Por Germán Arciniegas
Si
fuera posible trasladar a un gobelino la pintura que suele
hacerse del siglo XIX en América, el asunto no sólo no ofrecería
dificultades, sino que no resultaría sobremanera hermoso.
Adelante, rompiendo la centuria, descollarían los héroes Bolívar,
San Martín, Sucre, Artigas, O'Higgins, caballeros en corceles
nerviosos, rutilantes de gloria bajo frondas de laurel. Luego,
como siguiéndoles los pasos, avanzarían los caudillos. Los
caudillos fueron esas breves figuras locales, arbitrarias y
rudas que llenaron los escenarios de la vida americana hasta el
borde mismo del siglo XX, reventando coraje y haciendo patria a
su manera. Ahí veríamos a Rosas y Porfirio Díaz, al Dr.
Francia y a Guzmán Blanco. Héroes y caudillos: he aquí la síntesis.
Fuera de esto, nada. Detrás de los capitanes de la
Independencia, una polvareda dorada que cubría la marcha de las
caballerías. Detrás de los caudillos el rumor de la barbarie que
levantaban a su paso las montoneras.
Ahora ocurre formular una duda. El siglo XIX ¿fue todo eso y
nada más que eso? ¿Fueron los héroes estos personajes
sobrenaturales de los que habla la historia? ¿Los caudillos
representaban con fidelidad a nuestro mundo como los griegos,
cada vez se alejan más del hombre y se acercan más a Dios?
De paso quiero advertir -en favor de la bien llamada cultura
occidental- que si el origen de esta fábula pudiéramos
situarlo provisionalmente en Grecia, no hay que suponer que sólo
Grecia y España hayan acudido a ello. El hecho es universal. Y
en el caso concreto de Grecia y España hubo un puente, o "una
puente", para el el estilo fabuloso llegase de la península
helénica a la ibérica. "La puente" fue romana, como
es de rigor.
Los romanos, como los griegos, mezclaban a sus dioses en todas
las cosas feas, y aun en las hermosas de su vida doméstica o
política. Llegaban hasta prestarse los dioses de unas ciudades
a otras, y así su trato resultaba tan agradable y frecuente que
bien podían los romanos decir: "Anoche estuvo cenando en
casa tal dios", con la misma naturalidad que si se tratase
de un viejo amigo. Fustel de Coulanges trae muchos datos de esta
naturaleza en su precioso libro sobre la ciudad antigua. He aquí
un ejemplo:
"Así como durante la guerra los dioses se mezclaban con
los combatientes, también había que contar con ellos en los
tratados. Se estipulaba, pues, que hubiese alianza entre los
dioses como entre los hombres de las dos ciudades. Para
determinar esta alianza de los dioses ocurría a veces que ambos
pueblos se autorizaban mutuamente para asistir a sus fiestas
sagradas. En ocasiones se abrían recíprocamente sus templos y
hacían un cambio de ritos religiosos. Roma estipuló un día
que la divinidad de la ciudad de Lanuvio protegería en adelante
a los romanos, que tendría el derecho de invocarla y de entrar
en sus templos. Frecuentemente cada una de las partes
contratantes se comprometía a ofrecer un culto a las
divinidades de la otra. Así, habiendo los oleatas concluido un
tratado con los etolios, ofrecieron un sacrificio anual a los
héroes de sus aliados. En fin, había ocasiones en que ambas
ciudades convenían en que cada una de ellas intercálese el
nombre de la otra en sus oraciones".
Convenios de esta naturaleza no ocurren únicamente entre pueblos
de poco experiencia científica, como era el caso de los
antiguos. Cuando quiera que prende en el espíritu de una nación
la llama mística, así esté simbolizada ella en el color de
una camisa, se pueden confabular estas fuerzas sobrenaturales de
la vida internacional para alentar a los pueblos. Tal ha sido el
caso reciente de dos grandes naciones europeas: España y
Alemania. Esto entra dentro del campo de la historia natural de
lo divino en la tierra. Pero no nos perdamos en disgresiones y
volvamos a nuestra América.
Puede decirse que nuestra tradición historiográfica ha sido
constante en el propósito de deshumanizar a los héroes. En mi
patria esto se evidencia respecto de Bolívar, no obstante la
avasalladora humanidad que hace tan hombre al Libertador. Pero
el ejemplo de Bolívar no es el único, sino típico. Lo que ha
sido de Bolívar en el norte, en el sur lo ha sido de San Martín.
