NIETZSCHE
Y LA LUCHA CONTRA EL DEMONIO
Por
Stefan Zweig
Los
meses del otoño de 1888, los postreros en la vida creadora
de Nietzsche, quedan como algo único en la historia de
la literatura.
Es casi cierto que en período de tiempo tan breve no
haya nunca pensado tanto una mente genial, ni lo haya hecho
de manera tan intensa, continua, superlativa y radical; nunca
seguramente un cerebro humano fue tan colmado de ideas, imágenes
y música, como el de Nietzsche, preparado en ello por
el destino. No existe otro ejemplo en la historia de la producción
literaria, que pueda ostentar esta abundancia, esta exaltación,
este fanático furor de crear; únicamnente muy
cerca de el en el mismo año, bajo las mismas estrellas,
un pintor produce así, con una actividad que linda con
la locura. En su jardin de Arles y en el asilo de alienados,
Van Gogh trabaja pintando con su rapidez, con esa pasion de
luz y esa superabundancia creadora. No bien termina uno de sus
cuadros incandescentes, su mágico pincel corre ya sobre
otra tela, sin dudas, sin planes, sin reflexión tampoco.
Crea como al dictado, con la lucidez y la clarividencia demoníaca,
en una sucesión continua de visiones que no se agotan.
Los amigos que le han dejado ante el caballete una hora antes,
se sorprenden al hallar terminada una segunda tela, mientras
el artista con la mirasda de fuego comienza la tercera. El demonio
le tiene asido por la garganta y no le consiente ni el tiempo
de respirar, indiferente si como jinete vertiginoso destroza
el cuerpo afiebrado y jadeante que tiene debajo de sí.
Así también crea Nietzsche, sin resuello, sin
reposo, con una velocidad sin precedentes. Sus últimas
obras están terminadas en diez, quince días, en
tres semanas a lo sumo. Gestación, creación y
elaboración se funden en un solo período breve
y brillante como un relámpago. No queda tiempo para incubar,
para descansar, para investigar: nada de tanteos, de correciones
o rectificaciones: todo es perfecto y defnitivo, ardiente y
enfriado aun tiempo. Nunca un cerebro ha tenido tensión
tan pareja, hasta en las últimas vibraciones verbales:
fantástica; la visión es contemporáneamente
palabra, la claridad es idea perfecta. Y no queda un solo rastro
de la violencia del esfuerzo. La creación ya no es acción
o trabajo; es solamente abandono a las potencias superiores.
El alma vibrante no necesita más que alzar la vista,
que mira tanb lejos, que "piensa tan lejos", y -como
Holderlin en su ímpetu postrero de misticismo contemplativo-
ve ya enormes trechos y del pasado futuro, al alcance de su
mano, en su calidad demoníaca.
No tiene más que extender la mano ardiente y veloz palparlos
y, al tocarlos, se llenan de imagen, de armonías, de
vitalidad. Y el torrente de imágenes e ideas no se corta
un solo instante en esas jornadas que realmente podríamos
decir napoleónicas. El alma de "Zarathustra me ha
asaltado". Con violenta sorpresa, se ve siempre sin armas
frente a lo superior, como si en su espíritu hubiese
sido destruido algún dique de razón o defensa,
por la corrientre torrentosa que se abalanza sobre el impotente,
sin voluntad ya. "Puede ser -dice Nietzsche extasiado al
hablar de sus últimos libros- que nunca se haya producido
nada mediante un desborde tal de energías". Pero
nunca se atreve a afirmar que esas energías que bullen
en su interior y le destrozan, son energías propias.
Humildemente, percibe que es solo "un portavoz de imperativos
del más allá" y que se halla en poder de
una fuerza superior y demoníaca.
¿Quién podría explicar o describir el milagro
de inspiración, los terrores, los estremecimientos del
torbellino creador que sopla cinco meses sin cesar, cuando él
mismo lo ha ilustrado ya con profunda gratitud, con la luminosa
energía de lo que él viviera por sí mismo?
