I.
Cuadros
de la montaña
Buscando
reposo, después de rudas fatigas, de esas que rinden el cuerpo y
envenenan el alma, quise visitar las montañas de mi tierra natal,
ya renovar impresiones apenas esbozadas en un libro, ya para
refrescar mi espíritu en presencia de los parajes donde
transcurrió mi primera edad.
Los
recuerdos de infancia, y la poesía de las regiones de portentosa
belleza donde un tiempo se alzó el hogar de mis mayores, eran la
fuente de los consuelos que yo anhelaba, en medio de esas luchas
que sólo la historia describe y analiza, y en las cuales cada uno
derrama, cuando no la sangre de sus venas, esa otra sangre
invisible que filtra en el corazón de heridas más hondas y dolorosas, abiertas por las injusticias
de los hombres, los desencantos del patriotismo inexperto y las
infidencias de las amistades prematuras.
Para
eso, y para rendir este nuevo tributo al pueblo en que he nacido,
pidiendo a la literatura patria un rincón humilde para estas páginas
en que quiero reflejar su naturaleza y sus sencillas costumbres,
emprendí con algunos amigos, en Marzo de 1890, un viaje al
interior de la Sierra de Velazco.
Ésta
anuncia ya con sus picos atrevidos, donde las nubes bajan a formar
diademas, la gran cordillera de los Andes. Son esas montañas,
inagotables a la observación. Cuando se ha creído conocerlas,
nos sorprende el morador de sus valles con la relación de un
monumento histórico o de la naturaleza, del hombre culto o del
indígena extinguido. Sus huellas están frescas todavía en el
suelo y en las costumbres, en la habitación y en la fortaleza, en
los usos y en los festivales de sus descendientes.
Rastros
de los ejércitos de la conquista: restos de la tosca vivienda del
misionero, a quien no arredraron las flechas ni los desiertos;
muestras indestructibles del esfuerzo civilizador en la construcción
de granito: todo esto se ve diariamente con la indiferencia
estoica de otra raza que no la nuestra, en el camino tortuoso que
abre paso hacia las comarcas donde se pone el sol. Enormes masas
de piedra cuya altura
aumenta a medida que se avanza, lo flanquean por ambos lados; y así,
por largo espacio, parece aquella hendedura la selva que poblada
de tan raras bestias, extravió al poeta del «Infierno».
Allí
la noche tiene lenguaje y tinieblas extraordinarios. El viajero
marcha inconsciente sobre la mula, por entre bosques de árboles
gigantescos y casi desnudos, que al aproximarse en la obscuridad,
se asemejan a espectros alineados que esperasen al caminante para
detenerlo con sus manos espinosas. Se siente a su aproximación
ese frío que inmoviliza y espeluzna, cuando con la imaginación
excitada por el terror de lo desconocido, nos figuramos vagar
entre los muertos.
¡Y
qué soledad tan llena de ruidos extraños! ¡Qué armonía tan
grandiosa la de aquel conjunto de sonidos aunados en la altura en
la profunda noche! El torrente que salta entre las piedras, los
gajos que se chocan entre sí, las hojas que silban, los millares
de insectos que en el aire y en las grietas las hablan su lenguaje
peculiar, el viento que cruza estrechándose entre las gargantas y
las peñas, las pisadas que resuenan a lo lejos, el estrépito de
los derrumbaderos, los relinchos que el eco repite de cumbre en
cumbre, los gritos del arriero que guía la piara entre las
sombras densas, como protegido por genios invisibles, cantando una
vidalita lastimera que interrumpe a cada instante el seco golpe de
su guardamonte de cuero, y
ese indescriptible, indescifrable, solemne gemido del viento en
las regiones superiores, semejante a la nota de un órgano que
hubiera quedado resonando bajo la bóveda de un templo abandonado:
todo eso se escucha en medio de esas montañas, es su lenguaje, es
la manifestación de su alma henchida de poesía y de grandeza.
Esos
músicos de la montaña, como artistas novicios, se ocultan para
entonar sus cantos. La luz los oprime, los coarta; como si vieran
un auditorio severo en los demás objetos que pueblan la selva;
porque en las noches de luna, cuya claridad ilumina los huecos más
recónditos, la escena cambia como movida por un maestro
maravilloso.
Los
acordes estruendosos, los crescendos colosales, los rugidos
aterradores que surgen del fondo de las tinieblas, se convierten
en la melodía dulcísima y suave, casi soñolienta, como si todos
los seres que allí viven tuvieran miedo de turbar la serena
marcha de esa sonámbula del espacio, que desplegando blancos
tules cruza sobre las montañas, las llanuras y los mares. Alzando
los ojos a las cimas, pueden distinguirse, sobre el fondo límpido
del cielo, los contornos caprichosos de las rocas, que ya figuran
torreones o cúpulas ciclópeas, ya grupos de estatuas levantadas
sobre tamaños pedestales.
