En
el día de las Américas se festeja la creación de la
Organización de los Estados Americanos. Y esta institución
tiene un propósito muy plausible: desea lograr la unidad de
todos los esfuerzos emprendidos por nuestras naciones
americanas. Indudablemente América necesita de la unidad para
seguir adelante, pero el problema está en la clase de unidad
que se quiera lograr. Existen muchas formas de unidad. Una
consiste simplemente en la unidad de intereses, otra de orden
espiritual y así se dan muchas más. Pero en general se da la
primera, la que logra unir todos los intereses de orden
material. Veamos las consecuencias.
Si
concebimos una América en la cual la unidad esté dada
únicamente por la de sus intereses materiales a los efectos de
llevarla adelante, y nada más, es como si viéramos a nuestro
continente como un simple fenómeno geográfico. En este caso no
es otra cosa que un simple suelo sobre el cual estamos parados y
que nos sirve sólo para no caernos en un pozo. América no pasa
de ser entonces (siempre dentro de la representación que nos
hacemos de ella) una simple tarima sobre la cual llevamos a cabo
la experiencia de nuestras vidas.
En
realidad en nuestro siglo XX, un país es una tarima en la cual
sus habitantes ensayan la experiencia de una nacionalidad,
concebida como una pura institución que puede colocarse sobre
cualquier plataforma. Nuestro ideal consiste hoy en día, en
crear culturas y civilizaciones que sean trasladables a otras
partes, ya sea a Asia, África o Australia. Fuimos educados para
pintar un cuadro, para construir un puente o para levantar una
empresa que sirve aquí, en América o también en Asia. Da lo
mismo.
Pero
en realidad se plantea un problema. Ese concepto del suelo
geográfico como mera tarima (sobre la cual construimos nuestra
casa o nuestro negocio, donde hacemos nuestros estudios o
nuestro comercio) nos lleva a tener miedo.
¿
Miedo a qué? Pues a que nos saquen la tarima y nos caigamos en
el pozo. ¿Y qué hay dentro del pozo? Pues nada menos que cien
millones de indios, negros y mestizos a quienes no les importa
tanto el arte, ni la ingeniería, ni las teorías económicas,
como la solución inmediata de sus vidas.
Es
que esa tarima o suelo de América, del cual Sarmiento dijera
que era un puro desierto, tiene un equivalente psicológico en
la muralla china. Precisamente ésta se había construido para
que de este lado los hombres pudieran continuar con su empresa y
del otro quedaran los salvajes que intentaban invadir el
imperio. Pero la muralla de nada sirvió. Fue apenas un recurso
para que los chinos ganaran alguna seguridad interna porque no
dejaban de pensar que ella al menos no dejaba ver las salvajes
estepas que se extendían del otro lado. Se trataba entonces,
antes que de una construcción arquitectónica, más bien de un
evidente exorcismo.
Y
nosotros andamos en lo mismo. Si no construimos murallas al
menos exorcisamos la realidad. La detenemos con la novedosa
teoría matemática o estética, con los últimos adelantos
técnicos o con la última teoría económica. Estas son
construcciones que nos permiten conseguir la seguridad a fin de
que nos cure ese miedo de descender al pozo, de toparnos con su
realidad.
¿Alguna
vez conseguiremos una unidad sobre otra base que nos permita
cruzar la muralla y andar entre los salvajes sin recurrir al
exorcismo fácil que brindan las actitudes intelectuales?
Vivir
en Maimara
Cuando
le cuento a alguien que me radiqué definitivamente en Maimara,
siempre me responde con un gesto de asombro. ¿Por qué?
En
realidad Maimara no queda tan lejos. Apenas dista unos 80
kilómetros de San Salvador deJujuy y el camino no es tan malo.
Se lo cubre tranquilamente en una hora y media a través de un
paisaje admirable. Pero entonces, si la distancia no es tanta y
hay medios para cubrirla, ¿por qué el gesto?
El
asombro alguna razón tiene que tener, y se diría que hace
referencia a que Maimara está ubicada en una zona en la cual no
se viviría así no más. Es como si estuviera del otro lado,
como salvando una frontera. Y he aquí el problema, ¿existe esa
frontera? Y más aún, esa frontera ¿está afuera o adentro de
uno?
Los
chinos de la época de los Han enviaban a sus ministros, cuando
éstos no cumplían debidamente con sus funciones o no
respondían a lo designios del Emperador, al borde del imperio
para qué recobraran sus fuerzas.
Seguramente
lo mismo hacían los incas. Tenían un imperio de cuatro zonas y
al borde se ubicaba la barbarie. Los incas vivían en el centro
del imperio, el Cuzco. Y ese centro, no era sólo el centro
geométrico, sino el ombligo del mundo, donde descendían los
dioses y desde donde se administraba el imperio. El mundo era
concebido como una isla de lucidez donde el emperador era
asistido por los dioses, pero cuyo mandato llegaba sólo hasta
el borde, ya que un poco más allá no cabía ninguna lucidez
porque estaba el caos. Hasta aquí no llegaba el orden puesto
por los dedos divinos. Sin embargo, allí empezaba un caos que
era necesario ya que al fin de cuentas ahí el ministro debía a
realimentarse con nuevas energías.
