Cada vez que una generación envejece y reemplaza
su ideario por bastardeados apetitos, la vida pública se abisma
en la inmoralidad y en la violencia. En esa obra deben los jóvenes
empuñar la Antorcha y pronunciar el Verbo: es su misión renovar
el mundo moral y en ellos ponen su esperanza los pueblos que
anhelan ensanchar los cimientos de la justicia. Libres de
dogmatismos, pensando una humanidad mejor, pueden aumentar la
parte de felicidad común y disminuir el lote de comunes
sufrimientos.
Los jóvenes cuyos ideales expresan
inteligentemente el devenir constituyen una Nueva Generación, que
es tal por su espíritu, no por sus años. Basta una sola,
pensadora y actuante, para dar a su pueblo personalidad en el
mundo.
La justa previsión de un destino común
permite unificar el esfuerzo e infundir en la vida social normas
superiores de solidaridad. El siglo está cansado de inválidos y
de sombras, de enfermos y de viejos. No quiere seguir creyendo en
las virtudes de un pasado que hundió al mundo en la maldad y en
la sangre. Todo lo espera de una juventud entusiasta y viril.
Cada generación anuncia una aurora
nueva, la arranca de la sombra, la enciende en su anhelar
inquieto. Si mira alto y lejos, es fuerza creadora. Cada generación
abre las alas adonde las ha cerrado la anterior, para volar más
lejos, siempre más.
La juventud aduna el entusiasmo por
el estudio y la energía para la acción, que se funden en el gozo
de vivir. El joven que piensa y trabaja es optimista, acera su
corazón a la vez que eleva su entendimiento. No conoce el odio ni
le atormenta la envidia. Cosecha las flores de su jardín y admira
las del ajeno. Se siente dichoso entre la dicha de los demás. Ríe,
canta, juega, ama, sabiendo que el hado es siempre propicio a
quien confía en sus propias virtudes generadoras. Un brazo vale
cien brazos cuando lo mueve un cerebro ilustrado; un cerebro vale
cien cerebros cuando lo sostiene un brazo firme.
Los jóvenes tocan a rebato en toda
generación; no necesitan programas que marquen un término, sino
ideales que señalen el camino. La meta importa menos que el
rumbo. Quien pone bien la proa no necesita saber hasta dónde va,
sino hacia dónde. Los pueblos, como los hombres, navegan sin
llegar nunca; cuando cierran el velamen, es la quietud, la muerte.
Los senderos de perfección no tienen fin. Frente a los viejos que
recitan credos retrospectivos, entonan los jóvenes himnos
constructivos. Es de pueblos exhaustos contemplar el ayer en vez
de prepara el mañana. Es misión de la juventud tomar a los
ciegos de la mano y guiarlos hacia el porvenir. Arrastrarlos si
dudan, abandonarlos si resisten.
El enamorado de un ideal, de cualquiera – pues solo es triste no
tener ninguno-, es una chispa; contagia a cuanto le rodea el
incendio de su ánimo apasionado. Los entusiastas despiertan los
temperamentos afines, los conmueven, los afiebran, hasta traerlos
a su propio camino; obran como si todo obedeciera a su gesto, como
si hubiera fuerza de imán en sus deseos, en sus palabras, en el
sonido mismo de su voz, en la inflexión de su acento. La juventud
se termina cuando se apaga el entusiasmo. Solo el que ha poblado
de ideales su juventud y ha sabido servirlos con fe entusiasta
puede esperar una madurez serena y sonriente, bondadosa con los
que no pueden, tolerante con los que no saben. Sin estudio no se
tienen ideales, sino fanatismos, el entusiasmo vidente de los
hombres que piensan no es confundible con la exaltada ceguera de
los ignorantes.
No basta en la vida pensar un ideal: hay
que aplicar todo el esfuerzo a su realización. Cada ser humano es
cómplice de su propio destino; miserable es el que malbarata su
dignidad, esclavo el que se forja la cadena, ignorante el que
desprecia la cultura, suicida el que vierte la cicuta en su propia
copa. Los jóvenes deben ser actores en la escena del mundo,
midiendo sus fuerzas para realizar acciones posibles y evitando la
perplejidad que nace de meditar sobre finalidades absurdas.
