Biografía
María Zambrano
María
Zambrano nace en Vélez-Málaga (Málaga) el 22 de abril de
1904, donde permanece hasta los cuatro años. En
1909, tras una breve estancia en Madrid, la familia se traslada a Segovia,
donde transcurre su adolescencia. Siempre acosada por su mala
salud, crecerá en un ambiente eminentemente intelectual puesto
que tanto su padre como su madre son maestros, y el primero,
fundador del periódico "Segovia" y de la revista
"Castilla", es amigo personal de Antonio Machado.
Este hecho va a tener una influencia fundamental en María Zambrano.
En
estos primeros años de su vida empieza el calificado por ella misma
como el gran amor de su vida: su primo Miguel Pizarro. Junto
a él descubrirá la literatura. La familia finalmente los separará
y obligará a éste a viajar al extranjero. En
1921 inicia sus estudios de Filosofía como alumna libre en
la Universidad Central de Madrid. Completa sus estudios en
1927 asistiendo a las clases de Ortega y Gasset, Julián
Besteiro y de Javier Zubiri. Comienza a asumir un papel
de mediadora entre Ortega y algunos escritores jóvenes, como Sánchez
Barbudo o J.A. Maravall.
En
1931 es profesora auxiliar de la Cátedra de Metafísica
en la Universidad Central, hasta el año 1936. Por estos años
trabaja en la que va a ser su tesis doctoral: " La salvación
del individuo en Spinoza".
Durante
los años de II República conoce a Luis Cernuda, Rafael
Dieste, Ramón Gaya, Miguel Hernández, Camilo
José Cela o Arturo Serrano Plaja, a través de diversas
iniciativas culturales.
El 14 de septiembre de 1936 contrae matrimonio con Alfonso
Rodríguez Aldave, y dado que éste ha sido nombrado secretario
de la embajada española en Santiago de Chile, parten hacia
allí. En esta ciudad trabajará activamente por la causa
republicana.
En el camino hacen parada en La Habana donde conocerá a su más
grande amigo: José Lezama Lima.
En 1937, el mismo día en que cae Bilbao, María Zambrano y su
marido regresan a España; a la pregunta de por qué vuelven si la
guerra está perdida, responderán: por eso. Reside primero en
Valencia y posteriormente en Barcelona.
Su marido se incorpora al ejército, y María Zambrano colabora en
defensa de la República como Consejero de Propaganda y Consejero
Nacional de la Infancia Evacuada.
El 28 de enero de 1939 María Zambrano cruza la frontera francesa,
camino del exilio, en compañía de su madre, su hermana y el
marido de ésta.
Tras unas breves estancias en París y Nueva York se
dirige a La Habana, donde se reencuentra con Lezama Lima,
invitada como profesora de la Universidad y del Instituto de Altos
Estudios e Investigaciones Científicas. De La Habana se dirige a México,
donde es nombrada profesora de Filosofía en la Universidad San
Nicolás de Hidalgo de Morelia, Michoacán.
En 1946 viaja desde La Habana a París con motivo del fallecimiento
de su madre, permaneciendo en esta ciudad, en estos duros años de
posguerra, hasta principios de 1949. Desde esta fecha se traslada a
La Habana, donde vivirá hasta el año 1953, impartiendo
conferencias, cursos y clases particulares.
En 1953 vuelve a Europa y se instala en Roma,
donde vivirá hasta 1964, relacionándose con intelectuales
italianos, como Elena Croce, Elemire Zolla y Victoria
Guerrini y españoles, como Ramón Gaya, Diego de
Mesa, Enrique de Rivas, Rafael Alberti y Jorge
Guillén.
En 1964, María Zambrano, tras ser prácticamente expulsada de
Roma a causa de las denuncias de un vecino fascista, se instala
en una vieja casa de campo de La Piéce, junto a un bosque
del Jura francés cerca de la frontera suiza, lugar sin duda
emparentado con la concepción extraordinaria de su libro "Claros
del bosque".
