Amigos
míos, quiero que consideréis la relación
existente entre el arte y el comercio, utilizando esta última
palabra para expresar lo que corrientemente indica, es decir,
ese sistema de competencia en el mercado que es, en verdad,
la única forma que la mayoría de la gente, en
la actualidad, considera pueda tomar el comercio.
Claro
que así como han habido épocas en la historia
del mundo en que el arte mantenía su supremacía
sobre el comercio, en que el arte era mucho y el comercio,
tal como nosotros entendemos la palabra, era muy poco, ahora,
por el contrario, todos aceptaremos, imagino, que el comercio
se ha convertido en algo de una importancia enorme, y el arte
en algo de muy poca importancia.
Digo
que, en general, se aceptara esa idea, aunque personas diferentes
mantengan opiniones diferentes no sólo respecto a la
bondad o maldad de ello, sino incluso respecto al significado
de decir que el comercio se haya convertido en algo de importancia
suprema y el arte se haya hundido hasta convertirse en asunto
sin importancia.
Permitidme
que os dé mi opinión sobre lo que esto significa,
lo cual me llevará a pediros que consideréis
qué remedios deberán ser aplicados para curar
los males que existen en las relaciones entre arte y comercio.
Os
voy a hablar con toda franqueza. Me parece que la supremacía
del comercio (según entendemos esa palabra) es un mal,
y un mal muy grave: y diría que es un mal sin mezcla
alguna de bien, a no ser por esa extraña continuidad de la
vida que fluye por todos los acontecimientos históricos
y por cuyo medio hasta los mismos males de ciertos períodos
tienden a abolirse por sí mismos.
Porque,
en mi opinión, lo que quiere decir es esto: el mundo
de la civilización moderna en su carrera para ganar
una prosperidad material muy desigualmente repartida, ha suprimido
enteramente el arte popular; o, en otras palabras, la mayor
parte de la población no tiene ninguna participación
en el arte, que, tal como están las cosas, debe ser
conservado en las manos de unos pocos ricos o acomodados que,
podemos decir honradamente, lo necesitan menos, y no más,
que los esforzados trabajadores.
Pero
no es ese todo el mal ni la parte peor de él, porque
la causa de este hambre de arte es que, si bien la gente trabaja
en todo el mundo civilizado con el mismo ardor con que siempre
lo hizo, ha perdido -al perder un arte que estaba hecho por
y para el pueblo- el solaz natural de su trabajo, un solaz
que en otro tiempo tuvieron y que siempre debieron haber tenido,
la oportunidad de expresar a sus semejantes su propio pensamiento
mediante ese mismo esfuerzo, mediante ese trabajo diario que
la naturaleza o la costumbre inveterada -una segunda naturaleza-
de hecho les exige, pero sin que signifique una carga repulsiva
y sin recompensa.
Sin
embargo, debido a una extraña ceguera y a un extraño error
de la civilización de los últimos tiempos, casi
todo el trabajo, ese trabajo del cual alguna parte debiera
haber sido compañero servicial de todos los hombres, ha llegado
a convertirse en una carga tal que todos los hombres, si pudieran,
se liberarían de ella. He dicho que la gente trabaja
no menos laboriosamente que lo hizo en el pasado; pero creo
que debiera haber dicho que trabajan más laboriosamente
aún.
Esas
máquinas maravillosas que en manos de hombres justos
y previsores habrían sido utilizadas para aminorar
el trabajo repulsivo y para conceder placer -o, en otras palabras,
incremento de vida- a la raza humana, han sido usadas, por
el contario, de tal modo que han llevado a los hombres a una
precipitación frenética y a la prisa, y con
ello han destruido todo placer, es decir, toda vida, por todas
partes; en vez de aligerar el esfuerzo de los trabajadores
lo han intensificado, y con ello han añadido más cansancio
aun a la carga que los pobres deben soportar.
Y
no se puede argüir en defensa del sistema de la civilización
moderna que sus solas ganancias materiales o corporales equilibran
la pérdida de placer que ella ha traído al mundo;
porque, como antes sugerí, esas ganancias han sido
divididads tan injustamente que el contraste entre ricos y
pobres se ha visto enormemente intensificado, de modo que
en todos los países civilizados, pero sobre todo en
Inglaterra, se exhibe el terrible espectáculo de dos
pueblos que viven en calles vecinas, en puertas vecinas, pueblos
de la misma sangre, de la misma lengua y que viven, al menos
teóricamente, bajo las mismas leyes y sin embargo,
el uno es civilizado y el otro es incivilizado.
Todo
esto, digo, es resultado del sistema que ha estrangulado el
arte y exaltado el comercio hasta convertirlo en una religión
sagrada; y parecería que está dispuesto, con
esa terrible estupidez que es su característica primordial,
a burlarse del noble consejo de aquel satírico romano,
cambiándole el sentido, y así ahora se nos pide
que, en nombre de la vida, destruyamos la razón de
vivir.
Y
ahora, frente a esa estúpida tiranía, presento
mi reivindicación en nombre del trabajo esclavizado
por el comercio, reivindicación que sé que ninguna
persona con dos dedos de frente podrán tachar de irracional;
pero que si se llevará a cabo implicaría un
cambio tal que derrocaría el comercio, es decir, que
establecería la asociación en lugar de la competencia,
el orden social en vez de la anarquía individualista.
A pesar de todo, he considerado esta reivindicación
a la luz de la historia y de mi propia conciencia y me parece
que, considerada de ese modo, es una reivindicación
muy justa y que resistirse a ella quiere decir, ni más
ni menos, negar toda esperanza a la civilización.
Esta
es, pues, mi reivindicación:
Es
justo y necesario que todo hombre trabaje en algo que valga
la pena, que sea agradable de hacer por sí mismo y
que se realice bajo unas condiciones que no hagan la tarea
ni excesivamente fastidiosa ni excesivamente angustiosa.
Por
más vueltas que se le dé a esa reivindicación,
por más que piense en ella, no puedo encontrar que
sea una petición descabellada; sin embargo, repito
que si la sociedad la admitiera (o pudiera admitirla) la faz
del mundo cambiaría; el descontento, la lucha y la
deshonestidad terminarían. ¡Sentir que estamos realizando
un trabajo útil para los demás y agradable para
nosotros, y que ese trabajo y su debida recompensa nunca nos
faltarán! ¿Qué grave perjuicio podría
ocurrirnos en tales circunstancias? Y el precio que deberíamos
pagar para dar al mundo esa felicidad sería la revolución:
socialismo en vez de laissez faire.
¿Cómo
podemos nosotros, las clases medias, ayudar a que se realice
ese estado de cosas, esa situación que sería,
en la mayor medida posible, lo contrario del estado de cosas
actual?
Lo
contrario, ni más ni menos. Porque, en primer lugar,
el trabajo debe valer la pena: ¡Pensad en el cambio que ello
implicaría en el mundo! Os digo que me siento aterrado
al pensar en la inmensidad del trabajo que se lleva a cabo
con el único objetivo de hacer cosas inútiles.
Para
cualquiera de nosotros lo bastante fuerte para pasear por
dos o tres calles principales de Londres, sería un
día de trabajo instructivo anotar con detalle todo
lo que se exhibe en los escaparates que resulta embarazoso
o superfluo en la vida diaria de un hombre sensato. Más
aún, la mayoría de esas cosas no hay nadie que
las quiera en absoluto, sensato o insensato; tan solo una
estúpida costumbre hace que hasta aquellos de mente
más ligera supongan que las quieren, e incluso para
muchos que las compran se convierten en auténticos
estorbos para el trabajo, para el pensamiento y para el placer.
Pero os ruego que penséis en la enorme cantidad de
hombres que se ocupan de esos miserables cachivaches, desde
los ingenieros que han tenido que hacer las máquinas
para elaborarlos, hasta los míseros escribientes que
pasan el día sentados, año tras año, en las horribles
cuevas en que se lleva a cabo todo el intercambio, y los vendedores
que los venden al por menor entre un sinfín de insultos
que deberán escuchar sin ofenderse; y el público
ocioso que no los quiere, pero que los compra para aburrirse
y hartarse totalmente de ellos.
Estoy
hablando de las cosas meramente inútiles; pero hay
otros objetos que no sólo son totalmente inútiles,
sino que son activamente destructivos y venenosos y obtienen
buen precio en el mercado; por ejemplo, la comida y bebida
adulteradas. Es ingente el número de esclavos que el
comercio competitivo emplea para producir ruindades semejantes.
Pero también a gran distancia de ello existe una enorme
masa de trabajo que se desperdicia, simple y llanamente; muchos
miles de hombres y de mujeres que no hacen nada, con esfuerzo
terrible e inhumano que aniquila sus almas y acorta su misma
vida animal.
Todos
estos son esclavos de lo que se llama el lujo, que en el sentido
moderno de la palabra comprende una masa de riqueza falsa,
invento del comercio competitivo y que esclaviza no sólo
a los pobres que están obligados a trabajar en su producción,
sino también a los desventurados y bastante infelices
que las compran para atormentarse con su estorbo.
Ahora
bien, si queremos que exista el arte popular o simplemente
el arte del tipo que sea, debemos liberarnos de una vez por
todas de esos lujos; son los sustitutos, los falsarios del
arte; y tanto es así que los que no conocen nada mejor
han llegado a considerarlo arte, solaz divino del trabajo
humano, emoción en la dura práctica diaria del
difícil arte de vivir.
Pero
digo que el arte no puede vivir en esta situación ni
en ella puede haber estimación propia. El afeminamiento
y la brutalidad son sus compañeros, a ambos lados. Y somos
ante todo nosotros, las clases acomodadas, quienes debemos
librarnos de todo ello si deseamos seriamente ese nuevo nacimiento
del arte; y si no, entonces la corrupción está
excavando ya una terrible fosa de perdición para la
sociedad, de la cual podrá, ciertamente surgir tal
vez ese nuevo nacimiento, pero con toda certeza lo hará
entre el terror, la violencia y la miseria.
En
realidad, ya sería algo que valdría la pena
con tal de que nos desembarazara, a la gente acomodada, de
esta montaña de escombros, de las cosas que todos sabemos
que no tienen ninguna utilidad; los mismos capitalistas saben
bien que no existe una demanda genuina y sana de ellas, y
están obligados a ponerlas a hurtadillas en manos del
público, avivando un deseo febril de excitación
barata, cuya muestra externa se conoce con el nombre convencional
de moda, un monstruo extraño nacido en la vacuidad de la vida
de los ricos y de la ambición del comercio competitivo
por sacar el mayor partido posible de la gran masa de trabajadores
a los que adiestra, como menos instrumentos, para lo que se
llamará "hacer dinero".
No
creais que es poca cosa resistir a ese monstruo de locura;
pensar por vuestra propia cuenta en lo que realmente deseais,
no sólo os convertirá en hombres y mujeres,
sino que también os puede llevar a pensar en los deseos
auténticos de los demás, puesto que pronto encontraréis,
cuando lleguéis a conocer una obra de arte, que el
trabajo de esclavos es indeseable.
Y
aquí, además, se encuentra al menos un pequeño
signo por el cual podemos distinguir entre un pingajo de la
moda y una obra de arte: mientras que los juguetes de la moda,
al perder el brillo, pierden en realidad todo valor, incluso
para los frívolos, una obra de arte, por humilde que
sea, siempre permanece; nunca nos cansamos de ella; mientras
quede un fragmento, será valiosa e instructiva para
cada nueva generación. Todas las obras de arte, en
resumen, tienen la propiedad de hacerse venerables en medio
de ruinas; y es razonable que así sea, porque desde
el principio existió en ellas un alma, el pensamiento
del hombre, que se hace visible mientras existe el cuerpo
en el que fue injertada.
