Por Mariano Picón
Salas
¿Qué enseñará después de surcar las sirtes de la vida
y bajando a las aguas heladas, al fiordo de desengañados líquenes
donde ancla la vejez y nos cubre la muerte, un hombre que recorrió
tantas moradas y probó experiencias y oficios? Aviones y barcos rápidos
nos llevan hoy a todas partes, y sin ser rico conocí ríos y
ciudades, monumentos y países que nunca estuvieron en la lenta
geografía de mis antepasados. Ignoro si junto a los templos
mayas, sobre la tierra desolladamente blanca del mundo, entre
serpientes de piedra, gradas milenarias y arbustos espinosos
castigados por el sol, o en ese continente donde la tierra se
vuelve agua y todo flota y emerge como en el primer día de la
creación que es el mundo amazónico, o en la Selva Negra, Francia,
Austria, parientes -con frecuencia vestidos de negro- que
visitaban mi casa en los Andes venezolanos. Y para la sabiduría
secular era más sensato quedarse con la porción de suelo, el
manso caballo de paso y el oficio que heredamos, que salir por el
mundo en desordenado y absurdo afán. "¿Tantas idas y
venidas, tantas vueltas y revueltas, son de alguna
utilidad?", se preguntaba una de las fábulas escolares que
leía en mi infancia. Pero acaso, diabólicamente, desde jóvenes
estábamos tentados de romper esos límites de conformidad o
seguridad que nos daban la familia, o las cosas conocidas. Con
frecuencia trocamos lo firme y permanente por lo incierto y
azaroso.
(...) Uno de los más bellos y viejos libros del mundo, Los
proverbios, quiere que el hombre que vivió bastante
entienda "parábola y declaración" y sepa transmitirla
a los demás. "Dará sagacidad a los simples",
"inteligencia y cordura a los jóvenes", traducirá
"las palabras de los sabios y sus dichos oscuros",
aconseja el sagrado libro. Pero, a pesar de Salomón, hijo de
David, ¿no es intransferible toda experiencia humana, y el dolor
y la prueba que sufrimos sólo nos sirve a nosotros mismos? Cada
uno siente su propia cicatriz, y aún en el amor más ardiente, en
la cópula más dichosa de los cuerpos y las almas, todavía
subsiste en la piel y en el aliento un poco de rebelde soledad.
"Hay un sitio, amada, de mi memoria y mi conciencia, donde no
llega tu compañía", acaso decimos en la hora de amor más
perfecto. Como Eva y Adán, después del pecado, cada uno se aleja
del otro y marcha con su sombra y cavilación al salir del paraíso.
Al final estamos desamparados con nuestro destino, trazamos la parábola
de nuestros aciertos o equivocaciones como si la existencia
personal fuera apenas la maduración de una semilla que trajera al
nacer su inconfundible sustancia de destino. Las cosas fueron así
porque no podían ser de otro modo: Napoleón no se parece a
Carlomagno ni Víctor Hugo a Baudalaire. Si lo puramente animal
puede ser la experiencia gregaria: las hormigas, las golondrinas,
los monos araguatos, lo humano es lo desgarradamente individual.
Nos asimos, contra la indiferencia de la naturaleza al hilo frágil
o sangriento de nuestra suerte. Cada hombre -ya lo decía
Montaigne- no da sino el reflejo de lo humano en sí mismo; apenas
puede contar qué paso por sus vísceras, su memoria, su corazón.
Toda enseñanza que pretendemos ofrecer se trueca así en añoranza.
