Por Thomas Mann
¡Señoras
y caballeros!
...Más
de una vez he hablado, en recuerdos y confesiones, de aquella
vivencia estremecedora, de aquella vivencia que, en una mezcla
notabilísima, era la vez embriagante y educativa, que representó
en mi adolescencia el conocimiento de la filosofía de Arturo
Schopenhauer; una filosofía a la que aquel adolescente levantó un
momento en su novela Los Buddenbrook. El impávido coraje de la
verdad, que constituye la moralidad de la psicología profunda
psicoanalítica, había salido a mi encuentro por primera vez
primera en el pesimismo de una metafísica que estaba ya
fuertemente armado con las ciencias naturales. En oscura revolución contra la creencia del milenios, esa
metafísica
enseñaba la primacía del instinto sobre el espíritu y la razón;
enseñaba que la voluntad era el núcleo y el fundamento esencial
del mundo, del hombre y de todo el resto de la creación; y
enseñaba que el intelecto era secundario y accidental, pues era
el servidor y la lámpara de la voluntad. No lo hacía por maldad
antihumanista, que es el mal motivo de doctrinas actuales hostiles
al espíritu; lo hacía por el riguroso amor a la verdad propio de
un siglo que por idealismo combatía el idealismo. Ese siglo XIX
fue tan veraz, que incluso, en Ibsen, quiso reconocer como
imprescindible la mentira, la "mentira vital". Y muy fácil de ver es la gran diferencia que existe entre afirmar la
mentira por pesimismo dolorido y por ironía amarga, o sea por amor
al espíritu, o afirmarla por odio al espíritu y a la verdad. No
todo el mundo ve hoy con claridad esa diferencia.
Ahora bien, el psicólogo de lo inconciente, Freud, es un hijo auténtico del siglo de los
Schopenhauer y los Ibsen, siglo en
cuya mitad nació. ¡Qué parentesco tan estrecho tiene la
revolución de Freud con la revolución shopenhauerina! ¡Qué
parentesco tan estrecho, y no sólo en sus contenidos, sino también
en su talante moral! El descubrimiento por Freud del importante
papel que el inconciente, el "ello", desempeña en la
vida anímica del ser humano, tuvo y tiene para la psicología clásica
-para la cual la conciencia y vida anímica son una misma
cosa- el mismo carácter de escándalo que la teorías
schopenhaueriana de la voluntad tuvo para toda la credulidad filosófica en la
razón y en el espíritu. En verdad, el temprano amante de El mundo como voluntad y
representación que yo fui se halla como en su propia casa en el admirable trabajo
perteneciente a las Nuevas lecciones de introducción en el
psicoanálisis, de Freud, y que se titula: "la división de la
personalidad psíquica". En él se describe el reino anímico
del inconciente, el "ello", con palabras que de igual
manera, y con idéntica vehemencia, y a la vez con el mismo
acento de interés, de interés fríamente médico, podría haber
usado Schopenhauer para describir su sombrío reino de la voluntad.
El territorio del "ello", dice Freud, "es la parte
oscura, inaccesible, de nuestra personalidad; lo poco que de él
sabemos lo hemos logrado adquirir por el estudio de la elaboración
onírica y de la formación de síntomas neuróticos".
Freud describe el "ello" como un caso, como una caldera
de excitaciones hirvientes. El "ello", dice nuestro
autor, está abierto en su fondo hacia lo somático, y allí se
apropia de las apetencias pulsionales que en él encuentran su
expresión psíquica, sin que se conozca en qué sustrato. Con las
pulsiones, el "ello" se carga de energía; pero él carece
de organización, no aporta ninguna voluntad general, sino sólo el
afán de apaciguar las exigencias de las pulsiones, manteniendo el
principio de placer. Allí no tiene vigencia las leyes del
pensamiento lógico, y ante todo no tiene vigencia el principio de
contradicción. "Impulsos contrapuestos coexisten unos junto
a otros, sin eliminarse recíprocamente, y sin diferenciarse; a lo
sumo, bajo la coerción económica dominante de la derivación de
energía, se unen para alcanzar un compromiso..."
Ya ven usted, señoras y caballeros, que estos estados son unos
estados que, de acuerdo con la experiencia de la historia de
nuestro tiempo, pueden contagiarse con mucha facilidad al
"yo" mismo, a todo un "yo" de las masas, en
virtud de una enfermedad moral producida por la adoración de lo
inconciente, que, según se dice, sería la única que favorecería a
la vida, por la glorificación sistemática de lo primitivo e
irracional.
Pues el inconciente, el "ello", es primitivo e
irracional, es puramente dinámico. No conoce valoración alguna, no
conoce ni el bien ni el mal. No conoce moral. Ni siquiera conoce
el tiempo; no conoce ningún decurso temporal, ni tampoco ningún
cambio del proceso alquímico producido por ese decurso temporal.
"Los impulsos de deseos -dice Freud- que jamás han rebasado el
"ello", o las impresiones que han sido hundidas en el
por la represión, son virtualmente inmortales, se comportan,
incluso pasados varios decenios, como si acabaran por ocurrir. Solo se las puede reconocer como pertenecientes al pasado,
solo se
las puede desvalorizar y despojar de su energía, si se las vuelve
concientes mediante la elaboración psicoanalítica". Y en
esto, añade Freud, consiste ante todo el efecto terapéutico del
tratamiento psicoanalítico.
