Numerosos estudiosos de la filosofía en esta América,
al hacer un balance sobre las orientaciones que ésta sigue en
nuestros países, han realizado acerba crítica a quienes orientan
sus investigaciones por el camino de la historia de las ideas o de
las posibilidades de una filosofía americana. En este balance se
ha presentado una corriente como si se orientase hacia lo que
llaman el camino de la universalidad, mientras otra es presentada
como si sólo se preocupase, con abandono de la tradición, por
tareas de tipo limitado, por ende, poco filosóficas.
Una
corriente aparece como fiel seguidora de la gran tradición filosófica
occidental, persiguiendo fielmente la solución de los problemas
que de acuerdo con esta filosofía forman la temática de lo que
se considera auténtica filosofía. La otra, por el contrario,
parece sólo preocuparse por temas que más bien pertenecen a la
historia, la sociología o la psicología. La primera, como se ha
dicho, es calificada de universalista, la segunda de historicista.
Los estudiosos de la filosofía en México son colocados, al menos
provisionalmente, dentro del grupo que se orienta por la segunda
corriente. Su historicismo, patente en varias obras y
publicaciones de carácter filosófico, es visto como una
peligrosa desviación del camino que, se considera, conduce a un
auténtico filosofar.
Sin
embargo, aunque no creo sea necesario esta aclaración no está de
más hacerla: no todos los estudiosos de la filosofía en México
siguen la corriente indicada. Todo lo contrario, son muchos, quizá
los más, los que están preocupados por seguir las corrientes de
lo que se ha llamado el universalismo filosófico. Entre nosotros
hay estudiosos que siguen al tomismo, la filosofía de los
valores, la filosofía crítica, la fenomenología, etcétera.
También los mexicanos han discutido apasionadamente en torno a
estas dos actitudes que se pueden tomar en filosofía. Pero, hay
que agregar algo más, que la preocupación en torno a los
problemas de una posible filosofía americana y la realización de
una historia de nuestras ideas, es algo que se encuentra también
en pensadores y estudiosos de otros países de nuestra América.
La bibliografía sobre estos temas, como lo podrá comprobar un
lector atento, crece día a día.
La
filosofía, se dice a modo de crítica, es algo universal y
eterno; no se la puede someter a determinaciones geográficas y
temporales. De acuerdo, el que esto escribe ha dicho en otra ocasión:
"Esta tarea de tipo universal y no simplemente americano,
tendrá que ser el supremo afán de esta nuestra posible filosofía.
Esta nuestra filosofía no deberá limitarse a los problemas
propiamente americanos, a los de su circunstancia, sino a los de
esta circunstancia más amplia, en la cual estamos insertos como
hombres que somos, la llamada humanidad. No basta querer alcanzar
una verdad americana, es menester, además, tratar de alcanzar una
verdad válida para todos los hombres, aunque de hecho no pueda
lograrse. No hay que considerar lo americano como un fin en sí,
sino, por el contrario, como un límite y punto de partida para un
fin más amplio. De aquí la razón por la cual todo intento de
hacer filosofía americana, con sólo la pretensión de que sea
americana, tendrá que fracasar. Hay que intentar hacer pura y
simplemente filosofía, que lo americano se dará por añadidura".
2.
¿Hacemos auténtica filosofía?
Ahora bien, lo primero que debemos preguntarnos es si hasta ahora
hemos hecho auténtica filosofía, filosofía sin más. Esto es,
si los problemas que nos planteamos o nos hemos planteado dentro
de ese terreno que llamamos la universalidad son auténticos
problemas, aporías, "callejones sin salida", a
los cuales hemos tratado de dar una solución. ¿Sentimos los
problemas que nos planteamos como los filósofos clásicos han
sentido los suyos? ¿Al plantearnos un problema nos jugamos, en la
solución de éste, todo nuestro ser, tal como se lo han jugado
todos los filósofos en sus soluciones? ¿Sentimos la filosofía,
el afán de saber, en nuestra alma, en nuestra carne? O, en otras
palabras, ¿los problemas de nuestro filosofar son nuestros, en la
medida en que lo han sido para cada uno de los grandes maestros de
la filosofía?