Como el marino viejo, retirado de su nave, detenido en el muelle
donde ya no zarpará, evocamos los colores, dichas y trances de la
expedición. Oímos u olemos con la memoria -lo más persistente
del hombre- la tempestad y la bonanza; el monzón que deshacía
las velas, las calmas del mar ecuatorial, el negro verdor de los
sargazos y la llaga roja del promotorio estéril. Revivimos el
tatuaje y la borrachera; el deleitoso cansancio que nos daba
aquella mujer, y nuestro dormir jadeante, confundido en su cuerpo,
como en otro alzado mar bravío. Tantas noches y días de asombro
y zozobra medidos por nuestras esperanza, cólera o deseo. Cita de
amante, desafío de enemigo o simple abandono a lo que trae la
calle rumorosa, el cuento de la prostituta y el conspirador. Vivir
es como ver pasar caras en una metrópoli pululante, junto a las
luces de la calle 42 en Nueva York, entre bandas luminosas de
noticias y asuntos comerciales. Las caras pasan como los nombres
de los primeros ministros y los lugares lejanos. Después de tanto
escuchar y ver, ómnibus y hentes, iremos con el cuerpo más
cansado a buscar un sitio donde dormir. Somos el hombre solo que
extiende su camisa, tira sus zapatos manchados de polvo y cierra
el conmutador de la luz. Mañana -si no hay catástrofe, cae una
bomba atómica o invaden los marcianos- las gentes harán las
mismas cosas; pasarán los mismos barcos por el río Hudson, vendrán
los mismos trenes atestados de trigo y acero, morirá un
millonario o un presidente de la Corte Suprema, y caerá más
niebla y espuma, un poco más oxidada vejez, en la estatua de la
Libertad. Y el estupor tremendo, la prisa sin pausa de los
hombres, la altura de los edificios, el acoso de los avisos, la
quiebra del mercader y el suicidio de la muchacha engañada habrán
de seguir hasta que no quede memoria de nosotros.
(...) La historia, la más bella y trágica obra de Dios, es una
incansable devoradora de tiempos. Los hombres -aun los más
famosos- pasan por ella como transitorios y siempre renovados
bailarines de un club nocturno. ¿Este club cierra, después que
pasa la grande y tumultuosa noche de Dios, que se llama la
eternidad? Ved los nombres, los disfraces patronímicos con que
acudieron a la fiesta. Romanos; germanos del tiempo de Tácito;
galos del tiempo de Clodoveo; sajones del tiempo de Otón; señores
feudales, príncipes, obispos; doctores de la escolástica y
humanistas del renacimiento. Tomas de Aquino, Dante, Erasmo, son
ya para nosotros extraordinario espectáculo, casi plácidos y
encantados fantasmas de la imaginación culta. Sobrevive sólo el
grande y desinteresado quehacer del hombre cuando se borraron sus
cenizas. La Virgen de las rocas es ya más
importante que el hombre llamado Leonardo; los Pensamientos,
que el frágil y enlutado gentilhombre que firmaba Blas
Pascal. Polvo de inmortalidad es lo más viviente de Europa aunque
el Sena siga corriendo por la misma "cité" donde
enseñaban Siger y Abelardo o maldecía Villon, y el Modalva
arrastre la corona sagrada de San Wenceslao.
Continente creador de formas, desde la que dibujaron los griegos
en el ritmo de sus ánforas hace dos mil quinientos años, hasta
la composición de los grandes cuadros renacentistas, la
maravillosa fantasía, risueña y domada de Miguel de Cervantes,
los conciertos de Bach, la prosa de los franceses, los
imponderables ensayistas ingleses, sería absurdo no pedirle a la
cultura europea -en nombre de nuestros excluyentes númenes
americanos- ese aprendizaje que ella puede comunicarnos. Y los
mejores hombre de América, de las dos o tres Américas, ya se
llamen variadamente Bolívar, Jefferson, Miranda, Andrés Bello,
José Martí o Rubén Darío, descubren a través del
universalismo europeo su propio destino nacional o continental.