Para ello basta copiar solamente esta página, como él
mismo la escribiera entre el centellear de los relámpagos:
"A fines del siglo XIX, ¿hay alguien que tenga una
clara idea de que los poetas de las grandes edades llamaron
inspiración? Si no lo hubieram os lo diré yo:
aun con el mínimo resto de superstición, no sería
posible, realmente, negar la creencia de ser únicamente
una encarnación, un portavoz, un médium de fuerzas
superiores: el concepto de revelación, en el sentido
de que imprevistamente, con finura y seguridad inefables, algo
claramente audible y visible, algo que estremece y trastorna
toda fibra del ser, describe simplemente el hecho. Se oye sin
esfuerzo para oír; se toma sin tenerlo que pedir; un
pensamiento surge como el rayo necesario; no hay la menor duda
de darle estilo, y forma. Nunca me tocó elegir. Un encantamiento,
cuya tensión formidable se resuelve a menudo en torrente
de lágrimas y donde el ritmo ya se acelera, ya se retrasa;
un estado enteramente fuera de sí mismo, con la sensación
evidente de experiementar escalofríos hasta la punta
de los pies; una dicha profunda en la que lo más doloroso
y sombrío no causa efectos de contraste, sino que parece
indispensable, como color complementario de esa exuberancia
de luz; un instinto de relaciones armónicas que abarcan
vastos espacios en que las formas se desenvuelven. La necesidad
de un ritmo vasto es como la medida de la fuerza de la inspiración,
contrapeso de la tensión, de la presión interiores...Todo
ocurre más allá del dominio de la voluntad, en
un desborde sentimental de liberación, de absoluto, de
energía, de divinidad. Lo más típico es
la necesidad de la metáfora, de la imangen; no se percibe
lo que es imagen o metáfora: ellas se prresentan como
la forma de expresión más apropiada, justa y simple.
Recordando una frase de Zarathustra, se podría decir
realmente que objetos y cosas vienen solos a ofrecerse como
metáforas. ("Todas las cosas se ofrecen dóciles
en tu discurso, te acarician, te lisonjean; es que quieren mostrarse
sobre tus hombros. Aquí cabalgas tu mismo sobre cada
parábola, marchando hacia la verdad. Aquí te surgen
todas las palabras del ser y todos los misterios de esas palabras;
el alma, todo tu ser, quieren convertirse en verbo, todo el
porvenir quiere manifestarse por ti"). Esto es lo que yo
sé de la inspiracion. Habría que volver atrás
miles de años, para hallar a alguien que me pudiera decir:
"Eso creo yo también".
En este acento de vértigo que resuena en esta suerte
de himno glorificador de sí mismo, los médicos-yo
lo sé- ven un caso de euforia, el último sentimiento
de voluptuosidad del moribundo, como el estigma de la melagomanía,
esa exaltación del yo tan característica de las
almas enfermizas. Sin embargo pregunto: ¿Cuándo
se ha esculpido de esta manera, para la eternidad, con claridad
tan cristalina, la ebriedad de crear? Porque ese es el milagro
especial e imcomparable de las últimas producciones de
Nietzsche: un grado máximo de claridad que acompaña
como en los casos de sonambulismo el grado sumo de la embriaguez
y ambas son sutiles como serpientes, en la fuerza sin freno
de la orgía casi bestial. Generalmente, los demoníacos,
aquellos que Dionisos embriaga el alma, tienen labios pesados
y palabra tenebrosa. Como en sueño, sus expresiones son
confusas, adquieren el verbo o el acento órfico, pítico,
misterioso de un lenguaje ultraterrenal, para el cual nuestros
sentidos tiene apenas un presentir asustado, en tanfo que el
espíritu no alcanza a comprender.