Los
grandes filósofos, nos enseña la historia de la filosofía, se
han puesto simplemente a filosofar, sin más. Esto es, se han
puesto a resolver una serie de problemas que su circunstancia les
reclamaba. Las soluciones que ofrecieron fueron filosóficas, como
lo fueron los problemas, por su afán de dar a éstos soluciones
de validez permanente. Para los filósofos nunca fue un problema
la originalidad de estas soluciones. Filosofaban pura y
simplemente. Nunca un filósofo griego habló de una filosofía
griega, ni un francés de una filosofía francesa, ni un alemán
de una filosofía alemana. Su filosofar trascendía todas estas
limitaciones espaciales y temporales. Lo griego, lo francés y lo
alemán de su filosofía les fue dado por añadidura, sin que lo
hubiesen pretendido, se les dio a pesar suyo. Más que lo griego,
lo francés y lo alemán se les dio lo humano con todo lo que esto
significa. ¿Por qué entonces los americanos hablamos sobre la
posibilidad y aun la necesidad de una filosofía que podamos
considerar como propia?
La
necesidad de esta filosofía ha venido a ser la natural
consecuencia de nuestra actitud anterior, siguiendo ese camino que
hemos llamado de la universalidad. Más que filosofar nos ha
preocupado coincidir, aunque fuese por la vía de la imitación,
con lo que llamamos filosofía universal. No hemos filosofado con
auténtica pureza. No hemos hecho filosofía sin más. Nos
preocupaba la filosofía como oficio y no el filosofar como tarea.
Para nosotros filosofar equivalía a reflexionar sobre lo
reflexionado por otros, o encuadrar nuestro pensamiento a los
sistemas con los cuales nos encontrábamos. Más que filósofos
hemos sido expositores de sistemas que no habían surgido frente a
nuestras necesidades. Nos hemos conformado con ser buenos
profesores de filosofía. Los problemas de la filosofía han sido
nuestros en la misma forma que lo pueden ser los problemas que
plantean el teatro y el cinematógrafo (en la pantalla). Nos
interesan, pero no podemos siempre sentirlos como propios. Sólo
nos interesan porque sabemos que eso es filosofía. En cuanto un
problema aparece fuera del cuadro de lo que estamos acostumbrados
a llamar filosofía, lo desechamos considerándolo como no filosófico.
No filosofamos, únicamente nos preocupamos por repetir eso que
llamamos filosofía. La filosofía se nos convierte en letra
muerta, en forma sin sentido. Nos hacemos reflejo de ajena vida,
como ya nos criticara alguna vez Hegel.
Mientras
el auténtico filósofo nunca se ha preocupado por hacer filosofía,
sino por filosofar, nosotros nos preocupamos especialmente porque
esta actividad nuestra pueda llevar el nombre de Filosofía.
Nuestras discusiones no han girado tanto en torno al problema de
si estamos o no en el camino de la verdad, sino en torno al
problema de si somos o no filósofos. Si nuestro oponente en la
discusión no acepta los postulados del sistema que hemos
adoptado, lo acusamos en el acto, no de que se encuentra en un
error sino de que no es un filósofo. ¡Como si a los auténticos
filósofos les hubiese importado alguna vez ser o no llamados filósofos!
Pero que alguien nos pregunte qué es filosofía, para que de
acuerdo con lo que sea podamos distinguir al verdadero filósofo
del que no lo es, entonces vienen los apuros, porque la filosofía
se nos presenta como siendo de diferentes maneras, ninguna de las
cuales nos es propia, salvo que nos sumemos a uno de sus
establecidos puntos de vista.
3.
Filosofar es hacer auténtica filosofía
Si
queremos hacer filosofía, lo primero que tenemos que hacer es
filosofar. Filosofar sin más, sin preocuparnos porque esta
actividad nuestra sea o no reconocida como filosofía. No debemos
empeñarnos tanto en hacer filosofía como en filosofar. Esto es,
debemos empeñarnos en dar solución a nuestros problemas en forma
semejante a como los filósofos clásicos se han empeñado en dar
solución a los problemas que su mundo les fue planteando. Se
plantearon problemas que les eran propios, sin que este serles
propio fuese para ellos una limitación para que aspirasen a dar a
sus soluciones un alcance universal y eterno. Ahora este afán,
han reconocido los mismos filósofos, es un afán inútil, sin que
lo sean, por lo mismo, las soluciones para que fueron hechas. No
debemos, por esto, preocuparnos mucho por la universalidad o
limitación de nuestras soluciones, como tampoco por su eternidad
o temporalidad. Simplemente debemos preocuparnos porque nuestras
soluciones sean auténticas soluciones. Soluciones para el hombre
de carne y hueso que la solicita desesperadamente. Aspirar,
siempre, a que nuestras soluciones lo sean de una vez y para
siempre, pero conscientes de que esta aspiración, o pasión
nuestra, es y será siempre una pasión inútil.
