EL
CUADERNO DE LAS TAPAS AZULES
Por
Leopoldo Marechal
I.
Mi vida, en sus diez primeros años, nada ofrece que
merezca el honor de la pluma o el ejercicio de la memoria.
Es aquella una edad en que el alma, semejante a una copa vacía,
se hunde hasta el fondo en el río cambiante de la realidad
(que tal nombre damos en principio al color mentiroso de la
tierra), y espiga, recoge y devora la creación visible,
como si solo para esa cosecha barbara del mundo hubiese nacido.
Entonces el niño, la piedra, el arbol y el buey giran
enlazados en el baile primero, sin distinciones de color ni
choques de fronteras. Pero más tarde, y en virtud de
su peso natural, el alma se coloca en el centro de la rueda;
y desde allí, inmóvil y como en suspenso, ve
que a su alrededor siguen girando las demás criaturas:
el árbol en el círculo del árbol; la
piedra en el círculo de la piebra y el buey en el círculo
del buey. Y en ese punto el alma se pregunta cuál será
su círculo entre círculos y su danza entre danzas;
y como no se da respuesta ni la recibe de los otros, inicia
su jornada de tribulación; porque su duda es grande
y creciente su soledad. En ese conflicto se halla la mía,
y en él permaneció hasta que le fue revelado
su norte verdadero en la figura de Aquella por quien escribó
estas páginas. Y quiero declararme con exactitud mayor
en lo que a dicho estado del alma se refiere, en la esperanza
de mi relato, si algún duda se publica, sea consuelo
y sostén de los que siguen las veredas de Amor. Porque
de amor es la carne de mi prosa, y del color de amor se tiñe
su vestido.
II.
Con mas dulzura que tristeza evoco la imagen de aquella criatura
que, con un pie todavía en la infancia y puesto ya
su cuidado en los telares de la meditación, se preguntaba
cuál sería su círculo y sus danzas entre
danzas. Mi universo infantil era la llanura de Maipú,
abierta de horizonte a horizonte, y la casa erigida en terrenos
bajos que favorecían la presencia del agua y el afincamiento
de un mundo volatil cuyo millon de alas negras, blancas y
rosas herian el aire y escandalizaban la luz por culaquier
motivo, ya fuera la irrupción de un jinete que se abría
paso en los juncales, ya las evoluciones de algún nutriero
que armaba sus trampas en el cañadón. Frescos
están en mi memoria los días de Maipú,
y aquella triste hora del anochecer, cuando nuestra casa parecía
grande como el universo; ámbitos conocidos, rostros
y voces, objetos familiares, todo era devorado por la sombra
naciente, antes de que se encendieran las dulces lámparas
amarillas; y si la infinitud del campo se nos metía
por las ventanas abiertas, un cielo cruel en su inmensidad
pesaba demasiado sobre la casa y hacia crujir los techos,
a la hora en que nace un largo y sabroso pavor. Entonces era
grato llorar en los rincones, pero a escondidas y en silencio,
a fin de nadie lo advirtiera; porque más de una vez,
sorprendido e interrogado acerca de mis lágrimas, no
supe yo que responder a los hombres altos y a las mujeres
fructuosas que sólo reían o lloraban por motivos
concretos y no entenderían jamás como puede
lograrse gratuitamente, al anochecer, cuando la vocación
del llanto anticipa en el hombre a la causa del llanto. Varones
y hembras de mi estirpe lloraban o reían sin pudor,
y con toda la cara, en la estación precisa de sus lloros
o en la estación exacta de sus júbilos; bien
arraigados en esta realidad, ejercían sobre animales
y cosas no sé yo que alegre violencia; estaban seguros
en su círculo de furiosos caballos, de manadas calientes,
de sementeras y flores que también respondían
a una estación exacta, ¡y qué bueno era
refugiarse a veces en la seguridad de aquellos brazos aguerridos
que tendían los varones, o en el calor de los pechos
frutales que mullían las hembras para la cabecita del
niño, aunque llorara el niño sin razón,
al anochecer, y aunque mujeres y hombres no entendiesen, allá
en Maipú, que se pudiera llorar sion motivo alguno
cuando la vocación del llanto es anterior a la cuasa
del llanto!