Nietzsche, sin embargo, es claro como un billante, aun en la
exaltación, y su palabra sigue incisiva, dura y cortante
hasta la ebriedad. No ha habido por cierto otro que se asomara
con tanta osadía y calma al abismo de la locura, como
lo hizo Nietzsche. Su estilo no es sombrío y oscuro a
fuerza de misterio, como el de Holderlin ycomo el de todos los
píticos y místicos: a la inversa, nunca fue más
clara y verdadero como en estos últimos momentos, iluminado,
puede decirse, por el misterio. Cierto es también que
esa luz es muy peligrosa; posee el brillo enfermizo de un sol
de medianoche, que se eleva teñido de rojo sobre los
campos de hielo; es una luz septentrional del alma, que en su
magnificencia única, hace temblar. No calienta: asusta;
no deslumbra: mata. No arrastra a Nietzsche al abismo el ritmo
oscuro del sentimiento como a Holderlin; no lo arrastra un torrente
de tristeza; por el astro demasiado brillante yluminoso, por
una alegría incandescente e insoportable. La caída
de Nieztsche es una muerte de luz, la quemazón del alma
en su propio fuego.
Hace mucho que arde su alma y brilla con su exceso de luz; a
veces él mismo se asuta, clarividente, por ese exceso
que viene de arriba, y un poco de la salvaje alegría
que hay en él: "La intensidad de mis sentimientos
me hace estremecer y reír". Más ya nada puede
contener esa corriente de exaltación, ese reflujo de
ideas venidas del cielo como halcones y que aletean entre chillidos
en su torno día y noche, constantamente, hasta que siente
estallar las sienes. Por la noche halla alivio en el cloral,
que le brinda un pasajero refugio en el sueño, contra
el asalto tumultuoso de las visiones, pero sus nervios están
candentes, como hilos de metal, todo él se trueca en
electricidad y luminosidad, en luz deslumbrante, llena de fulguraciones
y llamaradas.
¿Cabe llamar milagro el hecho de que en este remolino
de inspiración tan veloz, en ese torrente de pensamientos
vertiginosos, pierda contacto con la tierra firme y, en pos
de todos los demonios del alma que le arrastran, olvide quién
es y no reconozca ya ni sus propios límites? Hace mucho
ya- desde el instante en que percibió que obedecía
a algo superior y no a sí mismo- que su mano vacila en
escribir su nombre al pie de sus escritos: Federico Nietzsche.
Es que el nieto del pastor protestante de Naumbaurg comprende
sordamente, que al cabo de tanto tiempo, ya no es él
quien vive esa vida asombrosa, sino otro ser sin nombre aún,
una fuerza superior, un nuevo mártir de la humanidad.
Y así firma sus últimos mensajes con nombres simbólicos:
El monstruoso, El crucificado, El Anticristo, Dionisos.
No firma con su nomnbre, porque comprende que en él obra
fuerzas ultramundanas y en su concepto él mismo no es
ya un homnbre sino una potencia, una misión. "Ya
no soy un hombre, soy dinamita", dice. "Soy un pasaje
de la historia del mundo que divide en dos toda la historia
de la humanidad", grita en el acceso de enajenación,
en pleno silencio atroz.
Como Napoleón, que frente a Moscú en llamas, frente
al invierno infinito de Rusia, circundado por los restos miserables
de su gran ejército, lanza todavía las proclamas
amezadoras y grandiosas- grandiosas hasta el extremo del rídiculo-,
Nietzsche frente a ese Kremlin en lllamas que es su cerebro,
con los restos de sus pensamientos compone terribles libelos.
Ordena al emperador alemán que venga a Roma, para ser
ejecutado, invita a las potencias europeas a una campaña
militar contra Alemania, que quisiera encerrar en una camisa
de acero. Nunca furor demoníaco tal se ha explayado tanto
en el vacío; nunca una hybris más
espléndida ha llevado a un alma tan lejos de la tierra:
sus palabras son golpes de martillo contra la construcción
del mundo; quiere que se modifique el calendario, para que cuente
no ya desde el nacimiento de Cristo, sino desde la aparición
del Anticristo; pone su figura por sobre las más altas
de todos los tiempos. El delirio mental de Nietzsche supera
al de todos los enfermos espirituales: reina en ello, como en
todo, la exageración, el exceso.