Después de lo dicho comprendemos cuan antipática ha de resultar
la psicología profunda del psicoanálisis a un "yo" que,
ebrio de la religiosidad de lo inconciente, ha caído también él
en un estado de dinámica inframundana. Está muy claro que, y por
qué razones, semejante "yo" nada quiere saber del
psicoanálisis. Y está muy claro que, y por qué razones, no está
permitido pronunciar en su presencia el nombre de Freud.
Y ahora, con respecto al "yo" mismo en general, lo que
con él ocurre es casi conmovedor, es algo que nos llena realmente
de preocupación. El "yo" es una parte pequeña, una parte
adelantada, iluminada y despierta del "ello"; mas o menos a la manera como Europa es una provincia pequeña, una
provincia despertada de la vasta Asia. El yo es "aquella
parte del 'ello' que fue modificada por la proximidad y el influjo del mundo exterior, organizada para acoger los
estímulos
y para servir de protección contra ellos, siendo así comparable a
la capa cortical en la que se envuelve un grumito de sustancia
viviente". He aquí una expresiva imagen biológica. Freud
escribe desde luego una prosa sumamente expresiva, es un artista
del pensamiento, igual que Schopenhauer, y es, igual que éste, un
escritor de talla europea.
Según Freud, la relación con el mundo exterior resulta decisiva
para el yo, y la tarea de este consiste en representar ese mundo
exterior ante el "ello", ¡para bien del
"ello"! Pues en su tendencia ciega a apaciguar las
pulsiones, este no escaparía a la destrucción si no prestase
atención a ese fortísimo poder exterior. El yo observa el mundo
exterior, tiene recuerdos, intenta con sinceridad diferenciar lo
que es objetivamente real de lo que es un añadido procedente de
fuentes internas de excitación. El yo domina, por encargo del
"ello", la palanca de la motilidad, de la acción, pero
ha intercalado entre el apetito y la acción un aplazamiento, que
es el trabajo del pensamiento. Y durante ese aplazamiento el yo
pide consejo a la experiencia y posee una cierta superioridad
regulativa frente al principio de placer, el cual domina sin límites en el inconciente y al que el yo corrige mediante el
principio de realidad.
Mas, en todo esto, ¡que débil es el yo! Incrustado entre el
inconciente, el mundo exterior y lo que Freud llama el "super-yo",
la conciencia moral, el yo lleva una vida bastante nerviosa y
angustiada. Su dinámica propia es bastante floja. Toma prestadas
sus energías al "ello", y en conjunto tiene que
ejecutar los propósitos de este. Al yo le gustaría considerarse a
sí mismo, desde luego, como el jinete, y considerar el inconciente
como el caballo. Pero con mucha frecuencia el yo es cabalgado por
el inconciente. Y nosotros preferimos añadir aquí lo que Freud,
por moralidad racional, omite añadir, a saber: que en
determinadas circunstancias es de esta manera un tanto ilegítimas
como más lejos llega el yo.
Pero la descripción que Freud hace del "ello" y del
"yo", ¿no es exactamente la descripción que
Schopenhauer hace de la "voluntad" y del
"intelecto", no es una trasposición de la metafísica
schopenhauriana a la esfera psicológica? Y a quien como yo, tras
haber recibido de Schopenhauer la iniciación metafísica, ha
saboreado además en Nietzsche los dolorosos encantos de la
psicología, ¿cómo no habían de llenarle sentimientos de
familiaridad y de re-conocimiento cuando, alentado por personas
domiciliadas en el reino psicoanalítico, paseo por vez primera su
mirada en él?
Ese alguien ha tenido también esta experiencia: el conocimiento
del reino psicoanalítico repercute de la manera más intensa y
peculiar sobre las impresiones tempranas, cuando las renueva tras
haber paseado su mirada por el psicoanálisis. Tras haber estado
junto a Freud, ¡de que modo tan distinto vuelve uno a leer, a la
luz de los descubrimientos freudianos, una reflexión como el gran
ensayo de Schopenhauer titulado "Sobre la aparente
intencionalidad en el destino del individuo"! Y aquí,
señoras y caballeros, estoy en vía de señalar cual es el punto
de contacto más íntimo y más secreto que existe entre el mundo
científico-natural de Freud y el mundo filosófico de Schopenhauer.
El ensayo mencionado, que es un prodigio de profundidad y de
agudeza, constituye ese punto de contacto.
El misterioso pensamiento que en el desarrolla Schopenhauer es,
dicho con brevedad, el siguiente: que de igual manera que en los
sueños nuestra propia voluntad, sin sospecharlo, aparece como el
destino objetivo-inexorable, y todo en los sueños viene de
nosotros mismos, y cada uno es el secreto director teatral de sus
sueños, a su también en la realidad -ese gran sueño que un ser
único, la voluntad, sueña con nosotros-, nuestros destinos, lo
que nos acaece, acaso sean un producto brotado de lo más íntimo de
nosotros mismos, de nuestra voluntad, y, por tanto acaso nosotros
mismos seamos propiamente los que hemos dispuesto, aquello que
parece acaecernos.
Estoy haciendo, señoras y caballeros, un resumen muy
insuficiente. En verdad son estas unas reflexiones que poseen una
intensísima fuerza de sugestión y una poderosa amplitud de
vibración. Pero no es sólo que la psicología de los sueños a que
Schopenhauer recurre tenga ya un explicito carácter psicoanalítico.