Y
esta última frase me lleva a considerar el otro aspecto
de la necesidad de que el trabajo se ocupe solamente de hacer
objetos que valga la pena hacer. Hasta ahora hemos estado
pensando en ello solamente desde el punto de vista del usuario;
claro que, incluso considerado de ese modo, ya tenía
bastante importancia; sin embargo, desde el otro punto de
vista, desde el del productor, tiene aún mayor importancia.
Porque
repito que, al comprar estas cosas, ¡son vidas humanas lo
que compráis!
¿Seréis
partícipes, debido tan sólo a la locura e irreflexión,
del crimen que cometen quienes obligan a sus hermanos a trabajar
inútilmente?
Porque
cuando dije que era necesario que todas las cosas que se fabricaran
valieran la pena, planteé esa reivindicación
principalmente en nombre del trabajo, puesto que el despilfarro
de hacer objetos inútiles aflige doblemente al trabajador.
Como parte del público, se ve forzado a comprarlos,
y la mayor parte de su mísero jornal es absorbida por
una especie de sistema universal de trueque; como productor,
está forzado a hacerlo; y, así a perder el mismo
fundamento de ese placer en el trabajo diario que es su derecho
de nacimiento; está obligado a trabajar sin alegría
fabricando el veneno que el sistema de trueque le obliga a
comprar. Así que ese ingente número de hombres
que se ven obligados por la locura y por la avaricia a fabricar
cosas dañinas e inútiles, es sacrificado a la sociedad.
Mantengo que esto sería terrible e insoportable, aunque
se sacrificara por el bien de la sociedad, si fuera posible;
pero si se sacrifican, no por el bienestar de la sociedad,
sino por su capricho, para aumentar su degradación,
¿qué aspecto tendrán entonces el lujo y la moda?
Por una parte, despilfarro ruinoso y agotador que nos lleva
de corrupción en corrupción hasta terminar en
un cinismo completo y en la desintegración de toda
sociedad; por otra parte, opresión implacable que destruye
todo placer y toda esperanza de vida y que lleva.... ¿hacia
dónde?
He
aquí, pues, una tarea para nosotros, las clases medias,
antes de poder alisar el terreno para el nuevo nacimiento
del arte, antes de poder limpiar nuestras propias conciencias
de la culpa de esclavizar a los hombres mediante el trabajo.
Algo es; y, si pudiéramos hacerlo, tal vez eso solo
sería suficiente y de ahí se derivarían
todos los otros cambios saludables; pero, ¿podemos hacerlo?
¿Podemos escapar de la corrupción de esta sociedad
que nos amenaza? ¿Podemos nosotros, las clases medias, regenerarnos
a nosotros mismos?
A
primera vista se diría que un conjunto humano tan poderoso
que ha levantado ese edificio gigantesco del comercio moderno,
cuya ciencia, inventiva y energía ha subyugado las
fuerzas de la naturaleza para hacerlas servir a sus propósitos
cotidianos, y que guía la organización que mantiene
subyugados esos poderes naturales de un modo casi milagroso;
a primera vista se diría, sin miedo a equivocarse,
que un grupo de hombres opulentos tan considerable podría
hacer todo lo que quisiese.
Y,
sin embargo, lo dudo; su propia creación, ese comercio
del que está tan orgulloso, se ha convertido en su
amo; y todo lo que nosotros, las clases acomodadas -algunos
con júbilo triunfante; otros con satisfacción
estúpida, y algunos con tristeza de corazón-,
estamos obligados a admitir es que el comercio no fue hecho
para el hombre sino que el hombre fue hecho para el comercio.
Por
todas partes estamos obligados a admitirlo. En la clase media
inglesa actual, por ejemplo, se encuentran hombres de altas
aspiraciones artísticas y de voluntad decidida, hombres
que están profundamente convencidos de la necesidad
de que la civilización rodee de belleza las vidas humanas;
y muchos hombres de menor importancia, miles de ellos, me
consta, refinados y cultivados, les siguen y alaban sus opiniones;
pero tanto los dirigentes como los dirigidos son incapaces
de salvar ni siquiera a media docena de hombres del pueblo
de las garras del comercio inexorable; se hallan tan indefensos,
pese a su cultura y a su talento, como si fueran todos ellos
simples zapateros sobrecargados de trabajo; menos afortunados
que el rey Midas, nuestros verdes campos y nuestras aguas
claras e incluso el mismo aire que respiramos, se han convertido,
no en oro (lo cual tal vez nos hubiera gustado a algunos durante
cierto tiempo), sino en polvo; y, para hablar sin tapujos,
sabemos con toda certeza que no es sólo que bajo este
evangelio actual del capital no haya esperanza alguna de mejora,
sino que las cosas empeoran de año en año, de día en
día. Comamos y bebamos, que mañana moriremos sofocados
por la suciedad.
Dejadme
que os ofrezca un ejemplo directo de la esclavitud del comercio
competitivo en que vivimos nosotros, desventurados miembros
de la clase media. Os he exhortado a dejar a un lado los lujos,
a que os desnudéis de estorbos innecesarios, a la simplificación
de la vida, y creo que estaréis totalmente de acuerdo
conmigo en ello. Bien, he pensado muchas veces que una de
las circunstancias más hirientes que se engarzan en
nuestro sistema de clases actual es la relación que
existe entre nosotros, los ricos, y nuestros criados; nosotros
y nuestros criados vivimos juntos bajo el mismo techo, pero
somos casi totalmente extraños los unos a los otros, pese
a la afabilidad y buenos sentimientos que a menudo existen
por ambas partes; no, extraños es una palabra suave; aunque
seamos de la misma sangre y estemos ligados por las mismas
leyes, vivimos juntos como personas de tribus diferentes.
Ahora pensad en las consecuencias que ello tiene en el trabajo
doméstico ordinario de cada día en un hogar
y en si cabe la posibilidad de simplificar nuestras vidas
mientras tal sistema perdure. Para no ir más lejos,
las que seáis amas de casa sabéis muy bien (como
me ocurre a mí, puesto que he aprendido el arte útil
de hacer la comida) en qué manera se simplificaría
el trabajo diario si las comidas más importantes pudieran
tomarse en común; si no existiera doble comida, una
en el piso principal y otra debajo. Y, evidentemente, nosotros,
que pertenecemos a un siglo amante de la educación,
no podemos ignorar el valor educativo que tendría para
los miembros menos refinados de un hogar reunirse con los
más refinados, una vez al día por lo menos;
observar los modales elegantes de las señoras bien educadas,
participar en la conversación de hombres de cultura
y de viajes, de hombres de acción y de imaginación;
creedme que aventajaría en mucho a la enseñanza primaria.
Más
aún, este asunto se relaciona con nuestro tema del
arte: porque observad, como muestras de esa estupidez de nuestra
civilización de pacotilla, que nuestros hogares acomodados
están obligados a ser estúpidas madrigueras
de conejos en vez de estar planeados según el antiguo
sistema racional utilizado desde la época de Homero
hasta pasados los tiempos de Chaucer; una gran sala, digamos,
y unas cuantas habitaciones unidas a ella para dormir o en
las que encerrarse. No es extraño que nuestras casas sean
complicadas e innobles, porque las vidas que en ellas se viven
son también complicadas e innobles.
En
ese caso, ¿por qué los que hemos pensado en ello, pues
estoy seguro de que muchos de nosotros lo hemos hecho, no
cambiamos esta costumbre mezquina y vulgar, simplificando
nuestras vidas con ello y educando a nuestros amigos, a cuyos
esfuerzos debemos tantas comodidades? ¿Por qué vosotros
-y yo- no os ponéis a hacerlo mañana mismo?
Porque no podemos; porque nuestros siervos no lo aceptarían,
sabiendo, como sabemos nosotros, que ambas partes serían,
con ello, más desgraciadas. ¡La civilización
del siglo XIX prohibe compartir el refinamiento de un hogar
a sus miembros!
Así
que, ya lo véis, si nosotros, la clase media pertenecemos
a un pueblo poderoso -lo cual, en buena fe, es cierto-, no
hacemos más que representar un papel que ya se ha interpretado
muchas veces en la historia mundial; somos grandes, pero desdichados;
somos gente importante y digna, pero moralmente aburrida;
hemos comprado nuestro poder al precio de nuestra libertad
y de nuestro placer.
De
modo que, en respuesta a la pregunta de si podemos alejar
de nosotros los lujos y vivir vidas sencillas y decentes,
digo que sólo podremos cuanto estemos libres de la
esclavitud del comercio competitivo; antes no.
Con
certeza algunos de vosotros deseáis ser libres, habéis
sido educados y sois refinados, y vivificasteis vuestra percepción
de la belleza y del orden sólo para que pudiera ser
sacudida y lesionada en todo momento por la brutalidad del
comercio competitivo; habéis sido tan perseguidos y
acosados por el que, aunque gocéis de buena posición,
incluso aunque quizás seáis ricos, no tenéis
ahora nada que perder de la revolución social; el amor
al arte, es decir, al placer auténtico de la vida,
os ha llevado a tal punto que debéis compartir vuestra
suerte con la de los esclavos asalariados del comercio competitivo;
vosotros y ellos debéis ayudaros los unos a los otros,
y tener una esperanza en común; de lo contrario, vosotros,
en cualquier caso, viviréis y moriréis sin esperanza
y sin ayuda. A vosotros, que deseáis ser liberados
de la opresión de los buscones del dinero, os digo:
¡Esperad el día en que seréis obligados a ser
libres!
Mientras
tanto, si por otro lado esa opresión apenas nos ha
dejado algún trabajo que valga la pena hacer, una cosa
al menos queda por la que luchar; la elevación del
nivel de vida en aquellos casos en que se encuentra en su
punto más bajo o en un punto bajo; eso pondrá
alguna traba al comercio competitivo triunfante.
Y
no puedo concebir nada que tenga más probabilidades
de elevar el nivel de vida que la labor de convencer a algunos
millares de personas que viven de su esfuerzo, de la necesidad
que tienen de apoyar la segunda parte de la reivindicación
que he hecho en nombre del trabajo, es decir, que el trabajo
sea agradable de por sí. Si pudiéramos simplemente
convencerles de que esa extraña revolución del trabajo
sería de beneficios infinitos no sólo para ellos,
sino para todos los hombres, de que es tan perfectamente justo
y natural que lo contrario, es decir, que la mayor parte del
trabajo humano resulte penoso, es una mera monstruosidad de
estos últimos tiempos, que debe, a largo plazo, acarrear
ruina y confusión a la sociedad que lo permite; si
tan solo pudiéramos convencerles, en ese caso, en efecto,
existiría la oportunidad de que la frase arte del pueblo
fuera algo más que meras palabras.