¿Hubiera sido tan claro y elocuente, tan fogosamente preciso Simón
Bolívar si no aprende su misión de libertador en las grandes
utopías y sistemas, en el ardiente filantropismo de los
pensadores del siglo XVIII y en aquel recorrido romántico, en
busca de su gran vocación, que hace por Europa en compañía de
su maestro Simón Rodríguez? ¡Cuánto de Grecia y de Roma, de
agudeza volteriana y enciclopedismo francés - criollizados por su
tremendo temperamento -nos devuelve toda su gran obra de conductor
político! Él nos había libertado para que los venezolanos saltásemos
desnudos a una mata de coco o regresáramos a la selva orinoquense
con una cerbatana y un poco de curare, sino para que disfrutásemos,
sin pedir permiso a inquisidores y alguaciles, de todos los
recursos de la civilización. ¿No sueña este hombre visionario,
mientras remonta el Orinoco y a veces tiene que dormir en un cuero
seco o en un rústico chinchorro indígena y pedir al sirviente
negro que le espante la demasiada plaga, en crear areópagos
morales que recuerden los de los hombres más justos de Grecia, y
en traer a América sabios y filósofos que domesticaran la rudeza
de las costumbres y gentes? La discordia de América en el tiempo
de Bolívar- y ha seguido siendo a través de nuestra historia- no
era contra la Europa de Voltaire y de Locke, de Mozart y de Goya,
sino contra las de los Borbones y la Santa Alianza. Hombres como
Jefferson y Bolívar más bien aspiraban que América realizara,
antes que las propias naciones de Europa, aquella esperanza de
plena libertad humana tan viva en el pensamiento europeo. Por eso,
nunca rigió para mí esa antítesis que pretende oponer una
inspiración americana que ha de soplarnos en horas de trance o de
sueño, a la tradición cultural que nos viene de Europa. Quizá
el secreto -como ya lo entrevió un educador de la grandeza de
Andrés Bello- sea utilizar esos métodos, formas y experiencias
que recibimos de las culturas más viejas para definir lo intrínseco
de nosotros. Esto no lo lograríamos con métodos guajiros y
otomanos que desgraciadamente no existen.
Como soy escritor y no hombre práctico, Europa depuraba mi
conciencia estética. Me hacía, acaso, peligrosamente vigilante
contra la fealdad y el desorden desmalazado. Una casa fea, unos
colores mal combinados, me sublevan como el peor acto moral. Hay
un crimen contra las cosas; asesinatos microscópicos contra los
buenos dones que Dios nos dio: luz, colores, plantas, cal, greda,
tierra, que realizan cada minuto las gentes insensibles o ignaras.
Gritan sin necesidad; maltratan los animales, adulteran la función
natural de los objetos. Su vacía ansia de pompa rompe todo ritmo,
claridad y sencillez. Compadezco a aquellos seres que pasan por la
vida, a veces ahítos de prosperidad y riqueza, pero sin afinar
sus sentidos, sin aprender a ver, a oír, a palpar. Si toda
ascesis -como la del yoga o la del santo- es dificultosa para el
hombre, quizás a través de los sentimientos estéticos podemos
obtener no sólo el disfrute de la belleza, sino también contención
y elegancia moral que haga más grata y soportable la sociedad de
los hombres.
Desde
la cortesía para tratar a las personas hasta el arreglo de las
cosas y la claridad de nuestra sintaxis, parecen el necesario
combate contra el furor de la vida; la "paideia" que el
hombre opone al instinto primigenio. Salvarme de la improvisación
y de la violencia suramericana era mi primer reclamo a las musas
de Europa. Si Renan oraba ante el Acrópolis su inferioridad de
"cimeriano" que había llegado tarde al mundo de la
cultura, ¡con cuánta mayor validez se imponía nuestra peregrinación
de neófitos ante los monumentos, los cuadros y los libros de la
civilización europea! O tocar las informaciones un poco muertas y
enumerativas que nos dieran los programas escolares, en
apasionadas vivencias. Ningún texto texto de historia del arte
puede transmitirnos los colores cabales de Vermeer o de Goya, la
composición de los florentinos, el mito de Icaro y la sensación
del vuelo partiendo de la más sustanciosa materialidad de la
tierra, como nos las ofrecen las figuras de Rubens. Y pese a los
rabiosos autoctonistas, nuestros códigos de conducta, nuestras
tabla de valores morales y estéticos no se fundaron en las selvas
de América sino entre los letrados, los filósofos, los humanistas
europeos. Quizás por escribir en idiomas latinos, Dante,
Montaigne y Fray Luis de León están, por lo menos, tan cerca de
nosotros como Quetzalcóalt y Manco Capac. Y muchos voluntariosos
fundadores de pueblos americanos, un poco tatarabuelos nuestros,
habían pasado por las aulas de Salamanca y soñaban revivir en su
aventura indiana las novelas de caballería y las hazañas del
Romancero. La situación cultural de América no es la misma de
aquellos viejos, casi incambiables y milenarios imperios asiáticos
donde los europeos llegaron tardíamente y se aislaron en las
factorías o en la concesión "blanca", mientras los
nativos seguían orando a la trinidad hindú y a los inmensos
Budhas de Birmania. El español de América dormía con la india,
frecuentemente se la llevó a la casa para reemplazarla a la
esposa europea, y le enseñaba versos de Garcilaso. Pocas veces me
sentí más hispanoamericano y recordé con más añoranza la
huerta familiar, la casa de mis abuelos, la arcaica cortesía de
las gentes- como en la Mérida venezolana de mi infancia- que en
algunas pequeñas ciudades extremeñas y andaluzas: en Carmona o
Ecija, en Ronda y Antequera.