Con el andar del tiempo, aquella desazón que aún
ignoraba su nombre fue concretándose y esclareciéndose
hasta lograr en mí una lucidez no menos dolorosa; empecé
a sentir que la tierra no era ni durable ni firme bajo mis
talones. Y la realidad movediza como las arenas, cuya incesante
mutación veía yo en los hombres, animales y
cosas de la llanura, no tardó en ocupar mis desvelos
hasta un punto difícilmente creíble si ha de
juzgarse por el verdor de mi edad. Aquel devenir extraño,
aquellla degeneración inquietante que se manifestaba
en los días y las noches, las primaveras y los otoños,
los nacimientos y las muertes, los júbilos y las desgracias,
cuyos vaivenes misteriosos compartía yo con mi tribu
de la llanura, fueron inclinándome a dos mociones del
alma cuyo ejercicio no he abandonado aún; cierta inclinación
a la duda, que me hacía recelar de todo aquello que
trajese demasiado visible la señal del tránsito
y el color de la finitud; y un ansía entrañable
de lo permanente, un deseo acariciado hasta las lágrimas
de algún mundo en cuya estabilidad se durmiera el Tiempo
y se que quebrara el Espacio.
La
devastación del Tiempo fue lo que saltó primero
a mis ojos infantiles: llegué a sentir con tal hondura
el paso corrosivo de las horas, que acabé por imaginar
al Tiempo como un río invisible, cuyas mordientes aguas,
al rodar sobre las cosas, lo iban royendo todo, la vivienda
y sus hombres, la llanura y sus brutos. Aquella materialización
del tiempo llegó en mí a un grado tal, que durante
mis desvelos nocturnos lo sentía mover las ruedecillas
de los relojes, o abrir los techos en filtrantes goteras,
o morder las paredes como un sigiliso animal roedor. ¡Ah
, recuerdo una fiesta de bodas, en la gran casa de Maipú!
Aquella noche la alegría tuvo el cuerpo de un dios
que bailaba entre cien espejos vivos y cien lámparas
iridiscentes, al son de cuerdas locas y exaltados metales.
La maravilla de los niños, el viento fogoso que levantaban
las mujeres, el arrebato de los hombres, ¡ah, todo ello
me había sumergido en la embriaguez de la hora! Y en
el instante justo en que abuelo Sebastián, con la copa
en la mano y tambaleándose como Sileno, aventuraba
un paso de mazurca entre risas y bravos; en el instante rarísimo
en que las tías luctuosas desarrugaban sus frentes
bajo los negros chalones; en aquel instante mismo sintió
que una voz admonitoria resonaba en mi ser, y que un viento
glacial me sustraía de pronto al ritmo de la fiesta,
devoraba luces y barría sonidos. Y ante mis ojos operóse
una transmutación increíble: me pareció
ver la obra del tiempo adelantándose ya en aquellas
mujeres y aquellos hombres que bailaban enlazados; vi arrugarse
las caras, hundirse los ojos y devastarse las encías;
los vi a todos, retorciéndose y quemándose como
las hojas de un árbol de un incendio; y vi, además,
cómo se agitaban las paredes, cómo ennegrecían
los techos, cómo se derrumbaba hecha polvo la casa
de Maipú. Entonces quise gritar, pero aquel grito de
alarma se quebró en mis labios. Y huí vertiginosamente,
rumbo a la noche, lejos de la mansión que se abatía
sobre tantas cabezas. Y no se borrará de mi memoria
la imagen de aquel niño que, abrazado a su caballo
atento, sollozaba en una medianoche de bodas, frente a la
cada llena de música.