A
primera vista, sin duda alguna, podrá parecer imposible
conseguir que hombres nacidos bajo el actual sistema del comercio
entiendan que el trabajo pueda ser para ellos una bendición;
no en el sentido con que a veces les predican esa idea aquellos
cuyo trabajo es ligero y de facil evasión; tampoco
como una tarea necesaria que la naturaleza impone a los pobres
en beneficio de los ricos; tampoco sólo como un opio
que atonte su sentido del bien y del mal, que les haga estar
sentados, sin protestar, bajo sus cargas, hasta el fin del
tiempo, bendiciendo al señor y a su familia: podrían
entender con bastante facilidad todas estas cosas, y algunas
veces las escucharían con cierta muestra de complacencia,
al menos en caso de pensar que pudieran sacar algo de nosotros
con ello. Pero la doctrina auténtica de que el trabajo
debe ser una bendición real y tangible, en sí
misma, para el trabajador, un placer incluso como ahora lo
son el sueño y las bebidas fuertes, podrá parecer muy
difícil de entender, siendo, como es, tan diferente
de todo lo que han encontrado que es el trabajo.
Sin
embargo, aunque la mayor parte del trabajo humano se soporta
solamente como se soporta un mal necesario (la enfermedad,
por ejemplo, mi experiencia al respecto es que, bien sea debido
a un cierto carácter sagrado del trabajo manual que
se injerta en él, incluso bajo las peores circunstancias,
o bien porque el pobre, llevado por la necesidad a tratar
de cosas terriblemente reales, cuando piensa -si es que lo
hace- en tales asuntos lo hace menos convencionalmente que
los ricos; sea lo que fuere, mi experiencia al respecto es
que el trabajador encuentra más fácil de entender
la doctrina de la reivindicación del placer en el trabajo
que puedan encontrarlo los ricos o los de clase acomodada.
Dejando aparte cualquier palabra trivial que pueda añadir,
me ha sorprendido encontrar, por ejemplo, en públicos
de la clase trabajadora una admiración tan apasionada
hacia John Ruskin; pueden verlo como profeta, más que
como el retórico fantástico que descubren en
él los públicos de mayor finura.
Es
esto un buen augurio, me parece, de la educación de
los tiempos venideros. Pero nosotros, a veces tan teñidos
de cinismo, debido a nuestro desamparo en el mundo repugnante
que nos rodea y nos oprime, ¿no podemos acaso levantar nuestras
propias esperanzas, de algún modo, hasta el punto de
pensar que la esperanza que pueda aún brillar en los
millones de esclavos del comercio es algo mejor que una mera
ilusión, que una falsa aurora de una noche encapotada
contra la que solo lucha la luna? Recordemos que aun quedan
en el mundo monumentos que nos muestran que no siempre fue
todo el trabajo humano un pesar y una carga para los hombres.
Pensemos en la hermosa y señorial arquitectura, por ejemplo,
de la Europa medieval: en los edificios levantados antes de
que el comercio hubiera puesto la piedra cimera del edificio
de la tiranía al descubrir que la fantasía,
la imaginación, el sentimiento, la alegría de
la creación y la esperanza de un renombre justo son
mercancías demasiado preciosas para que puedan comprarlas
hombres sin dinero, simples artesanos y jornaleros. Recordemos
que hubo un tiempo en que los hombres hallaban un placer en
su trabajo diario, pero, sin embargo, respecto a otros asuntos
ansiaban la luz y la libertad incluso tanto como ahora se
desean: su tenue esperanza se hacia cada vez más brillante
y veían que se iba acercando de día en día
su realización aparente, y la contemplaban con tanta
ansiedad que no se dieron cuenta de que el enemigo que siempre
acecha, la opresión, había cambiado de forma
y les estaba robando lo que ya habían conseguido en
aquellos días en que la luz de su nueva esperanza no
era sino débil destello; de este modo perdieron su
vieja ganancia, y a falta de ella, esa nueva ganancia les
fue cambiada y desperdiciada y se convirtió en algo
que no era mucho mejor que lo que habían perdido.
Entre
los días que ahora transcurren y el final de la Edad
Media, Europa ha ganado libertad de pensamiento, aumento de
conocimientos y gran talento para tratar con las fuerzas materiales
de la naturaleza; junto con todo ello, una relativa libertad
política y un respeto hacia las vidas de los hombres
civilizados, y otros logros que acompañan a todo ello; sin
embargo, digo deliberadamente que si la situación actual
de la sociedad continua, ella ha comprado esas ganancias a
un precio demasiado alto; la pérdida del placer del
trabajo diario que en otro tiempo proporcionó auténtico
solaz en los temores y opresiones de una masa de hombres:
la muerte del arte fue un precio demasiado alto que tuvimos
que pagar a cambio de la prosperidad material de las clases
medias.
Doloroso
fue, ciertamente, que no pudiéramos mantener nuestras
manos llenas, que nos viéramos obligados a derramar
con una mientras recogíamos con la otra; sin embargo,
en mi opinión, aun es más grave ser inconscientes
de la pérdida o, siendo escasamente conscientes de
ella, tener que forzarnos a olvidarla y a proclamar en alta
voz que todo va bien.
Porque,
aunque todo no vaya bien, sé que la naturaleza humana
no ha cambiado en tanto en tres siglos que nos permita decir
a todos los milenos que les precedieron: "Os equivocasteis
al amar el arte; ahora hemos descubierto que lo que todos
los hombres necesitan es alimentos, ropas y cobijo, y un barniz
de conocimientos sobre la forma material del universo. La
creación no es ya una necesidad del alma humana; la
mano derecha bien puede olvidar su instinto; el hombre no
empeorara por ello.
Trescientos
años, un día en el transcurso del tiempo, no han cambiado
la naturaleza del hombre irremisiblemente, podéis estar
seguros; un día recobraremos el arte, es decir, el
placer de la vida; devolveremos el arte a nuestro trabajo
diario: ¿Dónde está, pues, la esperanza?, "nos
podéis decir, "Mostradnosla".
La
esperanza se encuentra precisamente en el mismo lugar en que la esperanza
antigua nos defraudo. Abandonamos el arte por lo que creiamos ser luz y
libertad, pero lo que compramos no fue, ni mucho menos, luz ni libertad: la luz
mostro muchas cosas a que los de clase acomodada que se tomaron la molestia de
buscarlas; la libertad dio a la clase media muchas posibilidades, si se
preocupaban de utilizar esa libertad; pero estos eran, en el mejor de los casos,
pocos; a la mayoria de los hombres la luz les mostro que ya no necesitaban andar
en busca de una esperanza y que la libertad habia otorgado a la mayoria de los
hombres la libertad de aceptar, con un suelo miserable, el trabajo de esclavos
que se hallara mas cercano o, por el contrario, verse obligados a morir de
hambre.
Ahi
esta nuestra esperanza, os digo. Si el trato hubiera sido realmente justo,
totalmente completo, entonces lo unico que se podria hacer es enterrar el arte y
olvidar la belleza de la vida; pero ahora la causa del arte puede apelar a algo
mas: nada menos que a la esperanza que la gente tiene en la vida feliz que aun
no se les ha concedido. Ahi esta nuestra esperanza: la causa del arte es la
causa del pueblo.
Pensad
en un momento historico, ¡y vuestra esperanza despertara! Hubo un tiempo en que
el poder de Roma abarcaba, en abrazo envenenado, todo el mundo de la
civilizacion. Todos los hombres -incluso los mejores, podeis ver en los mismos
evangelios- pensaban que ese imperio estaba llamado a durar eternamente: los que
en el vivian no podian imaginar que existiera en el mundo, fuera de el, nada
digno de consideracion; pero los dias pasaron, y aunque nadie advirtiera los
presagios del cambio que se avecinaba, el cambio, sin embargo, llego, como llega
un ladron en la noche, y los barbaros, ese mundo que se extendia fuera del
dominio de Roma, cayeron sobre ella; y los hombres, ciegos de terror, lamentaron
el cambio y consideraron que el mundo habia sido destrozado por la furia del
Norte.
Pero
incluso esa furia trajo consigo ciertas cosas totalmente extrañas a Roma y que
en otro tiempo habian sido el alimento que nutriera sus glorias: odio a la
mentira, desprecio a las riquezas, menosprecio hacia la muerte, fe en la
reputacion honrada obtenida por el esfuerzo tenaz, amor honorable hacia las
mujeres...., todas esas cosas trajo consigo la furia del Norte, como el torrente
de la montaña transporta el oro, y asi Roma se hundio y surgio Europa y la
esperanza del mundo renacio.
Para
un espiritu sensible, esta historia del pasado servira de parabola de los dias
que han de venir, del cambio que se nos avecina, ahora oculto en el seno de los
barbaros de la civilizacion, del proletariado; y a nosotros, las clases medias,
sosten del sistema poderoso y monstruoso del comercio competitivo, atañe
limpiar nuestras almas de avaricia y de cobardia y enfrentarnos con ese cambio
que, otra vez, esta en el camino; comprender la bondad y la esperanza que trae
consigo, pese a todas las amenazas de violencia, pese a toda esa repugnancia,
que no engendro el, sino que fue engendrado por el mismo sistema que esta
llamado a destruir.
Quiero
decir, una vez mas, que la mejor esperanza que tenemos nosotros, las personas
acomodadas, los que amamos el arte, no como un juguete, sino como algo necesario
para la vida del hombre, como muestra de su libertad y de su felicidad, es la de
elevar el nivel de vida del pueblo; o, en otras palabras, conseguir la
reivindicacion que plantee en nombre del trabajo y que ahora expondre de modo
diferente, para que intentemos ver cual es el obstaculo mayor que nos impide
hacer que esa reivindicacion se cumpla y cuales son los enemigos que debemos
atacar. Asi que voy a exponer de nuevo esa reivindicacion:
El
trabajo humano no debera producir nada que no valga la pena, y ese trabajo no
debera ser degradante para los trabajadores.
Por
sencilla que parezca esta proposicion, y creo que os debe parecer tan cierta
como me parece a mi, al meditar sobre este asunto vereis que es una amenaza de
muerte directa contra el sistema actual de trabajo de los paises civilizados.
Este sistema, que he llamado comercio competitivo, es claramente un sistema de
guerra; es decir, de despilfarro y de destruccion; o, si quereis, un juego de
tahures, cuyas reglas son que todo lo que un hombre puede ganara bajo ese
sistema lo gana a costa de lo que otro pierde. Tal sistema no presta atencion
-ni puede prestarla- al problema de si vale o no la pena fabricar ciertos
objetos; ni le preocupa una cosa, y una cosa sola, es decir, lo que llama
obtener un beneficio, palabra que ha llegado a ser usada tan convencionalmente
que debo explicaros lo que realmente significa, y es esto: ¡el despojo del
debil por el fuerte! Y quiero añadir que este sistema es, por su propia
naturaleza, destructor del arte, es decir, destructor de la felicidad de la
vida. Toda consideracion que pueda existir por la vida del pueblo en la
actualidad, todo lo que se haga que tenga algun valor, se hace pese al sistema y
en contra de sus maximas; y es muy cierto que todos nosotros, al menos
tacitamente, admitimos que se opone a las aspiraciones mas altas de la
humanidad.
¿Es
que acaso no sabemos como trabajan esos hombres de talento que son la sal de al
tierra, sin los cuales la corrupcion de la sociedad hace ya tiempo hubiera
llegado a hacerse insoportable? Los poetas, los artistas, los cientificos, ¿no
es cierto que en sus dias jovenes y gloriosos, cuando alcanzan el cenit de su fe
y de su entusiasmo, se ven constantemente frustrados por la guerra comercial con
su ironica pregunta: "¿Dara dinero?". ¿No es cierto que cuando
comienzan a obtener exito mundial, cuando se hacen relativamente ricos, pese a
nosotros, nos aparecen como tiznados por sus corrompidos contactos con el mundo
comercial?
