Aquiles
y Ayax jugando durante la guerra de Troya
EL
SUICIDIO DEL HEROICO AYAX
Por
Jean Starobinski
En
el personaje de Ayax, hace Sófocles que intervengan
sucesivamente, en el decurso de un solo día mortal, los dos
estados contrapuestos del desvarío absoluto y de la extrema
lucidez, de la fatalidad impuesta y la libre decisión de morir.
Estados que pertenecen a momentos perfectamente diferenciados,
cuya oposición, con tanta claridad subrayada, corre sin duda
pareja con la intención de lograr el efecto trágico. De la
rebelión al desvarío, del desvarío al reconocimiento de la
deshonra, de este conocimiento humillante a la muerte voluntaria,
va Sófocles acompasando con precisión asombrosa la sucesión,
concatenación y diferencia de las actitudes pasionales: el
lector moderno tiene la impresión de estar viendo desplegarse,
en el curso temporal de la representación, los colores puros
en los que se descompone la luz cegadora del suicidio.
La
obra da comienzo al término de una noche de sangre. Ayax ha
destrozado el ganado, creyendo herir de muerte a los Atridas;
se ha encerrado en su tienda, y allí está todavía, presa del
delirio. Atenea, que ha empujado al héroe al desvarío,
domina la escena. Ulises se ha acercado cautelosamentre paras
"aclarar la verdad". La diosa le llama...
Mas
ningún espectador ignora los antecedentes: la muerte
de Aquiles, sus armas destinadas al más valiente y
la preferencia otorgada a Ulises en detrimento de Ayax. Y
esto ya se presta a reflexión: ha desaparecido la gran
figura heroica, aquella en quien se daba cumplimiento una
perfección espontánea, una supremacía
indivisa. El puesto está vacante. Ningún nuevo
Aquiles podía reemplazar a este protagonista absoluto.
Son tiempos nuevos -tiempos de los herederos- los que dan
comienzo. Pero las armas codiciadas, herencia del guerrero
muerto, preservan los vínculos con los tiempos precedentes
(que eran los tiempos épicos). La ruda expedición
aún no ha terminado, queda intacta la tarea: queda
tomar Troya. La oposición de Ulises y de Ayax, herederos
rivales, pone tal vez de manifiesto la escisión de
lo que estaba aún unido en la persona de Aquiles: fuerza
y reflexión. Desde el instante en que el asunto pasa
a ser materia de debate, y la decisión se pone a votación,
es de esperar el triunfo de la reflexión. Todo sufragio
corona una obra de lenguaje. Y Ulises es aquél que
sabe hablar y convencer, su habilidad está en el miramiento
para con los dioses y los jefes: nada mejor para ganarse
los favores. Los nuevos tiempos -tiempos del debate- delimitan
mediante la palabra un campo clauso, gobernado por las reglas
de la persuasión y de la autoridad verbal: la violencia
debera ser abandonada. El campo clauso de los tiempos anteriores
era el campo de batalla, campo del encuentro armado, de la
pelea aguerrida y del furor que las palabras no pueden detener.
Los hombres no se niegan a entrar de nuevo en él, pero
se han percatado de lo que así pueden perder.
La Ilíada, poema guerrero, acaba antes de la
muerte de Aquiles: pero sobre todo antes de la toma de Troya.
Todo lo que puede la fuerza nos lo dice la Ilíada
(y todo lo que pueden las súplicas contra la fuerza).
Sabemos, definitivamente, que la captura final no se decidirá
en campo abierto, en victoria regular. Para hacerse con la
ciudad enemiga, hará falta utilizar astucia y reflexión.
La conquista es obra de Ulises.
El haber tomado acuerdo sobre las armas de Aquiles por mayoría
de sufragios tiene valor de símbolo. La fuerza y sus
instrumentos pasan a ser elemento subordinado. Las armas,
instrumentos de violencia, son ciertamente los objetos más
disputados; pero al ir a adjuficarlas, la palabra es la que
zanja, y el cómputo de votos.
El debate en torno a las armas, sin romper con los usos de
una sociedad "feudal" y guerrera, prefigtra la deliberación
de la sociedad democrática. Ahora bien, la asamblea
deliberante, compuesta por ciudadanos, requiere la obediencia
de los jefes militares. Subordinación que no acepta
Ayax precisamente. Él ha venido a combatir como aliado
y como par, ligado tan sólo por la virtud del juramento.
Es un jefe de guerra, que quiere depender sólo de él;
le indispone toda autoridad que pretende dominarlo. No le
debe atención alguna. El conoce su vigor sin igual.
No tolera, pues, que nadie le suplante. ¿No resulta indignante
que las armas gloriosas no sean otorgadas a quien con todo
derecho se tiene como el hombre de armas por excelencia? Han
elegido a Ulises: en lugar del "guerrero esforzado"
han dado preferencia al taimado, al ingenioso, al que sabe
manejar la palabra. La fuerza ha sido humillada. Ayax se ve
desacreditado en todo su ser, que es un puro arrojo. Si de
esta cualidad se le despoja, ninguna otra cosa le queda. La
existencia de Ayax descansa en base exigua; los valores que
admite y que respeta no son muchos, haciéndole así
tanto más vulnerable. Para él sólo cuenta
el honor, la lealtad, la energía intrépida.
En todo lugar quiere ser un poder independiente. Declaró
un día ser bastante fuerte como para vencer sin el
auxilio de los dioses: era demasiado aventurarse en la convicción
de omnipotencia. Ulises, en cambio, conocedor de los múltiples
poderes de los que dependen los mortales, es el hombre de
inexhaustos recursos. Ayax se mantiene, para ruina suya, como
el hombre de una sola virutd ostentada con orgullo.
