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LA
VISIÓN MÁS DISTANTE
Por H. G. Wells
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Portada
de una edición inglesa de La máquina del tiempo
de H. G. Wells, obra a la que pertenece "La
visión más distante".
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El tiempo es lugar para la realización de potencialidades, para
la plenitud o el placer. Es el tiempo como kairós. Pero
el tiempo es también lugar de la muerte, el error, la enfermedad
o el agobio (la temporalidad de chronos). El tiempo como
límite, como cárcel, siempre ha catalizado en el hombre el anhelo
de una liberación de la imposición temporal. La libertad de
salir de nuestro tiempo conocido y acceder a otros planos temporales
o al poder de viajar libremente al pasado o el futuro. La célebre
obra de H.G.Wells satisface ese deseo arcaico de libertad y
domino del tiempo. El Viajero del Tiempo construye su máquina
que le permite el viaje hacia el futuro. Allí, se encuentra
con los Mrolocks y los pasivos elois. En este
mundo futuro los descendientes de los humanos son alimentados
en plácidos palacios para luego ser destinados al festín caníbal
de los Mrolocks, los salvajes habitantes de un mundo
subterráneo. El Viajero del Tiempo se encuentra allí con la
bella Weena. Y trae luego una flor del mundo que ha visitado.
Pero antes de su regreso a su tiempo de
partida, extrema la potencia del desplazamiento de su máquina
en el flujo temporal futuro. Viaja entonces hasta una lejana
geografía de un planeta Tierra dentro de más de
treinta millones de años.
Allí, se produce "la visión más distante", un momento
crucial que no aparece recreado
en la clásica adaptación cinematográfica de la novela de H.
G. Wells protagoniza por Rod Taylor, en 1959. Este relato, que
podría ser visto acaso como un mojón innecesario en la economía
global de la ficción de Wells, posee cierta autonomía y representa
un intenso ejemplo de una literatura visionaria, donde la imaginación
pretende romper todo dique contenedor, para fluir hacia una
posible realidad futura. Un distante mañana donde prevalece
un océano oscuro, una atmósfera de tinieblas y un misterioso,
y acaso simbólico, habitante de las aguas.
Esteban
Ierardo
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En
Temakel también se puede visitar uno de
los mejores cuentos de la literatura fantástica
de H.G.Wells: La
puerta en el muro
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LA
VISIÓN MÁS DISTANTE
Por H. G.
Wells
Ya
les he dicho a ustedes las náuseas y la confusión
que produce el viajar a través del tiempo. Y ahora no
estaba yo sentado en el sillín, sino puesto de lado y
de un modo inestable. Durante un tiempo indefinido me agarré
a la máquina, que oscilaba y vibraba sin preocuparme
en absoluto cómo iba, y cuando quise mirar los cuadrantes
de nuevo, me dejó asombrado ver adónde había
llegado. Uno de los cuadrantes señalaba los días, y otro,
las centenas de millones. Ahora, en lugar de poner las palancas
en marcha atrás las había puesto en posición
de marcha hacia delante, y cuando consulté aquellos indicadores
vi que la aguja de los millares giraba -tan de prisa como la
del segundero de un reloj- hacia el futuro.
Entretanto,
un cambio peculiar se efectuaba en el aspecto de las cosas.
La palpitación grisácea se tornó oscura;
entonces -aunque estaba yo viajando todavía a una velocidad
prodigiosa- la sucesión parpadeante del día y
la noche, que indicaba por lo general una marcha aminorada,
volvió cada vez más acusada. Esto me desconcertó
mucho al principio. Las alternativas de día y de noche se hicieron
más lentas, así como también el paso del sol por el cielo,
aunque parecían extenderse a través de las centurias.
Al final, un constante crepúsculo envolvió la
tierra, un crepúsculo interrumpido tan solo de cuando
en cuando por el resplandor de un cometa en el cielo entenebrecido.
La faja de luz que señalaba el sol había desaparecido
hacía largo rato, pues el sol no se ponía; ya
se levantaba y descendía simplemente al oeste, mostrándose
más grande y más rojo. Todo rastro de luna se
había desvanecido. Las revoluciones de las estrella,
cada vez más lentas, fueron sustituidas por puntos de
luz que ascendían despacio. Al final, un poco antes de
hacer yo alto, el sol rojo y muy ancho se quedó inmóvil
sobre el horizonte, amplia cúpula que brillaba como un
resplandor empañado, y que sufría de cuando en cuando
una extinción momentánea. Una vez se reanimó
un poco mientras brillaba con más fulgor nuevamente,
pero recobró en seguida su rojo y sombrío resplandor.
Comprendí que por aquel aminoramiento de su salida y
de su puesta se realiza la obra de las mareas. La tierra reposaba
con una de sus caras vueltas hacia el sol, así como en
nuestro actual tiempo la luna presenta su cara a la tierra.