¿Necesito
hablaros de los grandes proyectos arrinconados, de cosas cuya ejecucion es
tremendamente necesaria -asi lo confiesan todos los hombres-, pero que nadie
puede decididamente poner en marcha debido a la falta de dinero? Por el
contrario, si se trata de crear o de estimular algun capricho vano en la mente
del publico, y si para satisfacerlo se obtiene algun beneficio, el dinero
llovera a toneladas.
Y
aun hay mas: bien sabeis que es muy vieja la historia de las guerras que
engendra el comercio en busqueda de nuevos mercados, que ni los estadistas mas
pacificos pueden resistir; es una vieja historia, pero parece eternamente nueva,
y ahora se ha convertido en una especie de broma siniestra, de la cual, si
pudiera evitarlo, no reiria, y sin embargo, me veo obligado a hacerlo desde mi
alma repleta de ira.
Pues
bien, ¿que ha hecho por nosotros todo ese dominio sobre los poderes de la
naturaleza que hemos conseguido en los ultimos cien años, o en menos tiempo
aun, bajo el sistema actual? En opinion de John Stuart MIll, era dudoso que
todos los inventos mecanicos de la epoca moderna hubieran hecho algo para
aligerar la carga del trabajo; y tened la certeza de que no fueron hechos con
aquel objetivo, sino con el de obtener un beneficio. Esas maquinas casi
milagrosas que, de haber sido tratadas con prevision ordenada, pudieran ahora ya
estar extinguiendo a pasos agigantados todo el trabajo fastidioso e insensato,
dandonos la libertad de elevar en nuestros trabajadores el nivel de habilidad
manual y de energia de mente y producir de nuevo la belleza y el orden, que solo
pueden producir manos humanas guiadas por su espiritu, ¿Que es lo que en
realidad han hecho por nosotros? El mundo civilizado esta muy orgulloso de sus
maquinas, si, pero, ¿Tiene algun derecho a estar orgulloso del uso a que han
sido destinadas por la guerra y el despilfarro comercial?
Me
parece que no existe en ello motivo de jubilo: la guerra comercial ha obtenido
un beneficio de estas maravillas; es decir, por sus medios ha engendrado
millones de trabajadores infelices, maquinas sin inteligencia en lo que respecta
a su trabajo diario, para obtener mano de obra barata, para mantener su juego
apasionante, pero asesino, eternamente. Y es cierto que esa mano de obra hubiera
sido tremendamente barata -barata para los generales de la guerra comercial, y
mortalmente cara para el resto de nosotros- a no ser por las semillas de
libertad que unos hombres valientes sembraron hace algun tiempo entre nosotros y
que estan brotando en nuestros propios dias en forma de cartismo, sindicalismo y
socialismo, en defensa del orden y de una vida decente. Nuestra propia
esclavitud hubiera sido terrible -no solo la de las clases trabajadoras- a no
ser por esos germenes del cambio que debe acontecer.
Incluso
tal como estan las cosas, mediante ese amontonamiento de los
obreros de las maquinas y de sus acolitos en las grandes ciudades
y en los distritos industriales, ha mantenido nuestras vidas
por los suelos y las mantiene por los suelos, a un nivel de
vida miserablemente bajo; tan bajo, que cualquier plan de
mejora llega a ser dificil de imaginar. Por los medios de
comunicacion rapidos que ha creado, y que debieran haber elevado
el nivel de vida al esparcir el conocimiento desde las ciudades
al campo y al crear en todas partes centros modestos de libertad
de pensamiento y de habitos culturales, por el ferrocarril
y lo que se le parezca, ha enganchado nuevos reclutas al ejercito
de reserva de competidores indigentes, del cual dependen en
gran manera las ganancias de la especulacion, desnudando al
campo de su poblacion y extinguiendo toda esperanza razonable
y toda vida en las ciudades pequeñas.
Como
artista, no puedo dejar de pensar, ni relegar a un ultimo
termino, en las consecuencias externas que nos ha acarreado
este gobierno de la anarquia miserable que es la guerra comercial.
Pensad en la ulcera de Londres, que se agranda, que devora
de modo repugnante campos y bosques y brezales, despiadada
y desesperadamente, burlandose de nuestros debiles esfuerzos
para atajar algunos de sus males menores, y los cielos cargados
de humos, los rios infectos; pensad en el horror sombrio y
en la indiferente suciedad de nuestros distritos industriales,
tan terrible para los sentidos desacostumbrados a ello que
llega a ser siniestro para el futuro de la raza el que haya
hombres que puedan vivir sumidos en ella y manteniendo el
buen humor; aun hay mas; pensad en el mismo campo abierto
en el que, para sustituirlas por miserables edificios de ladrillo
y pizarra construidos apresuradamente, se echan a un lado
esas viviendas solidas y grises que aun se encuentran esparcidas
a nuestro alrededor, emblemas apropiados, debido a su sencillez
alegre y bella, de los campesinos libres del campo ingles,
cuya destruccion a manos de la entonces joven guerra comercial
lamentaron tan conmovedoramente el magnanimo More y el valeroso
Latimer. Por todas partes, en resumen, un cambio de lo viejo
a lo nuevo implica, aun dudando de todo lo demas, una certeza:
el empeoramiento del aspecto del pais.
Esta
es la situacion de Inglaterra: si, de Inglaterra, pais del orden, de la paz y de
la estabilidad, pais del sentido comun y del pragmatismo, pais al que se dirigen
las miradas de todos aquellos que esperan que el progreso moderno continue y se
perfeccione. Hay paises europeos cuyo aspecto exterior no esta tan arruinado,
aunque tengan tal vez menos prosperidad material, aunque la riqueza de la clase
media este menos extendida para asi equilibrar la miseria y la desgracia que
antes mencione; pero si esos paises son miembros del gran complot comercial
tendran que pasar por la misma puerta, a no ser que ocurra algo que detenga la
marcha triunfal de la guerra comercial antes de que llegue a su fin.
Eso
es lo que nos han legado tres siglos de comercio, la esperanza que surgio cuando
el feudalismo comenzaba a hacerse pedazos. ¿Que podra darnos el amanecer de una
nueva esperanza? ¿Acaso podra ser algo distinto a una revuelta general contra
la tirania de la guerra comercial? Los paliativos de que muchas personas de
valor se ocupan son, en estos momentos, completamente inutiles, porque tan solo
son revueltas parciales, desorganizadas, contra una organizacion vasta,
insaciable, que recibira todo intento de mejorar la condicion de la vida de la
gente con un nuevo ataque; nuevas maquinas, nuevos mercados, emigracion masiva,
renacimiento de supersticiones rastreras, predica del ahorro a gentes que
carecen de todo, de templanza a los miserables; cosas de este tipo frustraran en
toda ocasion las revueltas parciales contra ese monstruo que nosotros, las
clases medias, hemos creado para nuestra propia destruccion.
Hablare
con toda claridad de este asunto, aunque deba decir al final algo desagradable,
si he de confesar todo lo que pienso. Lo unico que debemos hacer es que todo el
mundo piensa en todo momento en que es posible elevar el nivel de vida. Si os
fijais en ello vereis claramente que equivale a promover el descontento general.
Y
ahora, para demostrar que vuelvo a mi reivindicacion en favor del arte y del
trabajo, para que pueda ocuparme de la tercera demanda, he aqui de nuevo la
reivindicacion completa:
Es justo y necesario que todos los hombres trabajen en algo:
1º
El trabajo debe valer la pena.
2º
Debe ser agradable en si mismo.
3º
Debe hacerse en tales condiciones que no resulte ni excesivamente fastidioso ni
excesivamente angustioso.
Yo
he procurado referirme a las dos primeras clausulas, que estan muy relacionadas
entre si. Son, pudieramos decir, el alma de la reivindicacion de un trabajo
justo; la tercera clausula es su cuerpo, sin el cual el alma no pueda existir.
Asi que voy a exponerla de esta forma y ella nos llevara a un terreno que en
parte ya hemos cubierto.
Ninguna
persona con ganas de trabajar debera temer nunca la falta de empleo que cubra
todas sus necesidades basicas de mente y de cuerpo.
"Todas
las necesidades basicas", ¿y cuales son esas necesidades basicas para todo
buen ciudadano?
En
primer lugar, un trabajo decoroso y digno, lo cual implicaria dar la oportunidad
de capacitarse para el trabajo mediante la educacion debida; tambien, y ya que
el trabajo debe ser digno de efectuarse y debe ser agradable, nos daremos cuenta
de que para lograr este objetivo es necesario que la posicion laboral este de
tal modo asegurada que no se pueda obligar a un hombre a efectuar trabajos
inutiles o trabajos en que no pueda hallar placer.
La
segunda necesidad es que exista un ambiente decente, lo que implica:
a)
Buenas viviendas.
b)
amplio espacio.
c)
orden y belleza general.
Es
decir:
a)
nuestras casas deben estar bien construidas, deben ser limpias y saludables.
b)
debe existir abundante espacio verde en nuestras ciudades, y nuestras ciudades
no deben devorar los campos y el aspecto natural del campo; mas aun, pido incluso que se dejen espacios abiertos y tierras virgenes salvajes; de lo
contrario, el encanto y la poesia -es decir, el arte-, moriran entre nosotros;
c)
orden y belleza significan no solo que nuestras casas deben estar construidas de
modo duradero y con propiedad, sino que deben tambien estar bien decoradas; que
los campos que se dediquen al cultivo no se estropeen mas de lo que se pueda
estropear un jardin; por ejemplo, no se permitira que nadie pueda talar, por
mero beneficio personal, arboles cuya perdida perjudique un paisaje ni bajo
ningun pretexto podra nadie oscurecer la luz del dia con humos, emponzoñar los
rios o degradar ningun lugar de la tierra con desperdicio inmundos o con ese
desorden brutal y despilfarrador.
La
tercera necesidad es tiempo libre. Comprendereis que al utilizar esa expresion
entiendo, en primer lugar, que todos los hombres deberan trabajar durante una
parte del dia y, en segundo lugar, que tienen el derecho positivo a exigir un
descanso despues de ese trabajo; el tiempo libre que tienen derecho a exigir
debe ser lo bastante extenso para que les permita un descanso completo de la
mente y del cuerpo; todo hombre debe tener tiempo para el pensamiento
intelectual profundo, para la imaginacion (incluso para soñar), o la raza
humana, por el contrario, inevitablemente empeorara. Incluso respecto a ese
trabajo decoroso y digno al que me he referido, que es la misma gloria, si esta
totalmente separado del trabajo forzado del sistema capitalista, no se le debe
exigir a un hombre mas de lo que en justicia le corresponda; si no, los hombres
se desarrollaran desigualmente y seguira habiendo en la sociedad algo corrompido.
Os
he expuesto, pues, las condiciones bajo las cuales se puede realizar un trabajo
que valga la pena y que no sea degradante: no se puede realizar bajo ninguna
otra condicion, y si el trabajo global del mundo no vale la pena y a la vez es
degradante, sera un contrasentido hablar de civilizacion.
Ahora
bien, ¿pueden alcanzarse estas condiciones bajo el evangelio actual del
capitalismo, cuyo lema es "salvarse quien pueda"?
Consideremos nuestra reivindicacion de nuevo, expuesta en otras palabras:
En
un estado social debidamente ordenado, todo hombres con ganas de trabajar debera
tener asegurados:
1º
Un trabajo decoroso y digno.