Así,
hablar sobre las posibilidades de una filosofía americana no
tiene ni puede tener otro sentido que el de hablar sobre la
necesidad de que nosotros los americanos hagamos auténtica
filosofía. Esto es, sobre la necesidad de que filosofemos en
forma semejante a la forma como lo han hecho los auténticos filósofos.
Sobre la necesidad de que nos planteemos auténticos problemas
para dejar de ser eco y reflejo de ajenas vidas, tal como nos
reprochaba Hegel. Los problemas deben ser nuestros, no sólo en la
medida en que se nos dan como americanos, sino en la medida más
universal en que se nos dan como hombres. Para un europeo no tiene
sentido plantearse el problema sobre una filosofía europea, ya
que éste hace filosofía sin más, aspirando en cada caso a
encontrar lo universal. Para un americano sí tiene sentido
plantearse este problema porque no ha hecho auténtica filosofía.
Los problemas que hasta ahora se ha planteado, lo han sido en un
sentido profesional, académico, le preocupan simplemente porque
han sido planteados por la filosofía europea. Partiendo de este
punto de vista nuestra filosofía, si así vamos a llamarla,
aparece como un mal reflejo de la europea. Y no es que se niegue
la posibilidad de que los problemas y soluciones de esta filosofía
no puedan también serlo nuestros; de lo que se trata es de no ser
racionalista, simplemente, porque está de moda el racionalismo;
ni de sentirnos angustiados simplemente porque sea una moda el
existencialismo. Si hemos de ser racionalistas o existencialistas
ha de ser porque estas posturas resuelven o nos dan los elementos
de una posible solución de nuestros problemas.
4.
Menosprecio de lo propio
"Si
Bello hubiera sido escocés o francés —dice José Gaos—, su
nombre figuraría en las historias de la filosofía universal como
uno más en pie de igualdad con los de Dugald Stewart y Brown,
Roger Collard y Jouffoy, si es que no con los de Reid y Cousin.
"Lo que se dice de Andrés Bello podría también decirse de
todos los clásicos de nuestro pensamiento. Analizando con cuidado
la obra de éstos se podrá encontrar, sin mucha dificultad, un
gran porcentaje de originalidad en la única forma que se puede
ser original, en la forma como se enfocan determinados problemas.
Forma que tiene su origen en la situación propia del autor que
realiza el enfoque. Sin embargo, poco o nada es lo que nos
interesa este pensamiento. Antes de que nos tomemos la molestia de
conocerlo ya damos por supuesto que se trata de una "mala
copia" de lo realizado por la filosofía europea. ¿Para qué
leer a Andrés Bello si podemos leer a Cousin? ¿Para qué leer a
Gabino Barreda o a José Victorino Lastarria si podemos leer a
Augusto Comte? ¿Para qué leer a Antonio Caso si podemos leer a
Bergson? Y si acaso leemos a estos pensadores americanos, siempre
tenderemos a encontrar que su pensamiento se halla muy lejos de
parecerse a sus modelos o a lo que suponemos sus modelos. Este
hecho no viene a ser sino una prueba más de lo que consideramos
nuestra incapacidad como americanos para pensar en forma semejante
a los europeos. Lo que está ante nuestros ojos no son sino
"malas copias" de Cousin, Comte y Bergson. Con esta
actitud no hacemos sino reflejar nuestra situación como pueblos
dentro del concurso de naciones, nuestra situación de pueblos
coloniales.