Es que tampoco faltan el argumento y el paradigma de la
sexualidad. Y así, todo ese complejo de pensamiento es en tal alto
grado una insinuación de concepciones propias de la psicología
profunda, son en tan alto grado una anticipación filosófica de
éste, ¡que uno se queda asombrado! Pues, para repetir lo que dije
al comienzo: en el misterio de la unidad del yo y del mundo, del
ser y el acontecer, en el percatarse de que lo aparentemente
objetivo y accidental es un acto del alma, creo yo reconocer el núcleo
más íntimo de la doctrina psicoanalítica.
Me viene ahora a la memoria una tesis formulada por un vástago
inteligente, pero algo ingrato de esta doctrina, C.H.Jung, en su
importante introducción al Libro tibetano de los muertos. "Es mucho
más inmediato, mucho más sorprendente, mucho más
impresionante y, por ello, mucho más convincente -dice- el ver como
nos suceden las cosas que el observar cómo las hacemos." Es
esta una tesis atrevida, incluso una tesis loca, que muestra muy
claramente con que tranquilidad se ven hoy, en una determinada
escuela psicológica, ciertas cosas que todavía a Schopenhauer le
parecía una osadía enorme y como un "exorbitante riesgo del
pensamiento. La tesis citada, que desenmascara el "ocurrirnos
cosas" como un "hacerlas nosotros", ¿sería
imaginable sin Freud? ¡Jamás de los jamases! Esa tesis debe todo
a Freud. Está cargada de presupuestos y no sería inteligible, y ni
siquiera podría haberse escrito, sin todo aquello que el psicoanálisis ha divisado y sacado a la luz a
propósito de los
errores que se cometen al hablar y al escribir, a propósito de la
huida a la enfermedad, a propósito del instinto de autopunición, a
propósito de la psicología de las desgracias, a propósito de la
magia de lo inconciente. Pero aquella frase tan densa, incluidos
sus presupuestos psicológicos, tampoco habría sido sin
Schopenhauer y sin su especulación, la cual fue una especulación
inexacta, pero audaz y
precursora.
Tal
vez sea este, señoras y caballeros, el momento apropiado para
polemizar festivamente un poco contra Freud. Éste, desde luego, no
tiene en mucha estima a la filosofía. El sentido de la exactitud
que es propio de quien investiga en el campo de las ciencias
naturales, apenas le permite ver en la filosofía una ciencia. A la
filosofía, Freud le hace el reproche de que esté convencida de
poder ofrecer una imagen del mundo coherente e íntegra; de que
sobreestime el valor cognoscitivo de las operaciones lógicas; de
que incluso crea la intuición es una fuente de saber; y de que
sea esclava de tendencias animistas, en la medida en que creen en
la magia de las palabras y supone que la realidad es influida por
el pensamiento. Pero, ¿sería esto en verdad una exagerada
autoestimación de la filosofía? ¿Es que alguna vez ha sido
modificada el mundo por alguna otra cosa que no fuera el pensamiento y soporte
mágica, la palabra? Yo creo que de hecho la filosofía pertenece a un orden anterior y superior a las ciencias
de la naturaleza, y creo que toda la metodicidad y toda la
exactitud de éstas se hallan al servicio de la voluntad histórico-espiritual de la
filosofía. Pues siempre se trata, en última instancia, del quod erat
demonstrandum. La ausencia de presupuesto de la ciencia es, o
debería ser, un hecho moral.
Pero, vista desde la perspectiva del espíritu, esa ausencia de
presupuestos es probablemente lo que Freud denomina una ilusión.
Llevando las cosas al extremo, podría decirse que jamás la ciencia
ha hecho descubrimiento alguno para el que no haya sido autorizada
e inducida por la filosofía.
Quede dicho aquí esto de paso. Demorémonos un momento, para los
fines que perseguimos, en el pensamiento enunciado por Jung, el
cual utiliza con predilección- y así lo hace también en aquel
prólogo- resultados psicoanalíticos para tender un puente de
entendimiento entre el pensamiento occidental y el esoterismo
oriental. Nadie ha formulado con tanta agudeza como el el
pensamiento schopenhaueriano-freudiano de que "el dador de
todos los datos habita dentro de nosotros mismos; una verdad que,
pese a toda su evidencia, no es sabida jamás ni en las cosas próximas ni en las
mínimas, aun cuando con mucha frecuencia sería
muy necesario, más aún sería indispensable saberla". Una
gran conversión, una conversión llena de sacrificios, opina Jung,
es necesaria sin duda para ver como el mundo viene
"dado" desde la esencia del alma; pues la esencia animal
del hombre se resiste a considerarse a sí misma como la hacedora
de sus datos. Es verdad que, desde siempre, el Oriente ha mostrado
ser más fuerte que el Occidente en lo que respecta a la superación
de lo animal. Y, por ello, no es necesario que nos asombremos
cuando oímos decir que, según la sabiduría oriental, también los
dioses forman parte de los "datos" que brotan del alma
y son una misma cosa con esta, son resplandor y luz del alma humana.
Este saber, que, según el Libro de los muertos, se le da como
viático al difunto, es para el espíritu occidental una paradoja
que resulta antagónica a su lógica, pues está establece una
distinción entre sujeto y objeto y se resiste a incluir a este en
aquel o a hacerlo brotar de aquel. Es cierto que la mística
europea conocía tales vértigos y que Angelus Silesius dejo dicho:
Yo sé que sin mí no puede Dios vivir un solo instante;
Si yo
soy aniquilado, el tiene que expirar de indigencia.)