Bastaría para sustentarlo ese libro admirable, fervoroso y apasionado
que ha escrito uno de los exponentes más alto de las
letras argentinas: El santo de la espada, de don
Ricardo Rojas. En ese libro la mística sanmartiniana es un
tejido de emoción sobre el cual dibuja el artista y el
historiador precisamente la figura del "santo". De tal
suerte que cuando llega el momento final del relato, puede decir
Rojas: "Más hermosa que su hazaña es su conciencia; su
espada de santo refleja, al desnudarse, la luz de la
Justicia".
San Martín mismo, como todos los hombres colocados en trance de
heroicidad, se tuvo por predestinado. "Debo seguir-dijo al
Destino que me llama". La transmutación de los hombres en
sustancia divina no es sólo un fenómeno literario. Empieza en
la vida misma de los héroes. El pueblo ayuda a formar un
ambiente que acaba por convencer a los propios conductores, así
carezcan ellos de toda vanidad. El caso de Colón es perfecto en
este sentido. Este hombre, que entró en Salamanca lleno de
entusiasmo científico, pensando en que racionalmente convencería
a los sabios para que lo auxiliasen en su proyecto, sufre, a
todo lo largo de su accidentada empresa, choques que lo
trasforman, y después de haber vivido los años necesarios
para cruzar el Atlántico y satisfacer su curiosidad, se toca
las carnes y ya le parece que sus manos quedan envueltas en un
resplandor. Es entonces cuando dice, quizá no sólo por hacer
comedia, sino también un tanto convencido: "Ya dije que
para la ejecución de la empresa de las Indias no me aprovechó
razón ni matemática; llanamente se cumplió lo que dijo Isaías".
Doy
estos antecedentes para explicar mejor el caso de Bolívar, héroe
que, por ser de mi propia patria, puedo tratar con mayor
desenfado y familiaridad. Bolívar, no obstante sus veleidades
absolutistas de los últimos años, fue un demócrata. Afirmó
su convicción de tal con palabras de una verdadera vehemencia,
en los momentos mismos en que su espada tenía más vivo el carmín
de la victoria. Y por eso sorprende que tratara de divinizar su
persona cuando francamente se abría como ancha puerta para que
el pueblo tomara posesión de la república en medio de un
derrumbamiento de mitos y fábulas. Y, sin embargo, hay que leer
el delirio del Chimborazo. Hay que ver cómo a medida que la
planta peregrina de Bolívar avanza hacia la cúspide del cerro,
la sobreestimación de sus cualidades le va acercando a la
tertulia de los dioses.
En el delirio sobre el Chimborazo empieza Bolívar a narrar su
ascensión así: "Llego, como impulsado por el genio me
animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del
firmamento; tenía a mis pies los umbrales del abismo...Un
delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un
fuego extraño y superior. Era el dios de Colombia que me poseía..."
Luego Bolívar se encuentra con el Tiempo. Los dos entablan un
diálogo. He aquí una respuesta de Bolívar:
"Sobrecogido de un terror sagrado, ¿cómo, ¡oh,
Tiempo!-respondí-, no ha de desvanecerse el mísero mortal que
ha subido tan alto? Ha pasado a todos los hombres en fortuna,
porque, me he elevado sobre la cabeza de todos.
"Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con
mis manos, siento las pasiones infernales bullir bajo mis pasos;
estoy mirando, junto a mí, rutilantes astros, los soles
infinitos; miro sin asombro el espacio que encierra la materia,
y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos
del Destino.
"Observa, me dijo el Tiempo, aprende, conserva en tu mente
lo que has visto; dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro
del universo físico, del universo moral; no escondas los
secretos que el cielo te ha revelado; di la verdad a los
hombres.
"El
fantasma desapareció.
"Absorto,
yerto, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso
diamante que me servía de lecho. Al fin, la tremenda voz de
Colombia me llama. ¡Resucito! Me incorporo, abro con mis manos
los pesados párpados, vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio".
