
se levanta polvareda. –Colabora, de piernas abiertas el policía
obeso, infatuado y satisfecho al participar en el razonamiento del
juez.
-...pero,
por supuesto, que no se lo ve. Está y no está –Piensa en voz
alta el juez sin escuchar al uniformado.
-Usted
quiere decir; huidizo como animal matrero.
-Así
es sargento, huidizo, fugitivo e invisible el matrero; como el
viento.
*
-Anoche
me despertaron los perros, ¿no los escuchaste viejo?.
-No,
no escuché nada.
-Claro,
si roncabas como un tronco.
Luego,
mate en mano, el puestero salió a tirar la yerba del día
anterior notando en seguida algo raro en el lugar: el nochero, que
había quedado atado con la soga larga no estaba, no se lo vía
por ningún lado.
-Que
raro –comenta al entrar.
-¿Qué
pasa viejo? –pregunta la mujer.
-Que
se haya desatado el oscuro, es raro.
-¿No
habrá sido...
-Y...a
lo mejor nomás.
*
Comento
a mis amigos que estoy tratando de escribir acerca de la mítica
figura de un gaucho que es perseguido, que se lo captura y que
siempre se le escabulle a la policía.
-No
se si te acordás –rememora Julio-, pero hace un par de años ya
me hablaste de él.
-Es
posible, sí. Se trata de un personaje que le sacó canas verdes a
los canas de la época. Un gaucho errante...
-Matrero,
decían –puntualiza Julio.
-...matrero
y huidizo. Y si bien hay múltiples voces y testigos que hablan de
él o que lo vieron, incluso que llegaron a conocerlo, sobre todo
aquellos que fueron víctimas de sus correrías, es decir, de las
correrías de este gaucho cimarrón, muy poco se sabe a ciencia
cierta; más son las contradicciones que las aseveraciones. Como
buen personaje de la estirpe de Fierro, o de Moreira, siempre anda
fugado, primero de las autoridades de su tiempo, y luego de
nosotros que lo rastreamos en los libros y expedientes. En suma,
resulta una figura tan esquiva e inaprensible como..
-Como
el viento –Interrumpe Pablo con cierta socarronería.
*
Colonia
16 de Octubre: noviembre de 1895
No
alcanzó a encender la pipa que hace más llevadera las horas de
trabajo, porque cuando alzó la vista, no para ver algo sino por
el simple y natural reflejo de mirar sin ver, lo que vio atrajo de
inmediato su atención. Así estuvo unos minutos con el cachimbo
apagado colgándole del labio en una actitud concentrada y
estática.
Durante
un buen rato Zacarías Jones observó el movimiento de animales, o
de jinetes que asomaban por el lado sur en el filo de la última
ladera que corta el horizonte. Luego, cuando entraron en el bosque
los perdió de vista volviendo a aparecer ya mucho más cerca,
pero todavía del otro lado del Corintos, al que cruzaron con
lentitud debido a la fuerte correntada y las piedras sueltas que
conforman el lecho del río. Entonces pudo distinguir el pelaje de
los caballos del grupo que se acercaba.
Al
pasar cerca del colono, éste los pudo observar con más
detenimiento, reconociéndolos. Era el cacique Kankel con quince
de sus paisanos y traían a un detenido que venía sobre una mula
con las manos atadas con tientos.
El
detenido era un gaucho sin sombrero, en cabeza, el pelo largo,
enmarañado y sujeto con una vincha, de tupida y renegrida barba,
llevando por toda ropa un chiripa y una piel de león puma que lo
cubría. Sin embargo, lo que más le llamó la atención, fue la
mirada cimarrona del personaje: profunda, inteligente, agazapada,
como si aguardara un ataque o espiara algo.
Al
pasar el grupo cerca de Zacarías, el cacique lo saludó y él a
su vez a Kankel. Después se detuvieron en lo de Martín Underwood,
el comisario, quien salió a recibirlos. Para entonces varios
colonos se habían congregado frente a lo de don Martín para
conocer la novedad que quebrantaba los hábitos coloniales.
Ahí
pudieron observar mejor al detenido que traían los hijos del
desierto.
El
hombre miraba debajo de sus oscuras cejas, y en el pelo fosco
colgaban hebras de pasto seco como si hubiera andado por el suelo.
Sin embargo, y pese a su lamentable traza y situación de
capturado por algún delito, mostraba una dignidad que
desconcertaba. Ese gaucho detenido tenía una presencia que
resultaba inquietante.
Ahora,
Zacarías Jones no recuerda si alguien dijo o sólo él pudo
pensarlo: que pese a lo mal entrazado, ese hombre detenido o
prisionero tenía un porte que trasuntaba cierta arrogancia,
Zacarías diría incluso señoril; extraño en un gaucho
vagabundo, según pudo saber después. Pero ese parecer, esa
imagen paradójica, como igualmente contradictoria percepción de
la idiosincracia de ese hombre (el cual y según luego lo sabrá,
era un fugitivo, un mal entretenido, un proscripto de la justicia
territorial), no resultaba de la actitud prepotente ni grosera
propia de cuatreros, de bandoleros o matones; era más bien una
presencia que reflejaba una especial como natural gallardía. Esa
figura zaparrastrosa tenía, sin embargo, un hálito familiar con
la cual uno en seguida se solidariza; una personalidad que, por
más que anduviera montado sobre una mula, por más que lo
condujeran atado (un acto de humillación para alguien que
pertenece a una raza de centauros, la que hace de su libertad la
razón de su existencia), mantenía, pese a su aspecto y
situación, una actitud y un porte distintivon. Eso es lo que
parecía –Dice ahora, confusamente, Zacarías-, por lo menos,
eso me parecía a mí. Un, cómo le diría... alguien con
autoridad.
-¿Autoridad?
-se escandaliza la autoridad.
-Digo
yo; por su prestancia –insiste Zacarías Jones-, la cual, pese a
ir sobre una mula y atado, pese a su apariencia zaparrastrosa,
pese a parecer un bandido, a un vulgar facineroso, no se lo veía
ni bandido ni vulgar facineroso. Era dignidad lo que yo palpaba
viendo a ese hombre.
Cuando
Zacarías Jones terminó de comunicar al Martín Underwood la
impresión que le causara la presencia del gaucho cuatrero, el
comisario se mostró más que sorprendido, estupefacto,
contestándole en tono de haber recibido una ofensa personal.
-
No es que ese gaucho "parecía" –le espeta el
comisario-, en realidad "es" un facineroso, un simple
cuatrero. ¿No vió la traza que traía? ¡Un troglodita
parecía!. Y usted me habla de autoridad, ¡por favor!.
-No,
claro, pero parecía, bueno a mí me parecía la figura de un jefe
prisionero. ¿Me hago entender don Martín?
-Algo
como un gaucho sublevado: ¡doble delito Zacarías, peor aún que
el abigeato! –Agrega con fastidio el comisario de la Colonia.
Fue
sin duda esa presencia inquietante la que nos dejó a todos
sorprendidos y hasta desconcertados (contará después, bastante
después Zacarías Jones, pionero de la Colonia galesa Cwm
Hyffryd, o Valle Encantador, nombre dado por los galeses y
oficialmente denominada "Colonia 16 de Octubre" y, más
adelante, Trevelin), sin saber resolver en nosotros esa
dificultad, ese nudo en la percepción y en la interpretación de
los signos que emanaban del gaucho fugitivo y que sólo entonces
llegué a saber de quién se trataba; pero fue sólo después de
la declaración o comentario que hiciera el cacique. Insisto
(dirá más tarde acerca de esa experiencia el colono aún como
impresionado ante la figura de aquel detenido); más que un vulgar
bandolero cazado in fraganti en un descuido, parecía un jefe
vencido en una batalla y hecho prisionero por las fuerzas
adversarias. Sin embargo –remata el colono Zacarías Jones-,
caballero o palafrenero, igual el comisario lo puso en el cepo.
*
El
cacique Kankel (que habla galés, que habla castilla, que habla la
Lengua), dará su versión:
-Lo
vimos merodeando los toldos (la tribu está asentada en la costa
del río Mayo), y sin que el robacaballos se de cuenta, lo fuimos
de a poco rodeando y en cuanto lo tuvimos a tiro de bola y que
intentó una escapada, ay nomá le echamos el lazo. Y acá se lo
traigo don Martín, para que no ande cuatrereando más caballos de
Chejuelchos.
-¿Se
resistió el proscripto? –indaga el comisario de la Colonia
mirando fijamente al detenido.
-Noo,
para nada, no. –responde Kanquel que habla galés, castilla y
naturalmente, la Lengua.
*
-...ni
rastros deja ese hombre.
-¿No?
¡sí que no!. Sí que deja rastros. Pero eso sí, hay que
encontrarlo. Deja rastros sí señor, cómo no. Con el compadre
Feliciano y don Avelino lo seguimos como por dos días.¿Y a que
no sabe qué rastros, que huellas dejaba?
-Y...
-...caballos
cansados, alguno que otro degollado y sin la lengua; el fogoncito
apagado con tierra, alguna prueba de sus intestinos y los rastros
de bota de potro por donde anduvo o se subió al caballo.
-¿Y
lo pescaron?