Pero en conjunto una concepción de Dios que fuera una concepción
psicológica de éste, la idea según la cual la divinidad no sería
puro dato, realidad absoluta, sino una misma cosa con el alma y
estaría ligada a ella, esa concepción y esa idea no sería
tolerable para la religiosidad occidental; sin embargo, con esto
esa religiosidad perdería a Dios. Y, sin embargo, religiosidad
significa precisamente ligazón, y en el Génesis se habla de una
"lazo" o "Alianza" entre Dios y el hombre,
alianza cuya psicología yo he intentado dar en mi novela mítica
titulada José y sus hermanos.
Permítame ustedes que yo hable aquí de esta obra mía.- Tal vez
ella tenga cierto derecho a ser mencionada aquí, en una hora de
encuentro festivo entre la literatura de fabulación y la esfera
psicoanalítica-. Es bastante curioso - y quizá no sólo para mí-
el
hecho de que en esa obra mía precisamente sea dominante aquella
teología psicológica que Jung atribuye a la sabiduría iniciática
de Oriente. Las poderosas propiedades que Abraham atribuye a Dios son sin duda una
posesión originaria de éste. No es Abraham quien engendra esas
propiedades; pero en cierto sentido, sí las engendra,
puesto que las conoce y con su pensamiento las hace reales. Las
poderosas propiedades de Dios -y, con ello, Dios mismo- son sin
duda algo dado objetivamente fuera de Abraham, pero a la vez,
también están dentro de éste y son suyas. En ciertos instantes el
poder de la propia alma de Abraham apenas es distinguible de
aquellas propiedades; ese poder se entreteje y se amalgama con
ellas al conocerlas, y este es el origen de la Alianza que el
Señor convierta luego con Abraham y que es tan sólo la coronación
explícita de un hecho interior. En la novela se dice
que la Alianza es concertada en interés de ambas partes y que
tiene como finalidad última la santificación de ambas partes. La
indigencia humana y la indigencia se entretejen aquí de tal modo,
que apenas es posible es decir de qué lado, si del divino o del
humano, partió la primera incitación a esa cooperación. Más, en
todo caso, la institución de esa cooperación expresa la
santificación de Dios y la santificación del hombre representan
un proceso doble, y que ambas partes están
"aliadas", "ligadas", de la manera más íntima.
¿Para qué, si no, cabría preguntar, sería necesaria una alianza?
El alma como dadora de lo dado. Yo sé bien que en la novela ese
pensamiento ha pasado a un plano irónico, a un plano irónico que es
desconocido por ese pensamiento tanto en su forma de sabiduría
oriental como en su forma de psicología psicoanalítica. Pero la
coincidencia involuntaria, y sólo a posteriori descubierta, tiene
en sí algo excitante. ¿He de llamarla influjo? Es, más bien,
simpatía, una cierta proximidad espiritual, de la cual, sin duda,
tuvo consciencia el psicoanálisis antes que yo y de la que
brotaron aquellas atenciones literarias que yo hube de agradecer
desde muy pronto al psicoanálisis.
La última de ellas fue el envío de una separata de la revista
Imago, el trabajo de un docto viene de la escuela de Freud,
titulado "Sobre la psicología de las biografías
antiguas", un título realmente seco, en el que apenas se
anuncian las cosas tan notables a que él sirve de etiqueta. El
autor muestra en ese trabajo como las biografías de la Antigüedad
- unas biografías ingenuas, nutridas y determinadas por las
leyendas y por lo popular-, y sobre todo las biografías de los
artistas, incluyeron en la historia de su héroe rasgos y sucesos
fijos, rasgos y sucesos esquemáticos-típicos. Un repertorio de
formulas biográficas, por así decirlo, de índole convencional. Y
muestra que hacen eso como para autolegitimarse y para mostrar que
son unas biografías auténticas, correctas; correctas en el sentido
de "tal como ha sido siempre" o "tal como está
escrito". Pues el reconocer es algo que tiene mucha
importancia para el hombre: a este le gustaría encontrar lo viejo
en lo nuevo, y lo típico en lo individual. En esto reside toda la
familiaridad propia de la vida. Pues si ésta se presentase como
algo completamente nuevo, único e individual, y no ofreciese la
posibilidad de reencontrar en ellas cosas conocidas desde antiguo,
entonces no podría dejar de causar horror y desconcierto.
La pregunta que se plantea el estudio a que aquí me estoy
refiriendo es la siguiente: si es posible trazar una frontera neta
e inequívoca entre lo que en las biografías de la Antigüedad es
repertorio de fórmulas y lo que es posesión individual de la vida
del artista, es decir, entre lo típico y lo individual; una
pregunta que basta hacer para que reciba una respuesta negativa.
La vida es de hecho una mezcla de elementos formularios y
elementos individuales, una fusión de ambos, y en ella lo
individual, por así decirlo, se limita a sobresalir por encima de
lo formulario-impersonal. Muchas cosas extrapersonales, muchas
identificaciones inconscientes, muchos elementos esquemáticos-convencionales
son determinantes del vivir; del vivir no sólo del artista, sino
del vivir del hombre en cuanto tal. "Muchos de nosotros -dice
el autor- "vivimos" también hoy un tipo biográfico,
vivimos el destino de un estamento, de una clase social, de una
profesión, la libertad que el hombre tiene de configurar su vida
hemos de vincularla, desde luego, de una forma muy estrecha con
aquella atadura que designamos con el nombre de "vita
vivida".