El delirio sobre el Chimborazo podría aparecer como un deshago
lírico del hombre que en realidad se había hecho conductor de
la más numerosa muchedumbre americana; pero es preciso, para
darse cuenta exacta del relieve que adquieren los héroes, ver cómo
el proceso del mito heroico va penetrando en la vida de las
naciones. Lo recogen primero las gentes sencillas, los hombres
agradecidos de sus buenos capitanes; lo exaltan luego los
historiadores, y por último, hay quienes le dan remate poético
a esta cadena de conjugados sentimientos. Ha pasado más de un
centuria del día en que Bolívar sintió y escribió su
delirio. La perspectiva se ha perfeccionado con la ayuda de la crítica
y el análisis sereno. Y hace muy poco, en estos últimos años,
monseñor Castro Silva, quizás el más eminente orador sagrado
de Colombia, no sólo por su elocuencia, sino por su formación
humanística, hace su célebre oración: "Lo que hay de
Dios en la vida del Libertador".
He
aquí un aparte, tomado al azar, del discurso del monseñor
Castro Silva, que ilustra, a mi modo de ver, la interpretación
griega de los héroes hecha dentro de nuestro tiempo:
"Diríase
que el Omnipotente prefiere a su propia intervención
abrumadora, la intervención de una criatura suya que lo
reemplace; cuando la ha menester, la predestina y quizá a través
de muchas generaciones la prepara, ordena en torno suyo
acontecimientos y circunstancias de todo linaje; como el sol a
la tierra con sus rayos, así la enviste. El con sus dones espléndidos,
esfuerza luego y aquilata todas las preeminencias racionales que
hacen del hombre una imagen de la deidad, ordena en fin que
aparezca en el mundo y, como para menoscabar la excelsitud a que
la destina, la obliga a ser descubridora de sí misma. Una
providencia particular se encarna en tal criatura, y es todo su
ser un teatro donde la acción divina ya desarrollándose tan
imperioso e incontrastable que, sin advertirlo muchas veces, los
contemporáneos se doblegan ante ese poderío que no comprenden
y en cuyo celestial origen ni reparan".
El conductor de un pueblo, que en esta forma se siente un ser
providencial, que se considera un instrumento de la Divinidad en
la misma forma en que lo eran los héroes de la Ilíada, presenta
a menudo esta circunstancia ante sus súbditos para movilizarlos
hacia donde intenta llevar sus banderas. Y como en estos casos
el contagio suele ir más allá de lo razonable, elegidos se
consideran mucho a quienes sólo el azaroso entronque de las
genealogías coloca en la copa de los árboles. Cualquier rey ha
hablado muchas veces en lenguaje bíblico. Así lo hicieron en
1915 el zar Nicolás y el Kaiser Guillermo. Y las guerras, en
esta forma, han revestido un aspecto semejante al de las
Cruzadas, cuando el Dios los quiere, coronaba como un grito
amenazante la ola de apasionados que se dirigía a la conquista
de Jerusalén.
Todo esto, que parece no tener otro consecuencia distinta de la
de arrancar a la historia de su modesta verosimilitud para
encaminarla a términos de engreída sublimidad, tiene una
coronación lógica. Y es la de considerar a los héroes como
padres de la patria. Yo suelo preguntarme muchas veces, asaltado
por una duda que podría considerarse como falta de gratitud o
afecto, si la patria, acaso, no existía antes llegar los héroes.
Si antes de nacer Bolívar no existía todo ese conjunto de
verdades y de ilusiones que en último termino constituyen la
noción de patria. Si los campesinos que en un gesto oscuro y
desbordante de fe lucharon desde el siglo XVIII por conquistar
su libertad, no eran patriotas. Si la tierra no les había dicho
nada en voz baja a quienes se doblaban sobre ella para buscar
sus secretos. Si las ideas que animaron a los ejércitos
emancipadores no estaban ya preocupando -ocupando previamente-
la imaginación del pueblo.
Me parece que el proceso ocurre en una forma exactamente inversa
a la que presupone el considerar a los héroes padres de la
patria. No es exacto pensar que la aparición providencial de un
hombre elegido por los dioses haga brotar ideas no soñadas de
la mente del pueblo. El héroe, en realidad, llega al final de
un largo proceso de elaboración popular: es el hombre en quien
culmina un esfuerzo, el brazo que resume una vieja ambición, el
punto en donde revienta una corriente soterrada. El héroe,
entonces, no es hijo de los dioses: es hijo de su pueblo. Lo que
le da una ancha base para que afirme su voluntad es la
circunstancia misma de su estirpe humana.
