
Imagen
del Ganges, río de carácter sagrado para
los hindúes. En sus orillas innumerables individuos
iniciaron un salto entre el tiempo de la historia y
lo meta-histórico, salto que colisiona con las
creencias efectivamente vividas en Occidente (foto Axel
Rivas).
Para
el Occidente, la Muerte es vacío definitivo,
disolución sin continuidad. A pesar de las
creencias muchas veces pregonadas en un más
allá de índole cristiana, en la atmósfera
mental occidental predomina la certeza de que la
muerte es una noche o sueño inapelable, al
que no le sigue ningún nuevo despertar. La
mortalidad es así fuente de angustia. La
imposibilidad de un salto desde la vida en el tiempo
hacia una dimensión otra de eternidad se
asocia a su vez con una absolutización de
la historia. Para el occidente urbano principalmente
quiza, la vida sólo es dentro del devenir
histórico. Otras culturas, en cambio, sin
negar la pertenencia del hombre al tejido de la
historia y sus contigencias, atisban un lazo con
una realidad que trasciende la historia y la finitud.
La muerte aquí no es definitiva. La mortalidad
no provoca de esta forma angustia que lesiona o
eclipsa. Mircea Eliade, el gran historiador de las
religiones, que ya hemos difundido con anterioridad
en Temakel, es autor del texto que ahora presentamos;
un texto que no es tal vez leído habitualmente
en su especificidad por la vastedad de la producción
de este intelectual y narrador de origen rumano.
Presentamos aquí una versión parcial
de un ensayo perteneciente a la obra Mitos, sueños
y misterios donde Eliade medita la contraposición
entre la muerte como extinción total en Occidente
y la creencia en una posible trascendencia de la
mortalidad en otras culturas como la hindú
y las llamadas sociedades arcaicas o míticas.
E.I
EL
SIMBOLISMO RELIGIOSO Y LA VALORIZACION DE LA ANGUSTIA
Por
Mircea Eliade
Nos
proponemos situar y estudiar la angustia del mundo moderno
en la perspectiva de la historia de las religiones.
Esta empresa podrá parecer, para más de
uno, singular, cuando no francamente inútil.
Porque para algunos de nosotros, la angustia del mundo
moderno es la resultante de las tensiones históricas,
específicamente propias de nuestro tiempo y explicables
por las crisis de profundidad de nuestra civilización,
nada más. Entonces ¿qué sentido
tiene comparar ese momento histórico, que es
el nuestro, con simbolismos e ideologías religiosas
de otras épocas y de otras civilizaciones acabadas
ya hace tiempo? La objeción no es verdadera más
que a medias. No existe civilización perfectamente
autónoma, que no tenga alguna relación
con las civilizaciones que le precedieron. La mitología
griega había perdido actualidad hacia 2.000 años
cuando a alguien se le ocurrió explicar uno de
los comportamientos fundamentales del europeo moderno
por el mito de Edipo. El piscoanálisis y la psicología
profunda nos han acostumbrado a tales comparaciones
-inverificables a primera vista- entre dos situaciones
históricas sin aparente relación entre
sí. Se ha comparado por ejemplo la ideología
del cristianismo con la del totemista, se ha intentado
explicar la noción del Dios-Padre por la del
totem. No discutimos los fundamentos de esas comparaciones,
ni su base documental. Bastará con constatar
que ciertas escuelas psicológicas han utilizado
la comparación entre los tipos más diversos
de civilización a fin de comprender mejor la
estructura de la psiquis. El principio rector de este
método es que la psique humana tiene una historia
y, por consiguiente, no se deja explicar enteramente
por el estudio de la situación actual: toda su
historia, y aun su prehistoria, serían discernibles
todavía en lo que llamanos actualidad písquica.
Esta breve alusión a los métodos utilizados
por la psicología profunda nos basta, por cuanto
no es nuestra intención seguir en la misma vía.