Muy cautelosamente, pues recordé mi anterior caída
de bruces, empecé a invertir el movimiento. Giraron cada
vez más despacio las agujas hasta que la de los millones
pareció inmovilizarse y la de los días dejó
de ser una simple nube sobre su cuadrante. Más despacio
aún, hasta que los vagos contornos de una playa desolada
se hicieron visibles.
Me
detuve muy delicadamente, y sentado en la Máquina del
Tiempo, miré alrededor. El cielo ya no era azul.
Hacia
el nordeste era negro como tinta, y en aquellas tinieblas brillaban
con gran fulgor, incesantemente las pálidas estrellas.
Sobre mí era de un almagre intenso y sin estrellas, y
al sudeste se hacía brillante, llegando a un escarlata
resplandeciente hasta donde, cortado por el horizonte, estaba
el inmenso disco del sol, rojo e inmóvil. Las rocas a
mi alrededor eran de un áspero color rojizo, y el único
vestigio de vida que pude ver al principio fue la vegetación
intensamente verde que cubría cada punto saliente sobre
su cara del sudeste. Era ese mismo verde opulento que se ve
a veces en el musgo de la selva o en el liquen de las
cuevas: plantas que, como éstas, crecen en un perpetuo
crepúsculo.
La
máquina se había parado sobre una playa en pendiente.
El mar se extendía hacia el sudeste, levantándose
claro y brillante sobre el cielo pálido. No había
allí ni rompientes ni olas, pues no soplaba ni una ráfaga
de viento. Sólo una ligera y oleosa ondulación
mostraba que el mar eterno se agitaba aún y vivía.
Y a lo largo de la orilla, donde el agua rompía a veces,
había una gruesa capa de sal rosada bajo el cielo espeluznante.
Aquella sensación me recordó mi único ensayo
de montañismo, y por ello juzgué que el aire debía
estar más enrarecido ahora.
Muy
lejos, en lo alto de la desolada pendiente, oí un áspero
grito y vi una cosa parecida a una inmensa mariposa blanca inclinarse
revoloteando por el cielo y, dando vueltas, desaparecer sobre
unas lomas bajas. Su chillido era tan lúgubre que me
estremecí, asentándome con más firmeza
en la máquina. Mirando a mi alrededor vi que, muy cerca,
lo que había tomado por una rojiza masa de rocas se movía
lentamente hacia mí. Percibí entonces que la cosa
era en realidad un ser parecido a un cangrejo. ¿Pueden ustedes
imaginar un cangrejo tan grande como aquella masa, moviendo
lentamente sus numerosas patas, bamboleándose, cimbreando
sus enormes piezas, sus largas antenas, como látigos
de carretero, ondulantes tentáculos, con sus ojos
acechándolos centelleantes, a cada lado de su frente
metálica? Su lomo era rugoso y adornado de protuberancias
desiguales, y unas verdosas incrustaciones lo recubrían
aquí y allá. Veía yo, mientras se movía,
los numerosos palpos de su complicada boca agitarse y tantear.
Mientras
miraba con asombro aquella siniestra aparición que se
arrastraba hacia mí, sentí sobre mi mejilla un
cosquilleo como si una mariposa se posase en ella. Intenté
apartarla con la mano, pero al momento volvió, y casi
inmediatamente otra sobre mi oreja. La aprese y cogí
algo parecido a un hilo. Se me escapó rápidamente
de la mano. Con una náusea atroz me volví y pude
ver que había atrapado la antena de otro monstruoso cangrejo
que estaba detrás de mí. Sus ojos malignos ondulaban
sus pedúnculos, su boca estaba animada de voracidad,
y sus recias pinzas torpes, untadas de un limo algáceo,
iban a caer sobre mí. En un instante mi mano asió
la palanca y puse un mes de intervalo entre aquellos monstruos
y yo. Pero me encontré aún en la misma plaza,
y los vi claramente en cuanto paré. Docenas de ellos
parecían arrastrase aquí y allá, en la
sombría luz, entre las capas superpuestas de un verde
intenso.
No
puedo describir la sensación de abominable desolación que
pesaba sobre el mundo. El cielo rojo al oriente, el norte entenebrecido,
el mar muerto y salado, la playa cubierta de guijarros donde
se arrastraban aquellos inmundos, lentos y excitados monstruos;
el verde uniforme de aspecto venenoso de las plantas de liquen,
aquel aire enrarecido que desgarraba los pulmones; todo contribuía
a crear aquel aspecto aterrador. Hice que la máquina
me llevase cien años hacia delante; y había allí
el mismo sol rojo - un poco más grande, un poco más
empañado-, el mismo amontonamiento de los bastos crustáceos
entre la verde hierba y las rojas rocas. Y en el cielo occidental
vi una pálida línea curva como una enorme luna
nueva.