Paralelamente, la noción de Espacio también
se me aclaraba como una pena, favorecida por la llanura cuya
extensión se mide con sudores de caballo, y en la cual
naciente o poniente, norte o sur, eran fáciles caminos
de ausencia y puntos a que volaban los ojos en atención
de acariciados regresos. Mas aquella sensación del
Espacio adquiría en mí los volúmenes
del terror cuando, en las noches de luna nueva, tendido yo
en la gramilla, levantaba mis ojos al cielo, donde las constelaciones
australes parecían colgar sobre mí como los
apiñados racimos de una parra celeste. Y me digo ahora
que tal vez don Bruno, el maestro rural, no debió sugerir
en las clase la noción de las distancias pavorosas
que mediaba entre aquellos mundos y nosotros, no calcular
los miles de años que tardaría un tren de ferrocarril
en llegar a la estrella Betelguese. Porque recuerdo que, al
mirar aquellas polvaredas estelares, mi alma caía en
el vértigo del abismo, anonadada todo ella por la brutalidad
que gravitaba desde lo alto y que la reducía brutalmente
a polvo, como en un mortero. Y lagrimeaba yo, tal un niño
extraviado en un bosque, sin saber aún que todo aquel
enjambre de mundos cabía en la pequeñez de un
entendimiento humano, por ser el intelecto una esencia no
espacial y hallarse libre de las tres dimensiones del Espacio.
Al recordar aquellas lágrimas infantiles, pienso ahora
que muchos niños deberán llorar aún en
la llanura, bajo el agobio de las noches australes, para que
se inauguren dichosas vías de ascensión en el
cielo desnudo de la patria.
Poco a poco el viento de angustia que señoreaba en
mi ánimo fue concediéndome vastas horas detregua.
Y, poco a poco, triunfando sobre su devastación continua,
el mundo de las formas y los colores empezó a revelarme
su secreto en la felicidad de una contemplación cuya
virtud yo no entendía entonces, pero que me libraba
de mí mismo y de mis terrores, levantándome
a la dulzura de ciertos climas espirituales no gozados aún.
El esplendor de aquellas formas (espigas, caballos, flores)
que no sabían morir en la llanura, y que si bien desertaban
en cada poniente de la materia volvían a encarnarse
con igual hermosura según el ritmo de estaciones exactas,
no sólo me ofrecía un simulacro de la estabilidad
que yo soñaba, sino que iba despertando en mi ser no
sabía yo qué graves resonancias, como si mi
entendimiento y las cosas iniciasen ya un diálogo íntimo
en el cual hablaban las cosas y mi entendimiento les respondía
vagamente. Sólo más tarde comprendí aquel
arrebato idioma de la belleza; y supe que mi destino era el
de perseguir la hermosura según el movimiento del amor.
Entretanto, me aferraba yo a la seguridad y a la delicia en
que las formas de las criaturas me conformaban graciosamente;
las veía nacer, y mi corazón gozaba en su primavera;
la veía morir, y mi corazón entraba en su invierno.
Fue así como, durante algunos años, mi infantil
pareció girar sobre los mismos polos de la tierra.
Gracias a una tía floral (si no fue un ángel
hortelano quien plantó el jardín y la huerta
de Maipú) tenía yo detrás de la casa
un paraíso en miniatura donde árboles bien cuidados
redondeaban ese prodigio de los frutos y rendían una
sombra bajo la cual prosperaban ejércitos de flores
no habituales en la llanura quemada de sol y barrida de vientos.
Adán en mi jardín o Robinson en mi isla, deambulaba
yo a toda hora en aquel recinto; mi entendimiento discurría
y zumbaba en torno de aquella hermosura, queriendo penetrar
hasta el nectario inteligible de las cosas, a la manera de
un abejorro que persiguiese alguna miel adivinada. Presidía
yo el nacimiento de las formas: las miraba crecer hasta lograr
un esplendor que salía de madre, que rebalsaba los
límites de la materia, que se hacía doloroso
en razón de su misma intensidad al fin, como en la
nostalgia de no sabía yo qué gusto edénico
perdido alguna vez y rescatado quizás en el sabor de
aquellas formas que se rompían a fuerza de querer decirme
algo. Después llegaba el otoño, y con él