2º
Una vivienda saludable y bella.
3º
Tiempo libre, disponible para el descanso de la mente y del cuerpo.
Ahora
bien, supongo que ninguno de los aqui presentes negara que seria deseable
conseguir esta reinvidacion; pero quiero que todos penseis que es necesario que
se logre, que, mientras no hagamos todo lo posible para conseguirlo, seremos tan
solo la parte esencial de una sociedad fundada en el robo y en la injusticia,
condenada por las leyes del universo a destruirse a si misma mediante sus
propios esfuerzos para pervivir eternamente. Mas aun, quiero que penseis que, si
por una parte es posible lograr esta reivindicacion, por otra es imposible
lograria bajo el sistema plutocratico actual, que nos prohibira incluso todo
intento serio de lograrlo: el comienzo de la revolucion social debe ser el
cimiento de la reconstruccion del arte del pueblo, es decir, del placer de la
vida.
Debo
decir ahora ciertas frases desagradables. ¿Sabemos que la mayor parte de los
hombres de las sociedades civilizadas, son sucios, ignorantes, brutales, o en el
mejor de los casos, avidos del sustento de la semana que viene, que son, en
pocas palabras, pobres? Y al pensar en su situacion, bien sabemos que es
injusta.
Dice
un cuento viejo que aquellos hombres que se labran una fortuna por medios
deshonrados y tiranicos, derrochan con liberalidad y en obras caritativas -como
ellos dicen- sus ganancias mal obtenidas; pero el cuento no alaba a tales
personas, sino que, por el contrario, cree que, pese a todo, el diablo los
atrapa. Es una historia vieja, si, pero yo os digo: "De que fabula".
¡De ti habla esa historia, tu eres el protagonista!
En
mi opinion, las clases ricas y acomodadas estamos actuando diariamente del mismo
modo: inconsciente o semiinconscientemente tal vez, amontonamos riquezas
comerciando con las imperiosas necesidades de nuestros semejantes, y luego
arrojamos unas monedas a aquellos que, de una u otra forma, nos chillan con mas
fuerza. Nuestras leyes de pobres, nuestras obras de caridad, organizadas y
desorganizadas, no son mas que debiles barreras para atajar un torrente, mero
chantaje pagado a una injusticia renqueante, para que no pueda darnos alcance.
¿Cuando
llegara el dia en que los hombres honrados y con claridad de ideas se harten de
todo este caos de desperdicio, de este sistema que roba a Pedro para darselo a
Pablo, que es la esencia misma de la guerra comercial?¿Cuando nos uniremos
todos para sustituir este sistema, cuyo lema es "Salvese quien pueda",
por otro sistema cuyo lema sea, realmente y sin ningun calificativo: "Todos
para uno y uno para todos"?
¿Quien
sabe? Tal vez ese dia se aveine, pero, ¿Veremos nosotros, los que ahora
vivimos, el comienzo de ese final que exinguira el lujo y la pobreza, que
fusionara las clases alta, media y baja en una sola clase, que vivira
alegremente una vida sencilla y feliz?
Muy
larga resulta esa frase para describir el estado de cosas que os pido me ayudeis
a conseguir: "la abolicion de la esclavitud es una frase mas corta y
significa lo mismo. Tal vez, por una parte, podais estar tentados de pensar que
no vale la pena luchar por ese objetivo; o que, por otra, supongais todos
vosotros que ese objetivo se halla a tanta distancia que no se puede hacer nada
importante para conseguirlo en nuestros dias y que, por esa misma razon, bien
puede uno cruzarse de brazos y no hacer nada. Permitidme que os recuerde que,
hace muy poco tiempo, muchos miles de hombres de nuestra misma condicion dieron
sus vidas en el campo de batalla para que concluyera felizmente un solo episodio
en la lucha por la abolicion de la esclavitud: son ellos hombres admirados y
felices, porque les llego su oportunidad, la aprovecharon e hicieron todo lo que
pudieron, y el mundo se ha enriquecido con ello. Ahora bien, si se nos ofrece
una oportunidad semejante, ¿La echaremos de lado para poder descansar con
tranquilidad, mientras la duda, la enfermedad oprimen nuestra alma? Estos son
dias de combate: ¿Quien podra dudarlo, si a nuestro alrededor se escuchas
sonidos que presagian el descontento, la esperanza y el temor por doquier,
sonidos del valor que despierta y de la conciencia que resurge? Estos, os digo,
son dias de combate, en los que no hay posibilidad de paz externa para un hombre
honrado; en los que, por esa misma razon, es mas facil conseguir la paz interna
de una buena conciencia fundada en convicciones seguras, puesto que se nos esta
ofreciendo accion en defensa de la causa.
O
bien, ¿direis acaso que en este pais de Inglaterra, tranquilo y gobernado
constitucionalmente, no se nos ofrece ninguna oportunidad de accion? Si
estuvieramos en la amordazada Austria, en Rusia, donde un par de palabras te
pueden hacer aterrizar en Siberia o en la prision y fortaleza de Pedro y
Pablo...., claro, entonces con toda certeza............
¡Ay
amigos mios! ¡Que ofrenda mas pobre podemos presentar ante las tumbas de los
martires de la libertad, si rehusamos tomar la antorcha de sus manos
desfallecientes! ¿no fue acaso Goethe quien, al oir que alguien se iba a
America a iniciar una nueva vida, le replico: "America esta aqui o no esta
en ninguna parte"? Del mismo modo yo os digo: "Aqui esta Rusia, o no
esta en ningun lado".
Decir
que las clases gobernantes inglesas no se asustan de la libertad de expresion y
que, por lo tanto, debemos abstenernos de hablar con libertad me suena a extraña
paradoja. Ahondemos, por el contrario, esa brecha que nos abrieron hombres
valientes; si nos echamos atras, haremos que sus esfuerzos, sus sufrimientos,
sus muertes, no tengan ningun valor.
Creedme,
nos mostraran que se trata de todo o de nada. ¿O acaso alguno de los aqui
presentes querra argüir que un mujik ruso se halla en una situacion peor que la
del sudoroso esclavo asalariado de la confeccion? No nos engañemos: la clase de
las victimas existe tanto aqui como en Rusia. Pero, ¿existen menos aqui?
Quizas; pero en ese caso se encuentran mas indefensas y por ello tienen mas
necesidad de nuestra ayuda.
¿Y
como podemos nosotros, las clases medias, nosotros, capitalistas y parasitos,
ayudarles? Renunciando a nuestra clase, y siempre que exista un antagonismo
entre las clases, poniendonos al lado de las victimas: al lado de los condenados
a la falta de educacion, de refinamiento, de placer y de reputacion, en el mejor
de los casos y en el peor, a una vida inferior a la de los salvajes mas
brutales, para que el sistema del comercio competitivo prevalezca.
No
hay otro camino; y este, os lo digo sin tapujos, nos dara, a largo plazo,
multiples ocasiones de sacrificio personal, sin que para ello tengamos que ir a
Rusia. Tengo la plena seguridad de que el auditorio, aqui hay gente que se
siente llena de descontento hacia la anarquia miserable de este siglo del
comercio; yo les ofrezco un medio de renunciar a su clase apoyando la propaganda
socialista, alistandose a la Federacion Democratica, que tengo el honor de
representar ante vosotros y que me parece ser la unica en este pais que presenta
como programa un socialismo constructivo.
Esta
es, mi opinion, una buena oportunidad para aquellos que estamos descontentos con
el estado actual de las cosas y deseamos una oportunidad de renunciar a el; y es
muy cierto que al aceptar esa oportunidad tendreis que sufrir, desde ese
momento, algunos de los inconvenientes del martirio, sin obtener al mismo tiempo
su dignidad. Al menos se burlaran y se reiran de vosotros esas personas cuya
burla es muestra de honor para un hombre honrado; pero tambien, no lo dudo, os
miraran con frialdad muchas personas excelentes, y no todas ellas seran
completamente estupidas. Correreis el riesgo de perder vuestra posicion, vuestra
reputacion, vuestra fortuna, vuestros amigos incluso: perdidas que, en realidad,
no son sino pellizcos comparados con el martirio genuino del que os he hablado;
pero que, sin embargo, revelan de que pasta esta hecho un hombre, tanto mas
cuanto que es muy facil escapar de ello sin ningun otro reproche de cobardia que
el que vuestra conciencia os dicte.
Claro
que tampoco puedo aseguraros que salgais siempre impunes de los ataques de la
tirania abierta. Es cierto que en la actualidad la sociedad capitalista mira al
socialismo en Inglaterra con sarcasmo. Pero recordad que ese grupo de personas
que, por ejemplo, han devastado la India, han matado de hambre y han amordazado
a Irlanda, han torturado a Egipto, tiene capacidad -ultimamente ha mostrado
sintomas de mal agüero- de representar abiertamente el papel de tirano no tan
lejos de casa.
Asi
que, lo miremos por donde lo miremos, la posicion que os ofrezco implica
sacrificio: esa posicion os daria vuestra "America" en casa y os daria
la seguridad interna de que, al menos, sois de alguna utilidad para la causa; y
por ello, a quienes esteis convencidos de la justicia de nuestra casa, os pido
no titubeeis en participar activamente en la lucha que -con ayuda de quien sea,
con oposicion de quien sea-, debe, sin duda, culminar por fin ¡En la victoria!.
Arte
popular
Toda
obra de arte, aun la mas humilde, es inimitable. Estoy completamente convencido
de que todo el conocimiento acumulado por la ciencia moderna, toda la energia
del comercio moderno, toda la profundidad y espiritualidad del pensamiento
moderno, no pueden reproducir las obras de arte de los campesinos ignorantes y
supersticiosos de Berkshire en el siglo XIV; ni tampoco las de los oprimidos y
esqueleticos campesinos indios. Estoy completamente seguro de ello; y esta
certeza no me deprime: me alienta, porque ella nos hace recordar que el mundo ha
sido valioso durante mas de un siglo y en mas de un pais, una verdad que
tendemos a olvidar con facilidad.
He
tenido que hablaros esta noche del arte popular, la base sobre la que todo arte
descansa. No podria entregarme a la tarea monotona de hablaros de un fantasma
del pasado, de algo sin vida; tengo que hablaros de algo viviente y con
esperanza o, de lo contrario, callarme; y estoy profundamente convencido de que
el arte popular no puede vivir si el trabajo sigue siendo esclavo del desorden,
la fatal de honradez y la desunion. Debo confesar con alegria que vislumbro a
nuestro alrededor indicios de una era de orden, de buena voluntad y de union,
que se aproxima, y esto precisamente me ha dado valor para deciros estas
palabras finales y para sugerir que, en mi humilde opinion, todos y cada uno de
los que llevamos la causa en el corazon, podemos hacer algo por que progrese.
Arte
y sociedad
Señor:
el proposito de mi conferencia era plantear un asunto distinto al del "arte
puro". Deseaba indicar especialmente que la cuestion del arte popular era
una cuestion social que implica la felicidad o la miseria de la mayor parte de
la comunidad. La ausencia del arte popular en nuestra epoca es mas inquietante y
dolorosa por esta razon que por ninguna otra, y se debe a la fatal division
humana entre clases cultivadas y clases degradadas que el comercio competitivo
ha creado y ahonda. El arte popular no tiene oportunidad de vivir una vida
saludable, ni siquiera de tener vida, mientras no estemos en vias de salvar ese
terrible abismo entre la pobreza y la opulencia.