La energía juvenil crea la grandeza moral
de los pueblos, cada generación debe llegar como ola vigorosa a
romperse contra la mole del pasado para hermosear la historia con
el iris de nuevos ideales; juventud que no embiste, es peso muerto
para el progreso de su pueblo. Educando la energía, enseñando a
admirarla, se plasmarán nuevos destinos de los pueblos. Repitamos
a la juventud de nuestra América que ningún hermoso ideal fue
servido por paralíticos y obtusos; no pueden marchar lejos los
tullidos, ni contemplar los ciegos un luminoso amanecer.
Los jóvenes que no saben mirar hacia el
pasado y trabajar par él, son miserables lacayos del pasado y
viven asfixiándose entre sus escombros.
El porvenir de los pueblos está en la
libre iniciativa de los jóvenes. La juventud se mide por el
inquieto afán de renovarse, por el deseo de emprender obras
dignas, por la incesante floración de ensueños capaces de
embellecer la vida. Joven es quien siente dentro de sí la fuerza
de su propio destino, quien sabe pensarlo contra la resistencia
ajena, quien puede sostenerlo contra los intereses creados. Sin
ideales no puede haber iniciativa.
Merece llamarse hombre libre el que tiene
capacidad de iniciativa frente a la coerción ajena; la libertad
moral es la aptitud para obrar en el sentimiento determinado por
la propia experiencia, imprimiendo a la conducta el sello inequívoco
de la personalidad.
Loados sean los jóvenes que izan bandera
de justicia para aumentar en el mundo el equilibrio entre el
bienestar y el trabajo. Sin ellos las sociedades se estancarían
en la quietud que paraliza y mata; la cristalina corriente del
progreso, que jamás se detiene. Loados los que conciben más
justicia, los que por ella trabajan, los que por ella luchan, los
que por ella mueren. Son plasmadores del porvenir, encarnan
ideales que tienden a realizarse en la humanidad.
El hombre justo se inclina respetuoso ante
los valores reales; los admira en los otros y aspira a poseerlos
él mismo. Ama a todos los virtuosos, a todos los que trabajan, a
todos los que elevan su personalidad en el estudio, a todos los
que aumentan con su esfuerzo el bienestar de sus semejantes.
Hay solidaridad en una comunión de hombres
cuando la dicha del mejor enorgullece a todos y la miseria del más
triste llena a todos de vergüenza. Sin esta fuerza que acomuna
las voluntades y los corazones, imposible es realizar grandes
ensueños colectivos; la cohesión de un pueblo depende
exclusivamente del unísono con que ritmen las esperanzas, los
intereses y los ideales de todos.
Gobernar un pueblo no es igualar a sus
componentes, ni sacrificar alguna parte en beneficio de otras; es
propender hacia un equilibrio que favorece la unidad funcional,
desenvolviendo la solidaridad entre las partes, que son heterogéneas
sin ser antagónicas.
La heterogeneidad es natural, por la
diferencia de aptitudes y de tendencias humanas; y es provechosa,
porque engendra las desigualdades necesarias para las múltiples
funciones de la vida social. Siendo naturales, las desigualdades
no pueden suprimirse; ni convendría suprimirlas aunque se
pudiese. La solidaridad consiste en equilibrarlas, creando la
igualdad ante el derecho, para que todas las desigualdades puedan
desenvolverse íntegramente en beneficio de la sociedad.
Violencia: reclamar derechos sin aceptar el
cumplimiento de los deberes que les son correlativos. Injusticia:
imponer deberes sin respetar los derechos correspondientes. Por
eso la solidaridad puede considerarse definida en la más sencilla
fórmula de moral social: “Ningún deber sin derechos; ningún
derecho sin deberes”.
LA
JUVENTUD ES, POR DEFINICIÓN, INQUIETA Y RENOVADORA.
La rebeldía es la más alta disciplina del
carácter, templa la fe y enseña a sufrir, poniendo en un mundo
ideal la recompensa que es común destino de los grandes
perseguidos; la humanidad venera sus nombres y no recuerda el de
sus perseguidores. Juventud sin espíritu, es servidumbre precoz.
Quien tiende hacia la perfección procura
armonizar vida con sus ideales. Obran como si la felicidad
consistiera en la virtud, se adquiere un sentimiento de fortaleza
que ahuyenta el dolor y vence la cobardía. Todos los males
resultan pequeños frente al supremo bien de sentirse digno de sí
mismo. La santidad es de este mundo; entran a ella los hombres que
merecen pasar al futuro como ejemplos de una humanidad más
perfecta.