La
imaginación se puebla de idealizaciones sonrientes, suaviza las
curvas del dorso granítico, da formas humanas a los rudos contornos de la piedra, ve deslizarse
por las laderas, iluminadas como la tela de un cuadro, fantasmas
de mujeres luminosas, que pasan, como la novia de Hamlet,
deshojando coronas de flores silvestres; y aplícase el oído para
percibir el canto melancólico perdido en las alturas. El torrente
resplandece al quebrarse entre los peñascos, y los juegos de luz
dejan ver las blandas ondulaciones de formas femeninas, como de mármoles
diáfanos y animados, y aparecen y se desvanecen como visiones
entre las grietas y los arbustos. Risas cadenciosas surgen de
aquellos baños fantásticos, gritos infantiles, arrancados por el
contacto de una hoja con la carne tersa y transparente de las vírgenes
que juegan entre las espumas.
Hemos
gozado los dos de la sombra y de la luz, y la transición vale por
sí misma la más sublime de las sensaciones. La caravana que al
caer la tarde se internó bulliciosa en la garganta del monte,
quedó sumida en silencio cuando la noche veló los accidentes del
camino: y entonces, alineados de uno en uno, caminábamos por
entre la selva que desde entonces llamó la Selva Obscura. Luego,
a medida que la luna va asomando sobre el horizonte, se ilumina de
pronto la más alta de las sierras, y forma con las inferiores,
sumergidas aún en la obscuridad, el más notable de los
contrastes que ningún pincel podría trasladar al lienzo. Los abismos que costean la calzada dejan ver poco a poco sus senos
profundos, hasta que la luz plena del cenit muestra muy abajo de
nuestros pies, deslizándose en curvas indefinibles, el torrente
que socava sin reposo la base del granito.
Marchamos
largas horas por aquella quebrada estrecha, de vueltas
interminables, en medio de las emociones más variadas, desde el
temor supersticioso hasta la suave sensación de un suelto paradisíaco;
y de súbito vimos abrirse, ante nuestros ojos un ancho valle casi
circular, a donde tienen acceso todas las vertientes de las serranías
que lo circundan. El cielo se muestra en toda su plenitud y
esplendidez, y como salidos de una galería subterránea,
aspiramos con avidez el aire pleno, paseamos con loca libertad la
mirada y nos lanzamos al galope, como escapados de una cárcel. Es
el valle donde los calchaquíes tuvieron su fuerte avanzado sobre
la llanura, el Pucará, que corona un pico casi aislado en medio
de la planicie, y situado de manera tan estratégica como pudiera
imaginarla el más experto de los guerreros. Sobre aquella atalaya
que domina los cuatro vientos, divisando a distancias
inmensurables, he meditado tristemente sobre los destinos de las
razas, sobre la evolución del espíritu humano tras de su
porvenir desconocido, y he visto desplegarse, a través de sombras
dolorosas, la bandera de mi patria en muy lejanas regiones...
II.
El
Pucará
Garcilaso
Inca, Montesinos, Herrera y Cieza de León, nos cuentan que los
quichuas llevaron muy adelante el arte de las fortificaciones y
calzadas, y el sabio Wiener ha hecho la luz plena sobre sus
construcciones. Gloria es del gran Tupac Yupanqui, el unificador
del imperio Tahuantinsuyo, el haber extendido sus armas y su
cultura hasta estas remotas regiones, trayendo la conquista metódica
y dejando en cada pueblo las señales imborrables de su dominio.
Los Huacos eran sus centros estratégicos: los Pucaráes sus
fortalezas inexpugnables. Ignoran los más ancianos de la comarca
qué nombre tuvo éste, tan admirablemente elegido y fortificado;
pero los restos existentes atestiguan que fue de los más
perfectos.
Convergen
a aquel valle, encerrado por un círculo de altísimas cumbres,
cinco diferentes caminos por donde tenían acceso los pueblos del
Occidente, del Norte, del Sud, del Este y del Sudeste. El cerro se
levanta casi aislado y en forma cónica, perfecta a distancia; y
desde la cima divisan horizontes tan apartados, que puede verse
con claridad todo indicio de aproximación de viajeros. Era
imposible una sorpresa en tan magnífica atalaya. La nube de
polvo, la repercusión del eco, el vuelo de las grandes aves y la
rectitud de las quebradas, advierten a la guardia la proximidad
del peligro: y ya se encuentra parapetada y lista para la defensa.
