LA LIGA DE LOS ANCIANOS
En los cuarteles un hombre iba a ser condenado a muerte. Se trataba
de un viejo, un nativo del río Whitefish, que desemboca en el Yukón
debajo del lago Le Barge. Todo Dawson estaba pendiente del asunto, e
igualmente los habitantes de Yukón en mil millas a la redonda. Era
costumbre de los ladrones de tierras y de aguas anglosajones hacer
cumplir su ley a los pueblos conquistados, y frecuentemente esta ley
era rigurosa. Pero en el caso de Imber, la ley parecía, por una vez
en la vida, inadecuada y débil. En la naturaleza matemática de las
cosas, la equidad no residía en el castigo que se le aplicase. El
castigo era una conclusión predeterminada, no podía haber duda de
ello, y aunque era capital, Imber sólo tenía una vida, mientras que los cargos contra él se contaban por
cientos.
De hecho, pesaba sobre sus manos la sangre de tanta gente, que los crímenes
atribuidos a él no permitían una enumeración precisa. Fumando una pipa junto al sendero o dormitando frente a la estufa, los hombres hacían estimaciones aproximadas de la gente que
había perecido en sus manos. Todos habían sido blancos, esos hombres asesinados, y
habían sido matados individualmente, por pares o en grupos. Y estas matanzas habían sido tan inútiles y sin sentido, que
durante mucho tiempo constituyeron un misterio para la policía montada, incluso en el tiempo de
los capitanes, y también más tarde, cuando se descubrieron los yacimientos y un gobernador vino desde el Dominio para hacer que la tierra pagase por su
prosperidad.
Pero todavía más misteriosa fue la llegada de Imber a Dawson para entregarse. Ocurrió al final de la primavera, cuando el Yukón gruñía y se retorcía bajo el hielo: el viejo indio trepó costosamente el terraplén, dejando atrás el sendero del río, y se detuvo en la calle principal. Los hombres que fueron testigos de su aparición afirmaron que estaba débil y tembloroso, y que se arrastró hasta un montón de troncos para chozas y se sentó. Estuvo sentado allí un día entero, contemplando, sin mover la cabeza, la incesante
marea de blancos que fluía ante él. Muchas cabezas giraron curiosamente para encontrar su mirada, y se hizo más de una observación relativa al viejo
Siwash, que tenía una fisonomía tan extraña. Innumerables hombres recordaron después que les había sorprendido su extraordinaria figura, y desde entonces se enorgullecían de saber discernir rápidamente lo excepcional.
Pero correspondió a Dickensen, al pequeño Dickensen, ser el héroe de la jornada. El pequeño Dickensen
había llegado a la región con grandes sueños y unos cuantos ahorros;
pero los sueños se habían desvanecido junto con los ahorros, y para pagarse su pasaje de vuelta a los
Estados Unidos había aceptado un trabajo subalterno en el negocio de cambio
Holbrook and Manson. Al otro lado de la calle donde estaba la oficina
de Holbrook and Manson, se alzaba el montón de troncos sobre el que se
había sentado Imber. Dickensen lo miró desde la ventana antes de ir a almorzar, y cuando volvió de almorzar, miró de nuevo a través de la ventana, y el viejo
Siwash todavía estaba
allí.
Dickensen siguió mirando a través de la ventana, y también él se
enorgulleció a partir de entonces de su rápido discernimiento. Era un
muchacho romántico, y atribuyó la inmovilidad del viejo pagano al genio de la raza
Siwash, que observaba con ojos tranquilos las huestes del invasor sajón. Las horas transcurrían, pero
Imber no variaba su postura, ni movía un pelo los músculos de su cuerpo, y Dickensen recordó al hombre que un día permaneció sentado sobre un
trineo, en la calle principal, por donde transitaban los hombres en todas direcciones. Pensaban que el
hombre estaba descansando, pero más tarde, cuando lo tocaron, lo hallaron tieso y frío, congelado hasta la muerte en medio de la calle
concurrida. Para enderezarlo de modo que pudiera caber en un ataúd, tuvieron que arrastrarlo hasta una hoguera y deshelarlo un poco. Dickenson tembló al
recordarlo.
Más tarde, Dickensen salió a la calle para fumar un puro y tomar el aire; y un poco más tarde,
acertó a pasar por allí Emily Travis. Emily Travis era exquisita, delicada y extraña, y se vestía en Londres o Klondike como digna hija de un ingeniero de minas millonario. El pequeño
Dickensen depositó su cigarro en el borde exterior de una ventana, donde pudiera encontrarlo de nuevo, y se sacó el
sombrero.
Conversaron durante unos diez minutos, hasta que Emily Travis, lanzando una
mirada por encima del hombro de Dickensen, emitió un pequeño chillido de terror. Dickensen se dio vuelta para mirar, y quedó a su vez
sobregido. Imber había cruzado la calle y estaba allí, de pie, como una sombra de aspecto flaco y hambriento,
con la mirada fija en la muchacha.
"¿Qué quieres?", preguntó el pequeño Dickensen, con resolución
temblorosa.
Imber gruñó y observó a Emily Trayis con mirada acechante. La contempló de arriba a
abajo, amable y cuidadosamente, sin omitir una sola pulgada de su
cuerpo. Parecía especialmente interesado en su pelo sedoso y marrón, y en el color de sus mejillas, pálidamente rosadas y suaves, como la blanda floración de un ala de mariposa.
Caminó a su alrededor, observándola con el ojo calculador de un hombre que estudia las líneas de un caballo o de una barca. En el transcurso de su circuito, el lóbulo rosado de la oreja de la muchacha se
interpuso entre sus ojos y el sol poniente, y se detuvo a contemplar aquella transparencia. Luego, se colocó ante su rostro y
contempló larga y resueltamente sus ojos azules. Gruñó y extendió una mano hasta tocar
el brazo de la muchacha entre el hombro y el codo. Con la otra mano, levantó su antebrazo y lo dobló hacia atrás.
Desagrado y perplejidad se dibujaron en su rostro, y soltó el brazo de Emily con un gruñido
desdeñoso. Entonces murmuró unas cuantas sílabas guturales, dio la
espalda a la muchacha y se dirigió a Dickensen.
Dickensen no pudo comprender lo que decía, y Emily Travis se puso a reír.
Imber giraba alternativamente hacia uno y hacia otro, con mirada torva, pero ambos sacudían
sus cabezas. Estaba a punto de marcharse, cuando Emily gritó:
"¡Oh, Jimmy! ¡Ven aquí!"
Jimmy vino desde el otro lado de la calle. Era un indio grande y
pesado vestido correctamente a la manera blanca, con un sombrero de rey de Eldorado en su
cabeza. Conversó con Imber entrecortadamente, con espasmos en la garganta. Jimmy era un
Sitkan, y sólo poseía un conocimiento superficial de los dialectos del interior.
"El ser un hombre Whitefish", dijo a Emily
Travis. "Yo no conocer mucho su lengua. El querer ver jefe blanco".
"El gobernador", sugirió Dickensen.
Jimmy conversó un poco más con el Whitefish, y su rostro se tomó grave y
desconcertado.
"Creo que él querer hablar Capitán Alexander", explicó. "El decir haber matado
hombres blancos, mujeres blancas, muchachos blancos, haber matado mucha gente blanca. El querer morir".
"Me parece que está loco", dijo Dickensen.
"¿Cómo llamas a eso?", inquirió Jimmy.
Dickensen aplicó un dedo figurativo a su cabeza y le impartió un
movimiento rotativo.
"Quizás, quizás, dijo Jimmy, volviéndose hacia Imber, que todavía pedía por el jefe de los hombres blancos.
Un policía montado (desmontado para el servicio en el Klondike) se unió al grupo y
escuchó cómo Imber repetía su deseo. Era un individuo joven y fornido, de anchos hombros y pecho hundido, con las piernas bien formadas y muy separadas, y tan alto
que, aunque Imber también lo era, le pasaba media cabeza. Sus ojos eran fríos, grises y firmes, y se comportaba con la confianza peculiar de un poder alimentado por la sangre y la tradición. Su espléndida masculinidad
-era un simple chiquillo- y sus mejillas imberbes prometían
sonrojarse tan prestamente como las mejillas de una doncella.