Es
indudable que muchas cosas lo salvaron, y si el arte tiene que ser una de ellas,
que asi sea. Pues, ¿que nos importa el arte si no podemos participar de el
todos? Lo unico que temo es que el arte resucite de entre los muertos, aunque
otras coasas descansen alli tambien. Porque, en realidad, ¿Cual es el verdadero
fin y objetivo de toda politica y de todo comercio? ¿No es lograr un estado de
cosas en el que todos los hombres puedan vivir en paz y libres de una ansiedad
extenuamente, dotados de un trabajo que les agrade y produzca resultados utiles
para sus semejantes?
Puede
ser una carga para la conciencia de los hombres honrados que viven una vida mas
viril, el pensar en las innumerables vidas que se agotan en fatigas no mitigadas
por la esperanza ni estimuladas por el elogio; hombres que muy bien podrian pese
a todo el bien que prestan a sus vecinos con su trabajo, estar dando vueltas a
un manubrio en el aire; pero este es el destino de los que trabajan al servicio
del comercio competitivo ciego, que insiste en ser considerado como un fin y no
como un medio.
Ha
sido esta carga sobre mi conciencia, lo digo con toda sinceridad, la que me ha
llevado a hablar del arte popular en Manchester y en otras partes. No podria
olvidar nunca que, pese a todas sus desventajas, mi trabajo me resulta un placer
casi puro y que bajo ninguna circunstancias imaginalbe lo abandonaria, aunque
pudiera. Una y otra vez me he preguntado por que mi destino no es un destino
corriente. Mi trabajo es un trabajo bastante simple: gran parte de el, y no la
menos agradable, podria ser realizada por cualquier hombre de inteligencia
media, con tal de que quisiera preocuparse del trabajo y de sus resultados. En
realidad, me he sentido avergonzado al reflexionar sobre el contraste entre mis
felices horas de trabajo y la explotacion monotona, sin alabanza ni recompensa,
a que estan condenados la mayoria de los hombres. Nada me convencera de que un
trabajo asi pueda ser bueno o necesario para la civilizacion.
¿Por
qué me hice socialista?
Me
ha pedido el editor que le escriba algun relato de la conversion anteriormente
citada, y creo que el hacerlo tal vez sea de utilidad, si mis lectores me
consideran como arquetipo de ciertos grupos; a pesar de todo, no resulta facil
hacerlo con claridad, brevedad y certeza. Lo intentare, sin embargo. Pero antes
quiero aclarar lo que entiendo por socialista, pues me han dicho que esa palabra
ya no expresa de forma cierta y definida lo que expresaba hace diez años. Bien;
lo que entiendo por socialismo es un estado de la sociedad en que no haya ni
ricos ni pobres, ni dueños ni esclavos, ni ociosos ni oprimidos, ni
intelectuales de mente enferma ni trabajadores de espiritu decaido; en una
palabra, en la que todos los hombres vivan en igualdad de condiciones, se ocupen
de sus asuntos sin desperdiciar nada, y con la conviccion plena de que dañar a
uno significa dañar a todos...., la realizacion de la palabra COMUNIDAD
(Commonwealth)
Ahora
bien, esta vision del socialismo que ahora mantengo y que espero morir manteniendo, es la misma con la que empece; no he pasado por ningun otro
periodo, a no ser que asi denomineis un breve periodo de radicalismo politico,
durante el cual veia mi ideal con bastante claridad, pero no tenia ninguna
esperanza de llevarlo a cabo. Aquello termino algunos meses antes de entrar en
la que entonces era Federacion Democratica, en ingrese en ese grupo porque alli
vi una posibilidad de realizar mi ideal. Si me preguntais si tenia mucha o poca
esperanza, si pensaba que nosotros, los socialistas, durante nuestra vida y con
nuestro trabajo lo llevariamos a cabo, o cuando se efectuaria algun cambio en la
sociedad, debo contestar que no lo se.
Tan
solo puedo decir que no media mi esperanza, ni la alegria que entonces me
proporcionaba. Por otra parte, cuando tome aquella decision no tenia ni idea de
las cuestiones economicas; ni siquiera habia abierto los libros de Adam Smith,
oido hablar de Ricardo ni de Karl Marx. Aunque parezca raro, habia leido algo de
Mill, a saber, las paginas postumas en que ataca el socialismo de estilo
fourierista. Sus argumentos estan planteados en esas paginas de forma clara y
honrada, hasta donde puede, y el resultado, por lo que a mi se refiere, fue que
me convencio de que el socialismo era un cambio necesario y que era posible
efectuarlo en nuestros propios dias. Aquellas paginas dieron el toque final a mi
conversion al socialismo. Bien, habiendome inscrito en una asociacion socialista
(porque la Federacion pronto se hizo decididamente socialista) puse cierto empeño
en tratar de aprender el aspecto economico del socialismo, e incluso arremeti
con Marx, aunque deba confesar que, si bien disfrute completamente de la parte
historica de El Capital, sufri autenticas agonias de confusion mental al leer
la parte puramente economica de ese gran libro. De todas formas, lei lo que pude
y espero que alguna informacion me haya quedado de esa lectura; me ha quedado
mas, creo, de las frecuentes conversaciones con amigos, como Bax, Hyndman y
Scheu, y de la animacion de las asambleas que realizabamos en aquellos tiempos,
en las cuales tambien participe yo. El ultimo toque a toda la educacion
socialista que he podido absorber, me lo proporcionaron con posterioridad
algunos amigos anarquistas; de ellos aprendi, muy a pesar de sus intenciones,
que el anarquismo era imposible, del mismo modo como habia aprendido de Mill,
pese a su intencion, que el socialismo era necesario.
Pero
al narrar como me hice socialista en la practica, ahora me doy cuenta de que he
empezado por la mitad, ya que desde mi posicion de hombre acomodado que no
sufre las desgracias que a cada paso oprimen al trabajador, me parece que nunca
me habria dejado arrastrar hacia el aspecto practico del asunto, si un ideal no
me hubiera obligado a buscarlo. Puesto que la politica por amor a la politica
-es decir, considerandola como el medio necesario, aunque engorroso y
desagradable, de lograr un fin- nunca me hubiera atraido. Ni aun cuando hubiese
sido constante de las injusticias de la sociedad establecida y de la opresion de
los pobres, podria haber creido nunca en la posibilidad de una solucion parcial
de esas injusticias. En otras palabras, nunca podria haber sido tan tonto como
para creer en los pobres felices y respetables.
Si,
segun he dicho, un ideal me obligo a buscar un socialismo en la practica, ¿que
fue lo que me impulso a concebir tal ideal? Aqui puedo repetir lo que dije
lineas atras de que yo era un arquetipo de cierta forma de pensar.
Antes
de la aparicion del socialismo moderno, casi todas las personas inteligentes
estaban satisfechas con la civilizacion de este siglo, o declaraban estarlo.
Repito: casi todos estaban realmente satisfechos y no veian ninguna otra labor
sino la de perfeccionar esa civilizacion eliminando cuantos vestigios ridiculos
de los tiempos barbaros. En breve, este era la estructura mental whig (liberal),
propia de los hombres de la prospera clase media moderna, quienes, de hecho, en
cuanto al progreso mecanico se refiere, no tenian nada que pedir, a poco que el
socialismo les hubiera dejado tranquilos para disfrutar de su esplendida forma
de vida.
Pero,
junto a los satisfechos, habia otros que no lo estaban y que sentian una vaga
repulsa contra el triunfo de la civilizacion, pero que estaban reducidos al
silencio por el poder ilimitado de la sociedad "whig". Por ultimo,
habia unos pocos en abierta rebeldia contra los susodichos "whigs":
unos pocos, digamos dos, Carlyle y Ruskin. El ultimo, antes de mi etapa de
socialismo militante, fue el maestro que me llevo al ideal antes citado, y
mirando hacia atras, no puedo dejar de pensar que hace veinte años, sin Ruskin,
el mundo hubiera sido terriblemente aburrido. Por medio de el aprendi a dar
forma a mi descontento, que debo decir no era de ningun modo incorrecto. Aparte
del deseo de producir cosas bellas, la mayor pasion de mi vida ha sido y es el
odio a la civilizacion moderna. ¿Que dire sobre ello ahora, que las palabras me
vienen a la boca, sobre mi esperanza de destruccion? ¿Que dire sobre su
sustitucion por el socialismo?
¿Que
dire sobre su dominio y su desperdicio de la fuerza mecanica, su bienestar
social tan pobre, los enemigos de la comunidad tan ricos, su extraordinaria
organizacion.... de una vida miserable? ¿Y de su desprecio hacia los placeres
sencillos, de que todos podrian disfrutar si no estuvieran locos? ¿Y su
vulgaridad ciega que ha destruido el arte, unico solaz autentico para el
trabajo? Todo esto lo siento ahora igual que lo sentia entonces, pero entonces
no sabia por que. La esperanza de las epocas pasadas habia desaparecido; las
luchas de la humanidad durante tantos siglos no habian producido nada, excepto
esta confusion sordida, sin sentido, fea; me parecia que el futuro inmediato iba
a intensificar todos los males actuales barriendo las ultimas reminiscencias de
los dias en que la sordidez sombria de la civilizacion aun no se habia cernido
sobre el mundo.
Era,
ciertamente, un panorama triste, y si puedo hablar de mi como individuo y no
como prototipo, lo era mucho mas para un hombre de mi posicion, al que tenian
tan sin cuidado la metafisica y la religion, como el analisis cientifico, pero
con un amor profundo hacia la tierra y hacia la vida sobre ella, y apasionado
tambien por la historia del pasado de la humanidad. ¡Pensad en ello! ¿Iba todo
a acabar en una oficina sobre un monton de rescoldos, con el despacho estilo
Podsnap a lo lejos, y un comite "whig" festejando con champan a los
ricos y con margarina a los pobres en las proporciones justas para contentar a
todos, aunque el placer de la vista hubiera desaparecido del mundo y el lugar de
Homero lo ocupara Huxley? Si, creedme, cuando en lo mas intimo me propuse
adivinar el futuro, eso es lo que vi, y, en mi opinion, casi nadie pareceria
creer que valiera la pena luchar contra la destruccion de la civilizacion. De
modo que asi estaba yo, predispuesto a concluir mi vida con bastante pesimismo,
si no hubiera vislumbrado la idea de que, entre toda esta civilizacion inmunda,
la semilla de un gran cambio, lo que otros llaman Revolucion Social, empezaba a
germinar. El aspecto global de las cosas cambio para mi con ese descubrimiento y
todo lo que entonces debi hacer para hacerme socialista fue amarrarme a un
movimiento militante, lo cual, como dije antes, he intentado hacer tan bien como
he podido.
En
resumen, el estudio de la historia y el amor al arte me llevaron al odio hacia
la civilizacion que, si las cosas se detuvieran en este momento, convertiria la
historia en un absurdo inconsecuente y haria del arte una coleccion de
curiosidades del pasado sin ninguna relacion con la vida actual.
Pero
la conciencia de la revolucion que palpita en el interior de nuestra odiosa
sociedad moderna impido que yo, mas afortunado que muchos en percepcion
artistica, me convirtiera en un gruñon contra el progreso, de una parte, y de
otra, que perdiera tiempo y energias en cualquiera de los numerosos esquemas por
medio de los cuales los cuasi-artistas de la clase media esperaban que el arte
se desarrollaran, cuando a este ya no le queda ninguna raiz. De este modo me
hice un socialista militante.