El
camino hacia la cumbre está señalado por grupos de cinco
piedras, colocadas a largos intervalos, y siempre en la misma
disposición. A los dos tercios de la altura, una gruesa pirca,
muralla de piedras superpuestas, pero levantada a plomo, rodea
como un cinturón toda la extensión del macizo. Una caladura
cuadrada facilita el paso, y otras más vastas, pero ocultas, dan
salida a las crecientes de la altura. Siguiendo la difícil
ascensión, aquella punta aguda, vista desde el llano, es ya una
gran planicie en la cumbre, donde pueden permanecer cómodamente y
combatir mil soldados, incluyendo los locales suficientes para las
tiendas de los jefes, marcadas todavía por cimientos circulares, separadas, unas de otras por cortos
espacios y alineadas en el dorso del cerro.
Una
muralla más alta y más gruesa que la inferior, tras la cual
puede ocultarse hasta el cuello un hombre de pie, corona la cima
en toda su longitud, como la huincha que sujetaba los
cabellos de las mujeres indígenas y fue también el distintivo de
los caciques. Tras de aquellas murallas se acumulaban montones de
piedra para derrumbarlas sobre los invasores mientras llevaban el
asalto, y ocultos casi por entero, lanzaban impunemente la lluvia
de flechas y piedras, con la honda legendaria que arroja sus
proyectiles con la fuerza de un arma de fuego.
Pero
nada hay tan aterrador y atractivo a la vez como aquellas enormes
rocas, lanzadas desde la cumbre por la ladera. Al desprenderse del
quicio secular, se siente un raro estremecimiento de la base, como
si se le arrancara un pedazo de entraña; y empujadas al abismo,
dan las primeras vueltas con lentitud; pero apenas han encontrado
el vacío y han chocado con otras enclavadas a mayor hondura,
rebotan con fuerza extraordinaria, como expulsadas del fondo de un
cráter, y van a caer más abajo, llevando pedazos de la montaña
que derrumban a su vez, para rebotar de nuevo arrastrando a su
paso los más robustos árboles y los cardones centenarios, hasta convertirse en un ventisquero de piedra que hace estremecer
la comarca. Una densa polvareda cubre los senos del precipicio por
largos instantes, y cuando el polvo se ha desvanecido y puede
distinguirse los objetos, no se encuentra sino una mezcla informe
de árboles y fragmentos de rocas, sepultados en el fondo del
abismo. Y si se tiene en cuenta que está operación era simultáneamente
ejecutada por una centena de esos artilleros primitivos, sobre la
atrevida legión que se dirige al asalto, ya se imaginará cuán
terribles estragos sembraban en sus filas.
Este
admirable Pucará, que hoy los naturales llaman «el corral de los
incas», sin darse cuenta de su verdadero objeto, es tal vez el
modelo más perfecto que llegó a idear la estrategia de aquellos
batalladores que disputaron su dominio hasta caer exterminados.
Su
situación que lo oculta y lo defiende a la vez; sus escondidos
senderos, la aspereza de las rocas y los árboles del camino que
le da acceso; su posición en el centro de una serie de avenidas
que buscan su única salida por ese valle, y la proximidad al
Huaco y a la población indígena de Sanagasta -verdaderas,
avanzadas de la conquista incásica- le dan a los ojos del
observador la más alta importancia como elemento de criterio histórico,
y para conocer por análisis todo el sistema militar de aquellos
emperadores que supieron
imponer su ley a los cuatro vientos.
No
podía el invasor castellano poner en juego sus artes, en medio de
aquella naturaleza erizada de peligros y generadora de fenómenos
tan imponentes.
Cada
curva del camino presenta una sorpresa, y su paso sigiloso es
delatado por el huanaco que duerme rodeado de la tropilla tras de
una roca; él da la señal de alarma, estentórea, estridente,
aguda como un clarín guerrero; y su relincho es repetido a muy
remotos valles, por el eco delator y sensible, aumentado y afinado
a medida que la onda se aleja.
Es
imposible el silencio; el eco de las montañas es la nota, la
armonía que vive latente en su seno como en un arpa gigantesca;
el aire que frota a la peña enhiesta, arranca el sonido musical;
la falda vecina lo recoge con caricia, y robustecido lo despide a
su vez; diríase que aquellas moles de ruda, apariencia, a lo
lejos semejantes a tormentas que se levantasen amenazadoras,
negras, silenciosas, para estallar sobre nuestras cabezas, tuvieran un alma difundida por
las grutas, los intersticios, las cuevas, los nidos y los árboles.
El eco es su voz. Él modula y expresa todos los tonos: el canto
triste del pastor que habla a solas con la inmensidad, el ruido
terrorífico de la mole desprendida de su quicio, los gritos
destemplados del combate y los alardes estruendosos de la
victoria.
Todo
eso y cuanto en la creación tiene un sonido, se escucha y se sabe
más allá, y más allá, de manera que no hay silencio tan
inquieto como aquel solemne silencio de las montañas, donde el
vuelo de un ave alarma todos los nidos, las guaridas y las
viviendas.
