Nosotros
creemos que la poesía
contemporánea ha de ser revolucionaria:
creemos algo más todavía, creemos que la poesía contemporánea es la revolución. Pero esta naturaleza que le asignamos no
le quita e1 derecho a que ella sea hermana del misterio. Sabemos que
al decir esto nos exponemos a la crítica y burla de quienes sólo ven en la
poesía una manifestación del estado natural del hombre. Porque desde hace un tiempo a esta parte los escritores de avanzada, que son los que más importan para el problema que planteamos, consideran todas las manifestaciones artísticas y literarias como simples expresiones de lo que es
el hombre humanizado y natural. Pues para ellos no existe la posibilidad de un supermundo espiritual en la
constitución anímica de la persona humana. Todo lo rige, para tales escritores, lo natural o las leyes físicas
de la existencia.
Este concepto les coloca en la necesidad de negar
todo misterio en la vida del hombre: la poesía deviene para ellos un
simple producto material del saber y no otra cosa. La poesía, así, es un ejercicio del intelecto que se puede adquirir insistiendo
en ella. Sin embargo, este criterio no podrá perdurar pese a lo avanzado y revolucionario que pretenda ser. El. Espíritu,
rechazado o no, estará siempre presente en las grandes creaciones
poéticas y literarias. Su presencia, a pesar de todo lo que
puedan decir poetas y filósofos que estén en contra de nuestro parecer, regirá la vida
íntima de la poesía, pues ella no podrá subsistir sin ese elemento substancial que proviene del Espíritu y del
Misterio.
La poesía contemporánea está despoetizada, es decir, carece de esa
atmósfera supranormal que nos permite mantenernos en el mundo de la fábula y del
ensueño. Su finalidad artística está subordinada a funciones
puramente materiales, a servir cuestiones de partidos interesados únicamente en las cosas visibles y objetivas. Pero ¿no se dan cuenta los que así piensan sobre arte que la poesía vuela por encima de lo real como un pájaro azul con el sólo objeto de transfigurarlo todo ante los ojos del hombre
común?
Para nosotros y para todo aquel que se afana en el mundo por
otras realidades que no sean las vulgares, la poesía es un acto
misterioso producido por esa naturaleza secreta que hay en
el hombre cuando éste abre las puertas de su mundo al conjuro de su propio ser metafísico. Entonces la poesía fluye como ciencia de la verdad y como religión de la existencia haciéndose doctrina espiritual para la vida interna y externa
del hombre y de los pueblos. En esto debiera reparar la poesía
contemporánea, pero ella sólo se atiene a las expresiones formales y
al estilo; y, cuando de contenido se trata, tampoco va a los
problemas eternos tales como el nacer, el morir y el más allá. Si
siente todavía alguna inquietud es por las desigualdades e injusticias que provoca
el actual régimen capitalista que aún se estila en el mundo. Nosotros
creemos muy sinceramente que tales problemas deben ocupar a la poesía de nuestro tiempo,
pero de eso a quedarse en tales zonas, sin salir jamás de las mismas,
dista mucha diferencia.
(...) La poesía
deberá desarraigar al hombre de lo natural, que es un artificio burgués, e
instalarlo en el mundo de lo sobrenatural, esto es, en las zonas del Espíritu donde la fábula y
el ensueño enseñan al ser humano, el camino de otro inundo y otra
vida.
Si la poesía se detiene sobre la corteza de lo visible, tendrá
siempre un destino que se enlaza con la fealdad: alcanzará la
suerte de tener que morir como muerte todo que es humano y
perecedero.
Pero la poesía para sobrevivir tendrá que enlazarse
con la eternidad de la belleza, esa belleza que derrota a la muerte
y la fealdad y con ellas a todas las mezquindades del mundo. Se
nos podrá decir que este concepto deshumaniza la poesía, como
Ortega y Gasset quería al pretender una deshumanización del arte. Nuestro criterio no es ese. Nosotros queremos
una religión de la poesía como la que propiciaba Novalis. Una
poesía que haga del poeta el militante de un vivir poético en dos los
órdenes de la vida. Porque la Poesía, así con mayúscula, ha de ser como el
Logos que nos presenta el cuarto Evangelio cuya encarnación en el alma del poeta resulte una
Encarnación divina destinada a redimir al género humano de la fealdad,
lo bajo y lo rutinario.
Naturalmente que nuestro concepto sobre la poesía chocara con el concepto socialista que a grandes voces está proclamando
un hacer poético netamente materialista y social. Sin embargo,
no estamos tan lejos de las aspiraciones humanistas que en ese credo se
proclaman. Lo que ocurre es que ellos lo ven todo desde
un sólo punto de vista: el político y económico. Empero nuestra
visión poética puede también conformar espiritualmente un poeta
apto para las realidades concretas de la sociedad. Shelley fue el
que afirmó que "los poetas son los verdaderos aunque no reconocidos
legisladores de la humanidad". Este criterio del célebre escritor inglés nos
demuestra que en el hacer poético también cabe un hacer político-económico. Pero la poesía que
dará margen a ello no será la que se apoye sobre bases puramente
materiales y que hace de la función poética una función material.
Para triunfar sobre los fenómenos políticos, económicos y sociales
será menester antes una iluminación interior del hombre, ya que
éste al no estarlo correrá el riesgo de quedar aprisionado entre
las redes de lo mundano. Esa poesía nueva que nosotros dejamos
señalada, espiritualizará tanto al hombre y al medio que todo que se haga tendrá resplandores de sol, pero esa
moral poética para producir tales resultados deberá coordinarse con un plan
religioso del hombre y del universo. Porque una poesía que no contemple
el aspecto metafísico y divino del hombre no se elevará a las sublimes alturas donde quería verla colocada un Novalis
por ejemplo. Por eso nos permitimos presentar este concepto: la poesía
será religión o no será. No se extrañen aquellos que todo lo ven
color materialista o clerical ante tal aserto. Pero sólo la
religiosidad podrá salvar la poesía de ese criterio que la reduce una expresión de lo material. La religiosidad la revelará
definitivamente en su verdadera naturaleza a los ojos cansados del
espectador materialista y ateo.