Con un artículo de J.L. Aranguren "Los sueños de María
Zambrano" (Revista de Occidente, feb. 1966) se inicia un lento
reconocimiento en España de la importancia de la obra de María
Zambrano.
El deterioro de su salud física es constante cuando en 1978 se
traslada a Ferney-Voltaire, donde permanece dos años, hasta que en
1980 se traslada a Ginebra. En ese año, a propuesta de la
colonia asturiana en Ginebra, es nombrada Hija Adoptiva de
Principado de Asturias, lo que constituyó el primer reconocimiento
oficial de Zambrano en España.
En 1981 le es concedido el Premio Príncipe de Asturias de
Comunicación y Humanidades y el Ayuntamiento de su pueblo, Vélez-Málaga,
la nombra Hija Predilecta.
Al año siguiente, la Junta de Gobierno de la Universidad de Málaga
acuerda el nombramiento de María Zambrano como Doctora "Honoris
Causa".
El 20 de noviembre de 1984, vuelve a España y se instala en Madrid,
de donde salió en pocas ocasiones.
En esta última etapa la actividad intelectual de María Zambrano es
incansable, siendo nombrada Hija Predilecta de Andalucía en 1985.
En 1987 se constituye en Vélez-Málaga la Fundación que lleva su
nombre y en 1988 le es concedido el Premio Cervantes.
El 6 de febrero de 1991 fallece en Madrid,
siendo enterrada en Vélez-Málaga, su pueblo natal. (*)
(*)
Fuente:
www.portal-local.com
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Principales
obra de María Zambrano:
Hacia
un saber sobre el alma (1930)
- Horizonte del liberalismo (1930)
- Los intelectuales en el drama de España y
escritos de la guerra civil (1937)
- Filosofía y poesía (1939)
- La agonía de Europa (1940)
- La confesión, género literario y método
(1943)
- Séneca (1944)
- El hombre y lo divino (1955)
- Persona y democracia (1958)
- La tumba de Antígona (1967)
- Claros del bosque (1977).
- De la Aurora (1986)
- Senderos (1986)
- Delirio y Destino (1989)
- Algunos lugares de la pintura (1989)
- Los bienaventurados (1990)
- Los sueños y el tiempo (1992)
- Las palabras del regreso (1995)
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LOS
SUEÑOS Y LA CREACIÓN LITERARIA
Por María Zambrano
Vienen los sueños del despertar; son ya un despertar, y así
no fuese, la vigilia no podría acogerlos. Lo que es extensamente
válido para aquellos sueños que necesitan y que portan
en sí como un germen la palabra poética, que
les confiere su legitimidad; que los salva.
La conciencia, en cambio, no puede acoger sino como simple
hecho los sueños puramente psicofisiológicos.
De otra parte, los sueños creadores, cuya especie procuramos
ir delimitando, arrastran un "ser así", un
conflicto sin aparente salida, una "aporía".
Encierran al sujeto dentro de un círculo mágico,
como hace la totalidad de la vida. Y así, el sujeto
visitado por ellos se encuentra en modo análogo a como
se encuentra frente a la totalidad de su vida, como si la
vida, ella, fuera un círculo mágico a trascender,
a trascender viviendo.
Ante la totalidad, en sueños simbólicamente, en la
vigilia en virtud de ciertos "suspensos" más
que en el vivir intervienen, el ser humano se siente y aun
se ve, como ante una montaña inaccesible, o como ante un desierto
sin límites, o ante una extensión inerte. Imágenes
que revelan al sujeto una situación liminar en que
el vivir se ha escindido; queda de un lado el sujeto a solas,
y del otro, la totalidad de la vida como algo a recorrer,
o a escalar imposiblemente. Y ello, ni el ser a quien esto
ocurre se mantiene conservando su entereza en pie frente a
la totalidad de la vida.
A
la imagen de la montaña que se presenta en esta situación
corresponde, sin duda, la pirámide en la que conciencia
la trasforma, racionalizándola. Y al entrar en razón
esta imagen de los sueños, adquiere entonces la plenitud de
su carácter simbólico.