Imber se dirigió hacia él inmediatamente. El fuego se agolpó en sus ojos al ver en las mejillas del muchacho una cicatriz producida por un sable.
Dejó discurrir su mano arrugada por la pierna del joven y acarició su duro tendón. Golpeó el amplio
pecho con sus nudillos, y oprimió y pinchó el pesado peto muscular que cubría sus hombros como una coraza. Al grupo se hablan añadido
curiosos transeúntes -mineros fornidos, montañeros y hombres de la
frontera, descendientes de los viejos pioneros de largas piernas y
anchos hombros. Imber los miró a todos, de uno en uno, y luego habló fuertemente en idioma
Whitefish.
"¿Qué ha dicho?", preguntó Dickensen.
"El decir que todos ser iguales, como ese policía", interpretó Jimmy.
El pequeño Dickensen se sintió pequeño, ¿y qué decir de Miss Travis? Dickensen se arrepintió de haber hecho la
pregunta.
El policía se compadeció de él e intentó romper la tensión. "Pienso que quizás haya algo cierto en su
historia. Lo llevaré al capitán para que lo interrogue. Dile que venga conmigo, Jimmy".
Jimmy dio rienda suelta a una nueva serie de espasmos guturales, e Imber gruñó y pareció satisfecho.
"Pero pregúntale lo que dijo, Jimmy, y qué pretendía cuando agarró mi brazo".
Así habló Emily Travis, y Jimmy transmitió la pregunta y recibió la respuesta.
"El decir tú no tener miedo", dijo Jimmy.
Emily Travis pareció complacida.
"El decir tú no ser skookum, no ser fuerte, sino muy suave como un pequeño bebé. El poder romperte en pedazos con sus dos manos. El pensar que ser muy divertido, muy extraño, cómo tú poder ser madre de hombres tan grandes, tan fuertes, como ese policía".
Emily Travis conservó sus ojos alzados y firmes, pero sus mejillas se tiñeron de escarlata. El pequeño Dickensen se enrojeció y estaba muy embarazado. El rostro del policía brilló con su sangre de muchacho.
"Ven conmigo", dijo ásperamente, empujando con sus hombros a la multitud y
abriéndose paso.
Así fue como Imber logró llegar hasta el cuartel, donde hizo una confesión
completa y voluntaria, y de cuyos recintos nunca más salió.
Imber parecía muy cansado. La fatiga de la desesperación y de la edad se dibujaba en su rostro. Sus hombros colgaban deprimentemente y sus ojos carecían de brillo. Su mata de pelo debería ser blanca, pero el sol y las inclemencias del tiempo la habían quemado y sacudido.
de forma que colgaba como algo fláccido, inerte y sin color. No parecía interesarse en lo que ocurría a
su alrededor. La audiencia estaba repleta de hombres procedentes de los yacimientos y de
los senderos, y había una nota siniestra en los runruneos de sus voces bajas, que llegaban hasta sus oídos como el rugido del mar desde las
profundas cavernas.
Estaba sentado cerca de la ventana, y sus ojos apáticos se posaban de vez en cuando en el melancólico paisaje exterior. El cielo estaba completamente cubierto, y caía una llovizna gris. Era la época de las inundaciones en el Yukón. El hielo
había desaparecido, y el río anegaba la ciudad. Por la calle principal, en canoas y barcas de pértigas, transitaba en todas direcciones el pueblo incansable. A menudo, veía a esas barcas doblar la esquina de la calle y entrar en la plaza inundada que marcaba el patio del cuartel. A veces desaparecían bajo él, y las oía chocar contra los troncos de la casa, mientras sus
ocupantes trepaban por la ventana. Después venía el chasquido del agua contra las piernas de los hombres,
cuando éstos se internaban por la habitación inferior y subían las escaleras. Y luego aparecían en el umbral de la puerta, con sus sombreros quitados y sus botas de agua chorreantes, y se añadían a la multitud
expectante.
Y mientras todos ellos centraban sus miradas en él y con torva
anticipación celebraban el castigo que tendría que sufrir, Imber les miraba y meditaba sobre sus modos de vida y sobre su ley que nunca dormía, que funcionaba sin cesar, tanto en los buenos tiempos como en los malos, en épocas de inundación y de hambre, en medio de los tumultos, el terror y
la muerte, y que funcionaría sin cesar, pensaba él, hasta el fin de los
tiempos.
Un hombre dio unos fuertes golpee sobre una mesa, y las conversaciones se ahogaron
en el silencio. Imber miró al hombre.
Parecía tener autoridad, y, sin embargo Imber intuía que el hombre de cejas cuadradas sentado al fondo de la sala, ante un pupitre, era el jefe de todos ellos, incluido el hombre que había dado los golpes. Otro hombre que ocupaba la misma mesa se levantó y comenzó a leer en voz alta unas hojas de papel. Al comienzo de cada hoja se aclaraba la garganta; al final, se humedecía los dedos.
Imber no comprendía su discurso, pero los otros sí lo comprendían, y
sabía que les producía enfado. A veces les producía mucho enfado, y en un momento determinado un hombre le maldijo, en monosílabos, convulsionado y tenso, hasta que uno de los hombres de la mesa dio unos golpes para que se callara.
El hombre leyó durante un período interminable. Su declamación monótona y zumbante le produjo sueño, e
Imber estaba soñando profundamente cuando el hombre cesó. Una voz le habló en su propia lengua
Whitefish, y él se despertó, sin sorpresa, para descubrir el rostro del hijo de su hermana, un joven que se había marchado hacía años para habitar entre los
blancos.
"Tú no te acuerdas de mí", dijo a modo de saludo.
"Sí", contestó Imber. "Tú eres Howkan, el que se marchó. Tu madre
murió".
"Era ya muy vieja", dijo Howkan
Pero Imber no le oía, y Howkan, con la mano en su hombro, le despertó de nuevo.
"Yo te diré lo que el hombre ha dicho, que es la relación de los males
que tú has hecho y que tú mismo contaste, ¡oh, desdichado!, al Capitán Alexander. Y tú me escucharás y me dirás si es cierto o no es cierto. Así está
mandado".
Howkan había caído entre la gente de la misión, donde le habían enseñado a leer y
escribir. En sus manos sostenía las cuartillas que el hombre habla leído en voz alta, las mismas que había redactado un empleado cuando
Imber hizo su primera confesión, por boca de Jimmy, ante el Capitán Alexander. Howkan comenzó a leer.
Imber escuchó durante unos instantes, pero pronto una expresión de asombro se dibujó en su
rostro y le interrumpió abruptamente.
"Estas son mis palabras, Howkan. Pero salen de tus labios sin que tus oídos
la hayan escuchado".
Howkan sonrió con autosuficiencia. Su pelo estaba partido por la mitad. "No, salen del papel, oh
Imber. Nunca las escucharon mis oídos. Salen del papel, a través de mis ojos, hacia
mi cabeza, y de mi boca hacia ti. Así salen".
"¿Así salen? ¿Están allí, en el papel?". La voz de
Imber se ahogó en un murmullo de espanto, al tiempo que hacía crujir las cuartillas entre sus dedos y observaba los caracteres garabateados en ellas. "Es una gran maravilla, Howkan, y tú eres un productor de encantos".
"No es nada, no es nada", respondió el joven despreocupadamente y con orgullo. Leyó al azar un extracto del documento: "En aquel año, antes de que se rompiera el hielo, llegaron un viejo y un muchacho a quien le faltaba un pie. A estos
también los maté, y el viejo hizo mucho ruido...
"Es cierto", interrumpió Imber sin aliento.
"Hizo mucho ruido y tardó mucho en morir. ¿Pero cómo lo sabes, Howkan? ¿Quizás te lo dijo el jefe de los
hombres blancos? Nadie me vio, y sólo a él se lo conté".
Howkan movió la cabeza con Impaciencia. "¿No te he dicho, estúpido, que está en el papel?"
Imber observó atentamente la superficie cubierta de garabatos de tinta.
"¿Al igual que el cazador contempla la nieve y dice: "Por aquí pasó ayer un conejo; y aquí, agazapado junto al sauce, permaneció y escuchó, y oyó, y tuvo miedo; y aquí volvió sobre sus pasos; y de aquí partió con gran rapidez, a grandes saltos; y aquí llegó con mayor rapidez y saltos mayores, un
lince; y aquí, donde las garras se hunden en la nieve, el lince dio un salto enorme; y aquí le alcanzó, con
el conejo y patas arriba; y aquí comienzan los rastros del lince solo, y ya no hay más
conejos". al igual que el cazador contempla las huellas en la
nieve y dice esto y aquello y aquí y allí, así tú, también contemplas el papel y dices esto y aquello, y aquí y allí están las cosas que hizo el viejo
Imber?"
