| LA LÍNEA Y EL
LABERINTO
Por Umberto Eco
Umberto
Eco se ha destacado en el terreno de la semiótica, la
filosofía, y la novelística. Nacido en 1932 en Piamonte, Eco es
titular de la cátedra de Semiótica de la Universidad de Bolonia.
Es secretario de la International Association for Semiotic Studies.
Sus obras fundamentales son: Obra abierta, Apocalípticos e
integrados, La estructura ausente, Lector in fábula, Semiótica y
filosofía del lenguaje, Los límites de la interpretación, Las
poéticas de Joyce, El superhombre de masas. Su obra incluye
también las conocidas novelas: El nombre de la rosa, El
péndulo de Foucault, La isla del día de antes.
Un
texto poco conocido de Eco es que el presentamos aquí, en este
nuevo momento de textos olvidados de Temakel. "La línea y el
laberinto" fue publicado originalmente en lengua castellana
en la revista Vuelta. En este texto olvidado Eco explora dos modos
de pensamiento que atraviesan momentos fundamentales de la
historia de Occidente. Por un lado, el modus cogitandi latino.
Su símbolo es la línea, la determinación de estrictas fronteras
que fijan identidades claras y diferenciadas entre las cosas. Por
otro lado, el modus cogitandi
hermético-renacentista. Este saber procede del Corpus
hermeticum, un conjunto de tratados anónimos ( como el Asclepius
o el Pomaires) relacionados con la
sabiduría legendaria de Hermes Trismegisto. El pensar hermético
se expresa simbólicamente en el laberinto. En su cosmovisión,
las identidades no son rígidas e inalterables; no están signadas
por fronteras espacio-temporales inmodificables. En la perspectiva
hermética todo puede devenir o metamorfosearse en otro cosa; toda
particularidad o finitud están relacionadas entre sí. La
realidad es una totalidad metamórfica compuesta por diversas
partes interrelacionadas. En el pensar latino, que involucra a la
romanidad clásica y al medioevo, Dios (tomando una expresión
agustiniana) hizo el mundo según numerus, pondus et
mensura. En el universo hermético, por su parte, todo ha
sido creado de modo que sicut superius sic inferius,
lo que está abajo es reflejo o proyección de lo que está
arriba. El mundo latino se asocia al arbor porphiriana,
el árbol de Porfirio, donde todo se halla dividido y ordenado en
una "jerarquía universal de los géneros y las
especies". En la concepción hermética la metáfora
preponderante es el rizoma (concepto intensamente cultivado por
Deleuze y Guatarri), es el "labyrintum",
un cósmico entramado
de senderos que unen y relacionan a los sujetos y las cosas.
Las eruditas y exhaustivas líneas que siguen a continuación
estimulan un pensamiento comparativo o relacional entre dos
disímiles cosmovisiones o paradigmas de realidad.
Esteban
Ierardo
LA LÍNEA Y EL
LABERINTO
Por Umberto Eco
Por
"modus cogitandi" entiendo una manera de organizar
la realidad para hacerla comprensible al pensamiento, manera que
puede manifestarse en filosofía, en poesía, en el mito, el rito,
el derecho, la vida cotidiana, la guerra y la política. Como tal,
un modus cogitandi es un modelo abstracto: nunca se concreta
plena y exclusivamente. Es un ideal, un terminus ad quem que una
cultura determina y trata de alcanzar. No es seguro que la alcance
siempre sin que haya una mezcla con otros modos de pensamiento.
Para quien mira una cultura desde lejos, aparece en perspectiva.
Se
trata de un modelo cultural, no étnico. Hablaré de él como de un
modelo elaborado por la cultura latina, desde los comienzos de la
civilización romana hasta la escolástica medieval; sin embargo,
nada establece que para aplicarlo haga falta ser "étnicamente"
latino o escribir en latín -se ha escrito pensamientos orientales
en latín...Consideraría ejemplos del modelo latino a Virgilio y
Cicerón pero no a Apuleyo o a Gregorio de Tours; a Santo Tomas de
Aquino pero no a las neo-platónicos del Renacimiento florentino; a
Kant pero no a Spinoza.
El modelo latino es sin duda más complejo que el que delimitaré
aquí. Pero justamente: para ser fiel al aspecto que de él determino,
debo trazar una frontera. Efectivamente, las clave que me servirá
para identificar dicho modelo me es dada por una palabra que se
encuentra en los versos de Horacio anteriormente citados: fines.
La
frontera espacial y política
La
mentalidad latina está obsesionada por la frontera. La angustia
nace con el mito de la fundación: Rómulo traza una frontera y mata
a su hermano porque éste no la respeta. Si no se reconoce una
frontera quem ultra citraque nequit, no puede haber
ni civitas ni cultura.
Los griegos conocen la polis, pero las ciudades de Grecia
son
numerosas. La etnia helénica tiene los confines móviles de una
lengua fragmentada en varios dialectos. Los bárbaros empiezan
donde se habla más griego. El lenguaje determina la identidad. En
cambio, para el romance, Roma es todo aquello a lo que ha
conferido una definición política (finis) romana, y los
bárbaros
empiezan donde ya no hay cives romani. El idioma latino se impone
como un sello político de un orden "deseado", no
encontrado, pero nada impide que el intelectual romano hable también griego. La unidad y la identidad son un producto
jurídico.
Roma es un sistema de leyes que actúan dentro de ciertas
fronteras, la ciudadanía romana es un privilegio para quien asume
ciertas cargas e invoca ciertos derechos.
Los mitos de origen se basan en la identificación de una frontera,
que es una frontera especial pero también un principio de
determinación. Horasius Cocles se convierte en héroe porque supo
contener al enemigo en la frontera, un puente echado entre los
romanos y los otros. El tercer Horacio, para vencer, no se
comporta como romano: no resiste en el frente de combate, vaga en
el espacio, dispersando a sus adversarios. Su padre no comprende
por qué. Más tarde reconocerá la astucia, pero en el momento
piensa en una cobardía. "¡Que muriera!"-dice una versión
"latina" tardía del mito- antes que dejar entrar al enemigo en
el espacio que debía defender.
La ideología de la Pax Romana y el proyecto político de
Augusto se
basan en la necesidad de precisar las fronteras: más allá de los
confines se negocian tratados con reinos vasallos y se firman
alianzas móviles e imprecisas, pero la fuerza del Imperio reside
en el hecho de saber dónde están las fronteras, en qué vallum,
dentro de qué limen es necesario establecer la defensa. Cuando ya
no haya una noción clara de las fronteras y los bárbaros (nómades
que abandonaron su territorio de origen y se mueven en cualquier
tierra como si fuera de ellos, siempre listos para dejarla) logren
imponer su visión nomádica, será el fin de Roma y la capital del
Imperio podrá estar en todas partes -y por ende en ninguna-. Un
imperio sin centro y sin periferia no es más que un Imperio. Roma
es un centro que define una periferia sin centro, la periferia se
torna incierta. Esa es la obsesión de los emperadores germanos
que, para saber dónde y sobre qué reinan, quieren ser coronados
en Roma. Fracasarán, salvo por un período muy breve, pues el
poder que reina ahora en Roma mezcló el modelo latino con modelos
orientales y helénicos, y considera a Roma como la capital (católica,
luego universal) de un potencial oikoumene que no es
territorial.