Pues que el símbolo es ya razón. Sólo
cuando una imagen cargada de significado ente en la razón
adquiere la plenitud de su carácter simbólico.
Porque solamente entonces su significación está
plenamente aceptada por la conciencia y se ha extendido a
todas las regiones del alma. Cuando no es así es sólo
fetiche, figura mágica que se resiste a entrar en razón
o que se queda a las puertas de una razón que la rechaza.
No puede ser descifrada; vaga amenazadora.
Descifrar
una imagen onírica, una historia soñada, no puede ser
por tanto analizarla. Pues que analizarla es someterla a la
conciencia despierta que se defiende de ella; enfrentar dos
mundos separados de antemano. Descifrarla, por el contrario,
es conducirla a la claridad de la conciencia y de la razón,
acompañándola desde el sombrío lugar, desde
el infierno atemporal donde yace. Lo que sólo puede
suceder si la claridad proviene de una razón que la
acepta porque tiene lugar para albergarla: razón amplia
y total, razón poética que es, al par, metafísica
y religiosa.
Es cierto que en la civilización moderna, posracionalista,
la conciencia del hombre "normal" ha perdido contacto
con el resto de su ser. Su alma y su cuerpo se le presentan
extraños como "fenómenos". Desde esta asediada
conciencia y en virtud de creencias que no es el momento de
examinar, piensa que el análisis sea el único
método o el método entre todos para entenderse
con su propio ser. Y dentro de él con esa oscura zona
de los sueños que son el alba de la conciencia.
Sin embargo se ha descubierto, como es sabido, que el contenido
mítico de las religiones es la manifestación
misma de la vida del alma, especie de procesión de
los sueños objetivados en que el ser humano se revela a sí
mismo y busca al par su lugar en el universo.
Sin
embargo se ha descubierto, como es sabido, que el contenido
mítico de las religiones es la manifestación
misma del alma, especie de procesión de los sueños
objetivados en que el ser humano se revela a sí mismo
y busca al par su lugar en el universo.
Mas
esta búsqueda del hombre de su lugar en el universo es un
pasar por sus diversas zonas, un transitar en el sentido de
haber de traspasar, unos tras otro, diversos umbrales, lo
que sólo es posible transformándose; transformándose
desde el centro de su ser.
Desprendidos ya de las religiones, con existencia autónoma,
aparecen los grandes géneros de la creación
por la palabra que vienen a ser como pasos de esta procesión
de los sueños, actualización de este irreprimible trascender
del ser humano.
Los sueños tienden a realizarse, es cosa sabida. Puede hacerlo
de dos maneras; es decir, pasando del umbral del sueño a la
vigilia sin sufrir transformación alguna, ocupando
asi violentamente el tiempo con su atemporalidad. Son las
obsesiones que atormentan y que a veces un día se realizan:
delito, crimen a menudo, violencia siempre, y no sólo
en la vida individual sino en la historia. El otro modo en
que los sureños pasan el umbral que los separa de la vigilia
-de la realidad- es realizarse transformándose, "desentrañándose".
Descentrañándose, pues que al fin y en principio todo
sueño es una entraña, un "quantum" de los inferos
del alma, que cuando se realizan poéticamente entran
en el reino de la libertad y del tiempo, el reino donde, sin
violencia, el ser humano se reconoce a sí mismo y se
rescata, dejando, al transformarse, la oscuridad de las entrañas
y conservando su secreto sentido en la claridad.
Se trataría, pues, al pretender conocer un sueño tomando
las cosas elementalmente, no de analizarlo sino de contarlo
simplemente, mas ¿cómo es esto posible? Puede ocurrir
que alguien cuente, sin más, el haber sido rey por
haberse casado con su madre y matado a su padre; puede ocurrir
que alguien cuente el haber soñado ser rey de una ciudad apestada
sin más, y el haber despertado cuando iba a saber el
porqué y el remedio. O más apegado aún
a las entrañas infernales, el haber matado al padre y encontrarse
y a casado con la madre. O sólo
esto último. Ya el contrario tendría una virtud
liberadora, ya eso no se podría hacer ni en sueños.