Cuando decíamos que podíamos situar la
angustia de los tiempos modernos en la perspectiva de
la historia de las religiones, pensábamos en
un método totalmente distinto de comparación.
En dos palabras, veamos en qué consiste: queremos
trastocar los términos de comparación,
colocarnos en el exterior de nuestra civilización
y de nuestro momento histórico y juzgarlos en
la perspectiva de otras culturas y de otras religiones.
No soñamos encontrar entre nosotros, europeos
de la primera mitad del siglo XX, ciertos compartamientos
ya identificados en las antiguas mitologías,
como se ha hecho, por ejemplo, a propósito del
complejo de Edipo; la cuestión es observarse
a si mismo como podría observarnos y juzgarnos
un observador inteligente y simpático, situado
al nivel de una civilización extra-europea. Para
precisarlo más todavía, nos enfrentamos
con un observador que participa de otra civilización
y nos juzga en la escala de sus propios valores; y no
como un observador abstracto que podría juzgarnos
desde la estrella Sirio.
...Es sorprende a veces comprobar cómo ciertas
costumbres cultural, que se han vuelto para nosotros
tan familiares hasta el punto de parecer un comportamiento
natural del hombre civilizado, revelan significados
insospechados cuando son juzgadas en la perspectiva
de otra cultura. Pondremos como ejemplo uno de los rasgos
más especifícos de nuestra civilización,
a saber: el interés apasionado, casi monstruoso,
del hombre moderno por la Historia. Sabemos que ese
interés se manifiesta sobre dos planos distintos,
por otra parte solidarios: el primero es lo que podríamos
llamar la pasión del historiógrafo, el
deseo de conocer más completamente y más
exactamente cada vez el pasado de la humanidad, y, en
particular, el pasado de nuestro mundo occidental; sobre
el segundo plano, el interés por la historia
manifiéstase en la filosofía occidental
contemporánea: es la tendencia a definir el hombre
como ser histórico en particular, ser condicionado
y, a fin de cuentas, creado por la Historia. Lo que
llamamos historicismo, tanto como el marxismo y ciertas
corrientes existencialistas, no son más que filosofías
que, en uno u otro sentido, acuerda una fundamental
importancia a la Historia y al momento histórico.
...Intentemos ahora acercar esa pasión por la
historia colocándonos en el exterior de nuestra
perspectiva cultural. En muchas religiones y aun en
el folklore de los pueblos europeos, recogemos la creencia
de que en el instante de la muerte el hombre recuerda
su pasado en sus más ínfimos detalles
y que no puede morir antes de haber reencontrado y revivido
la historia de su total existencia. Sobre su pantalla
interior, el moribundo vuelve a caer una vez más
en su pasado. Considerado desde ese punto de vista,
la pasión historiográfica de la cultura
moderna resultaría un simple anunciador de su
muerte inminente. Antes de caer a fondo, la civilización
occidental recuerda una vez más su pasado, desde
la protohistoria hasta las guerras totales. La conciencia
histórica de Europa -que algunos consideran como
su más alto título de gloria- constituiría
en realidad el instante supremo que precede y anuncia
la muerte.
Eso no es más que un ejercicio preliminar a nuestra
búsqueda comparativa, y si lo hemos elegido,
es precisamente porque nos muestra a la vez los riesgos
de una empresa semejante y el provecho que podemos obtener
de ella. Es harto significativo en efecto que juzgada
desde un punto de vista totalmente exterior- el de la
mitología funeraria y del folklore-, la pasión
moderna por la historiografía nos revela un simbolismo
arcaico de la Muerte; por cuanto, como se lo ha hecho
notar tantas veces, la angustia del hombre moderno está
secretamente ligada a la conciencia de su historicidad,
y esta deja a su vez transparentar la ansiedad frente
a la muerte y a la Nada.