No hubo en la tierra ser humano que haya sido inundado por tan
vasta inspiración creativa, como Nieztsche en ese otoño:
"Nunca se escribió de tal modo, nunca se ha sentido
así: nadie ha sufrido de esta manera, porque así
sufre solamente un dios; un Dionisos"; estas palabras que
dice al comienzo de su locura son terriblemente verdaderas.
Esa pequeña habitación del cuarto piso y la gruta
de Sils Maria cobijan a un tiempo a un enfermo de nervios y
las ideas y las palabras más grandes del siglo; el alma
creadora se ha refugiado bajo ese techo ardiente de sol y desarrolla
toda su plenitud en un pobre solitario, sin nombre, temeroso
y perdido, mucho más de lo que un hombre sabe soportar.
En ese estrecho lugar, ahogado de inmensidad, el pobre espíritu
terreno, lleno de zozobra, vacila, duda y se tambalea, entre
relámpagos e iluminaciones que le golpean. Como Holderlin,
espiritualmente ciego, siente que a su lado hay un dios de fuego,
cuya mirada no puede sostener y cuyo aliento le abrasa. El poder
ser estremecido se levanta para mirarle a la cara y los pensamientos
huyen en rápida incoherencia, porque el que siente, crea
y sufre lo inefable.
¿No es él mismo un Dios? ¿No es él
un nuevo dios del universo, si otro ha muerto? ¿Quién
es él? ¿El crucificado? ¿Un dios muerto
o un dios vivo, el dios de su juventud, Dionisos o las dos cosas
a un tiempo?...Sus pensamientos corren como un río, la
corriente hierve a fuerza de luz. Pero ¿eso es luz? ¿No
es más bien música?...El pequeño cuarto
de Vía Alberto comienza a sonar, las esferas vibran,
los cielos se transfiguran. ¡Oh, qué música!
Las lágrimas le resbalan por el mentón, ardiendo.
¡Oh, que ternura, qué dicha! ¡Qué
inmensa claridad! En la calle allá abajo todos le sonríen,
sí, le sonríen. Se levanta respetuosamente para
saludar y la vendedora elige en su canasta las manzanas más
hermosas. Todos cortejan y reverencian al asesino de Dios, todo
es alegría ¿Por qué? Él lo sabe:
porque ha llegado el Anticristo y todos aúllan: "Hosanna,
hosanna!.
Todo canta, el mundo es música y júbilo. Después,
todo enmudece. Algo ha caído. Sí, es él
mismo que ha caído frente a su casa.
Alguien le levanta. Está de nuevo en su cuarto. ¿Ha
dormido mucho? Todo es oscuridad...Allí está el
piano. ¡Música, música!...De repente hay
muchos hombres en el cuarto. ¿No está Overbeck?...
Sin embargo, está en Basilea...Pero, él mismo,
¿dónde está? ¿Dónde?...No
lo sabe, ya no lo sabe. ¿Por qué miran todas tan
inquietos, tan extraños?...Un vagón, un coche...Los
rieles rechinan, como si quisieran cantar...Sí, están
cantando La canción del gondolero...
Y él comienza a cantar con los rieles, en medio de la
oscuridad sin fin...
Después, ¡cuánto tiempo en un cuarto oscuro,
lejos, en un cuarto siempre oscuro, siempre oscuro! No hay sol
ya, no hay luz, ni adentro ni afuera. En algún lado,
unos hombres hablan. Hay una mujer...¿Su hermana? ...¡Ah!
su hermana está lejos, muy lejos. Una mujer le lee en
voz alta un libro...¿Un libro? ...El también ha
escrito libros..Alguien le habla con suavidad, con dulzura,
pero él no entiende lo que le dicen. El que ha sentido
pasar por el alma semejante huracán, queda sordo para
jamás a las palabras del hombre...El que el demonio ha
mirado tan hondamente en los ojos, queda siempre ciego, para
siempre ciego... (*)

Stefan
Zweig
(*)
Fuente:
Stefan Zweig, La lucha contra el demonio. Holderlin, Kleist,
Nietzsche, Buenos Aires, ed. Leviatan, pp.248-254.