un crepúsculo de las mismas formas adorables que yo
había visto crecer en el huerto y que el declinar ahora
proyectaban sobre mi ánimo la grave dulzura de sus
muertes. Y así como la tierra se desvestía,
guardaba sus tesoros y parecía reconcentrarse toda
ella en el umbral del sueño, así mi corazón
iba replegándose también sobre sí mismo,
entraba en su invierno, se adormecía para lo exterior
y se desvelaba otra vez en el proceso íntimo de sus
cavilaciones. Desfilaban los días y las noches invernales;
la tormenta gruñía como un perro en el horizonte,
se acercaban, retrocedía y cargaba de pronto sobre
la llanura, con su escuadrón de nubes y su látigo
de viento; caía la lluvia, repicaba en los techos y
los vidrios, ponía un cerco de aguas crecientes a la
residencia de Maipú, enceguecía las ventanas;
y era grato recorrer las alcobas en penumbra, o buscar olores
entrañables en las ropas, o leer viejos papeles olvidados,
o rememorar gracias antiguas en la flor seca o en la mariposa
difunta que yo había guardado entre las páginas
de mis libros. Y más tarde llegaba para mi cierta desazón
que me conducía prematuramente a un sabroso espionaje
de la primavera futura; vigilaba yo los árboles del
jardín, medía la profundidad de su sueño,
estudiaba su ramaje desnudo en busca de algún brote
que despuntase, o de alguna yema que reventara; defraudado
en mi anhelo, removía la tierra y exhumaba bulbos de
jacinto, para ver si dormían aún o insinuaban
ya sus tiernos espolones.¡Inútil! La gran revelación
venía de pornto, alguna mañana, tras una noche
de calor y aguacero. Y era de salir a la huerta y quedarse
allí como deslumbrado ante una locura de glicinas que
resucitaban.
Al mismo tiempo aquellas emociones iban despertando en mi
ser un ansia viva de expresión, un deseo incontenible
de hablar el mismo lenguaje un ansia viva de expresión,
un deseo incontenible de hablar el mismo lenguaje con que
me enamoraban las criaturas. Ya en el jardín y huerta
de Maipú había comenzado a observar los dos
tiempos de la inspiración que se daban en mí
ante la hermosura de las cosas; una embriaguez fundida en
lágrimas, y el nacimiento de una idea musical que se
debatía en mi ser y buscaba su manifestación.
Como no dispusiera yo, en mis comienzos, de arte ninguno,
me valía de palabras incoherentes o voces en libertad,
no por lo que significaban ellas mismas, naturalmente sino
por el valor intencional que yo les asignaba según
el caso. Así una misma frase, con el solo prestigio
de su música y el de mi exaltación, era capaz
de traducir las más encontradas emociones de mi espíritu;
como aquella de la "la rosa, la pura rosa, la descarnada
rosa ", que yo sabía pronunciar en todos los matices
de la desolación o el júbilo. Después
el arte sucedió al caos, y el orden musical a la incoherencia.
Y no voy a numerar ahora las fatigas y desvelos en que me
puso el ejercicio del canto. Sólo recordaré
que una mañana, leyendo mi composición en clase,
don Bruno exclamó, dirigiéndose a los chicuelos:
"Adan Buenoayres es un poeta". Y los alumnos me
miraron sin entender, y enrojecí de verguenza, como
si me hubiesen desnudado en público. Tenía catorce
años.
(...) Me hallaba en un lugar extraño, diferente de
todos los que había visto yo en la tierra: cierto paisaje
yermo, tenebroso y helado como una región astral. Y
en sueños me parecía sufrir el mismo agobio
nocturno que me atormentaba durante la vigilia, pero tan infinitamente
sutil, que todo mi ser no era sino una mirada estudiosa que
se paseaba sobre su misma desolación. De pronto, sin
entenderlo claramente, me pareció que dos ojos atentos
estaban mirándome detrás de mí. Y vuelto
el rostro hacia ese lugar, vi al Hombre que se me había
mostrado tantas veces en sueños, el cual me contemplaba
largamente, vestido de su propia juventud y hermosura más
que de su nobilísimo ropaje. Y tanta piedad leía
yo en aquellos ojos, que los míos empezaron a llenarse
de lágrimas. Visto lo cual el Hombre despegó
sus labios y me dijo: "¿Por qué lloras?".