Encima
de una cumbre solitaria, sin indicio de morada humana, y como
nacido de la piedra, se ve un indio sentado, con la vista fija en
el sol poniente, o por la noche en esas vagas claridades, que son
como fosforescencias de la noche misma. De pronto se yergue para
mirar con ojos de águila el fondo del abismo, o ya aplica el oído
a las rocas; como para escuchar un ruido subterráneo. Allí está,
inmóvil, quemándose con el sol, azotándose con el viento,
sobresaltado, nervioso, inquieto; la noche ha llegado, las
estrellas comienzan a aparecer en el fondo obscuro como las
hogueras en un campamento lejano, y el aire a traer consigo todos
los rumores de la llanura y de la montaña. El indio se levanta de
súbito, da un salto, inverosímil hacia abajo, y otro salto y otro más, y haciendo
rodar las piedras bajo las pisadas de la usuta
invulnerable, se aleja por sendas desconocidas, en carrera fantástica
como de espíritu siniestro.
Es
el centinela avanzado a enormes distancias del campamento; tiene
los secretos de la montaña, conoce la voz y el significado de los
ruidos que vagan de día y de noche, como extraviados entre las
quebradas, y sabe correr por las laderas y los precipicios aun en
medio de las tinieblas. ¡Ha escuchado el rumor que anuncia la
aproximación del enemigo, y rápido como una flecha, por sendas sólo
de él conocidas, corre al Pucará a dar la señal de alarma, la
terrible señal, la de la esclavitud y la muerte de su raza!
Ya
le esperaban ansiosos los caciques, apiñados en un balcón de
granito que la naturaleza formó; ya le esperaban; sus pechos de
piedra y sus músculos de fierro se agitan y se estremecen a la
vez, con coraje y terror nunca sentidos; sus ojos brillan sobre el
abismo lóbrego como si fueran de fieras, con destellos rojizos;
sondean las quebradas, las laderas y las cumbres, hasta que un
silbido lejano y agudo hiela sus carnes y arranca un rugido: -«¡Él
es! ¡es la señal!»- se dicen todos. El centinela ya vuelve;
pero antes de llegar ha dado el terrible anuncio.
¡A
las armas! ¡Es el último combate, es lo desconocido, es lo
pavoroso! Pero ya están las trincheras repletas de soldados;
montañas de proyectiles de granito, como las balas apiñadas al
lado de un cañón, están dispuestas para rodar al fondo y
detener el paso de los extraños enemigos, quienesquiera que sean.
¡Estos nuevos titanes no escalarán la cumbre; allí está
hirviendo el rayo fulminador de una raza heroica que defiende el
hogar primitivo, las tumbas, los huesos venerados; antes la mole
de piedra que les sustenta ha de convertirse en menudo polvo,
sepultando sus cuerpos de heridas!
Ya
no es el combate de pueblos de una misma raza y nivel intelectual:
Ya no son las armas imperiales del Cuzco, ni es Ollantay, viniendo
en son de guerra a sujetar en un cinto de blando acero todas las
tierras del Sol; no, porque los pájaros agoreros han huido
exhalando gritos siniestros, y el eco ha traído del Occidente el
estrépito de armas y voces desconocidas.
Cumpliéronse
las antiguas profecías; aquel ídolo que miraba al Océano y con
el brazo derecho armado señalaba el Continente, era la expresión
escultural de ese temor secreto que preocupaba a la nación
quichua. De allá, de esa inmensidad de agua cuyos límites nadie
conocía, debían venir grandes catástrofes para la patria; los
sordos o interminables rugidos de las olas, que sin reposo venían
a romperse en la costa,
parecían anunciarles en todos los momentos que traerían algún día
la nave conquistadora. Demasiado pronto se cumplieron tan
terribles pronósticos. La unidad del Imperio no había concluido
de cimentarse en los hábitos de los pueblos que formaban su masa;
el sentimiento nacional recién nacido, fue ahogado cuando
empezaba a ser una fuerza colectiva. Aquella raza, en tal momento
histórico, sometida al yugo de la conquista, me recuerda una
bella esclava comprada cuando se abre su alma a las seducciones de
la vida, y su cuerpo virginal a las influencias físicas que lo
dotaban de gracia y de fuerza.
La
lucha fue sangrienta, general y parcial: los ejércitos peleaban
por el imperio, los pueblos y las tribus por el pedazo de tierra
donde nacieron y donde cavaron sus sagradas huacas, verdaderos
templos subterráneos donde se encierran las cenizas paternas, la
tradición de familia, la religión nacional, la idea aún informe
del hogar que ha cimentado las sociedades modernas. Aquellas que
poblaban las montañas de la Rioja, ramas de la gran familia
Calchaquí, la indomable, la última que rindió sus armas concurrían
a la defensa común parapetadas en el suelo nativo; pero no las
rindió a la fuerza, sino al Evangelio. Dejó su patria terrena
por la celeste, prometida por Solano y San Nicolás, su patrono
desde entonces, el que salvó la ciudad de Todos los Santos, el que realizó la fusión del indígena y el europeo, padre de la
raza criolla que fundó con sangre la nación del presente.