Durante siglos, la Roma católica enviará a sus misioneros a
catequizar poblaciones que no viven ni vivirán nunca dentro de las
fronteras de Roma, y cuando piensa en términos de territorialidad
espacial (el poder temporal de los papas), traiciona y humilla su
naturaleza.
Al cruzar el Rubicón, Julio Cesar se enfrenta con la misma
angustia que quizás se apoderó de Remo antes de violar la
frontera trazada por su hermano. César sabe que al pasar el río
invadirá, en armas, el territorio romano. Y poco importa el hecho
de que se establezca en Rimini; como lo hace en un principio, o
que marche sobre Roma: el sacrilegio se consuma en el momento en
que atraviesa la frontera. Pronuncia entonces su famoso Alea
jacta est! revelándonos así un segundo aspecto de la
noción latina de frontera.
La
frontera temporal
La
frontera existe en el espacio pero también en el tiempo. No puede
borrarse lo que se ha hecho. El tiempo no es reversible. Una vez
que se arrojan los dados, nada puede hacer que no hayan sido
arrojados. En la historia hay secuencias lineales, y si un
movimiento va de A hacia B, ninguna fuerza en el mundo podrá
hacerlo ir de B hacia A.
Tomemos esa obra maestra del realismo factual-expresado sintácticamente- que es el ablativo absoluto. Este establece que
una cosa, una vez hecha, o presupuesta, no puede ya ser cuestionada. En el
De bello gallico (3,24), César dice que 1) hizo
salir sus tropas a la madrugada, 2) las dispuso en dos
filas, 3) puso las tropas auxiliares en el medio de las líneas de
batalla, 4) esperó los movimientos del enemigo. Pero ésta es mi
traducción, y ante una secuencia de hechos tan paratácticamente
ordenada subsiste la duda de que su orden podría haber sido alterado, o que las cosas
podrían haber ocurrido de otra manera.
El original es diferente. César "prima luce productis omnibus
copiis, duplici acie instituta, auxiliis in mediam aciem conjectis, quid hostes
consilii caperem expectabat". Aquí,
la sintaxis dice que César hizo lo que hizo de manera
irreversible. Todo lo que haga después deberá ser hecho dentro de
la frontera lógica de lo que fue hecho antes, y la necesidad lógica de su hacer futuro nace de la necesidad temporal
expresada por el ablativo absoluto.
Este problema aparece también -reformulado en términos metafísicos-
en la escolástica. La escolástica no es la teoría de la Iglesia
católica considerada universal. Es la teoría que la Iglesia católica recibe de una cultura neolatina y
europea que, sirviéndose del Aristóteles latino (que, como
veremos, no es
necesariamente el Aristóteles griego) y la cultura árabe, trata de
instaurar su propia noción (latina) de la racionalidad.
Una quaestio quodlibetalis de santo Tomás (V,2,3) se pregunta
"Utrum Deus possit virginem reparare"- ¿puede Dios
hacer que una mujer que perdió su virginidad sea llevadas a su
condición original?
La respuesta de Santo Tomás es firme. Establece una distinción
entre la integridad del espíritu y del cuerpo, y las relaciones
temporales. La pérdida de la virginidad es un hecho cuya
consecuencia fue una afección espiritual y una afección física. En
cuanto a la afección espiritual, Dios puede perdonar y volver a
la virgen al estado de gracia. En cuanto a la afección física,
Dios puede devolver a la virgen su integridad corporal por un
milagro. Pero ni el mismo Dios puede hacer que lo que fue no haya
sido, pues esta violación a las leyes temporales sería contraria a
su naturaleza. Dios no puede violar el principio lógico según el
cual "p ocurrió" y "p no ocurrió" resultan
racionalmente contradictorios. Alea jac est.
Por sensata que pudiera parece esta idea tomista, fue puesta en
duda- cabe recordarlo- por el debate escolástico sobre la
potentia absoluta dei. ¿Acaso un Dios absolutamente omnipotente
no podría crear o haber creado otros mundos distintos del nuestro?
El pensamiento moderno, desde Giordano Bruno hasta Fontenelle,
responde afirmativamente; Lucrecio, por su parte, ya había
respondido en este mismo sentido. Pero la metafísica de los mundos
posibles, desarrollado más tarde, no se refiere solamente a la
posibilidad de la existencia de muchos mundos físicamente
diferentes del nuestro. Se refiere a la posibilidad de la
existencia de nuestro propio mundo bajo formas numerosas y
mutuamente contradictorias. Es decir, que no sólo pueda pensarse
en la contradicción sino que ésta se concrete, de cualquier manera
"ontológica".
La ciencia ficción nos ha hablado de la posibilidad de la
existencia de un universo "donde se desarrolla la misma
escena que se desarrolla aquí y ahora, salvo que tú o tu
compañero tienen puestos unos zapatos negros y el otro zapatos
amarillos".
Pero no se trata únicamente de imaginación narrativa. La microfísica
prevé cadenas casuales cerradas en las que A determina a
B, B determina a C y C determina nuevamente a A, de modo que
"podría ser que alguien encontrara a su propio yo en un
estado anterior y conversara con él ". Y si esto realmente no
puede sucederle a alguien, podría sucederle a algo infinitamente
pequeño.
La lógica moderna de los "condicionales contrafactuales"
("¿Qué habría ocurrido si César no hubiera cruzado el
Rubicón?")
con frecuencia se ha convertido en una metafísica de la contrafactualidad.
Después de citar el ejemplo de César, D.K
Lewis añade: "Quiero señalar que no identifico de ninguna
manera los mundos posibles con respetables entidades lingüísticas.
Los asumo como entidades respetables de pleno derecho. Cuando
profeso una actitud realista respecto de los mundos
posibles, pretendo ser tomado al pie de las letra..." No
vamos a debatir ahora las ventajes heurísticas de este modo de
pensamiento. Diremos solamente que siempre pareció ajeno al modo
de pensar latino. El pensamiento escolástico está atormentado por
este problema; es interesante señalar que son los franciscanos
ingleses quienes abren el debate sobre la potencia absoluta
dei;
pero ni el mismo Occam logra aceptar la idea de que cuando los
dados han sido arrojados Dios pueda hacer que no hayan sido
arrojados.
La
frontera cosmológica y lógica
Pensar
en el tiempo de manera literal significa creer en la linealidad de
la relación causal. Si A causa a B, porque precede a B, porque
precede a B en el tiempo, B no podrá causar a A.
El cordero de Fedra, y con él Fedra, no se escandaliza por el
hecho de que el lobo lo como (entra dentro de la normalidad) sino
por el hecho de que el lobo quiera fundar su derecho no en la
fuerza sino en la alteración de los procesos causales: el río no
puede correr de abajo hacia arriba. Si superius stabat lupus, el
agua de lobo será causa del agua del cordero, y no viceversa.
Es el mismo principio que regirá la lógica interna de la sintaxis
latina. La linealidad irreversible del tiempo, que es una
linealidad cosmológica, se hace sistema de subordinaciones lógicas en la
consecutio temporum.