Mientras
Europa valora y revalora la obra de sus pensadores, artistas y
hombres de ciencia, la obra de los hombres que dan realce a su
cultura, potenciando esta obra, nosotros los americanos partimos
del prejuicio de que todo lo hecho por los nuestros en los mismos
campos sólo es una mala imitación de lo realizado por los
europeos o, lo que puede ser peor, un conjunto de disparates y
absurdos, producto de nuestra calenturienta mente
"tropical". Por ello es menester observar a Europa y
dentro de ella especialmente a Francia. A ésta nada o casi nada
escapa, en el campo de la cultura, a su valorización
potencializadora. Allí están sus historias de la filosofía en
donde encontramos, al lado de los grandes genios de la filosofía
universal, a figuras secundarias, incluyendo, muchas veces, a
simples expositores. En esas historias cada uno tiene su puesto,
lo mismo el genio creador que el expositor que explica y hace
comprender la obra de este genio. En estas historias nada falta ni
nada sobra. Lo mismo podemos decir de sus historias de la
literatura, la ciencia, etcétera. Todas las figuras allí
expuestas tienen un papel importante en la formación de la
cultura del hombre europeo. Todas ellas le ofrecen la más segura
de las bases. Sobre esta base el europeo puede sentirse seguro y
firme. En ella los grandes maestros creadores toman de un todo
indiscriminado el material con el cual continuar su obra creadora.
Nunca se les ha planteado el problema de si una parte de este todo
es o puede ser una mala imitación de otra cosa. Este peligro no
existe; en la valorización que continuamente se realiza, las
malas copias no pueden ser potenciadas, de hecho, no existen.
5.
Revaloración de lo propio
El
temor a ser simplemente una sombra o un eco de otra cultura es sólo
propio de pueblos coloniales como los nuestros. Mientras el
europeo ha venido partiendo, hasta ayer, de la segura creencia en
la universalidad de su cultura, nosotros hemos estado partiendo de
la no menos segura creencia de la insuficiencia de la nuestra.
Mientras Europa crea y recrea a sus clásicos nosotros ignoramos a
los nuestros. Y los ignoramos porque partimos del falso supuesto
que nos ofrece la comparación de lo nuestro con lo europeo.
Partiendo de este supuesto nos empeñamos en no tener nuestros clásicos,
sino los clásicos que nos ofrece Europa. Nos estamos quejando de
las malas imitaciones que realizan nuestros pensadores porque
quisiéramos "imitaciones perfectas". Nos quejamos, por
ejemplo, de que varios de nuestros pensadores no sean otra cosa
que malos imitadores de Cousin, Comte y Bergson. Y nos quejamos
porque los encontramos distintos de sus modelos. O lo que es lo
mismo, nos quejamos de que, a pesar de que se apoyen en estos
pensadores resulten originales. Nos quejamos porque tienen
personalidad, porque a pesar de que siguen a un determinado
pensador europeo su obra resulta distinta. Nos negamos a tener
nuestros clásicos porque no son semejantes a los clásicos
europeos. Nos negamos a tener un pensamiento americano porque no
es semejante al europeo. Esto es, no negamos como cultura tratando
de ser eco y sombra de una cultura ajena.
De
aquí la ya urgente revalorización o valorización de nuestro
pensamiento, ese pensamiento que se resiste a ser semejante a los
que consideramos sus modelos. Es menester ir a este pensamiento, a
nuestros pensadores, a nuestros clásicos; pero ir con otros ojos
distintos a los que hemos llevado hasta ahora. No hay que ver ya
"malas copias" de algo que, si bien les pudo servir de
modelo no tiene por qué ser imitado. Hay que ver a este
pensamiento de nuestros clásicos como algo distinto, diverso, de
sus modelos. Es eso, lo que les hace distintos, acaso contra la
voluntad de nuestros pensadores, lo que ha de formar el acervo de
nuestra cultura filosófica original. En eso está lo que nos es
propio, lo nuestro. Si en algo hemos de imitar a Europa es en su
capacidad para sentirse siempre original, fuente de toda
universalidad, aun en aquello que imita, que por este hecho mismo
se universaliza.
De
hecho, en todo lo humano la imitación perfecta, aun la
consciente, es imposible. Siempre aparece la perspectiva, el punto
de vista personal, la actitud desde una determinada situación.
Esto es algo a que no escapa obra humana alguna. Señalar este
hecho ha sido uno de los más grandes aciertos de la filosofía
europea contemporánea, el historicismo y el existencialismo.
Europa ha sido siempre consciente de su originalidad desde los orígenes
de su cultura y recientemente de los límites de esta originalidad
elevada a universalidad. En cambio nosotros sólo lo hemos sido de
nuestros límites para crear cultura original. Europa ha podido
hacer de esta su originalidad algo universal; nosotros, de
nuestras limitaciones sólo hemos podido abstraer nuestra
insuficiencia. Se dan así dos actitudes frente a algo que nos es
común a europeos y americanos, frente algo que nos es propio
porque es humano.