-¡Qué
vamos a pescar hombre!. Ese matrero es el mismo diablo. Le
perdimos el rastro en un pedrero. Ahí se nos hizo humo.
*
en
Comodoro Rivadavia,2002
-¿Y
quién es ese Asencio Brunel?
Es
Pablo quien se interesa observándome sobre sus lentes y
suspendiendo la lectura vespertina del diario de la mañana.
Entonces
comento acerca del marginal fantasma el cual resulta ser la
personificación de la misma fuga; alguien que huye de su tiempo y
de nosotros. Les hablo de esa figura proscripta que muere varias
muertes porque muchos quisieron ser, sin duda, sus victimarios.
Indios y policías lo apresan y así como lo capturan así se les
escapa. Lo cierto es que muere varias veces –comento a mis
amigos- quizá porque sus captores no quisieron dejar rastros de
su humillación por haber sido burlados ante sus propias narices.
Quién fue y quien es Ascenio Brunel. Se trata de un gaucho
oriental cuyo delito mayor era el de abigeato, en un territorio
donde, como él mismo decía: "es más delito agenciarse
de unos tungos que matar un indio". Este gaucho
tiene, podríamos decir, extraños vicios. El primero, consiste en
agenciarse de tropillas ajenas, y el otro deseo que lo atrae es el
de comerle únicamente la lengua a los caballos que mata.
-¡Vaya
maña! –exclama Julio.
-¿Qué
extraño que es eso, verdad? – Pablo, pensativo se sorprende.
-Si,
muy extraño –continúo-, aunque...si bien en un primer momento
yo también creí que eso de matar un yeguarizo para comerle
únicamente la lengua era un raro vicio de gaucho perseguido, sin
embargo, investigando, encontré en dos o tres obras escritas en
distintas épocas y que resultan testimonios incuestionables y
objetivos de las costumbres del gauchaje argentino, párrafos
donde demuestran que el tal vicio era una costumbre vernácula
entre los hombres de las pampas rioplatenses. Les leo lo que dicen
estos testimonios:
"...cada
uno de los peones que vaqueaban, y eran muchísimos, o de los
viandantes, mataban por su antojo la vaca que mejor les parecía,
por sólo sacarle ya la lengua, ya otro bocado de su gusto,
abandonando todo lo restante para sustento de las fieras y de las
aves de rapiña"
-Esto
que les leí pertenece al jesuita Pedro Lozano, y la obra se llama
como pueden comprobar, "Historia de la Conquista del
Paraguay, Río de la Plata y del Tucumán" y fue escrita en
la primera mitad del siglo XVIII. Pero hay más todavía.
*
1896,
en Rawson, despacho del Gobernador
JUEZ:
¡Cómo no va a escaparse un hombre así, si ni cárcel tenemos,
ni siquiera celdas.
GOBERNADOR:
Quisiera estar seguro que estaba engrillado, porque conociendo a
ese bandido fue que ordené que debía llevar grillos.
COMISARIO:
Sí, pero...
GOBERNADOR:
¿Pero?. Acá no hay peros que valgan Comisario. Ese hombre, si
tenía puesto los grillos y se escapó, entonces es un mago,
porque los grillos aparecieron a orillas del río y no cantando
precisamente; y si no los tenía puesto, entonces usted,
Comisario, por ser el responsable, usted y quienes estaban de
custodia, tendrán un sumario administrativo.
(El
gobernador está parado en posición de firme, las manos en la
espalda, el mentón elevado mirando con mirada de autoridad al
subordinado).
COMISARIO:
Sí señor Gobernador, pero la custodia de los presos no nos
corresponde a nosotros sino al alcalde.
GOBERNADOR:
¡Déjese de excusas, Martínez! (vocifera); lo cierto es que la
Policía estaba de facto en la custodia del preso. (Hace una pausa
y hablando con cierto tono de complicidad) Salvo que haya habido
algún secuaz entre ustedes.¿Qué me dice?
El
comisario Martínez no puede creer lo que acaba de escuchar del
gobernador Tello; pero antes de fabricar una defensa ante la
sospecha de la máxima autoridad, éste le ordena secamente:
GOBERNADOR:
Y ahora, retírese.
Ni
bien el comisario Martínez cierra la puerta del despacho dice el
:
JUEZ:
(Hablando como para sí) Un fugitivo de la justicia, un cuatrero
un mal entretenido.
GOBERNADOR:
un gaucho presuntuoso.¿Vio usted cómo se comportaba, cómo
contestaba las preguntas de la policía? Un cuatrero, un vagabundo
que desafía y se burla de nuestro orden...
JUEZ:
y de todo el mundo.
GOBERNADOR:...de
todo aquello en que ponemos nuestro empeño.
JUEZ:
Sí, del sistema.
GOBERNADOR:
Como usted bien acaba de decir: de todos. Se ha burlado de
Underwood, de los colonos, de las autoridades territoriales, de
pacíficos y honrados y laboriosos pobladores que engrandecen la
patria y traen el progreso a estos desiertos. De Kankel, ¡De la
vaquía de los tehuelches! Es inaudito.
JUEZ:
Un matrero insolente.
*
-Pero
no se vayan que ahora viene lo mejor, dije, y les leí:
"Muchas
veces se juntan de éstos mozos (se refiere a los guaderios,
aclaro) cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al
campo a divertirse, no llevando más prevención para su
mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se conviene un
día para comer la picada de una vaca o novillo: lo enlazan,
derriban y bien trincado de pies y manos le sacan, casi vivo, toda
la rabadilla con su cuero, y haciéndole unas picaduras por el
lado de la carne, la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más
aderezo que un poco de sal si la llevan por contingencia. Otras
veces matan sólo una vaca o novillo para comer el matambre que es
la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras
veces matan solamente por comer una lengua, que asan en el
rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que
tiene tuétano, que revuelven con un palito, y se alimentan de
aquella admirable sustancia...".
-Esto
lo escribe Concolocorvo en su famoso "Lazarillo de Ciegos
Caminantes" de 1773.
Pero
hay más aún. Les leo lo que escribió el capitán Fitz Roy,
conocido por todos los presentes.
"Hablando
un día a Simón de la torpe matanza de ganado que había oído
decir se realizaba en ocasiones, me manifestó que los gauchos
solían matar los animales con el sólo fin de extraerles la
lengua, y acaso un bife o dos "para el asado" (al
asador) sin tomarse el trabajo de cuerearlos; siendo demasiado
epicúreos a su modo para banquetear más de una vez del mismo
animal"
-¡Qué
me contás!, epicúreos y delicados los gauderios esos –se
sorprende Pablo.
-Esto
se encuentra en el capítulo dedicado a las Falklands, en el viaje
que Fitz Roy hace con la "Beagle" y la "Adventure"
entre marzo y noviembre de 1833.
-En
ese viaje también iba Darwin –interviene Julio.
-Así
es.
*
Al
despertar lo primero que sintió fue el verde olor a alfalfa, pero
de inmediato un agudo dolor en las piernas lo descolocó, sin
poder situarse. ¿Dónde podría estar? ¿qué había pasado?. El
fresco olor del alfalfar seguía ahí, por lo que imaginó que
estaba cerca de algún potrero, y por ello cerca de algunas casas.
Entonces recordó lo último que había visto: el indio
apuntándole...
No;
lo último fue ese estallido, el relámpago en la noche cuando en
una estancia burlaba una tropilla. No, tampoco. Lo último era...
Se
ve a sí mismo alejándose, fugitivo, sin rostro, huidizo,
opacado, tornándose invisible a la partida que lo persigue en ¿Güer
Aike? ¿en el Coyle? ¿en el Genoa? ¿dónde?...
*
-Sin
embargo, este matrero –digo dirigiéndome a Julio-, me resulta
una figura difícil de captar, tal vez por ser un nombre
escurridizo.
-¿Un
nombre o un hombre? –Julio duda de lo que escucha.
-El
hombre ya no está, nos queda un nombre invisible casi por lo
huidizo...
-Como
el viento –insiste Julio.
-...por
lo que me ha costado acercarme a él y más aún, apresarlo.
-Echarle
el lazo, como se decía –apunta Julio.
-Deberé
emplear otra técnica de acercamiento –Dije.
-A
mí me parece -opina Pablo que seguía con atención la charla-,
que más que una técnica se trataría de componer una estructura
literaria.
Con
Julio miramos a Pablo esperando que sea más explícito.
-Claro
–explica entonces Pablo-, porque fijate que el relato debe tener
una estructura acorde con el objeto de la enunciación. Creo, me
parece, que por ahí iría la cosa.
-Se
trata de personajes casi míticos que nos llegan borrosos y al
margen de toda historia –comenta Julio.
-Personajes
de la trastienda del oficializado gran relato patagónico –dice
Pablo pensativo mirando fijo a Julio.
-Ellos
mismos recrean su propia historia. –Digo; y pienso: (un
personaje veloz, ubicuo, un perseguido que aún nosotros, un siglo
después seguimos buscándolo)-. Lo que nos llega de Brunel es
como un juego de rompecabezas. El relato lo imagino enfocando el
objeto desde distintas miríadas...es...como un espejo que se
quiebra por el paso del tiempo y en el que todos los pedazos
reflejan lo mismo.