(...) Al compararla con la América de nuestro afán, Europa
suministraba otros elementos de juicio y comprensión histórica.
El viejo continente había vivido todas las fiebres de crecimiento
y ajuste humano que padecemos en el Nuevo Mundo; asimiló y refinó
bárbaros; rompió torreones y barbacanas feudales, tusó las
largas pelucas de los reyes absolutistas hasta convertirlos en
monarcas constitucionales o presidentes de República; hasta sustituir
las cortes y cámaras secretas en parlamentos modernos. Ofendió
con la codicia y el furor colonialista a pueblos lejanos e inocentes
que debían aprender francés e inglés a cañonazos, pero creó
también las ideologías para que los pueblos coloniales se
sublevasen. A veces, también -como en las horribles dictaduras
totalitarias-, olvidó mucho de lo que había aprendido en su
sabia y tolerante madurez y se lanzó en expediciones peligrosas
al irracionalismo primitivo. De tanto poseerla, se fatigó a ratos
de la cultura y aun empezó a destruirla como el anciano - mucho
tiempo prudente- que una noche llegaba borracho a su casa. Pero
era la templanza y no el furor europeo, los versos de Goethe y de
Schiller y no la abominable literatura de Mein Kampf,
lo que parecía necesario aprender. Los totalitarismos en la forma
eruptiva y elemental como se desarrollaron en Europa después de
la primera gran guerra, acaso nos enseñaban que en el civilizadísimo
Viejo Mundo todavía hay multitudes miserables y frustradas, gente
resentidas que ni siquiera pudieron llegar al muy europeo ideal de
una cultura mediana. ¿Y si la lucha por una civilización realmente
humanizada puede sufrir aun en Europa tan trágicos colapsos como
el que ejemplarizan los totalitarismos, cuánto aún debemos
aprender los hispanoamericanos en el difícil camino de la
concordia del hombre! ¡Qué abismo de siglos, de novelas
espirituales separaban a los hombres excelsos que a veces hablaron
por la estirpe entera- un Bolívar, un Martí, un Rubén Darío-
de las multitudes humilladas, vejadas y sumisas que constituían
sus pueblos!
Los caudillos y dictadores, fatídicamente frecuentes en nuestro
proceso político, eran comparables a aquellos
"condotieros" de comienzos de la Edad Moderna que
tuvieron que aprender de los humanistas y del estilo ceremonial de
las cortes, para convertirse en soberanos o grandes duques.
Maquiavelo quería trocarse, así, en pedagogo de los bandoleros
que asolaban Italia a fines del siglo XV, y aceptando todavía sus
excesos, pretendía orientarlos hacia un ideal político superior.
Baltasar de Castiglione deseaba enseñarles a comportarse, a
conversar, a apreciar las obras de arte. Se había roto con el
naciente individualismo moderno el orden ético y religioso de la
Edad Media o el santo temor a Dios se reemplazó por la violenta
autonomía de la aventura, y era preciso crear un nuevo orden
civil y terrenal. Ya no se trataba sólo de ganar el cielo sino de
que hubiera más seguridad y belleza en la tierra. Ha sido -a
pesar de las guerras y las revoluciones- la obra más valedera de
Europa en los últimos cinco siglo.