En toda lucha por un ideal se tropieza con
adversarios y se levantan enemigos;
el hombre firme no los escucha ni se detiene a contarlos.
Sigue su ruta, irreductible en su fe, imperturbable en su acción.
Quien marcha hacia una luz no puede ver lo que ocurre en la
sombra.
Nada deben los pueblos a los que anteponen
el inmediato provecho individual al triunfo de finalidades
sociales, más remotas cuanto más altas; todo lo esperan de jóvenes
capaces de renunciar a bienes, honores, vida, antes que traicionar
la esperanza puesta en cada nueva generación.
Quien ame la grandeza de su pueblo debe enseñar
que el buen camino suele resultar el más difícil, el que los
corazones acobardados consideran peligroso. No merecen llamarse
libres los que declinan su dignidad. Juventud que se entrega es
fuerza muerta, pierde el empuje renovador.
Joven que piensas y trabajas, que sueñas y
amas, joven que quieres honrar tu juventud, nunca desees lo que sólo
puedas obtener del favor ajeno; anhela con firmeza todo lo que
pueda realizar tu propia energía. Si quieres hincar tu diente en
una fruta sabrosa, no la pidas; planta un árbol y espera. La
tendrás, aunque tarde; pero la tendrás seguramente y será toda
tuya, y sabrá a miel cuando la toquen tus labios. Si la pides, no
es seguro que la alcances; acaso tardes en obtenerla mucho mas que
si hubieras plantado el árbol, y, en teniéndola, tu paladar
sentirá el acíbar de la servidumbre a que la debes.
Cada hora, cada minuto, debe ser sabiamente
aprovechado en el trabajo o en el placer. Vivir con intensidad no
significa extenuarse en el sacrificio ni refinarse en la disipación,
sino realizar un equilibrio entre el empleo útil de todas las
aptitudes y la satisfacción deleitosa de todas las inclinaciones.
La juventud que no sabe trabajar es tan desgraciada como la que no
sabe divertirse.
Combatir la injusticia es la manera eficaz
de capacitar a los hombres para el bien; ser bueno sería más fácil,
y aun menos peligroso, cuando en todos los corazones vibrase la
esperanza de que la bondad será alentada, no encontrando el mal
atmósfera propicia. Se puede, entretanto, cultivar la bondad
donde existe, sembrarlo donde falta. Aunque el resultado inmediato
fuera ilusorio, el esfuerzo de cada uno para abuenarse podría
disminuir los obstáculos que dificultan el advenimiento de una
justicia cada vez menos imperfecta. La ilusión misma es una
fuerza moral y sentirse más bueno es mejorarse.
Con la bondad aumenta la propia dicha; el
que no es bueno no puede creerse feliz. Pero es necesaria la
bondad de todos para que sea completa la felicidad de cada uno,
pues el que soporta la maldad ajena está condenado a sacrificarle
alguna parte de su dicha. El problema individual de la conducta
está implícito en el de la ética social, en cuanto la bondad se
desenvuelve en función de la justicia.
Cada hombre joven debe buscar en torno suyo
los elementos de renovación que incesantemente germinan, cultivándolos
en sí mismo, alentándolos en los demás. La voluntad de vivir en
continua ascensión y la energía para perseverar en el esfuerzo,
exigen confianza en la dignidad propia y en la justicia social;
quien logra fiar en ellas no necesita apoyarse en dogmatismos
providenciales ni en preceptivas metafísicas.
La juventud es, de todas, la fuerza
renovadora más digna de confianza; los hombres maduros son árboles
torcidos que difícilmente se enderezan, y los ancianos no podrían
destorcerse sin morir. Cada nueva generación contiene gérmenes
de perfeccionamiento moral; ¡guay de los pueblos en que los
viejos logran ahogar en la juventud los ideales y rebeldías que
son presagio de renovación ulterior! Los que afirman la
perennidad del orden moral presente conspiran contra su posible
perfeccionamiento futuro.
La fe es pasión de servir un ideal; es
eterna y eternamente se renueva, porque no implica una creencia
particular, sino un estado de conciencia que puede coexistir con
todas. Los que aman apasionadamente un ideal demuestran fe si lo
predican con firmeza o lo defienden con heroísmo.