O quizás, sólo al soñarlo de nuevo en otra forma
alcanzaría el exorcismo. Que exorcismo sería
solamente el simple cuento.
El
origen de la tragedia: Edipo
A un cierto nivel de la aparición de la conciencia
y de la actualización de la libertad en la historia, la tragedia
ya no existe; ha sido superada, se podría decir, y
sin duda que alguien lo habrá dicho.
Y puede que sea así: que la situación específicamente
trágica no se presente ya en su legitimidad; que el
padecer que en otro tiempo servía a la trascendencia
y a la libertad sea nada más que un anómalo
padecer, y hasta una enfermedad rezagada, si es que todas
las enfermedades del "ser" no lo son siempre. Ciertas
religiones, la filosofía desde su nacimiento en Grecia
hasta hace bien poco, épocas enteras de la música
y aun de la poesía, aparecen como habiendo ido más
allá del conocimiento trágico, ese que se adquiere
padeciendo el conflicto hasta apurarlo. Mas este establecerse
"más allá" de lo trágico ha
sucedido casi siempre un tanto apresuradamente, en el afán
de aprovechar el espacio apenas entreabierto de la libertad
y el breve respiro que concede, como sucedió con la
filosofía en Grecia.
El
reconocimiento de la situación trágica, sea
en un autor o en una simple persona que despierta, se da a
un cierto nivel de la libertad, en un despertar de esa libertad
en una conciencia no desarraigada. La conciencia que no ha
roto con el alma, que reconoce sus zonas más infernales,
que no se ha constituido en instrumento de poder sobre la
realidad; que no se ha instalado, pues, en el tiempo sucesivo
exclusivamente destituyendo a las demás manifestaciones
de la temporalidad donde encerradas quedan, como islas a la
deriva o como oscuras condensaciones los sentires que
pueden llegar a ser contenidos de conciencia, oscuros gérmenes
de los sueños, ya que lo privado del tiempo lo está
igualmente de la luz.
El despertar de la conciencia que puede asumir el padecer
trágico no puede darse sino en una conciencia inocente
que precede en su acción a la "conciencia pura"
de la filosofía. El despertar trágico es un
despertar en los infiernos del ser. La conciencia en que este
despertar se enciende, es una conciencia inocente, que no
impone su ley. Es una conciencia mediadora que no teme al
"descendimiento".
Y pues que, aun en la temporalidad hay una escala, resulta
más propio llamarla infratemporalidad, cuando del conflicto
trágico se trata. Porque sucede en principio en los
"inferos" o entrañas del tiempo, que lo encerrado
allí clama, gime, se agita por salir de "allí"
ante todo, según les sucede a todos los condenados.
El término infratemporalidad sugiere un anuncio del
tiempo y el sufrir por su privación.
El contenido del sueño trágico puede no contener un
conflicto determinado, aunque siempre lo estará un
tanto por la situación y circunstancias del individuo
en que se dé. Por eso el sueño de obstaculo
es especialmente privilegiado para reconocer el conflicto
trágico, por la representación de la barrera
que opone la realidad al ser del hombre, por la inexorable
necesidad de atravesarla, por la finalidad que llama a despertar
en la libertad, elementos que denuncian la necesidad de proseguir
el nacimiento inexorablemente.
Pues que nacer es haber de atravesar una envoltura dentro
de la cual el sujeto no puede permanecer y no ya a riesgo
de su vida, sino de su ser. El haber de abandonar un lugar
donde el ser está replegado sobre sí mismo,
sumido en la oscuridad. Nacer, en el sentido primario y en
todos los demás posibles sentidos, es ir a constituirse
en la autonomía del propio ser. Por tanto, afrontar
la luz y lo que en ella sucede: ver y ser visto. Ya que la
luz es el lugar de la suprema exposición para el hombre;
del darse a ver, aun antes que exposición para el hombre;
del darse a ver, aun antes que del ver. El sentirse y saberse
a sí mismo como sujeto del ver, es cosa ya de filósofos:
de gentes que han superados o creen haber superado la tragedia.