Lo que el libertador, en América por ejemplo, tiene de
admirable, es su capacidad de descubrir los sentimientos ocultos
del pueblo. Debajo de lo que en el virreinato era pura
representación, estaba el sentimiento de los blancos, los
cobrizos y los negros que soñaban en la libertad, e iban
sacando esta aspiración lejana como un relieve sumergido que
cada vez se hacía más nítido. El libertador llega a ver ese
relieve como si el sol golpeara en sus perfiles. Su oído se
enamora de las palabras que el pueblo no pronuncia, porque el
pueblo suele hablar por la voz del silencio. Pero nadie podría
negar que en el fondo de aquella muchedumbre oscura y callada
estaban latentes todas las posibilidades. Un libertador no hace
sino descubrir, sacar a la luz todo aquello y señalar una hora
para entrar en la lucha.
Es así como a la historia griega de los héroes providenciales
pudo oponerse la historia natural de los libertadores. El
libertador no crea un mundo sacándolo de la nada. Es el quien debe
tomarse por una creación. El pueblo modela de su propio barro y
con sus propias manos, en generaciones de deseo y expectativa,
al hombre que haya de conducirlo. Cuando el libertador brota es
la flor del árbol de la vida.
Es claro que el pueblo, entonces, expresa su entusiasmo, su
reconocimiento, su emocionante gratitud hacia el hombre que ha
sabido conducirlo, en palabras de una desbordante hipérbole.
Aun en la vida cotidiana, la gente que es grata encuentra
insuficiente el lenguaje para que logre traducir lo quiera
expresar. La expresión de todos los días- "no tengo
palabras para agradecerte"- se emplea con el acento más
sincero, porque así es, y una mujer no vacila en decir a otra:
"Está divino el regalo que me has hecho". ¡Qué no
puede esperarse de la lengua clamorosa de una nación en la
vehemencia de sus grandes alegrías!
Para
el pueblo, el héroe, el libertador, el capitán, el rey, quien
quiera que logre coronar su ambición más recóndita,
evidentemente realiza, es decir: convierte en realidad una
antigua esperanza; pero es la fuerza misma de los hechos la que
determina la aparición del personaje. En el momento oportuno
tiene que aparecer el Bolívar que se haga cargo de llevar al
pueblo a la victoria. No es un hecho incomprensible y casual el
que justamente dentro de unos mismos años aparezcan en América,
como un prodigio simultáneo, Bolívar, Artigas, San Martín,
Sucre y O'Higgins. Si Bolívar llega al mundo en 1700, hubiera
sido uno de tantos criollos que consumían su vida en las
labores del campo o detrás del mostrador de una tienda,
rumiando apenas ideales muy vagos que tardarían cien años en
cristalizar.
El proceso es universal y evidente. Nosotros no podemos suponer
a una inteligencia como la de Santo Tomás, dentro del siglo XX,
empeñándose en escribir una suma de los conocimientos teológicos
y colocándose fuera de la vida de su tiempo. Las
transformaciones de la política italiana van preparando el
terreno hasta que un día justo la llegada de Maquiavelo es algo
ineludible. Y lo mismo ocurrió para nosotros en América. Hubo
un momento en que lo que estaba en la mente de todos cuajó en
un conductor. Y por eso el libertador no es el padre de la
patria.
Se llega a esta conclusión lo mismo partiendo de un punto de
vista material, haciendo la interpretación económica o
marxista de la historia, que acercándose a una posición
espiritual. Desde el punto de vista material, el hecho es
claro. La guerra de Independencia, como contradicción del régimen
colonial, es el resultado de una serie de hechos económicos
anteriores en muchos años al movimiento, que fueron formando
una conciencia popular enderezada a la rebeldía: de esto
tenemos un testimonio concluyente en las revueltas de los
campesinos del siglo XVIII. Desde el punto de vista espiritual,
y para referirme a la tesis de Jung, tan cuidadosamente expuesta
en su hermoso libro Realidad del alma, detrás de la
conciencia del momento existe la formación de los ideales en el
inconciente. Y el inconciente es un sueño en donde van sumándose
las experiencias de las generaciones, como si aquello no fuera
sino un río o un mar de imágenes, según su propia expresión.