"En efecto", dijo Howkan. "Y ahora escucha, y guarda tu lengua materna entre los dientes hasta que se te llame a declarar".
A partir de este momento, y durante un largo tiempo, Howkan le leyó la confesión, e
Imber permanecía meditabundo y silencioso. Al final dijo:
"Son mis palabras, y son ciertas, pero me estoy volviendo viejo, Howkan y ahora me vuelven cosas olvidadas que estaría bien que las supiera aquel hombre de allí, el que manda. En primer lugar, está el hombre que vino de las Montañas de Hielo, con astutas trampas de hierro, a cazar el castor del
Whitefish. Lo maté también. Y están los tres hombres que buscaban oro a lo largo del
Whitefish. También los maté y los dejé como pasto para los lobos. Y en los Cinco Dedos había un hombre con una balsa y mucha carne".
En las pausas que Imber hacía para recordar, Howkan traducía y un escribiente reducía sus palabras a escritura. La audiencia escuchaba impasiblemente la relación sin adornos de todas las pequeñas tragedias, hasta que Imber habló de un pelirrojo bizco al que había matado desde una distancia notablemente larga.
""Maldición!", dijo un hombre que se hallaba en las primeras filas de los espectadores. Lo dijo conmovedora y afligidamente. Era pelirrojo. "¡"Maldición!", repitió. "Era mi hermaro
Bill". Y a intervalos regulares, a todo lo largo de la sesión, se escuchó en la audiencia su solemne
"¡Maldición!"; ni sus camaradas le refrenaron, ni el hombre de la mesa lo llamó al orden.
La cabeza de Imber se agachó una vez más, y sus ojos se apagaron, como si una membrana se hubiera tendido ante ellos y los ocultara del mundo. Y soñó, como sólo los viejos pueden soñar, en la colosal futilidad de la juventud.
Poco después, Howkan volvió a despertarle diciendo: "Levántante, oh
Imber. Te ordenan que digas por qué hiciste todos esos males, y mataste a esa gente, y por qué al final viniste
aquí en busca de la ley".
Imber se puso de pie y, debilitado, comenzó a oscilar hacia adelante y hacia atrás. Empezó su discurso en voz baja y apagadamente
ronca, pero Howkan le interrumpió.
"Este viejo está loco", dijo en inglés al hombre de las cejas cuadradas.
"No dice más que disparates, habla como un niño".
"Escucharemos lo que dice aunque hable como un niño", dijo el hombre de las cejas cuadradas. "Y lo escucharemos palabra por palabra, a medida que hable, ¿me entiendes?"
Howkan entendió, y los ojos de Imber se iluminaron, pues había presenciado el juego entre el hijo de su hermana y el hombre de la
autoridad. Y entonces comenzó la historia, la epopeya de un patriota de piel de bronce para las generaciones venideras. La multitud permaneció sumergida en un extraño silencio, y el juez de
las cejas cuadradas apoyó la cabeza en su mano y ponderó su alma y el alma de su raza. Sólo se escuchaban los tonos
profundos de Imber, alternándose rítmicamente con la voz chillona del intérprete, y, de vez en cuando, como las campanas del Señor, con el asombrado y meditativo "¡Maldición!" del pelirrojo."Yo soy
Imber del pueblo Whitefish", así discurría la interpretación de
Howkan, cuyo inherente barbarismo se iba apoderando de él, y que iba
perdiendo la cultura aprendida en la misión y la venerada civilización a medida que asumía el tono y ritmo salvajes de la narración de Imber. "Mi padre fue Otsbaok, un hombre fuerte. La tierra estaba al
abrigo del sol y de la alegría cuando yo era un muchacho. La gente no tenía avidez de cosas nuevas, ni prestaba oídos a nuevas voces, y el modo de vida de sus padres era su modo de vida. Las mujeres encontraban favor en
los ojos de los jóvenes, y los jóvenes las miraban con satisfacción. Los recién nacidos colgaban de
los pechos de las mujeres, y ellas estaban contentas con el aumento de la tribu. Los hombres eran hombres en aquellos tiempos. En la paz y en la prosperidad, en la guerra y en el hambre, eran hombres.
"En aquel tiempo habla más peces en el agua que ahora y más carne en el bosque. Nuestros perros eran lobos protegidos por una piel gruesa y resistentes al hielo y a la tormenta. E igual que nuestros perros también nosotros éramos resistentes al hielo y a la tormenta. Y cuando los
Pellys llegaron a nuestras tierras, los matamos y fueron exterminados. Pues éramos hombres, nosotros, los
Whitefish, y nuestros padres y los padres de nuestros padres habían luchado contra los
Pellys y habían determinado los límites de nuestras
tierras.
"Como he dicho, igual que nuestros perros éramos nosotros. Y un día llegó el primer hombre blanco. Se arrastraba así, a gatas, sobre la nieve y su piel estaba muy apretada, y se le veían los huesos debajo. Nunca existió un hombre semejante, pensamos, y nos preguntamos a qué extraña tribu pertenecía, y de qué país procedía. Y estaba débil, absolutamente débil, como un niño pequeño, de modo que le hicimos un lugar junto al fuego, y le entregamos pieles calientes para que se echara sobre ellas, y
le dimos alimentos como si se tratara de un niño".
"Y con él iba un perro, tan grande como tres de nuestros perros, y muy débil. El pelo de este perro era corto, y no abrigaba, y su cola se había congelado hasta tal punto que su punta se cayó en pedazos. Y alimentamos a este extraño perro, y lo recostamos junto al fuego, y apartamos de él a nuestros perros, que si no lo habrían matado. Y el hombre y el perro
recobraron sus fuerzas con la carne de alce y con el salmón secado al sol; y, al recobrar fuerzas se agrandaron y perdieron miedo. Y el hombre emitió palabras altas y se rió de los viejos y de los
jóvenes, y miró descaradamente a nuestras doncellas. Y el perro
luchó con nuestros perros, y, a pesar de su pelo corto y de su debilidad, mató a tres de ellos en un día.
"Cuando le preguntamos al hombre por su pueblo, dijo: «Tengo muchos
hermanos, y se rió de un modo que no era bueno. Y cuando ya hubo recobrado todas sus fuerzas, se marchó, y con él marchó Noda, la
hija del jefe. Después de esto, una de nuestras perras parió. Y nunca habíamos visto semejante progenie de perros: cabeza grande, gruesas mandíbulas y pelo corto, e inútiles. Recuerdo muy bien a mi padre, Otsbaok, un hombre fuerte. Su rostro se puso negro de cólera ante aquella inutilidad, agarró una piedra, así, y así, y ya no hubo más inutilidad. Y dos veranos después de esto volvió Noda a nuestra tierra con un hijo del hombre en sus
brazos.
"Y eso fue el comienzo. Llegó un segundo hombre blanco, con perros de pelo corto, que dejé tras él cuando partió. Y con él partieron seis de nuestros perros más fuertes, por los que dio, en trueque, a Koo-So-Tee, hermano de
mi madre, una estupenda pistola que hacía fuego seis veces seguidas con gran rapidez. Y Koo-So-Tee se agrandó con su pistola, y se rió de nuestros arcos y de nuestras flechas. «Cosas de mujeres», los llamó y salió al encuentro del oso de cara pelada con la pistola en la mano. Ahora sabemos que no es bueno cazar al cara pelada con una pistola, ¿pero cómo lo íbamos a saber? ¿Y cómo lo iba a saber Koo-So-Tee? De modo que salió al encuentro del cara pelada, muy bravo, y disparó su pistola seis veces con gran rapidez; y el cara pelada se
limitó a gruñir y a lanzarse sobre su pecho como si fuera un huevo, y esparció los sesos de Koo-So-Tee por el suelo como sí fueran miel de un nido de abeja. Era un buen cazador, y no hubo nadie que trajera carne a su
sqaw y a sus hijos. Y sentimos amargura, y dijimos: «Lo que es bueno para el blanco, no es
bueno para nosotros». Y esto es cierto. Los blancos son muchos y gordos, pero su modo de vida nos ha vuelto pocos y
delgados.