Nada le respondía yo, sino que mi llanto arreciaba
por la doble caridad de aquella voz y aquellos ojos. Y entonces
vi que tendía él su brazo a las alturas y que
oí que me ordenaba: "¡Mira!". Levanté
la frente, siguiendo el rumbo de su brazo, y me pareció
ver, como clavada en la negrura de arriba, una graa esfera
de vidrio semejante a un animal del cielo en la forma y en
el color, pero de tan viva trasparencia, que ningún
punto de su masa quedaba invisible. Y lo asombroso era que
aquel astro tenía como eje un cuerpo desnudo de mujer,
el cual dominaba las cuatro direcciones de la esfera: al norte
la cabeza, los pies al sur, el brazo derecho al este y el
izquierdo al oeste. Sin embarego, yo entendía en sueños
que mis ojos, apenas levantadas hasta el prodigio de aquella
visión, querían abatirse otra vez, tal como
si se negase a contemplarla. Notado lo cual, el Señor
de la noche volvió a ordenarme: "¡Mira!".
Rendido a su voz, puse otra vez mis ojos en la esfera. Y algo
nuevo sucedía entonces: me pareció que al estudiar
aquella enigmática figura de mujer una inquietud antigua
despertaba otra vez en mi ánimo; era un flujo de voces
que yo creía muertas para siempre, o la resurección
de aquella imagen de la felicidad que recién había
sepultado yo en el primer otoño de mi alma. Entusiasmos
de ayer, gustos perdidos, fervores de guerra y frescuras de
canto volvieron a señorearme a la sola contemplación
de la mujer crucificada en la esfera; de modo tal que volví,
en sueños, a reconstruirme y a ser lo que antes había
sido, hasta olvidarme de la noche y del Señor que a
tantas maravillas me convidaba. Después una gran zozobra
me sobrecogía: observé de pronto que la esfera
no estaba inmóvil, sino que se movía en torno
de la mujer como un planeta sobre su eje; y vi que, a semejanza
de la luna cuando entra en su menguante, la esfera iba decreciendo
poco a poco y arrebatándome la delicia de aquella visión,
hasta esconderse toda en la oscuridad primera. Lo que sentí
luego no es facil de comunicar por el idioma: era un acabarme
y un perderme no sabía yo en qué abismo de aniquilamiento;
y si algunas aproximaciones de la muerte había conocido
yo en el transcurso de la vida, la que ahora se me presentaba
en sueños era la más cabal y terrible. De pronto,
y en la mitad de mi naufragio, me pareció que, asiéndome
y levantándome sobre aquel abismo, la voz del Hombre
me ordenaba por tercera vez: "¡Mira!". Y alzando
los ojos vi un medio anillo de plata, semejante al de la luna
cuando inicia su creciente, el cual iba engrosando poco a
poco hasta reconstruir la esfera primitiva, como si aquel
rastro que yo había visto desaparecer avanzase de nuevo
hacia otro plenilunio. Y me pareció que la esfera no
giraba esta vez en silencio, sino que producía un sonido
grave como de arco al rozar una cuerda; y oí que desde
la inmensidad de la noche cien músicas bajaban o subían,
respondiendo al sonido de la esfera, como si al él
se ordenasen todas en la gracia unitiva del acorde. Pero cuando
mis ojos alcanzaron la imagen de la mujer crucificada en el
eje y el ecuador de la esfera, ya no quedó en mi ser
ni volutnad ni entendimiento ni sentido alguno que no se le
rindiese: no era, en verdad, la misma señora que yo
había visto antes; ni tampoco era diferente, sino algo
así como una sublimación de la otra. Pero si
la mujer no era distinta en sí, lo era en los efectos
que ya obraba en mi ánimo; pues al ver fui entendiendo
que yo no sabría mirar otra cosa en adelante, porque
mi contemplación nacía en ella y en ella se
quedaba, sin retorno. Y sentí que mi corazón
ardía en su fuego, como una madera olorosa, y que al
morir yo en mí resucitaba en aquella mujer admirable
con una vida cuyo sabor, aunque gustado en sueños,
no ha de borrarse nunca de la lengua de mi alna. Después
me parecía que se quebraba el encanto, al sospechar
yo que la mujer de la esferfa no brillaba con luz propia,
sino con la de algún sol invisible para mi todavía,
y del cual ella fuese luna o espejo. Y cuando apartaba mi
vista de la mujer, para buscar en las tinieblas el sol incógnito
que sin duda la iluminaba, desperté bruscamente y me
hallé a oscuras en la soledad de mi retiro, bajo el
viento que había soplado mi lámpara y revolvía
los papeles de mi mesa. Recuerdo que un gallo cantaba en las
brumosas lejanías, y que a través de mis cristales
vi la estrella de la mañana luciendo a unos treinta
grados sobre el horizonte.