Y en ese mismo instante, para mi alegría, sólo para mi alegría,
pero no, apenas, para mi sorpresa, el autor comienza a citar
ejemplos sacados de mi novela José, cuyo motivo fundamental es
precisamente esta idea de la "vita vivida", la vida
considerada como una imitación, como un "seguir las
huellas", como una identificación, cosas todas estas que
practica, con una solemnidad humorística, sobre todo Eliezer, el
maestro de José. Pues, gracias a que el tiempo queda en suspenso,
todos los Eliezer del pasado confluyen en el yo actual, de tal
modo que este Eliezer, el maestro de José, habla en primera
persona de otro Eliezer, el que fue el siervo más viejo de Abraham,
aunque, en realidad, aquel no sea este en modo alguno.
Debo confesarlo: esa asociación de ideas es extraordinariamente
legítima. El artículo a que me estoy refiriendo señala con toda
precisión el punto en el que el interés psicológico pasa a ser un
interés mítico. Y pone de manifiesto que lo típico es ya también
lo mítico, y que, en lugar de decir "vita vida", puede
decirse también "mito vivido". Pero el mito vivido es la
idea épica de mi novela. Y bien me doy cuenta de que a partir del momento en que
yo, en cuanto narrador, di el paso que lleva de lo
individual-burgués
a lo típico-mítico, mi relación con la esfera psicoanalítica ha
entrado, por así decirlo, en su estado agudo.
Tan congénito es al psicoanálisis el interés mítico, como congénito es a la actividad literaria fabuladora el
interés psicológico. La insistencia del psicoanálisis en el retorno a la
niñez del alma individual es también ya, a la vez, la insistencia en un retorno a la niñez del ser humano, a lo
primitivo y a los mitos. Freud mismo ha confesado que toda la
ciencia natural, toda la medicina y toda la psicoterapia ha sido
para él un rodeo y una vuelta -que ha durado su vida entera- para
retornar a la pasión primera de su juventud por la historia de la
humanidad, por los orígenes de la religión y de la moralidad, un
interés que, en la cumbre de su vida, ha hecho una irrupción tan
grandiosa en su obra Totem y tabú.
En la expresión "psicología profunda", el objetivo
"profundo" posee también un sentido temporal. Los fondos
primordiales del alma humana son también a la vez el tiempo
primordial, son aquella profundidad fontal de los tiempos
en que el mito se halla como en su casa y funda las normas y
formas primordiales de la vida. Pues mito quiere decir fundación
de vida; mito quiere decir esquema intemporal, formula piadosa en
que la vida ingresa al reproducir, a partir del inconciente, los
rasgos del mito. No cabe duda de que la adquisición del modo típico-mítico
de ver las cosas hace época en la vida del narrador que yo soy.
Esa adquisición significa una elevación peculiar de mi temple
artístico, una nueva serenidad en el conocer y en la actividad
configurativa, serenidad que suele estar reservada a los años
tardíos de la vida. Pues en la vida de la humanidad lo mítico
representa desde luego una etapa temprana y primitiva, pero en la
vida del individuo es una etapa tardía y madura. Lo que con ello
se adquiere es la mirada capaz de ver la verdad superior que se
representa en la realidad; es el sonriente saber acerca de lo
eterno, de lo que siempre es, de lo válido; es el sonriente saber
acerca del esquema en el cual y según el cual vive
aquello de lo que se supone es enteramente individual, y que no se
da cuenta, en la ingenua presunción de su originalidad y unicidad,
de hasta qué punto su vida es fórmula y repetición, es un caminar
siguiendo huellas pisadas por muchos. El carácter es un papel mítico que es representado en la
cándida creencia de una unicidad
y originalidad ilusorias, como si se tratase, por así decirlo, de
una invención muy propia e independiente. Pero aun así es
representado con una dignidad y seguridad que no le viene, a este
actor que acaba de llegar al escenario y está actuando en
él, de su presunta originalidad y unicidad; antes bien, él extrae
esa dignidad y esa seguridad, por el contrario, de unas
consciencia muy profunda de estar representando otra vez algo
regulado y fundado y de estar comportándose en todo caso
modélicamente a su manera, tanto si ese carácter es bueno como si
es malo, tanto si es noble como repulsivo.
De
hecho, si ese actor-si su realidad- estuviera situado en lo que es
actual y único, no sabría comportarse en absoluto; carecería de
apoyo, de consejo; estaría lleno de perplejidades y de confusiones
con respecto a sí mismo; no sabría con qué pie empezar a andar ni
qué cara poner. La dignidad y la seguridad con que
representa su papel residen, sin embargo, de modo inconciente,
precisamente en esto: en que con él vuelve a manifestarse y vuelve
a hacerse presente algo intemporal; es una dignidad mítica, y
esa dignidad la posee también el carácter mísero e indigno; es una
dignidad natural, pues procede de lo inconciente.
Esta es la mirada que el narrador de orientación mítica dirige a
los fenómenos. Y, ustedes lo ven sin duda, es una mirada irónicamente superior. Pues
aquí el conocimiento mítico se da tan sólo en el contemplador, no en lo contemplado. Mas,
¿qué sucedería si la visión mítica se subjetivase? ¿Si penetrase en
el yo que está representando un papel y despertase en él? ¿De
tal manera que ese yo se hiciera consciente, con un orgullo
complacido o sombrío, de su tipicidad, si ese yo
"celebrarse", su papel en la tierra y encontrase la
dignidad exclusivamente en el conocimiento de que el representa
otra vez en su carne lo fundado, de que él encarna otra vez lo
fundado? Sólo entonces, puede decirse, habría "mito
vivido". Y no se crea que esto es algo nuevo y nunca
experimentado. La vida en el mito, la vida como repetición
solemne, es una forma de vida histórica. La Antigüedad así lo
vivió.