*
Hay
momentos en que su memoria cae en un pozo, en un blanco sol que
oscurece y confunde toda relación de un antes y un después, una
nube opaca, un silencio sin imagen. Puede ser uno de esos momentos
que la gente menciona como otros tantos relatos de sus muertes; y
uno de esos pozos resulta el momento en que aquel tehuelche viejo
hace pie a tierra del otro lado del Guenguel, apuntándole con el
Winchester y él, que está saliendo de ese río helado hacia la
pequeña barranca donde ya se está sacudiendo el rosillo y un
arco iris se forma alrededor del caballo.
Había
nevado y una montonera de indios lo perseguían desde el Senguer
donde se encuentra la tribu de Kankel.
Me
acerqué despacito para no espantar los animales que estaban cerca
de los toldos; con estos indios hay que andar con cuidado porque
son muy zorros, muy bichos son, por eso me les fui acercando en
cuatro patas, tapado con un cuero de oveja para arriarme la
tropillita que los indios tenían no muy lejos. En eso estaba
cuando los teros empezaron a chillar y revolotear enloquecidos y
entonces vi unos movimientos raros de los chiquitos y de las
chinas, por las dudas me fui a buscar al oscuro que había dejado
en un bajo, maneado y atado con una estaca pampa y acollarado al
rosillo, porque siempre hay que andar con caballo de repuesto y el
que no se monta y va de ladero tiene que llevar puesto también el
bocado. Para disparar nunca hay que confiarse en un solo pingo.
En
cuanto llegué al oscuro, ay nomás monté y disparé
maliciándome la trampa. Me lancé a uña de caballo para hacerles
distancia. Y así fue. En cuanto comencé a galopar noto que por
los costados aparecen jinetes queriéndome rodear.
¡Esa
sí que fue una galopada inolvidable!
Rumbeo
primero hacia el poniente y en cuanto desaparecí tras un cerrito,
ay nomás enfilo hacia el sur a rienda suelta sobre el oscuro y el
rosillo de ladero.
Fue
una carrera entre caballos pampas, porque los que yo montaba se
los había hecho a una tribu más al norte (¿qué distancia
habrá de la costa del Senguer a la costa del Guenguel?).
Había
enfilado hacia el poniente hacia la última luz del sol que
podría encandilar a mis perseguidores, si es que eso ayudaba en
algo. Antes que llegue la noche, el cielo se había puesto muy
negro, eso me ayudó a confundirme en un gran bajo que se perdía
en la nada hacia el sur. Así fui sacándoles algo de ventaja a
esa jauría angurrienta.
¡Qué
carrera! Agazapado, pegado, mordiendo casi las crines del oscuro
dejaba que éste corriera libremente. Las babas y el sudor agrio y
vegetal salpicándome la frente y la cara, iba prendido a la tuse,
afirmado con las rodillas, a campo traviesa volaba pal sur.
La
tarde se cubre de presagios púrpuras pero la noche llegó rápida
y ella me ayudó a alejarme, aunque no los pude perder.
En
algún momento de esa noche empecinada sentí en la cara y en las
manos, en las rodillas también, los alfilerazos de una furiosa
manga de aguanieve, aunque el sudor del animal me daba el calor
que fortalecía la determinación de alejarme de eso zorros
implacables. Pero al indio si sos diablo lo vas a joder.
En
esa carrera nocturna, cada tanto cambiaba de monta siempre al
galope; eso aliviaba el andar de mis parejeros. El animal sabe que
uno no es algo extraño a él; que uno es parte suya y uno siente
que el flete es una parte más del propio pellejo. Pasa que uno es
medio potro y el potro medio hombre.
Y
así, cruzando sin tiempo la noche fue como pude hacer una buena
distancia a esa jauría.
Como
un viento urgente atravieso esos parajes. Noche entera sin
descanso. Leguas y más leguas para que se olviden de mi.
Cada
tanto escuchaba a mis fieles perseguidores, sombras reales
empeñadas en seguirme el rastro que dejo en el viento. Por
momentos parece que se opacan y dejan de oírse y por momentos
parecieran surgir de la propia tierra ni bien acababa de pasar por
algún lugar; y en la tierra quedaban ocultos los ecos como el
polvo levantado que vuelve a posarse en el suelo. Y otra vez creo
que han dejado de perseguirme, eso pensé que pensaban; pero en
cuanto afinaba el oído los podía sentir, escuchaba el retumbar
de los cascos allá, bastante atrás, entre las sombras. Sombras
persiguiendo a otra sombra en la vasta noche cabalgada.
Una
obstinación exaltada corriendo al sur.
Noche
sin tregua, noche ancha y eterna como la misma bóveda del cielo,
y yo que más vivo cuanto más ando. La noche extensa, la noche,
la tierra, extensas como una vida.
Un
trapalar de cascos golpeando la oscuridad helada, consumiendo
distancias sin tregua.
No,
no fue el galope desenfrenado del miedo, nunca huí con
desesperación, nunca con miedo, porque a nadie temo; era, en
cambio, como atravesar sin parar el túnel de la oscuridad que se
alarga y se alarga para cubrirme y poder desaparecer; la oscuridad
es mi poncho.
Una
carrera cuadrera voraz, interminable, donde todos corren para
echarme el lazo.
Cuando
la mama nos llamaba a comer, con mis hermanos jugábamos una
carrera "a ver quién llega primero" y yo, casi siempre,
era el primero. Entonces madre decía "no mires para atrás
porque te vas a caer" y el tata agregaba "porque el que
te sigue te va a agarrar" y yo en esa carrera frenética,
escuchaba las voces de mis viejos porque soy el jinete a alcanzar.
·
Cruzo
la noche sin tregua y sin aliento. Una ola cuadrúpeda
incontenible me lanza más allá.
Viajo
en la cresta de una ola de viento. Voy afirmado a las negras
clines que vuelan y se deshilachan, donde las tinieblas se llenan
de un vértigo de cascos y resoplidos. La yunta bufando al
unísono las distancias en un jadeo rítmico y prolongado y yo
hablándoles como en secreto, animando con mis palabras, arrimado
a las orejas. Ellos dan el ritmo y yo los acompaño y los animo: y
vamos vamos vamos, y vamos, empujándolos; vamos vamos y vamos,
arriándolos; y vamos vamos vamos, y vamos vamos y vamos; los
aliento y me arrean, los llevo y me llevan.
Y
así voy trenzado al ritmo redomón de los pampas; es un
contrapunto de fuerzas, un vibrante latido confuso de músculos y
distancias, de incansable, de sostenido aliento.
Llenamos
el páramo de silencios con nuestro propio viento, es un redoble
acompasado del centauro que atraviesa el espacio de la noche.
Como
escondiéndome, más del aire helado que de los que me sigue,
acompaño a los fieles con mi respiración agitada sin estar
agitado, un respirar no asustado, no frenético, es sólo
acompañar el ritmo de los que vuelan por mi volando yo con ellos.
Me agito y me canso como ellos, somos los que corren las horas
oscuras buscando horizontes que se alejan y se alejan, y en este
remontar voy poniendo mi suerte y mi destino en las patas de los
fieles tungos.
Inclinado,
refugiado mas bien en la testuz, espío por debajo del brazo a los
que me siguen, implacables; pero no alcanzo a percibirlos.
Antes
que amanezca paso un río. El oscuro se mancó y comenzó a
aplastarse, entonces dejo libre al flete que me acompañó tanto
trecho y continúo con el rosillo, pero el oscuro nos seguirá
todavía un rato, sólo que cada vez más lejos.
A
comenzado a clarear y sigo sin distinguir a mis perseguidores.
Creo haberles sacado una buen aventaja con el rosillo que viene
menos baqueteado. Cuando llego a la costa del Guenguel ya la
madrugada pinta sus luces rosadas.
Había
nevado fuerte por esos campos y la claridad llegaba rápida, fría
y refulgente.
Al
llegar al río lo encuentro helado y por ello difícil de pasarlo.
Anduve bordeándolo un buen rato y al fin me decidí cruzarlo en
la parte donde erraban lentos trozos de hielo. Pensé que los
indios no se animarían a cruzar las aguas heladas. No se por qué
pensé eso; supersticiones supongo. Antes de lanzarme miré hacia
atrás y alcancé a ver ahora a unos pocos que todavía me
seguían, pero aún venían lejos. No serían más de tres o
cuatro a lo sumo: y me largué nomás a las aguas.
Si
estaba cansado y si tenía un poco de sueño, el agua helada me
sacó hasta las ganas de comer. Buena estaba pa´amansar locos. A
gatas llegamos con el rosillo a la otra orilla. Me bajé, no, en
realidad me caí acalambrado del caballo. Tenía las piernas y
manos agarrotadas, ya ni podía sujetarme al pescuezo del animal.