Viajé
así, deteniéndome de cuando en cuando, a grandes
zancadas de mil años, arrastrado por el misterio del destino
de la tierra, viendo con una extraña fascinación cómo
el sol se tornaba más grande y mas empañado en el cielo
de occidente, y la vida de la vieja tierra iba decayendo. Al
final, a más de treinta millones de años de aquí,
la inmensa e intensamente roja cúpula del sol acabó
por oscurecer cerca de una décima parte de los cielos
sombríos. Entonces me detuve una vez más, pues
la multitud de cangrejos había desaparecido, y la rojiza
playa, salvo por sus plantas hepáticas y sus líquenes
de un verde lívido, parecía sin vida. Y ahora
estaba cubierta de una capa blanca. Un frío penetrante
me asalto. Escasos copos blancos caían de cuando en cuando,
remolineando. Hacia el nordeste. el relumbrar de la nieve se
extendía bajo la luz de las estrellas de un cielo negro,
y pude ver las cumbres ondulantes de unas lomas de un blanco
rosado. Había allí flecos de hielo a lo largo
de la orilla del mar, con masas flotantes más lejos;
pero la mayor extensión de aquel océano salado,
todo sangriento bajo el eterno sol poniente, no estaba helada
aún.
Miré
a mi alrededor para ver si quedaban rastros de alguna vida animal.
Cierta indefinible aprensión me mantenía en el
sillín de la máquina. Pero no vi moverse nada,
no en la tierra, ni en el cielo, ni en el mar. Sólo
el légamo verde sobre las rocas atestiguaba que la vida
no se había extinguido. Un banco de arena apareció
en el mar y el agua se había retirado de la costa. Creía
ver algún objeto negro aleteando sobre aquel banco, pero
cuando lo observó permaneció inmóvil, y
juzgue que mis ojos se habían engañado, ya que el negro
objeto era simplemente una roca. Las estrellas en el cielo brillaban
con intensidad, y me pareció que centelleaban muy levemente.
De
repente noté que el contorno occidental del sol había
cambiado; que una concavidad, una bahía, aparecía
en la curva. Vi que se ensanchaba. Durante un minuto, quizá,
contemplé, horrorizado en aquellas tinieblas que despuntaba
lentamente el día, y entonces comprendí que comenzaba
un eclipse. La luna o el plante Mercurio pasaban ante el disco
del sol. Naturalmente al principio me pareció que era
la luna, pero me inclino grandemente a creer que lo que vi en
realidad era el tránsito de un planeta interior que pasaba
muy próximo a la tierra.
La
oscuridad aumentaba rápidamente; un viento frío
comenzó a soplar en ráfagas refrescantes del este,
y la caída de los copos blancos en el aire creció
en número. De la orilla del mar vinieron una agitación
y un murmullo. Fuera de estos ruidos inanimados el mundo estaba
silencioso. ¿Silencioso? Sería difícil describir aquella
calma. Todos los ruidos humanos, el balido del rebaño, los gritos
de los pájaros, el zumbido de los insectos, el bullicio
que forma el fondo de nuestras vidas, todo eso había
desaparecido. Cuando las tinieblas se adensaron, los copos remolineantes
cayeron más abundantes, danzando ante mis ojos. Al final,
rápidamente, unos tras otro, los blancos picachos de
las lejanas colinas se desvanecieron en la oscuridad. La
brisa se convirtió en un viento quejumbroso. Vi la negra
sombra central del eclipse difundirse hacia mí. En otro
momento sólo las pálidas estrellas fueron visibles.
Todo lo demás estaba sumido en las tinieblas. El cielo
era completamente negro.
Me
invadió el horror de aquellas grandes tinieblas. El frío
que me penetraba hacia los tuétanos y el dolor que sentía
al respirar, me vencieron. Me estremecí, y una náusea
mortal se apoderó de mí. Entonces, como un arco
candente en el cielo, apareció el borde del sol. Bajé
de la máquina para reanimarme. Me sentía aturdido
e incapaz de afrontar el viaje de vuelta. Mientras permanecía
así, angustiado y confuso, vi de nuevo aquella cosa movible
sobre el banco - no había ahora equivocación posible
de que la cosa se movía- resaltar contra el agua roja
del mar. Era una cosa redonda, del tamaño de una balón de fútbol,
quizá, o acaso mayor, con unos tentáculos que
la arrastraban por detrás; parecía negra contra
las agitadas agujas rojo sangre, y brincaba torpemente de aquí
para allá. Entonces sentí que me iba a desmayar.
Pero un terror espantoso a quedar tendido e impotente en aquel
crepúsculo remoto y tremendo me sostuvo mientras trepaba
sobre el sillín. (*)
(*)
Fuente: H. G.
Wells, "La visión más distante", en La máquina
del tiempo, edición en Biblioteca personal de J. L. Borges.
Buenos Aires, 1985, pp-108-114 (trad. Nellie Manso/J. Gómez de la
Serna).
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