Un ejemplo es la figura de la egipcia Cleopatra. Cleopatra es
entera y totalmente una figura de Istar-Astarte, una Afrodita en
persona. También Bachofen, en su caracterización del culto báquico,
de la cultura dionisiaca, ve en la reina la imagen perfecta de
una diosa dionisiaca, la cual, según Plutarco, representa el papel
de la mujer convertida en encarnación terrenal de Afrodita más por
un culto espiritual del erotismo que por sus encantos físicos. Esa
condición afrodítica de Cleopatra, este su papel de Hator-Isis, no
es sólo, sin embargo, algo objetivo-crítico que Bachofen y
Plautarco hubieran dicho de ella; era también el contenido de la
existencia subjetiva de Cleopatra la cual vivía ese papel. Su
forma de morir lo indica. Según se cuenta, se mató colocándose en
el pecho una sierpe venenosa. Pero la serpiente era el animal de
Istar, de la Isis egipcia, la cual es representada también con el
vestido escamoso de una serpiente. Y se conoce una estatuilla de
Istar en la que ésta aparece colocándose una serpiente en el
pecho. Así pues, si la forma de morir de Cleopatra fue la que dice
la leyenda, esa forma de morir habría sido una demostración del
sentido mítico de su yo. ¿No llevaba Cleopatra también el tocado
propio de Isis, la cofia con buitres, y no se adornada con las
insignias propias de Hator, los cuernos de vaca con el disco solar
situado en medio de ellos? Fue una alusión significativa el hecho
de que Cleopatra impusiera los nombres de Helios y Selena a los
hijos que tuvo con Antonio. No cabe duda, Cleopatra fue una mujer
significativa- entendiendo la palabra "significativa" en el
sentido que tenía en la antigüedad-. ¡Ella sabía quién era y que
huellas seguía!
El yo de la Antigüedad y la consciencia que ese yo tenía de sí
mismo eran diferentes de los nuestros; no estaban delimitados de
una manera tan excluyente, tan neta. Aquel yo estaba abierto hacia
atrás, por así decirlo, y de lo pasado tomaba muchas cosas que
luego repetía en el presente y que con el estaban "allí de
nuevo". El filosofo español de la cultura Ortega y Gasset
expresa esto diciendo que el hombre antiguo, antes de hacer algo,
daba un paso atrás, como el torero antes de tirarse a matar. El
hombre antiguo, dice Ortega y Gasset, busca en el pasado un modelo
en el cual se introduce como en una escafandra de buzo, para de
esta manera, a la vez protegido y deformado, zambullirse en los
problemas actuales. Por ello su vivir es en cierto modo un
re-vivir, un comportamiento arcaizante.
Mas precisamente esa vida como re-vivificación, como re-vivir, es
la vida en el mito. Alejandro Magno siguió las huellas de Milcíades. Y con respecto a Cesar, sus
biógrafos antiguos estaban
convencidos, con razón o sin ella, de que quería imitar a
Alejandro. Pero este "imitar" es algo que tiene un
alcance mucho mayor del que hoy percibimos al escuchar o emplear
esa palabra. Es la identificación mítica, que a la Antigüedad le
resultaba especialmente familiar, pero que también llega hasta
nuestros días y que sigue siendo posible psíquicamente en todo
momento. El sello antiguo que tenía la figura de Napoleón es algo
que se ha subrayado a menudo. Napoleón lamenta que la situación de
la conciencias moderna no le permitiera presentarse como hijo de Júpiter-Amon, como hizo Alejandro Magno. Pero no cabe duda de que,
en la época de sus aventuras orientales, Napoleón se confundió
míticamente a sí mismo al menos con Alejandro Magno. Y más
tarde, cuando se decantó por Occidente, declaró: "Yo soy
Carlomagno". Obsérvese lo que aquí se dice. No: "Yo
recuerdo a Carlomagno"; no: "Mi posición es similar a la
suya"; ni tampoco: "Yo soy como él"; sino
simplemente: "Yo soy Carlomagno". Es la formula del
mito.
En las épocas antiguas, la vida, en todo casa la vida
significativa, era, pues, el restablecimiento del mito en carne y
hueso. Esa vida se refería y se remitía al mito; sólo por el mito,
sólo su referencia a lo pasado se mostraba como vida auténtica y
significativa. El mito es la legitimación de la vida. Sólo por el
mito y en el mito encuentra la vida su conciencia de sí, su
justificación y consagración. Hasta en la muerte representó
Cleopatra de modo solemne su papel de Afrodita. ¿Y se
puede vivir y morir de modo más significativo, de manera más digna
que celebrando el mito? Piensen ustedes también en Jesús y en su
vida, que fue una vida para que se cumpliese lo que está escrito.
Dado el carácter de cumplimiento que la vida de Jesús posee, no es
fácil establecer una diferencias entre las estilizaciones de los
evangelistas y la consciencia que de sí mismo tenía Jesús. Pero
sus palabras en la cruz a la hora nona, "Eli, Eli, lama
asabthani", no fueron en modo alguno, contra lo que parece,
un grito de desesperación y decepción, sino, por el contrario, un
supremo sentimiento mesiánico de sí mismo. Pues esas palabras no
son "originales", no son un grito espontáneo. Son el
comienzo del Salmo 22, el cual es, desde el principio hasta el
final, una pronosticación y un anuncio del Mesías. Jesús hizo una
cita; y esta cita significaba: "¡Sí, el Mesías soy yo!"