En
la orilla me fue casi imposible caminar. Gateo y miro hacia
arriba, veo el animal que se sacude de la noche y del hielo
formándose a su alrededor un efímero arco iris. Noto que tengo
la barba y los bigotes blancos de hielo. Vuelvo a echar una ojeada
a mis perseguidores, compruebo que ya están en la otra orilla
observando qué es lo que hago sin atreverse a lanzarse al agua;
supongo que por superstición. No, definitivamente no se meten al
agua; y ese viejo indio que me apunta con un Winchester y que
dispara. No escucho el tiro pero lo veo estremecerse y sufro un
dolor de puñalada, un dolor que no podría distinguir si es el
frío o la bala que me aplasta en el barro de la orilla y me
arrastro entre los matorrales donde dicen que me mataron y que
después me quemaron. Busco el rosado día que me encandila, y
nada percibo...nada, es decir, el blanco cielo, es decir, un gran
blanco que lo cubre todo que me ciega me enfría y me calienta
también.
*
Gallegos,
1903
El
holandés, flaco y alto como un mástil –por eso lo llaman Long
Jack-, recostado contra el mostrador, charla con otros lugareños
que lo acompañan interesados en otra vuelta de ginebra.
-No,
ese hombre no murió –asegura el holandés Jack van der Hayden,
alias Long Jack, recostado en el mostrador lustroso por el uso en
ese hotel de Río Gallegos.
-Bueno,
yo digo. –Dice un parroquiano-. Como había desaparecido tanto
tiempo y nada se sabía de él.
-Hacía
tres años que no se hablaba de ese matrero. –Agrega otro de la
rueda.
-Como
no se comentaba por ningún lado ningún robo de caballos ni que
apareciese alguno muerto y sin la lengua, yo creía que Brunel era
finado.¿No dicen que lo mataron los tehuelches?.
El
otro parroquiano asiente lo que dice su compañero.
-Mi
se lo puedo garantizar –asegura Long Jack con su cara colorada y
sus ojos azules, grises o celestes.- Lo vi con mis propios ojos, y
de esto no hace mucho; hará unos tres meses. Mi estaba esperando
a unos amigos en el destacamento Tres Pasos...
-Cerca
de Ultima Esperanza –aclara un parroquiano.
-Si,
claro -confirma el holandés-; para ir a Lago Viedma y de ahí al
San Martín, cuando cayeron bien tempranito unos peones chilenos
de la estancia vecina con un hombre doblado en la grupa de un
zaino y muy mal herido; venía más muerto que vivo ese cristiano,
estaba manchado de sangre, medio desnudo lo traían, lo cubría un
cuero de oveja y una bombacha ensangrentada era todo lo que traía
puesto. Los peones dijeron que ese hombre les había robado y
degollado una vaquillona y también que les había matado un
compañero, que lo rastrearon y anduvieron siguiéndolo durante un
día hasta donde hizo campamento; lo rodearon y ahí nomás le
dieron bala, lo trajeron en anca y lo dejaron tirado en el piso
del destacamento con más de cinco balazos puestos. Si ustedes lo
hubieran visto como estaba ese bandido seguro que decían:
"éste, si no muere hoy, de mañana no pasa"
-¿Y
todavía estaba vivo?
-No
estaba del todo muerto, por lo visto el frío bajo cero le
congeló la sangre y no alcanzó a desangrarse. Eso fue lo que lo
salvó, el frío, ¿qué les parece?.
-Vea
usted ¿no? –exclama un parroquiano antes de empinar el
remanente de ginebra.
-Y
así se fue recuperando –continúa Long Jack-. Después me
enteré que salió en libertad porque pagaron la fianza.
-¿Y
quién pudo pagarle, no dicen que mató a un hombre? –pregunta
el parroquiano.
-Mi
entiendo que bandido no mató a ese paisano.
-Capaz
que algún amigo o pariente pagó la fianza –supone el otro
parroquiano.
-¿Tendrá
amigo o tendrá compinche el cuatrero?
-Por
eso les digo que ese hombre no está muerto -insiste el holandés.
-Y,
"yerba mala ...-comienza a decir un parroquiano.
-..."nunca
muere" –concluye el otro.
*
el
frío el sueño del frío estoy churrasqueando el matambre de la
vaquillona protegido por las bardas a mis espaldas y unos
matorrales altos que crecen enfrente a orillas del arroyo
correntoso después de comer creo haberme dormido y tuve o me
pareció tener un sueño y siento una puntada en el hombro
entonces pienso me están cagando a tiro intento ir hacia donde
tengo el caballo y un dolor muy agudo en la cadera y otro más que
no sabría ubicar porque voy atravesado sobre el caballo mirando
la nieve y el frío que no me deja pensar no entiendo por qué voy
así sobre el zaino me extraño a mí mismo me siento como un
animal muerto soy una piel que se balancea tirado en las ancas por
el sueño de la nieve el sueño del frío...
*
Nos
mató un compadre este bandido. Anduvo robando unas vacas de la
estancia y entonces lo seguimos rastreándolo durante todo el
santo día, y al llegar a un arroyo ¿no va y le perdemos el
rastro?, pero nos maliciamos donde podría haberse escondido,
seguro que bajo unas bardas que dan buen refugio, que eso
haríamos si estuviésemos en su lugar. Esperamos hasta la
tardecita, rodeamos el lugar y en cuanto le vimos de lejos, lo
adivinamos más que verlo, los caballos le vimos, entonces
dijimos, este está ahí cerca, lo rodeamos como le dije, nos
acercamos despacito, parecía que se había dormido y ay nomá
cargamos a tirio limpio no fuera que se escurra ese endiablado; se
le había escapado a tanta gente por eso cargamos a pura bala,
duro le dimos, y él que amaga escaparse pero le dimos pa´que
tenga. Aquí lo traimos, pero no ha muerto todavía este crestiano
porque cada tanto se quejaba y eso que perdió sangre a lo loco.
(No
si a zorros este gaucho no nos iba a ganar compadre, se lo dije).
*
los
chilenos me acusaban de haber matado a un compañero de ellos pero
no era así yo nunca maté a nadie bueno salvo a ese en punta
arenas por andar encamotado pero fue en duelo criollo algo legal
claro que tuve que tomar debida distancia a ese chileno lo mató
la policía eso fue lo que me dieron a entender y me echaron la
culpa a mí por eso pude salir pagando una fianza no muy grande
tampoco voy a decir quien la pagó
y
de lo que pasó en el cañadón al borde del arroyo cerca de tres
pasos de eso tengo como una cerrazón en mi memoria
*
en
Comodoro Rivadavia
-Por
las noticias que se tiene, casi todos los testigos o pseudos
testigos insisten que andaba vestido únicamente con una piel de
puma. Sin embargo, no creo que siempre anduviera semidesnudo y
menos aún en invierno.¿Te lo imaginás en esas mesetas con nieve
y viento, con un frío de padre y señor mío de veinte o treinta
grados bajo cero?
Pablo
trata de que compartamos su imaginar.
*
A
lo sumo, no fue más que un par de veces que me habrán visto con
un cuero de puma. Hubo un tiempo si, al comienzo de mis andadas,
al dispararme de Punta Arenas cuando me desgracié; entonces
siempre andaba con recado y con todas las pilchas. Después me di
cuenta que si tenía que desaparecer rapidito tenía que andar en
pelo, sin ningún peso, a lo sumo una encimera o un cojinillo para
el frío; el poncho de grupa, y abrigado con el facón a la
cintura y otro cuchillo en la bota de potro; nunca con un solo
fierro.
Los
inviernos trataba de arrimarme a algún puesto en la cordillera
abandonado después de la veranada y donde siempre hay buena caza
y mucho agua.
Aunque...una
vez sí que la pasé bastante fea. Fue para una nevazón machaza,
cuando tuve que matar una vaca de las que arreaba, vaciarle las
entrañas y refugiarme dentro de la osamente todavía caliente.
Ahí dentro pasé la noche del temporal. Esa vez tomé sangre y
comí carne cruda igual que un indio, al otro día caminé en la
nieve todo el día hasta que llegué a un puesto.
Esa
vez sí que la pasé fea.
*
Trelew,1920
En
el bar que se encuentra frente a la estación de tren sobre la
avenida 9 de Julio, y en la mesa al lado de la ventana, el
jubilado de la policía, en el que aún persisten los típicos
rasgos del hijo de la tierra, si bien ahora suavizados por el
corte de pelo cano ("ahora ya estoy todillo", dice con
orgullosa nostalgia), por la ropa y los años de modales urbanos,
me sigue contando:
-Esa
vez matamos dos pájaros de un tiro. Bueno, es una forma de decir
¿no?, porque uno de los pájaros en realidad se voló.
El
veterano amaga una risa que apaga vaciando de un taco el remanente
de caña que quedaba en el vaso.
-¿Otra?
–insistí para que la historia continúe.
-Sí,
cómo no. –Dice, y hago una seña al mozo para que sirva otra
vuelta.
-Permiso
–dice el veterano levantándose mientras lo miro sorprendido- ya
vuelvo –se excusa y enfila hacia la puerta que dice
"baño".
Al
regresar, se acomodó en la silla de madera liviana con respaldo
curvo y, tras un cuidadoso sorbo cuenta, ahora, más relajado.
-Y
bueno, como le decía; fuimos a ayudar al entonces gobernador
Tello. Se formó una comitiva como de unos treinta; no, miento,
veinticinco éramos juntados de Rawson, de Trelew y de Gaiman y la
comandaba el señor Murray Thomas. Íbamos bien pertrechados.