Es verdad también que para nosotros los europeos
modernos, la pasión historiográfica no
nos revela ningún presentimiento funesto; pero
situada en la perspectiva del simbolismo religioso,
ella traiciona no obstante la inminencia de la Muerte.
Es así como la psicología profunda nos
ha enseñado a dar más importancia a la
presencia activa de un símbolo que a la experiencia
consciente que la manipula y valoriza. En nuestro caso,
esto puede comprenderse fácilmente: por cuanto
la pasión historiográfica no representa
más que uno de los aspectos, y el más
exterior, del descubrimiento de la Historia; el otro,
más profundo, se refiere a la historicidad de
toda existencia humana y, por consecuencia, implica
directamente la angustia frente a la Muerte.
Tratando de confrontar esta angustia frente a la Muerte
-es decir, tratando de situarla y de juzgarla en otro
perspectiva diferente a la nuestra- es como el intento
comparativo comienza a resultar fecundo. La angustia
frente a la Nada de la Muerte parece ser un fenómeno
específicamente moderno. Para todas las otras
culturas no-europeas, esto es, para las otras religiones,
la Muerte no es sentida jamás como un fin absoluto,
como la Nada; la Muerte es más bien un rito de
tránsito hacia otra modalidad de ser, y es por
ello que se encuentra siempre relacionada con los simbolismo
y los ritos iniciatorios de renacimientos o de resurección.
Esto no quiere significar que el mudno extra-europeo
no conoce la experiencia de la angustia frente a la
Muerte; la experiencia existe, bien entendido, pero
ello no es absurdo ni inútil; por el contrario,
esta valorizada en el más alto grado, como un
experiencia indispensable para alcanzar un nuevo nivel
del ser. La Muerte es la Gran Iniciación. Sin
embargo, para el mundo moderno la Muerte aparece vacía
de su sentido religioso y es por ello que se la asimila
a la Nada; y ante la Nada, el hombre moderno se siente
paralizado.
Abramos aquí un breve paréntesis: cuando
hablamos del "hombre moderno", de su crisis
y de sus angustias, pensamos particularmente en aquel
que no tiene fe; en aquel que no tiene ya lazo vivo
alguno con el judeo-cristianismo. Para el creyente,
el problema de la Muerte es un rito de transición.
Pero una gran parte del mundo moderno ha perdido la
fe, y para esa masa humana la angustia frente a la Muerte
se confunde con la angustia frente a la Nada. Es solo
con respecto a esa parte del mundo moderno a la que
nos referimos. Es su experiencia la que trataremos de
comprender y de interpretar situándonos en otro
horizonte cultural.
La angustia del hombre moderno parece pues que fuese
provocada y alimentada por el descubrimiento de la Nada.
¿Qué dirá al respecto de esta situación
metafísica un no europeo? Coloquémonos,
para comenzar, en el horizonte espiritual del hombre
arcaico, de ese hombre al que erróneamente hemos
llamado "primitivo". Esta angustia de la Muerte
no es desconocida para él: esta ligada a su experiencia
fundamental, a la experiencia decisiva que ha hecho
de él lo que es: un hombre maduro, consciente
y responsable; que lo ha ayudado a sobrepujar la infancia
y a desligarse de su madre y de todos los complejos
infantiles. La angustia de la Muerte vivida por el primitivo
es la de la iniciación. Y si pudiésemos
traducir con vocablos de su propia experiencia y de
su lenguaje simbólico la angustia del hombre
moderno, un primitivo nos dirá substancialmente
esto: es una gran prueba inciatoria, es la penetración
en el laberinto o en las malezas frecuentadas por los
demonios y las almas de los antepasados, las malezas
que corresponden al Infierno, al otro mundo; es el gran
miedo que paraliza al candidato a la inciación
en el momento en que es engullido por el monstruo y
se encuentra en las tinieblas de su vientre o cuando
se siente cortado en trozos y digerido a fin de poder
renacer como un hombre nuevo. No hemos olvidado todas
las pruebas terribles que comporta la iniciación,
pensables para toda inciación, que han sobrevivido
hasta en ciertos misterios de la antiguedad greco-oriental.