Hora podrá llegar en que los hombres jóvenes
no busquen la complicidad de utilitarios dioses, acaso inventados
para consuelo de víctimas o para justificación de verdugos; la
fe acentuará entonces las fuerzas morales que les impongan buscar
en la sabiduría las fuentes insecables del deber y la
responsabilidad. Y cuanto un hábito de siglos les haga mirar a lo
alto, verán que un águila, el ideal, tiende sin cesar el ala
hacia una estrella, sin alcanzarla nunca; la fe sobrevivirá a
todas las supersticiones, compeliendo al hombre hacia la perfección
moral, que es infinita.
El que en nombre de errores tradicionales
se opone a la libre investigación de la verdad, conspira contra
la dignificación de su pueblo. Ningún sistema del pasado merece
que se le sacrifique una hipótesis del porvenir. Nada debe
acatarse antes de comparar hechos con hechos, ideas con ideas,
doctrinas con doctrinas. Primer en el primer catecismo que se nos
enseña o se nos impone, es renunciar a nuestra personalidad;
adherir intencionalmente al que conviene a nuestros intereses
materiales, como hacen muchos ricos incrédulos que fomentan la
religión para domesticar a los pobres, equivale a renegar de toda
moral.
Amar la verdad es contribuir a la elevación
del mundo moral; por eso ningún sentimiento es más odiado por
los que medran mentir. En todos los tiempos y lugares, el que
expresa su verdad en voz alta, como la cree, lealmente, causa
inquietud entre los que viven a la sombra de intereses creados.
Pero aunque a toda hora le acechen la intriga y la venganza, el
que ama su verdad no la calle; el hombre digno prefiere morir una
sola vez, llevando incólume su tesoro.
En el corazón de los jóvenes la verdad es
generadora, como el calor del sol que en los jardines se convierte
en flores.
La verdad es la más temida de las fuerzas
revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de
soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de
pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia,
en cualquier tiempo y lugar, han temido contra los conspiradores
políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada,
hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios mas
profundos que la violencia. Ella –siempre perseguida, siempre
invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que
se ha conocido en la historia de la humanidad.
Patrimonio común de la sociedad, las
ciencias no deben constituir un privilegio de castas herméticas
ni es, lícito que algunos hombres monopolicen sus resultados en
perjuicio de los demás. El único límite de su difusión debe
ser la capacidad para comprenderlas; el destino único de sus
aplicaciones, aumentar la común felicidad de los hombres y
permitirles una vida mas digna. Temiendo las consecuencias
sociales de la extensión cultural, algunos privilegiados
predicaron otrora “la ciencia por la ciencia”, pretendiendo
reducirla a un placer solitario; los tiempos nuevos han reclamado
“la ciencia para la vida”, palanca de bienestar y de progreso.
Cuando la sabiduría deje de ser un deporte de epicúreos podrá
convertirse en fuerza moral de enaltecimiento humano.
La duda metódica es la condición primera
del espíritu científico y la actitud mas propicia al incremento
de la sabiduría. El amor a la verdad obliga a no creer lo que no
pueda probarse, a no aceptar lo indemostrable. Sin la firme
resolución de cumplir los deberes de la crítica, examinando el
valor lógico de las creencias, el hombre hace mal uso de la función
de pensar, convirtiéndose en vasallo de las pasiones propias o de
los sofismas ajenos. El error ignora la crítica; la mentira la
teme; la verdad nace de ella.
Merecen las ciencias el culto que les
profesan los hombres libres. Son instrumentos de educación moral,
elevan la mente, abuenan el corazón, enseñan a dominar los
instintos antisociales. El amor a ellas, tornándose pasión,
impulsa a renovar incesantemente las fuerzas morales del individuo
y de la sociedad. Liberan al hombre de cadenas misteriosas, que
son las más humillantes; por la mejor comprensión de sí mismo y
del medio en que vive, aumentan su sentimiento de responsabilidad
moral frente a las contingencias de la vida. Eliminan los vanos
temores que nacen de la superstición, devuelven a la humanidad su
rango legítimo en la naturaleza y desarrollan un bello
sentimiento de serenidad ante la instable armonía del Universo.
Cada sociedad humana vive en continuo
devenir para perfeccionar su adaptación a un medio que
incesantemente varía; las etapas venideras de ese proceso
funcional son concebidas por la imaginación de los hombres en
forma de ideales. Un hombre, un grupo o un pueblo son idealistas
cuando conciben esos perfeccionamientos y ponen su energía al
servicio de su realización.