También había salido gente de la Colonia 16 de Octubre, que
ahora le dicen Trevelin, a parar y detener a los paisanos
revoltosos. (Dice quien no puede negar su autoctonía patagona). Y
entonces, cuando llegamos al Genoa ya el Gobernador tenía bajo
arresto a los rebeldes: al brujo Cayupul que fue el que inició
toda esa batahola y al cacique Salpú que aprovechó la ocasión
para hacerse más fuerte. Pero Cayupul era el lonko de ese
movimiento, él decía que era un enviado de Dios. Algunos decían
que habían revuelto a la paisanada para matar cristianos, pero
eso fue una bolada para joder a la gente. Lo cierto es que
reclamaban por tierras que los colonos habían ocupado y que el
gobierno les prometiera, y como éste daba largas al asunto y los
gringos avanzaban, se revelaron para defender sus derechos, ¿no?.
Me parece,¿no le parece?. Y ahí fue que aprovechó la bolada
este Cayupul para decir que lo mandaba Tata Dios. Ahí fue que el
Gobernador le dijo que si lo enviaba Dios que entonces haga un
milagro; y ahí lo jodió al brujo.
-¿Y
eso cuándo fue?.
-Eso
fue para la navidad del 95, en el Genoa, y de ahí los llevamos a
Rawson. Y bueno, lo cierto es que con los detenidos estaba
también un cuatrero, que es lo que usted quiere saber. Parece que
era un gaucho oriental.
-Un
detenido...
-Sí,
un detenido.
-¿Y
cuál era su delito? –pregunté con el vaso ante la boca y
dispuesto a volver a sentir la suavidad comestible de la caña
quemada. Entonces mi informante se sorprende ante la pregunta y
él, que también había gustado con deliberada delicadeza un
sorbo breve, dejó el vaso con inusitada rudeza mientras una
arruga de contrariedad marcaba su entrecejo cobrizo.
-¿He?
–Se sorprende extrañado como si le hubiera dejado sin
referencias en sus recuerdos, sin la confianza en la veracidad de
su historia, como si le hubiera depositado una nube de sospecha
acerca de lo justo y legal de aquello sucedido y que ahora me
contaba; agregando en tono de reproche-. Ese hombre tiene (dijo en
presente) muchas denuncias por delitos que no fueron...¿cómo se
dice?
-¿Juzgados?.
-Eso
es, juzgados.
Y
aunque conocía la historia, de igual manera insistí:
-¿Y
qué delitos don Nahuelquir?.
-Y;
asuntos de polleras que le dicen. Parece que había despenado a un
hombre por una hembra. Eso fue en Punta Arenas, pero otras
versiones decían que esa muerte y por iguales motivos había
sucedido por sus pagos.
-En
el Uruguay.
-Ahá.
-¿Y
por qué dice que uno se voló? –Volví a insistir mientras
empinábamos la caña reponedora. La pregunta lo volvió a
sorprender.
-¿Cómo
que se voló? –me enfrenta despistado.
-Usted
dijo que en esa comisión que fue en auxilio del Gobernador,
mataron dos pájaros de un tiro, pero que uno...
-Ah
si, si –se recupera el veterano-. Sí claro –y explica-;
porque, como le decía, el cacique Salpú había capturado a este
bandido oriental ¿no? y lo trajeron acá, a Rawson (explica el
agente jubilado Nahuelquir en el bar frente a la estación de
tren, ahora, en 1920, en Trelew). Aquí se le tomó los datos y
quedó en un pieza guardado. En ese tiempo en la comisaría no
había celdas, nada que asegurara nada, y menos a un zorro como
Brunel.
-No
había entonces comisaría.
-Comisaría
sí; lo que no había era un lugar para tener presos peligrosos
(si comisaría podía llamarse ese mísero galpón de adobe y
chapa, por el que se filtraba el frío, el viento, la tierra, los
rectos y finos rayos de sol que iluminaban las tinieblas del
lugar, una simple covacha donde hacían sus necesidades y que
sólo podía retener entre sus paredes y bajo su herrumbroso techo
a algún torpe paisano, torpe de mente y de gestos en su
borrachera, o a un pobre diablo con veinte kilos de hierro en las
patas para que tenga presente que de ahí no podría salir
corriendo, ni siquiera caminando), peligrosos como ése.
Dice
Nahuelquir, ex agente de la policía territorial del Chubut,
mirándome fijamente. Sus ojos ahora brillan al igual que su cara
grasosa, donde resaltan los pómulos de viejo tehuelche. Y como yo
sigo sin entender, agrega.
-No
había ninguna seguridad para retener a esa clase de hombre, a un
cuatrero de esa calaña. Se lo dejó ahí para ser remitido
después a los Buenos Aires, donde iba a ser juzgado.
Tras
una pausa continúa
-Y
bueno, todos estábamos contentos porque la rebelión paisana
estaba acabada sin haber tirado un solo tiro.
-Pero
–inquirí buscando saber más-; aparte de esa muerte en Chile o
donde haya sido. ¿Qué otro delito cometió ese Brunel?
-¡Cómo!,
¿no se da cuenta?¡delito de abigeato, señor!.
Había
escuchado tantas veces al juez nombrar el término abigeato, que
ahora lo repetía normalmente, aclarándomelo por las dudas que yo
no conociera el significado.
-Robaba
caballo.
Lo
dijo en tono de confidencia, inclinando su pecho hacia mí y
haciéndome percibir su aliento alcoholizado.
-Robaba
caballos –acompañé el juicio del veterano jubilado de la
policía territorial. Y como si yo dudara,no de la veracidad de su
aseveración sino de la ilegalidad de esos actos que a él le
parecían horribles, me arrinconó con un:
-¿Le
parece poco?.
Entonces
me excusé.
-Quiero
decir; no peleaba, no lastimó a nadie...
-No,
no, bueno, que yo sepa nada de eso.
-Y
quedó preso entonces en Gaiman.
-No,
eso fue después, esto que le cuento fue acá, en Rawson.
Pero
no lo dice en Rawson el ex agente Nahuelquier, jubilado de la
repartición, lo dice en el bar que da frente a la estación de
tren de Trelew, lo dice a 20 kilómetros de la capital del
Territorio.
-Acá
quedaron presos, los caciques revoltosos y ése desacatado; sí.
-¿Y
festejaron?
-Nos
habíamos anotado un poroto...y...bueno, hicimos sí un asadito y
eso ¿vió? –Los ojos vidriosos que se le achican en una sonrisa
cómplice- Y...este....como al otro día a la madrugada nomás, la
guardia que nos despierta con la novedad que el Oriental se había
fugado.
-¿Otra
vez? –exclamé espontáneamente.
-Eso
dijo el Comisario.
Y
el ex agente Nahuelquier, limpiamente, rió.
*
en
Esquel, también en 1920
-Y
es así como llegamos y rescatamos al gobernador Tello.
-¿Cómo
que rescataron?
-Claro
–el informante galés se sorprende por mi pregunta-. ¿No sabe
que el Gobernador había quedado con esa gente sublevada y casi
solo? Nosotros fuimos a rescatarlo de los indios de la tribu de
Salpú en el Genoa. Casi solo digo, ya que había ido a solucionar
el asunto con un par de ayudantes, nada más. Nosotros salimos con
el señor Murray Thomas a darle una mano junto con treinta colonos
bien armados. –Y tras una pausa-. Pero por suerte todo se
solucionó sin problemas.
-¿Cuál
fue el motivo por el que se había sublevado la indiada?
-Ellos
exigían la entrega de las tierras prometidas por el gobierno
cuando se fundó la colonia Pastoril, ahí por el Genoa, pero como
el gobierno no cumplía, esa gente se revolucionó.
"Reclamamos la tierra como se reclama un alimento",
argumentaba Cayupul queriendo resucitar los libres y gloriosos
tiempos en que el blanco era sólo un esporádico viajero, una
lejana amenaza a ese holgar irresponsable y sin límites.
"No
olvidemos hermanos que recorríamos esta tierra, a la que
pertenecemos como el pasto o el ave, de la Gran Agua a los altos
cerros cubiertos de nieve; que cruzábamos las planicies, los
ríos y cañadones para intercambiar lo conseguido en la caza con
los hermanos Mapuches, con los huincas del Carmen, y también con
los amigos galeses del Chupat, que ahora están en los bosques y
en los verdes espacios entre cerros, mientras que nosotros estamos
en ningún lugar. Hermanos, nosotros que somos de la Tierra , no
somos nadie aquí: nadie"
-Así
hablaba Cayupul. Aprovechándose de una situación de manifiesta
injusticia, de despojo y miseria, Cayupul supo atraer a esos pobre
seres humillados con un discurso redentor, mezclado con mesianismo
cristiano. Él mismo se decía un emisario de Dios en las
desoladas mesetas chubutanas. Tenía pasta de jefe ese brujo, pudo
haber sido un buen Lonko al ser dueño de una palabra categórica
y enervante de la turba. La idea era movilizar la indiada contra
los blancos y presionar al gobierno para exigir la tierra; aunque
también se hablaba de posibles asesinatos.
Y
como le decía, llevamos a Rawson a los dos cabecillas, Cayupul y
Salpú, y en esa partida iba también ese gaucho vagabundo y
cuatrero, un tal Brunel.