Sabemos que los muchachos y también con frecuencia
las muchachas, abandonan sus casas y vivían algún
tiempo -a veces muchos años- en las malezas,
esto es: en el otro mundo, para perfeccionar su iniciación.
Esta inicuación comprende torturas, pruebas coronadas
por un ritual de muerte y de resurección simbólicas.
Es este último ritual en particular el más
terrible, por cuanto el muchacho debe considerarse como
tragado por el monstruo, enterrado vivo, perdido en
la selva, es decir: en los Infiernos. Es en estos términos
con los que un primitivo juzgará nuestra angustia,
pero llevándola a la escala colectiva: el mundo
moderno está en la situacion de un hombre tragado
por un monstruo, que lucha en las tinieblas de su vientre,
o bien perdido en su laberinto, que también simboliza
los infiernos, y está angustiado, se cree ya
muerto o a punto de morir y no ve a su alrededor ninguna
salida más que las tinieblas, la Muerte y la
Nada.
Y sin embargo, a los ojos del primitivo, esta terrible
experiencia de angustia es indispensable para el nacimiento
de un hombre nuevo. No hay iniciación posible
sin agonía, una muerte y una resurección
rituales. Juzgada en la perspectiva de las religiones
primitivas, la ansgustia del mundo moderno es el signo
de una muerte inminente, pero una muerte necesaria,
salvadora, por cuanto está seguida por una resurección
y habrá sido posible el acceso a un nuevo modo
de ser, el de la madurez y de la responsabilidad.
..
No encotramos, ni entre los primitivos, ni en las civilizaciones
extraeuropeas más evolucionadas, la idea de la
nada intercambiable con la idea de la Muerte. Entre
los cristianos como en la religiones no cristianas,
la Muerte no está homologada a la idea de la
nada. La Muerte es, entiéndase bien, un fin -
pero un fin que es inmediatamente seguido por un nuevo
comienzo. Morimos a un modo de ser a fin de poder tener
acceso a otro. La muerte constituye una ruptura de nivel
ontológico y a la vez un rito de tránsito,
tal como el del nacimiento o el de la iniciación.
Resulta igualmente interesante saber cómo ha
sido valorizada la Nada en las regiones y en las metafísicas
de la India donde el problema del Ser y del No-ser es
considerado, a justo título, como una especialidad
del pensamiento indio. Para el pensamiento indio, nuestro
mundo así como nuestra experiencia vital y psicológica
son los productos más o menos directos de la
ilusión cósmica, de la Maya. Sin entrar
en detalles, recordemos que el "velo de Maya"
es una fórmula hecha a imagen para expresar la
irrealidad ontológica del mundo y a la vez de
toda las experiencias humanas constituidas por el devenir
universal, por la temporalidad, son, pues, ilusorias,
creados y destruidas por el Tiempo. Pero esto no quiere
significar que no existen, que son una creación
de mi imaginación. El mundo no es un espejismo
o una ilusión en el sentido inmediato del vocablo:
el mundo físico, mi experiencia vital y física
existen, pero existen únicamente en el Tiempo,
lo cual quiere decir, para el pesamiento indio, que
no existirán ya mañana o de aquí
a cien millones de años; por consiguiente, juzgados
en la escala del Ser absoluto, el mundo, y con él
toda experiencia dependiente de la temporalidad son
ilusorios. Es en este sentido que la Maya revela, para
el pensamiento indio, una experiencia particular de
la Nada, del No-Ser.
Tratemos
de describir ahora la angustia del mundo moderno con
la clave de la filosofía india. Un filósofo
indio diría que el historicismo y el existencialismo
introducen a Europa en la dialéctica de la Maya.