De igual modo, también Cleopatra hacia una cita cuando, para
morir, acercó la serpiente a su pecho; también esta citas quería
significar: "¡Yo soy Istar!"
Reaparecen en la palabra "celebrar" que he usado en este
contexto. Es excusable e incluso obligada. La vida como cita, la
vida en el mito, es una especie de celebración. En la medida en
que esa vida es un "hacer presente", un
"rememorar", se convierte en una acción festiva, en la
realización, por un celebrante, de algo prescripto en un
acontecimiento importante, en una fiesta. El sentido de la fiesta ¿no consiste en el retorno como "hacer
presente",
como actualizar el rememorar algo? Todas las Navidades vuelve a
nacer en la tierra el Niño que salvará al mundo y que está
destinado a sufrir, morir y ascender.
La fiesta es la abolición del tiempo, es un suceso destacado, es
una acción solemne que se desarrolla de acuerdo con un prototipo
acuñado. Lo que en ella acontece no acontece por vez primera, sino que
acontece de manera ceremonial y de acuerdo con un modelo.
Eso que ahí acontece se actualiza y retorna, de igual modo que sus
fases y sus horas se siguen las unas a las otras en el tiempo de
acuerdo con el acontecimiento primordial. En la Antigüedad toda
fiesta era esencialmente, un asunto teatral, una máscara, era la
representación escénica, realizada por sacerdotes, de historias
de los dioses; de la vida y la pasión de Osiris, por ejemplo. La
Edad Media cristiana tenía por ello los llamados Misterios, con su
cielo, su tierra y sus venganzas horrorosas en el infierno, tal
como vuelven a aparecer en el Fausto de Goethe; tenía las farsas
de Carnaval, el mimo popular. Hay una óptica mítica del arte para
mirar la vida; y en esa óptica la vida parece como farsa, como
realización teatral de algo prescripto por la fiesta, con comedia
de polichinelas, en la cual unas marionetas-caracteres míticos
ejecutan y realizan una "acción" fija que ya ha existido con frecuencia y que vuelve a actualizarse en broma.
Y sólo hace falta que esa óptica penetre en la subjetividad de los
personajes mismos que actúan, sólo hace falta que sea
representada en ellos como conciencia mítico-festiva, para que
surja una épica tal como que aparece, de manera bastante
prodigiosa, en mis Historia de Jacob, sobre todo en el capítulo
titulado "La gran farsa". En ese capítulo, entre personas que saben
bien todas ellas quiénes son y qué huellas siguen, es decir, entre
Isaac, Esaú y Jacob, se desarrolla también, de manera jocosa y
trágica, como mágica farsa festiva, para gozo del pueblo
cortesano, la historia cómica-amarga de como a Esaú, el Rojo, el
diablo burlado, le roban la bendición de su padre.
Y sobre todo el protagonista de esa novela, ¿no es un celebrante
de la vida? ¿No es un tal celebrante José mismo, el cual
actualiza en su persona, como una encantadora forma de estafa
religiosa, el mito de Tammuz-Osiris, y "deja que
suceda" en la vida del dios desgarrado, sepultado y
resucitado, y juega festivamente con aquello que, por lo común,
determina y configura secretamente la vida tan sólo desde la
profundidad: ¿el inconsciente? El secreto del metafísico y del
psicólogo, es decir, el secreto de que el alma es la dadora de
todo lo dado, ese secreto se vuelve ligero, lúdrico, artístico,
jovial, más aún, embustero y mendaz, en José. En este, el secreto
revela su naturaleza infanfil...Y esta palabra nos permite darnos
cuenta, para nuestra tranquilidad, de que, pese a unos rodeos
aparentemente tan grandes, muy poco nos hemos alejado de nuestro
objeto, del objeto de nuestro homenaje festivo, muy poco hemos
dejado de estar hablando en honor de ese objeto.
Infantilismo, o dicho de otra manera: niñería rezagada. Este
elemento auténticamente psicoanalítico, ¡qué papel tan
importante desempeña en la vida de todos nosotros! Y desde luego,
¡qué papel tan importante representa ante todo y precisamente en
la forma de la identificación mítica, del re-vivir, del caminar en
seguimiento de unas huellas! La vinculación con el padre, la
imitación del padre, el representar el papel del padre, las
trasposiciones de esas imágenes paternas sustitutivas, de una
especie más elevada y más espiritual; ¡qué influencia tan
determinantes, tan troqueladora, tan formativa, tienen esos infantilismo en la
vida individual! He dicho: influencia "formativa". Pues
la definición más alegre, más dichosa, de eso que se llama
formación es para mí, dicho sea con toda seriedad, ese ser-formado
y ser-troquelado por lo que uno ama y admira, por la identificación
infantil con una imagen paterna elegida desde la simpatía más íntima.
Sobre todo el artista, ese hombre auténticamente juguetón,
apasionadamente infantil, sabe mucho, por experiencia, de los
influjos secretos, y sin embargo, también manifiestos, que tal
imitación infantil ejerce sobre su biografía, sobre su vida
producida, la cual a menudo no es más que un revivir la vida de un
héroe en condiciones temporales y personales muy distintas y con
medios distintos, o digamos: con medios infantiles. De esta manera
la imitatio de Goethe con sus recuerdos de la etapa de Wherther y
del Wilhem Meister, y de la fase senil correspondiente al Fausto y
al Diván, puede guiar todavía hoy, desde el inconciente, una vida
de escritor y determinarla míticamente: guiarla desde lo
inconciente, he dicho, aunque en el artista el inconciente pasa a
ser en cada momento lo conciente, lo profunda e
infantilmente advertido.
