A
partir de entonces las diarias alegrías de Alain fueron menos
apacibles. El parloteo del bosque dejó de parecerle inocente. Ya no
se sentía protegido bajo el abrigo de las hojas aserradas de los
helechos. La móvil dispersión del sol en los musgos lo dejó
asombrado. Se cansó de vivir en la sombra verde y oscura. Deseó
otra luz que no fuera el tornasol de los lagartos, el sombrío tapiz
de los hongos, y el enrojecimiento del carbón en los hornos. Antes
de dormirse iba a contemplar en la charca la innumerable risa
crepitante del cielo. Toda la fuerza de sus deseos lo transportaba más
allá de las tinieblas cerradas de las hayas, de los robles, de los
olmos, detrás de los cuales había más hayas, robles y olmos, y
todavía más árboles, y oquedales sin fin. Y las palabras de la
anciana habían herido su orgullo:
–Sólo
Dios sabe encender sus estrellas en la noche.
¿Y yo? –pensaba Alain–. Si fuera a la llanura, si estuviera
bajo ese cielo que está por encima de los árboles, ¿no podría
también encender mis estrellas? ¡Oh, iré!, iré.
Ya
nada le gustaba en el recinto del bosque, que lo asediaba como un ejército
inmóvil, lo aprisionaba como una cárcel rígida cuyos árboles
guardianes se multiplicaban para detenerlo, extendían sus brazos
inflexibles, se alzaban amenazantes, enormes, terribles y mudos,
armados de contrafuertes nudosos, de barricadas hendidas, de manos
gigantescas y enemigas. Al proteger celosamente su corazón
tenebroso, el bosque parecía hostil a todo lo que no fuera él
mismo. Pronto sanaron todas las heridas de la tempestad, se cerraron
las crueles heridas por donde penetraba la luz y de nuevo durmió el
sueño de su profundidad. Y la charca de la roca volvió a ser
oscura, y la cara del rústico espejo no reflejó más la risa
luminosa del cielo.
Pero
en el sueño del niño las estrellas reían siempre.
Una
noche escapó de la choza mientras su abuela dormía. Llevaba en una
alforja pan y un trozo de queso duro. Las carboneras lucían
apaciblemente un resplandor sofocado. ¡Qué tristes parecían esos
puntos rojos comparados con los vivaces destellos del cielo! Los
robles, en la noche, no eran sino sombras ciegas que tendían sus
largas manos tanteando. Estaban dormidos, como su abuela, pero dormían
de pie. Eran tantos que se turnaban para hacer guardia. No se oía
su respiración mientras dormían. Seguirían así, en silencio,
hasta el primer rocío del alba. Mas cuando el viento matinal
hiciera murmurar las hojas, Alain ya habría escapado a su
vigilancia. Todos los pájaros piarían y piarían para avisarles,
pero Alain ya se habría deslizado entre sus brazos. No podrían
seguirlo, porque tenían horror a la llanura. De nada les serviría
amenazarlo de lejos, como una fila de gigantes negros: no sabían ni
gritar ni caminar; todo lo que hacían era amontonarse, apretarse,
multiplicarse, crecer, extenderse desmesuradamente, hendirse, lanzar
mil tentáculos inmóviles, hacer avanzar de pronto grandes cabezas
y espantosas mazas. Pero en el lindero de la llanura su poder se
extinguía, y un hechizo los detenía de repente como si la luz los
hubiera dejado estupefactos, deslumbrados.
Cuando
Alain llegó a la llanura, se atrevió a volver la mirada. Los
gigantes negros, reunidos como el ejército de la noche, parecían
mirarlo tristemente.
Luego
Alain alzó los ojos. En el cielo lo esperaba un milagro. Se hubiera
dicho que había florecido con flores de fuego. Por todas partes se
estremecía de destellos. Algunos huían, se hundían, estaban a
punto de desaparecer, y de golpe volvían, crecían, ardían al rojo
vivo, palidecían, azuleaban, se borraban, flotaban un poco, se
dispersaban en tres, cuatro, cinco rastros de flamas, luego se reunían,
se fundían, y, condensados, no eran más que un punto que
estallaba. Otros tenían una insoportable agudeza, atravesaban los
ojos con un aguijón, después se volvían suaves, se llenaban de
bruma, se extendían, se volvían manchas claras, vacilaban,
desaparecían en el vacío, y, reapareciendo en ese mismo instante,
perforaban el aire con su estilete puro. Y otros se acomodaban en líneas,
construían figuras, se disponían en siluetas en las que Alain veía
casas, ventanas, carrozas; y repentinamente la esquina del techo
cintilaba, después el dintel de la puerta, la empuñadura del timón,
el centro de la rueda; luego todo se apagaba; luego los puntos
centelleaban de nuevo, pero con resplandores desiguales, de modo que
las formas que apenas había visto se confundían.