-Ascencio
Brunel –confirmé.
-Así
es, usted lo ha dicho, Ascencio Brunel –repitió mi testimonio
galés-. Parecía un hombre joven
-¿Cuántos
años calcula que tendría?
-Y,
no sé, yo calculo unos 25 a 30 años, no más; pero por su traza
parecía más viejo. Llevaba un cuero de oveja puesto así, sobre
el hombro. Ahora bien.¿Sabe qué me llamó la atención de ese
personaje? –Y sin esperar respuesta a su pregunta contestó-. La
mirada. Aunque usted no lo crea, la mirada. Tenía una mirada muy
penetrante ese criollo. Ojos negros chiquitos y vivaces, un mirar
inteligente, un mirar que desarmaba y que, sin que uno lo sepa
cómo y por qué, te hacían sentir culpable de una oscura y
desconocida culpa celosamente guardada. Sí, de esa manera miraba.
No se si...
-Sí,
sí, está claro, entiendo.
-Fíjese
que ese Brunel –continuó el colono-, era un gaucho que fue
perseguido por toda la Patagonia, de arriba abajo. Eso sí, un
gaucho muy de a caballo, como pocos; si hasta a los indios se les
escapaba. Escurridizo el hombre, robaba tropillas y desaparecía
como si se lo hubiese tragado la tierra y aparecía dos días
después como a 20 o 30 leguas del lugar. Un fantasma ese gaucho.
Tenga en cuenta que se le había escapado a la policía de Río
Gallegos, a la de San Julián, de Deseado, y después se les
escapó de Rawson, de Gaiman. Un zorro, nadie podía echarle el
lazo, como dicen los criollos, pero la gente de Salpú lo rodeó y
ahí lo capturaron.
Y
en ese viaje a Rawson llevando a los caciquejos y al cuatrero; eso
fue para diciembre del 95, recuerdo que este hombre, este Brunel,
en Paso de Indios tiene unas palabras con un paisanito que andaba
uniformado de policía.
El
viaje se hacía lento y el calor resecaba la garganta y nos
partía la boca. Cuando llegamos a Paso de Indios pudimos sacarnos
las ganas de tomar agua fresca y levantamos campamento a la sombra
de los sauces que crecen a orillas del río Chubut. Ahí, este
agente, si mal no recuerdo creo que se llamaba Nahuelquier
provocaba al preso que iba engrillado.
-Y
–lo prepoteaba- ¿no le da vergüenza andar robando caballos
para comerle nada más que la lengua?
Lo
dijo en tono sobrador ese paisanito bruto, para colmo uniformado y
llevando una lata que era más grande que él.
-¿Y
sabés una cosa? –lo encara el Oriental tuteándolo-; lo peor
que puede pasarle a un paisano es hacerse milico -Eso desconcertó
y enfureció al policía, y el preso agregó-. Hay que ser
bastante maula para hacerse policía; o estar cagado de hambre
Eso
dijo el Oriental sin mirarlo siquiera, lo dijo como si estuviera
reprochando a un chico malcriado. Muy seguro de sí ese hombre.
El
uniformado, con una bronca que le salía por los ojos, desenvaina
y amenaza con torpeza de novato descargarle un sablazo a ese
hombre zaparrastroso pero a ojos vistas más digno que el
paisanito disfrazado de policía; entonces el sargento, tomándolo
del brazo lo ataja.
-No
se le pega a un hombre atado, agente, –Y agregó en un tono
confidencial- No acá, hay muchos testigos –Dijo señalando con
la vista el grupo de galeses que componíamos la comitiva del
Gobernador.
Eso
lo escuché y lo ví porque yo estaba cerca haciéndome el
distraído, como que no veía ni escuchaba nada. Y el sargento que
amenazaba.
-Vamos
a ver si te retobás cuando lleguemos a Rawson –y el Oriental
que le retruca:
-Ahí
tiene, se hace el valiente con un hombre atado de yapa y
desarmado.
-¡Cállate
gaucho piojoso! –Grita entonces el sargento. Pero Brunel no era
de achicarse.
-Ustedes
son un par de sotretas. Suéltenme y denme una daga y vamos a ver
quién es quien.
Dijo
ese hombre con un desprecio total hacia sus custodios.
-Esperá
que lleguemos y ya vas a ver cuántos pares son tres botas gaucho
cuatrero –Le escupe el sargento.
Lo
cierto es que cuando llegamos a Gaiman ese gaucho cerril fue
guardado en la comisaría y al otro día ya no estaba. Se les
había escapado de nuevo a las autoridades.
*
-Por
lo que se comenta, a ese hombre lo han matado un par de veces. Sin
ir más lejos, el cacique Kankel dijo que un tío suyo lo mató en
la costa del Guenguel, y esto lo vuelve a afirmar un explorador.
-El
Guenguel; ¿y eso dónde queda?
-Que
yo sepa... y, más abajo de río Mayo.
-Ah,
ya sé, por el Buenosaires.
-Nooo,
bastante más p´arriba. Y...estee, eso que le contaba fue en el
noventa y seis y que después de finado, los indios quemaron la
osamenta de ese cristiano.
-Y
no fue así.
-Pareciera
que no, porque más después dicen que lo vieron por la Ultima
Esperanza.
-Una
estancia.
-Puede
ser, pero eso queda ya en Chile, más al sur.
*
Estamos
a comienzos del siglo XX, el explorador Clemente Onelli llega a
los toldos del cacique Quilchamal a orillas del Chalía, donde
escucha por boca del jefe tehuelche los últimos momentos en la
vida del afamado gaucho cerril.
Onelli
contará lo que ahora le cuenta Quilchamal: que ese
"malhechor" –escribe Onelli que le cuenta Quilchamal-
andaba con intenciones de robarse la caballada de la gente de
Kankel por el lado del Senguer pero que éstos le adivinan la
intención, o ya lo estaban esperando, porque el año anterior lo
habían apresado y conducido a la Colonia 16 de Octubre y de ahí
a Rawson, sin embargo se les escapó a las autoridades; y así es
como disimulados salen a perseguirlo para apresarlo.
-Y,
supongo que a esa gente, como usted dice, le resultó fácil
alcanzar al malhechor –supone el explorador italiano en el toldo
de Quilchamal.
-No,
no fue tan así don Onelli. Ese hombre andaba en buenos caballos,
caballos de chejuelchos. –Aclara el cacique con recatado
orgullo-. Y buen jinete que era también ¡Qué si parecía un
paisano ese gaucho!. Si, paisano el hombre, y mucho zorro.
-¿Y
porqué Quilchamal?
-Por
lo pampa pal caballo. Y meta disparar ese Brunel, y paisanos que
lo siguen y no le pierden pisada. –El cacique se toma su tiempo
mientras toma el mate que le ceba su mujer-. No, si no fue fácil.
Mire que de Senguer a la costa del Guenguel todo el tiempo sin
parar, meta galopear y hasta la noche también, y eso que la
noche... Y a la mañana llegan al Guenguel que estaba cubierto de
yelo. Los paisanos, maliciando que el Brunel rumbeaba pal lado del
río, le cortan campo, sino no lo alcanzan, no. Porque llevaba dos
parejeros ese diablo. Y ahí es cuando lo pescan porque ese gaucho
se demoró en cruzar.
-¿Era
pleno invierno, entonces...? –pregunta la visita de Quilchamal.
-¿Pleno
invierno?, no; era pal desyelo. Fue...a ver...
-Si
estaba deshielando habrá sido hacia setiembre, octubre lo más.
–Interviene un ayudante del explorador italiano.
-¿Y
entonces? –insiste Onelli.
-Y;
que ese hombre se tiró al río helado. Un diablo el huinca. Se
tiró nomás. Ahí es cuando lo alcanzan, porque se demoró en
cruzar el Guenguel y pasianos le cortaron campo. Y cuando cruza el
río, dicen que un tío de Kankel le hace un disparo desde esta
orilla y que lo mata. Después quemaron el cuerpo del rabacaballos.
Así contaron, si.
Cuenta
el cacique Quilchamal a Onelli a orillas del Chalía a dos años
de distancia de los últimos momentos del afamado matrero
patagón.
*
en
Comodoro Rivadavia, un siglo después.
-Para
mí, ese Onelli macanea. Dice que descubrió el cadáver de Brunel
por casualidad. Ahora bien, si no lo conoció ¿cómo podría
saber que esos despojos, que ya tenían dos años de intemperie,
eran del gaucho perseguido? ¿porque se lo dijeron en lo de
Quilchamal?, y eso no es todo, a su vez, Onelli toma por errada la
versión que dan los gendarmes de Ultima Esperanza cuando en 1902
capturan a Brunel; dice que el capturado no es Ascencio Brunel
sino que se trata de otro malhechor.
-O
sea que el tano se da un protagonismo que nunca tuvo –comenta
Pablo.
-Sucede
que todo "recién venido", como diría Abeijón, el otro
Ascencio, se quiere dar aires de conocer el sur. Lo cierto es que
de charlatanes y caretas estamos hartos los patagónicos –afirma
Julio.
-Pero
fijate vos –insiste Pablo-que también Quilchamal se hace eco de
lo que dicen sus paisanos, la gente de Kankel
-Y
bueno, usted ya sabe: "entre bomberos..."-Julio deja
colgada la frase.