Giacomo Devoto observa que las leyes de las Doce Tablas,
elaboradas en la era arcaica, se sitúan todavía en los confines de
una sintaxis prelatina donde dominaba la estructura paratáctica
indo-europea...El precepto VIII, 12, dice; "Si nox furtum
faxsit, si im occisit, iure caesus esto". Devoto señala que
la construcción sintáctica, ambigua, se resiente todavía por la
lengua oral, donde las ambigüedades pueden ser eliminadas de
varias maneras extrasintácticas. Hay aquí dos prátasis, con sujeto
sobreentendido (el sujeto de la primera no es el sujeto de la
segunda) y la sintaxis no establece claramente que todo lo que se
afirma en la apódosis es la consecuencia de prótasis. Es el intérprete quien
deberá ver como consecuencia obligatoria (la ley representada por
apódosis) lo que, de hecho, está única y paratácticamente alineado a las dos
prótasis. En cambio, Devoto
observa que la coordinación dentro de las dos proposiciones
condicionales aparece como ya organizada en el precepto VIII, 2.
"Si membrum rupsit, ni cum eo pacit, talio esto". El
sujeto de las dos prótasis es el mismo, y las dos prótasis están
unidas por el ni. No obstante, "la capacidad
subordinante del
si, que nos parece tan evidente, es reciente. El origen del
si (sei) está cera del origen del sic, "así". Es decir: comprueba
un hecho sin hacer todavía de él una condición. "Señalemos
que la linealidad superficial de la parataxis todavía no impone
ninguna linealidad lógica. Si afirmo "p y q" (por
ejemplo "alguien cometió un hecho, alguien recibe una
pena"), la enunciación de los dos hechos está dispuesto en
sucesión, pero dicha sucesión en el nivel del enunciado implica
todavía una relación en el nivel lógico.
Para expresar la dependencia lógica, para decir que el segundo
hecho es consecuencia del primero (si p, entonces q), la sintaxis
debe adoptar formas hipotácticas, y la linealidad lógica debe por
consiguiente expresarse en forma de subordinación sintáctica
entre enunciados. Devoto indica que, al principio, este fenómeno
no es realmente claro, pues el si es aún indistinto del
sic.
"Sólo gracias a una trasposición -llamémosla sofística- la
circunstancia puesta adelante pudo transformarse en condición o,
lo que viene a ser lo mismo, la circunstancia afirmada después
apareció como una consecuencia necesaria...Tenemos pues ante
nuestros ojos un primer proceso de nacimiento de las formas hipotácticas: un elemento formal, que no implica en
sí una
hipotaxis, se convierte en símbolo de hipotaxis en virtud de una
inversión que no es totalmente gramatical".
La observación de Devoto resulta aún más significativa si
consideramos que las Doce Tablas son del siglo V y que el
silogismo hipotético (si, entonces) no será teorizado por los
estoicos sino varios siglos más tarde. Además, en el siglo V,
tampoco se había tenido la formalización de las reglas del
razonamiento realizada por Aristóteles - y es sabido que los
romanos nunca brillaron por la sutileza lógica y filosófica, al
menos técnicamente hablando, y que más tarde sacaron sus
conocimientos de los griegos. La transformación de la sintaxis
latina orientada en una lógica rigurosa de la consecutio temporum
se efectúa bajo el impulso de exigencias jurídicas, y precede, de
manera autóctona, el desarrollo de la lógica griega.
Creo que este fenómeno es una prueba más de todo lo que se ha
dicho hasta ahora. Tomemos el famoso debate sobre la lógica griega:
¿Quiere determinar las leyes autóctonas del pensamiento, o
considera que dichas leyes reflejan las leyes de la realidad?
Pues bien, la mentalidad romana aborrece estos problemas metafísicos. Se plantea problemas
jurídicos: quiere establecer
fronteras. No fronteras espaciales, sino "líneas de
conducta" que traza para hacer posible la coexistencia civil
-así
como, digamos, la escolástica "traza", instituye líneas
de conducta para el comportamiento divino, pues si Dios actuara
sin ninguna ley no se podría confiar en su palabra,
La consecuencialidad jurídica no es afirmativa: es imperativa,
pero la fuerza del imperativo se basa en la convicción de que,
cuando la condición -que es un hecho- se concrete, ya no podrá ser
ignorada, y la pena que postula deberá necesariamente (en término
de necesidad práctica, de obligación legal) resultar de ella.
Alea jacta est, si has hecho esto, las consecuencias
serán
irreversiblemente aquello. No hay lugar para la negociación.
"Si pater filium ter venum duit, filius a patre liber esto
" (IV, 2). El hijo se liberará del padre si el padre lo puso
en venta tres veces. No una ni dos, sino tres veces. Y no será
libre antes de la tercera vez, independientemente de las
circunstancias...Esta rigidez caracterizará y caracteriza al
derecho romano en relación con la Common Law anglosajona (bárbara)
basada en la costumbre.
El "si, entonces" de la Doce Tablas no es ni lógico (no
refleja las leyes de la naturaleza). El pensamiento latino sabe
muy poco acerca de la naturaleza y cuando, más tarde, produzca
"historias naturales", las concebirá de manera
descriptiva; el pensamiento escolástico deberá buscar un modelo
de leyes naturalezas en la filosofía griega; por otro lada, el principal tratado
cosmológico, el De natura rerum, se inspirará
en el griego Epicúreo. El mundo romano sabe más bien cómo doblegar
la naturaleza a fines prácticos, gracias a la arquitectura, el
arte de la construcción y de la industria, la hidráulica. Sabe muy
poco de la matemática y del estremecimiento de infinito que puede
provocar. El romano sabe que dos paralelas no se juntan porque
lo "ve" en los límites finitos de su experiencia de
constructor (digamos que reconoce como paralelas a rectas que
construye de manera que no se junten) y no porque especula en lo
abstracto sobre su destino en el infinito. Lo que le interesa al
romano, es lo que está dentro de la frontera, y la frontera es
establecida por una ley.
Cuando el pensamiento helenístico traduzca los principios legales
en principios lógicos y el imperativo hipotético de la ley se
convierta en el silogismo hipotético de la lógica, el pensamiento
latino estará dispuesto a aceptarlo. Sin embargo, no tratará de
estudiarlo abstractamente: intentará aplicarlo al estudio de las
relaciones reales de causa a efecto: en la escolástica, la lógica
minor -formal- está al servicio de una lógica
major, lógica de
las sustancias concretas.
La traducción del pensamiento griego
Los principios de identidad, de no-contradicción y del tercero
excluido, así como la estructura del silogismo, afirmativo o
hipotético, sin una creación griega, y la cultura latina los adopta.
Pero es singular que identifique el pensamiento griego sólo con
Aristóteles, cuando la civilización griega no nos brindo únicamente el modelo
aristotélico apolíneo y dionisiaco, se puede
decir que la civilización griega está atrapada en el conflicto
entre finito e infinito; Aristóteles es griego pero los
misterios de Eleusis también son griegos: el mundo griego está
constantemente fascinado por el apeiron. El mundo latino no,
incluso la sugerencia de Lucrecio se limita a algunos versos de su
poema. El infinito es reducido, ordenado, disciplinado, reconocido
dentro de las fronteras de un infinito que la técnica (técnica
como ingeniería y técnica como derecho) puede establecer.