He ahí mas o menos cuál sería su
razonamiento; el pensamiento europeo acaba de descubrir
que el hombre está implacablemente condicionado,
no solamente para la fisiología y su herencia,
sino también por la Historia y el hombre que
se encuentra siempre en situación; participa
siempre de la historia, es un ser esencialmente histórico.
El filósofo indio añadirá: esta
"situación", nosotros la conocemos
desde hace mucho tiempo; es la existencia ilusoria en
la Maya. Y la llamanos existencia ilusoria justamente
porque ella está condicionada por el Tiempo,
por la Historia. Esta es por otra parte la razón
por la cual la India nunca dio importancia filosófica
a la Historia. La India se ha preocupado del Ser, y
la Historia, ceada para el devenir, es justamente una
de las fórmulas del No-Ser. Pero no quiere decir
que el pensamiento indio ha descuido el análisis
de la historicidad: sus metafísicas y sus técnicas
espirituales han procedido desde hace largo tiempo a
una análisis extremadamente sutil de lo que la
filosofía occidental llama hoy: "estar en
el mundo" o "estar en situación";
el Yoga, el budismo y el Vedanta se han preocupado por
demostrar la relatividad y por lo tanto la no realidad
de toda "situación", de toda "condición".
Muchos siglos antes que Heidegger, el pensamiento indio
había identificado en la temporalidad la dimensión
fatal de toda existencia, exactamente como había
presentido, antes que Marx o que Freud, el condicionamiento
múltiple de toda experiencia humana y de todo
juicio sobre el mudno. Cuando las filosofías
indias afirmaban que el hombre está "encadanado"
por la ilusión, esto quería significar
que toda existencia se constituye necesariamente como
una ruptura, separádonse pues de lo absoluto.
Cuando el Yoga o el budismo decían que todo es
sufrimiento, que todo es pasajero (sarvam dukham,
sarvam anityam) el sentido era el del Sein und
Zeit, a saber que la temporalidad de toda existencia
humana engendra fatalmente la angustia y el dolor.
...Nos
es del todo cierto que el descubrimiento de la ilusión
cósmica y la sed metafísica del Ser se
traducen en la India por una desvalorización
total de la Vida y por la creencia de la vacuidad universal.
Comenzamos ahora a comprender que, más tal vez
que ninguna otra civilización, la India ama y
respeta la vida y goza de ella en todos sus niveles.
Por cuanto la Maya no es una ilusión cósmica,
absurda y gratuita, como se reputa absurda, para ciertos
filosífos europeos, la existencia humana urdida
de la nada, que se dirige hacia la Nada. Para el pensamiento
indio, la Maya es una creación divina, un juego
cósmico que tienen por fin tanto la experiencia
humana como la liberación de esa experiencia.
Por consiguiente, tomar conciencia de la ilusión
cosmica, no quiere significar, en la India, descubrir
la universalidad de la Nada, sino, simplemente, que
toda experiencia en el Mundo y en la Historia está
desprovista de validez ontológica; por consiguiente,
que nuestra condición humana no debe ser considerada
como un fín en sí. Pero una vez adquirida
esta toma de conciencia, el hindú no se retira
del mundo; de haber sido asi hace rato que la India
habría desaparecido de la historia, por cuanto
la concepción Maya ya sido aceptada por la inmensa
mayoría de los hindúes. La toma de conciencia
de la dialéctica de Maya no conduce necesariamente
a la ascesis y al abandono de toda existencia social
e histórica. Esta toma de conciencia se traduce
generalmente por una muy distinta actitud; la que reveló
Krisna a Arjuna en la Bhagavad Gita, a saber:
continuar en el mundo y participar de la historia, pero
cuidándose bien de dar a la historia un valor
absoluto. Más que una invitación a renunciar
a la Historia, es el peligro de la idolatría
ante la Historia lo que nos revela el mensaje de la
Bhagavad Gita. Todo el pensamiento indio insiste
sobre este punto preciso; que la ignorancia y la ilusión
no es la de vivir en la Historia sino la de creer en
la realidad ontológica de la Historia. El mundo,
aunque ilusorio -por cuanto se encuentra en perpetuo
devenir- no deja de ser una creación divina.