Sólo merecen el nombre de idealistas los
hombres que anhelan algún futuro mejor contra un actual
imperfecto.
Si en cada momento del tiempo se modifica
la realidad social no es concebible que los ideales de ayer tengan
función hoy, ni que los de hoy la conserven mañana. Mientras
coexistan en el espacio sociedades heterogéneas, cada ideal solo
será legítimo donde sean efectivas las condiciones que lo
engendran.
En todo tiempo han merecido el nombre de
maestros los que supieron encender en los jóvenes el amor a la
verdad y el deseo de investigarla por los caminos de la ciencia;
pero fueron Maestros entre los maestros los que trataron de
ennoblecer ese amor y ese deseo sugiriendo ideales adecuados a su
medio y a su tiempo, para que la imaginación superase siempre a
la realidad, remontándose hacia las cumbres inalcanzables de la
perfección infinita.
La educación es el arte de capacitar al
hombre para la vida social. Sus métodos deben converger al
desarrollo de todas las aptitudes individuales, para formar una
personalidad armoniosa y fecunda, intensa en el esfuerzo, serena
en la satisfacción, digan de vivir en una sociedad que tenga por
ideal la justicia. Siendo indispensable el bienestar de todos la
cooperación de cada uno, el que no sabe prestarla es un parásito;
educar al hombre significa ponerlo en condiciones en ser útil a
la sociedad, adquiriendo hábitos de trabajo inteligente
aplicables a la producción económica, científica, estética o
moral.
La educación es eficaz cuando respeta la
vocación de los niños, no violentando su temperamento ni sus
inclinaciones. Desde la escuela de primeras letras hasta el aula
de la universidad, cada hombre debe aplicar su inteligencia a sus
aptitudes; nada hay más estéril que el estudio forzado de lo que
no se comprende, nada más triste que privarse de aprender lo que
se desea.
La escuela es un puente entre el hogar y la
sociedad. Siendo su finalidad inmediata convertir el niño en
ciudadano, deberá estar en contacto con la vida social misma, con
la familia, con la calle, con el pueblo, vinculada a sus
sentimientos, a sus esfuerzos, a sus ideales. La escuela de leer,
escribir y las cuatro operaciones es un residuo fósil de las
sociedades medievales, como los castigos y los exámenes.
La primera función de la escuela es
demostrar que la actividad es agradable cuando se aplica a cosas
de provecho. El niño debe aprender a trabajar jugando, entre
caricias y sonrisas, entre pájaros y flores; cuando la escuela le
resulte más divertida que el hogar, mezclando los juegos a la
producción de cosas útiles, amará el trabajo, lo deseará y al
fin estará satisfecho viendo salir de sus manos cosas estimadas,
como espontánea retribución de las enseñanzas recibidas.
La escuela será después taller y ateneo,
para la educación de las manos y de la inteligencia. Hay cien
pequeñas cosas que el hombre libre debe hacer, para bastarse a sí
mismo; hay cien preguntas de todo orden que el hombre debe
plantearse, sin necesidad de tutores, si aspira a tener
personalidad. Y, entre todas las que se practiquen y estudien,
cada uno preferirá más tarde las que mejor se adapten a su
temperamento y vocación, con las espontáneas limitaciones
implicadas en la desigualdad de las inteligencias.
Siendo el trabajo el primer deber social,
debe la escuela preparar al hombre para cumplirlo. El
perfeccionamiento de la capacidad técnica convertirá a todo
oficio en un arte y todo trabajador aspirara a ser un artista en
su profesión. Al principio se educará para el trabajo no
especializado, estimulando la agudeza de ingenio y la habilidad
manual; antes de aprender un arte es necesario adquirir el hábito
del esfuerzo, que después se aplicará al desarrollo de la vocación.
Desde la escuela debe formarse en el niño
el sentimiento de la responsabilidad social, con el derecho de
intervenir en la organización educativa. Mediante una intensa
vida cívica escolar se irá formando el ciudadano, opinando y
deliberando en asambleas, proponiendo iniciativas, señalando
imperfecciones, adquiriendo el hábito de ser libre y veraz. El
joven tendrá carácter, dignidad, firmeza, entrando a actuar en
la vida civil como un hombre y no como una sombra.