La latinidad medieval construirá un Aristóteles latinus que no
corresponde completamente al Aristóteles real, menos sistemático,
más problemático, más flexible, más dispuesto a transigir con
principios que él mismo había afirmado. La teoría de la
definición,
el árbol de Porfirio como jerarquía inmutable de los géneros y las
especies, será una creación escolástica: Aristóteles, a quien se
atribuyó la imagen del árbol a través de comentarios de Porfirio al
Isagoga, no creía en esa jerarquía inmutable, la
postula en Los segundos analíticos, como principio de
método para
elaborar definiciones, pero no lo sigue en la Historia
animalium,
donde debe tratar de definir y clasificar las especies según las
evidencias empíricas de que dispone. Aquí, renuncia a postular un
orden global, y concreta sistema locales.
La escolástica no puede aceptar este empirismo y construye una
imagen "latina" del pensamiento griego. Que esa imagen
latina, que trata de imponer fronteras rígidas al universo, no
podrá luego servir a la ciencia moderna, es una historia que
conocemos bien. El modelo del modo de pensamiento latino tiene
sus límites y no debemos ocultárnoslo.
Nada es más regular, ordenado, codificado que el modelo hipotáctico de la consecutio
temporum. Impide que el pensamiento
reconozca hecho desconocidos, que los alinee y los "mire"
antes de haber encontrado un orden que los una. La ciencia
moderna será empirista y el lenguaje del empirismo inglés será
paratáctico. Existe esto y existe aquello, el vínculo no se da,
y se considera que hay un vínculo, tal vez haya que ponerlo en
duda y atribuirlo a los idola de la cultura anterior (Francis
Bacon) o a nuestras creencias (Hume). En cambio, el pensamiento
latino ve dos hechos y no puede hablar de ellos si no les
encuentra primero un vínculo. El vínculo no es hallado después
de los hechos; constituye los hechos como significativos. Por eso
considero que Kant pertenece al modus cogitandi latino. La cultura
latina corre el riesgo de poner en el universo más sentido del
que hay en él; por su parte, las culturas no latinas corren el
riesgo de no ver el sentido donde éste aparece y donde podría ser
reconocido para respetar a toda costa el presunto origen primero
de los elementos empíricos.
Los escritores de lengua neo-latina que hacen traducir uno de sus
textos al inglés viven una experiencia común: la reacción del
traductor antes sus frecuentes "por eso", "no
obstante", "por consiguiente", "pese a
ello", "por otra parte". El traductor trata de
expresar estas preposiciones y conjunciones mediante aparentes sinónimos ingleses. Resultado: el texto se vuelve denso y el
lector se pregunta por qué de todos esos vínculos, últimos
vestigios de una consecuencialidad rígida que insuflaba su
presencia a toda la página. ¿No basta con alinear hechos u
observaciones, y dejar al lector el trabajo de sacar sus
conclusiones? Eso es precisamente lo que el pensamiento latino
trató de evitar en el siglo V, transformando la parataxis de las
Doce Tablas en la sintaxis más madura de la clasicidad.
El orden de las cosas y el orden del lenguaje
¿Cuál es la relación entre el lenguaje y el universo del que
habla? O bien el universo existe, con sus leyes, y el lenguaje
refleja su orden, o bien la acción lingüística y las leyes del
lenguaje determinan nuestra manera de ver el universo.
Para Aristóteles, el objeto primero de la filosofía es el ser;
pero, luego, define al ser como "lo que se dice de múltiples
maneras". Terrible insinuación que puede transformar su
metafísica
en una semiótica. La escolástica no dará demasiada importancia a
esta insinuación. Actualmente, pensamos que lo que nos llevó a
ver al mundo como una organización de sustancias a las que son
inherentes accidentes es quizá la estructura de las lenguas
indo-europeas (sujeto, copula, predicado), además, es sabido que
la metafísica de la sustancia puede parecer ajena a pueblos que
hablan lenguas de estructura diferente. Los modistas medievales
elaboran una gramática universal sin plantearse el problema de la
relatividad del latín, y no deshacen totalmente el nudo que se
establece entre modi significandi, modi cogitandi y
modi essendi.
El pensamiento judío va más lejos. No sólo el mundo nace de la
palabra de Dios, sino que -como enseña el Sefer Yetsirah- la
creación entera dependa de una combinación (lingüística y
matemática) de las letras de un alfabeto primordial- que son
también números o nombres de números. Dado que dichas letras
habrían podido, podrían, y podrán eventualmente ser recombinadas
de varias otras maneras, sólo en virtud de un acto de lenguaje el
mundo es tal como aparece o aparece tal como es.
En cambio, la retórica latina prescribe, con Cicerón: "Rem
tene, verba sequentur". La lengua latina es flexible en
cuanto al orden de las palabras. Se puede decir Petrus amat,
Paulum, Paulum Petrus amat, amat Paulum Petrus: la diferencia es
estilística, pero el sentido no cambia. La cosa no cambia: el
pensamiento latino considera que la casa fue fijada antes de la
intervención del lenguaje, y el lenguaje expresa la cosa, independientemente del orden de las palabras, a
través de la lógicas de las flexiones. Por otro lado, el stilus
-grave,
templado, humilde- depende del sujeto.
Estamos lejos de nuestras obsesión, pasión, vértigo frente al
poder del lenguaje. Mallarmé no piensa de ninguna manera en latín.
Volveremos sobre el tema cuando hablemos de la lectio.
La
búsqueda de la identidad y el rechazo de Hermes
Ya en
tiempos de San Agustín, la cultura latina retiene, de todo el
pensamiento bíblico, una formula latinizada en estos términos:
Dios hizo el mundo según numerus, pondus et mesura. De todos los
conceptos matemáticos griegos, la latinidad acepta como principio
metafísico fundamental, a través de la relectura musicológica de
Pitágoras, el de proportio. Pero en la metafísica tomista la
proporción va paralela a otros dos conceptos: la claritas y la
integritas. Una cosa es lo que es y no puede ser otra cosa. Estas
individualidad, basada en la definición de la forma universal
concretada en una materia signata quantitate, debe aparecer
claramente: el carácter legal de esta forma universal (no de otra)
resplandece en la individualidad de dicha cosa (no de otra). Es la
única manera de comprender que no sólo esa cosa es, sino que
también es una, que es verdadera y que es bella.
Este modo de pensamiento nos resulta muy familiar, al punto de
olvidar que Grecia nos trasmitió únicamente el modelo del
principio de identidad y del tercero excluido. También elaboró la
idea de la metamorfosis continua, simbolizada por Hermes. Hermes
es evanescente, ambiguo, padre de todas los artes pero dios de los
ladrones, juvenis et senex a la vez. Las metafísicas de la
transmutación y de la alquimia serán herméticas, y el principio
fundamental del Corpus hermeticum- cuyo descubrimiento en el
Renacimiento marca el fin del pensamiento escolástico y el
nacimiento del nuevo neo-platonismo- es el de la semejanza y la
simpática universal. Gracias al Asclepius -conocido por la
latinidad medieval- la escolástica latina es rozada por esta
tendencia, pero trata de ocultar y rechazar la tentación de la
metamorfosis continua.
En términos metafóricos, podría decirse que el modo de pensamiento
latino opone la línea, o el árbol binario ordenado, al laberinto
hermético, donde todo puede unirse a todo.
