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DE UN BUEN BRAHMÍN
Por Voltaire
El rostro de un anciano y lúcido Voltaire en una obra de
Dalí inspirada en su genio. |
Voltaire (1694-
1778), cuyo verdadero nombre era François Marie Arouet, nació en
París. Era hijo del notario y consejero del rey, Francois Arouet, y de Marie
Marguerite Daumart. A los 24 años cambió su nombre original
por el de monsieur de Voltaire.
Voltaire es la figura emblemática del espíritu de la
Ilustración. Crítica y ruptura respecto a la tradición,
librepensamiento, culto de la razón y propensiones sarcásticas,
caracterizan su pensamiento y su obra. Su carrera literaria
comenzó con la publicación de la
tragedia Oedipe (noviembre 1718), la que ya firmó con el
nombre que se envolverá posteriormente en las túnicas de una
fama perdurable. También, el éxito y el escándalo lo
acompañarán desde aquella primera obra.
Luego de un altercado con un noble francés, se exilió en
Inglaterra. En la isla del otro lado del Canal de la Mancha,
vivió tres años. Este periodo de su biografía lo convirtió en
admirador de la sociedad inglesa, de sus libertades políticas y
del teatro de Shakespeare. En 1760 le escribió a D' Alembert
manifestándole la necesidad "aplastar al Infame", es
decir: a la
religión y la Iglesia como formas de existencia dogmáticas que
ofuscaban la libertad y alejaban al hombre del libre uso de su
razón.
En
Inglaterra publicó su segunda obra dramática, La
Henriade (1728), que dedicó a la reina de Inglaterra. Al
regresar a Francia, con su nueva tragedia Brutus obtuvo un enorme éxito
( 1730). En 1731 publicó Histoire de Charles XII . En 1732
editó Zaire. En 1733 llegó a los lectores su Temple du Gout,
Lettres philosophiques y Remarques sur Pascal.
En el pináculo de su influencia, sus Lettres philosophiques lo
condenaron al exilio. Mientras que por un lado era admirado, por
el otro, el gobierno monárquico y aristocrático de la Francia
del Antiguo Régimen le temía y le incomodaba su influencia
publica.
Su pluma, a
pesar de la expulsión y los obstáculos, continuó fluyendo con
amplitud e inspiración, mediante sus tragedias, obras históricas, filosóficas, científicas y
novelas como: Alzira (1736), Elements de la philosophie de
Newton, Préservatif contre Desfontaines, La Siecle de Louis X]V, Mahomet,
Mérope, Princesse de Navarre, poeme de Fontenoy, Temple de la
Gloire.
En 1736 comenzó una amistad con
el príncipe real de Prusia, el futuro Federico II, famoso por su
espíritu ilustrado, por su erudición y sus condiciones musicales
en la ejecución de la flauta.
Colaboró
con la Enciclopedia, la nueva forma de organizar y entender
el conocimiento a través de la división de las ciencias y los
oficios que preludiaba ya el triunfo de la razón y el
conocimiento científicos y que se enlazaba con el espíritu
prerrevolucionario. La influencia de Voltaire fue importante en
ese clima de creciente agitación que llevaría a la caída de la
Bastilla.
En 1759 editó su famosa novela Candide.
Cándido, es un hombre ingenuo que, siguiendo las lecciones
de su maestro Pangloss, cree que el nuestro es el mejor de los
mundos posibles. Acumula decepciones e infortunios hasta que se
convence de que lo mejor es resignarse y ser feliz cultivando una
pequeña parcela, nuestro propio y pequeño jardín. La filosofía
escéptica y desencantada de esta célebre y sarcástica novela
fue en realidad una excepción dentro de la mentalidad
predominantemente optimista y progresista volteriana.
Fueron
también demostraciones de su genio obras como Mélanges, Sátiras, Diccionario filosófico,
Zadig o el destino y Micromegas.
Comulgó con la corriente de la Ilustración deísta, que admitía
la existencia de
Dios y cierta providencia. Pero esto no implicaba la
cristalización de una religiosidad plena con fuerte incidencia en
la sociedad o en los propios sentimientos. La adhesión moderada
de Voltaire a una divinidad creadora del universo, se debía a su
lucha con el fanatismo, su apología de la libertas y la
identificación de la intolerancia y ceguera con el cristianismo.
Por lo que su repulsa de la religión cristiana fue
constante.
En este texto olvidado de Voltaire que ahora le presentamos, el
espíritu crítico del escritor francés se propaga a un brahmín,
a un sabio de la India. La desconfianza del maestro hindú
respecto al conocimiento alimenta la sospecha de que la felicidad
depende del no pensar, del suspender toda actitud analítica o
profunda. Ser feliz dependería de una despreocupada imbecilidad.
Pero tal vez este es un precio demasiado elevado. Por lo que acaso
la fuerza más dominante en el hombre sea cultivar el conocimiento
aunque en este sendero, el sujeto que razona pueda empañarse con
las manchas del dolor.