FELIZ LA SOCIEDAD EN QUE NO LEA EL QUE NO QUIERA LEER, PERO DONDE
NADIE DEJE DE HACERLO POR FALTA DE LIBROS.
El maestro del porvenir tendrá a su cargo
la función más grave de la vida social. No será un autómata
repetidor de programas, que otros hacen y él no comprende, sino
un animador de vocaciones múltiples que laten el niño buscando
aplicaciones eficaces. Despertará capacidades con el ejemplo;
enseñará a hacer, haciendo; a pensar, pensando; a discurrir,
discurriendo; a amar, amando. Educar debe ser un arte agradable;
el maestro formar caracteres como el escultor plasma estatuas.
Cada generación debe repensar la historia.
Los hombres envejecidos se la entregan corrompida, acomodando los
valores históricos al régimen de sus intereses creados; es obra
de los jóvenes transfundirle su sangre nueva, sacudiendo el yugo
de las malsanas idolatrías. La historia que de tiempo en tiempo
no se repiensa, va convirtiéndose de viva en muerta, reemplazando
el zigzagueo dramático del devenir social con un quieto panorama
de leyendas convencionales. Conviene que la juventud venere lo
mejor del pasado, lo digno de ejemplificar el presente; pero más
conviene que sepulte las tradiciones regresivas que en su tiempo
fueron dañinas y hoy serían peores, si apartaran a la juventud
de su misión renovadora.
Rinda culto la juventud de nuestros pueblos
a los grandes hombres que lucharon por la emancipación política,
por el ascenso ético, por la justicia social, manteniendo la
continuidad del espíritu renovador en el curso de la historia.
Nació la conciencia revolucionaria con el anhelo de la
independencia, triunfó derribando el feudalismo colonial, fue
enriquecida por obra de pensadores y estadistas, renació en cada
nueva generación y fue el núcleo de ideales sin cesar integrados
por las minorías ilustradas. Ame la juventud ese pasado en marche
y subraye admirativamente sus valores en la historia de los
pueblos nuevos. Pero sólo será justa si al mismo tiempo reprueba
a cuantos obstruyeron la obra secular, pues los que fueron ayer
sus enemigos los son hoy también y mañana lo serán por fuerza.
El progreso no resulta del querer de las
masas, casi siempre conformistas, sino del esfuerzo de grupos
ilustrados que las orientan. Los ideales comunes, representados
por la conciencia social, no son igualmente sentidos por todos los
miembros de una sociedad; solamente son claros y firmes en los núcleos
admiradores, que prevén el ritmo del inmediato devenir. La
capacidad de iniciar las variaciones necesarias, presionando la
voluntad social, suele ser privilegio de hombres selectos que se
anticiparán a su tiempo. Todo progreso histórico ha sido y será
obra de minorías revolucionarias que reemplazan a
otras minorías, ante la inercia pasiva de los más,
obedientes por igual a cualquiera de los vencedores.
Un pueblo que acorta el paso ha cesado
virtualmente de vivir; se encierra en lo que es y contempla lo que
ha sido, renunciando a las posibilidades de ser más o mejor. Los
hombres representativos de sus ciencias y de sus artes se
desorientan, pierden el rumbo, tantean fuera del sendero, siguen
creyéndose videntes cuando ya son estràbicos; en vano intentan
probar caminos, pues cambiar el derrotero no es seguir adelante,
ni basta cambiarlo para adelantar.
Los pueblos viejos, como los hombres, se
envanecen de su pasado y desdeñan a los que, por jóvenes, nada
parecen ser en el presente, aunque todo pueden devenir en el
futuro. La exigüidad del pasado es, precisamente, el tesoro de
los pueblos jóvenes, capaces de ser núcleos de nuevas culturas;
su destino está en defenderse de todo senil tradicionalismo que
intente envenenar las fuentes vivas que acrecerán el cauce de su
venidera grandeza.
La juventud de los pueblos nuevos debe
vivir en tensión hacia el porvenir, con más esperanzas que
recuerdos, con más ensueños que leyendas.