(...) Recuerdo que yo estaba en el jardín de Saavedra,
con el amigo que me había presentado y las mujeres
de las casa, jóvenes todas y de gracioso talante. Mi
amigo sostenía con las mujeres uno de aquellos diálogos
porteños en que la palabra ingeniosa quiere a la vez
ocultarlo y revelarlo todo. Y yo callaba, sonriendo a los
interlocutores, pero entregado en realidad a la magia del
jardín en cuyos ámbitos la tarde y el silencio
eran un sola persona. Y estaba yo así , lejos y cerca
de las voces amigas, cuando por el sendero de los aromas apareció
la extraordinaria criatura de mi relato; venía ella
como quedándose, tan lento fue su andar en aquel instante
precioso a la memoria; pero su sonrisa se le sdelantaba, como
si fuese un emisario suyo; y como su vestido tenía
el color del aire y el aire sutil se disipaba, no es asombroso
que yo la tuviera por una visión y me preguntara si
la tarde no se habría personificada en aquella suavísima
figura de mujer. Tan absorto estaba yo en la tarea de admirarla
y tan inusitado era el revuelo que su presencia levantaba
en mi ánimo, que no supe contestar a su saludo cuando,
tras oír mi nonbre de boca de sus hermanas, ella inclinó
la frente y abatió los ojos. Pero, si mi lengua enmudecía,
una voz no extranjera para mí se levantaba ya sobre
aquel nuevo tumulto de mi corazón y parecía
exclamar, como respondiendo finalmente a la pregunta viva
en torno de la cual giraba mi ser desde hacia tiempo:"¡Ahí
está el rumbo del ala y el norte de la paloma!".
Temeroso de que mi turbación se hiciera notable a las
personas que me rodeaban, traté de seguir entonces
la conversación del amigo y las mujeres. Pero mis ojos
no sabían irse de Aquella (que con tal nombre será
llamada en adelante), la cual, como si no se atreviese aún
a levatar su voz entre las ya maduras de sus hermanas, sonreía,
callando, rendido a tierra, su mirar, circunstancia feliz
que me permitía entregrarme discretamente a su contemplación,
en la cual mis ojos parecían descubrir ahora su oficio
verdadero: No se hallaba todavía en la flor de sus
años, pero ella, según vi, no era sino un gesto
de amanecer comparable al del alba cuando quiere y no quiere
ser día.
Las
tres dimensiones de su cuerpo eran un éxtasis del espacio,
cada latido suyo una delicia dell tiempo y toda ella un lugar
de sublimación para la luz. Al verla, no atinaba yo
a discernir qué forma sustancial o qué adorable
número creador se había encarnado en su frágil
arcilla, forma que trascendía o rebalsaba en cierta
hermosura cuyo esplendor ya no estaba en ella, sino delante
de ella, como su mensajero, y a sus espaldas, como su sombra,
y a su derecha, como su lanza, y a su izquierda, como su escudo.
Alta y recta bajo el vestido aéreo que la recataba,
su forma parecía iniciar su doloroso despunte, como
el de la yema qure se hincha y rompe y aventura un gajo. Y
al observar aquella tensión de su ser hacia la vida
y la estatura de su gracia junto a la de las otras mujeres,
recordé un poema del amigo cuyos dos renglones iniciales
dicen así:
Entre mujeres alta ya, la niña
quiere
llamarse Viento...
Y tanto le cuadraba esa imagen del amigo, que sin dejar de
mirarla repetía yo in mente los dos versos,
maravillado de que solo en que aquel instante se me revelara
su sentido. Porque, si Viento era el nombre que le convenía,
de viento sería su pie y de viento su mano cuando se
levantase y cayera sobre la flor del alma. Con lo cual temblaba
la mía, como si ante aquella mujer adivinase ya el
comienzo de otro dolor y el preludio de otra guerra.