El laberinto hermético no es el laberinto original de la mitología
griega. El de Teseo no es un lugar donde uno se pierde: se entra de un lado y se sale del otro. Imposible equivocarse: si el
laberinto clásico fuera desenrollado, nos hallaríamos ante un hilo
único, el hilo de Ariadna. La leyenda del hilo de Ariadna es
curiosa- como si fuera necesario tener un hilo para orientarse en
el laberinto clásico.
Por el contrario, el laberinto clásico es el hilo de Ariadna de sí
mismo. Por eso, en el centro, está el Minotauro, para hacer más
inquietante la aventura; y es una aventura inquietante ya que,
una vez adentro, no se sabe exactamente qué va a ocurrir. Pero si
se lo mirara de arriba, como no podía hacerlo Teseo, se vería que
el laberinto clásico tiene un itinerario único. De ahí que pueda
ser metáfora de la fatalidad y de la necesidad pero no metáfora de
la complejidad y de la no-identidad de los recorridos. Sea como
fuere, no es casual que el laberinto clásico haya sido vivido como
un lugar en el que es posible perderse. El pensamiento griego no
descartaba ni el terror a perderse ni la eventualidad de la
cantidad y la confusión de los caminos a recorrer.
Después tenemos el laberinto manierista. Si fuera
desenrrollado no
se presentaría como un hilo único, sino como un árbol, un árbol
binario, del tipo del que utilizan los expertos en gramática e
informática. Este laberinto presenta una gran cantidad de
caminos; solo uno lleva al exterior y todos los demás son
callejones sin salida. Por lo tanto, ya constituye un modelo
preciso de interrogación, de tentativa y de error, pues a cada paso
uno corre el riesgo de romperse la nariz contra un muro cerrado
(y hay que volver atrás e intentar otro camino). No obstante, por
numerosos que sean sus nudos y ramificaciones, el laberinto
manierista tiene una racionalidad inmanente que es la racionalidad
binaria. En efecto, puede ser descripto en términos
de álgebra de Boole: en él toda elección es o verdadera o falsa.
Para encontrar una representación latina de este laberinto, basta
recurrir al arbor porphiriana, es decir a la
representación de la jerarquía universal de los géneros y las
especies.
Por último, está el laberinto en "rizoma". Su forma más
intuitiva es la de la red ferroviaria, donde no solamente todo
punto está conectado con varios otros puntos, sino que nada
impide que se establezcan, entre dos nudos, nuevas uniones, e
incluso entre los que no estaba unidos antes. No obstante, lo que
diferencia al rizoma de la red ferroviaria es que en teoría el
primero no tiene límites porque no se extiende sobre un territorio
definido y limitado: es el rizoma en sí, en su forma abstracta, el
que define los territorios. No vale la pena preguntarse si el
rizoma es finito e ilimitado, o limitado pero infinito: lo
esencial es que no tiene exterior y por consiguiente no tiene fronteras. Cada ruta puede ser la correcta, siempre y cuando uno
quiera ir hacia donde va y cada punto puede estar unido a
cualquier otro punto. El rizoma es por ende el lugar de las
conjeturas, de las apuestas, de los azares, de las
reconstrucciones, de las inspecciones locales descriptibles, de
las hipótesis globales que debe ser continuamente replanteadas,
pues una estructura en rizoma cambia de forma constantemente.
El rizoma constituye el modelo del laberinto hermético. Pero
ocurre que el pensamiento latino siempre fue ajeno a la idea del
rizoma. Cuando Ovidio cuenta una historia de metamorfosis no
piensa de ninguna manera que toda cosa puede convertirse en
cualquier otra cosa. En Ovidio -ha sido demostrado- las
transformaciones están, en el fondo justificadas por una ley: son
formas estructuralmente semejantes que se transforman una en otra.
Es necesario que haya una garantía formal de la metamorfosis para que dos cosas puedan confundirse,
convirtiéndose una en la
otra, es necesario primeramente haberlas reconocidos en su
individualidad morfológica.
El milagro de las trans-subtanciación, tal como lo define la
escolástica, aun cuando representa una metamorfosis por
excelencia, depende de una ontología de las sustancias. Como
milagro, quiebra por un instante los lazos de la identidad
sustancial, pero no los niega. Frangar, non flectar.
El laberinto neo-platónico
El neo-platonismo le da al medioevo latino la posibilidad de ver
al rizoma bajo una nueva forma. No olvidemos que las diversas
doctrinas gnósticas o herméticas del período helenístico se
organizaran en base a una estructura neoplatónica, en la que el
mundo es una compleja encrucijada de emanaciones, eones, arcontes,
hipóstasis, ángeles y demonios.
El Medioevo latino conocerá al neo-platonismo a través de la
versión cristianizada del Corpus dionysuanum. Para el
pseudo-Denys,
el problema es el siguiente: el Uno divino es irreconocible y
anterior a toda determinación, pero no obstante es necesario
adjudicarle nombres (o: es necesario hablar de Dios, aunque Dios
escape a toda nuestra palabra sobre él).
¿Cómo adjudicar nombres a algo cuyas naturaleza y formas se
desconocen? El neoplatonismo cristiano del Aeropagita es el
neo-platonismo "débil" -a diferencia del neo-platonismo
del Renacimiento que, ya veremos, será "fuerte". Si bien
reconoce la complejidad cósmica, el neoplatonismo del Areopagita,
no piensa que el Uno, que constituye su origen, sea el lugar
contradictorio de todas las determinaciones posibles. Al
contrario, por ser el origen y la racionalidad misma del Cosmos,
el Uno se conoce sin ambigüedad. Somos nosotros quienes lo
conocemos de manera confusa y contradictoria, nosotros que, en razón de la
inadecuación de nuestro lenguaje, no sabemos como
nombrarlo. Tratamos de llamarlo unidad, verdad, belleza, pero no
sabemos qué dichos términos son inadecuados. Denys dirá que
utilizamos ciertos términos para hablar de Dios, pero en sentido
hipersustancial. Es decir que significan muchos mas-o muchos
menos, lo que viene a ser lo mismo- que lo que significan
normalmente. Por lo tanto siempre significan otra cosa. De ahí que
sea acertado llamar a Dios monstruo, oso, pantera, pues así nos
daremos cuenta de que decimos realmente la verdad acerca de él,
y sabremos que hablamos solo "simbólicamente".
Es fácil entrever el riesgo laberíntico de esta situación: todo el
aspecto del universo, hasta el más impensablemente
desproporcionado, sirve para hablar de Dios. ¿Cómo
"leer" el libro del mundo cuando en el todo puede
significar todo? Podría tomar la iniciativa la actividad
fabulatoria del lenguaje místico, con sus metáforas
incontroladas. Y es lo que se producirá con el neo-platonismo hermético y
alquímico.
Pero dijimos que el neo-platonismo medieval es de naturaleza débil. Ante todo, se niega a admitir lo que se
admitía el
neo-platonismo de Plotino, a saber, que Dios se emana, que el
Universo es, por así decirlo, un ectoplasma del Uno, y que, hasta
en sus niveles más ínfimos, está hecho de la misma pasta que
Dios. La filosofía cristiana debe salvar la absoluta trascendencia
de Dios; pero eso, transforma lentamente -es el trabajo que harán
sobre el Corpus los teólogos posteriores, hasta Santo
Tomás. La
idea neoplatónica de emanación en idea cristiana de participación.