Pensadores
nuestros han podido captar ya nuestra capacidad y predisposición
para lo universal, en su más amplio sentido. Tanto José
Vasconcelos como Alfonso Reyes han insistido muchas veces en este
hecho. Vasconcelos en su idea de una "raza cósmica".
Reyes en sus ideas sobre la "inteligencia americana". América,
especialmente Hispanoamérica, arrastrada por un sentimiento de
insuficiencia ha procurado asimilarse diversas corrientes
culturales en sus no menos diversos aspectos. Actitud que le ha
llevado o le llevará, aun sin proponérselo a la formación de
una cultura mestiza, que por serlo, representará una síntesis
universal de culturas. Europa, por el contrario, apoyada en ese
sentimiento de seguridad y suficiencia que le da el saberse
original, pone, en muchos casos, cerco a influencias que podrían
enriquecerla. Europa da, pero está poco dispuesta a recibir.
"Ante el americano medio —dice Alfonso Reyes—, el europeo
medio aparece siempre encerrado dentro de una muralla china, e
irremediablemente, como un provinciano del espíritu. Mientras no
se percaten de ello y mientras no lo acepten modestamente, los
europeos no habrán entendido a los americanos".
De
esta forma se deduce que el universalismo de que siempre hace gala
Europa, no es sino una forma de justificación localista con
exclusión de otras corrientes culturales que no se adaptan al
punto de vista europeo. Este universalismo resulta ser mejor
expresado por América. Si quisiéramos cambiar el signo negativo
que hace ver en nuestra actitud simple y puramente una
insuficiencia, podríamos cambiar a esta misma en un signo
positivo. Podríamos decir, que esa insuficiencia que parece
caracterizarnos, no es sino el resultado de la conciencia que
tenemos sobre la inmensidad de lo que es menester asimilar
culturalmente para alcanzar una auténtica cultura universal. Sólo
se alcanzaría esta suficiencia si se alcanzase lo universal. En
cambio, la misma, a la manera como la puede tener el europeo
corriente, no es sino una forma de limitación, un saberse
perfecto con lo que se tiene imaginándose que ya se tiene todo;
que lo que se tiene es lo universal. El sentimiento de suficiencia
europeo no viene a ser sino el sentimiento que se puede tener
dentro de una muralla perfectamente cerrada; una muralla cuyo
interior no pueda ser alterado por nada exterior. De esta manera
lo propio, lo que está dentro de la muralla, puede ser presentado
como lo universal por excelencia. Se trata de una universalidad
bien cerrada y redonda. Sólo pueblos con moldes hechos pueden ver
a otras culturas desde el punto de vista de estos moldes para
rechazar todo lo que no se adapte a sus medidas.
Éstos
son, precisamente, los moldes que el americano se ha empeñado en
aplicar a sus propias obras. No ha querido ver a través de sus
propios ojos, sino a través de ojos ajenos, de ojos a los cuales
concede una dimensión universal. Ojos que poseen una extraña
universalidad porque en vez de ampliar recortan, dicen qué es lo
universal y qué no es. Son estos moldes ajenos los que han hecho
que sintamos lo propio como una "mala copia" de un
determinado modelo, como algo reducido e insuficiente. Tarea
urgente es cambiar este punto de vista; pero no para caer en una
especie de falso nacionalismo o simple localismo, que no vendría
a ser otra cosa que expresión de una actitud igualmente
insuficiente. Esto equivaldría a caer en ese punto de vista
limitado que aquí criticamos. La universalidad debe ser una de
las aspiraciones de nuestra cultura; pero partiendo siempre de
nuestra realidad. La universalidad debe dar a nuestras obras una
inseguridad creadora; la realidad, la seguridad de lo creado. En
esta forma todo lo que hemos realizado, por poco que sea, tendrá
siempre algo que decirnos. Será expresión de nuestra realidad,
expresión de lo que nos es más inmediato y propio. La valorización
de esta realidad nuestra depende, así, de nuestra propia actitud
frente a ella.
6.