El mundo, también es sagrado; pero resulta paradojal
que no descubramos la sacralidad del mundo sino después
de haber descubierto que se trata de un "juego"
divino. La ignorancia, y asi la angustia y el sufrimiento,
están nutridos por la creencia absurda de que
este mundo peredecedero e ilusorio representa la realidad
última. Descubrimos una dialéctica similar
a propósito del Tiempo. Conforme a la Maitri
Upanishad, Brahman, el Ser Absoluto, se manifiesta a
la vez bajo dos aspectos polares: el Tiempo y la Eternidad.
La ignorancia consiste en no ver más que su aspecto
negativo, la temporalidad. La "mala acción",
como dicen los hindúes, no está en vivir
en el Tiempo, sino en creer que no existe nada más
fuera del Tiempo. Estamos devorados por el Tiempo, por
la Histotria, no porque vivimos en el Tiempo, sino porque
creemos en la realidad del Tiempo y, por lo tanto, olvidamos
o despreciamos la eternidad.
Debemos detener aquí nuestras consideraciones,
nuestro propósito no era el de discutir la metafísica
india ni oponerla a ciertas filosofías europeas,
sino descubrir solamente lo que un hindú podría
decirnos sobre la angustia contemporánea. Ahora
bien, es significativo que, juzgada tanto en la perspectiva
de las culturas como en el horizonte de la espiritualidad
india, la angustia nos revela el símbolo de la
Muerte. Es decir que, vista y juzgada por los otros,
por lo no-europeos, nuestra angustia revela el mismo
significado que nosotros los europeos le habíamos
dado: la inminencia de la Muerte. Con la diferencia
de que la identidad en las maneras de ver entre nosotros
y los otros se detiene aquí. Por cuanto, para
los no-europeos la Muerte no es no definitiva ni absurda;
por el contrario, la angustia provocada por la inminencia
de la muerte es ya una promesa de resurección,
revela el presentimiento de un renacimiento a otro modo
de ser, y este modo trasciende la Muerte. Colocada nuevamente
en perspectiva de las sociedades primitivas, la angustia
del mundo moderno puede ser homologada con la angustia
de la muerte iniciatoria; vista en la perspectiva india,
es homologable al momento dialéctico del descubrimiento
de la Maya. Pero como decíamos hace un rato,
tanto para las culturas arcaicas o"primitivas"
como para la India, esta angustia no constituye una
situación donde puede instalarse; nos resulta
indispensable como experiencia iniciatoria, como ritmo
de transición. Pero en ninguna otra cultura que
no sea la nuestra, es posible detenerse en medio de
un rito de transición e instalarse en una situación
consiste justamente en terminar con el rito de transición
y en resolver la crisis desembocando en un nivel superior,
tomando conciencia de un nuevo modo de ser. No se concibe,
por ejemplo, que se puede interrumpir un rito de transición
iniciatorio: en esa caso, el muchacho dejaría
ya de ser el niño que era antes de comenzar la
inciación, pero tampoco sería ya el adulto
que debe ser al final de todas sus pruebas.