El Uno divino es infinitamente distante en nosotros, no estamos
hechos de la misma pasta, hemos sido creados por él pero existe
una distancia, una interrupción entre él y nosotros, no hay una
corriente, un magma continuo. Con esta perspectiva es fácil
comprender como, aun admitiendo que el mundo es un bosque de
formas significantes y que todas pueden hablar de Dios de
diferente manera, se trate de limitar la polisemia del cosmos. Es
necesario llegar a expresar de manera unívoca es univocidad y ese
carácter no contradictorio que es Dios en sí. Se trata de
transformar una pululación de alusiones, de relaciones imprecisas
de semejanzas, en cadenas de causas y efectos acerca de las cuales
se puede razonar de manera unívoca. El principio tomista de la
analogía no se basa en semejanzas inadmisibles y vagas, sino en un
criterio metodológico que permite inferir a partir de los
efectos, según reglas lo más unívocas posible, la naturaleza.
Por eso el universo dionisíaco, en su reinterpretación tomista,
ya no es- si bien para Denys podía serlo- un laberinto de semejanzas; es un
árbol de relaciones jerárquicas en el que,
siguiendo las cadenas casuales, cinco vías- y no una infinidad de
vías- conducen a un solo término, y nada más que uno; la
demostración de la existencia de Dios.
Utrum...
Para
que este discurso sea posible es necesario creer firmemente en
el principio de identidad, y sostener que tertium non datur. Los
principios de la lógica griega reafirman la certeza que tienen los latinos de poder trazar con una exactitud absoluta las
fronteras entre las cosas y entre las ideas. Puede haber
opiniones contradictorias, pero el objetivo de la búsqueda filosófica es llegar a una
conclusión desprovista de ambigüedad.
Al rever de este modo de pensamiento latino es grande la tentación
de encontrar en los mitos fundadores de la latinidad el origen de
la voluntad escolástica de llegar a la identificación del único
argumento "correcto". Mucius Scaevola se equivoca,
confunde una persona con otra y mata a un cortesano en lugar de
matar a Porsenna; se castiga quemándose la mano que cometió el
error, que se equivocó, que no supo operar la distinción exacta
entre dos entidades diferentes.
El debate escolástico está animado de la misma voluntad de
distinción; esta observación puede parecer trivial, pero
abocaremos a comparar el modo de razonamiento escolástico con el
del hermetismo y el Renacimiento.
El estilo escolástico -observa Chenu- puede reducirse a tres
procedimientos fundamentales: la lectio, la questio y la
disputatio.
La lectio. La lectio presupone un texto. Las Santas
Escrituras
serán, antes incluso que Aristóteles o las sentencias de Pierre
Lombard, el texto por excelencia. ¿Cuál es la actitud de la
latinidad cristiana respecto a dicho texto?
Los Padres de la Iglesia establecieron que los Testamentos
hablando de dos cosas diferentes, y hasta a veces fuertemente
contradictorias; los preceptos de la antigua Ley no son siempre
los de la nueva Ley. Para conciliar dos libros tan distintos y
aceptar la idea de que ambos fueron escritos digito Dei, es
necesario admitir que un libro habla del otro, pero de maneras oscura y por ende "simbólica". Es el nacimiento de la
lectura "simbólica" de los dos Testamentos. Hablan
figurativamente de dos maneras. Ante todo, hablan por medio de
lo que los exégetas llaman la alegoría in verbis. Es un problema
lingüístico acerca del cual el mundo helenístico y romano tardío
del primer cristianismo no vacila; en efecto, se nutre de cultura
retórica y conoce perfectamente las reglas que permiten
comprender el funcionamiento de una metáfora, de una hipérbole, de
una figura de pensamiento, el autor sagrado se ve obligado a
expresarse a través de figuras, por razones de comprensibilidad y
de estilo.
El problema de la alegoría in factis es más complejo. El libro
sagrado nos cuenta que se producen hechos: Abraham lleva a Isaac
al monte, la mujer de Loth se transforma en estatua de sal, los
judíos cruzan el Mar Rojo, María Magdalena lava y perfuma los pies
de Jesús. Pero ocurre que no todos estos hechos son de igual
naturaleza. Jesús muere en la cruz, es un hecho, pero es un
hecho (aparentemente) que Jesús se haga lavar los pies por María
Magdalena.
El primer gran teórico de la interpretación textual, San Agustín,
sostiene que entre estos dos hechos hay una diferencia. Que
los judíos huyan del cautiverio de Egipto es un hecho, pero que la
verga de Aaron se transforme en serpiente no se ubica en el
mismo nivel factual. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento
nos cuenta hechos cuya razón no comprendemos exactamente porque o
son contrarios a la buena costumbres o parecen no esenciales y
redundante, como ciertas insistencias en las correspondencias numéricas o
ciertos nombre propios. Para San Agustín, es necesario
recurrir a la interpretación simbólica cada vez que se enfrenta un
hecho cuya razón exacta no esa comprendida, y que, a la luz del
sentido común, no siquiera debería ser mencionado. Dios armó la
Historia sagrada de manera que esos hechos -de los cuales algunos
son insignificantes- se sucedan para que sean leídos como símbolos
que significan otra cosa. Es el nacimiento de la teorías de
la doble, y luego la triple y la cuádruple lectura del Testamento,
a nivel literal, alegórico, moral, analógico.
Si hace falta comprender el significado simbólico de los hechos,
entonces -según San Agustín- hay que conocer el significado simbólico de las cosas mencionadas por las Escrituras. Por
consiguiente, el simbolismo del libro se vuelca al
simbolismo del mundo: es necesario interpretar nuevamente el mundo como una reserva de
símbolos y para ello sirven los
bestiarios, los lapidarios, las enciclopedias. Procedente de una
tradición anterior al cristianismo, este cotejo del significado
de los objetos del mundo empieza a cobrar importancia pues, el
reconocer el significado de los objetos profanos, permite
comprender el significado de los hechos citados por las
Escrituras.
Nos hallamos en una situación parecida a la del universo neo-platónico
dionisíaco. En el mundo, y en el libro que habla de él, todo se
vuelve multisignificante. La hermenéutica medieval, fascinada por
el carácter laberíntico del libro, proclama su vértigo frente a la
infinidad de cosas que el Libro Sagrado puede decir. Origen o
habla de "latissima Scrpiturae Silva" y San
Jerónimo de
"oceanum mysteriosum Dei" de "labyrintum".
Se habla de la Escritura sagrada como de un río muy rápido, que
corre para aplacar la sed del espíritu que vive eternamente
generando torbellinos ilimitados de sentidos espirituales...El
libro sagrado es considerado un volcán en el que no se pierde
ninguna colada de lava, en el que cada una vuelve al ciclo y se
renueva.
Si el libro es así, se torna muy semejante, en su estructura semiótica, al laberinto
hermético. Un texto puede tener infinidad
de sentidos.
Pero el pensamiento cristiano no puede aceptar esa perspectiva.
El libro debe tener un solo sentido, el que marca su autor divino,
y debe decir una sola cosa. La insistencia en la búsqueda
de la intentio auctoris, que San Tomás extiende a la lectura de
la poesía profana, refleja la certeza que tiene los latinos de
una "cosa" que precede la superficie lingüística del
texto.