El
niño tendía las manos hacia el fondo de la noche.
Trataba
de agarrar esas luces pálidas, de modelarlas para que formaran
figuras, curioso por saber cómo ardían y si había allá arriba
grandes hornos de carbón azul moteados de flamas.
Entonces
miró la llanura. Era larga, plana y desnuda, informe hasta el
horizonte, poco móvil por su vegetación baja. Terminaba con un río
lento, del que no se distinguían los bordes. Era un poco más
blanco que la llanura.
Alain
caminó hacia el río para volver a ver las estrellas. Allí parecían
correr, volverse líquidas e inciertas, doblarse, redondearse,
velarse bajo una onda oscura y a veces dividirse en una multitud de
cortas líneas espejeantes. Iban con el curso del agua, se perdían
en los remolinos y morían, ahogadas por grandes macizos de hierbas.
Durante
toda esa noche Alain caminó bordeando el río. Dos o tres soplos de
la alborada envolvieron las estrellas en un sudario gris claro,
estriado de oro y de rosa. Al pie de un esbelto arbolillo en el que
temblaban hojas de plata, Alain se sentó, algo cansado; mordisqueó
su pan y bebió agua de la corriente. Siguió caminando el día
entero. Por la noche durmió en una hondonada de la orilla. Y a la
mañana siguiente retomó su camino.
Y
he aquí que vio alargarse el río y a la llanura perder su color.
El aire se volvía húmedo y salado. Los pies se hundían en la
arena. Un murmullo prodigioso llenaba el horizonte. Pájaros blancos
revoloteaban dando chillidos roncos y lastimeros. El agua
amarilleaba y verdecía, se hinchaba y desbordaba la cuenca. Las
riberas descendían y desaparecían. Pronto, Alain ya no vio sino
una gran extensión arenosa, atravesada a lo lejos por una larga
raya oscura. El río parecía ya no avanzar más: lo detenía una
barra de espuma contra la cual luchaban todas sus breves olas. Luego
se abrió y se hizo inmenso; inundó la llanura de arena y se dilató
hasta el cielo.
Alain
estaba rodeado de un extraño tumulto. A su alrededor cruzaban
cardos de las dunas con carrizos amarillos. El viento barría su
rostro. El agua se elevaba en hinchazones regulares festonadas de
blanco: largas curvaturas huecas que venían una y otra vez a
devorar la playa con sus fauces glaucas. Vomitaban en la arena una
baba de burbujas, de conchitas perforadas y pulidas, de espesas
flores viscosas, de cuernos relucientes, dentados, cosas
transparentes y blandas singularmente animadas, misteriosos restos
misteriosamente gastados. El mugido de todas esas fauces glaucas era
dulce y desolado.
No
gemían como los grandes árboles, pero parecían quejarse en otro
lenguaje. También ellas debían de ser impenetrables y celosas,
pues hacían rodar su sombra púrpura ocultándose de la luz.
Alain
corrió por la orilla y dejó que la espuma mojara sus pies. Anochecía.
Por un instante pareció que flotaban en el horizonte estelas rojas
sobre un crepúsculo líquido. Luego la noche surgida del agua, al
final del mar, se hizo imperiosa, ahogó las bocas aullantes del
abismo con sus oscuros torbellinos. Y las estrellas salpicaron el
cielo del océano.
Pero
el océano no fue espejo de las estrellas. A semejanza del bosque,
protegía de ellas su corazón de tinieblas con la eterna agitación
de sus olas. Se veían saltar lejos de esa inmensidad ondulante
cimas coronadas de cabelleras de agua que la mano del océano
retiraba enseguida.