El José de la novela es un artista en la medida en que juega, es
decir, en la medida en que juega en el plano de lo inconsciente
con su imitatio de Dios. Y sé qué sentimiento de vislumbre y
alegría del porvenir se apodera de mí cuando pienso en cómo el
inconciente se convierte alegremente en juego, en cómo se vuelve
fecundo para una producción festiva de la vida, cuando pienso en
este encuentro narrativo entre psicología y mito, que es a la vez
un encuentro festivo entre fabulación literaria y psicoanálisis.
"Porvenir". En el título de mi conferencia yo he puesto
esa palabra sencillamente porque el concepto de porvenir es el que
más me gusta a mí unir con el nombre de Freud, el que de manera
más involuntaria asocio con él. Pero mientras les estaba
hablando, tenía que preguntarme si no me he hecho culpable de un
engaño al anunciarles que hablaría de "Freud y el
porvenir". "Freud y el mito": ese sería acaso el título correcto, si atendemos a lo que yo he venido diciendo hasta
ahora. Y, sin embargo, mi sentimiento no quiere dejar de vincular
el nombre "Freud" con la palabra "porvenir" y
desearía percibir una conexión entre esa fórmula y lo que yo he
dicho. Si, de igual modo que me atrevo a creer que en aquel juego
de la psicología en el plano del mito yacen encerrados gérmenes y
elementos de un sentimiento nuevo de la humanidad, de un humanismo
futuro, así también estoy completamente convencido de que alguna
vez se reconocerá en la obra de Freud uno de los sillares más
importantes que han sido aportados a una nueva antropología que
hoy se está formando de múltiples maneras y, con ello, al cimiento
del porvenir, a la casa de una humanidad más inteligente y más
libre.
Este psicólogo médico será honrado, así lo creo, como el precursor
de un humanismo del porvenir que nosotros presentimos y que habrá
de atravesar por muchas cosas de las que nada supieron los
humanismo anteriores, de un humanismo con las fuerzas de
inframundo, de lo inconsciente, del "ello" mantendrá unas
relaciones más atrevidas, más libres y serenas, más maduras artísticamente de las que pudo mantener una humanidad como la
actual, acosada por la angustia neurótica y por el odio nacido de
ella. Freud ha opinado que el futuro juzgara probablemente que el
significado del psicoanálisis como ciencia del inconciente supera
en mucho su valor como método terapéutico. Pero también como
ciencia del inconciente el psicoanálisis es método terapéutico,
método terapéutico sobreindividual, método terapéutico de gran
estilo. Tomen ustedes lo que ahora voy a decir como utopía propia
de un fabulador literario; pero, en conjunto, no carece de sentido
el pensamiento de que la liquidación de la gran angustia y del
gran odio, su superación por el establecimiento de una relación
irónico-artística y, sin embargo, no carente necesariamente de
piedad, con lo inconciente, pueda alguna vez ser considerado como
el efecto terapéutico de esa ciencia para la humanidad.
El saber psicoanalítico es algo que transforma el mundo. Con el
venido al mundo una suspicacia serena, una sospecha desenmascaradora, que descubre los escondites y los manejos del
alma. Esa sospecha, una vez despertada, no puede volver a
desaparecer nunca del mundo. Se infiltra en la vida, socava la
tosca ingenuidad de ésta, le quita el pathos de
ignorancia, favorece su des-pathización, en la medida en que educa
el gusto de understatement, como dicen los ingleses, para
la expresión suave en vez de exagerada, para la cultura de la
palabra normal, no hinchada, para la palabra que busca su fuerza
en lo moderado...La modestia (Bescheidenheit) - no olviden ustedes
que en alemán esa palabra viene de "tener noticia" (Bescheid
wissen), no olviden que, en su origen, modestia tenía ese sentido,
y que sólo a través de ese primero sentido adquirió el segundo, el
de moderatio-, modestia nacida de un "tener
noticia"; vamos a suponer que ese será el talante básico de
un mundo de paz, de un mundo sereno y alegre. Acaso la ciencia del
inconciente esté llamada a contribuir a que ese mundo llegue.
La mezcla que en dicha esencia se da entre lo pionero y lo médico
justifica esas esperanzas. En una ocasión Freud dijo que su teoría
de los sueños era "una parte de un nuevo continente científico", "conquistado a la
mística y las creencias
populares". En esa palabra, "conquistado", están el
espíritu y el sentido colonizadores de su
investigación.
"Dónde estaba el ello, allí debe llegar a estar el
yo", ha dicho Freud epigramáticamente. Y él mismo afirma que el
trabajo psicoanalítico es una obra cultural, comparable a la
desecación del Zuidersee. Y así, al final, los rasgos del
venerable varón al que aquí estamos rindiendo homenaje se
confunden con los rasgos del Fausto en su vejez, el cual aspirada a
"alejar de la orilla el poderoso mar, a estrechar las
fronteras de la húmeda vastedad". (*)
|
Thomas
Mann (1875-1955) |
(*)
Fuente: Thomas Mann, "Freud y el
porvenir",en Shopenhauer, Nietzsche, Freud,
Barcelona, Plaza Janés (trad. Andrés Sánchez Pascual), 1986 pp.
226-253. (Aclaración: el texto aquí presentado es una
versión parcial de la conferencia).