El problema de las interpretaciones de la escritura no tiene
solamente un alcance teológico: también tiene un alcance semiótico:
aunque el texto sea un laberinto y pueda decir cosas
infinitas, no puede decirlas todas y no puede decirlas de manera
contradictoria, con San Agustín, en el De doctrina
chistiana,
nace la teoría de las reglas contextuales para determinar si la
interpretación de un pasaje del libro puede ser confirmada por el
contexto. Si bien los bestiarios y los lapidarios- que fijan las
reglas de atribución de un significado a los objetos del mundo
citados por las Escrituras- nos dan la impresión de que cualquier
identidad del mundo es multívoca- el león puede significar Dios,
pero también puede significar el diablo- es necesario fija reglas
de contextualización.
Las reglas que toda la patrística y la escolástica elaboran y
proveen sirven para establecer que las Escrituras sagradas,
torbellino y maraña de infinitos discursos, dicen siempre lo
mismo, aunque lo digan de maneras infinitamente nuevas. Non nova,
sed nove. La teoría de la lectio se refiere a la
determinación de
reglas a partir de las cuales puede hallarse siempre la misma
verdad constantemente reformulada de maneras diferente y sin
embargo unívoca.
Por
consiguiente, la cultura latina está fascinada con el vértigo del
laberinto escriturario (que no asustara a la cultura judía y
cabalística), pero trata de exorcisar su fantasma. Reconoce el
carácter laberíntico del libro como una impresión de superficie:
el problema es encontrar allí las reglas subyacentes y los recorridos
legítimos, desligitimizando los que son errados. Si el
libro fue escrito digitio Dei, y si Dios es el principio mismo de
la identidad, el libro no puede generar significados
contradictorios. Como veremos más adelante, en virtud del
"corte epistemológico" que se crea con el Renacimiento,
esta idea de lectura del libro no es la que prevalece en el mundo
moderno, ya sea para las escrituras sagradas o para las escrituras
profanas, principalmente la poesía. Pero la mentalidad latina no
habría podido adherir a la idea de Valery - "no hay un
sentido verdadero de un texto"- ni a las nociones contemporáneas de deriva, de lectura libidinal o de
deconstrucción
del sentido. Una vez más, el modo de pensamiento latino trata de
fijar fines a la interpretación. A riesgo de regular la lectio
mediante un principio de autoridad. Y así se comprende como la
Iglesia de Roma, en la medida en que todavía encarna una cultura
latina, no puede aceptar el principio luterano de la libre
interpretación. Como Mucius Scaevola, consiente en mutilarse una
mano -la mitad del cuerpo de fieles- con el solo objeto de no
admitir que Porsenna no es Porsenna.
La quaestio. La quaestio escolástica, que halla su mayor
concreción en la quaestio tomista, no desconoce la variedad de
opiniones. Al contrario, las enumera, las clasifica, las enferma.
Pero en el momento en que enfrenta las opiniones discordantes, en
el momento en que enfrenta las opiniones discordantes, en el
momento en que es atrapada por el vértigo del ultrum y atisba la
posibilidad de dos verdades contradictorias, se presenta como una
máquina, que pretende ser infalible, para reducir ad unum los
términos del dilema. El respondeo de la preguntan o ignora la
variedad de las opiniones precedentes: trata de demostrar que no
estaban en contradicción, y lo hace a costa distinciones
exageradamente sutiles, a menudo puramente formales, con todas sus
fuerzas, trata de evitar que la respuesta a un problema puede ser
doble o mútiple.
La disputatio. La disputatio, que es pública, asume
públicamente
el riesgo de la derrota: en efecto, no confía la enumeración de
las razones contradictorias al resumen del maestro, sino que
las deja, por así decirlo, moverse libremente, presentada por los
adversarios en el punto máximo de su fuerza. La disputatio es una
práctica teórica y es al mismo tiempo un torneo, un duelo, un
riesgo calculado. ¡Cómo no imaginar la gloria que le
corresponderá al maestro si logra conciliar las
contradicciones y dar una respuesta única, pese al valor dialéctico de los adversarios!
Sin embargo, como observa Mandinnet, la disputatio no se
limita
al proceso oral del debate; debe terminar en la determinatio
confiada al maestro, de aquél que deberá hallar la conciliación
final, indiscutible. El gusto problemático del espíritu moderno,
para el cual un debate puede terminar con un interrogante abierto,
rechaza este cierre de la disputa con una determinatio. Pero el
espíritu latino, por su parte, rechaza la pregunta de Pilato,
"Quid ests veritas? (Pilato es romano pero no sigue el
modus
cogitandi latino: su estadía en Oriente ha de haberlo
corrompido...) la grandeza de la escolástica, como dispensadora
de certezas, reside en su estrechez romana. después, empieza el
mundo moderno, con su vértigo del planteo ininterrumpido y el
privilegio que sabe dar a los estados de crisis...
El corte epistemológico
Para comprender a fondo el modo de pensamiento latino es necesario
oponerlo al modo de pensamiento hermético que se perfila en los
albores del Renacimiento, en el momento en que el Corpus
hermeticum es introducido en el mundo occidental. De hecho, el
Corpus se remonta a los primeros siglos helenísticos, pero llega a
Ficino y a Pico de la Mirandola como si hubiera sido escrito antes
de Moisés y Pitagóras, y por ende como la expresión de una antigua
sabiduría tradicional. El pensamiento hermético llega a
Occidente al mismo tiempo que el renacimiento del neoplatonismo y
el conocimiento del pensamiento cabalístico judío. La cábala es
influida por el gnosticismo y el neoplatonismo: el mundo cabalístico
es hasta tal punto laberíntico que la Torah puede ser cambiada un
número infinito de veces, ilimitadamente, pues al final podría
salir de ella el verdadero nombre de Dios. El trabajo del
cabalista devoto es hacer girar el molino de la Torah para
desconstruirla continuamente y continuamente hacer
surgir de ella nuevos significados, sin llegar nunca al término
de la obra. Lectura infinita del libro y del mundo que el libro no
solo expresa sino que, según la mística cabalística, también funda
y constituye.
La teología del neo-platonismo florentino es lo que yo llamaría un
neo-platonismo fuerte. En primer lugar, la doctrina neo-platónica
es tomada en su sentido emanantista. Para utilizar términos
corrientes, estamos en pleno panteísmo, el cual reconoce una
continuidad material entre el Uno y el mundo. En segundo lugar,
el Uno no es el de la teología medieval, lugar de la racionalidad
unívoca; es el lugar de todas las determinaciones y
contradicciones posibles, es la estructura misma de la
coincidentia oppositorum de Nicolás de Cusa. Para el Corpurs
hermeticum, no solo el Uno original es contradictorio e
insondable, sino que el mundo al que da origen es proteiforme; es
una maraña de semejanzas que remiten una a la otra, generando
constantemente nuevos significados. Dios, y el mundo con él, es el
lugar de la contradicción misma. Eso explica por qué todo adepto a
la tradición que se refiere a estos textos tiene hábitos que
parecen y son insostenibles para mentes educadas de manera
racionalista. Argumenta mediante analogías muy vagas, halla
evidencias donde nosotros no vemos ninguna, pues el espíritu hermético quiere que todo se apoya en semejanzas
metafóricas y
proteiformes y que el mundo sea precisamente el lugar de todos los
discursos contradictorios posibles. Por lo tanto, no estamos en
el mundo medieval en el que la contradicción entre dos autores
requiere una meditación que sea una y definitiva. Aquí, en cambio,
toda idea contradictoria puede convivir con cualquier otra idea
contradictoria, dado que la verdad es la acumulación de todas
esas contradicciones. Es aquí donde se produce el corte epistemológico del que hablamos al comienzo.