Una
o dos palabras para terminar. Tal vez digan algunos de nuestros amigos: ¿Que
tenemos que ver con esos asuntos historicos y artisticos? Por medio de la Social
Democracia queremos ganar una forma de vida decente, de algun modo de vivir, y
lo queremos enseguida. En realidad, todos aquellos que suelen pensar que el tema
del arte y de su cultivo deben ir por delante del tenedor y del cuchillo (y hay
algunos que lo proponen), no entienden lo que el arte significa ni que sus
raices necesitan de un terreno de vida prospera y tranquila. Sin embargo, se
debe recordar que la civilizacion ha reducido al obrero a una existencia desnuda
y desgraciada que apenas si sabe expresar el deseo de una vida mucho mejor que
la que ahora, a la fuerza, soporta. Es mision del arte presentarle el autentico
ideal de una vida plena y razonable, una vida en la que la percepcion y la
creacion de la belleza, el disfrute del placer autentico existente, sea tan
necesario al hombre como el pan de cada dia, y en la que ningun hombre ni ningun
grupo de hombres sean privados de ello, salvo por su propia oposicion, que
debera ser resistida al maximo.
Cómo
vivimos y cómo podríamos vivir
La
palabra revolucion, que tan a menudo nos vemos obligados a usar los socialistas,
tiene un sonido terrible para la mayoria de la gente, aun despues de haberles
explicado que no significa necesariamente un cambio acompañado por toda clase
de tumultos y de violencias y que menos aun puede significar un cambio efectuado
mecanicamente y en contra de la opinion por un grupo de hombres que se las hayan
arreglado de un modo u otro para hacerse con el poder ejecutivo por el momento.
Incluso al explicar que usamos la palabra revolucion en su sentido etimologico y
que este implica un cambio en la base de la sociedad, la
gente se asusta ante la idea de un cambio tan vasto e implora que se le hable de
reformas y no de revolucion. Como a pesar de todo nosotros, los socialistas, no
entendemos lo mismo con nuestra palabra revolucion que esa buena gente con su
palabra reformas, no puedo dejar de pensar que seria un error usarla,
cualesquiera que fuesen los proyectos que pudieramos ocultar bajo envoltorio tan
inofensivo.
Asi
que nos quedaremos con nuestra palabra, que significa un cambio en la base de la
sociedad; puede espantar a la gente, pero les anunciara al menos que hay algo de
lo que espantarse y que no sera menos peligroso si se desconoce; ademas, puede
dar animos a otras gentes, y, para ellas al menos, no significara terror, sino
esperanza.
Temor
y esperanza, he aqui los hombres de las dos grandes pasiones que gobiernan a la
raza humana y con las que los revolucionarios tienen que tratar: dar esperanza a
los muchos oprimidos y temor a los pocos opresores, este es nuestro asunto. Si
hacemos lo primero y damos esperanza a los muchos, los pocos tendran que
asustarse debido a tal esperanza; de otro modo no queremos asustarlos: no es
venganza lo que queremos para los pobres, sino felicidad; porque, ¿que venganza
podria tomarse por tantos miles de años de sufrimientos
de los pobres?
Sin
embargo, muchos de los opresores del pueblo, la mayoria diriamos, no son
conscientes de la opresion que causan ( y ahora mismo veremos por que). Viven de
un modo ordenado y tranquilo, muy lejos de sentir lo que sentia el propietario
de esclavos romano o fenicio. Saben que el pobre existe, pero sus sufrimientos
no se les presentan de un modo agudo y dramatico. Ellos mismos tienen
preocupaciones que soportar, y sin duda piensan que soportar preocupaciones es
el destino comun de la humanidad; tampoco tienen medios de comparar las
preocupaciones de sus vidas con las de aquellos que estan por debajo de ellos en
la escala social; y si acaso alguna vez se les cuela el pensamiento de esas
cargas mas pesadas, se consuelan con el refran de que la gente se acostumbra a
los problemas que le toca soportar, sea cuales fueren.
Y
ciertamente, al menos en lo que a los individuos se refiere, es esa una gran
verdad, y por ello tenemos, apoyando al actual estado de
cosas por malo que este sea, en primer lugar a esos opresores comodos e
inconscientes que piensan que tienen todas las de perder en cualquier cambio que
implique algo mas que la mas suave y gradual de las reformas;
y en segundo lugar, la gente pobre que, viviendo tan precaria y angustiosamente
como viven, apenas pueden imaginar que pueda ocurrir
algun cambio en su beneficio y que no osa arriesgar nada de sus miserables
pertenencias emprendiendo ninguna accion que se dirija a una posible mejora de
su condicion; asi que, si podemos lograr poco con los ricos, salvo inspirarles
miedo, es tambien muy dificil dar al pobre alguna esperanza. Por lo tanto, pues,
es razonable que aquellos a los queremos comprometer en la gran lucha por una
forma de vida mejor que la que ahora llevamos, nos exijan al menos algunas ideas
sobre como sera esa vida.
Es
una peticion razonable, pero dificil de cumplir, puesto que vivimos bajo un
sistema que convierte en casi imposible todo esfuerzo consciente por la
reconstruccion; no es irracional, por nuestra parte, contestar: "Hay
ciertos obstaculos claras para un autentico progreso del hombre; podemos deciros
cuales son; eliminadlos y entonces ya vereis".
Sin
embargo, propongo ofrecerme como victima para la satisfaccion de aquellos que
consideran que, tal como van ahora las cosas, al menos algo se ha obtenido y se
sienten aterrorizados con la idea de perderlo, por temor a encontrarse peor que
ahora y no tener nada. Pero, a lo largo de este empeño mio por demostrar como
podriamos vivir, tendre que utilizar, en mayor o en menor grado, negaciones.
Quiero decir que tendre que indicar en que nos quedamos cortos en nuestro
esfuerzo actual por una vida decente. Tendre que preguntar a los ricos y a las
personas acomodadas que clase de bienestar es este que se desviven por mantener
a toda costa y si, despues de todo, seria una perdida tan terrible para ellos
desprenderse de el; y tendre que indicar a los pobres que ellos, con la
posibilidad de vivir una vida digna y generosa, se encuentran en una situacion
que no pueden prolongar sin degradarse cada vez mas.
¿Como
vivimos entonces bajo el sistema actual? Detengamonos un
poco en ello
Y,
en primer lugar, intentad comprender que nuestro actual sistema se basa en un
estado de guerra perpetuo. ¿Piensa alguno de vosotros que debiera ser asi? Se
que muchas veces se os ha dicho que la competencia, actualmente norma de toda
produccion, es buena y que estimula el progreso de la raza. Pero los que asi
opinan, para ser honrados debieran llamar a la competencia por su nombre
abreviado, guerra y entonces podriais considerar libremente si la guerra
estimula o no el progreso de un modo distinto al de un toro
rabioso que os perisiguiera en vuestro propio jardin. La guerra o la
competencia, como querias llamarla, significa como maximo la busqueda de la
propia ventaja a costa del perjuicio de otros, y en este proceso nadie puede
estar seguro de no destruir ni siquiera sus propias pertenencias, si no quiere
perder la batalla. Entendeis perfectamente que esta situacion es la de las
guerras en que la gente sale a matar y a ser matada; esa clase de guerra en que
los buques tienen la mision, por ejemplo, de hundir y destruir. Pero creo que no
sois muy conscientes de ese despilfarro de bienes cuando estais ocupados en la
otra guerra llamada comercio. Observad, sin embargo, que el desperdicio es
exactamente el mismo.
Y
ahora veamos mas de cerca este tipo de guerra, recorramos algunas de sus formas
y comprobemos como aqui tambien se cumple el lema "hundir, incendiar y
destruir".
En
primer lugar, tenemos ese aspecto particular llamado rivalidad nacional, que en
buena moneda es la causa de todas las guerras a sangre y fuego que sostienen las
naciones civilizadas. Durante los ultimos años nosotros, los ingleses, nos
hemos mantenido bastante apartados de ellas, excepto en aquellas felices
ocasiones en que podamos llevarlas a cabo sin ninguna clase de riesgo por
nuestra parte: cuando la matanza se daba en un solo bando o, en todo caso,
cuando asi esperabamos que ocurriera.
Nos
hemos mantenido apartados de toda guerra con las armas contra enemigos
respetables durante mucho tiempo. Y yo os dire por que: porque hemos tenido la
parte del leon en el mercado mundial; no quisimos luchar por ella, como nacion,
porque ya la teniamos. Pero ahora esa situacion esta cambiando del modo mas
significativo, y para un socialista, del modo mas animoso. Estamos perdiendo, o
hemos perdido ya, esa parte del leon. Existe ahora una deseperada competencia
entre las grandes naciones de la civilizacion por el control del mercado
mundial, y mañana esto puede convertirse en una guerra desesperada con ese fin.
Como consecuencia, la propaganda belica (con tal de que no lo sea a gran escala)
no esta ya restringida al espiritu de honor y gloria de los viejos
"tories" que, si con ello querian decir algo, querian decir que una
guerra "tory" seria una buena ocasion para sofocar la democracia. Pero
todo esto ha cambiado y ahora es un tipo completamente distintos de politicos el
que acostumbra a exigirnos patriotismo, como se ha dado en llamar a eso. Los
lideres del liberalismo progresista (asi les gustaria llamarse), gentes de
espiritu avispado que saben muy bien que los movimientos sociales progresan, que
no ignoran el hecho de que el mundo avanzara con su ayuda o sin ella, estos,
digo, han sido los jingoistas de los ultimos tiempos. No
quiero decir que saben lo que estan haciendo: los politicos, como bien sabeis,
se cuidan mucho de cerrar los ojos a lo que pueda ocurrir seis meses mas tarde;
pero lo que ocurre es esto: que el sistema actual, que siempre debera traer
consigo una rivalidad entre las naciones, nos esta empujando a una contienda
desesperada por los mercados en (mayor o menor) igualdad de condiciones con las
demas naciones, porque, repito, hemos perdido ese dominio sobre ellas que en
otro tiempo tuvimos. Desesperada no es una palabra lo bastante fuerte. Dejaremos
que este impulso nos lleve a arrebatar mercados donde quiera y donde tenga que
llevarnos. Y lo que hoy es rapiña triunfante e ignonimia, mañana podra ser
ignonimia, y, ademas derrota.
Ahora
bien, esto no es ninguna divagacion, aunque diciendolo me acerco mas a lo que
comumente se llama politica, que nunca pueda hacerlo. Yo solo quiero mostraros
a lo que conduce la guerra comercial cuando se hace con otras naciones y que aun
el mas obtuso puede darse cuenta del enorme desperdicio que debe traer consigo.
Asi es como vivimos hoy en nuestra relacion con las naciones extranjeras:
preparados a arruinarlas, si es posible, sin guerras, y
si es necesario, con guerras. Esto sin considerar mientras tanto la lamentable
explotacion de las tribus salvajes y de los pueblos barbaros, a los que
encajamos a la vez nuestras falsas mercancias y nuestra hipocresia a fuerza de
cañon.