Montañas
fluidas se apilaban y se fundían al mismo tiempo. Cabalgatas de
olas galopaban furiosas, luego se abatían in-visibles. Filas
infinitas de guerreros con melenas movedizas avanzaban a la carga
implacablemente y zozobraban en el campo de batalla bajo la
fluctuación de una interminable mortaja.
A
la vuelta de un acantilado el niño vio errar una luz. Se acercó.
Un corro de niños daba vueltas en la playa, y uno de ellos blandía
una antorcha. Se inclinaban en la arena donde vienen a morir los
grandes labios del agua. Alain se confundió entre ellos. Miraban
sobre la playa lo que el mar acababa de traer. Eran seres rayados,
de colores inciertos, rosados, violáceos, manchados de bermellón,
ocelados de azul, y cuyas heridas exhalaban un fuego pálido. Parecían
extrañas palmas de las manos, alrededor de las cuales se crispaban
dedos adelgazados; manos errantes, muertas tiempo atrás, arrojadas
por el abismo que envolvía el misterio de sus cuerpos, hojas
carnosas y animadas, hechas de carne marina; bestias astrales
vivientes y móviles en el fondo de un cielo oscuro.
–¡Estrellas
de mar! ¡Estrellas de mar! –gritaban los niños.
–¡Oh! –exclamó Alain–, ¡estrellas!
El niño que tenía la antorcha se inclinó hacia Alain.
–Escucha
–le dijo–, la historia de las estrellas. La noche en que nació
Nuestro Señor, el Señor de los niños, nació en el cielo una
estrella nueva. Era enorme y azul. Lo seguía a dondequiera que iba,
y lo amaba. Cuando los malvados vinieron a matarlo, lloró sangre.
Pero cuando él murió, al cabo de tres días, ella murió también.
Cayó al mar y se ahogó. Y entonces muchas otras estrellas se
ahogaron de tristeza en el mar. Y el mar tuvo piedad de ellas y no
las despojó de sus colores. Y viene muy suavemente todas las noches
a entregárnoslas, para que las guardemos en memoria de Nuestro Señor.
–¡Oh!
–dijo Alain–, ¿y no podría yo volver a encenderlas?
–Están muertas –respondió el niño de la antorcha– desde la
muerte de Nuestro Señor.
Entonces
Alain agachó la cabeza, se dio vuelta, y salió del pequeño círculo
de luz; pues lo que buscaba no era de ninguna manera una estrella
ahogada, una estrella muerta, apagada para siempre. Quería, como sólo
Dios es capaz de hacerlo, encender una estrella y hacerla vivir,
gozar de su luz, admirarla y verla elevarse en el aire, lejos de las
tinieblas del bosque, que oculta las estrellas, lejos de las
profundidades del océano, que las ahoga. Otros niños podían
recoger las estrellas muertas, guardarlas y amarlas. Esas no eran
para Alain. ¿Dónde hallaría la suya? No lo sabía; pero estaba
seguro de que la encontraría. Sería algo hermosísimo. La encendería,
y ella le pertenecería, y tal vez iría tras él por todas partes,
como la grande y azul que seguía a Nuestro Señor. Dios, que tenía
tantas estrellas, tendría la bondad de regalar ésa al pequeño
Alain. La deseaba con tanta fuerza. ¡Y qué sorpresa para su
abuela, cuando regresara! Todo el horrible bosque se iluminaría
hasta lo más recóndito. "¡Dios no es el único que enciende
sus estrellas!, gritaría Alain. También está mi estrella. Sólo
Alain la enciende aquí, para que la luz se haga en medio de los
viejos árboles. ¡Mi estrella! ¡Mi estrella de fuego!"
El
resplandor cintilante de la antorcha erró por aquí y por allá en
la playa, se volvió rojizo bajo la llovizna; las sombras de los niños
se disolvieron en la noche. Alain volvió a quedarse solo. Una
lluvia fina lo envolvió y lo dejó transido de frío, tejió entre
el cielo y él su red de gotitas. El lamento de las olas lo acompañó;
a veces murmullo, a veces ulular, y en ocasiones una fuerte ola
detonada contra el acantilado se pulverizaba, estallaba por todas
partes, o se proyectaba en la negrura del aire como un espectro de
espuma. Luego la queja se hizo igual y monótona como los suspiros
regulares de un enfermo; hubo una especie de dulce tumulto aéreo,
balbuciente y confuso; luego Alain entró en el silencio...