-Les
comento que sigo tras la pesquisa de ese gaucho huidizo, fugaz,
intangible...
-....
el inhallable, el escurridizo, Ascencio Brunel –adivina Julio
-...
desaparecido y vuelto a aparecer, muerto y resucitado; y en esa
búsqueda, me crucé con la investigación de un periodista que
anduvo en lo mismo sólo que en otro tiempo.
-¿Y
ahora a quién descubriste?
-Un
tal Juvenal Antonio Urruti. Este señor, trabajó en el diario
"Neuquén" de los Chaneton. Su director y propietario se
hizo célebre por denunciar desde sus páginas la matanza de
Zainuco
-Ah
si, creo haber leído ese caso –comenta Julio. Fue a causa de
una fuga de presos de la cárcel de Neuquén .
-Eso
sucedió en mayo del 16, y al año siguiente, en enero, Chaneton
será asesinado por esbirros del gobierno. Pero volviendo a
nuestro periodista.
-A
Urruti.
-Juvenal
Urruti; él también anduvo, como dije, tras las huellas del
evasivo oriental. Ahora bien; sucede que sus apuntes sobre Brunel
nunca se publicaron. De acuerdo a estos apuntes, el periodista
pudo acceder a algunos testigos del matrero y mal entretenido...
-El
gaucho comelenguas
-...por
ejemplo; el testimonio de un retirado de la policía territorial,
que, por lo que parece, era un muchacho tehuelche convertido en
milico. También le dieron su testimonio colonos de Trevelin y de
Esquel...
-Cuando
aquello sería todavía la llamada Colonia 16 de Octubre.
-Si
usted lo dice. Y también testimonios de un poblador del sur de
Santa Cruz, un gringo, así como de una veterana prostituta que en
su juventud conoció...
-En
la cama, imagino...
-...imagina
bien, a nuestro guacho mal entretenido.
*
Ludmila:
Gallegos
1919
-¿Y
usted cuándo lo conoció, fue aquí en Gallegos?
-Acá
sí, en Gallegos. Y... eso habrá sido por el año uno o dos.
-Antes
que lo capturasen en Ultima Esperanza.
-Creo
que si, antes. Si, estuvo aquí un par de veces.
-¿Y
cómo era él?
-¿Cómo
era?
La
veterana mira hacia la ventana, su blanca cara, retocada de
maquillaje parece un Tolouse Lautrec, rellena, suave, de gestos
parsimoniosos y lánguidos.
-Y
–dice en un tono tímido mirando por la ventana que permite la
vista de una calle de tierra, vacía y polvorienta, recorrida por
un viento que nace de las entrañas del sur-: un muchacho
interesante –atina a comentar.
-Un
muchacho, es decir que no era una persona... mayor o veterana.
-No,
no era un viejo, la última vez, creo que fue en el año dos, no
tendría todavía cuarenta años.
-Pero
usted lo conoció antes.
-Si,
¿no te digo que vino un par de veces?.
Sonrió
con picardía el rostro del pintor. Su boca era una rosa dibujada
en el blanco papel de su cara, tenía el pelo rojizo y sombras
azules en los ojos grises.
-¿Y
qué aspecto tenía?
-Y,
era delgado, ágil, desconfiado eso sí, muy desconfiado. Con
decirte que al acostarse ponía el facón bajo la almohada. Era
receloso.
La
madama hace una pausa, y ante la ambigüedad del término y
aprovechado la confesión y el momento pregunté: ¿Tenía celos
de usted?
-¿Celos?
–se sorprende Ludmila.
-Digo,
como usted dice que era muy celoso...
-No,
no, quiero decir que era desconfiado; y callado, si bien conmigo
se destapaba y charlaba bastante, sería porque en su vida de
fugitivo no tenía con quien compartir, ¿no te parece?.
Aspira
el cigarrillo que consume en una boquilla dorada y continúa.
-Lo
que nos llamaba la atención era su mirada, esa mirada que desnuda
a las mujeres.
-¿Y
cómo es eso? –Pregunté (Escribe el periodista Juvenal Urruti).
-Y...una
mujer eso lo sabe. Cuando él llegaba... porque estuvo un par de
veces, las suficiente para tenerlo en cuenta.
-¿Por
qué?
-Por
su forma de ser, por su...personalidad que le dicen ¿me entendés?.
Siempre me buscó a mí. No sé, sería porque yo le caía bien, o
le gustaba, ¡qué se yo!, y eso que había otras chicas, algunas
más lindas que yo, pero él me buscaba a mí, si no me veía
preguntaba: "¿Y la Lumi?". Quería estar sólo conmigo.
Cuando llegaba, algo distinto se estacionaba en el local, parecía
como si la música de la victrola se detuviese y un viento fresco
de donde él venía entrase al boliche tapado de humo, de
perfumes, de alcohol y olores de cuerpos traspirados, y él, en la
penumbra, desconfiado, con ese mirar torvo, recorría el local y
todas sabían que buscaba a la Lumi. La verdad que todas las
chicas lo querían por más que fuera tan cimarrón y callado.
Parecía un animal salvaje, pero bueno; él siempre decía que no
quería ser amansado. Yo era jovencita entonces,¿te imaginás?
Y
yo pienso que es casi imposible no imaginársela. –Escribe el
periodista.
-Sí
que lo recuerdo bien al "hombre en fuga", como lo
llamábamos acá.
-Porque
siempre huía y se le escapaba a la policía.
-Siempre,
era infalible: lo agarraban y se les escapaba.
Y
la risa de Ludmila hace salir el sol y chocar las copas. Ella se
arregla, coqueta, el cuidado peinado mientras una de las pupilas,
más joven, más moderna, peinada a la garzón y con breves faldas
nos sirve un té de agradable aroma, haciéndonos olvidar que
estamos donde estamos.
-Sí
–dice Ludmila mirando nada-, a él le gustaba ser libre (a
quién no, pienso), totalmente libre: vagar por ahí sin
compromiso, sólo, como guanaco macho decían las chicas y
nosotras festejábamos la ocurrencia. Qué vida ¿no te parece?.
Pregunta
con sus ojos claros color cielo y aún pueden percibirse rasgos de
frescura de la joven polaca o rusa, quien conociera al mítico
gaucho matrero, aquel que burlaba cuanta policía había en todo
el inconmensurable territorio durante los últimos quince años
del siglo diecinueve.
-Cuando
venía no se hacía ver en el pueblo. Llegaba de noche y se iba de
madrugada. La vez que se demoró en el almacén que está a una
cuadra de acá lo pescó la policía, y fue esa vez que escapó
con el caballo del comisario.
La
mujer vuelve a reír echando la cabeza hacia atrás y me alegra
con su frescura y su desparpajo fiestero.
-Tenía
cada ideas....-Entonces parece que busca en sus recuerdos-. Cuando
yo le preguntaba si siempre iba a vivir disparando me decía que
él no huía, que sólo escapaba de que lo encierren, de tener que
vivir como todo el mundo. Decía que todos estamos presos y
amansados, que parecemos ovejas y a lo sumo, perros amaestrados.
Para él, lo importante era que no lo metan preso, no podía
habituarse a una vida monótona, haciendo todos los días lo
mismo, viendo siempre el mismo horizonte, repitiendo siempre lo
repetido, de la mañana a la noche, mes a mes, todo el año, todos
los años. Esa vida no se hizo para mí, decía. Entonces, yo le
decía, nada de asentarse en un lugar, nada de trabajo, tampoco
casorio por supuesto. "No, eso sí que no gringuita", me
decía. Pero estoy yo, le decía. "Pero a vos hay que
pagarte", me decía. Ah, por supuesto le decía yo (y me
tiraba encima y otra vez lo hacíamos con alegría). Y yo le
preguntaba, contame cuántas veces te escapaste de la policía y
él me contaba cómo lo capturaban y cómo volvía a escaparse.
"Una
vez -contó- en el Genoa -que no se dónde queda-,cuando me
pialaron los tehuelches, con el gobernador andaba un cura para
bendecir no se si las tierras que daba el gobierno o a los que
iban a fusilar; el cura se llamaba Bajina"
-¿Cómo?,
pregunté sorprendida; ¿era un hombre con ese nombre? (cuenta con
una sonrisa pícara).
"Ah,
eso no lo sé -me respondió-, yo por las dudas a esa gente de
negro no le doy nunca la espalda. Y a ese Bajina, estando preso le
dije que me dejara rezar padre que estoy arrepentido de los
pecados cometidos y ponía cara de chupacirio y el cura convenció
al comisario para que me saquen los grillos"
-¿Y?,
pregunté.