Si a Edipo le hubiera sido concedida una segunda vida tras
su purificadora ceguera, no hubiera tenido más camino
que el dedicarse enteramente a mirar según cuentan, de
los primeros filósofos de Grecia, fundadores de la
especie.
El protagonista de tragedia puede alcanzar la visión,
como Antígona que se encuentra en el peldaño más
alto de la escala trágica, víctima de sacrificio
más que protagonista de tragedia.
La zozobra que sufre el protagonista de tragedia proviene
de sentirse visto y aun de tener que darse a ver. En el sueño
correspondiente, por haber salido a un lugar donde le aguarda
la visibilidad. Los sueños de "umbral" en que aparece
un claro espacio vacío no son trágicos, pues
que el vacío es el lugar de la libertad. Y el umbral
a traspasar simboliza el último estadio de la salida
de una situación que fue trágica; su consumación
y la salida a la personal historia.
Toda tragedia poética lleva en su centro un sueño que
se viene arrastrando desde lejos, y que al fin se hace visible.
La visibilidad es la acción propia del autor trágico
y del suelo mismo trágico. Todo en principio está
ahí, en darse a ver. Y por eso es el despliegue, un
solo instante en que se abre el abismo infernal del ser humano,
donde yace aprisionado, en sus propias entrañas. Y así
el protagonista de tragedia está apegado a lo que sucede,
apegado a su sueño. Que sueño es, aunque le suceda en la vigilia.
Le ha pasado algo, una visión. Ha visto algo de lo
que no puede desprenderse. Todo ver es también un suceder.
Al ver algo nos sucede algo, cosa que se olvida en ciertos
momentos de la historia.
Ver
es por sí mismo terrible; la luz en la que vemos se
alumbró con la participación del ser humano.
No hay visión que no implique el aceptar visto, el
comparecer. El hombre sufre la pasión de la luz, y
en ella, viendo, dándose a ver naciendo, se recrea.
En el nacer, el ser se lanza más allá del límite
que envuelve a la situación en que está y de
su horizonte. En el instante de nacer, de los naceres, no
hay horizonte, como no lo hay cuando se traspasa un umbral.
El movimiento consume la visión; se nace siempre ciego.
Mas no fatalmente ciego se nace. La ceguera se establece por
un fallar del ser en ese decisivo instante, por detenerse
en él o por un error de dirección. Adviene,
entonces, la situación trágica, como "fatum";
se crea el círculo mágico.
De esto modo lo vemos en Edipo Rey. Edipo había
de nacer, esta cosa de un instante. No lo logró y quedó
apegado a la placenta oscura, cosa que el autor de su fábula
no pudo figurar sino haciéndose casarse con su madre,
lo que en la realidad de una historia puede, en efecto suceder
y más aun, ser como si sucediera, según el ya
famoso "complejo" de Edipo. Mas, en realidad, se
trata de una inercia; la inhibición de un movimiento
esencial o existencial o esencial-existencial. La inercia
que arrastra, desviando, eso sí, de su dirección
trascendente al "eros".
Y
la falla de un movimiento del ser lleva consigo la consolidación
de la inicial ceguera. Y así Edipo no ve que ha de nacer
ante todo como hombre y no como rey, o como cualquier otra
cosa; como un personaje que encierra con su máscara
al ser del hombre, de la persona en un sueño sin poros, más
hermético aun, que el sueño inicial.
Y así el sueño de un Edipo real podría consistir
simplemente en verse como rey o en ver la figura de un rey
que no lo deja; en una visión que le está pasando
sin cesar, sin permitirle ver ninguna otra. Una enceguecedora
visión.
Los
errores cometidos por el cegado por una visión resultan
fatales, consecuencias de haber nacido de veras. Lo que podrá
suceder, pensamos, con el morir y la muerte.
Nos vemos así frente al nacimiento y la muerte habidos
como hechos fatales, no vividos desde lo íntimo del
ser, según al hombre, el ser que padece su propia trascendencia,
le está exigido.