III
Y
pasaron los días y las noches, las estrellas se levantaron y se
acostaron; pero Alain no había encontrado la suya.
Llegó
a un país inhóspito. La hierba fuera de estación amarilleaba
tristemente en los extensos prados; las hojas de las viñas enrojecían
en las cepas antes que los racimos acres y apretados. Filas
regulares de álamos recorrían la llanura. Las colinas se elevaban
con lentitud, recortadas contra los campos pálidos, algunas veces
con la mancha sombría de un bosquecillo de robles. Otras,
escarpadas, se coronaban con un círculo de árboles negros. Las
grandes planicies se erizaban con macizos amenazantes. En ese lugar,
el verde indolente de un grupo de pinos parecía un signo de
felicidad.
A
través de esa árida comarca erraba un arroyo claro y pedregoso.
Brotaba suavemente de una colina, la mitad de su lecho quedaba seco
en los primeros viñedos, y se dividía en brazos que iban a
acariciar los cimientos de antiguas casas de madera con los
contramarcos de las ventanas enguirnaldados. Era tan transparente
que los lomos de las percas, los lucios y los pejes se distinguían
como una tropa inmóvil. Los guijarros emergían al filo del agua y
Alain veía gatos que pescaban de noche entre las dos orillas.
Y
más lejos, donde el arroyo se volvía río, había un pueblecito
asentado en los bajos ribazos, con menudas casas puntiagudas
coronadas por techos acanalados en ojiva, con una multitud de
ventanas minúsculas apretujadas y enrejadas, con atalayas en los
tejados pintadas de azul y amarillo, y un viejo puente de madera, y
un monasterio, parecido a una bruma bermeja y encrestada, donde San
Jorge, armado de sangre, hundía su lanza en las fauces de un dragón
de cerámica roja.
El
río, largo, luminoso y verde, rodeaba la ciudad como un malecón,
entre montañas nevadas en la lejanía y las muy pequeñas colinas
del pueblecito donde las calles trepaban con sus grandes letreros de
colores; la calle del Yelmo, y la calle de la Corona, y la calle de
los Cisnes, y la del Hombre Salvaje, cerca del Mercado de Pescado y
del León de Piedra que vomitaba su chorro de agua pura como un arco
de cristal.
Allí
había honestas posadas donde muchachas de gordas mejillas vertían
vino claro en jarras de estaño, donde colgaban de las paredes las
vestiduras y mucetas dejadas en prenda; además del Hostal de la
Ciudad, donde se hospedaban los burgueses con capa de paño, camisa
de lino crudo, y anillo de oro en el segundo dedo, haciendo justicia
y pronta ejecución de los malhechores. Alrededor de la casa del
consejo municipal había estrechas calles apacibles con escritorios
públicos provistos de pergaminos y plumillas; mujeres plácidas,
con ojos azules y húmedos, con el rostro gastado por la ternura y
doble papada, vestidas con una túnica transparente, en ocasiones
con la boca velada por una banda de tela fina; muchachas con
vestidos blancos, hendidos en los codos, con ceñidores color
cereza, y largos cabellos como copos de lana; niños pelirrojos de pálidos
labios.
Alain
pasó bajo una bóveda achaparrada: por ella se entraba a la plaza
del Mercado Viejo. La rodeaban casitas acurrucadas como viejas
alrededor de un fuego invernal, ovilladas bajo su caperuza de
pizarras e hinchadas de escamas a la manera de los cuellos de dragón.
La iglesia de la parroquia, negra de monstruos con barba de espuma,
daba a una torre cuadrada que se afilaba como la punta de un
estilete. A su lado quedaba la barbería, repleta de ventanas
grasosas, redondas como burbujas, con postigos verdes donde se veían,
pintadas en rojo, las tijeras y la lanceta. En medio de la plaza
estaba el pozo de brocal carcomido, rematado por su domo de herrería.
Niños descalzos corrían por ahí. Algunos jugaban a la rayuela en
las baldosas; uno pequeño y gordo lloraba silenciosamente, con la
boca embarrada de melaza, y dos chiquillas se jalaban los cabellos.