"Llegó el tercer hombre blanco, repleto de todo tipo de alimentos fantásticos y de cosas. Y nos tomó en trueque veinte de nuestros perros más fuertes. También, a cambio de
presentes y grandes promesas, se llevó consigo diez jóvenes cazadores para un viaje por tierras que nadie conocía. Se dijo
que murieron en la nieve de las Montañas de Hielo donde nunca ha estado el hombre, o en las Colinas del Silencio que están más allá del borde de la Tierra. Sea lo que fuere, los perros y los jóvenes cazadores no fueron vistos nunca más por el pueblo
Whitefish.
"Y con los años llegaron más hombres blancos y siempre, a cambio de monedas y de presentes, se llevaban con ellos a los jóvenes. Y a veces los jóvenes volvían contando extrañas historias de peligros y de trabajos fatigosos en las tierras que están más allá de los
Pellys, y a veces no volvían. Y nosotros dijimos: "Si estos hombres
blancos no le tienen miedo a la vida, es porque tienen muchas vidas; pero nosotros, los
Whitefish, somos pocos, y ningún otro joven saldrá de aquí". Pero los jóvenes
partieron; y también partieron las jóvenes; y quedamos muy
tristes.
"Es cierto, comimos harina y tocino salado, y bebimos té, lo cual era un gran placer; sólo que, cuando no podíamos obtener té, era una gran contrariedad y nos volvíamos taciturnos y coléricos. Así comenzamos a tener avidez de las cosas que los blancos traían para comerciar. ¡Comercio! ¡Comercio! ¡Todo el tiempo comercio!
Un invierno vendimos nuestra carne a cambio de relojes de pared que no marchaban, y de relojes de pulseras con las entrañas rotas, y de limas completamente lisas, y de pistolas sin cartuchos e inútiles. Y entonces sobrevino el hambre, y no teníamos carne, y muchos murieron antes de la llegada de la primavera.
"Ahora nos hemos vuelto débiles" dijimos,
"y los Pellys caerán sobre nosotros y borrarán los
límites de nuestro territorio". Pero lo mismo que ocurría con nosotros, ocurría con los
Pellys, y estaban demasiado debilitados para venir a
pelear con nosotros.
"Por aquel entonces, mí padre, Otsbaok, un hombre fuerte, era viejo y muy sabio. Y le habló al jefe, diciendo: "Mira, nuestros perros ya no valen nada. Ya no tienen un pelaje grueso
ni son fuertes, y mueren con la helada y el arnés. Vayamos a la aldea y matémoslos, salvando únicamente a los perros lobos, y a éstos soltémoslos en la noche para que se acoplen con los lobos salvajes del bosque. Así
tendremos de nuevo perros resistentes y fuertes".
"Y sus palabras fueron escuchadas, y nosotros, los Whitefish, adquirimos renombre por nuestros perros, que eran los mejores de la región. Pero no éramos conocidos por nosotros mismos. Nuestros jóvenes de uno y otro sexo se habían ido con los blancos deambulando
por senderos y ríos hasta lejanas tierras. Y las jóvenes volvían viejas y destrozadas tal como había vuelto Noda, o
ya no volvían. Y los jóvenes volvían a sentarse junto a nuestro fuego por un tiempo, llenos de malas palabras y modales groseros, bebiendo malas bebidas y jugando día y noche, siempre con una gran inquietud en sus corazones, hasta que llegaba a ellos la llamada de los blancos y partían de nuevo a tierras desconocidas. Y no tenían honor ni respeto,
mofándose de las viejas costumbres y riéndose en la cara del jefe y de los shamanes.
"Como he dicho, nosotros los Whitefish, nos habíamos vuelto una raza débil. Vendíamos nuestras
pieles de abrigo y nuestros forrajes por tabaco y whisky, y por prendas de lino algodón que nos dejaban tiritando en medio del frío. Y la enfermedad de la tos se apoderó de nosotros, y los hombres y las
mujeres tosían y transpiraban a lo largo de las noches, y los cazadores escupían
sangre sobre la nieve de los senderos. Hoy uno, mañana otro, muchos comenzaron a sangrar abundantemente por la boca y
murieron. Y las mujeres parían pocos niños, y los parían muy débiles
y propensos a la enfermedad. Y otras enfermedades nos trajeron los blancos, enfermedades que nunca habíamos visto y que no podíamos entender. He oído que a
esas enfermedades las llamaban viruela y sarampión, y moríamos de ellas como muere el salmón en los remansos, cuando sus huevos al caer, pierden el caparazón y no hay razón para que sigan viviendo.
"Y además -y en ello radica lo extraño de todo esto- los blancos llegan como el aliento de la muerte; todos sus caminos conducen a la muerte, sus gargantas están llenas de muerte; y sin embargo no mueren. Suyos son el
whisky y el tabaco, y los perros de pelo corto; suyas, las múltiples enfermedades, la viruela y el sarampión, la tos y el sangrar por la boca;
blanca es su piel, y suave ante el hielo y la tormenta y suyas son las pistolas que hacen fuego seis veces con gran rapidez y que no sirven. Y sin embargo engordan en sus múltiples enfermedades, y prosperan, y extienden una mano pesada sobre todo el mundo, y pisotean poderosamente a los pueblos. Y sus mujeres, a su vez, son suaves como
recién nacidos, frágiles, y aunque nunca quebrantadas, y son las madres de los hombres. Y de toda esta suavidad, enfermedad y debilidad, brota la fuerza, el poder y la autoridad. Si son dioses o demonios, no lo sé. ¿Qué puedo saber yo... yo, el viejo
Imber de los Whitefish? Sólo sé que estos hombres blancos están más allá del entendimiento, y que son los mayores aventureros y luchadores que existen en la
tierra.
"Como he dicho, la carne del bosque escaseó más y más. Es cierto, el rifle del blanco es excelente y mata desde muy lejos; pero ¿de qué sirve un rifle si no hay carne que matar? Cuando era un muchacho en el
Whitefish había alces en todas las colinas, y cada año aparecían
inumerables caribús. Pero ahora el cazador puede seguir un rastro diez días y no ver un solo alce, mientras los innumerables
caribús ya no aparecen. De poco sirve un rifle, digo yo, que mate desde muy lejos, cuando no hay nada que matar.
"Y yo, Imber, medité en estas cosas, observando, mientras, cómo perecían los
Whitefish, y los Pellys, y todas las tribus de estas tierras, del mismo modo que perecía la carne del bosque. Medité largo tiempo. Hablé con los
shamanes y con los viejos sabios. Me alejé, para que los sonidos de la aldea no me molestaran, y no comí carne para que mi vientre no me
pesara ni me adormeciera el ojo y el oído. Estuve sentado largo tiempo sin dormir en el bosque, con los ojos al acecho del signo, y con orejas pacientes y atentas a la palabra que iba a pronunciarse. Y deambulé, solo en la oscuridad de la noche, hasta llegar a la ribera del río, donde gemía el viento y sollozaba el agua, y donde las almas de los viejos
shamanes que habitaban en los árboles, de los muertos y de los que se habían ido, me
infundieron sabiduría.
"Y al final, como si fuera una visión, se me aparecieron los detestables perros de
pelo corto, y el camino a seguir pareció claro. Por la sabiduría de
mi padre, Otsbaok, un hombre fuerte, se había conservado limpia la sangre de nuestros perros lobos, y por lo tanto seguían teniendo un pelaje que los abrigaba y eran fuertes en el arnés. De modo que volví a mi aldea e hice un discurso ante los hombres. «Estos hombres blancos pertenecen a una tribu», dije. «Una tribu muy grande, y sin duda ya no hay carne en su tierra y han venido a la nuestra para hacerse un nuevo hogar. Pero nos debilitan y morimos. Son gente muy hambrienta. Nuestra carne ya ha desaparecido y, si queremos vivir, lo mejor será
que hagamos con ellos lo mismo que hicimos con sus perros.