Bien,
pues, con toda seguridad el socialismo puede ofreceros algo en lugar de todo
eso: puede ofreceros paz y amistad en vez de guerra. Podriamos vivir
perfectamente, sin rivalidades nacionales, reconociendo
que, aunque sea mejor que aquellos que sienten que forman una comunidad nacional
del mismo nombre se gobiernen a si mismos, al menos ninguna comunidad civilizada
debiera sentir que tiene intereses, opuestos a los de ninguna otra, siendo en
todo caso sus condiciones economicas semejantes. De modo que todo ciudadano de
cualquier comunidad pudiera trabajar y vivir y adaptarse con perfecta
naturalidad a su puesto en cualquier pais extranjero, sin ninguna molestia para
su forma de vida; de modo que todas las naciones civilizadas formaran una gran
comunidad, acordando en comun todo lo referente a la calidad y cantidad de
produccion y de distribucion necesitadas; ocupandose de producir los bienes alli
donde mejor pudieran ser producidos; impidiendo el despilfarro por todos los
medios. ¡Pensad, por favor, en la cantidad de despilfarro que asi se evitaria y
en que medida una tal revolucion acrecentaria la prosperidad del mundo! ¿Que
criatura sobre la tierra se sentiria perjudicada por esa revolucion? ¿No estarian
todos mejor a causa de ella? ¿Y que es lo que la impide? Os lo dire ahora mismo.
Mientras
tanto pasemos de esa competencia entre las naciones a la competencia entre los
organizadores del trabajo: grandes firmas, sociedades anonimas, capitalistas en
suma, y veamos como la competencia estimula la produccion entre ellos: porque
esta claro que la estimula, pero ¿que clase de produccion? Bien, la produccion
de algo que pueda ser vendido con beneficio o, mejor, la produccion de
beneficios. Y observad como es estimulada por la guerra comercial: Cierto
mercado solicita productos; hay, por ejemplo, un centenar de industriales que
fabrican esa clase de productos y cada uno de ellos querria, si pudiese, tener
ese mercado para el solo y lucha desesperadamente para conseguir lo maximo
posible, con el resultado evidente de que las cosas se salen de madre, el
mercado queda saturado y toda esa fiebre de produccion viene a sofocarse en
rescoldos frios. ¿No se asemeja esto a una guerra? ¿Es que no veis el
desperdicio que implica? ¿Desperdicio de trabajo, de pericia, de destreza, de
vida misma en suma? Podeis decir: si, es cierto, pero abarata los productos. Y
es verdad, en un cierto sentido. En ciertos sentido lo hace, pero solo en
apariencia, puesto que los salarios de un trabajador corriente tienden a
hundirse en la misma proporcion que los precios. ¡Y a que precio logramos esa
apariencia de baratura! Hablando llanamente, al precio de estafar al consumidor y
matar de hambre al verdadero productor en beneficio del tahur, que utiliza tanto
al consumidor como al productor como si fueran sus vacas lecheras. No necesito
insistir en el asunto de la adulteracion, pues cada uno sabe el papel que le
toca representar en esa clase de comercio; pero recordad que es un factor
absolutamente necesario para la obtencion de beneficios a partir de los
productos, y este es el negocio de los indsutriales; y debeis comprender esto:
que, tomado asi, a bulto, el consumidor se halla totalmente indefenso frente al
tahur: los productos le son encajados por su baratura, y junto con ellos, un
cierto estilo de vida que esta baratura energica y agresiva determina. Y tan
largo alcance tiene esta maldicion de la guerra comercial que ningun pais esta
libre de su azote. Tradiciones de milenios se derrumban ante ella en menos de un
mes; invade un pais debil o semisalvaje y todo cuanto
alli existe que sea idilico, placentero o artistico es pisoteado y hundido en un
lodazal de sordidez y fealdad; el artesano javanes o hindu no puede ya ejercer
su oficio tranquilamente, trabajando unas pocas horas al dia y creando un
laberinto de exotica belleza en una tela: en Manchester se ha instalado una
maquina de vapor y esta victoria sobre la naturaleza y sobre mil tercas
dificultades es utilizada para el mezquina trabajo de producir una especie de
estuco, de mala porcelana, con lo que el obrero asiatico, si no muere de hambre,
como tan a menudo sucede, se ve arrojado a una fabrica para rebajar aun mas el
salario de su hermano, el obrero de Manchester, y nada de su antigua
personalidad se mantiene, a no ser posiblemente una acumulacion de
aborrecimiento y miedo hacia su mayor mal, su amo ingles. El isleño de los
mares del Sur tiene que abandonar la talla de sus canos, su dulce descanso y sus
graciosas danzas, para convertirse en el esclavo de un esclavo: pantalones, lana
barata, misioneros y enfermedades mortales. Tiene que tragarse toda esa
civilizacion en bloque y ni el ni nosotros podemos ayudarle hasta que el orden
haya derribado la monstruosa tirania de la especulacion que lo ha derribado.
Esos
son los diversos tipos de consumidores; pasemos al productor, quiero decir al
verdadero productor, al trabajador. ¿Como le afecta a el esa pelea desaforada
por el saqueo del mercado? El industrial, debido a la avidez de su guerra, ha
tenido que reunir y amontonar un vasto ejercito de trabajadores, los ha
adiestrado hasta conseguir que sean lo mas aptos posibles, para su ramo especial
de produccion, esto es, para extraer un beneficio de ella, con el resultado de
que no son aptos para ninguna otra cosa. Bueno, pues, cuando la saturacion
comienza a manifestarse en el mercado que esta abasteciendo, ¿que sucede con
este ejercito, en el que cada soldado ha dependido de la demanda continua del
mercado y actuando, pues no podia elegir otra cosa, como si esta fuera a
continuar siempre? Sabeis muy bien lo que les sucede a esos hombres: las puertas
de las fabricas se cierran sobre ellos, casi siempre sobre una gran parte de
ellos, y en el mejor de los casos solo para el ejercito de reserva laboral, tan
activamente empleado en epoca de inflaccion. ¿Que es de ellos entonces?
Tambien los sabemos muy bien. Lo que no sabemos, o preferimos no saber, es que
el ejercito de reserva laboral es una necesidad imprescindible para la guerra
comercial. Si nuestros industriales no contasen con esos pobres diablos que
reclutan para sus maquinas cuando la demanda se hincha, otros industriales en
Francia, en Alemania o en America, se meterian y les robarian el mercado.
Como
veis, tal como vivimos hoy es necesario que una gran parte de la poblacion
industrial sea expuesta al peligro de una semimuerte por hambre periodica, y
ello no para mejorar a otro pueblo en algun lugar del mundo, sino para su propia
degradacion y esclavitud.
Dejad
vagar vuestras mentes por un instante sobre la clase de despilfarro
que esto implica y sobre esta apertura de mercados nuevos en paises salvajes y
primitivos, que es el caso limite del poder del mercado de beneficios en el
mundo, y seguramente vereis que monstruosa pesadilla representa un tal mercado
de beneficios. Nos hace vivir explotados y temerosos por nuestro sustento,
incapaces de leer un libro o contemplar un cuadro, de pasear por campos
agradables o tumbarnos al sol, de participar de la
cultura de nuestro tiempo o de tener en una palabra, algun placer intelectual o
animal. ¿Y todo esto para que? Para que podamos seguir viviendo la misma vida
de esclavos hasta que muramos, para suministrar al rico lo que se llama una vida
facil y lujosa; es decir, una vida tan vacia, malsana y degradada que tal vez,
en conjunto, este peor que la de los trabajadores, y en cuanto al resultado de
todo este sufrimiento, lo mejor que pudiera ocurrir es
que no tuviera ninguno, que se pudiera decir que los productos manufacturados no
han hecho ningun bien a nadie, pues lo que ocurre muchisimo mas a menudo es que
si hacen daño a muchos y que nos hemos fatigado, gemido y reventado fabricando
veneno y destruccion para nuestros hermanos.
Bien,
pues yo digo que esto es la guerra, y es el resultado de una guerra, no entre
las diversas naciones competidoras, sino entre firmas y organizaciones
capitalistas rivales; y es esta guerra de empresas la que impide la paz entre
las naciones que, estareis de acuerdo conmigo, resulta tan innecesaria; porque
tambien debeis saber que la guerra es el mismo aliento de estas firmas
beligerantes y que, en nuestros dias, han reunido en sus manos practicamente
todo el poder politico, y que todas militan juntas, en los respectivos paises, a
la hora de hacer cumplir a sus gobiernos tan solo dos funciones: la primera, en
el interior, es la de actuar como poderosa fuerza policiaca, proteger
el tablado en que los fuertes apalean a los debiles; la segunda, actuar en el
extranjero como piratas guardaespaldas, como un petardo para hacer saltar las
puertas que abren los mercados del mundo: mercados en el extranjero a cualquier
precio, no entorpecidos por privilegios, falsamente llamados
"laissez-faire); mercados en el pais a cualquier precio; garantizar esto es
lo unico que debe hacer el gobierno, segun lo que han sido capaces de concebir
nuestros capitanes de industria. Y ahora debo intentar mostraros la razon de
todo esto y en que se asienta, buscando responder a esta pregunta: ¿Por que han
logrado acaparar todo ese poder los creadores de beneficios? , o por lo menos,
¿por que logran mantenerlo?
Y
esto nos lleva al tercer aspecto de la guerra comercial, el ultimo y aquel sobre
el que se asienta todo lo demas. Hemos hablado primero de la guerra entre
naciones rivales; luego de la que enfrente a las firmas rivales; debemos hablar
ahora de la rivalidad de los hombres. Al igual que las naciones se ven
empujadas, bajo el sistema actual, a competir entre si y al igual que las
empresas o los capitanes de industria tienen que pelear por su capacitacion en
los beneficios de los mercados, asi tambien tienen que competir entre si los
trabajadores por el sustento; y es esta lucha o competencia constante entre
ellos la que permite a los cazadores de beneficios el lograrlos, y, por medio de
la riqueza asi adquirida, acaparar todo el poder ejecutivo de un pais en sus
manos. Pero aqui esta la diferencia de posicion entre los trabajadores y los
beneficiarios: para los ultimos, para los beneficiarios, la guerra es necesaria;
no puede haber beneficio sin competicion individual, corporativa y nacional;
pero si se puede trabajar por el sustento sin competir: se puede cooperar en vez
de competir.
Ya
he dicho antes que la guerra era el aliento vital de los que obtienen
beneficios: de una forma parecida, la cooperacion es la vida para los
trabajadores. Las clases trabajadoras o proletariado no pueden existir como
clase sin algun tipo de cooperacion. La necesidad que impulso a los extractores
de beneficios a reunir los hombres primero en talleres, trabajando segun el
principio de la division del trabajo, y luego en grandes fabricas que funcionan
con maquinas, y arrastrandolos asi gradualmente hacia las grandes ciudades y
centros de la civilizacion, dio nacimiento a una clase trabajadora distintiva,
el proletariado: esto fue lo que le dio su existencia mecanica, por decirlo asi.
Pero observad que, si bien colaboran formando grupos sociales para la
produccion, lo hacen tan solo de un modo mecanico; no saben en que trabajan para
producir mercancias cuyo beneficio forma una parte esencial para el patron, en
lugar de producir bienes para su propio uso; en la medida en que hacen esto, y
compiten entre si por dejar de hacerlo, seran y sentiran que son, simplemente,
parte de esas firmas rivales de las que antes he hablado; seran, de hecho, tan
solo una parte de la maquinaria para la produccion de beneficios; y mientras
esto dure, sera meta de los amos o fabricantes de beneficios reducir el valor de
mercado de esta parte humana de la maquinaria; es decir, puesto que ya tienen en
sus manos el trabajo de los hombres muertos, en forma de maquinaria y de
capital, es s