El sentimiento de solidaridad nacional debe
tener un hondo significado de justicia. El bienestar de los
pueblos es incompatible con rutinarios intereses creados, y de
tiempo en tiempo necesita inspirarse en credos nuevos; despertar
la energía, extinguir el parasitismo, estimular la iniciativa,
suprimir la ociosidad, desenvolver la cooperación. Virtudes cívicas
modernas deben sobreponerse a las antiguas, convirtiendo el
sentimiento nacionalista en fecundo amor al pueblo, conforme a los
ideales del siglo. Es justo desear para la parte de humanidad a
que pertenecemos un puesto de avanzada en las luchas por el
progreso y la civilización. En una hora grata de juventud,
anticipamos éstas palabras explícitas: “Aspiremos a crear una
ciencia nacional, un arte nacional, una política nacional, un
sentimiento nacional, adaptando los caracteres de las múltiples
razas originarias la marco de nuestro medio físico y sociológico.
Así como todo hombre aspira a ser alguien en su familia, toda
familia en su clase, toda clase en su pueblo, aspiremos también a
que nuestro pueblo sea alguien en la humanidad”. Y en la ovación
que subrayó en éstas palabras creímos sentir un homenaje a los
revolucionarios de América, que, cien años antes, habían
vibrado por análogos sentimientos, emancipando al pueblo de una
opresión que envilecía.
Sólo es patriota el que ama a sus
conciudadanos, lucha por el bienestar de su pueblo, sacrificándose
por emanciparlo de todos los yugos; el que cree que la patria no
es la celda del esclavo, sino el solar del hombre libre. Nadie
tiene derecho de invocar la patria mientras no pruebe que ha
contribuido con obras a honrarla y engrandecerla. Convertirla en
instrumento de facción, de clase o de partido, es empequeñecerla.
No es patriotismo el que de tiempo en tiempo chisporrotea en
adjetivos, sino el que trabaja de manera constante para la dicha o
la gloria común.
Trabajo y cultura son dos aspectos de un
mismo advenimiento de la historia de la nacionalidad. Toda
renovación de instituciones se inicia por una revolución en los
espíritus, y todo ideal está ya en los comienzos de su realización.
La solidaridad entre los pueblos se
extiende a medida que ellos amplían su experiencia y elevan sus
ideales. La capacidad de simpatía va creciendo con la civilización;
todos los hombres que en el mundo comparten las mismas creencias y
se animan por los mismos intereses, se sienten amigos o hermanos.
El progreso de la solidaridad se
caracterizará en el porvenir por el desarrollo de organismos jurídicos,
económicos y morales que regulen las relaciones de los pueblos.
Un equilibrio instable y perfectible permitirá la coordinación
de las partes, armonizando el bienestar de la familia, de las
regiones, de los Estados.
El ideal presente de perfeccionamiento político
es una coordinación federativa de grupos sociológicos afines,
que respete sus características propias y las armonice en una
poderosa nacionalidad común. Ninguna convergencia histórica
parece más natural que una federación de los pueblos de la América
Latina. Disgregados hace un siglo por la incomunicación y el
feudalismo, pueden ya plantear de nuevo el problema de su futura
unidad nacional, extendida desde el río Bravo hasta el estrecho
de Magallanes. Esa posibilidad histórica merece convertirse en
ideal común, pues son comunes a todos sus pueblos las esperanzas
de progreso y los peligros de vasallaje. Hora es de repetir que,
sino llegara a cumplirse tal destino, sería inevitable su
colonización por el imperialismo que desde hace cien años los
acecha: la oblicua Doctrina Monroe, firme voluntad de los Estados
Unidos, expresa hoy su decisión de tutelar y explotar nuestra América
Latina, cautivándola sin violencia, por la diplomacia del dólar.
Son sus cómplices la tiranía política, el parasitismo económico
y la superstición religiosa, que necesitan mantener divididos a
nuestros pueblos, explotando sus odios recíprocos a favor de los
intereses creados en cien años de feudalismo tradicional.
Frente a estas fuerzas inmorales del
pasado, la esperanza de acercarnos a una firme solidaridad sólo
puede ser puesta en la Nueva Generación, si logra ser tan nueva
por su espíritu como por sus años. Sea ella capaz de resistir a
las pequeñas tentaciones del presente, mientras adquiera las
fuerzas morales que la capaciten para emprender nuestra gran obra
del porvenir: desenvolver la justicia social en la nacionalidad
continental. (*)
(*) Fuente:
José Ingenieros, Las Fuerzas Morales, obra editada
originalmente en el año 1925.