Olvidar, por ejemplo, que la poesía jamás prosperará donde
impere la incredulidad y el ateísmo, es desconocer en absoluto lo
fundamental del hacer poético: el Espíritu. Ser poeta o sentir
en algún modo la poesía, es una de las formas de creer en Dios.
La poesía, por más positiva que quiera ser, jamás podrá negar
en forma terminante la existencia de Dios.
(...) La sociedad perfecta del futuro lo será en gran parte debido la ello;
a la enorme poetización que habrá en todo.
El advenimiento de una poesía misteriosa, es decir, proveniente
del misterio original que hay en el hombre y en las cosas, no neutralizará la
acción de los intelectuales revolucionarios. Quizá nunca será más revolucionaria la poesía que cuando sepa de dónde viene,
qué hace y hacia dónde se dirige. Tanto una poesía como un arte iluminados por esa
ciencia de las resoluciones finales, sabrán combatir contra el mundo materialista y burgués con una
decisión nunca sospechada. Mas esta decisión de lucha se originará
siempre que la poesía se conozca a sí misma, esto es, cuando el poeta
descubra en su naturaleza el factor sobrenatural incapaz de ser absorbido por su vida natural. Escribía Rimbaud:
"El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento,
íntegro. Busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprehendc."
Esto es lo que nos lleva a sostener que la poesía es religión y de
las más profundas. Juan Royére, al sustentar lo mismo, se expresaba
así: "La poesía . . .es religiosa. La esencial oscuridad se
debea que ella es la historia de un alma cuyo misterio quiere
observar; oscuridad ésta luminosa . . ." Sin embargo, cl arte actual se conforma con una poesía relacionada sólo
con lo visible importándole muy poco de lo invisible. Pero un auténtico saber y hacer
poéticos antes que nada deberá relacionarse con lo invisible, porque es en lo invisible
donde se encuentran las verdaderas esencias de la sabiduría. A esa zona hay que elevar el alma
cuando se quiere alcanzar la poeticidad divina que sirva al
corazín y a la inteligencia para aprender una ontología exacta
de la existencia.
(...) Nosotros creemos en la revolución socialista y en el arte socialista, pero creemos con lo sobrenatural
en los labios y lo invisible en el corazín. Tememos ser demasiados ortodoxos en lo que respecta a
ciencia positiva del mundo. Sabemos que dialecticamente todo cambia
y camina y que el Espíritu, por eso mismo, se salva de la fatal
descomposición del hombre visible. Creemos que subsiste el hombre
invisible después del desastre y de las sombras, y recordamos siempre a
Novalis cuando cuenta cómo su difunta prometida, Sofía, se le apareció
‘‘sentada a mi lado, dice, en el sofá, con un écharpe verde, visible para
mí en perfil". Estos poetas que pueden ver y sentir a
los muertos son los que nos llevan a reflexionar sobre una
poesía como religíon para el género humano y en lo invisible como raíz última
de toda verdad y sabiduría.
Una poesía sin lo invisible o, mejor dicho, una poesía que no relacione lo visible
con lo invisible no puede realizar una verdadera revolución espiritual y
socialista. Todo lo que muere a falta de eternidad muerte también apenas haya
realizado su más caro propósito. Sólo es eterno aquello que lleva consigo la sabiduría del existir
infinito; eso no muere porque se hace vida en la acción y en el combate que
despliega. En cambio, en la otra forma irá muriendo a medida que desenvuelva sus aspiraciones; por eso la poesía
deberá ser eterna y perdurable al enterrar sus raíces en lo invisible
y al transfundirse en las almas por medio del amor y de la vida.
La poesía contemporánea deberá ser espiritual y social y religar al
hombre a un sentido divino de la Historia. Su función
revolucionaria ha de ser salvadora en todo sentido; y como hoy
existe un necesidad de volver a los problemas metafísicos y religiosos nada mejor para
ello que un conocimiento poético o una poesía que dé forma a
una moral poética capaz de convertir la vida del hombre vulgar en una vida de arte y admiración. Ortega
y Gasset habló de una deshumanzación del arte sin
darse cuenta quizá que empequeñecía la vida espiritual del artista y de la
humanidad. Lo que debió hacerse desde aquellos tiempos en que publicó su famosa teoría era hablar
de una divinización del arte. Probablemente a esta fecha escritores, poetas y artistas se
hubieran acostumbrado ya a esa necesidad espiritual de divinizar el arte, la
poesía y la literatura. Por eso, lo que hace falta ahora es una cruzada que nos acostumbre a una
poesía nueva que podríamos llamar palingenésica (2), esto es que está
dispuesta a renacer siempre tanto en lo visible como en lo invisible.
De este modo se le podría hablar poéticamente al hombre y al pueblo
desde un nuevo punto de vista en lo que respecta a la justicia como acto de
belleza.
(...) Y los que tengan conciencia de lo que significa el problema del hombre
-porque el hombre es todavía un problema-, se afanarán por instaurar en
el mundo del Espíritu y de la Sociedad una poesía total y revolucionaria que nos
hable simultáneamente del cielo y de la tierra, una poesía nueva
sin sombras de muerte ni desmayos ante los obstáculos del mundo.
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(*)
Fuente: Ver aclaración arriba sobre procedencia del
texto en copete.