"Y
en cuanto se descuidaron me les hice perdiz"
*
...relajados,
después de habernos acollarados con la gringuita churrasca,
alazana de ojos claros, tan blanquita a mi lado, apoyada en el
codo, la palma de la mano en la mejilla pregunta por qué siempre
andás disparando y yo muy orondo fumo con las manos en la nuca,
es algo que no puedo dejar de hacer, digo, mirando una mancha de
humedad en un rincón del techo en aquella cálida pieza de
Gallegos, no puedo estarme quieto en ningún lugar y tampoco de
que me amansen, sigo redomón nomás, estarme en un lugar sería
como para un pájaro vivir enjaulado, me pongo nervioso gringuita
, ¿y trabajar? pregunta la Lumi, la de los ojos de humo
¿trabajar, para qué? con lo que se le paga a la peonada mejor
vivir de arriba; acá, el trabajo mejor pago es andar matando
indios a tiro limpio, los estancieros que te contratan piden que
tenés que llevar o las dos orejas o la guasca del indio. Ludmila
hace un gesto de asco, entonces cambia de posición, se arrodilla
en la cama y se sienta sobre sus piernas nubes plegadas, con las
manos en la falda; eso sí que es delito, no lo que yo hago, lo
mío es mas bien como un juego, un juego repite la rubita; un
juego a ver quien me alcanza y ella que ríe y en plena noche me
abriga el alma, me gusta ser libre digo, pasado de hambre a veces
pero sin que nadie me grite ni me mande, pero como no se puede
vivir del aire siempre hay que conseguir algo para sobrevivir y la
gringa de pelo alazán tirando a bayo me mira como si yo estuviese
en el horizonte o fuese un bichito, entonces le cuento que una vez
en Gaiman, donde viven los galeses, y eso donde queda, entonces le
explico; y como te decía, me encontraba detenido y un pastor
aconsejándome que mi salvación estaba en trabajar la tierra,
pero eso de andar arañando el suelo como un piche y juntando
pasto para los animales no es para mí, que me dejen de joder, a
mí me sacás del caballo y soy hombre muerto. la policía anda
diciendo que sos un vago y un mal entretenido dice con una sonrisa
que parece una liviana mañana de enero cordilllerana, que yo sepa
con vos sí que estoy bien entretenido y ella que descansa su
cabeza alazada en mi pecho, pero eso de vago depende para qué, si
es trabajo que no conozco o no me interesa o pagan mal, no
trabajo, como hice en las Malvinas y cuando me cansé me fui y
sanseacabó ¿y el oro? pregunta la Lumi y me sorprendió ¿y
cómo sabés que saqué oro?,pregunto, y ella, si acá pagaste con
pepitas de oro ¿no te acordás o estabas en pedo?, bueno, estuve
asociado un par de meses con unos gringos, pero no valía la pena,
demasiado trabajo y no se sacaba nada. ellos decían y repetían
algo que me quedó porque yo siempre pensé igual, decían que la
tierra no tiene dueños y los hombres no tienen amos ¿y a los
indios por qué le sacabas las tropillas?, mirá rubita, para mí
aunque tengan marca, todo animal que anda por el campo es
orejano...
*
zona
de Río Pico,1896
Juan
Rastrupp, de la Comisión de Limites, observa detenidamente por el
teodolito los accidentes del terreno y, sin quitar los ojos del
visor que acerca la distancias, dice a Julio Koslowsky, su
compañero de trabajos: "Sobre el faldeo hay una tropilla de
caballos, es lo único viviente que se puede captar en este
sector; ¿de quién podrán ser esos animales si por aquí no hay
pobladores?. Fíjese usted Julio".
El
naturalista ocupa el lugar de observación y enfoca para su
óptica el punto de mira. Tras unos momentos saca su conclusión
de hombre conocedor de la zona: "Esos animales deben ser los
que abandona el famoso Ascencio Brunel"
-¿Ah
sí?. ¿Y quién es Brunel?
-Le
cuento –dice Julio Koslowsky. Y le cuenta.
*
1910
Como
en todo el país, en aquel pueblo del noroeste patagónico se
festeja la fiesta del Centenario.
Un
programa variado y entretenido convoca a pobladores y paisanaje
comarcano.
El
sol de mayo asomaba con toques de clarines, izamiento de banderas,
canciones de bronce que evocaban antiguas epopeyas y daban vivas
en honor al cumple siglo patrio. A su vez, en la escuela de adobe,
elegidos alumnos declaman monótonos versos argentos de corceles y
victorias.
Hasta
el filo del mediodía se escucharán los discursos que hacen
revivir el fulgor de la joven identidad nacional, vacuna y
triguera.
Todo
esto será antes; porque a las inflamadas arengas acerca del
pasado compartido y del común y venturoso porvenir, seguirán las
cálidas manifestaciones de la cultura culinaria nacional; la
oratoria será el prefacio al rito argentino que se entusiasma y
se pone a punto ante el aroma de dorados asados clavados en
asadores; ante bandejas de empanadas atacadas con patriótico
entusiasmo y ante el locro que en las ollas rápidamente toca
fondo, comida adecuada para éstas fiestas y éste tiempo que
siempre se presenta con telúrico frescor nacional.
Será
una patriótica alegría de estómagos y corazones matizada con la
cueruda y sobada bota, masajeada, buscada y ofrecida a las bocas
abiertas, deseantes del líquido bermellón, pasada de mano en
mano, de boca en boca para aliviar el alimento y retemplar el
ánimo de tanta intemperie patagona.
Luego,
cuando sólo quedaba en el terreno la perrería solazándose en un
crujir de huesos de novillo, de chivitos y de yegua, de alguna
picana de avestruz o un asadito de chulengo; algunos concurrentes,
ya medio baleados de aperitivos y vino en bota, desaparecían en
busca de la siesta reponedora de energías para las horas que
quedaban del día, que, no siendo pocas, apuntaban a ser movidas.
Otros,
mientras tanto, perseguirán la suerte o simplemente diversión,
jugándose entero a las patas de un parejero en las cuadreras, o
mostrando habilidades en la sortija como en el cinchón.
Hay
carreras de embolsados para la juventud; juegos de bochas, de taba
y de tejo para los veteranos que apuestan fuerte y sin
proscripciones, en esa mezcla fraterna que brinda la fiesta de
todos, donde conviven, sólo por este día, las distintas
condiciones sociales y donde los habituales formalismos quedan de
lado.
Tiempo
de fiesta que democratiza a ricos y pobres, plebeyos y
encumbrados, siendo todos, por unas horas, igualitariamente
ciudadanos.
Ambientan
la tarde, el mate amargo con el dulce y un amable aroma de
pastelitos con los que las patronas lucen su arte culinario.
Así
fue como las horas festivas de ese día pasaron sin notarse. Y
cuando el sol del veinticinco disimuladamente se fue alejando;
boliches y lugares marginales irán recibiendo celebrantes que
ocuparán hasta el último rincón de esos refugios.
Sobre
los tapetes se encenderán los juegos de mesa. Se jugó, y fuerte,
al monte, a la treinta y una, al punto y al truco; y en esos
campos del azar, porotos, fósforos o garbanzos contabilizaban
tantos que simulaban ganancias y pérdidas en efectivo.
Se
multiplicarán con tenacidad las apuestas, regadas de ginebra, de
caña seca o dulce, de alguna grapa, del infaltable tinto o blanco
y que solidarias damas acompañarán con alguna copita de menta o
de anís. Y a medida que se acercaba la hora, más intenso se
hacía el rumor del bailongo programado en el galpón que está
detrás de la capilla.
Y
así fue que llegó la noche del celebrado día del año diez.
Y
a la luz de velones, candiles y lámparas a kerosene, la música
irá ganando el ambiente. Ya se escuchan las cordeonas y guitarras
desgranando rancheras y cuecas, habaneras, polcas y jotas; aires
bailados sobre pisos polvorientos y enjuagados con regaderas,
tachitos o jarros de lata preparados para la ocasión.
En
cierto momento y en alguna parte se escuchó un caótico murmullo
de voces, y una voz femenina que gritaba: "Ay, pero si es mi
Pancho, sepárenlo por favor". Y después: "Traigan algo
para parar la sangre". Y otras voces en tono indiferente,
menos apremiante comentando: "Qué se le va a ser, son de
mala bebida, toman un poquito y se pierden".
En
uno de esos lugares celebrantes, un payador improvisa en décimas
la leyenda, tal vez la historia de un gaucho oriental, un criollo
perseguido cuyo delito mayor fuera probar la lengua de caballos
ajenos encontrados en su vagar.
Canta
el bardo sureño en versos redomones, un romance de gesta
patagona. Versifica fugas fabulosas que humillan a policías, a
colonos y a tehuelches. Rima asimismo tantas muertes y
resurrecciones como escapadas que suma el matrero. Dice de dramas
definitivos portagonizados por otros tantos y desconocidos
verdugos que oficiarán de justicieros.
En
la rueda criolla que escucha con devota atención y silencio hay
un gaucho de indefinida y curtida edad: viste respetable traje
negro, el oscuro poncho pampa doblado sobre el hombro izquierdo;
luce en la solapa, como todos, la escarapela patria, níveo
pañuelo al cuello, bombacha gris oscura y lucientes botas de
media caña acordeonadas.
Y
este hombre ya maduro, al escuchar las hazañas en romance de su
vida, baja el ala del sombrero para ocultar a los presentes,
silenciosos lagrimones que asoman pudorosos de sus ojos cansados
de escudriñar horizontes. Horizontes de valles de mesetas y
cordilleras, líneas intangibles y azules que se alejan, se alejan
y se alejan; como en fuga se alejaba él, en un tiempo, de la
gente.