Actúa entonces la "némesis", vengadora,
implacable, el ser mismo que se venga. La esfinge casi resulta
ser una burla, pues que es la figura del mismo Edipo que en
ella no se reconoce. Y más precisamente, la invitación
a la "anagnórisis" cuando todavía
había algún tiempo.
La
"némesis" es la justicia del ser sin más,
cuando ha sido burlado. Y todo lo que bajo ella sucede es
ciega fatalidad.
"¿Quién
no ha querido matar a su padre?", dice Dostoievsky; todos,
todos los que han fallado al nacer y no se disponen a seguir
naciendo interminablemente.
El matar al padre sucede siempre en la encrucijada. También
en la historia colectiva, cuando empujado fatalmente por la
ineludible necesidad de reformarse, de recrearse en la historia,
el hombre desviaría, soñándose un personaje,
máscara de enceguecido poderío.
No soñó otra cosa, Edipo, que con coronarse, como suele
el mendigo. Pues que el hombre es el mendigo de su propio
ser.
Si soñó Edipo con su madre fue por estar ya dentro
de ella. Uno de esos sueños que trasparentan una situación
real y no un deseo. Una pesadilla del pasado. Y en ese sentido
también está dentro de la madre todo el que
no se desprende del pasado. Puede haber en ello ciertamente
una cierta libidinosidad, el paradójico goce de la
inercia, el apego a la residencia material donde el alma tiende
a asimilarse a la materia. Suprema pasividad en la que sólo
es posible una actividad soñada o como en sueños.
La conciencia del autor trágico recoge el instante
no vivido tal como lo debió ser por el protagonista.
Lo vive por él. Mas, para que el autor llegue a serlo,
tendrá que ofrecer para rescatar ese instante único
tiempo, tiempo en varias de sus dimensiones. Por lo pronto
tiempo sucesivo para trasformar el conflicto en fábula,
o la fábula en historia.
Pues que así como la infratemporalidad que mantenía
encerrados al larvado personaje y a su sueño, se ha abierto
para dejárselo ver al autor, se ha de abrir el tiempo sucesivo
que la conciencia del autor presta. Y más allá
una especie de supratemporalidad propia de la lucidez. Solamente
desde ella la infratemporalidad se hace visible.
En el tiempo sucesivo el caso de Edipo resulta simplemente
monstruoso. Relatándolo en él, viéndolo
en él, como si Edipo hubiera ya nacido y nacido ya,
se condujera así, Edipo deja
de ser el "inocente-culpable" y es sólo un
condenado a muerte según vienen a ser todavía
condenados los inocentes-culpables de hoy.
Sólo desde una estancia superior de la temporalidad,
en que la conciencia presenta lo que capta sin ocupar todo
el tiempo, resulta visible un tal suceso. Desde un tiempo
que asume diferentes planos de la temporalidad sin confundirlos
y sin cancelarlos, sin abstracción ni "epojé"
alguna. Así como supratemporalidad es una unidad que
encierra la multiplicidad de las dimensiones del paso del
tiempo y que permite que haya historia-fábula, y que
recoge en su centro mismo el instante no vivido del nacer,
y los infiernos en que tal criatura queda.
El autor consuma así un sacrificio, como parece sea
necesario en los casos en que alguien, por sí mismo
o por otro, rescata un extravío del ser. Lo que resulta
propio de una conciencia inocente. La conciencia pura de la
filosofía ha cumplido ciertamente algún sacrificio,
que no es cosa de este lugar el señalar. Mas la diferencia
estriba en que la inocencia se cumple, se usa en el sacrificio;
la pureza, se adquiere.
La inocencia en cambio no se adquiere. Hay pues cierta afinidad
entre el autor y el personaje clásico. Se sacrifican
conjuntamente, el uno entregándose a ser visto, el
otro entregándose para ver. En este sentido toda tragedia
es un sacrificio a la luz en que el hombre se recrea. Y de
esa recreación participa el espectador. La luz de la
tragedia es una luz no impasible. Es la luz de la pasión
del hombre; ese ser que ha de seguir naciendo. La luz que
deshace la fatalidad del nacimiento. La que penetra en el
abismo del tiempo. "Heriré con luz tus cárceles
tristes y oscuras", dice Celestina conjurado al Príncipe
infernal.