Con el ritmo alegre de la tertulia crecía el tumulto
de mi ser. Y sintiéndome como dividido en la atención
de las voces que me llegaban de afuera y las que no podían
sosegarse dentro de mí, resolvía alejarme y
lo hice, deseoso de medir en la soledad el tamaño de
aquel nuevo conflicto. Así abandoné la casa
de Saavedra, y así, como en sueños, recorrí
el espacio que la distanciaba de mis cuatro paredes habituales.
Y no bien hube llegado a ese retiro, mi alma, recogida en
su intimidad, empezó a reconstruir la imagen de Aquella
con todas sus líneas, pesos y colores, de modo tan
perfecto que ante la sola imagen, volvió a temblar
y a maravillarse, no porque desconociera la índole
de su turbación, sino porque, habiéndola conocido
hasta el desengaño, se venía creyendo libre
de toda nueva inquietud y como abroquelada en su inmovilidad.
Por eso fue que, sustrayéndose un instante a la dulzura
de aquel nuevo llamado, mi alma comenzó a reprocharse
su fragilidad y a decirse: "¿Cómo? Después
de tan largo viaje, ¿te lanzarás otra vez al
río engañoso de las criaturas? ¿Descenderás
nuevamente a la finitud y peligro de los amores terrenos,
después de haber alcanzado la noción de un amor
infinito?". Pero las voces de su alarma no conseguían
derrotar el encanto de la visión que llevaba consigo.
Antes bien, girando en torno de aquella imagen, entendía
que, cuanto más la contemplaba, más iba rindiéndose
a ella su voluntad. Entretanto la noche había caído
sobre la tierra y poblaba de sombras mi habitación.
Recuerdo que abrí entonces las dos hojas de mi ventana,
y que, dejándome caer en un sillón, me puse
a contemplar el cielo estrellado en cuya bóveda un
creciente de luna fingía navegar sobre nubecitas de
plata. El aire de la noche primaveral, húmedo y fragante
como el aliento de una niña, suscitaba en mi ser un
escalofrío largamente olvidado y traía no sé
yo qué indecibles frescuras a la sequedad de mi alma,
como si de pronto la invitase a retoñar otra vez. Desde
la calle arrabalera subía un coro de voces infantiles:
Entre San Pedro y San Juan
hicieron
un barco nuevo:
las
velas eran de plata,
los
remos eran de acero...
Dejando
vagar mis ojos en el campo de las estrellas, observaba yo
que una ternura de otros días reconquistaba mi corazón
y lo inducía en amplios caminos de benignidad. Y era
tanta la misericordia que parecía llover de lo alto
en aquella noche memorable, que de pronto mis ojos empezaron
a lagrimear, y no ahora de angustia, según acostumbraban
sino del alivio y la paz que me traía el cielo nocturno.
Sucedió entonces que, atribuyendo a la revelación
de aquella tan bondadosos efectos, volvía a contemplar
en imaginación y a retormar el hilo de mi soliloquio,
preguntándome cuál sería el bien que
se me anunciaba en aquella misteriosa figura de niña:
En
primer lugar adverti (recordando el episodio de la tarde)
que la visión de aquella mujer de Saavedra me había
causado un súbito deslumbramiento, como el que produce
la hermosura. Y al contemplar ahora su imagen no dudada que
sólo a su belleza debía anotarse aquel efecto
de luz. Además me decía yo que no hay deslumbramiento
sin algún "esplendor" que lo cause; y recordaba
que toda hermosura se definía como cierto "esplendor".
En seguida hice dos observaciones paralelas; me dije, por
una parte, que todo esplendor supone un "esplendente",
por lo cual era dado preguntarse "qué cosa resplandecía
en Aquella", o "esplendor de qué cosa era
su hermosura"; observaba, por la otra, que su belleza
no producía en mí un deslumbramiento del alma,
como la luz inteligible. Ahora bien, siendo su hermosura una
luz que yo alcanzaba por vía de mi entendimiento, y
siendo el entendimiento una potencia que tiende a la verdad,
me dije que su belleza no podía ser otra cosa que el
esplendor de algo verdadero. (*)

(*)
Fuente:
Leopoldo Marechal, "El cuaderno de las tapas azules",
en Adán Buenosayres, Buenos Aires, ed. Planeta.