La dependencia, problema cultural de América
El
sentido de dependencia, causa y origen de las actitudes negativas
atrás señaladas, es un problema ceñidamente americano. Sólo a
los americanos se nos presenta este problema de la dependencia y,
por ende, el de la independencia, como un problema entrañable. La
cultura europea es nuestro más inmediato pasado; pero aún no
hemos sido lo suficientemente capaces para asimilarlo y hacerlo
nuestro. La beatería frente a la cultura europea que nos
caracteriza es el más claro signo de que no hemos asimilado esta
cultura. El europeo, que se sabe heredero de la gran tradición
cultural de Occidente, no se siente nunca amilanado frente a su
pasado y es capaz de enfrentarse a él si se le presenta como obstáculo
para su futuro. El pasado está siempre allí, como pasado que es;
como algo que le es propio, pero en la medida en que representa lo
que ha sido. Pero este haber sido es ya una garantía de que no
tiene que volver a ser. A los americanos nos falta esta dimensión.
Nuestro pasado está siempre presente, sin decidirse a ser auténtico
pasado.
Europa,
ha mostrado muy bien Hegel, ha seguido siempre en su historia un
movimiento dialéctico. Movimiento mediante el cual toda superación
es a un mismo tiempo negación y conservación. Dentro de esta
dialéctica negar no significa eliminar, sino asimilar, esto es,
conservar. Negar significa ser algo plenamente para no tener
necesidad de volver a serlo. De aquí que las culturas que
asimilan plenamente no sientan lo asimilado como algo ajeno,
estorboso y molesto. Lo asimilado forma parte de su ser, sin
estorbar su seguir siendo. Este haber sido forma parte de la
experiencia que permite el seguir siendo. Cuando se asimila bien
no se tiene necesidad de volver a repetir experiencias ya
realizadas. La historia viene a ser la expresión objetiva de esta
asimilación o negación dialéctica. Es ésta la historia de la
cultura occidental, la historia del hombre occidental, la historia
cuyo movimiento dialéctico ha dibujado magistralmente Hegel. Ésta
es también la historia que América ha de negar como punto de
partida para realizar una cultura que siéndole propia ha de ser
también universal.
De
aquí la urgencia, para los americanos, de esta asimilación. Es
menester, por una serie de razones sociales, históricas y políticas,
que América asimile su pasado dentro de una dimensión dialéctica.
Tenemos que negar este pasado nuestro con la mejor de las
negaciones, la histórica. Si no queremos repetir la experiencia
de nuestros antepasados viviéndola, es menester que la
convirtamos en historia, en auténtica experiencia. Tal es lo que
ha hecho siempre Europa, y ésta es la mejor lección que podemos
aprender de su cultura. Ésta ha sido la tarea de sus
historiadores y filósofos. La historia de la cultura europea no
la forman los puros hechos, sino, además, la conciencia filosófica
que de ellos se tiene. Esto es, la relación que se ha sabido
encontrar a estos hechos como conjunto que expresa un modo de ser
propio del hombre que los crea. Ningún hecho histórico, por
pequeño que sea, carece de sentido en la cultura europea. Este
sentido se hace patente en todas las formas de su expresión, aun
en las que, aparentemente, se presentan como las más abstractas,
tales como las llamadas ideas, el pensamiento o la filosofía.
Todos los motivos que puede mover a un individuo o a una nación
como conjunto de individuos, a enfrentarse a sus circunstancias
para adaptarlas o adaptarse, se hacen patentes en esta historia.
Estos motivos pueden ser económicos, políticos o religiosos. La
conciencia de estos motivos es lo que forma la conciencia histórica
de un pueblo.
7.
Toma de conciencia y comprensión histórica
Cuando
se tiene la conciencia, anteriormente señalada, se ha alcanzado
la comprensión histórica. Comprender, desde este punto de vista,
es tener capacidad para colocar un determinado hecho en el lugar
preciso que le corresponde en el presente. En este caso su lugar
es el de una experiencia realizada que, por la misma razón, no
tiene por qué volver a realizarse. Cuando se comprenden los
motivos por los cuales en una determinada época se realizaron
determinadas formas de expresión históricas, se comprenden también
los motivos por los cuales estas mismas formas no pueden repetirse
en el presente, salvo negando la historia, esto es, la capacidad
del hombre para progresar sirviéndose de sus propias
experiencias. Tal es el papel del historiador.
Por
lo que se refiere a nuestra América esta labor se va haciendo
consciente tanto a nuestros historiadores como a nuestros filósofos.