Aquella
noche funesta presenció en las cumbres del Pucará, o fuerte
Calchaquí, la más trágica de las escenas. La muerte corría del
llano a la cumbre y de la cumbre al llano. Los fieros defensores
lanzaron al encuentro de los invasores todas sus flechas; las
grandes rocas rodaban con estrépito, estremeciendo los cerros
vecinos, sembrando su paso de cadáveres; pero también rodaban al
fondo de las quebradas los cuerpos exánimes de los héroes
nativos. El Huaco estaba distante: volaron mensajeros por medio de
las selvas, pero los enemigos eran muchos y usaban armas que herían
de muy lejos. El alba apareció lentamente, pero sólo iluminó
despojos de una y otra parte. Nadie ha vencido, pero no hay
combatientes; sólo algunos sostienen todavía las armas en el
llano. Los del fuerte de piedra corrieron sin ser vistos a su gran
campamento del Huaco. La guerra quedó empeñada a muerte; cada día
un combate, una inmolación, un sacrificio en honor de los dioses
indígenas. Sólo la palabra de un hombre inspirado, y el ejemplo
de muchos mártires, pudieron desarmar aquel brazo nunca rendido a
la fuerza. Los misioneros plantaron la cruz en lo más alto de
esas cumbres donde habita el cóndor. Reinó la paz, y hoy las
comarcas andinas presentan el más seductor aspecto, con sus templos sencillos, sus costumbres religiosas, donde en
consorcio curioso se mezcla la fe católica con los ritos nativos,
pero flotando siempre encima de todo la idea que llevó al
Calvario al Hijo del Hombre.
III.
Las
cosechas
Era
la época de la vendimia y de la cosecha de todos los cultivos,
cuando el pueblecito se pone alegre y bullicioso, porque vuelven
muchos ausentes, y porque los labradores festejan alborozados los
dones opimos que premian sus fatigas. ¡Cuánta algazara al
despertar el día, de mozos que enganchan los carros, o uncen los
bueyes a la carreta tradicional, o ensillan las mulas, o cargan
los cestos al hombro para marchar a las viñas a recoger la uva,
que se cae de puro sazonada, y traerla a los lagares! Las mujeres
y los niños siguen la caravana de los trabajadores llevando los
avíos, porque volverán a la noche y la finca está distante; van
también escondidas algunas guitarras, para armar el baile durante el descanso de la
siesta, bajo los árboles coposos que rodean la viña; y los
muchachos tienen preparadas flautas de caña con las cuales tan
bien se toca el triste y la vidalita, como se florea un gato, un
escondido, una mariquita o un vals de esos que oyó una vez «tocar
por papel» al clarinete del pueblo.
Cuando
el sol ha asomado, ya han ido y vuelto dos veces los carros llenos
hasta el tope de racimos negros y dorados; por toda la viña no se
oye sino cantos; silbidos musicales, gritos que se llaman, risas
que se desbordan, exclamaciones que se fugan, y de vez en cuando
palabrotas que se escapan, cuando el cosechero ha caído preso en
un bosque de cadillos que se pegan como agujas en el cuerpo;
aquello parece una colmena en la cual todos tienen su tarea que
ejecutan con gozo y que mil incidentes cómicos amenizan,
arrancando risotadas a todo pulmón.
Allá,
en medio de mi tupido grupo de árboles, una muchacha monta sobre
la cepa para cortar el racimo más alto, y al bajarse enrédase el
vestido en presencia del festejante, que la busca, agazapándose
bajo las parras, por si logra un momento de hablarla a solas, o
por lo menos, con su poquillo de picardía, por si sorprende algo
de eso que enciende más la pasión naciente. «¡Qué pierna...
para una cueca!» grita el maligno perseguidor, y la niña, toda
encendida, baja los ojos sin decir nada.
Las
mujeres, que esta vez no fueron por curiosas, andan también por
ahí, perdidas entre los yuyos y las malezas, charlando
como catas en el nido y cuidando sus niñas de las
imprevisiones, entre tanto mocetón como se ve ocupado en la misma
obra; los chiquillos, que han ido a estorbar a los grandes, no
hacen más que comer y cosechar pichones o huevos de tórtolas en
los nidos descubiertos en medio de las parras hojosas; y aquí ríe
uno de una caída, allá llora otro picado por una avispa o
claveteado por las rosetas y los amorsecos que crecen ocultos
entre los matorrales.