"Y todavía hice un discurso más largo, incitando a la lucha. Y los hombres del
Whitefish escuchaban, y unos decían una cosa, y otros otra, y los de más allá hablaban de cosas Inútiles, y nadie habló bravamente de hechos y de guerra. Pero mientras los jóvenes eran débiles como el agua y tenían miedo, me
di cuenta que los viejos permanecían en silencio, y que en sus ojos
centelleaba el fuego. Y más tarde, cuando la aldea dormía y nadie se daba cuenta, conduje a los
viejos al bosque y seguí mi discurso. Y todos estábamos de acuerdo, pues recordábamos los días felices de la juventud, la tierra libre, las épocas de abundancia, la alegría y la luz del sol; y nos
llamamos unos a otros hermanos, y juramos guardar el secreto y limpiar la tierra de esa raza
maligna que había llegado. Pueden ahora tacharnos de locos, pero ¿cómo íbamos a saberlo nosotros,
los viejos del Whitefish?
"Yo para dar bríos a los otros, fui el primero en actuar. Monté guardia en el Yukón hasta que descendió la primera canoa. En ella iban dos blancos, y cuando me puse en
pie sobre la ribera y levanté mi mano, cambiaron de rumbo y se dirigieron hacia mí. Y cuando el hombre que estaba en la proa estiró la cabeza para saber
mis intenciones, mi flecha resonó a través del aire hasta incrustarse en su garganta, y las supo. El segundo hombre, que sostenía el remo en la popa, tenía ya el rifle casi en el hombro cuando a primera de mis tres lanzas le
atravesó.
"Estos serán los primeros", dije a los viejos reunidos en torno mío.
«Más adelante juntaremos a todos los viejos de todas las tribus, y luego a los
jóvenes todavía fuertes, y el trabajo resultará más fácil.»
"Y entonces arrojamos al río los dos blancos muertos. Y con la canoa que era muy buena, hicimos una hoguera, e hicimos una hoguera también con las cosas que había dentro de la canoa. Pero antes examinamos las cosas, y vimos que eran bolsas de piel y las abrimos
con nuestros cuchillos. Y dentro de estas bolsas había muchos papeles, como ése que has leído, oh Howkan, llenos de marcas que nos maravillaron y no
pudimos comprender. Ahora ya he adquirido sabiduría, y sé que representan las palabras de los hombres tal como
dijiste".
Un murmullo y un cuchicheo se extendieron por la audiencia cuando Howkan terminó de explicar el asunto de la canoa, y se escuchó la voz de un hombre: "Eso fue la pérdida del correo del 91, que traían Peter James y Delaney; Mattews fue el último en hablar con ellos al partir". El empleado comenzó a hacer garabatos con mano firme, y un nuevo capítulo se añadió a la historia del Norte.‘
"Queda poco por contar", prosiguió Imber lentamente. "En aquel papel están las cosas que hicimos. Eramos viejos y no entendíamos. Yo mismo, Imber, no las entiendo ahora. Matamos secretamente, y continuamos matando, pues con el paso de los años habíamos adquirido experiencia y habíamos aprendido la rapidez de caminar sin prisa. Cuando los blancos se nos acercaban con negras miradas y rudas palabras, y nos arrebataban a seis de nuestros jóvenes sujetándolos con cadenas y reduciéndolos a la impotencia, sabíamos que nuestro deber
era seguir matando. Y uno tras otro, nosotros, los viejos, remontábamos el río o descendíamos hacia las tierras desconocidas. Fue
una gran hazaña. Eramos viejos y no teníamos miedo, aunque el miedo de las tierras lejanas es un miedo terrible para los hombres que ya son
viejos.
"Así fue como matamos, sin prisa y con habilidad. Matamos en el
Chilcoot y en el Delta, desde los pasos al mar, en todos los lugares donde los blancos acampaban o abrían senderos. Es cierto, murieron, pero de nada
sirvió. Seguían viniendo a través de las montañas, seguían creciendo y creciendo en número, mientras que nosotros, viejos ya, éramos cada vez menos. Recuerdo el campamento de un blanco, junto al
Caribon Crossing. Era un blanco muy pequeño, tres de los viejos cayeron sobre él mientras dormía. Y al día siguiente llegué yo y los encontré a los cuatro. El blanco era el único que todavía respiraba y tuvo
aliento suficiente para maldecirme con saña antes de morir.
"Y así ocurría con todos los viejos, hoy con uno, mañana con otro. A veces la noticia nos
llegaba mucho después de haber muerto, y a veces no nos llegaba nunca. Y los viejos de las otras tribus estaban débiles y tenían miedo, y no querían unirse a nosotros. Como he dicho, uno
tras otro, todos murieron, hasta que sólo quedé yo. Yo soy Imber, del pueblo
Whitefish. Mi padre fue Otsbaok, un hombre fuerte. Ahora ya no quedan
Whitefish. De los viejos yo soy el último. Los jóvenes de ambos sexos se han marchado, unos a vivir con los
Pellys, otros con los Salmons, y la
mayoría con los blancos. Ya soy muy viejo y estoy muy cansado, y como era inútil luchar contra la ley, como tú has dicho, Howkan, he venido en busca de la
ley".
"Oh Imber, realmente estás loco", dijo Howkan.
Pero Imber estaba soñando. El juez de las cejas cuadradas soñaba igualmente, y ante él
se alzaba toda su raza en una poderosa fantasmagoría, su raza calzada de acero, revestida de correos postales, legisladora y creadora del mundo entre las familias de los hombres. La vio amanecer tiñendo el cielo de rojo, sobre los bosques
oscuros y los mares sombríos; la vio resplandecer; sangrienta y roja, en un mediodía pleno y triunfante; y vio, bajo la ladera en sombras, cómo las arenas rojas y ensangrentadas se precipitaban en la noche. Y a través de todo ello
contempló la ley, despiadada y poderosa, nunca torcida y siempre imperiosa, mayor que las motas de hombres que las cumplían o que eran aplastados por
ella, e igualmente mayor que él, cuyo corazón le inducía a la suavidad.
(*)
(*)
Fuente: Jack London, "La liga de los ancianos",
en El cuento norteamericano del siglo XlX, Buenos Aires,
Centro Editor de América Latina, 1977, pp.161-180; traducción de
Carlos Trías).
EL
BURLADO
|

Jack
London en Alaska. |
Era
el final, Subienkov había recorrido un largo camino de horror y
amargura, como una paloma que volvía a casa, hacia las capitales de
Europa y aquí, más lejos que nunca, en la América rusa, acababa
el sendero. Estaba sentado en la nieve, con los
brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad a un enorme cosaco,
tumbado en la nieve, gimiendo de dolor, que tenía ante él.
Subienkov miró y se estremeció. No tenía miedo a morir. Había arriesgado demasiado su vida, en el duro camino que iba desde
Varsovia a Nulato, para estremecerse ante el simple hecho de morir. Pero se oponía a la tortura. Ofendía su espíritu. Y esa ofensa, a su vez, no se debía al dolor que
tenía que
soportar, sino al triste espectáculo que el dolor haría de él. Sabía que rezaría y rogaría y suplicaría como Iván y los otros
que le habían precedido. No sería
agradable. Morir valiente y limpiamente, con una
sonrisa y una burla, ¡esa es la manera!. Pero
perder el control, trastornar el espíritu con los tormentos de la
carne, chillar y farfullar, como un simio, convertirse en la mayor
de las bestias, ah!, eso era lo terrible.
No había tenido ocasión de escapar. Desde el
principio, cuando sonó el ardiente sueño de la independencia de
Polonia, se convirtió en un títere en manos del destino. Desde el principio, en Varsovia, en San Petersburgo, en las minas de
Siberia, en Kamchatka, en los enloquecidos barcos de los ladrones de
pieles, el destino lo había encaminado hacia este final. Sin duda, en los comienzos del mundo estaba escrito este final, para
él, tan fino y sensible, con los nervios a flor de piel, que era un
soñador, un poeta, un artista. Antes de que nadie
imaginara su existencia, se sentenció que él palpitante manojo de
sensibilidad que lo constituía sería condenado a vivir en una
brutalidad cruda y aullante, y a morir en esta lejana tierra de la
noche, en este oscuro lugar, más allá de los últimos confines del
mundo.