Es preciso mencionar también otra fuente de la
angustia moderna, el presentimiento oscuro del fin del
mundo, o, mejor dicho, del fin de nuestro mundo, de
nuestra civilización. No discutimos los fundamentos
de ese temor: nos basta recordar que está lejos
de ser un descubirmiento moderno. El mito del fin del
mundo estatuido universalmente se lo encuentra ya en
los pueblos primitivos que están aún en
el estadio paleolítico de la cultua, como por
ejemplo los australianos, y se lo encuentta también
en las grandes civilizaciones históricas, babilonias,
indias, mejicanas y greco-latinas. Es el mito de la
destrucción y de la recreación periodica
de los mundos, formula cosmológica del mito del
eterno retorno. Pero es preciso alegar inmediatamente
que en ninguna cultura extra-europea el terror del fin
del mundo ha logrado jamás paralizar la Vida
ni las Culturas. La espera de la catástrofe cósmica,
es, por cierto, angustiante, pero se trata de una angustia
religiosamente y culturalmente integrada. El fin del
mundo no es nunca absoluto; está siempre seguido
por la creación de un mundo nuevo; regenerado.
Por cuanto para los no-europeos, la Vida y el Espíritu
tiene esto de particular, que no pueden desaparecer
jamás de un modo definitivo.
...Terminaremos
esta exposición con una historia jasídica,
que ilustra admirablemente el misterio del reencuentro.
Es la historia del rabino Eisik, de Cracovia, que el
indianista Heinrich Zimmer desenterró de los
Khassidischen Bucher de Martín Buber.
Este piadoso rabino Eisik, de Cracovia, tuvo un sueño
que le ordenaba ir a Praga: allí, sobre el gran
puente que lleva al castillo real descubrirá
un tesoro oculto. El sueño se le repitió
tres veces y es así que el rabino se decidió
a partir. Llegado a Praga, encontró el puente,
pero como éste se encontraba custodiado día
y noche por centinelas no intentó la busqueda.
Vagando por los alrededores, atrajó la atención
del capitán de la guardia; éste le preguntó
amablemente si había perdido alguna cosa. Con
simplicidad el rabino le refirió su sueño.
El oficial estalló en risa: "Verdaderamente,
pobre hombre, le constesto el oficial- ¿has gastado
tus zapatos para andar todo este camino a causa simplemente
de un sueño? ¿Qué
persona razonable creería en un sueño?".
Ese mismo oficial había escuchado también
una voz en sueños: "Me hablaba de Cracovia,
me ordenaba ir allí para buscar un gran tesoro
en la casa de un rabino cyyo nombre era Eisik, hijo
de Jrekel. El tesoro debía ser descubierto en
un rincón polvoriento donde se encontraba enterrado,
detras de la estufa". Pero el oficial no agregaba
voz alguna a las voces escuchadas en sueños:
el oficial era una persona razonable. El rabino se inclinó
entonces profundamente, le agradeció y se apresuró
a volver aCracovia. Cayó en un rincón
abandonado de su casa y descubrió el tedoro que
puso fin a su miseria.
"Así pues -comenta Heinrinch Zimmer-, el
verdadero tesoro, el que pone fin a nuestra miseria
y a nuestra desgracia, nunca está muy lejos,
no es preciso buscarlo en un lejano país, yace
envuelto en los lugares más íntimos de
nuestra propia casa, es decir, de nuestro propio ser.
Está detrás de la estufa, el centro dador
de vida y calor que ordena nuestra existencia, el corazón
de nuestro corazón, si es que supiésemos
excavar. Pero ocurre el hecho singular y constante que
es sólo después de un piadoso viaje en
una región lejana, en un país extraño,
sobre una tierra nueva, que el significado de esa voz
interior que guía nuestra búsqueda podrá
revelarse a nosotros. Y, a ese hecho singular y constante,
se agrega otro, a saber: que el que nos revela el sentido
de nuestro misterioso viaje interior debe ser él
tambien un extranjero, de otra creencia y de otra raza".
Y este es el profundo sentido de todo verdadero encuentro;
y este podría constituir también el punto
de partida de un nuevo humanismo de escala mundial.
(*)
(*)
Fuente: Versión parcial de Mircea
Eliade, "Simbolismo religioso y valorización
de la angustia", en Mitos, sueños y misterios,
Buenos Aires, Ed. Compañía General Fabril
Editora, pp. 57-73.