Ha surgido en nuestro medio el historiador de nuestras ideas que
se ha impuesto la misión de comprender y hacer comprender ese
pasado nuestro que ha de ser asimilado para que sea un hecho
nuestra historia. Pero a este historiador corresponde una tarea más:
la de hacer patente el espíritu que es común a nuestra América
en medio de sus múltiples divergencias y distinciones. Comprender
el pasado es comprender también el presente. Comprenderse es
tener una clara idea de sí mismo. De aquí que sea una de
nuestras más urgentes tarea la de captar, mediante esta comprensión,
la idea que nos es propia. Primero en forma relativamente
circunstancial, comprendernos como mexicanos, argentinos,
peruanos, chilenos, etcétera. Dentro de nuestras múltiples
diferencias como individuos concretos es menester captar lo que
nos caracteriza como pueblos determinados; esto es, qué es lo que
hace de un mexicano un mexicano o de un argentino un argentino,
caracterizándole como tal dentro del conjunto de hombres. Y, a
continuación, ¿qué es lo que hace que un mexicano o un
argentino o cualquier otro hispanoamericano, sea además de
mexicano o argentino, un hispanoamericano? Esto es, dentro de las
múltiples diferencias que pueden tener entre sí los
hispanoamericanos, qué es lo que hace posible darles este nombre
genérico. O, en otras palabras, cuál es la idea propia de
Hispanoamérica. Y, a continuación qué es lo que tiene de común
un hispanoamericano con un brasileño. Qué es lo propio de
Iberoamérica. Y, para culminar, qué tienen de común los
iberoamericanos con los norteamericanos, qué tiene de común la
América Ibera con la América Sajona. Preguntarse si existe una
idea propia de América, sin más. Pues bien, esta idea sólo podrá
alcanzarse mediante una tarea de comprensión histórica.
Abstrayendo de la historia de las ideas, el pensamiento y la
filosofía de cada uno de los pueblos americanos, el conjunto de
ideas, pensamientos y filosofías que les sean comunes.
Ésta
es la tarea que se han impuesto a sí mismos varios de los
estudiosos de nuestras ideas y estudiosos de la filosofía. Tarea
que podrá aparecer como ambiciosa y pretenciosa. Pero nunca hay
tarea pretenciosa si está motivada por hechos como los que aquí
se han señalado: primero, la necesidad, ya urgente, de tomar
conciencia de nuestro pasado, con el fin de asimilarlo en forma
tal que no llegue a representar una amenaza para nuestro futuro;
segundo, la necesidad, igualmente urgente, de tomar clara
conciencia de nuestro sitio o situación dentro de ese conjunto de
pueblos al cual pertenecemos, y que lleva el nombre de América.
Primer paso para comprender, igualmente, nuestra situación dentro
del conjunto de pueblos que forman la llamada humanidad. Primero
es menester que nos comprendamos a nosotros mismos como pueblos
concretos para después saber comprender a otros pueblos como
nuestros semejantes.
8.
La historia de las ideas en América
El
estudio de la historia de las ideas, el pensamiento y la filosofía
en América es algo que ha ido tomando un interés cada vez más
creciente en nuestros países, tanto en Norteamérica como en la
América Ibera. Por lo que se refiere a esta última no se quiere
decir que, antes de ahora, no haya interesado este tipo de
investigaciones. No, lo que se quiere decir es que ahora los
citados estudios se encuentran estimulados en una forma bien
peculiar. Hasta se podría asegurar que los mueve cierto
dramatismo, parece como si con ellos se estuviese jugando, nada
menos que el futuro de nuestra América. Estos estudios son vistos
como una tarea especial, necesaria y urgente. De ellos, ya se ha
dicho antes, depende la toma de conciencia de esta América y, con
la misma, el reconocimiento de nuestras posibilidades, esto es,
nuestro futuro.
La
preocupación por la historia de las ideas en América ha partido,
en general, del campo de los estudiosos de la filosofía con la
explicable desconfianza de parte de los estudiosos de la historia.
Desconfianza que se ha ido borrando hasta el grado de que esta
preocupación ha prendido en las nuevas generaciones de
historiadores americanos. Ahora la historia de las ideas es un
tema que se incluye en las reuniones de historiadores concediéndosele
una atención especial. No es menester decir que la misma
desconfianza se encontró y, aun, la hostilidad, en el campo de
los estudiosos de la filosofía que seguían considerando a ésta
como una tarea abstracta y ajena a lo temporal, esto es, a la
historia. Los estudiosos de nuestras ideas se han encontrado prácticamente
entre dos fuegos: el de los historiadores que encontraban su labor
demasiado abstracta y el de los profesores de filosofía que la
encontraban demasiado concreta. La historia de las ideas era vista
como una labor híbrida que no alcanzaba a ser ni historia ni
filosofía.