Suspiro. Así que eso que tenía ante él era el
Gran Iván; Gran Iván, el gigante, el hombre sin nervios, el hombre
de hierro, el cosaco convertido en filibustero de los mares, tan
flemático como un buey, con un sistema nervioso tan bajo, que el
dolor de un hombre normal apenas era para él un cosquilleo. Bien, bien, confía en estos indios nulatos para encontrar los
nervios del Gran Iván y seguirlos hasta la raíz de su espíritu
estremecido. Indudablemente lo estaban
consiguiendo. El Gran Iván estaba pagando por su
bajo estado nervioso. Ya había durado el doble
que cualquiera de los otros.
Subienkov sintió que no podía soportar los sufrimientos del cosaco
por más tiempo. ¿Por qué no moría Iván?
Se volvería loco, si los gritos no cesaban. Pero,
cuando cesaran, llegaría su turno. Y ahí estaba Yakaga esperándole,
sonriéndole de antemano; Yakaga, a quien la semana pasada había
echado del fuerte, y sobre cuya cara había cruzado su látigo de
perros. Yakaga le estaba reservando torturas más
refinadas, sus horrores más exquisitos. ¡Ah! Por
él modo en que gritó Iván debió de ser un buen golpe. Las indias inclinadas sobre él dieron un paso atrás con palmas y
carcajadas. Subienkov vio la acción
monstruosa que había perpetrado y empezó a reír histéricamente. Los indios le miraron, sorprendidos de que ser riera. Pero Subienkov no podía dejar de hacerlo.
Esto no podía ser. Se controló. Las sacudidas
espasmódicas se fueron calmando lentamente. Intentó pensar en otras cosas, y comenzó a leer en su propio
pasado. Recordó a su madre y a su padre, y al
pequeño poney moteado, y al tutor francés que le había enseñado
a bailar y dejado a hurtadillas un viejo y manoseado ejemplar de
Voltaire. De nuevo vio el alocado grupo de jóvenes
que soñaron, como él, el sueño de una Polonia independiente, con
un rey polaco en el trono de Varsovia. Ah, ahí
es donde comenzaba el largo camino. Bueno, él había
durado más que ninguno. Uno por uno, empezando con
los ejecutados en San Petersburgo, contó las muertes de aquellos
espíritus valientes. Uno había muerto a
consecuencia de la paliza que le había propinado un carcelero;
otro, en ese sangriento sendero del exilio, que habían recorrido
durante meses interminables, golpeados y maltratados por sus
guardias cosacos, y otro había caído por el camino. Siempre había habido salvajismo: salvajismo brutal y bestial.
Habían muerto de fiebre, en las minas bajo el látigo. Los dos últimos murieron después de la huida,
en la batalla con los cosacos, y solo él había conseguido llegar a
Kamchatka con los papeles y el dinero de un viajero que había
dejado sobre la nieve.
Todo
había sido brutalidad. Todos los años, con su corazón en los
estudios, los teatros y las cortes, había estado cercado por la
brutalidad. Había comprado su vida con sangre. Todos habían
pactado. El había matado a aquel viajero por su
pasaporte. Había demostrado que era un hombre de talento, batiéndose
a duelo con dos oficiales rusos en el mismo día. Había tenido que
someterse a prueba para ganarse un puesto entre los ladrones de
pieles. Había tenido que ganarse el puesto. Tras él quedaba el largo e interminable camino que cruzaba Siberia
y Rusia. No podía escapar por ahí, la única
forma era seguir adelante, cruzando el oscuro y helado mar de Bering
hasta Alaska. El camino le había llevado de una
brutalidad a otra todavía mayor. En los barcos
podridos de escorbuto de los ladrones de pieles, sin comida y sin
agua, acosados por las interminables tormentas de ese mar
tormentoso, los hombres se convirtieron en animales.
Tres veces había navegado hacia el este de Kamchatka. Y otras tres, tras todo tipo de penalidades y sufrimientos,
los supervivientes habían vuelto a Kamchatka. No
había posibilidad de escapar, y no podía volver por donde había
venido, las minas y el látigo lo esperaban.
De nuevo, por cuarta y última vez, navegó hacia el este. Fue uno de los primeros en encontrar la legendaria Isla de las
Focas; pero no volvió con ellos para compartir las riquezas de las
pieles en las enloquecida orgías de Kamchatka. Juró que nunca volvería atrás.
Sabía que, para
ganar las queridas capitales de Europa, debía seguir adelante. Por tanto, cambio de barco y permaneció en la oscura nueva tierra. Sus compañeros eran cazadores de esclavos y aventurero rusos,
mongoles y tártaros y aborígenes siberianos, y, a través de los
salvajes del Nuevo Mundo, abrieron un camino de sangre. Habían
exterminado poblados enteros que se habían negado a pagar el
tributo de pieles; y ellos, a su vez, habían sido exterminados por
los tripulantes de otros barcos. El y un
finlandés habían sido los únicos supervivientes de una de estas
tripulaciones. Se pasaron un invierno en soledad y
hambre en una desierta isla de las Aleutianas, y su rescate en
primavera, por otro barco de pieles, había sido una posibilidad
entre mil.
Pero el terrible salvajismo siempre le había cercado. Pasando de un barco a otro, negándose siempre a volver, había
llegado a un barco que iba a explorar el sur. A lo
largo de la costa de Alaska no encontraron más que hordas de
salvajes. Cada anclaje entre las abruptas islas, o
bajo los hoscos acantilados de tierra firme, había significado una
batalla o una tormenta. O soplaban
temporales, amenazando destrucción, o las canoas de guerra se
acercaban, tripuladas por nativos vociferantes con la pintura de
guerra en sus rostros, que venían a conocer las virtudes
sangrientas de la pólvora de los piratas del mar. Al sur, siempre al sur, navegando hasta las míticas tierras de
California. Aquí, se decía, vivían aventureros
españoles, que habían abierto camino desde México. Había puesto su esperanza en esos aventureros españoles. Encontrándose con ellos, lo demás hubiera sido fácil. ¿Qué importaban un año o dos,
más o menos? Y llegaría a México,
luego un barco, y Europa sería suya.
Pero no había
encontrado a ningún español. Sólo habían
encontrado el mismo e impenetrable muro de salvajismo. Los habitantes de los confines del mundo, pintados para la guerra,
los habían expulsado de las costas. Por fin,
cuando el barco fue apresado y cada uno de sus hombres muerto, el
comandante abandonó la empresa y regresó al norte.
Pasaron los años. Había servido bajo Tebenkoff,
cuando se construyó el reducto de Michaelovski. Pasó dos años en la región de
Kuskokwim. Dos
veranos, en el mes de junio, había conseguido llegar al estrecho de
Kotzebue. Aquí, en esta época, las tribus se
reunían para traficar; se encontraba pieles moteadas de venado de
Siberia, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas del
Artico, extraños candiles de piedra, pasados de tribu en tribu
desde tiempos que nadie recordaba, y, una vez, un cuchillo de caza
de fabricación inglesa; aquí supo Subienkov que estaba la escuela
donde aprender geografía. Conoció a esquimales
del estrecho del Norton, de la isla de King y de la isla de San
Lorenzo, de Cabo Príncipe de Gales y Punta Barrow. Tales lugares tenían otros nombres, y sus
distancias se median en jornadas. Era una vasta región de la cual procedían estos salvajes, y una
región aun más vasta de donde, por intercambios repetidos, procedían
sus candiles de piedra y el cuchillo de acero.
Subienkov amenazaba, halagaba y sobornaba. Ante él
aparecía todo viajero que viniera de lejos o todo extraño hombre
de tribu. Se hablaba de peligros incontables e
inimaginables, así como de bestias salvajes, de tribus hostiles, de
bosques impenetrables, y de grandes cordilleras montañosas. Pero siempre
venía de allende el rumor y la historia de hombres de
piel blanca, ojos azules y cabellos rubios que luchaban como
demonios y siempre buscaban pieles. Estaban al
este, lejos, muy lejos, al este. Nadie los había
visto. Era un rumor que había pasado de boca en
boca.
Era
una escuela difícil. Uno no podía aprender geografía demasiado
bien a través de extraños dialectos, de oscuras mentes que
mezclaban la realidad con la fábula, y que medían distancias en
"dormidas", que variaban según la dificultad del camino. Pero al fin
llegó el rumor que envalentonó a Subienkov. Al este se extendía un gran río donde estaban estos hombres de
ojos azules. El río se llamaba Yukon. Al sur de fuerte Michaelovski desembocaba otro gran río que los
rusos conocían con el nombre de Kwikpak. Corría
el rumor de que estos dos ríos eran el mismo.