Es así como la historia se encadena hasta en el mundo mismo de
los sueños.
No he de referirme al caso de otros héroes americanos con
quienes tengo menos vinculaciones de paisanaje, sino
sencillamente a la de mi libertador, don Simón Bolívar. Todos
sabemos que él llega a Cartagena en 1812, y lo primero que hace
es lanzar su célebre proclama que empieza: "Yo soy,
granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado
prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas,
que siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi
patria, he venido aquí a seguir los estandartes de la
independencia". Pronto, detrás de sus banderas, los
blancos y los negros del litoral, los bocas del Magdalena, los
plebeyos de las minúsculas ciudades, los políticos que
escriben desde la capital, parecen arrastrados por él. ¿Era el
milagro de sus ojos electrizantes? ¿De su voz bien timbrada? ¿De
su aire marcial? Seguramente no: era la fe que él ponía en el
alma misma del pueblo, en la causa que ese pueblo defendía. Allí
en Cartagena ya antes había hablado el pueblo. "La plebe
-dicen los historiadores Henao y Arrubia- había tomado parte
desde 1810 en los movimientos, llamada y exaltada por los
patriotas principales, y adquirió preponderancia la gente de
color". Pero mucho antes también, a la sombra de las
murallas que iban levantando los soldados sustraídos a sus
hogares por la presión del gobierno virreinal y negros
arrancados a su África para hacerlos esclavos, habían
murmurado muchas veces. La palabra de Bolívar casi puede
traducirse en un "Yo estoy con vosotros", y éste es
el secreto de su triunfo.
Sube el guerrero a la cordillera, llega a las provincias en
donde cuarenta años antes se levantaron los comuneros, y allí
se vigoriza su ejército. ¿Milagro? No: sencillamente
renacimiento. Con cuanto gusto y coraje no irían los hijos a
vengar la memoria de sus padres cuyas cabezas fueron puestas en
escarnio por haber pretendido hablar como gentes libres. Y así
en todas partes. Cuando muchos años después se iba a dar la
batalla decisiva, un ejército de llaneros se formó en las
sabanas orientales donde la soledad parecía ser el único manto
que arropara a los hombres. Pues bien: también cuarenta años
antes esos llaneros habían jurado lealtad a un remoto rey de
los incas, Tupac Amaru, porque se había levantado contra España.
Lo mas curioso es la actitud que adoptan los indios del
altiplano, los más silenciosos, los que más escondida llevan
el alma y más plegados por el silencio los labios, cuando el ejército
que llega de los llanos trasmonta el páramo y se dirige contra
la capital del virreinato. Sobre un alfombra de homenaje
corrieron los caballos de esa tropa. Los indios, si no entraban
a la tropa, eran mensajeros que favorecían sus andanzas. La
muchedumbre indiferente se tornaba activa, vivaz y favorable.
Pero era la misma muchedumbre que durante tres siglos venía
acariciando aquella empresa, y aun se había aventura a
realizarla.
Y esto lo mismo en el norte que en el sur, lo mismo en Venezuela
que en el Ecuador o en Perú o en Bolivia. ¿Dónde esta el
genio de Bolívar? En saber conducir. Las circunstancias que no
sólo hacen posible el nacimiento del héroe, sino que lo
determinan, no piden del conductor sino una cosa: que sepa ver
el fondo de las corrientes que han de empujar su barca. Parece
una falta de respeto, pero es la verdad: lo que tiene de
grandioso el conductor es su sentido común, el reflejar y
exaltar el sentido común, el tomar esa turbia idea de la plebe
y mostrarla como algo irradiante y límpido.
Sería equivocado suponer que el Libertador creara el alma de la
república. Esa alma existía desde antes; esa alma fue la que
él invocó al llamar los pueblos a las armas y la que a él
mismo le animó. Lo que el Libertador hizo fue la parte formal:
la república. El estado de ánimo del pueblo lo proyectó sobre
la ley que dio fisonomía al estado político.