Esteban
Ierardo
HISTORIA
DE UN BUEN BRAHMÍN
En el curso de mis viajes tropecé con un viejo brahmín, hombre de muy buen juicio, lleno de
ingenio y muy sabio; además, era rico, y por lo tanto su juicio era
aún mejor; pues, al no carecer de nada, no tenía necesidad de engañar a nadie. Su familia estaba muy bien gobernada por tres hermosas mujeres que se esforzaban por complacerle; y cuando no se
distraía con mujeres, se ocupaba de filosofar.
Cerca de su casa, que era bella, bien adornada y rodeada de
jardines encantadores, vivía una vieja india beata, imbécil y bastante pobre.
Cierto día el brahmín me dijo:
-Quisiera no haber nacido.
Le pregunté por qué. El me respondió:
-Hace cuarenta años que estudio, y son cuarenta años perdidos; enseño a los
demás y yo lo ignoro todo: esta situación hace que mi alma se sienta tan
humillada y asqueada que la vida me resulta insoportable. He nacido, vivo en el tiempo
y no sé lo que es el tiempo; me encuentro en un punto entre dos eternidades, como dicen nuestros sabios, y no tengo ni la menor idea de la
eternidad. Estoy compuesto de materia; pienso, y jamás he podido llegar a saber lo que produce el pensamiento; ignoro si mi entendimiento es en
mí una simple facultad, como la de andar o la de digerir, y si pienso con mi cabeza como cojo las cosas con mis manos. No solamente me es desconocido el principio de mi pensamiento, sino que
incluso el principio de mis movimientos me es igualmente ignorado: no sé por qué existo. Sin
embargo, todos los días me hacen preguntas acerca de todos esos
mundos; y hay que responderlas; no tengo nada interesante que decir; hablo mucho, y después de haber hablado
me quedo confuso y avergonzado de mí mismo.
"Lo peor es cuando me preguntan si Brahma fue producido por Visnú o si los dos son
eternos. Dios es testigo de que no sé ni una palabra de todo eso, y bien que se ve por mis respuestas.
"'¡Ah, reverendo padre! (me dicen), explicadnos cómo el mal inunda toda la tierra." Mi ignorancia es igual a la de los que
me formulan esta pregunta; a veces les digo que en el mundo todo va del mejor modo posible; pero los que se han
arruinado o han sido mutilados en la guerra no me creen, y yo tampoco me lo creo; me retiro a mi casa abrumado
por mi curiosidad y mi ignorancia. Leo nuestros antiguos libros y ellos espesan todavía más mis tinieblas. Hablo con
mis compañeros: los unos me responden que hay que gozar de la vida y burlarse de los hombres; los otros creen
saber algo y se pierden en ideas extravagantes; todo aumenta el sentimiento doloroso que experimento. A veces estoy a punto de caer en la desesperación cuando pienso que, después de tanto estudiar, no sé ni de dónde vengo, ni lo que soy, ni adónde iré, ni lo que será de
mí.
El estado de este buen hombre me causó verdadera pena: nadie era más razonable ni más sincero
que él. Comprendí que cuantos más conocimientos tenía en su cabeza y más sensibilidad en su corazón, más
desgraciado era.
Aquel mismo día vi a la vieja que vivía cerca de su casa; le pregunté si alguna vez se
había sentido afligida por no saber cómo estaba hecha su alma. Ella ni siquiera comprendió mi pregunta: en toda su
vida nunca había reflexionado ni un momento acerca de una sola de las cuestiones que torturaban al brahmín; creía con toda su alma en las metamorfosis de Visnú, y con
tal de poder tener de vez en cuando agua del Ganges para lavarse, se consideraba la más feliz de las
mujeres.
Impresionado por la dicha de aquella pobre mujer, volví a visitar a mi filósofo y le dije:
-¿No os avergüenza ser desgraciado cuando a vuestra puerta hay una vieja autómata que
no piensa en nada y que vive contenta.
-Tenéis razón -me respondió-; cien veces me tengo dicho que yo sería feliz si fuese tan necio como
mi vecina, y sin embargo no quisiera semejante felicidad.
Esta respuesta de mi brahmín me produjo mayor impresión que todo lo demás; me examiné a mí mismo y
vi que en efecto no quisiera ser feliz a condición de ser imbécil.
Propuse el dilema a unos filósofos, que fueron de mi misma opinión.
Y no obstante -decía yo-, hay una escandalosa contradicción en esta manera de pensar; porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De
ser feliz. ¿Qué importa tener talento o ser necio? Todavía hay más: los que están satisfechos de cómo son, están muy seguros de estar satisfechos; los que razonan, no están tan seguros de razonar bien. Está, pues, bien claro
-decía yo- que habría que aspirar a no tener sentido común, por poco que este sentido común contribuya a nuestra
infelicidad. Todo el mundo fue de mi parecer, y sin embargo no encontré a nadie que quisiera aceptar el trato de convertirse
en imbécil para vivir contento. De lo cual deduje que, aunque apreciamos mucho la felicidad, aún apreciamos
más la razón.
Pero, después de haber reflexionado sobre el asunto, me parece que preferir la razón a la felicidad es ser muy insensato. ¿Cómo, pues, puede explicarse esta contradicción? Como todas las demás. Hay aquí materia para hablar muchísimo.
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(*)
Fuente: Voltaire,
"Historia de un buen brahmín", Voltaire. Novelas y
cuentos, Buenos Aires, Biblioteca La Nación, pp.227-229.
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