Nosotros
también -los niños, como nos decían las gentes de faena- ávidos
de aquellas emociones, nos mezclábamos en ellas, echándolas de
guapos, cuando apenas duraba nuestro brío el tiempo necesario
para empalagarnos con el jugo azucarado de la uva. ¡Fuera
botines, saco y sombrero! Todos somos lo mismo a esa edad en que
se hace daño en las plantas y se estorba a los demás con el
pretexto de trabajar; sí, fuera todo ese ropaje de amos que
incomoda, y venga el bochinche, y luego las insolaciones, y los
rasguños, y las roturas, para dar que hacer a las tías que se
encargaban de nosotros en vacaciones.
A
las once, todos se han reunido a la sombra del tala gigantesco a
tomar descanso y almuerzo. El costillar chirría en la parrilla de
fierro, y despide ese
humo perfumado que se aspira con deleite, producido por las gotas
del jugo caído sobre la brasa; las teteras están despidiendo
como locomotoras bocanadas de vapor, haciendo dar saltitos a la
tapa, por debajo de la cual se escurren las burbujas de la
ebullición, porque ya va a comenzar a dar vueltas el mate, que se
acomoda lo mismo antes que después de la comida; las guitarras se
hacen las que duermen suspendidas de un gajo del árbol, y las
mozas de la vendimia las miran de reojo, mientras sirven a sus
hermanos y amigos el asado suculento; el locro hierve a borbotones
dentro de la olla tapada con una piedra chata, dejando salir la
espuma blanca por debajo hasta que vaciado en la gran fuente de
madera, los campesinos forman círculo y la dejan limpia. Un
racimo de postre, un vaso de vino del año pasado, y comida hecha.
Ahora se extienden los ponchos sobre la hierba y se pestañea un
poco para decir que se ha dormido, hasta que la orquesta de
guitarra y flauta comienza a preludiar esos aires que ponen los
huesos de punta y hacen tararear, sin quererlo, una letrilla
picante.
Las
caras de los concurrentes se animan con luz repentina, los ojos
chispean y los labios sonríen, y todos sentados en rueda sobre el
suelo, cruzando las piernas, se tiran y se retrucan los dichos que
se entreveran como fuego graneado. La pareja más joven sale al medio; la niña de larga trenza y de moño encarnado
sobre la cabeza, con un ramito de albahacas sobre el pecho, y el
mocetón de barba nueva y renegrida y de ojos obscuros, están
frente a frente comiéndose a miradas y diciéndose galanterías,
hasta que los músicos rompen en alegres rasgueos, entre los
bravos de los asistentes que los acompañan con palmoteos
acompasados y castañuelas imitadas con los dedos. Les sirve de
alfombra la gramilla verde y de cortinado y techo el ramaje del árbol
de sombra espaciosa. Las vueltas ágiles, los movimientos
graciosos del cuerpo, la expresión de los rostros, la novedad de
los zapateados y la precisión en el compás, arrancan
exclamaciones entusiastas de los espectadores.
-«¡Una
sin otra no vale! ¡Un trago para el cantor!» Una salva de
aplausos resuena al final del baile, y antes que se siente la heroína,
otro mozo, que ha estado brincando por echar su escobillada, la
invita diciendo:
-
«¡Barato, la niña!»
Cada
uno muestra así su sistema en ese baile curiosísimo, que tanta
gracia presta a las jóvenes desenvueltas y bonitas, y el cual
consiste en dar vueltas como siguiendo el mozo a la niña, ya
intentando pasar sin que ella se lo permita, formándole un atajo
con el vestido y corriendo siempre en frente para estorbarle el
paso, hasta que el joven se pone a zapatear como para conquistar a su enemiga, quien
concluye por dejarle libre el sitio yendo a ocupar el de su compañero;
y así se repite dos veces hasta que se termina con alguna figura
de reverencia o adoración de parte del rendido galán, entre los
vivas y dicharachos dirigidos a la brava pareja. El guitarrero le
endereza una copla sentida, una declaración de amor a la cual
ella contesta con una sonrisa, pero sin hacerle más caso, son
licencias de que goza el cantor, sin comprometer nada seriamente.
Ahí
está el tío Jonás, gran bailarín en sus mocedades, y que se
alborota todavía viendo la danza. Una chinita despejada sale a
darle la mano para obligarlo a bailar una zamacueca chilena,
porque aún el viejo sabe quebrarse graciosamente y mover las
piernas con agilidad. Todos le hacen círculo, metiéndole una
bulla infernal, y el anciano reverdecido, hasta se toma la
libertad de dar un abrazo a la compañera, al terminar la tanda,
cuya repetición obligada se le dispensa en razón de sus
achaques.
-«Eh,
diablos, que bailen mis nietos; yo ya no estoy para dar brincos»-
dice secándose el sudor de la frente con un gran pañuelo de
algodón; porque el calor del sol produce bajo la sombra esa
irradiación que los paisanos llaman resolana, cargada de
los perfumes calientes de los pastos y del hinojo abundante.