Esta explicación que mira de modo tan reposado al fondo de la
heroicidad americana, y despoja de su aureola divina a los
libertadores, no querría yo que se tomase en ningún caso como
una repudiación desconsiderada de las grandes obras en donde se
trata a los libertadores como el brazo armado de la divinidad,
es decir, donde se les muestra al modo griego. La consagración
que en esta clase de obra literaria se hace de los grandes
conductores no tiene el cándido valor de una superstición
vulgar, sino que tiende a consagrar con apasionado arte
literario algo que ha conmovido a la nación. Es así como aún
hoy el mito es bien recibido por las gentes cultas. Los
escritores modernos que tratan a los héroes, no desde el punto
de vista de su aparición lógica, sino de su irrupción
milagrosa, lo que hacen, en el fondo, es inclinarse con ternura
ante la fuente de los ideales populares, que en realidad es
sagrada. Y desde este punto de vista me parece que la
glorificación mítica de los héroes es sana en cuanto es una
especie de acatamiento democrático, una zona en donde lo
popular y lo culto se hermanan y caminan confundidos en una
misma canción.
Pero si la historia se mantuviera en ese terreno mítico, perdería
su sentido causal; no nos serviría para explicar los grandes
progreso de la humanidad, sería una enemiga inexplicable de la
sociología. A la historia literaria y griega hay que
contraponer ciencias positivas, como una rama de la disciplina
moderna está sujeta al análisis y a la investigación
rigurosa, los relatos de esta historia natural vendrán a ser
documentos para el estudio de la sociedad.
No es tan sencillo empeño éste de reducir el pasado de
nuestros pueblos de una leyenda poética a la que fue, es decir:
un progreso humano. Pero esto no obsta para que el pequeño se
haga aún en campos que parecían cerrados a todo propósito de
humanización. Tal es el caso, por ejemplo, de la historia del
Cid. Y, sin embargo, un hombre como Menéndez y Pidal lo ha
intentado en cierto libro ejemplar, anticipándose a declarar su
propósito con estas palabras: "Al interrogar de nuevo las
fuentes históricas evitaremos por igual el deformar
peyorativamente los testimonios musulmanes, según el gusto
truculento de Dozy, y el dar valor absoluto a los elogios
latinos, como hicieron los que bajo Felipe II incoaron en Roma
el proceso de canonización del Cid: pensaremos únicamente en
que no debió ser un santo quien ejercitó la guerra toda su
vida y que no pudo ser un hombre sin fe ni ley el que Ben Bessam
mismo exalta como uno de los grandes milagros de Dios y el que
historiadores y poetas coetáneos miran como un héroe cuya
muerte, al decir de una crónica francesa, sumió en gran duelo
a la cristiandad".
Lo que ocurre en los héroes, les ocurrió a nuestros héroes,
fue que en los momentos culminantes de su lucha se transformaban
por ese fenómeno natural de sublimación que exalta las
potencias del hombre cuando llega a momentos decisivos de su
vida. Es curioso ver cómo jamás al hombre que va a
posesionarse de la presidencia de la república, ni al que se
prepara para dar la última batalla, le sobreviene ninguna de
esas pequeñas enfermedades imprevistas que a nosotros suelen
detenernos en los momentos siempre vulgares de nuestra vida sin
sorpresas. Las circunstancias de la lucha cambian la calidad de
las cosas, así como el aguar el hervir se transforma en la
fuerza nueva del vapor. Esto es lo que los marxistas señalan
con notorio acierto al hablar de los cambios que se producen
cada vez que en el proceso sin término de las contradicciones
humanas se abren camino las nuevas ideas.
El hombre que está colocado al frente de un pueblo en trance de
emanciparse, por ejemplo, y que va a la guerra, sufre el tránsito
de la razón tranquila, que le muestra lo deplorable de los regímenes
tradicionales, a la pasión heroica, que le arma de coraje.
Entonces el sacrificio entra naturalmente al plano de su vida
cotidiana. Ocurre lo que se ha llamado con justa razón el
"compromiso sagrado" con el pueblo. Y ahí termina, a
mi modo ver, lo que en realidad hay de extraordinario en la
humanidad de los héroes. (*)
(*)
Fuente: Germán Arciniegas, en Este pueblo de América,
México, 1945. También editado en Gabriel Cristian Taboada, Antología del
ensayo latinoamericano, Sánchez Terruelo editor, 1994,
pp.164-171.