El
personaje autor: Antígona
Existe una simbiosis entre el autor y el protagonista de la
tragedia a través del tiempo: el autor ofrece el tiempo sucesivo
donde la historia puede desarrollarse; esa historia que se
origina de la pérdida de un instante -error, simple
vacilación- de la abstención, en suma de no
haber hecho el juego preciso, a imagen y semejanza de la caída
o culpa originaria, a partir de la cual la humana historia
comienza. La historia surge de un error inicial. Pero el que
la haya es un don del tiempo que permite el apurar el error
y su rescate. "El tiempo es la paciencia de Dios",
decía Mounier.
En esta simbiosis entre personaje y autor, sucede que el personaje,
según el acercamiento de su inicial sueño a la libertad,
partícipe de la condición del autor y venga
a ser autor de sí mismo, coautor. Es la diferencia
que separa, como a dos especies de personajes dentro de la
tragedia, a Edipo y a Antígona. Cada uno ellos rige
una especie y podría darle nombre. El origen de que
sea así se encuentra en ese movimiento trascendente
que hemos señalado, como el elemento real del sueño creador.
Sueño creador quiere decir tanto el sueño del autor que crea,
como el sueño necesitado de creación. Y sueño necesitado
de creación quiere decir que el personaje necesita
recrearse o ser recreado.
Edipo no llegó a nacer. Antígona tampoco. Mas
de diferente manera. Pues que Antígona cumplió
la acción verdadera. Pero era una muchacha que tenía
su vida propia, y por cumplir la acción que su ser
reclamaba, por ofrecerse más que aceptar la finalidad
que se le tendía no llegó a florecer como mujer.
No sólo la vida sino las nupcias le fueron sustraídas.
Era la encrucijada que se le presentó. O declinaba
su ser, su ser trascendente, o declinaba el cumplimiento de
su femeneidad, en sus vísperas. Para Edipo la cuestión
era la de ser, ser hombre, pues que de ser rey no tenía
obligación, a no ser que este afán de coronarse,
esta superhombría, se considere como fatalidad inherente
de la humana historia. Y entonces, Edipo sería el personaje
que asume la tragedia de tener que ser rey, con todo lo que
ello simboliza, sin haber nacido del todo como hombre; de
tener que ser sabio sumido en la ceguera; de haber de
descubrir
lo que las cosas son, sin saber quién es él
mismo.
Lo que el destino propuso a Antígona fue cumplir una
acción muy simple, rescatar el cadáver de su
hermano, muerto en una guerra civil, para rendirle las honras
fúnebres. Mas para realizarla, tenía que cruzar
un dintel, que era la ley, de una ley de la ciudad, es decir,
del recinto de los vivos. Como una lanzadera de telar fue
lanzada para entretejer vida y muerte. La movía el
amor, no la "orexis", que la hubiera hundido en
uno de esos sueños que poseen toda la vida. Y sueño de la
"líbido" le hubiera desatado el apetito de
la muerte a través de la imagen de su hermana; se hubiera
convertido en una viva muerta, se hubiera quedado fija, como
amortajada. Fue un sueño de amor el suyo, es decir: de conocimiento,
de lucidez que ve su condenación inevitable, su propia
muerte y la acepta, puesta que está situada en el punto
del tiempo en que vida y muerte se conjugan. En un momento
de pura trascendencia en que el ser absorbe en su vida y muerte,
transmutando la una y la otra. Fue la tejedora que en un instante
une los hilos de la vida y de la muerte, los de la culpa y
los de la desconocida justicia, lo que sólo el amor
puede hacer. Fue está su acción; el resto son
las razones que su antagonista le obliga a dar; razones de
amor que incluyen la piedad.
Nació así en una forma pura, recreándose
a sí misma en el sacrificio. Y salva a toda su estirpe
de la remota culpa ancestral que venía arrastrándose
como una pesadilla del ser. Y se desenreda así el enrevesado
hilo de su anómalo nacimiento, simbolizado sin duda
por el cordón con que se estranguló Yocasta.