Alain hubiera querido hablarles; pero huían y lo miraban de reojo,
sin responder.
Cayó
el sereno entre un aire levemente neblinoso. Ya se veían brillar
las velas que se reflejaban en los gruesos vidrios como círculos
rojos. Las puertas se cerraban; se oían los chasquidos de los
postigos y el rechinido de los cerrojos. El plato de estaño que
colgaba a la puerta del hostal tintineaba con su asa de hierro.
Desde el vestíbulo entreabierto Alain vio el resplandor de la
chimenea, aspiró el aroma del asado, oyó correr el vino; pero no
se atrevió a entrar. Una voz gruñona de mujer gritó que ya era
hora de cerrar todo. Alain se deslizó hacia un callejón.
Todos
los puestos habían sido retirados. Ya no había abrigo contra el frío.
El bosque ofrecía el hueco de las horquetas de sus árboles; el río
prestaba los repliegues de sus riberas, la llanura el surco entre
las espigas, el mar los recodos de sus acantilados; el mismo inhóspito
campo no negaba su zanja bajo el seto; pero la hosca y refunfuñona
ciudad, estrechamente apiñada y cerrada, no ofrecía nada a los
pequeños errantes.
Y
se hizo espesamente negra y curiosamente erizada con sus colores
cambiantes, sus callejones sin salida, donde cruzaban los pilares,
se hundían tablones oblicuos, corrían arroyos enlazados. Tendía
de improviso dos guardacantones con cadenas, las redes de una verja,
grandes cerraduras en las murallas; una casa cortaba el paso con su
torrecilla, la otra lo aplastaba con su alero, la tercera abarcaba
la calle con su vientre. La ciudad se había vuelto una ronda inmóvil
de piedra y madera, armada con herrerías. Todo era negro, poco
hospitalario y silencioso. Alain avanzó, retrocedió, se perdió,
caminó en círculo y volvió a encontrarse en la plaza del Mercado
Viejo. Las velas se habían apagado y todas las ventanas habían
vuelto a meterse en sus carapachos. Ya no vio más que un resplandor
vacilante, en un tragaluz oval cerca de la punta de la torre
cuadrada.
Se
entraba a la torre por la abertura de un basamento, que no estaba
cerrada; la escalera llegaba casi hasta la puerta. Alain se animó,
y subió por una estrecha y rápida espiral. A medio camino
crepitaba en un nicho del muro un pabilo que ardía suavemente,
flotando en un mechero de cobre. Al llegar arriba, Alain se quedó
inmóvil ante una extraña puertecita incrustada de clavos de
bronce, y contuvo el aliento. Oía por intervalos la voz aguda de un
anciano que pronunciaba frases entrecortadas. Y de pronto su corazón
se desbocó, y creyó que se ahogaba, pues la vieja voz chillona
hablaba de las estrellas. Alain pegó la oreja a la cerradura
esculpida en hierro y escuchó.
–Estrellas
funestas y malvadas –decía la voz– por la noche, la hora y
aquel que pregunta. Escribe: Sirio velado de sangre; la Osa Mayor
oscura; la Osa Menor nublada. La Estrella Polar radiante y marcial.
Puerta superior: en esta noche de martes, Marte rojo e incendiado en
la octava casa, casa de Escorpión, signo de muerte, y de muerte por
fuego: batalla, matanza, carnicería, flamas devoradoras. En esta
hora decimotercera, Marte, dañino por naturaleza, está en conjunción
con Saturno en la casa del espanto. Calamidad; muerte; raíz fatal
de toda empresa. El hierro se funde con el plomo en medio del fuego.
Hierro forjado para destruir; plomo en fusión. Marte se une a
Saturno. El rojo penetra en el negro. Incendio en la noche. Alarma
durante el sueño. Tintineos de hierro y choques de masas de plomo.
Aspecto contrario, puesto que el Toro entra por la Puerta Inferior y
el Escorpión por la Superior. Júpiter en la segunda casa se opone
a Marte en la octava. Ruina de toda riqueza y de toda gloria. El
Corazón del Cielo permanece estéril y vacío. Así, el fogoso
Marte domina indiscutiblemente sobre los edificios y la vida que
posee Saturno. Incendio de la ciudad; muerte por llamas. Terror y
conflagración. A la decimotercera hora de esta noche de martes,
Dios aparta los ojos de sus estrellas y libra las almas al fuego.