No ha aceptado Ayax una votación que le frustra y que
le ofende. Herido, malparado, no consentirá en doblegarse.
Y de esta suerte se excluye de la comunidad definida por el
respeto a la sentencia mayoritaria. Su gesto de rechazo le
arroja a la soledad. No ser el primero es, para él,
no verse ya valorado, y réplica negándose a
reconocer la validez de la voz colectiva que le despoja de
lo que es debido. Pero no se contenta, como Aquiles, con alejarse,
negándose a prestar su ayuda. Violentamente se revuelve
contra aquellos a los que, con su juramento, habíase
aliado. El fraude del que a sus ojos se han hecho responsables
le da plena libertad. La resolución está tomada:
los tratará como enemigos, los hará perecer.
Hela así, abandonada, aquella lealtad que fuera en
el pasado complemento compensador de la fuerza. Roto el equilibrio.
La fuerza ofendida se muda en violencia ofensiva. Para Ayax,
semejante felonía no es incompatible con la idea que
él se hace del honor personal. Reacción elemental
en la que destaca el orgullo humillado. Aun a costa de parecer
inoportuna la intrusión de conceptos piscológicos
modernos en el terreno mítico, podríamos decir
que el suicido de Ayax -como todo hara-kiri- constituye, al
no poder dar muerte a los ofensores, la reparación
triunfal que se procura el narcisimo humillado, la prueba
de virilidad "fálica" que se obstina en dar
ante los enemigos que antes le negarán tal virilidad.
Prosiguiendo con el lenguaje contemporáneo: el dolor
de no haber obtenido las armas equivale a una castración;
y la muerte voluntaria a espada borra el insulto: es un acto
que proclama, en la cima del arrojo, la integridad del vigor
masculino.
Reparemos
en la siguiente observación; en el material legendario
más antiguo tan sólo consta el despecho de Ayax
y su desespero suicida. El rasgo político de la rebelión
contra los jefes adquirió sin duda en Sófocles
una importancia que la tradición anterior no le otorgaba.
De este modo, el destino fatal del héroe expoliado
se convierte por añadidura en el destino del traidor y del
rebelde. Esta nueva dimensión, a ojos del espectador,
arroja sobre Ayax una nueva culpa, estrechándose las
mallas de la red en que se encuentra atrapado. No es que
Ayax, en momento alguno, se siente culpable ante sus enemigos.
Mas, tal como lo construye Sófocles, no es capaz de
ver que la rebelión agrava su dependencia. Si detesta
a los Atridas y planea darles muerte, señal es de que ante
él no han dejado de ser los jefes supremos. Al revolverse
contra ellos, se obstina en hacerles frente. En todo instante
se cree visto por ellos: objeto de su risa burlona.
En su rebeldía, no cuenta Ayax con aliado alguno. Nada
ha dicho de sus planes a su hermanastro, el arquero Teucro:
este se encuentra guerreando lejos. La independencia de Ayax
se convierte en angosta soledad. Tiempo ha, y de forma reiterada,
había rechazado la asistencia de los dioses. El honor
de la proeza hubiérale parecido ínfimo, de haber
aceptado el favor de una divinidad. Buscaba la victoria por
sí solo, y para sí solo, sin solicitar el menor
auxilio exterior. La certeza de ostentar en su brazo todas
las prendas del éxito es la expresión misma
del narcisimo del vigor que hace un instante comentábamos.
De modo más acorde con el espíritu griego, diremos
que es la expresión de la ausencia de miramiento para
con las demás, ausencia de miramiento que tarde o temprano
se expone al castigo. Quien pretende realizarse plenamente
sin el otro (sin que venga un dios a socorrerle) puede que
un día se vea despojado de todas sus conquistas, expoliado
de su gloria, y condenado a verse reducido a la nada.
Ayax
se encuentra, pues, en estricta soledad, pues su presunción
le ha llevado hasta la impiedad, y su sentido del honor hasta
la rebeldía. Otros, al apartarse de los hombres, conservan,
cuando menos, la tutela de un dios. No así Ayax: por
propio impulso se ha arrojado a la exterioridad más
completa. Al margen de humana alianza (la esposa cuativa y
el hijo no difieren de él mismo), al margen del respeto
a los dioses, habita en una sola fuerza, que lo es todo para
él. Para decirlo con una imagen espacial: Aquiles,
para manifestar su cólera, habíase contentado
con hacer campo aparte y encerrarse. Ayax, cuya tienda se
encuentra "al extremo de la fila de navíos"
no es únicamente el que se sitúa en el límite.
Se sale resueltamente de la comunidad de guerreros asociados.
Salida de la que la tragedia de Sófocles hará
ver las consecuencias fatales: quien cuenta sólo consigo
mismo para vivir sin los idioses y en contra de los hombres
se halla destinado a perecer; se adentra en la carrera del
exceso y, echándose fuera del orden colectivo, termina
ineludiblemente por echarse fuera de la vida. Ni aun para
oponerse a una injusta decisión del grupo le está
permitido al individuo excluirse de él y tratar de
hacerse justicia a punta de espada. El oráculo de Calcas
-anunciado ya demasiado tarde- precide literal y simbólicamente
que Ayax morirá si sale en este día de la tienda.
Acabamos de reconstruir los aspecto del carácter de
Ayax, tal como a lo largo del texto de Sófocles se
dan a conocer: tal debió ser el héroe que se
convirtiera en el hombre de sus últimos actos; tales
fueron las virtudes, más también las torpezas
que le precipitaron en el exceso fatal. (*)
(*)
Fuente: fragmento de Jean Starobinski, "La espada
de Ayax", en La posesión demoníaca. Tres estudios,
ed. Taurus, 1974, Madrid.