Símbolos
así parecieran responder a un plan divino. Por eso el sentido
de por qué se enviaba al ministro al borde del imperio: debe
ser el mismo que alienta el clima mítico de los héroes gemelos
que descienden al infierno. En un manuscrito maya-quiché
denominado el Popol-Vuh se relata el descenso de los héroes
gemelos al infierno. Este estaba representado por una ciudad
denominada Xibalbá habitada por doce señores. Los héroes
vencen a los doce personajes y si bien aquellos son
sacrificados, de su muerte surge una nueva era, la de los
hombres de maíz Es el tema de la muerte y transfiguración
desarrollado frecuentemente por las cosmogonías.
De
estas dos leyendas saquemos sólo un dato: se cruza la frontera
de la lucidez, ya sea para recobrar energías como en el caso
del ministro, o para recuperar toda la conciencia o sea una
lucidez mucho mayor en el caso de los héroes, la conciencia
mágica de ser totalmente uno mismo.
Y
vivir en Maimara ¿significa descender al infierno? Nos cuesta
creer eso. Todos nosotros somos inteligentes y no vamos a
aceptar que el infierno se da ahí nomás. Yo soy dueño de mis
actos y considero que el espacio está vacío y puedo disponer
de mis actos libremente con sólo estudiar bien las
circunstancias del caso. Sin embargo, siempre aparece el vecino
que me resulta antipático, que la medianera se desvía unos
centímetros. Que la casa en que vivo o la cuadra es sagrada
respecto a las esquinas. Que mi barrio es sagrado respecto a los
otros barrios. Que mi ciudad es más linda que las otras. Que la
nación en que vivo es mucho mejor que las naciones que me
rodean o que la tierra está habitada por hombres mucho más
lindos que los marcianos. Qué rara necesidad nos lleva a
constituir un infierno al cabo de una frontera móvil, ya sea
después de la medianera, ya sea a una cuadra de mi casa, o a 80
kilómetros, hasta abarcar las galaxias. Realmente no distamos
mucho de los incas y de los chinos. Nuestro mundo moderno vive
enredado en las telarañas de viejos arquetipos.
¿Es
que de nada valieron milenios de lucha para lograr lo que
llamamos conciencia y civilización? ¿Siempre nos seguimos
creando un pequeño imperio chino para ver a las fuerzas
nefastas pintadas enfrente? Puede ser.
Quizá
hemos cerrado el camino. Creemos con ingenua convicción que
todo eso se supera con sólo decir que somos objetivos, que el
espacio está vacío, que no hay fantasmas y que somos
profundamente civilizados. Pero ¿por qué digo que hemos errado
el camino?
Pues
porque si en algo nos aventajan los viejos sabios, como en el
caso de la leyenda de los héroes gemelos, se debe a que
aquéllos insisten en que las fronteras existen, que el infierno
realmente se da del otro lado, pero que, y de aquí la
profundidad de su enseñanza, que siempre es necesario descender
al infierno, morir y transfigurarse para recobrar a través de
las tinieblas la verdadera y auténtica lucidez, la conciencia
mágica de ser totalmente uno mismo. ¿Y esto por qué? Pues
porque sí. Será porque entra en el misterio del hecho de
vivir. Será también porque en lo tenebroso y en lo infernal
también andan los dedos de Dios.
Si
así fuera vivimos como si estuviéramos en el ombligo del
mundo, que, desde mi casa se va diluyendo la ciudad en que vivo
y se pierde a 80 kilómetros en un lugar como Maimara, que
constituye los confines del imperio mental que hemos levantado
para vivir. Siempre en un ombligo, donde vivimos amparados por
los dioses, más allá se da el caos, y entre el ombligo y el
caos está la frontera que tenemos tanto miedo de cruzar.
Pero
lo curioso es que realmente se vive en Maimara. Para dar este
paso hubo que pasar de lo habitual donde uno se siente cómodo a
lo inhabitual donde se vislumbra la incomodidad y la
penuria.¿La penuria de qué? Pues la verdadera penuria, la de
sentirse pleno pese al cambio, la de seguir siendo fuerte, ser
realmente uno mismo, pero después de haber saltado la frontera,
ésa que uno se había creado. Al otro lado de la frontera está
uno mismo otra vez pero ahora frente a la montaña, en medio de
la gente de Maimara, la que igual que uno crea su pequeño
imperio para vivir, pero para hacer esto con una mayor
autenticidad, ya que no alcanzan más las fronteras.
Y
entonces ocurre el milagro. Se da realmente mi cuarto donde
escribo; afuera, en el patio, está un molde grande; enfrente
vive el carpintero Choque, y más allá, del otro lado del río
se levanta la montaña.
También
ella es una frontera. Y yo sé que si logro cruzarla alguna vez
de ir del otro lado, encontraré, como los héroes gemelos, del
otro lado, toda la vida, ésa que aún no se ha desprendido de
los dedos divinos. (*)
(*)
Fuente: Ambos textos nos fueron acercados, a través
de la gentil intermediación
de Marily Saguier (a la que le agradecemos) por la viuda de R.
Kusch, Elizabeth Kusch.