Sin
embargo, el tiempo, nuestro tiempo, ha venido a justificar esta
preocupación en los dos campos: el de la historia y el de la
filosofía. Historiadores y filósofos se han encontrado en
nuestros días como ayer se habían encontrado teólogos y filósofos,
científicos y filósofos. La historia se ha convertido en una
preocupación vital en la misma forma como ayer lo fue la ciencia
y en otra época la religión. Con la historia tropiezan en
nuestros días hombres de ciencia, religiosos, políticos,
literatos y filósofos. La historicidad se hace patente y penetra
en todas las formas de expresión de lo humano. La filosofía, su
máxima expresión, en tanto que trata de dar una explicación última
y total de su modo de ser, no podía permanecer ajena a esta su más
patente dimensión, lo histórico. En el siglo xix, con Hegel a la
cabeza, se inicia la preocupación de la filosofía por la
historia. El marxismo, el positivismo y el historicismo son
expresiones de este filosofar sobre la realidad cambiante que
forma la historia. El primero, el marxismo, vino a ofrecer un método
de interpretación de la historia a partir de un substrato económico,
del cual no vendrían a ser, todas las formas de la cultura, otra
cosa que superestructuras. La metodología marxista permitió
desenmascarar lo que se ocultaba tras lo que se ha dado el nombre
de ideología, esto es, manera o forma de pensar propia de
determinado grupo o clase social. Intereses materiales, concretos,
tan concretos como lo pueden ser los intereses económicos, se
ocultan tras una serie de ideas o formas de pensamiento
aparentemente abstractos.
Más
tarde este método de interpretación de la realidad sería
recogido y ampliado por la Sociología del conocimiento de
Karl Mannheim y la Sociología del saber de Max Scheler;
buscando, en esta ocasión, la explicación de lo histórico en
otros substratos además de los económicos. Por otro lado, el
positivismo se enfrentó también al problema de la interpretación
de la historia, pero sirviéndose de un método de interpretación
demasiado simplista, ya que trató de aplicar a la historia el
mismo método que se aplicaba al llamado campo de las ciencias
naturales, partiendo del hecho de que el mismo había obtenido un
gran éxito en el mundo natural. Guillermo Dilthey, creador del
llamado historicismo, trató, por su lado, de encontrar un método
apropiado al campo de las ciencias de la historia o del espíritu.
Un método que evitando todo simplismo tratase de comprender todas
las formas de expresión de lo histórico. En este campo el
problema no era explicar, como se hacía en el campo físico, sino
comprender. Comprender es saber ponerse en una situación ajena a
la propia. Es saberse colocar en la situación de los otros,
nuestros semejantes. Todos los hechos históricos poseen un
sentido; pero éste es sólo asequible al que sabe comprender, al
que sabe situarse dentro de determinados hechos ajenos como si
fueran propios. Este método ha dado origen a obras maestras en el
campo de la historia de las ideas como los trabajos de Bernard
Groethuysen sobre La formación de la conciencia burguesa en el
siglo XVIII; los de Huizinga sobre la Edad Media y el
Renacimiento; los de Werner Jaeger sobre la cultura griega y,
desde luego, los realizados por Dilthey. En nuestros días la
filosofía tiene necesariamente que ocuparse, en forma muy
principal, de la historia.
La
filosofía europea ha venido así a justificar el trabajo que
ahora se realiza en América sobre la historia de las ideas.
Arturo Ardao, investigador uruguayo a quien se deben dos magníficos
estudios sobre la historia de las ideas en su país, ha dicho:
"La relación existente entre el historicismo contemporáneo
y la actual preocupación por la autenticidad de la filosofía
americana, explica, por otro lado, que dicha preocupación derive
al estudio del pasado filosófico de América". Con esta
tarea se inicia una toma de conciencia de lo que es la auténtica
realidad americana. Conciencia que permitirá a esta América
actuar en todos los campos de la cultura haciendo a un lado toda
clase de complejos, los mismos que hasta ahora le han impedido el
conocimiento de su propia realidad. A partir de este
reconocimiento será posible una labor creadora plena y
consciente. (*)
(*)
Fuente: Leopoldo Zea,
"Justificación de una tarea", América como
conciencia, México, UNAM, 1972.