La
animación decrece al influjo adormecedor de la alta temperatura,
y poco a poco van cayendo estirados sobre sus mantas los
bailarines y los espectadores, hasta que el silencio más profundo
reina en la asamblea. Y aquí de las chicharras, que durante el
alboroto han estado calladitas sobre el gajo de tala, y ahora
rascan todas a un tiempo sus guitarritas en el mismo tono,
produciendo una somnolencia irresistible. Diríase que en las
siestas ardientes, cuando todo se adormece en la creación, ellas
son la música del silencio, porque no se cansan de imponerlo con
su chirrrrrrrr prolongado y narcótico.
Cuando
el sol ha caído y dejan de ser temidos sus flechazos, la gente
vuelve al oficio, hasta que el astro se oculta tras de la sierra;
la bullaranga se desvanece como por encantamiento y comienzan a
volver todos a los ranchos; la noche se va acercando y empiezan a
encenderse los fogones, en la planicie, al mismo tiempo que las
estrellas en el cielo. Mirado desde la altura, donde está la casa
de mis abuelos, aquel conjunto de luces dispersas sin orden en el
arenal de enfrente, hace el efecto de una bahía silenciosa y en
calma, donde arden los farolillos de las embarcaciones.
Pero
allá, en el seno de las familias propietarias, la escena es
diferente; la alegría repercute en el vasto corredor, donde se ha
armado la charla con todos los que han venido de visita trayendo criaturas y
sirvientes. Ninguno se sentía desgraciado, porque un vínculo
amoroso los reunía en una sola ambición noble y pura. Los
ancianos estaban allí para reflejar su severa virtud sobre los
hijos y los nietos, congregados cotidianamente, y para mantener
la atmósfera serena de aquel hogar que ya no existe. Nosotros hacíamos
reunión aparte; mejor dicho, nos mandaban a jugar, y a pelear
también, sin peligro de lastimarnos sobre la arena espesa de la
gran playa que se junta con el campo. Formábamos numerosas
comitivas, y prendidos todos de las manos, íbamos en corporación
a hacer visitas a las viejas mamás que teníamos en los ranchos,
porque, cual más, cual menos, todas habían sido nodrizas de
nuestros padres.
Allí,
lo recuerdo bien, vivía «mamá Ubalda», o Walda, que murió
cuando iba a cumplir un siglo, ya perdidos la razón, la vista y
el gusto, y a quien inconsideradamente le hacíamos las travesuras
de Lazarillo de Tormes, dándole a beber menjurjes inofensivos,
pero no usados, que a ella se le antojaban sabrosas bebidas y
refrescos deliciosos.
En
seguida la pandilla marchaba a dar un malón a los ranchos, donde
tenían aloja fresca en los grandes naques de cuero que
le sirven de vasija, o en tinajas de barro cocido tapadas con
ramas de sauce llorón; o bien, cuando oíamos sonar el tambor
chayero, en anuncio de
diversión criolla, éramos seguros a formar la mosquetería, a
gritar, a reír y a ensayar también los bailes nacionales. Todo
esto mientras los viejos de casa, con la gran rueda de visitas de
la misma familia, pero que vivían en sus fincas, departían sobre
todos los temas serios de la política, traídos por los diarios
de Buenos Aires y de Chile, sobre los intereses comunes de la
localidad, y por fin de todo cuanto nosotros no entendíamos y
menos nos importaba.
En
aquellas reuniones se proyectaba los paseos a los sembrados y a
las huertas distantes. Al día siguiente, todo mi ejército
marchaba a caballo: las señoras con sus sombreros, y vestidos de
campo, y los caballeros acompañándolas devotos y enamorados. A
las abuelitas las llevaban en carruaje, y a nosotros nos metían
en un carro de la cosecha, y nos dábamos por muy bien servidos
con tal de no perder el banquete preparado bajo un inmenso
algarrobo, y en el cual se hacía un gran derroche de frutas, con
el pretexto de probar la producción del año y comparar la de una
finca con otra.
No
me olvido nunca de aquellas montañas de sandías y melones
olorosos de extraordinario volumen; de aquellas tipadas de higos
de toda especie, desde el uñigal de color violeta, hasta
el cuello-de-dama de piel blanca y de corazón encarnado como
sangre joven; de aquellas canastas de uvas finas elegidas de los parrones reservados, contrastando en colores y
rivalizando en lo exuberantes y en lo transparentes. Se daba un
paseo a pie para hacer apetito, y luego se dividían señoras y
caballeros para ir a los baños de las grandes acequias, cubiertas
por impenetrables bóvedas de sarmientos entretejidos y arqueados
por el peso de los racimos. Nosotros, los niños, quedábamos dueños
del arsenal, y cuando volvían todos al almuerzo campestre, ya habían
disminuido notablemente las provisiones. No podíamos resistir a
la tentación, cuando estábamos libres del deber moral de la
continencia; partir una sandía era descubrir un tesoro de
emociones, porque su corazón del color del fuego, despertaba
ansias de devorarlo de un sorbo, y así lo practicábamos sin
tener en cuenta la ciencia intuitiva del ahorro.