En
el momento en que la vieja voz dictaba esas palabras la puerta se
abrió, abatida a puñetazos y patadas: la pequeña silueta de Alain
se recortó en el umbral, erguida y furiosa, y el niño, irritado,
gritó:
–¡Miente!
Dios no abandona a sus estrellas. ¡Sólo Dios sabe encender sus
estrellas en la noche!
Un
anciano vestido con una túnica de marta cibelina alzó su rostro
inclinado sobre un astrolabio construido en forma de esfera armilar,
y sus ojos enrojecidos parpadearon como los de una vieja ave
nocturna sorprendida en su nido. A sus pies, un niño pálido y
flaco que escribía en un pergamino dejó caer la pluma de sus
dedos. La flama de los dos grandes cirios se alargó y se desvió
por la corriente de aire. El viejo tendió el brazo, y su mano
apareció en la bocamanga forrada de piel como una osamenta desnuda.
–Niño
bárbaro e incrédulo –dijo– ¡cuán grande es tu negra
ignorancia! Escucha: este otro niño te instruirá por su boca. Háblale
de la naturaleza de las estrellas.
Y
el niño flaco recitó:
–Las
estrellas están fijas en la bóveda de cristal y giran con tal
rapidez sobre su pivote de diamante que se inflaman por su mismo
movimiento y torbellino. Dios no es sino el primer motor de los
orbes y la causa de la revolución de los siete cielos; pero luego
del movimiento inicial el cielo de las constelaciones no obedece más
que a sus propias leyes y gobierna según su voluntad los sucesos en
la tierra y los destinos de los hombres. Tal es la doctrina de Aristóteles
y de la Santa Iglesia.
–¡Mientes!
–exclamó de nuevo Alain–: Dios conoce a todas sus estrellas y
las ama. Me ha permitido verlas a pesar de los grandes árboles del
bosque que tapaban el cielo; y ha hecho que floten para mí a lo
largo del río, y las ha hecho bailar alegres encima del campo.
También vi a las que se ahogaron en el tiempo de la muerte de
Nuestro Señor; y pronto me mostrará la mía y...
–Niño,
Dios te mostrará la tuya. ¡Así sea! –dijo el anciano.
Pero
Alain no pudo saber si hablaba en serio, pues un soplo de viento
repentino invadió la celda y las dos llamas de los cirios cayeron
como flores bocabajo, azulearon y murieron. Alain encontró la
escalera tanteando la muralla; y como se sentía lleno de audacia, y
también para castigar al vejete mentiroso, arrancó el cuenco de
cobre con su mecha ardiente y se lo llevó.
Toda
la plaza estaba negra de noche, y la torre cuadrada pareció
hundirse y desaparecer en cuanto Alain la dejó. Volvió a encontrar
el pasaje de la bóveda con la luz de su lámpara y entró en él.
Allí los sombreros puntiagudos de los tejados no se recortaban
contra el cielo. Las tinieblas se alargaban y la sombra superior
parecía como barnizada de blancura. El firmamento nocturno estaba
envuelto en un enrejado de estrellas, recorrido por hilos de aire
con nudos centelleantes, cubierto por una redecilla de fuego claro.
Alain volvió la mirada hacia la gran red radiante. Las estrellas
seguían riendo con su risa de escarcha. Seguramente no sentían
piedad por él. No lo conocían, porque había permanecido demasiado
tiempo rodeado por el espeso horror del bosque. Se reían de él,
altas y deslumbrantes, porque era pequeño y no tenía más que una
lámpara vacilante y que humeaba. También se reían del viejo
mentiroso, que pretendía conocerlas, y de sus dos cirios apagados.
Alain volvió a mirarlas. ¿Se reían para burlarse, o reían de
placer? También bailaban. Debían de estar alegres. ¿No sabían
que el pequeño Alain encendería una de ellas, como el mismo Dios?
Seguramente Dios las había puesto al corriente. ¿Cuál sería la
suya? Había tantas. Tal vez una noche se revelaría, descendería
junto a él, y no tendría más que tomarla como un fruto. O si no
la dejaba tocarla, volaría delante de él con sus alas de fuego. Y
reiría con él, y él reiría con la misma risa de ella, y todo el
viejo bosque quedaría sembrado de lucecitas que no serían más que
risas.