Subienkov regresó a Michaelovski. Durante un año
insistió en organizar una expedición por el Kwikpak. Entonces apareció Malakoff, el mestizo ruso,
para dirigir la más alocada y feroz de las hordas infernales de
aventureros mestizos que jamás cruzaron Kamchatka. Subienkov era su teniente. Se abrieron paso por
los laberintos del gran delta del Kwikpak, atravesaron las primeras
colinas bajas de la orilla norte, y a lo largo de quinientas millas,
en canoas de piel cargadas hasta el borde de mercancías y
municiones, lucharon contra la corriente de cinco nudos de un río
que corría de dos a diez millas de ancho en un canal de muchas
brazas de profundidad.
Malakoff decidió
construir el fuerte en Nulato. Subienkov instó a
seguir adelante. Pero rápidamente se reconcilió
con Nulato. El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar. A
comienzos del año siguiente, cuando se derritiera el hielo,
desaparecería por el Kwikpak y lo remontaría hasta las factorías
de la compañía de la Bahía de Hudson. Malakoff
nunca había oído el rumor de que el Kwikpak era el Yukon, y
Subienkov no se lo dijo.
Vino la construcción del fuerte. Fue una labor
obligada. Los muros de hileras de troncos se
levantaron con los suspiros y quejidos de los indios nulatos. El látigo restallaba sobre sus espaldas, y era la mano de hierro de
los filibusteros del mar la que hacía crujir el látigo. Había indios que huían, y, cuando eran capturados, se los traía
de nuevo, y se los tendía de bruces ante el fuerte, donde ellos y
su tribu aprendieron la eficacia del látigo. Dos
murieron bajo él; otros quedaron mutilados de por vida; y el resto
aprendió la lección y no volvieron a escapar. La nieve
cayó; y el resto aprendió la lección y no volvieron a
escapar. La nieve se precipitó antes de que el fuerte
estuviera terminado, y entonces llegaba la época de las pieles.
Se impuso un fuerte tributo a la tribu. Los golpes
y azotes continuaron, y el tributo se pagó. Se
tomaron mujeres y niños como rehenes y se los trató con la crueldad
que sólo conocían los ladrones de pieles.
Había sido, pues, una siembra de sangre, y ahora había llegado la
cosecha. El fuerte había desaparecido. A la luz de sus llamas, la mitad de los ladrones
de pieles murieron a cuchillo, la otra mitad había muerto
torturada. Sólo quedaba Subienkov, o Subienkov y
el Gran Iván, si es que esa masa gimiente y lloriqueante podía
llamarse Gran Iván.
Subienkov vio a Yakaga. La marca del látigo estaba aún en su cara. Después
de todo, Subienkov no le culpaba, pero le disgustaba pensar en lo
que Yakaga le haría. Pensó en apelar a Makamuk,
el jefe de la tribu; pero su sentido común le decía que tal
apelación sería inútil. También pensó en romper
sus ligaduras, las correas de caribú eran más fuertes que él. Y pensando, le vino otra idea.
Pidió ver a
Makamuk, y que le trajeran un interprete que conociera el dialecto
de la costa.
-Oh,
Makamuk-dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre, y
sería necedad que yo
muriera. De verdad, no moriré. No soy como esa carroña.
Miró la masa gimiente que fuera el Gran Iván, y lo movió
despectivamente con un pie.
-Soy
demasiado sabio para morir. Poseo una gran
medicina. Sólo yo conozco esta medicina. Como no voy a morir,
cambiaré esta medicina contigo.
-¿Qué
medicina es ésa?- exigió Makamuk.
-Es
una medicina rara.
Subienkov deliberó consigo mismo por un momento, como si temiera
compartir el secreto.
-Te
lo diré. Untada la piel con un poco de esta
medicina se pone dura como una roca, dura como el hierro, para que
ningún arma afilada pueda cortarla. El golpe más
fuerte de un arma afilada es inútil contra ella. Un cuchillo se convierte en un pedazo de barro; y doblara el filo de
los cuchillos que hemos traído. ¿Qué me darás
a cambio del secreto de la medicina?
-Te
daré la vida- contestó Makamuk a través del interprete.
Subienkov
río despectivamente.
-Y
serás un esclavo en mi casa hasta que mueras.
El
polaco rió aun más despectivamente.
-Desata
mis manos y mis pies y hablemos-dijo.
El
jefe hizo una señal. Cuando estuvo libre
Subienkov, lió un cigarrillo y lo encendió.
-Eso
es una tontería- dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Un filo cortante
es más fuerte que cualquier medicina.
El jefe no se lo creía, y sin embargo dudaba. Había
visto demasiadas diabluras de los ladrones de pieles que
funcionaban. No podía dudar totalmente.
-Te
daré la vida, pero no serás un esclavo-anunció.
-Más
que eso.
Subienkov
hizo su papel con la misma frialdad que si estuviera regateando por
una piel de zorro.
-Es
una gran medicina. Me ha salvado la vida muchas
veces. Quisiera un trineo y perros, y seis de tus
cazadores que me acompañen río abajo y me protejan hasta una
jornada de distancia del fuerte Michaelovski.
-Debes
vivir aquí, y enseñarnos tus diabluras-fue la respuesta.
Subienkov
se encogió de hombros y permaneció callado. Exhaló el humo del cigarrillo en el aire helado,
y miró curiosamente lo que quedaba del gran cosaco.
-¡La
cicatriz!- dijo de repente Makamuk señalando el cuello polaco,
donde una lívida marca delataba la cuchillada recibida en una pelea
en Kamchatka-. La medicina no es buena. El filo
cortante fue más fuerte que tu medicina.
-Fue
un hombre fuerte quien dirigió el golpe-consideró Subienkov-. Más
fuerte que tú, más fuerte que el cazador más fuerte.
De nuevo, con la punta del mocasín, tocó al cosaco, un espectáculo
horripilante, ya inconsciente. Y sin embargo, su
cuerpo desmembrado aguantaba, se aferraba a la torturada vida y se
resistía a marchar.
-Además
la medicina todavía era débil. Pues no tenía cierto tipo de bayas,
que abundan en esta tierra; aquí la medicina será fuerte.
-Te dejaré ir río abajo-dijo Makamuk-. Y el trineo y
los perros y los seis cazadores para protegerte serán tuyos.
-Eres lento- fue la fría respuesta-. Has cometido una ofensa contra mi
medicina, al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Ahora pido
más. Quiero cien pieles de castor-Makamuk
hizo una mueca irónica-. Quiero cien libras de pescado seco-Makamuk
asintió, el pescado era abundante y barato-. Quiero dos trineos,
uno para mí y otro para mis pieles y pescados. Y
que se me devuelva el rifle. Si no te gusta el
precio, dentro de poco aumentará.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
-¿Pero cómo sabré que tu medicina es buena?- preguntó Makamuk.
-Es
muy sencillo. Primero iré al bosque.
De nuevo Yakaga le susurró al oído de Makamuk, que negó con
recelo.
-Puedes
mandar a veinte cazadores conmigo-siguió Subienkov-. Como veras,
tengo que recoger bayas y las raíces para hacer la medicina. Después, cuando hayas traído los dos trineos y
el rifle, y cuando todo esté preparado, untaré la medicina en mi
cuello, y lo apoyaré sobre este tronco. Entonces
tu cazador más fuerte podrá coger el hacha y hundirla tres veces en
mi cuello. Tú mismo puedes hundirla tres veces.
Makamuk permaneció ante él con la boca abierta, absorto ante la última y
más maravillosa magia de los ladrones de pieles.
-Pero
antes-añadió apresuradamente el polaco- entre hachazo y hachazo
debo aplicarme la medicina. El hacha es fuerte y
afilada, y no quiero equivocaciones.
-Todo
lo que has pedido se te concederá-gritó Makamuk, aceptando
apresuradamente-. Procede a preparar tu medicina.
Subienkov ocultó su jubilo. Estaba jugando una
partida desesperada, y no debía cometer ningún desliz. Habló con arrogancia.
-Has
sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para limpiar la ofensa debes darme a tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura indeseable, con una nube en un
ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk estaba
enfadado, pero el polaco seguía imperturbable, liando y encendiendo
otro cigarrillo.