A
esa edad no se piensa sino en que las plantas dan el fruto y en
que éste es hecho para gustarlo; la idea del trabajo y del sudor
de la frente, todo eso nos sabía a sermón y a cosa
incomprensible. Nuestra ilustración no pasaba todavía de unas
cuantas letras del abecedario y de una marcada aversión por la
escuela. Esto no impedía que para reírse de nosotros, nos
creyeran los viejos capaces de pronunciar discursos en el
banquete. Mi primer ensayo oratorio tuyo aquel escenario, y por señalar
el corazón para expresar que lo tenía henchido de no sé qué, -el discurso era soplado- tuve vergüenza, y mi mano se quedó
a la altura del estómago: la acción oratoria resultó trunca,
pero el efecto que el auditorio se prometía, nada dejó por
desear.
¡Qué
quintas aquellas, y cómo el trabajo unido de toda una generación
era coronado por la tierra fecunda! ¡Cómo reinaban el bullicio y
la vida en aquella aldea habitada por una aristocracia de limpio
pergamino, por familias que habían ilustrado su nombre en la
historia local, y habían fundado su hogar común con la noble y
asidua labor agrícola! Todos los años rebosaban los graneros,
extendíanse los cultivos, las bodegas multiplicaban sus vasijas,
aumentábanse en la casa los depósitos, ensanchábanse los cercos
para la hacienda, y en la época de las cosechas resonaba sin
interrupción el rumor del trabajo, como un himno de la tierra
agradecida al cuidado del hombre. ¡Con cuánta animación la
gente labradora asistía a sus tareas diarias, al son de músicas
y de cantos de alegría! Allí el tronco venerable de todas las
familias propietarias, el anciano coronel D. Nicolás Dávila, veía
crecer su prole numerosa, como el olivo secular, alimentando con
su presencia el amor y la ayuda recíprocos, que aplicados al
cultivo de la tierra, hacíanla rebosar en frutos.
La
tierra tiene un alma sensible, y es dócil a las caricias de sus
hijos y al riego regenerador de sus torrentes; ella se viste de gala y despide perfumes cuando los
hombres se aman y santifican con su amor el hogar; ella se
rejuvenece cuando siente el calor de las dulces afecciones domésticas,
y el de ese otro grande y sublime sentimiento que nace de sus
entrañas para encender el fuego creador de las naciones; ella
guarda en sus recónditos abismos la patria del hombre, que
comienza en el árbol solitario, sigue en la cabaña rústica
donde arde ya la llama simbólica del hogar, y se difunde en las
agrupaciones. Entonces los valles se alfombran de verdura, los
llanos crían las selvas gigantes, las montañas albergan el metal
precioso y útil, y por encima de toda ella discurren una armonía,
una frescura, un aroma, que van derramando en los corazones
anhelos de grandezas desconocidas, fervores purísimos de las
virtudes fundamentales, ansias irresistibles de un puro ideal,
erigiendo templos que no pudiendo llegar hasta Dios, lo hacen
bajar hasta ellos en la forma plástica, rodeado de todos los
esplendores con que lo forjan los sueños y las fantasías.
Pero
¡cómo palidece y se descolora la tierra cuando sus habitantes,
olvidando las leyes comunes del origen, dejan penetrar en el
santuario de las familias las pasiones egoístas, las ambiciones sórdidas,
la llama rojiza de las rivalidades y de los odios! Un soplo
caliente del desierto cruza por los bosques, cubriendo de amarillo ropaje los árboles; las hojas que formaron
dosel al arroyo, despréndense una a una sobre la corriente tardía,
porque van agotándose los manantiales que le dieron su caudal;
los frutos jugosos de otro tiempo nacen y mueren en el tallo,
porque les faltan el riego y la sombra; las aves que fueron música
de los huertos y sembradíos, emigran de la comarca
inhospitalaria, porque no tienen ramas para sus nidos ni brotes
para su alimento; en los ranchos del labrador no se encienden los
fuegos, ni crecen en los techos pajizos la verdolaga y las
margaritas silvestres del color del oro, ni resuenan los tambores
ni las guitarras en las horas del descanso: una ráfaga de hielo
parece deslizarse por todo lo creado, y ha enmudecido y muerto.
Es
la discordia que ha invadido con sus alas espinosas los hogares, y
nublando los ojos, enfriando las almas, desgarrando los corazones,
ha sembrado al pasar la desolación y la miseria... (*)
(*)
Fuente: Joaquín V. González, Mis montañas, en
Obras completas, V. XVII, Universidad de la Plata, 1936.