Entre las características de la nueva episteme, encontramos
primeramente el rechazo de la metricidad. Puede parecer extraño
que esa característica emerja cuando nace la nueva ciencia, y por consiguiente, la metricidad galilea, que lee el mundo como si
estuviera escrito en caracteres matemáticos... Pero los manuales
de historia del pensamiento pusieron en evidencia un solo aspecto
del nacimiento del mundo moderno, desdeñado las profundas
conexiones que existían en esa época entre pensamiento científico y pensamiento
mágico, entre pensamiento de la calidad y pensamiento de la
cantidad. La ciencia moderna nace alimentándose de la magia y hermetismo, en una
mezcla de la que
hasta ahora nadie ha dado una receta satisfactoria.
La oposición de lo cualitativo y lo cuantitativo, con el
trechazo de la metricidad, lleva a la creencia de que nada es
estable y que todo elemento del universo actúa sobre todo otro
elemento, por una acción recíproca. Por esa razón, Ficino tratara
de influenciar el curso de los astros y el destino del mundo
mediante prácticas y operaciones mágicas, ya que lo semejante
puede actuar sobre lo semejante.
Sumemos a esto el rechazo del causalismo. Sabido es hasta qué
punto el pensamiento teológico medieval se basaba en una fuerte
noción de causa y efecto: sin la idea de un causalismo lineal no
podrían funcionar los cinco caminos de Santo Tomás para la
demostración de la existencia de Dios así como tampoco el
principio de analogía. El rechazo del causalismo significa que
la acción recíproca de los diversos elementos del universo no
sigue una secuencia lineal sino más bien una lógica de la mutua
simpatía, que origina el pensamiento alquímico y químico. Esta
estructura de la mutua simpatía, que origina el pensamiento alquímico y
químico. Esta estructura de la mutua simpatía no es lineal sino espiraliforme y
está emparentada con la estructura del
laberinto del tercer tipo. Si el Universo es una red de
similitudes y de simpatías cósmicas, ya no hay cadenas causales
privilegiadas. El hermetismo del Renacimiento encuentra
evidencias, asociaciones, conexiones, con una ausencia de escrúpulos que el pensamiento
latino habría condenado (baste
recordar la condena cicerónica a los métodos adivinatorios).
Por último, el pensamiento hermético rechaza el dualismo, de modo
que el principio de identidad y el del tercero excluido son
duramente sacudidos.
Los medievales tenían el sentido de la separación y de la
incompatibilidad entre los opuestos. No podían creer en dos cosas
al mismo tiempo: una u otra era falsa. Para la nueve episteme, en
cambio, la verdad se manifiesta incluso a través de los
contrarios. Todo el tesoro de la sabiduría milenaria es
verdadero, y es considerado digno de ser tomado.
La tradición hermética se basa en el principio de similitud: lo
que está arriba es comparable con lo que está abajo, lo que
está abajo es comparable con lo que está arriba, sicut superius sic
inferius.
A partir del momento en que se decide identificar similitudes, éstas se pueden encontrar en todas
partes, ya que, bajo cierto ángulo, todo puede ser visto como
semejante a todo. En Jung, la teoría de los símbolos como
arquetipos -que es explícitamente
deudora de la tradición hermética- constituye un ejemplo
contemporáneo de este modo de pensamiento: los símbolos son
inagotables, densos de significados apenas atisbados,
autocontradictorios, tan cargados de sentido que es imposible
cualquier interpretación definitiva; esta vaguedad es tan constitutiva de su naturaleza que cuando corren el riesgo de
transformarse en alegorías o en emblemas esclerosados, y por ende
unívocos, necesitamos pasar a símbolos de culturas más exóticas.
Si se vuelve interpretable de manera unívoca, el símbolo pierde su
poder simbólico; este principio rige gran parte de la crítica
literaria artística contemporánea, así como el planteo hermenéutico,
por lo menos a partir del romanticismo.
Esta tendencia -ampliamente seguida también en nuestros días- a
leer el libro como universo laberíntico, en el que ya no es
posible encontrar un significado definitivo, crece y se forma en
el momento de este corte epistemológico, en la atmósfera hermética
desde Pico de la Mirandola hasta Marsilio Ficino y Giordano Bruno,
desde los kabalistas cristianos y de Reuchlin hasta Robert Fludd. Se
desarrollará siguiendo un recorrido fácil de delimitar, que pasa
por el ocultismo de nuestros románticos, hasta el simbolismo francés, a Yeats, a la
deconstrucción de Yale, a la deriva de Derrida, a todo el post-estructuralismo y a una gran parte de la
crítica psicoanalítica. Al hablar, como lo hacen, de lo informe,
los símbolos no pueden tener un significado definido, y su
lectura es por lo tanto infinitamente abierta. Ya no hay unas búsqueda del
código.
Se ha operado un cambio de teología. El mundo moderno no
constituye el fin de la teología sino la sustitución de una
teología por otra. Los medievales confesaban la suya; Ficino, Pico
de la Mirandola y el Renacimiento la llamaban teología platónica.
En cambio la cultura contemporánea heredera del pensamiento del
Renacimiento, con frecuencia tiende a ocultar su o sus teologías.
Pero el hecho de reconocer, de distinguir dos teologías opuestas,
tal vez sea nuevamente una manera de plantear el problema según el
modo de pensamiento latino.
No se trataba de bosquejar aquí un proceso histórico, ni de escenificar una disputa de los antiguos y los
modernos. Queríamos
delimitar un modelo de pensamiento que tuvo su origen en la
cultura latina pero que subsiste como posibilidad, alternativa,
signo de contradicción, obstáculo, solución, para toda la cultura
occidental (y para otras culturas que entraron en contacto con él). El modo de pensamiento latino se opone a otros modos de
pensamiento, como el sistema métrico decimal se opone al sistema
de medidas anglosajón. Las culturas adoptan si consideran que
sirve para resolver algunos de sus problemas. Cada vez que nos
preguntamos si el principio de identidad puede valer incluso donde
se lo niega, y justamente por poder negarlo, recurrimos al modo de
pensamiento latino, y lo oponemos a la resistencia de los
elementos empíricos que lo contradicen. Cuando nos preguntamos si
un texto, en tanto superficie lineal de enunciados, tiene un sentido que controla la libertad de las interpretaciones
no
puede ser legitimadas, aun sin ya ingenuamente en busca de
la presunta intentio auctoris, cada vez que lo hacemos estamos
persiguiendo la utopía, imposible, quizá, del modo de pensamiento
latino, que oponemos a la indeterminación hermética de nuestros
impulsos y nuestro deseo - la que, por definición, no tienen
fronteras... (*)
(*)
Fuente: Umberto Eco, "La línea y el
laberinto: las estructuras del pensamiento latino", publicado
en Revista Vuelta, abril de 1987, pp.18-27.
|