Formar ese orden civil donde florezca la cultura y se respeten las
más hermosas obras del hombre, no es solamente tarea de políticos
sino de educadores y humanistas. ¡Cuántos modernos Baltasar de
Castiglione nos hubiera hecho falta para enseñar siquiera
ademanes, sosiego, buena conversación o mejor meditación a
tantas gentes que pretendían ser dominadores de la sociedad en
nuestro confuso mundo suramericano! Sólo la educación, una
inmensa, repartida, inagotable educación, podría vencer los
horribles desniveles de pensamiento y conducta que agrietan
nuestra existencia colectiva.
Pulir y afinar la conciencia del hombre para que sea cada día más
humana, es decir, más perfectible; para que no se petrifique en
la rutina y salga a conquistar nuevos horizontes mentales, es la
tarea superior de toda educación. Educación que no acaba de dar
la escuela porque tenemos que revisarla y cuidarla cotidianamente.
Ante la historia todos somos un poco Robinsones que necesitamos
experimentar lo que paso al lado nuestro, o crearnos alas en la
imaginación para ser un poco contemporáneos de los grandes
hombres; para entender la cólera de Dante o la sonrisa de
Cervantes. Para que más allá de la servidumbre de nuestros
sentidos que reclaman sexo y comida a tiempo, nos remontemos del
mundo biológico de la necesidad, al mundo de los valores. Y éstos,
desde un tiempo tan viejo como el de Platón, se llaman Amor,
Bien, Justicia, y Belleza. El hombre sería una criatura fea y
desvalida, casi inferior en marca de naturaleza por donde vuelan
tan bellas y ligeras aves y rugen tan espléndidos leones, si no
fuéramos también habitantes y exploradores de un mundo
espiritual que no perece con la destrucción física, y con
cuyas cenizas se fecunda la historia. Que todas las gentes tengan
acceso a esa "Eclessia" universal del espíritu en que aún
hablan para la humanidad los poetas y los profetas; en que se
conservan los cantos de Homero y el Sermón de la Montaña, me
parece tan necesario para el bienestar del hombre como el sueño y
la nutrición. Y en toda hora de soledad humana, cuando ya no
somos solamente los brazos que levantan la polea, el estomago con
apetito y el pulmón que respira, surge en nosotros ese ímpetu de
trascendencia que conduce al arte, la filosofía, la religión. No
sólo es la explicación del mundo físico - como querría todo
materialismo- sino el ingreso en otra comarca fantástica,
caviladora, pero también liberadora, que llamaríamos poesía y
metafísica.
Ya contra la barbarie y la servicia, los desniveles de la cultura
y del resentimiento de muchas gentes y pueblos oprimidos que aun
no alcanzan a sublimarlo (tragedias frecuentes de la vida hispanoamericana),
me servían el estudio y la meditación como lámpara de minero
que transita en la oscuridad. Quise evitar los odios que salían
al camino para enredar y vencer a los Absalones caminadores, y
seguí la ruta como si más allá de todas las distancias encontrásemos
un reparo de serenidad y belleza. Pretendí pedir a mi trabajo
intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más
avisado, más tolerante y más libre. ¡Conciencia, no me
abandones! es el grito del hombre que quiso pensar y deliberar con
justicia en la angustiosa lucha existencial. Y si dedujera, de
todo este polvo y ceniza de la vida que se enreda en nuestras
botas caminantes, alguna "parábola y declaración" como
quería el milenario autor de Los proverbios, ése
sería mi humilde experiencia. Por el ejercicio espiritual, la
vida se hace más atareada y más corta, y la muerte ha de entrar
en la casa encontrando todavía un libro abierto, una lámpara
encendida hasta que cantaron los gallos en el alto frío de la
noche, y una página comenzada para decir nuestro asombro ante el
mundo. Con tantas luchas y andanzas, elaboramos -y ya nos sentíamos
satisfechos - un poco de comprensión y acaso de felicidad.
Pasaron por nuestro ojos y nuestra mente algunos tesoros de los
que no sospechaban tantos prósperos y enviados millonarios. El
estudio y la reflexión también servían para dominar malos
impulsos y desvanecer peores sueños. (*)
(*)
Fuente: en Mariano Picón Salas, Regreso de tres
mundos, México, Fondo de Cultura Económica, 1959. Editado
también en Gabriel Cristian Taboada, Antología del ensayo
latinoamericano, Sánchez Terruelo editor, 1994, con el nombre
de "Añorantes moradas", pp.185-192.