-Date prisa-amenazó-.Si no eres rápido, pediré aun más.
En el silencio que siguió se desvaneció ante él la tenebrosa
escena nórdica, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y
luego, al mirar a la muchacha de dientes de lobo, recordó a otra
muchacha, una cantante y bailarina que había conocido de joven en
su primer viaje a París.
-¿Qué
quieres de la muchacha?-preguntó Makamuk.
-Quiero
que me acompañe río abajo-Subienkov la miró con ojo crítico-.Será
una buena esposa, y es un honor digno de mi medicina casarme con tu
sangre.
De nuevo recordó a la cantante y bailarina y tarareó en voz alta
una canción que le había enseñado. Revivió su
pasado, pero de un modo desprendido e impersonal. Mirando las imágenes de su propia vida como si fuesen imágenes del
libro de la vida de cualquier otra persona.
-Así
se hará-dijo Makamuk-. La muchacha ira contigo río abajo. Pero queda claro que yo mismo daré los tres
hachazos en tu cuello.
-Pero
cada vez me aplicaré la medicina-contestó Subienkov con una nota
de ansiedad mal disimulada.
-Te aplicarás la medicina entre cada hachazo, y estarán presentes
los cazadores, que se encargarán de que no huyas. Ve al bosque y recoge tu medicina.
Makamuk se había convencido de la veracidad de la medicina por
la rapacidad del polaco. Sólo la más
maravillosa medicina permitiría a un hombre, a punto de morir,
levantarse y regatear como una vieja.
-Además-susurró Yakaga, cuando el polaco y su escolta desaparecieron entre los
árboles-, cuando hayas conocido la medicina, lo podrás destruir
fácilmente.
-¿Pero cómo lo voy a destruir?-razonó Makamuk-. Su medicina no me lo
permitirá.
-En
alguna parte no se habrá untado de medicina-fue la respuesta
de Yakaga-. Lo destruiremos por ahí. Pueden
ser sus oídos. Pues bien, clavaremos una
lanza en uno de sus oídos y la sacaremos por el otro. O pueden ser sus ojos. Seguramente la medicina
será demasiado fuerte para poder untársela en los ojos.
El
jefe asintió:
-Eres
sabio, Yakaga. Si no posee más diabluras, lo
destruiremos.
Subienkov no perdió el tiempo recogiendo los ingredientes para
su medicina. Escogió todo lo que venía a
mano, como agujas de abeto, la corteza interna de un sauce, una
tira de corteza de abedul, cantidad de bayas, que hizo extraer
de la tierra, bajo la nieve, a los cazadores. Una cuantas raíces heladas completaron las provisiones, y
regresó al campamento.
Makamuk y Yakaga se agazaparon a su lado, anotando las
cantidades y especies que añadía a la olla de agua hirviendo.
-Hay
que tener cuidado de echar primero las bayas-explicó-.Y, ¡ah!,
sí, una cosa más, el dedo de un hombre... A ver Yakaga, déjame cortarte el dedo.
Yakaga escondió la mano y frunció el ceño.
-Sólo
el dedo pequeño-rogó Subienkov.
-Yakaga,
dale tu dedo-ordenó Makamuk.
-Hay
muchos dedos tirados por ahí-gruñó Yakaga, señalando los
restos humanos de las personas torturadas a muerte, esparcidos
por la nieve.
-Debe
ser el dedo de un hombre vivo-objetó el polaco.
-Entonces
tendrás el dedo de un hombre vivo-.Yakaga se acercó al cosaco y
le cortó un dedo.
-No está muerto aún-anunció, arrojándole a los pies del polaco el
sangriento trofeo-. Además, es un buen dedo, porque es grande.
Subienkov lo arrojó al fuego bajo la olla y comenzó a cantar. Era una canción de amor francesa, que
cantó al brebaje con gran
solemnidad.
-Sin
estas palabras que digo la medicina no tiene valor-explicó-;
las palabras son la mayor fuerza de la medicina.
-Di
las palabras despacio, para que las aprenda-ordenó Makamuk.
-Hasta
después de la prueba no. Cuando el hacha
caiga tres veces en mi cuello, entonces te diré el secreto de
las palabras.
-¿Y
si la medicina no es buena?-preguntó ansiosamente Makamuk.
Subienkov se volvió furioso hacia él.
-Mi
medicina siempre es buena. De todos modos, si
no es buena, haz conmigo como has hecho con los demás. Córtame en trocitos como a
él -y señaló al cosaco-. La medicina
ya está fría. La untaré en mi cuello,
pronunciando esta nueva fórmula mágica.
Gravemente entonó una estrofa de "La Marsellesa",
mientras se untaba en el cuello el vil brebaje.
Un alarido interrumpió su comedia. El cosaco
gigante, con el último impulso de su tremenda vitalidad, se había
levantado sobre sus rodillas. Risas y gritos
de sorpresa y aplausos se elevaron de los nulatos, mientras el
Gran Iván se revolcaba por la nieve con grandes espasmos.
Subienkov enfermó con el espectáculo, pero dominó sus nauseas
y fingió enojarse.
-Esto
no puede ser-dijo-.Terminad con él y luego haremos la prueba. Tú
Yakaga, encárgate de que cesen esos
ruidos.
Mientras esto se llevaba a cabo, Subienkov se volvió a Makamuk.
-Y
recuerda, debes golpear fuerte. No es juego de
niños. Toma, coge el hacha y golpea el
tronco, para que vea que lo haces como un hombre.
Makamuk
obedeció, golpeando dos veces, con precisión y vigor, cortando
una gran astilla.
-Está bien.- Subienkov contempló a su alrededor el círculo de caras
salvajes que de algún modo simbolizaban el muro de brutalidad
que le había cercado desde que le arrestó la policía del sur
por primera vez en Varsovia-.Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de
pie, así. Yo me tumbaré. Cuando levante mi mano golpea, y
golpea con toda tu fuerza. Y ten cuidado de que nadie esté detrás
de ti. La medicina es buena, y el hacha puede rebotar en mi
cuello y saltar de tus manos.
Miró los dos trineos, con los perros enganchados, cargados de
pieles y pescado. Su rifle descansaba sobre
las pieles. Los seis cazadores que debían
hacer de escolta esperaban junto a los trineos.
-¿Dónde está la muchacha?-preguntó el polaco-.Traedla a los trineos
antes de que siga la prueba.
Cuando hubieran satisfecho su deseo, Subienkov se tumbó en la
nieve, reposando la cabeza sobre el tronco, como un niño a
punto de dormir. Había vivido tantos años
tristes, que estaba verdaderamente cansado.
-Me
río de ti y de tu fuerza, Makamuk-dijo-. Golpea, y fuerte.
Alzó la mano. Makamuk blandió el hacha,
una de filo ancho utilizada para cortar troncos.
El brillante acero destelló a través del aire helado, se detuvo
por una fracción de segundo sobre la cabeza de Makamuk, y luego
descendió sobre el cuello desnudo de Subienkov. Cortó
limpiamente a través de la carne y el hueso, hundiéndose
profundamente en el tronco.
Los
salvajes, asombrados, vieron botar la cabeza a una yarda de
distancia del tronco sangrante.
Tuvo lugar un gran revuelo y silencio, mientras lentamente se
fue abriendo camino en sus mentes la idea de que no había
existido tal medicina. El ladrón de pieles se
había burlado de ellos. Entre todos los
prisioneros, sólo él había escapado a la tortura. Esa había sido la jugada. Una gran oleada de carcajadas se
levantó. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón
de pieles lo había engañado. Se había
burlado de él ante su pueblo. Makamuk se
volvió y con la cabeza baja se alejó. Sabía
que desde ese día ya no le conocerían como Makamuk. Sería "el
burlado". El recuerdo de su venganza le acompañaría hasta la muerte. Y cuando las tribus se reunieran en primavera para la pesca del
salmón, o en verano para traficar, correría de un lado a otro
de las hogueras la historia de cómo el ladrón de pieles murió
pacíficamente, de un golpe, a manos de El Burlado.
-¿Quién
fue El Burlado?-podía oír preguntar de antemano a algún
joven-. ¡Oh! ¡El Burlado!-sería la respuesta-. Aquel a quien
llamaban Makamuk antes de que cortara la cabeza al ladrón de
pieles.