Podría Antígona ser representada llevando un
hilo entre las manos que, como una araña hilandera, ha extraído
de sus propias entrañas que han dejado de ser laberínticas.
Se ha recreado en una acción, la más trascendente
de todas, un inevitable sacrificio cumplido con la lucidez
en que se unen sueño y vigilia.
Ya que el sacrificio no ha de ser elegido; cuando lo es, la
víctima queda destituida de la inocencia propia de
la condición de víctima auténtica, frente
de fertilidad.
Su
sacrificio, pues, desató el nudo del error o de la
culpa de su padre Edipo, inocente-culpable que fue padre,
pero no autor. Y dejó así el ser autor al hijo,
al mediador. En Antígona se cumple humanamente la pasión
propia del hijo.
En esta clase de sacrificio propia del mediador hay que atravesar
un espacio desierto, una tierra de nadie, campo de batalla
abandonado donde nadie osa poner el pie; hay que transgredir
una ley para que aparezca la nueva ley de la amplia justicia.
Se recela en Antígona su naturaleza femenina en el
modo como cumplió esa su pasión; en su figura
de doncella que va con el cántaro de agua, símbolo
de la virginidad, de una agua contenida que se derramara entera,
sin que se haya vertido antes ni una sola gota. Y así
Antígona es la imagen en la plenitud de su significado
de esa figura tan remota, de la doncella que va y viene con
el cántaro a la fuente; fuente en verdad ella misma,
pues que de ella se derrama la vida sin dispersarse, en forma
trascendente. La vida que da no a un ser humano determinado
sino a la conciencia de todo hombre. Vida que vivifica, libera,
salva.
Arrastra un símbolo lejano y por tanto un sueño; un
sueño sacrificial. La doncella que va y viene a la fuente,
ciertos pueblos aún lo saben, no se casa. Pero no se
pierde. Es la virgen sacrificada que todas las culturas un
día u otro necesitan. Un día u otro, cuando
los hilos de la historia se han enredado, cuando el cauce
amenaza quedarse seco, o en el dintel de la unidad a lograr.
La virgen sacrificada en toda histórica construcción.
Tal Juana de Arco.
Mas para llegar a cumplir el sentido total que la simbólica
figura contiene, Antígona tuvo que llegar a la palabra.
Tuvo que hablar, hacerse conciencia, pensamiento. Y por eso
la inocencia de su perfecta virginidad, no le bastaba. Tuvo
que ser conciencia pura y no sólo inocente. Tuvo que
saber. Llegar a ese saber que se busca, que se abre como el
claro espacio que se ofrece más allá de ciertos
sueños de dintel, símbolo de la libertad. Lo que no
quita que el traspasar el dintel se vaya la vida. Pues esto
no puede ser cambiado por la conciencia pura del autor, por
la palabra. La palabra libera porque revela la verdad de esa
situación, su única salida real. Mas no puede
evitar el pago porque ello sería cambiar la situación.
La palabra del autor le ha sido dado a la protagonista dentro
de los límites de su situación, sin romper el
círculo mágico de su sueño. Trascender no es
romper sino extraer del conflicto una verdad válida
universalmente, necesaria de ser revelada a la conciencia.
El poeta aquí, como el personaje, ha cumplido por entero
su acción trascendente; ha vertido su conciencia intacta
-tiempo, luz- en modo que diríamos transubjetivo. Se
ha convertido, así como Antígona se convirtió
en vida más allá de la muerte. Brota así
la vida de la ciencia, lo que se ha llamado a veces espíritu,
la conciencia viviente.
Sófocles podría haber dicho "Yo soy Antígona",
que no es lo mismo que "Antígona soy yo".
Antígona y él han cumplido la misma acción
en planos diferentes. (*)
(*)
Fuente: María Zambrano,
"Los sueños y la creación literaria", en Los sueños y
las sociedades humanas. Coloquio de Royaumont, Buenos Aires, ed.
Sudamericana, 1964, pp.659-671 (traducción: Luis Echávarri).