Ahora
Alain estaba en el viejo puente que temblaba sobre sus pilares
esculpidos. Entre las gruesas vigas de su piso se veía correr el
agua, y por la mitad había una atalaya toda cubierta de pizarras
pintadas de azul y amarillo. El vigilante debía estar en el
cuartito; pero no estaba. Felizmente para Alain, pues probablemente
no lo hubiera dejado pasar con su lámpara. Alain no se atrevió a
alumbrar el hueco negro de la atalaya y caminó más rápido. Más
allá del puente estaban las casas más humildes del villorrio, que
no tenían escudos heráldicos de colores, ni monstruos con garras
para sostener los contrafuertes de las ventanas, ni fauces de
dragones como gárgolas, ni serpientes que se enlazaran en los
dinteles de las puertas, ni soles en relieve gesticulantes y
desdorados, sobre los aguilones.
Ni
siquiera tenían camisas de tejas desnudas o de pizarras grises;
simplemente estaban hechas de tablones labrados a escuadra. Alain
alzaba su lámpara para distinguir el camino. De súbito, se detuvo,
y comenzó a temblar. Había una estrella ante él, apenas por
encima de su cabeza.
Era
una estrella oscura, a decir verdad, por ser de madera. Tenía seis
rayos cruzados sobre otros seis, de modo que era perfecta. Estaba
clavada al final de una tablilla estrecha que atravesaba la calle.
Alain la alumbró y la miró con detenimiento. Ya estaba vieja y
agrietada. Sin duda había esperado mucho tiempo; Dios la había
olvidado en un rincón de esa aldea; o bien la había dejado allí
sin decir nada, sabiendo que Alain la encontraría. Alain se acercó
a la casa. Era pobre, no tenía ningún postigo, y, a través de las
ventanas bajas, vio muchos curiosos personajes de madera. Estaban
alineados en una repisa, como si miraran hacia afuera; sus ropas
eran duras y rectas; sus labios se apretaban en una línea; sus ojos
eran redondos y sin brillo, y tenían las manos cruzadas. También
había un buey y un asno, con las patas tiesas y abiertas, y una
cruz donde parecía estar clavada una figura lastimera, y una cuna
que tenía colgada arriba una estrella, parecida a la que estaba en
la calle.
Y
Alain supo que al fin la había encontrado. Esta estrella estaba
hecha con la madera del bosque, y esperaba que la encendieran. Había
esperado a Alain. Acercó su lámpara y la flama roja lamió la
estrella que crepitó. Surgieron pequeñas lágrimas azules: luego
hubo un trazo ígneo; un chasquido, y empezó a arder, se volvió
una bola de fuego, resplandeciente. Entonces Alain batió palmas
gritando:
–¡Mi
estrella!, ¡mi estrella de fuego!
Y
hubo movimiento en la casa; se abrieron ventanas en lo alto, Alain
vio cabecitas estupefactas con largos cabellos, muchos niños en
camisa de dormir, que se habían despertado y salieron a ver. Alain
corrió a la puerta y entró en la casa. Gritaba:
–¡Niños,
vengan a ver mi estrella!, ¡mi estrella de fuego! ¡Alain encendió
su estrella en la noche!
Sin
embargo la estrella flameante creció muy rápido, derramó una
estela de chispas; inmediatamente los tablones secos se inflamaron;
el techo de la choza enrojeció de golpe y todo el tejadillo fue una
cortina de fuego. Se oyó un grito de terror, vagas llamadas, luego
quejas agudas. Y el incendio se volvió formidable. Hubo un
derrumbe; grandes ascuas aparecieron entre el humo; fue un horrible
abigarramiento de rojo y negro; al final se formó una especie de
hueco como un pozo en el que se precipitó un montón de enormes
brasas ardientes.
Y
el jadeo siniestro de una campana de alarma comenzó a repicar.
En
ese momento, el viejo de la torre cuadrada vio despertar en el Corazón
del Cielo, que es la Casa de la Gloria, una nueva estrella roja. (*)
(*)
Traduccción:
Una Pérez-Ruiz.